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Full text of "Teatro"

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TEATRO 


i 


OBRAS  DEL  MISMO  AUTOR 


PUBLICADAS  : 

La  libertad  de  testar  y  la  legítima  ( agotada ) . .  1  volumen 

Zola  (  agotada  )   1  » 

Los  Modernistas  (  2.a  edición  )  :   1  » 

Cervantes  (  agotada  )   1  » 

Gil  (  novelas  y  cuentos  )   1  » 

Joyeles  bárbaros  (  sonetos  )   1  » 

Teatro :  I  —  Cobarde  —  Claro  de  luna  —  Yorick  1  » 
Teatro :  II  —  El  esclavo  -  rey  —  La  Rondalla  — 

El  baile  de  Misia  Goya   1  » 


PRÓXIMAS  Á  aparecer: 


El  Parque  de  los  Ciervos   ,   1  volumen 

Cuentos  crueles   1  » 

Hipomnemo   4  » 

La  Ciudad  del  Espíritu   1  » 

Almas  inquietas   1  » 


en  preparación: 


La  joven  América 
Los  Genios  


1  volumen 
1 


US 

VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


TEATRO 

i-TL 

Cobarde 
Claro  de  luna 
Yorick 

501314 

io-  ta. 43 

MONTEVIDEO 

A,  BARREIRO  Y  RAMOS,  Editor 
Librería  Nacional 
1912 


TALLERES  GRÁFICOS  A.  BARREIRO  Y  RAMOS 
CALLE  BARTOLOMÉ  MITRE,  NÚMERO  61 


COBARDE 

DRAMA  DE  COSTUMBRES  NACIONALES  EN  3  ACTOS 


Estrenado  en  el  Nuevo  Pabellón  Podestá-Scotti 
de  Montevideo, 
la  noche  del  3  de  Noviembre  de  1894 


A  los  verdaderos  precursores  del 
Teatro  Nacional,  Jerónimo 
B.  Podestd  y  José  J.  Podestá, 
cuyas  creaciones  en  la  escena 
criolla  no  han  sido  superadas 
aún, 

su  amigo 

El  autor. 


REPARTO 


Anastasio  Gordillo   Sr.  Jerónimo  B.  Podestá. 

Pedro,  su  hijo   »    José  J.  Podestá. 

Natividad    Sta.  María  Podestá. 

Gil  Grajales,  español,  padre  de 

Natividad   Sr.  José  Queiiolo. 

D.  Raymundo  Casal,  estanciero.    »    Celestino  Petray. 

Rampli,  lombardo   »    Antonio  Petray. 

Cipriano,  peón  de  la  estancia..  .    »    Juan  V.  Podestá. 

Daniel,  ídem,  ídem   »    José  F.  Podestá. 

Cosme,  ídem,  ídem   »    Antonio  D.  Podestá. 

Joaquín  Bentos,  de  Montevideo.    »    F.  G.  Acosta. 

Serafina  ...  Sra.  Julia  Chiappe. 

Matilde  Sta.  Felisa  Robba. 

Comisario    Sr.  Cecilio  P.  Podestá. 

Nicanor   »    Leopoldo  Gerard. 

Teru  -  tero   »    Arturo  Podestá. 

Un  pulpero   »    Desiderio  Santillán. 

Muchacha  1.»  Sta.  N.  N. 

ídem  2.a   »    N.  N. 

ídem  3.a   »    N.  N. 

ídem  4.a   »    N.  N. 

Paisano  1    Sr.  N.  N. 

ídem  2    »    N.  N. 

Soldados,  Gauchos  y  Criollas 


La  acción  pasa  en  Cerro  Largo,  en  el  año  1852. 


COBARDE 


ACTO  PRIMERO 


La  escena  representa  el  patio  de  la  Estancia  de  don  Rai- 
mundo Casal.  A  la  derecha,  la  cocina  —  un  rancho  de  terro- 
nes con  techo  de  paja  brava,  y  puerta  baja  abriendo  sobre  el 
escenario.  A  la  izquierda  la  fachada  de  la  casa  principal  de 
la  Estancia.  En  el  centro,  segundo  plano,  el  pozo,  con  alto 
brocal,  balde  suspenso  de  una  soga,  y  á  su  vera,  una  tina 
vieja  para  el  agua.  Cerca  del  foro,  á  la  derecha,  un  frondoso 
ombú.  Todo  el  último  plano  lo  ocupa  el  campo,  que  se  ex- 
tiende desnudo  y  triste  hasta  los  confines  del  horizonte.  Es 
de  noche. 

ESCENA  PRIMERA 
Cipriano,  Daniel  y  Cosme 

(Al  levantarse  el  telón,  Cipriano  estará  sentado  en 
un  banquito  rústico,  cerca  de  la  cocina,  tocando  la  gui- 
tarra; Daniel,  en  pie  ante  la  puerta  de  la  cocina,  le 
oye  silenciosamente.  A  horcajadas  sobre  el  brocal  del 
pozo,  Cosme  fuma  un  cigarrillo  mirando  las  estrellas). 

CIPRIANO 

(Acompañándose  óon  la  guitarra,  canta  con  voz 
monótona  y  triste )  : 

Yo  soy  la  nota  querida 

Que  adormece  el  sufrimiento; 


12  VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


Yo  soy  la  queja  del  viento 
En  el  pajonal  perdida; 
Yo  del  paisano  en  la  vida 
Soy  dulce  esperanza  en  ñor; 
Yo  apago  de  su  dolor 
La  fibra  que  le  desgarra; 
Yo  soy,  en  fin,  la  guitarra 
Que  canta  ausencias  de  amor. 

DANIEL 

(Se  pone  en  cuclillas  y  con  un  mimbre  empieza  á 
hacer  figuras  en  la  tierra  del  piso).  Lindo,  no  más. 
¿Di  ande  aprendistes  eso,  hermanito? 

CIPRIANO 

( A  media  voz,  con  pereza;  sin  dejar  de  bordonear 
en  la  guitarra)  Del  pueblero. 

DANIEL 

¡  Mozo  ladino !  Parece  mesmamente  del  pago.  Ano- 
che cantó  unas  décimas  tristonas  que  hacían  Ho- 
rrar .... 

CIPRIANO 

Ya  le  oí. 

DANIEL 

No  pué  negarse.  El  pueblero  que  sale  criollo,  lo  es 
del  garrón  á  las  guampas.  Este  ño  Joaquín  tiene 
cada  versada  que  da  chuchos  


COBARDE 


13 


ESCENA  II 

Dichos  y  Matilde 

MATILDE 

(Por  la  puerta  de  la  cocina,  á  Daniel  que  obs- 
truye el  paso).  Salga,  pues. 

COSME 

(A  Matilde  por  el  mate  que  trae  en  la  mano). 
Largue  ese  orejano  p 'acá,  comadre,  que  voy  á  po- 
nerle marca.  (Toma  el  mate). 

MATILDE 

¡  Jué  perra !  Si  es  más  mamón  que  ternero  suelto.... 

DANIEL 

Al  ñudo  está  con  sed  el  hombre.  Teniendo  el  pozo 
tan  cerquita  

COSME 

Ni  que  juera  rana,  aparcero. 

DANIEL 

¿Aparcero?  Pencho  el  mate  

MATILDE 

Si  ya  le  está  sonando  el  fondo  


14 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


CIPRIANO 

(Cantando )  : 

Yo  vuelco  todas  mis  flores 
En  el  seno  de  mi  prenda, 
Yo  cruzo  toda  su  senda 
De  suspiros  y  de  amores, 
Yo  sufro  con  sus  dolores, 
Yo  río  en  sus  alegrías, 
Yo  cuento  todos  sus  días 
De  serena  y  honda  calma, 
Yo  junto  su  alma  con  mi  alma 
Y  sus  penas  con  las  mías. 

COSME 

Esa  versada  íes  como  pa  Pedro.  (Devuelve  el  mate 
á  Matilde  que  sale  por  la  cocina). 

ESCENA  III 
Dichos,  menos  Matilde 

DANIEL 

Mesmo.  Ai  anda  con  una  cara  de  dijunto  que  da 
miedo. 

COSME 

La  moza  de  Gil  lo  tiene  desesperao. 

DANIEL 

¿Nativa?  No  siá  lerdo,  hombre.  La  moza  se  lambe 
por  él ;  el  viejo  es  quien  le  estorba. 


COBARDE 


15 


CIPRIANO 

¿Y  el  patrón? 

DANIEL 

Kiciencito  ¡andaba  por  ái. 

CIPRIANO 

Oreiba  que  había  salido.  No  lo  vide  dispués  de 
comer  

DANIEL 

Está  cansao  de  la  faena. 

COSME 

Tamién  cuatro  días  de  trilla .... 

DANIEL 

¡  Jué  pucha !  ¡  Qué  modo  de  meniar  las  tabas ! 

COSME 

Pía  eso  nos  dan  hoy  una  fiesta  macuca. 

DANIEL 

¿Con  baile,  no? 

COSME 

No,  y  si  no !  Esta  noche  mesmito. 

CIPRIANO 

(  Cantando )  : 

Yo  soy  la  estrella  brillante 
Que  allá  en  el  cielo  aletea; 


16 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


Yo  soy  la  amorosa  idea 

Con  que  sueña  el  pecho  amante; 

Yo  soy  el  amor  constante 

Sin  tempestades  ni  playa ; 

La  dulce  canción  que  ensaya 

La  calandria  en  la  enramada 

Y  la  tristeza  callada 

Be  las  noches  uruguayas. 

DANIEL 

Ché,  Cosme,  ¿  sabés  si  Pedro  le  trujo  á  ño  Joaquín 
el  tabaco? 

COSME 

¡Pues  no!  Es  mozo  de  palabra.  Lo  que  promete, 
cumplle.  ¿Te  acordás  de  cuando  la  guerra? 

DANIEL 

¡  Cañe  jo,  acción  linda!  Un  amigo  cayó  prisionero.... 

COSME 

No  jué  asina,  hombre.  A  Pedro  jué  al  que  agarra- 
ron, y  allí  encontró  á  un  alférez  amigo.  Entonces 
Pedro,  antes  de  que  lo  ajusilaran,  quiso  despedirse 
de  su  novia  y  le  dijo  lal  alférez  que  lo  dejara  escapar 
por  la  noche  bajo  palabra  de  que  golvería  á  la  maña- 
nita. ¡  Caramba !  Y  golvió  el  mozo,  á  entregarse  él 
mesmo. 

CIPRIANO 

¿Y  dispués? 


COBARDE 


COSME 

Dispués  lo  perclonártin  no  sé  como. 

DANIEL 

Es  mozo  de  honor. 

COSME 

El  viejo  ño  Anastasio  asina  lo  ha  enseñao.  De- 
lante mío,  no  más,  siempre  le  está  repitiendo :  ' 1  Oíme, 
Pedro ;  el  gaucho  pobre  no  tiene  más  prenda  que  su 
honor.  No  te  dejes  insultar  nunca  por  naides,  ni 
faltes  nunca  á  la  palabra  empeñada.  Asina,  pobre  y 
todo,  serás  el  hombre  más  grande  de  la  tierra ' ' 

DANIEL 

Güen  hombre  el  viejo  Anastasio.  Valiente  como  las 
armas  y  lial  como  un  perro. 

CIPRIANO 

¡Me  gusta  la  comparancia!  Si  te  oye  el  viejo  te 
va  á  faltar  tiempo  pa  dirte  al  gallinero  con  el  rabo 
entre  las  piernas.  ( Cambiando  de  estilo,  canta ) : 

Allá  abajito,  muy  lejos, 
En  escondida  tapera, 
Tengo  una  flor  perfumada 
A  quien  yo  llamo  mi  prenda. 


2.-T.  i. 


18 


VÍCTOR  PÉREZ  PET1T 


ESCENA  IV 
Dichos,  Pedro  y  Joaquín 

JOAQUÍN 

Buenas  noches.  ¿Qué  se  hace? 

CIPRIANO 

Hablando  aquí,  mientras  llegan  los  envitaos.  (Deja 
la  guitarra  á  su  lado). 

JOAQUÍN 

¿Qué  es  eso,  Cipriano?  ¿no  toca  más? 

CIPRIANO 

Hace  rato  que  toco.  (Volviéndose  hacia  la  cocina). 
Pero,  ¡  iese  mate !  ¡  Hola,  ña  Matilde  !  ¿  Qué  ste  ha  caído 
adentro  de  la  cafetera? 

VOZ  DE  MATILDE 

¡Vá,  hombre! 

COSME 

j  Jué  perra!  Mujer  más  lerda.  Tengo  la  garganta 
como  boca  de  sapo .... 

DANIEL 

Quejáte,  no  más.  Si  hasta  al  vuelo  cazabas  la  cala- 
baza. ¡  Pucha  hombre  desagredecío ! . . . . 


COBARDE 


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COSME 

( A  Pedro )  ¿  Ande  jueron  ? 

PEDRO 

Ai  cerquita  ;  hasta  el  camino. 

COSME 

De  juro  que  á  toparse  con  Nata .... 

PEDRO 

¿  Nativa  ?  Hoy  no  la  vide .... 

JOAQUÍN 

El  viejo  la  cuida,  eh?  (á  Pedro)  ¿Y  usted  la 
quiere  ? 

PEDRO 

¡  Qon  el  alma !  Haría  por  ella  tuitos  los  sacrificios. 

DANIEL 

Pero  ño  Gilí  es  perro  de  presa.  A  este  ( por  Pedro ) 
no  lo  pué  ver .... 

JOAQUÍN 

Pero,  ¿  por  qué  ? 

PEDRO 

(Encogiéndose  de  hombros)  Porque  dice  que  soy 
un  muerto  de  hambre. 


20 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ESCENA  V 
Dichos  y  Matilde 

MATILDE 

Aquí  está  la  calabaza. 

COSME 

Sin  pecado  concebida. 

MATILDE 

No  siá  zonzo,  pues.  A  cualquiera  se  li  apaga  el 
juego. 

DANIEL 

¡  Claro!  En  cuantito  nos  hacemos  viejos. . « , 

MATILDE 

Calíate,  terutero.  Si  no  juera  purita  basura  la  leña 
que  mi  has  tráido .... 

JOAQUÍN 

¿Y  verde,  también?  ¿A  qué  era  leña  verde,  no  es 
cierto  Matilde? 

MATILDE 

¡  Pues  claro !  Si  estos  haraganes,  por  no  dir  hasta 
el  monte,  están  despoblando  los  ocalitos  de  ái  al  lao. 


COBARDE 


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JOAQUÍN 

(Riendo,  á  Daniel)  ¿No  vé,  amigo?  El  mal  man- 
dado no  sirve  más  que  para  eso:  para  hacer  humo. 

DANIEL 

Es  pa  curar  á  ña  Matilde,  como  á  los  chorizos  que 
cuelgan  en  la  cocina. 

PEDRO 

( A  Cipriano J  ¿Y  á  vos  quién  te  lo  dijo ? 

CIPRIANO 

Ella  mesma,  pues.  Y  aluego  agregó :  que  me  espere 
aquí,  que  yo  vendré  antes  del  baile.  Conque  ya  sabés 
En  cuantito  estorbemos,  me  lo  decís. 

JOAQUÍN 

¿Qué  es  eso?  ¿Están  conspirando? 

PEDRO 

No,  ño  Joaquín.  Hablábamos  de  Nativa. 

JOAQUÍN 

¿  Entonces,  decididamente,  el  viejo  no  quiere  darle 
á  usted  la  moza? 

PEDRO 

( Tristemente )  Ya  se  vé. 


22 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


CIPRIANO 

A  mí  me  parece  que  quié  casar  su  chinita  con  el 
gringo  Rampli. 

JOAQUÍN 

¿Con  quién ? 

CIPRIANO 

Con  el  estranjero  de  ái  abajo.  Dicen  que  el  hom- 
bre tiene  plata  escondida  en  más  criaderos  que  co- 
madreja. 

(Sale  Matilde). 

ESCENA  VI 
Cipriano,  Cosme,  Daniel,  Pedro,  Joaquín 

JOAQUÍN 

¿De  dónde  ha  salido  ese  Rampli? 

CIPRIANO 

¡Qué  sé  yo!  Cayó  al  pago  hace  tiempo,  cuando  la 
última  rigolución.  Ño  Raimundo  le  arrendó  unas 
cuadras  y  ái  se  ha  estáo  el  nación  ajuntando  pesos 
y  escondiéndolos. 

JOAQUÍN 

¿Y  qué  dice  Natividad?  ¿Lo  quiere? 


COBARDE 


23 


COSME 

Verlo  muerto. 

DANIEL 

De  asco  no  lo  mira. 

JOAQUÍN 

¿Y  Rampli? 

CIPRIANO 

Ai  le  arrastra  el  ala,  no  más;  pero,  al  ñudo.  La 
moza  está  empacada  con  éste.  Y  es  lindaza,  Nativa. 

JOAQUÍN 

Pues  me  gusta  la  cosa  para  hacerle  una  fumada  al 
viejo. 

PEDRO 

(Bruscamente )  ¿  A  ño  Gil ?  ¡  No,  no,  no !  ¡  Es  el  tata 
de  ella !  ¡  Oh,  si  juera  otro !  Pero  es  el  tata  de  Na- 
tiva, ¿  comprende,  ño  Joaquín  ? 

JOAQUÍN 

Entonces  hay  que  gozar  al  nación. 

PEDRO 

¿  Pa  qué,  -si  es  un  disgraciáo  ¥.-... 

JOAQUÍN 

Una  broma,  nada  más. .  . .  Mire,  sería  bueno  darle 
un  sustito  de  noche,  disfrazándonos  de  fantasmas.. 

(Entra  Matilde  con  el  mate). 


24 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ESCENA  VII 
Dichos  y  Matilde 

MATILDE 

i  Ave  María  Purísima  ! 

COSME 

(Alarmado)  ¡De  pantasmas!  No  es  güeno  jugar 
con  eso. . . . 

JOAQUÍN 

¡  Hombre !  ¿  Y  por  qué  ? 

COSME 

(Siempre  serio)  Los  di  juntos  aparecen  sin  que 
naide  las  llame  

JOAQUÍN 

(¡Sonriendo)  ¿Usted  ha  visto  algún  aparecido? 

COSME 

( Cada  vez  más  grave )  Vide. 

JOAQUÍN 

¡Hola!  A  ver,  cuente. 

COSME 

Una  noche  de  luna,  iba  yo  pá  Montevideo,  asina, 
chiflando  sobre  el  pampa,  al  lao  del  Santa  Lucía. 


COBARDE 


25 


Kedepente  vide  una  cosa  blanca  del  otro  lao  del 
río,  entre  los  uncos?  Al  principio  me  pareció  una 
lavandera ;  pero,  ¡  á  las  doce  de  la  noche !  ¡  No  podía 
ser !  Me  puse  á  mirar,  á  mirar  y  vide  la  cosa  blanca 
que  se  venía  dispacio,  dispacio  por  encimita  del  agua 
(Hace  el  signo  de  la  cruz)  ¡Por  ésta,  que  no  le 
miento !  Entonces  me  naquié  feo,  amigo,  no  se  lo  niego. 
¡  La  gran ....  pa  la  puerta !  ¡  Qué  susto  me  he  dao ! 
Ya  no  quise  saber  más :  regolví  el  caballo,  me  apreté 
el  sombrero  y  déjeme  chicotiar  al  pampa.  Al  dar 
güelta  la  cabeza  una  vez,  lo  vide  al  pantasma  que 
se  me  venía  calláito  por  sobre  el  agua  ¡  Jué  pu- 
cha! ¡qué  cerrada  de  piernas  l'hice  al  caballo!  ¡Ni 
vía  por  ande  iba !  Me  metí  por  las  chacras  y  salí  en- 
treverao  por  un  cardal.  Al  último,  dende  una  cu 
ehillita,  lo  vide  al  pantasma,  parado  en  la  mitad  del 
río.  Dispués,  se  jué  perdiendo,  perdiendo,  hasta  que 
no  lo  vide  más.  (Muy  grave):  No  es  juguete,  amigo. 

CIPRIANO 

(Serio)  No  es  juguete. 

DANIEL 

Una  ocasión  mi  viejo  también  vido  un  aparecido. 
Se  le  venía,  de '  nochecita,  cambiado  en  un  chancho, 
á  golpiarle  la  puerta.  Y  lloraba  triste,  muy  triste. 
Del  julepe  casi  se  muere  tata.  Yo  era  chico  y  no  me 
acuerdo.  Pero  el  viejo  nos  contaba  eso  á  mí  y  á  mi 
hermano.  Dispués  una  endevina  le  enseñó  á  echar  el 
alma  en  pena.  Colgaba  un  sapo  en  la  puerta,  y  el 
pantasma  no  se  atrevía  y  se  iba. 


26 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


MATILDE 

(Que  ha  escuchado  atentamente  las  narraciones  )^ 
Eso  es  verdad,  porque  también  hay  hombres  que  tie- 
nen mal  de  ojo.  Sd  miran  á  una  rez,  se  muere;  si 
miran  una  planta,  se  seca.  Ña  Celedonia  me  contaba 
que  su  marido  ponía  una  cabeza  de  güey  en  un  poste 
alto,  y  asina  el  hombre  que  tenía  mal  de  ojo  no  podía 
hacer  daño. 

CIPRIANO 

Güeno,  no  hablen  más.  De  noche  es  malo,  porque 
se  sueña. 

JOAQUÍN 

(Burlonamente)  ¡Vaya,  con  los  señores  fantas- 
mas !  Quisiera  encontrar  alguno .... 

PEDRO 

¡No  tiente  al  Diablo,  amigo! 

JOAQUÍN 

¿  Y  usted  cree  en  eso,  Pedro  ? 

PEDRO 

¿En  los  pantasmas?  (Con  seriedad)  De  juro  que 
cret>. 

CIPRIANO 

Voy  á  dar  una  güelta. 

JOAQUÍN 

Yo  también. 

(Salen  Pedro,  Joaquín,  Cipriano  y  Matilde). 


COBARDE 


27 


ESCENA  VIII 

COSME    Y  DANIEL 
COSME 

Che,  Daniel.  ¿Agarraste  caballo  pá  mañana? 

DANIEL 

Ai  lo  tengo  á  soga.  ¿Qué  te  parece  ño  Joaquín? 
Como  todos  Ijqs  de  la  suidá,  se  burla  de  estas  cosas. 

COSME 

Ya.  Lo  hubiera  querido  ver  en  el  Santa  Lucía, 
cuando  se  me  apareció  la  lavandera .... 

DANIEL 

Se  conoce  que  no  lo  han  amadrinao  los  aparecidos, 
i  Claro  !  ¡  Cómo  n*o  ha  visto  nenguno !  Pero  si  llegara 

el  caso,  calculá  vos  Tuitita  su  sabeduría  se  1  'iba 

á  dir  por  las  ancas. . . . 

COSME 

A  ver,  échale  un  versito  

DANIEL 

(Coge  la  guitarra,  preludia  un  momento  y  luego 
canta  á  media  voz ) : 


28 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


Ño  Joaquín  se  cree  valiente 
y  setrá  pura  parada, 
si  viniera  algún  pantasmia 
verías  qué  disparada ! 

(En  este  instante,  Joaquín  y  Pedro  que  han  ido  á 
coger  unos  palos  y  sábanas  para  disfrazarse  de  fan- 
tasmas, aparecen  por  el  foro.  Cosme  y  Daniel  se  echan 
hacia  atrás  con  espanto;  pero  al  reconocer  á  los  bro- 
mistas,  sueltan  la  carcajada,  y  haciendo  comentario* 
aléjame  por  el  foro ) . 

ESCENA  IX 
Natividad,  sola 

( La  escena  permanece  desierta  durante  breves  ins- 
tantes]. A  lo  lejos  se  oye,  de  pronto,  el  grito  del  chajá; 
y  luego,  más  lejos  aún,  el  ladrido  de  un  perro.  Luego, 
todo  cae  en  silencio,  bajo  el  resplandor  de  las  es- 
trellas ) . 

NATIVIDAD 

(Aparece  en  la  puerta  de  la  casa,  mira  á  todos 
lados  y,  dirigiéndose  hacia  la  cocina,  llama):  ¡Ma- 
tilde !  ¡  Matilde ! 

VOZ  DE  MATILDE 

Voy,  niña,  voy. 

(Natividad  se  ha  acercado  hasta  el  banco  donde 
quedó  olvidada  la  guitarra  y  la  toma). 


COBARDE 


29 


NATIVIDAD 

(Sentándose)  ¿Qué  no  ha  acabáo  entoavía? 

VOZ  DE  MATILDE 

Ya,  ya.  Estoy  preparando  la  olla  pá  el  chocolate. 
Esos  locos  mi  han  tenido  hasta  aurita  no  más  cebán- 
doles mate. 

NATIVIDAD 

Pues  ande  ligero,  que  el  patrón  la  precisa  por  allá 
dentro.  (Toca  distraídamente  la  guitarra). 

ESCENA  X 
Natividad  y  Matilde 

MATILDE 

(Saliendo  por  la  cocina,  con  una  fuente  enorme 
llena  de  tortas  fritas)  Aquí  estoy.  ¿Qué  quiere  ño 
Raimundo  ? 

NATIVIDAD 

No  sé;  la  precisa.  ¿Qué  lleva  ái? 

MATILDE 

Tortas  fritas.  ¿  No  quiere  una  ? 


NATIVIDAD 

Gracias,  no  me  pide  el  cuerpo. 


30 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


MATILDE 

Pruebe  una,  Nativa;  están  riquísimas.  Mire  esta 
qué  d'oradita.  Me  salieron  de  rechupete.  Toda  la  mo- 
zada se  va  á  lamber  los  dedos. 

NATIVIDAD 

Gracias,  ahora  no  puedo.  Luego  las  probaré. 

MATILDE 

Es  lástima,,  porque  éstas  están  diciendo:  "cóme- 
me ' '.  ¡  Qué  fiesta,  niña,  qué  fiesta !  ¿  Vé  esta  f uen- 
taza?  Pues  no  es  nada.  Ya  hay  otra  allá  arriba.  Y 
dispués  el  chocolate.  ¡Una  oHada  bárbara!  Y  nada* 
le  digo  de  las  bebidas  fináis  que  trujo  ño  Raimundo. 
Figúrese:  guincllao,  cerveza,  anisete,  licor  de  rosa 
pá  el  mujerío,  caña  juerte  pá  los  viejos  ¡  qué  sé  yo ! 
De  esta  hecha,  revienta  tuitita  la  concurrencia.  ¡  Qué 
alegría ! 

NATIVIDAD 

(Que  estará  serenamente  triste,  muy  despacio) 
Bueno,  bueno.  Vaya  para  allá,  Matilde.  . . . 

MATILDE 

Voy,  voy.  ¡  Qué  lástima  que  no  pruebe  esta  tortita ! 
(Mientras  se  encamina  hacia  la  casa  y  penetra  en 
ella)  Lo  que  es  la  ti  grada  d'esta  noche,  como  si 
lo  viera,  en  cuantito  vea  la  fuente,  se  vá  á  armar 
una  de  manotones!. . . .  (Sale). 


COBARDE 


31 


ESCENA  XI 
Natividad,  sola 

(Natividad  queda  un  instante  en  silencio,  pensa- 
tiva. Sus  manos,  distraídamente,  rozan  las  cuerdas 
de  la  guitarra,  arrancándole  flébiles  sones.  Poóo  á 
poco  el  sentimiento  que  la  embarga,  hácenla  buscar 
en  las  cuerdas  dormidas  las  notas  que  traduzcan  su 
pena,  y  entonces  un  estilo  melancólico,  suave,  de  dul- 
císima harmonía  se  desprende  calladamente  del  ins- 
trumento). ¡  Qué  lindas  versos  me  copió  mi  prima 
Luisa,  A  ver  si  los  recuerdo.  (1) 

( Canta ) : 

Tengo  en  el  alma  escondida 
Una  pasión  celestial, 
Una  pasión  inmortal 
Que  es  la  gloria  de  mi  vida, 
Ella  vive  allí  encendida 
Como  una  brillante  estrella 
Y  de  mi  penar  la  huella 
Con  su' lumbre  va  borrando 
Tanto  más  sonriente  cuando 
Más  amarga  es  mi  querella. 


(l)  En  la  representación,  queda  suprimido  el  canto  de  estas  dé- 
cimas. 


32 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


Cuando  el  dolor  me  quebranta 
El  corazón,  fibra  á  fibra, 
Ella  sola  es  la  que  vibra, 
Ella  sola  es  la  que  canta ; 
Poco  á  poco  se  agiganta 
Esa  luz  que  el  alma  adora, 
Y,  temblando,  bullidora, 
En  medio  de  mi  ilusión, 
Ilumina  el  corazón 
Con  resplandores  de  aurora. 

En  mi  existencia  sombría 
Ella  es  todo  mi  consuelo, 
Mi  afán,  mi  dicha,  mi  anhelo. 
La  vida  del  alma  mía; 

Y  en  vano  pretendería 

Su  hermosa  lumbre  apagar, 
Que  no  se  pueden  borrar 
líos  astros  del  firmamento, 
Ni  secar,  en  un  momento, 
Todas  las  aguas  del  mar. 

Así  siempre,  en  todo  instante, 
Su  recuerdo  misterioso 
Llena  mi  pecho  amoroso 
Con  su  fulgor  rutilante; 
Mas  ¡  ay !  mi  pasión  constante 
Debo  guardarla  escondida, 
Pues  la  suerte  fementida 
Quiso  tronchar  mi  ilusión 
Rompiendo  mi  corazón 

Y  destrozando  mi  vida. 


COBARDE 


33 


¿Por  qué  *es  culpable  mi  amor 
Si  el  amor  siempre  es  bendito 

Y  puebla  hasta  el  infinito 
Con  su  lumbre  y  esplendor? 
Ama  eli  ave  en  el  calor 

Del  nidio  á  su  compañera; 
Las  olas,  en  la  ribera, 
Se  besan  todas  amantes, 

Y  las  florcillas  fragantes 
Se  aman  en  la  pradera. 

Ama  las  cumbres  el  viento 

Y  á  las  auroras  el  sol, 
Las  nubes  al  arrebol 

Y  el  alma  su  sentimiento ; 
También  ama  el  instrumento 
Las  notas  en  él  dormidas, 

Y  si  doquier  de  dos  vidas 
Vemos  la  unión  y  la  calma 
¿Por  qué  mi  alma  y  tu  alma 
No  pueden  verse  reunidas? 
¡Ay!  del  mundo  la  encendida 
Siaña  ahoga  al  que  es  dichoso ; 

¡  Hay  que  buscar  el  reposo 
Donde  no  aliente  la  vida  ! 

Y  yo  tengo  aquí  escondida 
Una  pasión  celestial, 

Una  pasión  inmortal 
Que  si  remontara  el  vuelo, 
Rozaría  él  alto  cielo 
Con  sus  alas  de  cristal. 


34 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


Mas  muero  ahogando  mi  amor 
Oomo  si  fuera  maldito, 

Y  muero  ahogando  este  grito 
Que  brota  de  mi  dolor. 

Y  en  silencio,  con  temor, 
Sólo  me  resta  el  consuelo 
(Soñando  en  mi  loco  anhelo 
Que  hay  una  cumbre  sagrada) 
De  esperar  que  tu  miradla 
Me  abra  las  puertas  del  cielo. 

(Las  últimas  notas  del  instrumento  se  extravían 
en  la  noche.  El  brillo  de  las  estrellas  parece  acrecen- 
tarse, á  medida  que  el  silencio  se  hace  más  hondo  al 
través  de  los  campos  dormidos.  Natividad  deja  brus- 
camente la  guitarra  y  pásase  la  mano  por  los  ojos, 
como  si  quisiera  borrar  de  ellos  la  visión  que  la  obse- 
siona). —  No,  no  más,  Dios  mío,  no  más\  . .  . 

ESCENA  XII 
Natividad  y  Gil 

gil 

(Entrando  bruscamente  por  la  puerta  de  la  casa) 
—  ¡  Hola !  ¿  Estabas  ahí  ?  ¿  No  ha  venido  Rampli  ? 

NATIVIDAD 

No,  señor. 


COBARDE 


35 


GIL 

¡Caramba!  Ahora  que  le  necesito  no  aparece.  Y 
eso  que  le  previne  viniera  aquí  antes  del  baile.  Ano- 
che habló  contigo,  ¿eh? 

NATIVIDAD 

Sí,  señor. 

GIL 

¿  Qué  te  dijo  ? 

NATIVIDAD 

¿A  mí  ?  ¡  Qué  sé  yo !  Pavadas .... 

GIL 

(Con  enojo)  ¿Qué  es  eso?  ¿Qué  dices  ahí?  ¿Olvi- 
das que  Rampli  se  va  á  casar  contigo?  (Natividad 
murmura)  ¿Qué  estás  masticando  ahí  ¡recomba! 
¡  Cuidadito !  Ramp'li  es  un  hombre  serio,  trabajador, 
y  no  un  haragán  y  un  perdido  como  algunos  gau- 
chí tos  que  yo  conozco.  Por  lo  menos,  si  tiene  plata, 
se  la  ha  ganado  con  el  sudor  de  su  frente,  y  no  ju- 
gando á  las  barajas,  á  la  taba  y  á  los  gallos  como 
los  pordioseros  de  este  pago.  (Algo  más  humanizado 
ante  el  silencio  de  su  hija)  ¡Vamos!  Ven  acá,  Nativa. 
Escucha  á  tu  padre  que  sólo  mira  por  tu  bien.  ¿Qué 
puede  tener  Rampli  que  te  disguste?  ¿No  es  bueno, 
generoso,  divertido,  trabajador,  honrado?  ¿No  tiene 
una  fortunita  para  asegurarle  el  porvenir  á  una  po- 
bre muchacha  como  tú?  ¿Que  es  extranjero?  ¿Qué 
mal  hay  en  eso?  ¿No  lo  soy  yo  también?  ¿Y  por 


36 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


eso  soy  una  mala  persona  ?  Desengáñate,  Nativa.  Los 
extranjeros,  en  este  país,  son  los  verdaderos  hombres, 
—  los  que  trabajan,  los  que  adelantan,  los  que  saben 
juntar  plata,  los  que  hacen  progresar  el  país.  En 
cuanto  á  los  hijos  de  esta  tierra,  ya  los  vés  tu:  no 
saben  más  que  tocar  la  guitarra,  jinetear  potros,  ha- 
cerse los  malos,  meterse  en  revoluciones,  dormlir  á 
pierna  suelta  y  gastarse  en  la  pulpería  los  pocos 
cobres  que  juntan  en  dos  ó  tres  días  de  trabajo. 
¿  No  es  así  ? 

NATIVIDAD 

Rampli  es  un  tacaño  y  un  payaso .... 

GIL 

( Estallando )  \  Recomba !  ¿  Te  quieres  callar  ?  ¿  Qué 
modo  de  hablar  es  ese?  Llamar  payaso  á  un  hombre 
que  te  quiere  y  que  si  hace  algunas  gracias  es  pana 
serte  agradable?  ¡Muy  bonito!  ¿Y  por  qué  tacaño? 
¿Porque  no  despilfarra  tanto  su  dinero  como  los 
criollos,  que  luego  andan  por  ahí  muertos  de  ham- 
bre? Ya,  ya.  Comprendo  por  donde  te  apeas.  Ese 
gauchito  inservible,  que  no  puede  compararse.  .  .  . 

NATIVIDAD 

(Protestando)  Pedro  vale  tanto  como  él. 

GIL 

(Iracundo).  ¿Cómo  es  eso?  ¿Te  atreves  á  contes- 
tarme ?  ¡  Recomba !  Ese  Pedro  anda  buscando  que  yo 


COBARDE 


37 


le  rompa  la  crisma., No,  no  hay  duda;  el  mocito  te 
ha  mareado.  Pero  tú  estás  lela,  Natividad.  Tú  te 
figuras  que  la  vida  no  cuesta  nada ;  que  vas  á  poder 
vivir  del  aire  al  lado  de  tu  gauchito,  de  ese  vaga- 
bundo .... 

NATIVIDAD 

(Protestando)  ¡Oh! 

GIL 

Sí,  señor,  un  vagabundo,  un  canalla,  un  ban- 
dido   

NATIVIDAD 

¡Tata! 

GIL 

¡  Qué  te  calles,  re ....  !  Sí,  señor,  un  bandido.  Y 
para  más  gracia,  un  haragán,  hijo  de  ese  facineroso 
Anastasio  Gordillo,  que  ha  andado  metido  en  revo- 
luciones para  cuerear  vacas  ajenas  y  robar  á  man- 
salva á  los  hombres  trabajadores . . . .  ¡  Linda  gente, 
vive  Dios!  ¡Buena  familia  la  de  tu  Pedro! 

NATIVIDAD 

¡  Tatita ! 

GIL 

(Cada  vez  más  exasperado)  Pero  tú  estás  loca,  tú 
estás  loca  de  remate.  ¿Qué  te  ha  dado  ese  pillastre? 
¡Bonito  novio  te  has  elegido!  Un  gauchito  vicioso, 
de  inmundo  chiripá,  á  quien  su  señor  padre,  en  vez 


38 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


de  enseñarle  á  trabajar,  le  ha  enseñado  á  manejar 
el  cuchillo  para  cuando  se  le  ofenda  en  su  honor. 
(Con  sarcasmo)  ¡Vaya  con  el  honor  de  don  Anasta- 
sio y  de  su  hijo !  ¿  Dónde,  ¡  recomba !  tendrá  el  honor 
esa  gentuza?  Pero  no  vés,  .desgraciada,  que  ese  bo- 
tarate te  va  á  dejar  morir  de  hambre.  ¿De  dónde 
va  á  sacar  para  vivir  contigo  ?  ¿  Crees  tú  que  do- 
mando potros  y  trabajando  hoy  aquí,  mañana  allá, 
en  una  trilla  ó  en  una  yerra,  se  alcanza  para  mante- 
ner una  mujer  ?  ¡  Ah,  no,  no,  no !  ¡  Basta  de  zonceras ! 
¡  Basta  de  locuras !  A  tí  te  mando  ¡yo,  y  tú  harás  lo 
que  yo  te  ordene.  ¡  Se  acabó,  ¡  recomba !,  se  acabó.  .  . . 
No  quiero  más  quebraderas  de  cabezas ....  Te  casa- 
rás con  Rampli .... 

NATIVIDAD 

Óigame,  tata  

GIL 

¡  Silencio,  he  dicho!  ¡Basta  ya!  No  tienes  que  dis- 
cutir conmigo.  ¡  No  faltaba  más !  Ya  sabes  lo  que 
tienes  que  hacer.  Que  yo  te  vea  esta  noche  bailar 
con  tu  gauchito  indecente :  le  armo  la  marimorena 
de  la  temporada  y  le  rompo  una  pata  de  un  estacazo 
por  añadidura !  ( Calmándose  un  tanto,  y  mirando  á 
Natividad  de  reojo)  —  Con  que,  3^  a  estás  prevenida. 
Rampli  vendrá  atl  baile.  Como  me  le  pongas  mala 
cara  es  nada  la  que  te  aguarda  después  en  casa. 
¿Has  entendido?  (Nativa  guarda  silencio,  llorosa. 
Gil  la  sacude  por  un  brazo)  ¿Has  entendido? 


COBARDE 


39 


NATIVIDAD 

(Secándose  los  ojos)  Sí. 

GIL 

Pues  yo  me  voy  á  buscar  á  Rampli,  ya  que  no  ha 
venido  aún.  ¿Qué  no  se  te  olvide  lo  dicho,  eh? 
¡Recomba!  (Sale  por  el  foro,  izquierda). 

ESCENA  XIII 
Natividad;  Matilde 

(Al  salir  Gil,  Natividad  se  sienta  llorando  en  el 
banco  y  permanece  asi  durante  una  larga  pausa.  Ma- 
tilde entra  luego,  por  la  casa). 

MATILDE 

¡  Qué  tortas  más  ricas !  Se  deshacen  en  la  boca .... 
Pero,  ¿qué  hace  usted  aquí,  niña?  ¿Está  llorando? 
¿Qué  le  pasa,  Nativa?  ¿Ha  sádo  ño  Gil,  verdad? 
¡  Caracho  con  el  hombre !  Una  rociada  por  causa 
de  Pedro,  no  ?  ¡  Claro !  ¡  Como  si  lo  viera  !  El  hombre 
se  alborotó,  empezó  con  Rampli  aquí,  con  el  gau- 
chito  allá,  y  la  pobre  niña  á  llorar. . .  .  Vaya,  vaya.... 
No  hay  que  afligirse ....  Seque  esos  ojos,  niña,  que 
se  le  van  á  poner  turbios  y  feos.  Mire  que  lueguito 
no  más  hay  baile  ¡y  no  es  cosa  de  salir  alante  de  la 
gente  con  los  ojos  como  chicharrones.  . . .  ¡Qué  dia- 
blo !  Por  algún  láo  si  ha  de  romper  la  soga.  Lo  malo 


40 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


será  que  el  potrillo  no  se  venga  en  lias  apuradas  á 
socorrer  á  su  muchachito.  .  .  .  Vaya,  calma,  cal- 
ma ....  ( Sintiendo  ruido  de  pasos )  ¿  Eh  ?  Viene  al- 
guno. . . .  Enjugue  esos  ojos.  . . .  (Viendo  entrar  á 
Pedro)  ¿No  dije?  Ai  apareció  relinchando....  Yo 
me  escapo.  .  . .  (Éntrase  á  la  cocina). 

ESCENA  XIV 
Natividad  y  Pedro 

PEDRO 

(Pedro  entra  por  la  derecha  del  foro.  Avanza  len- 
tamente, y  después,  al  ver  sola  á  Natividad,  se  acerca 
á  ella). 

PEDRO 

(Dulcemente)  Nativa!  ¿Qué  hace,  mi  vida"? 

NATIVIDAD 

Nada ....  pensaba .... 

PEDRO 

No  me  mintás ....  ( Cogiéndola  dulcemente  las 
manos )  Vos  llorabas .... 

NATIVIDAD 

Pedro ! 


COBARDE 


41 


„  PEDRO 

¿Por  qué  lloraba  má  prenda?  Dígamelo....  Por 
mí,  china,  ¿no  es  verdad?  ¿Por  culpa  mía?  ¿Es  el 
viejo,  no?  Le  vide  salir  hace  un  momento,  campo 
ajuera.  (Pama.  Después,  con  acento  desesperado). 
Pero  ¡  qué  cruz  de  Dios !  ¡  qué  cruz !  ¿  Qué  he  hecho 
yo  pa  ser  tan  disgraciáo?  ¿Por  qué  no  te  puedo 
querer?  (Pausa)  Vamos,  Nativa;  no  llores  más.  (Es- 
trechándola cariñosamente)  Ya  estás  á  mi  láo.  Yo  te 
quiero.  No  llore,  mi  vidita.  Mire  que  yo  me  pongo 
muy  triste  viéndola  asina. . . . 

NATIVIDAD 

(Tristemente)  Ya  no  lloro  

PEDRO 

( En  voz  baja,  confesando  las  ternuras  de  su  alma ) 
Asina  me  gusta,  Nativa.  ¿Verdad  que  siempre  me 
quiere,  mi  china  querida?  ¡Yo  la  quiero  tanto  á  mi 
viejita!  Si  supieras  cómo  pienso  en  Nativa  tuito  el 
día  y  tuita  la  noche ....  Me  viene  tu  recuerdo  como 
un  sueño  y  entonces  me  parece  que  tengo  aquí  (to- 
cándose el  pecho)  un  sol  que  me  da  calor,  vida,  dul- 
zura.... ¡Me  refriesca  el  alma!  Y  me  parece-,  de 
noche,  cuando  sueño  con  vos,  que  hay  mucha  luz, 
una  luz  celeste  sobre  mí,  y  que  tuito  el  trébol  del 
campo  me  da  su  perfume.  Escucháme,  mi  Nativa.  .  .  . 
Quiero  tenerte  asina,  contra  mí  (la  reclina  sobre 
su  pecho),  siempre  ansí,  como  una  palomita  en  el 
üido. . . .  (Bajando  progresivamente  la  voz  hasta  el 


42 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


final,  cual  si  siguiera  el  rumbo  de  su  ensueño)  Dis- 
pués  nos  iremos  lejos,  lejos,  lejos,  á  otros  pagos,  ande 
naide  nos  estorbe;  y  vos  me  quedrás  un  poquito; 
y  yo,  á  la  cáida  de  la  tarde,  en  esa  hora  triste  corno 
mis  penas,  te  contaré  historias  muy  dulces,  muy 
dulces,  al  compás  de  la  guitarra,  con  suspiros  que- 
jumbrosos de  calandria....  (Pausa  larga.  Pedro 
vuelve  de  su  ensueño,  sacude  su  cabellera  y  suspira. 
Luego,  con  otro  acento ) :  \  Qué  te  importa  tu  viejo ! 
¡  Déjalo,  no  más !  Yo  te  quiero,  te  quiero.  . .  . 

NATIVIDAD 

( Bajo )  Es  que  dice  que  te  vá  á  matar .... 

PEDRO 

(Brillándole  los  ojos  con  noble  fiereza)  ¿A  mí? 
(sonriendo)  ¡No  te  dé  pena,  Nativa! 

NATIVIDAD 

(Mirándolo  fijamente)  ¿Por  qué  decís  asina? 
Me  das  miedo....  (suplicante)  Decí,  Pedro;  no  le 
harás  nada  á  tata?  ¿No  es  verdad  que  no  le  harás 
nada?  (Pausa.  Aterrada  con  el  mutismo  de  Pedro) 
üeeí,  yo  quiero  que  digás ;  ¿no  matarás  á  tata  ? 

PEDRO 

(Brevemente)  Si  me  ataca,  me  defenderé. 

NATIVIDAD 

Sí,  defenderte,  sí;  pero  no  lo  matarás.  ...  Tú  sos 


COBARDE 


43 


más  fuerte,  podes  defenderte  sin  matarlo         Si  lo 

mataras,  ya  vés,  yo  no  sé,  pero  ¿qué  pasaría?  ¡Yo 
te  perdería,  Pedro!  ¡Te  perdería  pá  siempre.... 
¡Pedro!  ¡Pedro!  ¿No  es  verdad  que  no  lo  matarás? 

PEDRO 

(Con  firmeza)  No  lo  mataré. 

NATIVIDAD 

Jurálio. 

PEDRO 

(Irguiéndose,  con  asombro  y  altivez)  Yo  no  juro. 
Mi  palabra  vale  más.  Naide  puede  decir  que  la  haiga 
ta  Irá  o  nunca. . . . 

NATIVIDAD 

Pero .... 

PEDRO 

Te  digo  que  no  lo  mataré.  Está  dada  mi  palabra. 

NATIVIDAD 

{Convencida)  Asina  te  quiero,  Pedro  mío  (Sé 
abraza  á  él)  Tata  es  un  poco  seca,  con  mucha  pala- 
brería, nada  más.  ...  A  vos,  yo  no  sé  por  qué  te.  .  .  . 
en  fin. .  .  .  como  ha  de  ser.  .  .  .  Pero  todo  es  ahora, 
en  los  primeros  momentos.  Cuando  vea  que  yo  quedo 
firme  y  que  me  dejo  matar  antes  de  que  me  casen 
con  Rampli,  olvidará  todo....  Y  entonces,  Pedro, 
podremos  ser  felices .... 


44 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


PEDRO 

(Cambiando  de  conversación)  Decí,  Nativa.... 
Dentro  de  un  rato,  en  el  baile .... 

NATIVIDAD 

Tata  dice .... 

PEDRO 

Ya  sé,  ya  adivino....  Que  no  bailés  conmigo 
Dejá  no  más,  Nativa.  Yo  sé  jinetear  ñanduces  y  no 
faltará  ocasión....  Cipriano  me  alerteará  al  vie- 
jo.... Pero  tú,  ya  sabés,  no  bailás  con  naide  más.... 

NATIVIDAD 

¡Mi  Pedro! 

ESCENA  XV 
Dichos  y  Cipriano 

CIPRIANO 

(Por  el  foro,  tosiendo  bien  fuerte  para  advertir  á 
los  enamorados  de  su  presencia)  ¡  Ejem  !  ¡  Ejem !  ¡  Me 
ha  dáo  una  ronquera!  (Haciéndose  que  vé  á  la  pa- 
reja) ¡  Hola !  i  Estaban  por  aquí  ?  ¿  Cómo  va,  Nativa  ? 
¿Se  iba  pá  dentro?  Muy  bien  hecho,  porque  ái  viene 
la  peonada  á  preparar  esto  pá  el  baile.  . . . 

NATIVIDAD 

Gracias,  Cipriano.  Hasta  luego,  Pedro. 


COBARDE 


45 


PEDRO 

(Bajo)  Adiós,  mi  vida. 

(Y ése  Nativa  por  la  casa,  mirando  amorosamente 
á  Pedro.  Éste  se  aleja  lentamente  por  el  foro). 

CIPRIANO 

(Socarronamente,  viéndolos  separarse)  Paice  men- 
tira lo  zonzos  qne  se  güelven  los  cristianos  con  el 
amor. 

ESCENA  XVI 
Cipriano,  Raimundo,  Daniel  y  Cosme 

RAIMUNDO 

¡  Hala !  A  arreglar  esto  prontito  pá  el  baile,  que 
allá  por  la  tranquera  ya  se  vienen  los  primeros  en- 
vitáos. 

(Daniel  y  Cosme  cuelgan  en  las  paredes  de  la 
casa  y  de  la  cocina  los  faroles  que  traen  de  adentro, 
y  secundados  por  otros  paisanos  disponen  y  arreglan 
los  hancos). 

DANIEL 

Si  esto  va  á  quedar  como  de  día  con  tanta  lumi- 
naria. 

COSME 

Los  únicos  que  se  van  á  quejar  son  los  que  andan 
de  novios. 


46 


VÍCTOR  PÉREZ  PET1T 


RAIMUNDO 

¿  Y  Matilde  i  ¿  Qué  se  ha  hecho  Matilde  ?  ¡  Matilde ! 
¡Matilde! 

ESCENA  XVII 
Dichos,  Matilde  ;  luego  paisanos  y  muchachas 

MATILDE 

¿  Mandaba,  patrón  ? 

RAIMUNDO 

Venga  p'acá,  Usted  va  á  ser  la  capataza  del  bebe- 
raje, ¿me  entiende?  A  diseresión  pa  todos,  pero  con 
orden.  Que  no  haya  bochinche.  Las  tortas  pá  des- 
pués del  primer  pericón  y  la  chocolatada  pá  las  doce 
y  á  la  voz  de  ¡  aura !  ¿  Me  entiende  ? 

MATILDE 

.  .  .  .tá  bien,  patrón.  ...  ¿Y  la  niña  Nata? 

RAIMUNDO 

Nativa  es  como  de  casa.  Le  hará  los  firuletes  á 
las  visitas.  (Entran  en  este  instante  varias  mucha- 
chas con  paisanitos,  todos  muy  endomingados.  Sa- 
ludos, risas,  gran  confusión)  Vaya  volando  á  decirle 
que  aquí  se  volcó  un  gallinero.  ¡Ya!  (Sale  Matilde 
por  la  casa). 


COBARDE 


47 


ESCENA  XVIII 
Dichos  y  Paisano  Viejo 

paisano  VIEJO 
(Entrando  por  el  foro)  Güeñas  noches  á  tuitos. 

RAIMUNDO 

¡  Hola,  don  Nicanor !  ¿Ya  se  ha  entreveráo  con 
las  polleras  ?  Mire  por  ái  llega  otro  que  le  va  á  matar 
el  punto. 

PAISANO  VIEJO 

(Mirando  hacia  afuera)  Pué  ser,  no  más1,  porque 
el  que  llega  es  ño  Anastasio  Górdillo.  (Adelantán- 
dose al  que  llega)  Adelante,  amigazo!  ¿Cómo  dice 
que  le  va? 

(Entra  Anastasio). 

ESCENA  XIX 
Dichos,  Anastasio 

ANASTASIO 

Dios  guarde  á  la  riunión.  ¿  Qué  tal  amigo  ?  (Á  los 
jóvenes j  Y  esa  mozada,  ¿aprontando  las  tabas  pá 
bailar?  (Al  paisano  Viejo)  ¿Y  usted,  aparcero,  ta- 
mién  pó  aquí?  ¡Ai juna!  ¿qué  no  le  pesan  los  años? 


48 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


PAISANO  VIEJO 

¡  Di  ande,  mi  vida !  Si  estoy  entuavía  más  juertazo 
que  un  tala.  A  usted  sí,  amigo  Anastasio,  que  le  blan- 
quea la  barba. . . . 

ANASTASIO 

(Riendo)  Dicen.  Ja!  Ja!  Ja!  Lo  que  es  la  edad, 
compadre:  si  hasta  cortón  de  vista  se  ha  quedáo. 
{Acariciándose  la  barba)  ¿Qué  no  vé  que  esto  blanco 
es  el  polvo  del  camino? 

RAIMUNDO 

Vamois  á  ver,  Viejo.  Usted  como  el  más  formal  se 
me  va  á  encargar  de  cuidarme  las  muchachas. 

CIPRIANO 

Que  más  quiere  el  zorro  que  lo  metan  en  el  ga- 
llinero. 

ANASTASIO 

j  Adiós !  Ya  pareció  un  mangangá  rezongón.  ¿  Qué 
le  pasa,  amiig'o  Cipriano?  ¿Tiene  miedo  que  me  le 
saque  enancada  su  moza  ?  A  ver,  apunte  al  montón 
(indicando  las  muchachas)  y  dígame  cuál  es  su 
prenda. 

CIPRIANO 

No  tengo,  ño  Anastasio,  porqué  no  sé  elegir. 

ANASTASIO 

¡  Pobrecito !  ¿  No  quiere  una  mamadera  ?  ¿  Y  enton- 
ces, pá  qué  rezonga  ? 


COBARDE 


49 


CIPRIANO 

Porque  pá  cuidar  las  mozas  no  hay  como  los 
mozos. 

ANASTASIO 

Apretále  la  cincha  al  parejero  que  vamos  á  dispa- 
rar. ( Dirigiéndose  á  las  muchachas )  —  A  ver,  pim- 
pollos; el  patrón  nos  manda  pá  que  las  cuidemos. 
¿A  quién  eligen  ustedes,  á  mí  ó  á  Cipriano? 

MUCHACHAS 

(En  coro)  A  usted,  ño  Anastasio,  á  usted. 

ANASTASIO 

(A  Cipriano)  ¿No  dije?  Bájele  la  mano  al  pare- 
jero, amigo,  y  no  pare  hasta  la  picada! 

COSME 

Ai  se  llega  otra  tropillita .... 

DANIEL 

La  yeguada  flor,  aparceros. 

(Entran  Serafina  con  varios  paisanos  y  mucha- 
cha;. Saludos,  exclamaciones,  risas,  cumplimientos. 
En  el  primer  momento,  gran  confusión;  luego,  los 
personajes  se  van  sentando  y  forman  distintos  gru 
pos.  Entra  Natividad  por  la  casa.  Las  amigas  co 
rren  á  saludarla). 


4.-T.  I. 


50 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ESCENA  XX 
Dichos,  Serafina,  Natividad,  criollas  y  paisanos 

CIPRIANO 

¡  Qué  empilonadas  se  largaron ! 

ANASTASIO 

(A  Serafina)  ¡Adiós,  güeña  moza!  Si  así  siguen 
cayendo  las  estrellas,  se  va  á  quedar  el  cielo  más 
escuro  que  garganta  de  lobo. 

SERAFINA 

Siempre  tan  fino,  ño  Anastasio. 

ANASTASIO 

La  fina  es  usted,  como  manda  su  apelativo,  Sera- 
fina. 

RAIMUNDO 

Allegúese  acá  la  mozada:  hay  sitio  pá  todos. 

ANASTASIO 

(En  otro  grupo  de  muchachas)  ¡Caramba!  ¡Cuán- 
ta carne  fresquita! 

MUCHACHA  1 

Ño  Anastasio,  no  se  lamba! 


COBARDE 


51 


MUCHACHA  2 

¿Son  resabios  de  su  tiempo? 

MUCHACHA  1 

Cuidáo  con  desbocarse. . . . 

ANASTASIO 

¡  Jué  perra,  con  los  pimpollos ! 

MUCHACHA  3 

Pimpollos  de  rosas,  cuajaditos  de  espinas. 

MUCHACHA  4 

Y  á  su  edad  sería  malo  un  pinchazo. 

MUCHACHA  2 

¿A  qué  no  baila  conmigo,  güen  mozo? 

ANASTASIO 

Asujeten,  paisanos.  ¡La  gran  flauta,  que  son  co- 
cí adoras  !  Entuavía  no  me  les  allegué  y  ya  me  están 
largando  manotadas.  Si  creerán  que  soy  viejo! 

muchacha  2 
La  vista  engaña .... 

ANASTASIO 

¡  Oiga'lé  el  duro  !  ¡  Miá  la  picada  é  virgüelas !  Pues, 
moza,  á  mí  tampoco  me  engaña. 


52 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


MUCHACHA  2 

¿Por  qué,  ño  Anastasio? 

ANASTASIO 

Porque  porque  

Si  tu  cara  juera  campo 
y  yo  juera  pasajero, 
la  pasaría  al  tranquito 
por  miiedo  de  tus  aujeros. 

MUCHACHA  1 

Sofrene  el  pingo,  yiejito. 

MUCHACHA  2 

Míralo  haciendo  versos  ! 

MUCHACHA  3 

Gardeló  pá  el  pericón. 

MUCHACHA  4 

¿  A  qué  no  me  baila  un  gato  ? 

CIPRIANO 

( A  Anastasio )  Sálgase  d  'ese  camoatí,  que  lo  van  á 
comer  las  avispas. 

ANASTASIO 

Si  tengo  el  cuero  duro,  lo  mesmo  que  mulita. 


COBARDE 


53 


MUCHACHA  2 

¡  Miá  el  otro !  Pá  quedarse  él  con  la  miel .... 

COSME 

Ya  estás  tuito  pegotiáo .... 

DANIEL 

Si  querés  que  te  apadrine. 

MUCHACHA  1 

Asina,  en  montón,  pá  parecer  más  guapos. 

( Óyeme  los  sones  de  la  música  que  se  aproxima ) . 

paisano  VIEJO 

Cayeron  los  musiqueros  en  bandada,  lo  mesmo  que 
langostas  

SERAFINA 

Aura  sí  que  vá  estar  lindo. 

(Entran  los  músicos  con  guitarras  y  uno  de  acor- 
deón). 

ESCENA  XXI 
Dichos,  los  músicos 

TODOS 

i  Vivan  los  músicos!  ¡Adelante  mozada!  ¡Güeñas 
noches !  ¡  Una  copita  pá  el  de  la  acordeón ! 


54 


VÍCTOR  PÉEEZ  PETIT 


MUCHACHA  2 

(A  Anastasio)  Aquel  primero,  toca  como  un 
primor. 

COSME 

Hace  lo  que  quiere  con  las  cuerdas  de  su  gui- 
tarra. 

ANASTASIO 

¡Miá  qué  cuerda!  ¡Decíle  que  me  piale  un  ter- 
nero ! 

TERUTERO 

¡  Qué  bandada  de  palomas !  Me  las  comería  sin 
hambre ! 

ANASTASIO 

No  es  pá  toos  la  bota  é  potro .... 

TERUTERO 

¿  Lo  dice  por  mí,  ño  Anastasio  ? 

ANASTASIO 

No,  hijo ;  es  por  el  güey  barroso  que  vide  ayer  en 
la  manguera. 

TERUTERO 

Repare  que  no  soy  vejestorio .... 

ANASTASIO 

Mesmo.  Estás  bichoco  de  puro  sotreta. 


COBARDE 


55 


TERUTERO 

¿Sacó  patente  p 'hablar  usté  solo? 

ANASTASIO 

Justo.  Y  de  llapa  me  dieron  una  pá  el  primer 
perrito  que  saliera  á  ladrarme .... 

TERUTERO 

¡  Pucha,  con  eil  loro  barranquero ! 

ANASTASIO 

¡Ya  se  me  enojó!  Pero  m'hijito  si  entuavía  tenes 
la  leche  en  los  labios. 

TERUTERO 

Y  á  usted  se  le  caen  los  dientes. 

ANASTASIO 

.  Pá  tenerlos  como  vós .  . .  .  que  paleen  palos  é  ga- 
llinero  

RAIMUNDO 

A  ver,  él  del  acordeón,  una  polca  pá  despuntar  el 
vicio. 

todos 

¡Bravo!  ¡Muy  bien!  Una  polca!  Y  corridita! 

(El  acordeón  toca  una  polca,  fórmame  parejas  y 
empieza  el  baile.  Entretanto,  se  prosigue  el  siguiente 
dialogado ) : 


56 


Víctor  pérez  petit 


CIPRIANO 

¡Viejo  diablo  Anastasio! 

PAISANO  VIEJO 

Se  refala  que  es  un  lujo  pá  contestar. 

COSME 

Patea  el  juego  como  bagual  que  tié  güenos  can- 
dados. 

SERAFINA 

Es  una  langosta. 

NATIVIDAD 

Ya  ha  caído  gente. 

ANASTASIO 

Y  güeñas  mozas  también. 

NATIVIDAD 

¿Cómo  le  va,  ño  Anastasio? 

ANASTASIO 

Ai  no  más,  pelechando.  Decime,  m'hijita,  ¿es 
cierto  que  m'hijo  Pedro  anda  embobao  con  vos? 


SERAFINA 

Í  Cuidáo  con  Pedro,  que  es  medio  matrero ! 


COBARDE 


57 


CIPRIANO 

Miala  á  Serafina;  ya  anda  celosa,  ciega  lo  mesmo 
que  pájaro  de  laguna. 

COSME 

¿Es  verdad  que  le  gusta  Pedro? 

CIPRIANO 

Como  al  carancho  los  ojos.  Por  eso  le  tiene  rabia 
á  Nativa. 

VARIOS 

¡Ai  viene  Rampli!  (Se  suspende  la  polca;  todos 
se  vuelven  hacia  Rampli  que  entra  por  el  foro). 

ESCENA  XXII 
Dichos  y  Rampli 

rampli 

Bona  noche  á  tuttos  lo  amigos. 

CIPRIANO 

Adiós,  nación.  ¿Cómo  te  va? 

rampli 

Cosí,  cosí,  hermano  Cipriano.  Abatatáo  per  adren- 
to, abatatáo  per  afuera.  Tengo  un  abatatamiento 


58 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


bárbaro.  ¿E  sabes  lo  qui  ha  de  ser?  El  amor,  Ci- 
priano, el  amor;  lo  hombres  que  s'innamora,  anda 
siempre  comí  un  zumzo. 

CIPRIANO 

Eso  es  lo  que  yo  digo  siempre. 

RAMPLI 

(Ve  á  Natividad  y  se  dirige  á  ella)  ¡Hola,  hola, 
pinpullito  d'insalada!  ¿E  só  papas,  no  son  venido? 

NATIVIDAD 

Fué  á  buscarlo  á  su  casa.  Si  va  para  allá,  á  la  fija 
lo  'encuentra. 

CIPRIANO 

(Biirlonamente)  Me  parece  que  te  están  echando.... 

RAMPLI 

Non  digas  suncerías,  hermano  Cipriano.  Me  ha 
dicho  eso  pa  que  no  intienda  la  riunión.  Mirála,  ché, 
cume  me  mira.  (En  este  instante,  Natividad  vuelve 
la  cabeza )  \  Hola  !  ¡  Hola  !  ¿  Se  hace  la  coquetas  ? 
¡  Eh,  bueno !  Las  moquieres  son  así ;  pura  macaque- 
ría  y  aluego  se  cumen  tutto  il  queso. 


COSME 

Ché,  Rampli,  ¿es  verdad  que  ayer  el  mancarrón 
te  largó  por  las  orejas? 


COBARDE 


59 


RAMPLI 

JVLa  decate  vos !  ¿  Quién  te  ha  incacado  quella  gua- 
rey  aba  ? 

COSME 

Ño  Joaquín,  que  te  vido. 

RAMPLI 

Ma  dun  Cuaquin  le  in  drogudo.  Afieate  vos.  ¡  In 
puebleros !  ¡  Qué  intiende  in  puebleros  de  gaucherías ! 
¡  Hacéme  iil  favor ! 

COSME 

Pero  él  te  vido. 

RAMPLI 

Guareyaba,  amigo,  pura  guareyaba !  Mirá  que  dun 
Cuaquin  me  va  á  inseñar  á  mí  á  quinetear  in  potros 
in  pelos !  ¿  Sabése  vos  lo  que  son  pasado  ?  Te  lo  cunto 
á  vos  perqué  sos  di  confianza.  II  mancarrone,  come 
vos  sabes .... 

.  COSME 

Pá  su  abuela,  por  si  acaso. 

RAMPLI 

Ma  no,  ma  no,  Cóseme.  Decáte  di  abuelas.  II  man- 
carrones es  incapador. . . . 

COSME 

Empacador. 


60 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


RAMPLI 

¡  Sicuro !  Incapador .... 

COSME 

No,  hombre;  decí  empacador  y  estamos  del  otro 
láo  

RAMPLI 

Impartí ....  Incan ....  pan ....  pan .... 

ANASTASIO 

¿Estás  tirando  tiros,  nación? 

RAMPLI 

¡  Oh !  Bona  noche,  dun  Anastasio. 

ANASTASIO 

¿Qué  andás  haciendo? 

RAMPLI 

Eh !  Yo. .  . .  natoralernente. . . .  sun  venido  per  ba- 
lare   

ANASTASIO 

Me  parece  que  ño  Raimundo  no  compra  carne- 
ros .... 

RAMPLI 

(A  Cosme)  Ché,  Cóseme;  ¿cosa  diche  este  gare- 
bucho  con  lo  carnieros? 


COBARDE 


61 


COSME 

Andá^á  preguntárselo  á  Nata. 

paisano  viejo 
Aquí  viene  el  pueblero  con  el  amigo  Pedro. 

ESCENA  XXIII 
Dichos,  Joaquín  y  Pedro 

PEDRO 

(Dirigiéndose  á  Anastasio)  La  bendición,  tata. 

ANASTASIO 

Dios  lo  haga  un  santo,  m'hijo.  ¿Cómo  te  va? 

JOAQUÍN 

¿Y  qué  tal,  no  se  arma  algún  pericón?  Tendría 
mucho  gusto  en  aprenderlo  á  bailar. 

ANASTASIO 

Pues  vamos  á  hacerle  el  gusto,  amigazo.  ¡A  ver, 
mozada!  Los  que  tengan  güeñas  uñas  pá  no  hacer 
un  papelón,  vayan  sacando  las  muchachas.  Vamos 
á  prenderle  á  un  nacional.  ¡  Músicos,  el  pericón !  ¿  Y 
bien  rasgueáo,  eh? 

(Empiezan  á  formarse  las  parejas,  mientras  los 
músicos  templan  las  guitarras). 


62 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


CIPRIANO 

Aprontar  los  versitos. 

DANIEL 

¿Quién  va  á  ser  el  bastonero? 

COSME 

¿Quién  ha  de  ser?  Ño  Anastasio. 

SERAFINA 

Yo  voy  á  hacer  alguna  perdiz. 

RAMPLI 

Meeor,  mecor.  Cosí  incomincia  la  farras. 

PAISANO  VIEJO 

A  ver  un  poco  de  orden.  A  formar,  las  parejas. 

(Salen  al  centro  seis  parejas:  Anastasio  con  Mu- 
chacha 1.a —  Cipriano  con  la  2.a  —  Daniel  con  la 
3.a  —  Joaquín  con  Serafina  —  Pedro  con  Natividad 
—  RampU  con  Muchacha  4.a) 

(Al  compás  de  las  guitarras,  báilase  el  pericón  na- 
cional, cuyas  voces  de  mando,  para  organizar  las 
diversas  figuras,  las  formula  Pedro.  Al  llegar  el  mo- 
mento de  salir  las  parejas,  por  turno,  al  centro  de 
la  rueda,  para  decir  los  versos,  lo  harán  por  el  si- 
guiente orden): 


COBARDE 


63 


CIPRIANO 

Por  el  tranco  se  conoce 
A  la  mujer  y  á  la  yegua, 
A  las  que  son  coeiadoras 
Y  á  las  que  siguen  sin  pena. 

muchacha  2 

Tu  comparancia  me  gusta 
Para  golverte  otra  igual: 
Por  el  tranco  se  confunde 
Cipriano  con  un  bagual. 

DANIEL 

Si  Dios  llega  á  conocer 

El  amor  de  una  paisana, 

Se  va  á  poner  chiripá 

Pá  ser  cuñáo  de  tu  hermana. 

muchacha  3 

Déjalo  á  Di'os  en  el  cielo 
Que  nos  sirva  de  testigo, 
Mientras  haya  paisanitos 
Para  que  bailen  conmigo. 

JOAQUÍN 

El  clavel  que  vos  me  distes 
Como  una  prueba  de  amor 
No  es  clave/1,  sino  que  es  lazo 
Que  enlazó  mi  corazón. 


64 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


SERAFINA 

Si  es  un  lazo,  yo  no  sé ; 
Pero  te  juro,  por  Dios, 
Que  dende  que  te  lo  he  dáo 
Estoy  enlazada  á  vos. 

ANASTASIO 

El  amor  que  te  he  tenido 
Jué  lo  mesmo  que  franela; 
Ansina  que  perdió  el  pelo 
Ya  no  sirve,  ni  calienta. 

muchacha  1 

Eso  le  pasa  á  los  viejos 
Que  cuando  pierden  la  juerza, 
Le  echan  la  culpa  al  ponchit» 
Diciendo  que  no  calienta. 

RAMPLI 

Date  curte  cuanto  quieras 
Con  to  caras  di  sartén, 
Que  mochiachas  cun  virgüelas 
Las  cumpro  yo  inta  ferias 
A  cuatro  per  in  vintén. 

MUCHACHA  4 

Comprarás  criollas  baratas 
Aunque  tengan  gran  parada, 
Pero  á  zonzos  como  vos 
No  los  compra  el  mesmo  Dios 
Ni  á  dos  cobres  la  carrada. 


dOBÁRDÉ 


,  PEDRO 

Las  estrellitas  del  cielo 
No  me  bastan  pá  contar 
Las  veces  que  pienso  en  esta 
Divina  Natividad. 

(Al  salir  Natividad  al  centro  para  contestar  á 
Pedro,  aparece  Gil  por  el  foro). 


ESCENA  XXIV 
Dichos  y  Gil 

gil 

(Avanzando  iracundo)  ¡Recomba!  ¿Cómo  es  eso? 
(A  Natividad)  ¿  Qué  te  he  dicho  ?  ¿  Por  qué  bailas 
con  este  bandido1? 

(Se  produce  una  gran  confusión.  Natividad  pasa 
al  lado  de  Gil;  Anastasio  se  acerca  á  Pedro). 

PEDRO 

( Con  mucha  calma)  Despacito,  ño  Gil ;  yo  no  soy 
un  bandido. 

GIL 

¡Yo  no  hablo  con  usted!  (A  Natividad)  ¿Ets  así 
cómo  me  obedeces,  recomba!  Vamos  á  casa;  yo  te 
voy  á  dar  á  tí  baíleteos  con  esa  clase  de  gente. 


5.-T.  i. 


VÍCTOR  PÉREZ  PÉTIf 


ANASTASIO 

¿Qué  perro  está  ladrando  por  ái? 

PEDRO 

(A  Anastasio)  ¡Cállese,  tata!  (A  Gil)  Mire,  don; 
yo  quiero  á  su  hija,  y  no  hay  mal  en  eso  

GIL 

(Furioso)  ¡Te  callarás,  insolente! 

ANASTASIO 

(Con  ira  contenida)  ¡Te  está  insultando! 

GIL 

¡Atreverse  á  enamorar  á  mi  hija  el  perdulario 
este !  i  Re ! . . . .  Quítate  de  ahí  antes. . . . 

PEDRO 

(Dominándose)  Pero,  oiga,  ño  Gil;  no  me  in- 
sulte .... 

GIL 

( Cada  vez  más  enardecido  al  ver  la  tranquilidad, 
de  Pedro)  ¡Basta!  ¡Ni  una  palabra  más!  Mi  hija  no 
es  para  boca  de  borrico! 

ANASTASIO 

(Al  oído  de  Pedro,  sacudiéndolo  por  un  trazo) 
¡  Te  está  insultando !  ¿  Le  tenes  miedo  ?  ¡  Peliálo,  ca- 
nejo ! 


COBÁRDÉ 


6? 


PEDRO 

(Haciendo  esfuerzos  por  dominarse  aún  y  con  voz 
contenida)  Ño  Gil,  no  me  insulta  por  favor  i.*; 
Oigame  lo  qüe  le  digo .... 

NATIVIDAD 

(A  Gil)  ¡Tatito! 

GIL 

(A  su  hija)  ¡  Si  no  te  callas  te  estrello,  recomba! 
(A  Pedro)  Ni  una  palabra,  he  dicho;  no  tengo  que 
oír  nada.  Gentes  como  vos  no  son  para  mi  hija.  Y 
que  no  vuelva  á  verte  rondando  mi  casa,  porque  te 
doy  una  soba. 

ANASTASIO 

(Horriblemente  descompuesto,  sacudiendo  á  Pe- 
dro): ¡Miserable!  ¿Tenés  miedo?  ¿No  sos  hombre? 
¡Mátalo,  te  digo! 

(El  tumulto  aumenta.  Las  mujeres  huyen  para  la 
casa  unas  y  otras  para  la  cocina.  Natividad  trata  de 
contener  á  Gil,  que  la  rechaza  brutalmente.  Anasta- 
sio increpa  á  su  hijo,  que  está  nerviosísimo) . 

PEDRO 

Mire,  ño  Gil,  que  le  pueden  pesar  sus  palabras .... 


GIL 

¿  Me  amenazas,  bellaco  ?  ¡  Tú !  ¡  Tú !  Pordiosero ! 


b8 


VÍCTOR  PÉREZ  PETÍT 


ANASTASIO 

¡  Pedro ! 

PEDRO 

¡  Ño  Gil ! 

GIL 

¡Pordiosero!  ¡Haragán!  ¡Bandido! 

PEDRO 

¡  Y  tisted,  canalla ! 

GIL 

¡Canalla!  ¿Yo?  ¡  Tomá  canalla!  (Con  el  rebenque 
azota  á  Pedro). 

ANASTASIO 

¡  Mátalo ! 

(Joaquín  y  Daniel  se  precipitan  á  Pedro  en  el 
instante  en  que  éste  saca  su  daga.  Natividad  es  re- 
chazada con  fuerza  por  Gil,  que  también  ha  desnu- 
dado su  facón;  y  entonces,  en  el  instante  en  que  Pe- 
dro va  á  acometer  á  su  padre,  se  vuelve  á  él,  lan- 
zando un  grito)  : 

NATIVIDAD 

¡  Pedro ! 


COBARDE 


69 


ANASTASIO 

( A  Pedro )  \  Ruémpele  el  alma ! 

( Gil  está  en  guardia,  esperando  á  su  adversario. 
Pedro,  que  se  ha  detenido  al  oir  el  grito  de  Nativi- 
dad, sostiene  una  espantosa  lucha  interior.  La  cólera 
le  ciega  por  instantes  y  las  imprecaciones  de  Anasta- 
tasio  le  mueven  á  vengar  su  honor  ofendido;  pero  la 
presencia  de  Natividad  le  recuerda  la  promesa  que 
le  hizo  de  no  herir  á  su  padre.  No  obstante,  la  ira, 
la  vergüenza,  le  vuelven  loco  de  desesperación  y  en- 
tonces avanza  un  paso  para  pelear  con  su  ofensor). 

NATIVIDAD 

(Horrorizada,  con  un  grito  que  es  casi  un  alarido 
de  dolor)  \  Pedido! 

(Pedro  se  detiene  en  el  instante  en  que  iba  á  aco- 
meter: mira  á  Natividad,  lleno  de  espanto,  y  baja 
tristemente  la  cabeza.  Está  vencido.  Dá  un  paso,  va- 
cilante como  un  ebrio,  aturdido,  sin  oir,  sin  ver  á  su 
padre  que  le  contempla  con  inmenso  estupor.  Y  es  con 
un  gesto  de  rabia  impotente  que  arroja  al  suelo  su 
daga.  Luego,  pásase  la  mano  por  la  frente  sudo- 
rosa, mira  anonadado  alrededor,  avanza  un  poco, 
luego  algo  más  y  se  aleja  entonces  en  silencio,  la 
cabeza  baja,  vacilante,  triste,  sin  una  palabra.  Los 
paisanos  le  abren  paso,  mudos.  Anastasio  está  ' como 
petrificado.  Y  Pedro  se  aleja,  con  una  calma  som- 
bría, y  desaparece  en  la  noche.  Pausa  larga;  gran 
silencio) . 


70 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ANASTASIO 

(Saliendo  súbitamente  de  su  estupor,  con  un  ru- 
gido de  fiera  herida)  ¡Cobarde!  ¡Me  deshonrás! 

GIL 

(Sonriendo  despreciativamente,  guarda  su  arma, 
A  su  hija )  ¡  Ahí  tenés  á  tu  gauchito,  ahí ! 

ANASTASIO 

(A  Gil,  con  voz  ronca)  Sí,  es  un  cobarde!  Pero, 
no  es  m'hijo  !  ¡No  es  m'hijo !  ( Con  voz  precipitada  y 
baja)  ¡  Aura  nosotros  dos,  ño  Gril!  ¡Pronto! 

GIL 

(Volviéndole  la  espalda)  Yo  no  peleo  con  usted. 

ANASTASIO 

( Con  ira)  ¡  Ah !  ¿ No?  Púas  vaya :  golpe  por  golpe ! 

( Con  su  rebenque  le  cruza  el  cuerpo  á  Gil.  Éste- 
se vuelve,  vibrante  de  ira  y  desnuda  nuevamente 
su  facón.  Pelean  furiosamente.  Natividad  se  desmaya 
y  los  paisanos  la  sacan  de  aquel  cuadro  de  horror. 
Finalmente  Anastasio  hiere  á  Gil.  el  que  cae  sosie 
nido  por  dos  paisanos). 


gil 

(Al  sentirse  herido)  ¡Asesino! 


COBARDE 


71 


ANASTASIO 

(Con  voz  sorda)  ¡Mentís!  ¡Te  maté  cara  á  cara! 
(Mira  á  su  alrededor  con  semblante  descompuesto. 
Todos  guardan  silencio.  Entonces  se  aleja  brusca- 
mente, lanzando  su  adiós  con  voz  quebrada,  doloro- 
sisima) :  Adiós,  mis  amigos! 

COSME 

(Muy  bajo)  ¡Dios  lo  ayude,  ño  Anastasio! 


TK'JjÓN 


ACTO  SEGUNDO 


La  escena  estará  dividida  en  dos  partes.  A  la  izquierda 
del  actor  habrá  una  pulpería  de  campaña  cuyo  armazón  y 
mostrador  darán  frente  á  las  candilejas.  Sobre  el  proscenio, 
mesas  y  bancos,  bolsas  de  yerba,  cajones  y  diversas  barricas, 
una  de  las  cuales  sirve  de  asiento  á  Cipriano,  que  templa  su 
guitarra.  Rodeando  la  mesa,  y  juganlo  á  los  naipes,  estarán 
Daniel,  Cosme,  Paisano  Viejo  y  Terutero.  —  A  la  derecha, 
vése  el  campo  que  se  extiende,  hasta  las  lejanías  azuladas, 
por  la  loma  de  una  cuchilla.  Postes  con  argollas  para  atar 
caballos,  y  en  el  segundo  plano,  un  ombú  corpulento.  —  Es 
el  caer  de  la  tarde.  El  horizonte  se  ensangrienta  con  las  úl- 
timas púrpuras  solares.  Hacia  el  final  del  acto,  cae  la  noche. 

ESCENA  PRIMERA 

Cipriano,  Cosme,  Daniel,  Paisano  Viejo,  Terutero 
y  dos  ó  tres  paisanos  más 

TERUTERO 

(Mezclando  las\  cartas)  Atención,  mozada,  que  voy 
á  dar. 

DANIEL 

Di  justos  á  tu  familia. 

PAISANO  VIEJO 

Xo  haga  caso,  compañero,  de  las  puyas,  y  dea  bien. 


74 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


COSME 

El  cuerpo  contra  una  piedra. 

TERUTERO 

(Dando  barajas)  La  perica  es  muestra. 

PAISANO  1 

Ansí  se  llama  la  chancha  del  canario  Cirilo. 

COSME 

Es  malo  jugar  con  endevinos. 

PAISANO  VIEJO 

¡  Oigalé !  ¡  Y  salió  cierto ! 

DANIEL 

(Mirando  sus  cartas)  Tal  vez  la  cante. ... 

TERUTERO 

Al  pie,  compañero. 

PAISANO  VIEJO 

¡  Cómo  no !  si  yo  estoy  ciego. 

COSME 

Lávate  con  agua  é  malva.  (A  Daniel)  Juegue  la 
puntita.  si  sabe. 

DANIEL 

Ai  va  la  punta  y  la  liga  (juega  una  baraja). 


COBARDE 


75 


PAISANO  VIEJO 

De  tan  asustao  que  está,  si  ha  olvidao  de  cantar 
flor.  . . . 

COSME 

Sí ;  pero  como  no  juega  sólo,  yo  tamién  puedo 
cantar.  . . . 

PAISANO  VIEJO 

Gante,  que  su  voz  me  gusta. 

TERUTERO 

Subiendo  siempre  ia  carta.  No  se  asuste  y  venga 
á  mí. 

paisano  1 
¿  No  quiere  mi  parejero  ? 

PAISANO  2 

Ese,  prestáselo  á  Terutero  pá  la  disparada  que  va 
á  dar. 

TERUTERO 

Ché,  vos.  si  me  estás  mirando  el  juego  te  vas  á 
quedar  lunanco.  (Con  mal  humor)  ¡Estoy  empa- 
cado ! 

PAISANO  1 

¡  Ya  estuvo  !  ¡  Jua  !  ¡  jua !  ¡  jua  ! 

TERUTERO 

¿Qué  cosa? 


76 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


PAISANO  1 

La  disparada.  ¡  Jua !  ¡  jua !  ¡  jua ! 

PAISANO  VIEJO 

No  se  ría  así,  hombre,  que  lo  van  á  tomar  por 
pato. 

COSME 

(A  Daniel)  ¿Y? 

DANIEL 

Parda  que  se  sienta  linda .... 

PAISANO  VIEJO 

Ya  tendrá  güeñas  caderas .... 

CIPRIANO 

(Deja  la  guitarra,  bájase  de  la  barrica  y  dispónese 
á  salir)  ¿Entoavía  no  acabaron  de  sonciar?  Yo  me 
voy  pa  la  estancia. . . . 

DANIEL 

¡  Oh !  ¿y  ahora  ?  Aguárdate  y  vamos  juntos. 

CIPRIANO 

¿Les  falta  mucho? 

*  COSME 

Estamos  por  ganar  el  güeno .... 

TERUTERO 

Las  ganas ....  que  estoy  teniendo .... 


CiOBÁRDÉ 


77 


DANIEL 

De  que  te  llamen  bobeta. 

PAISANO  VIEJO 

No  sea,  amigo,  chancleta.  Juegue. 

CIPRIANO 

Entonces  me  largo  hasta  el  rancho  del  canario 
Cirilo  y  güelvo  á  buscarlos .... 

PAISANO  VIEJO 

Vaya,  hombre,  y  déjenos  jugar. 

ESCENA  II 
Dichos  y  Pedro 

(En  el  instante  de  salir  Cipriano  de  la  pulpería, 
entra  Pedro  por  el  foro.  Amóos  se  muestran  cohibi- 
dos durante  un  momento  y  guardan  embarazoso  si- 
lencio. Por  fin  Cipriano,  saludando  fríamente  á  Pe- 
dro, trata  de  esquivarle  saliendo  por  la  derecha.  Las 
primeras  palabras  de  Pedro  le  detienen  brusca- 
mente). 

PEDRO 

¿Qué  andás  haciendo,  Cipriano?  (Éste  guarda  si- 
lencio, contrariado)  ¿Qué  hacés?  ¿Por  qué  no  me 
contestas  ? 


78 


VÍCÍOR  PÉREZ  PET1* 


CIPRIANO 

¿Ande  te  metes?  Va  pá  dos  días  que  no  se  te  vé. 

PEDRO 

(Con  un  gesto  vago)  Por  ái..;.  (Después  de 
una  vacilación  dolor  osa)  ¿Y  Nativa? 

CIPRIANO 

No  sé;  no  la  vide. 

PEDRO 

¿Y  ño  Joaquín? 

CIPRIANO 

Ai  en  la  Estancia.  Se  va  pá  Montevideo. 
(Un  silencio  cada  vez  más  embarazoso). 

PEDRO 

(En  voz  más  baja)  ¿Y  tata? 

CIPRIANO 

No  sé  d'él.  Ha  juído. 

PEDRO 

( Ansioso )  ¿  Ha  juído  ?  ¿  Por  qué  ? 

CIPRIANO 

(Secamente)  Porque  jué  un  hombre:  mató  á  Gil. 

PEDRO 

( Con  un  sobresalto  brusco)  ¡Lo  mató! 

CIPRIANO 

(Con  dura  frialdad)  ¡Jué  un  hombre! 


Cobarde 


7G 


'  PEDRO 

(Mirándole  fijamente)  Ya  sé;  ya  lo  dijistes.  .  ; . 
i"  y°>  y°j  yí>  s°y  un  cobarde^  un  mulita,  ¿  no  es  eso  ? 
(Pausa.  Cipriano  guarda  silencio,  mirando  vaga- 
mente alrededor)  ¿No  es  ansí  que  me  llaman  tuitos? 

CIPRIANO 

(Seco)  Sí. 

PEDRO 

(Brillándole  los  ojos  de  ira)  ¡Un  cobarde!  ¡Un 
mandria !  Y  vos,  vos  Cipriano,  ¿  vos  eres  que  le  tuve 
miedo  á  Gil? 

CIPRIANO 

(Lo  mira  un  momento  con  asombro;  luego,  des- 
viando la  vista,  con  amarga  filosofía)  Un  hombre 
no  ge  deja  castigar. 

PEDRO 

(Como  hablando  consigo  mismo)  Sí,  tenes  razón: 
un  hombre  no  se  deja  castigar,  y  más  si  está  la 
novia  delante.  .  .  .  No  se  deja  castigar,  no. .  .  . 
(Pausa)  Pero,  yo  no  tuve  miedo!  (Viendo  sonreír  á 
Cipriano,  con  ira)  ¡No,  no  tuve  miedo!  (Calmán- 
dose, dolorosamente)  Haces  bien,  hermano  Cipriano  ; 
réite,  róite ....  vos  no  sabes .... 

CIPRIANO 

(Con  tono  indiferente  y  frío)  Voy  á  buscar  el 
caballo.... 

(Sale  por  la  derecha.) 


id 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIít 


ESCENA  III 
Dichos^  menos  Cipriano 

PEDRO 

( Que  al  salir  Cipriano,  se  ha  quedado  con  la  mano 
tendida)  No  me  ha  dáo  la  mano,  él,  él,  mi  amigo, 
el  que  más  quiero ....  Me  ha  tomáo  por  un  cobarde 
y  ansí  me  tomarán  tuitos.  Las  chinas  me  amostra- 
rán con  el  dedo,  la  mozada  se  reirá  de  Pedro.  . . . 
¿Y  por  qué?  Porque  soy  un  mandria. . . .  (Avanza 
unos  pasos  y  mira  hacia  la  pulpería.  Pausa)  Ai 
están  esas....  ¿Pá  qué  dentrar?  Pa  1er  el  dispre- 
cio en  tuítas  liáis  caras.  ¿  Quién  va  á  darme  la  mano 

si  soy  un  hombre  deshonráo          (Retrocede  irnos 

pasos,  hasta  el  ombú  y  se  sienta  sobre  una  de  sus 
raíces,  cogiéndose  la  cabeza  con  ambas  manos). 

TERUTERO 

( Palmoteando )  ¡  Toma  mate  y  pasáme  la  pava ! 
¡  Se  la  dimos  encimita  é  las  guampas ! 

PAISANO  VIEJO 

¡  Si  con  nosotros  no  se  puede,  es  al  ñudo ! 

DANIEL 

Güeno,  hombre,  güeno;  no  hay  que  cacarear  tan 
juerte.  Otro  día  nos  tocará  á  nosotros. 


COBARDE 


81 


¡  COSME 

Tamién  con  la  porquería  de  juego  que  nos  sa- 
lió.... 

TERUTERO 

A  veir,  pulpero.  ¡  Ginebra  pá  los  ganadores ! 

DANIEL 

Y  pá  los  que  comieron  cola  y  tienen  sed  tamién, 
¡  qué  diablos ! 

PULPERO 

¿  Cuatro  ?  N 

PAISANO  VIEJO 

¡  Claro ! 

PULPERO 

El  frasco  no  alcanza.  Voy  á  buscar  adentro. 

PAISANO  VIEJO 

¡Hum,  no  me  fío!  El  barril  del  agua  está  muy 
cerca. 

pulpero 

Venga  á  ver  si  quiere.  Aquí  no  hay .  misturas. 

TODOS 

Vamos,  vamos  á  ver  todos  y  la  chuparemos  en  el 
patio. 

COSME 

Pá  eso  sernos  tuitos  de  confianza.  (Éntrame  todos 
en  la  pulpería). 

6,-T.  i. 


82 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ESCENA  IV 
Pedro,  sólo 

PEDRO 

( Con  voz  muy  baja)  Sí ;  tengo  que  dirme  del  pago, 
pá  esconder  la  vergüenza . . .  .  ¡  Soy  un  mulita !  ( Con 
energía)  Pero,  yo  no  lo  podía  matar  á  Gil!  Era  el 
tata  de  ella;  Nativa  tenía  mi  palabra....  Pá  ser 
hombre  honráo  no  podía  faltar....  (Pausa)  Na- 
tiva.... Nativa....  ¿qué  dirá  de  mí?....  Y  yo, 
yo,  yo....  (Inclina  la  cabeza  tristemente.  Luego, 
como  siguiendo  el  vuelo  ole  los  recuerdos  que  se  al- 
zan de  su  corazón,  prosigue  melancólicamente) .  ¡Qué 
días  aquellos  ya  pasaos!  Entonces  yo  era  chico  y  la 
acompañaba  al  trabajo,  á  lo  de  Renato ....  El  tata 
d'ella  no  sabía  que  nos  queríamos....  (Con  voz 
queda)  Ocasiones  íbamos  asina  por  el  campo,  con- 
versando, conversando,  juntitos,  bajo  el  sol.  Nativa 
se  réia  muy  dulce ;  estaba  contenta  á  mi  láo ;  me 
decía  que  me  iba  á  querer  mucho,  mucho,  y  siem- 
pre, siempre.  De  tardecita,  cuando  cáia  el  sol,  allá 
lejos,  atrás  de  los  dos  ombuses  de  la  cuchilla,  gol- 
víamos  dispacio,  juntitos,  entre  la  flechilla  de  los 
campos,  charlando. ...  Se  hacía  escuro  y  los  pájaros 
no  cantaban  más.  Lejitos  cacareaban  los  gallos,  y 
eso  nos  ponía  tristes.  Al  llegar,  el  perro  negro  ve- 
nía pá  hacernos  fiestas,  meniando  la  cola  y  fregán 


COBARDE 


83 


clase  contna  el  vestido  de  Nativa.  ¡Pobre  perro  ne- 
gro !  Se  llamaba  Noche.  Era  muy  viejo.  Aura  si  ha 
muerto.  (Pausa  larga.  Pedro  lia  quedado  sombría- 
mente meditabundo  sobre  la  ultima  palabra  que  ha 
pronunciado.  Luego  se  pone  en  pie,  turbado,  con  un 
principio  de  extravío  en  la  mirada)  Estar  muerto.... 
Dormir,  dormir  aquí  abajo,  en  la  tierra,  siempre, 
siempre ....  ¡  Oh !  ¡No  acordarse  más  de  que  se 
sufre ;  no  ser  más  disgraciáo ;  no  ver  más  este  mundo 
maldito ! .  . . .  (Su  excitación  se  calma  bruscamente 
ante  la  idea  que  brota  en  su  mente,  y  queda,  así,  don 
la  mirada  fija,  como  un  hipnotizado.  Después,  pa- 
sándose la  mano  por  la  frente):  ¡No  ver  más  á  Na- 
tiva !  ¡  No  verla  más,  no  verla  más !  ¡  Dios  mío  !  ¡  Dios 
mío ! . . . .  (Va  á  salir,  embargado  por  la  emoción,  en 
el  momento  en  que  entra  Anastasio  por  el  foro.  Am- 
bos se  quedan  como  petrificados).  ¡Tata! 


ESCENA  V 
Pedro  y  Anastasio 

ANASTASIO 

(Para  sí,  turbado)  ¡Pedro! 

PEDRO 

(En  voz  baja)  Güeñas  noches,  tata. 


84 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ANASTASIO 

(Recobrándose,  con  tono  despreciativo)  ¿A  quién 
llamás  tata  vos?  Miá  que  se  me  hace  que  sos  ore- 
jano. . . .  ¿Qué  oveja  te  dió  de  mamar? 

PEDRO 

( Oon  dolor  é  ira)  Me  está  insultando,  tata. . . . 

ANASTASIO 

Por  costumbre,  no  más.  Dende  que  te  dejás  guas- 
quiiair  por  cualquiera,  no  hay  pena .... 

PEDRO 

Tata,  oigamé  Voy  á  decirle  

•  ANASTASIO 

Yo  no  soy  d  tata  de  un  arrastráo  

PEDRO 

Tata,  por  favor. . . . 

ANASTASIO 

i  Qué  no  me  llamés  tata,  cobarde !  

PEDRO 

(Cerrando  los  puños,  herido  por  tanto  desprecio) 
\  Cuidáo,  tatai,  que  no  se  pisa  asina  á  la  culebra ! . . . . 

ANASTASIO 

(Marchando  sobre  Pedrto,  al  que  azota  con  su  ve- 
benque)  ¡Mesmo!  Pero  vos  sos  un  aperiá  cobarde!.... 
(Sale  agitadisimo  por  la  derecha). 


COBARDE 


35 


PEDRO 

(Deteniendo  su  loco  impulso  de  abalanzarse  con- 
tra Anastasio )  ¡Es  mi  padre ! . . . .  ( Sale  rápida- 
mente por  el  foro,  llevándose  las  manos  á  la  cabeza 
con  un  gesto  de  horrible  desesperación). 

ESCENA  VI 
Daniel,  Cosme,  Paisano  Viejo 

DANIEL 

(Riendo)  ¡Nos  ha  pitado  lindo  el  pulpero! 

COSME 

(Riendo)  Por  la  gracia  debían  nombrarlo  alcalde. 

PAISANO  VIEJO 

No,  pues  al  hijo  de  mi  madre  no  lo  agarran  más 
con  pruebitas  de  barajas. 

ESCENA  VII 
Dichos,  Terutero,  Pulpero  y  demás  paisanos 

(Entran  todos]  riendo  y  bromeando  con  el  pulpero). 

TERUTERO 

Al  ñudo,  ché,  has  rejuntáo  tanta  platita  


86 


VÍCTOR  PÉREZ  PETlt 


PULPERO 

Si  es  una  zoncera ....  Ligereza  de  manos .... 
un  paisano 

j  Re-Cristo !  ¡  Cómo  ligeras !  Ni  el  pangaré  del  co- 
masario ! 

DANIEL 

¿Y  diande  sacastes  esas  mañas? 

PAISANO  VIEJO 

Pregúntale  mejor  diande  sacó  esas  uñas. 

COSME 

Se  las  prestó  un  peludo. 

pulpero 

¡  Claro !  Cáen  tantos  peludos  á  este  boliche .... 

TERUTERO 

¡Aviisá  si  te  crés  que  estamos  borrachos! 

ESCENA  VIII 
Dichos  ¡y  Cipriano 

CIPRIANO 

(Entrando  por  la  izquierda  se  dirige  á  la  pul- 
pería) ¡Hola,  mozada!  ¿A  qué  no  enclevinan  á  quién 
acabo  de  ver? 


COBARDE 


87 


TERUTERO 

De  juro  á  la  ahijada  del  canario  Cirilo. .  . . 

CIPRIANO 

No  seas  bobeta;  á  Pedro. 

DANIEL 

¡A  Pedro! 

COSME 

¡Miá,  ché! 

PAISANO  VIEJO 

¿  Le  hablaste  ?  ¿  Qué  dice  ? 

CIPRIANO 

Anda  abatatáo,  tristón ....  Me  preguntó  por  su 
viejo,  qué  sé  yo ! . . .  . 

PAISANO  VIEJO 

¡Cómo  se  pierde  un  hombre! 

COSME 

Yo  no  lo  creiba  ansina. 

TERUTERO 

Pa  mi  gusto  'era  un  valiente. 

pulpero 

¿Y  ande  andará  el  viejo? 


S8 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


CIPRIANO 

Juído. 

DANIEL 

La  polecía  andaba  ayer  rondando  el  monte. 

PAISANO  VIEJO 

Dios  lo  libre  y  guarde. 

UN  PAISANO 

(A  Cosme)  ¿Y  qué  me  dice  de  la  carrera  de  ma- 
ñana ? 

COSME 

Pá  mi  gusto  es  de  la  yegua. 

UN  PAISANO 

¿Es  ligera,  no?  ' 

COSME 

Como  de  encargo  pá  un  desempeño. 


ESCENA  IX 
Dichos  y  Joaquín 

JOAQUÍN 

¿Qué  tal,  amigos?  (Salúdame)  ¿Qué  dicen  de 
nuevo?  ¿Matando  la  sed? 


COBARDE 


DANIEL 

Aprontándonos  pá  golver  á  la  madriguera. 

JOAQUÍN 

Es  temprano  aún  y  hay  que  sacarle  el  jugo  á 
los  días  de  fiesta.  A  ver,  pulpero;  sirva  una  ronda. 
(Los  paisanos  piden  y  beben). 

DANIEL 

( Que  está  preludiando  estilos  en  la  guitarra )  Ño 
Joaquín,  que  no  se  le  olvide  lo  ofrecido  

JOAQUÍN 

¿Las  décimas?  No  me  olvido;  ya  se  las  enseñaré. 
Pero  con  la  condición  de  que  ahora  va  á  cantarnos 
algo. 

DANIEL 

Si  no  sé  nada. 

COSME 

No  sabés         andar  por  el  aire  como  vieja. 

TERUTERO 

Cipriano  sí  que  es  tigrazo. 

pulpero 

De  veras  que  pá  cantar  es  medio  alarife. 

JOAQUÍN 

Bueno;  pues  lio  mejor  es  armar  un  contrapuntlo. 


90 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


TODOS 

¡Bravo!  ¡Muy  bien!  ¡Un  contrapunto!  \ 

JOAQUÍN 

(Alcanzándole  otra  guitarra  á  Cipriano)  No  hay 
remedio,  amigo.  A  ver  como  lo  hace. 

CIPRIANO 

Mal,  como  un  viento  de  cara. 

PAISANO  VIEJO 

Mal  anda  el  diablo  en  el  infierno. 

DANIEL 

(Sentado  sobre  una  barrica)  Bmpezá  vos. 

CIPRIANO 

(Sentándose  sobre  la  mesa)  Vos  primero. 

TERUTERO 

Cualquiera,  hombre.  Siempre  la  oveja  más  ruin... 

CIPRIANO 

Pues  yo  rompo  el  chiquero.  (Bordonea  y  canta) 

Vamjos  lo®  dos  á  cantar 
De  contrapunto,  amigazo, 
Y  de  juro  que  un  picazo 
Lo  voy  á  hacer  jinetiar; 


COBARDE 


91 


Si  se  llega  á  retobar 

Le  tiraré  de  la  rienda 

Pa  que  usté  lueguito  aprienda 

Que  aquí  tiene  un  güen  cantor 

Qus  lo  mesmo  canta  amor 

Que  las  penas  de  su  prenda. 

PULPERO 

¡  Oigalé  el  duro !  ¡  Parále  las  manos  á  ese  zorrillo ! 

TERUTERO 

¡Aguárdate  el  güelto !  ¡  Atropellálo,  Daniel! 

DANIEL 

(  Canta) : 

Se  está  guasquiando  sólito 
Como  potro  mal  cinchao 
Que  tienen  incomodao 
Los  tábanos  y  mosquitos; 

TERUTERO 

¡  Pá  que  se  rasque ! 

DANIEL 

(Sin  interrumpirse) 

Aguárdese  un  momentito 
Que  le  voy  á  contestar, 
Sin  que  haiga  de  jinetiar 
Nengún  picaso,  aparcero, 
Pues  soy  tan  güen  guitarrero 
Como  el  que  quiera  rayar. 


92 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


TERUTERO 

Te  matarion  los .... 

PULPERO 

(Tapándole  la  boca  con  la  mano)  No  resollés  tan 
juerte  que  hay  enfermos  en  la  familia. 

COSME 

(A  Cipriano)  ¡Dále  espuela  al  matungo! 

CIPRIANO 

( Canta) : 

Ansina  me  gusta,  amigo 
Que  no  se  duerma  en  carona 
Y  se  calle  su  bordona 
Si  le  sale  un  enemigo: 

PAISANO  VIEJO 

¡Aprendé  educación! 

CIPRIANO 

( Prosiguiendo ) : 

Aquí  tenemos  testigos 
Que  nos  están  escuchando, 
Que  nos  están  esperando 
Nos  dejemos  de  sonciar, 
Con  que  empiece  á  preguntar 
Si  quiere  dir  preguntando. 


COBARDE 


93 


PULPERO 

Animáte,  pues.  Ansí  sernos  los  criollos. 

TERUTERO 

¡Pucha,  que  tos  te  ha  dáo!  (A  Daniel)  Dale  unas 
friegas  de  tala  á  este  inválido. 

DANIEL 

( Canta)  : 

Ya  que  me  envita,  aparcero, 
Pa  que  empiece  á  preguntar, 
A  ver  si  sabe  contar 
Lo  que  es  el  amor  primero. 

JOAQUÍN 

¡Linda  pregunta! 

TERUTERO 

(Al  Pulpero)  ¿Se  te  paró  la  tós,  ché? 

PULPERO 

¡  No,  cuñao !  ¡  Si  entoavía  estoy  más  juerte  que 
garrón  de  avestruz! 

CIPRIANO 

( Canta )  : 

Le  contestaré  ligero 
Lo  que  sepa  sobre  el  caso 
Pa  que  no  crea,  amigazo, 
Que  soy  un  mal  parejero. 


94 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


Sepa  que  el  amor  primero 
Que  el  hombre  tiene  en  el  mundo 
Y  que  llena  de  projundo 
Placer  á  su  alma  dormida, 
Es  el  que  nace  en  su  vida 
Antes  que  eH  amor  segundo. 

pulpero 
¡Apriendé  á  tomar  mate! 

COSME 

¡  Me  quemé  con  la  bombilla ! 

JOAQUÍN 

¡  Bien  contestado  !  ¡  Bravo ! 

PAISANO  VIEJO 

Se  me  hace  que  vamos  á  sudar  pa  tapar  este 
aujero. 

CIPRIANO 

( Canta) : 

Aura,  si  no  es  un  tilingo, 
Usté  me  va  á  contestar 
Qué  caballo  va  á  ganar 
La  carrera  del  domingo. 

un  paisano 
¡  Pá  adivinos  es  la  cosa ! 


COBARDE 


95 


PULPERO 

¡ Agárrame  ese  peludo! 

TERUTERO 

(A  Daniel)  Hermanito,  dále  lonja  al  charabón! 

COSME 

¡  Qué  turbio  se  puso  el  tiempo ! 

JOAQUÍN 

Pues  abra  el  poncho,  amigo,  que  ahora  viene  la 
rociada. 

DANIEL 

( Canta) : 

Muy  fácil  es  la  rispuesta 
Pá  que  me  pare  á  pensar 
Qué  caballo  va  á  ganar 
En  la  carrerita  esta. 

TERUTERO 

¡No  te  dije! 

DANIEL 

( Canta) : 

Y  de  aura  paro  la  apuesta 
Al  que  me  salga  primero, 
Jugando  tuitio  el  dinero 
Que  se  le  antoje  jugar, 
Que  el  premio  lo  ha  de  ganar 
El  que  corra  más  ligero. 


96 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


TERUTERO 

¡Anda  á  ver  al  sacamuelas! 

pulpero 

¡  Adivinó,  de  juro ! 

COSME 

Te  pegaron  entre  las  guampas. 

pulpero 

¿Qué  le  hemos  de  hacer?  El  que  no  nace  toruno 
es  carnero. . . . 

JOAQUÍN 

Ya  veremos  la  revancha. 

pulpero 

¿Pues  no  ha  de  verla,  ño  Joaquín?  A  generoso 
no  me  gana  la  partera. 

PAISANO  VIEJO 

Está  visto.  Ño  Joaquín  nos  ha  pegotiao  á  tuitos 
con  sus  güenos  modos. 

DANIEL 

( Canta)  : 

Pues  si  no  está  con  fatiga 
Ni  se  siente  muy  lerdón, 
Diga  amigo,  ¿quiénes  son 
Los  tatas  del  viejo  Artigas? 


COBARDE 
j  


97 


TERUTERO 

¡  Bravo  !  ¡  Muy  bien  !  ¡  Eso  es  preguntar  un  criollo  ! 

PULPERO 

;  J ué  pucha,  que  está  escandaloso  el  mocito  !  ¿  Te 
crés  que  no  sabemos  geografía?  Cipriano,  prepará- 
mele  una  tisana  á  este  bobeta. 

TERUTERO 

j  Ché !  ¡  No  te  pases  al  patio  que  vas  á  pisar  los 
pollos ! 

CIPRIANO 

(  Canta) : 

Jugando  y  sin  hacer  caso 
De  lo  que  voy  á  decir 
Me  paice  que  he  salir 
Vencedor  pasito  á  paso. 
Por  si  llego  con  atraso 
Aura  voy  á  responder 
Que  asigún  llegué  á  saber 
Por  los  criollos  que  los  vieron 
Los  tatas  de  Artigas  jueron 
Un  hombre  y  una  mujer. 

PAISANO  VIEJO 

Decíme  que  es  mentira. 

TERUTERO 

No  amigo;  si  yo  no  digo  nada. 

7.  —  T.  I. 


93 


VÍCTOR  PÉREZ  i'ETlT 


JOAQUÍN 

¡  Eso  es  maña  pana  sacarse  el  lazo ! 

pulpero 

¡No  vé  que  al  cuete  hemos  ido  al  colegio! 

DANIEL 

( Cania) : 

Pa  saberme  contestar 

Ya  veo  que  usted  no  es  manco 

Y  que  poco  á  poco,  al  tranco, 
Sale  del  tembladeral. 
Amigo,  no  lo  ha  hecho  mal, 

Y  crea,  lo  felicito 
Porque  me  veo  chiquito 
Al  lao  suyo,  y  no  sé 
Ande  aura  me  meteré 
Para  cantar  un  poquito. 

COSME 

Tomá  güenos  modos. 

TERUTERO 

Ni  los  mozos  de  Montevideo  son  tan  finos.... 
¡  Disculpe,  ño  Joaquín ! 

JOAQUÍN 

No  me  ofende,  amigo. 

PULPERO 

¿Te  crési  que  sernos  ma'l  criados?  (A  Cipriano) 
\  Hacéle  una  compadrada  con  güenos  modos ! 


COBARDE 


99 


CIPRIANO 

No  compriendo  yo  porque 

Ha  de  verse  usté  chiquito 

Al  lao  de  este  gauchito 

Que  es  tan  poco  para  usté. 

Amigo,  levantesé 

Y  venga  á  darme  la  mano 

Que  sería  un  orejano 

Si  después  de  ser  vencido 

Me  juera  de  aquí  creído 

Que  le  he  ganáo  á  mi  hermano. 

(Todos  los  presentes  aplauden  y  felicitan  á  los 
payadores ) . 

JOAQUÍN 

Los  dos  se  han  portado.  Muy  bien.  ¡Bravo! 

COSME 

Cantores  de  juerza. 

paisano  VIEJO 
Se  me  hacen  lo  mesmo  que  torunos. 

JOAQUÍN 

Pago  otra  ronda  y  en  marcha. 

(Beben  y  vánse  todos  haciendo  comentarios  sobre 
el  contrapunto  y  la  próxima  carrera). 


100 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ESCENA  X 
Pulpero;  luego  Pedro 

( Al  retirarse  sus  parroquianos,  el  Pulpero  empieza 
á  arreglar  los  trastos  para  cerrar  el  boliche,  pues  ya 
cae  la  noche.  En  un  recodo  del  camino,  reaparece  la 
alegre  comitiva  que  va  haciendo  música.  Poco  á  poco 
se  extingue  ésta,  y  entonces  el  pulpero  entona  la 
siguiente  quintilla): 

PULPERO 

Mi  caballo  era  mi  vida, 

Mi  bien,  mi  único  tesoro. 

A  quien  me  entregue  mi  moro 

Yo  le  daré  mi  querida, 

Que  es  más  luciente  que  el  oro. 

(Entra  Pedro,  por  la  izquierda,  meditabundo) . 

PEDRO 

¡  Cobarde !  ¡  Soy  un  cobarde !  ¡  He  pasao  cerca  de 
tuitos  esos  y  han  hecho  como  si  no  me  vieran !  Estoy 
deshonrao ....  Me  disprecian ....  ¿  Pa  qué  expli- 
carle á  esta  gentuza  el  por  qué  no  pelié  á  Gil  ?  ¿  Mo 

creerían  ?  ¿  Me  darían  razón  ?         ¡  Bah !  Se  reirían 

de  mí  y  yo  seguiría  siendo  el  mesmio ....  un  hom- 
bre que  se  de  ja  castigar ....  ( Exasperándose )  ¡  Ah ! 
no,  no,  no  y  no !  Esto  tiene  que  acabar !  Yo  no  puedo 
aguantar  más !  ¡  Yo  voy  á  matar  á  alguno .... 


COBARDE 


101 


PULPERO 

(Canturreando,  sale  al  campo)  :  Mi  caballo  era  

(Advirtiendo  á  Pedro,  con  voz  contenida)  ¡  Pedro 
aquí ! .  . . . 

PEDRO 

¿Qué  cuenta,  amigo? 

pulpero 

Nada. 

PEDRO 

¿Se  viene  la  noche,  eh? 

pulpero 

(Canturreando  á  media  voz): 

Mi  caballo  era  mi  vida, 
Mi  bien,  mi.  .  .  . 

PEDRO 

(Irritado)  Creo  que  le  estoy  hablando,  amigo.  . .  . 

PULPERO 

(Secamente)  ¿Y  con  eso? 

PEDRO 

(Dominándose,  aparte  con  amargura)  Hasta  este 
miserable  pulpero  me  disprecia ! . . .  .  Pero  yo ...  . 
¡  Calma,  calma,  Dios  mío ! .  . . .  (El  pulpero  entra  á 
su  casa)  Vamos,  á  ver,  paisano,  ¿quiere  servir  una 
copa 


102 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


PULPERO 

( Sin  volverse )  No  puedo ....  Ya  es  hora  de  cerrar 
el  boliche .... 

PEDRO 

¡Rayo  de  Dios!....  (Conteniéndose)  Mire,  escu- 
che   

PULPERO 

(Volviéndose  un  poco,  lentamente)  Pasencia,  pai- 
sano ;  mañana  será .... 

PEDRO 

(Estallando)  ¡Ah,  no!  ¡Ah,  no!  ¡Se  acabó!  (Co- 
giéndole por  un  brazo)  Decí,  decí:  ¿vos  también 
crés  que  soy  un  cobarde  ? . .  . .  ¿  Crés  que  yo  ? . . . . 

pulpero 

(Luchando  por  desasirse)  ¡Suelte!  ¡Suelte,  ca- 
nejo,  ó  no  respondo ! .  . .  . 

PEDRO 

¿  Ocmo  ?  ¿  Qué  ?  ¿  Me  amenazas  ?  ¡  Maldita  sea !  

PULPERO 

(Exasperado)  ¡Qué  suelte,  digo!  No  me  manche.... 

PEDRO 

(Iracundo)  ¿Qué  no  te  manche?  ¡Toma,  mise- 
rable! (Zamarreándole  violentamente  lo  arroja  con- 
tra el  suelo.  Después,  dominando  su  furor) :  No,  no. 


COBARDE 


no ... .  ¿  Qué  sacaría  con  matar  á  este  perro  ? . .  . . 
Preciso  otro,  otro ....  no  sé ... . 

pulpero 

(Levantándose  estupefacto)  ¡La  gran  perra! 
¡  Qué  juerza  había  tenido  el  hombre !  Pero  entonces, 
¡canejo!  ¿pá  qué  no  pelió  al  gallego?  (Éntrase  á 
su  boliche,  mientras  Pedro  se  dirige  al  foro). 

ESCENA  XI 
Pedro  y  Natividad 

PEDRO 

(Viendo  aparecer  á  Natividad,  se  detiene  súbita- 
mente) ¡Nativa! 

NATIVIDAD 

(Para  sí)  ¡Pedro ! 

( Una  larga  pausa,  durante  la  cual  ambos,  cohibi- 
dos, no  saben  qué  decirse). 

PEDRO 

(En  voz  baja)  Güeñas  noches....  Nativa.... 
¿Qué  hace  á  estas  horas  m'i. . .  .  (vacilando)  mi.  . . . 
mi  ¿Qué  hace,  Nativa?  

NATP7IDAD 

Buscaba  á  ño  Joaquín,  á  Cipriano,  á  alguno. . . , 
Pero  usté .... 


104 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


PEDRO 

(Para  sí,  con  tristeza) — Ella  también  me  trata 
ele  usté. .  . .  (Alto)  —  Diga,  Nativa. ...  (Un  mo- 
mento de  silencio  embarazoso;  luego  con  temor)  : 
Yo  no  sé. . .  .  mire,  discúlpeme.  . . .  estoy  algo  ape- 
nado; pero  si  usté  juera  tan  buena  que.  . .  .  (Brus- 
camente): ¡No,  no  puedo  más!  Deeime,  Nativa,  de- 
cime  la  verdad,  la  pura  verdad,  yo  no  te  guardaré 
rencor,  ya. .  .  .  ya. .  .  .  (No  atreviéndose  á  pregun- 
tarle si  aún  es  amado,  balbucea  y  guarda  silencio). 

NATIVIDAD 

¿  Qué  ?  ¿  qué  cosa 

PEDRO 

(Vacilando) — Yo  quisiera  saber....  si  vos.... 
si  usté ....  ¡  Nativa,  Nativa ! .  .  .  .  ¿  Qué  pensás 
de  mí ... . 

NATP7IDAD 

¿  Yo  ?  ¿  Qué  puedo  pensar  ?  

PEDRO 

No  sé ;  lo  que  dicen  tuitos .... 

NATIVIDAD 

j  Pedro ! 

PEDRO 

De  juro ;  te  hablarán  de  mí ... .  Te  dirán  que  soy, 
que  he  sido ....  ( Guarda  un  instante  silencio  y  al 


COBARDE 


105 


notar  que  Natibidad,  turbada  no  responde,  prosigue 
dolorosamenie) :  ¿No  es  eso?  ¿No  te  dicen  que  soy 
un  cobardJe  ? .  .  . . 

NATIVIDAD 

¡Pedro!  ¡Por  Dios!  

PEDRO 

Sí,  sí ;  es  esd>  ¿  No  vés  ?  Tuitos  te  lo  han 

dicho  y  tú  has  tenido  vergüenza  de  mí ... . 

NATIVIDAD 

( Protestando  noblemente,  con  un  grito  del  cora- 
zón )  :  ¡  No !  ¡  Eso  no,  Pedro ! 

PEDRO 

(Con  un  grito  de  extravío)  ¡Nativa!. ...  (Se  con- 
fíale, temblando,  no  sabiendo  si  ha  comprendido 
bien)  ¿Cómo?  ¿Tú. .  .  .  tú.  .  .  .  tú  no  has  créido  que 
yo.  . . .  que  yo?. .  . .  ¿No  me  has  créido  cobarde?.... 

NATIVIDAD 

(Firmemente) :  No,  Pedro;  yo  tenía  tu  palabra.... 

PEDRO 

(Delirante,  conmovido,  sintiendo  que  los  sollozos 
le  ahogan)  ¿Nativa?. ...  ¡  Ah!  Gracias,  gracias  Dios 
mío!. .  .  .  Gracias,  Nativa. .  . .  (Cae  á  sus  pies  y  le 
besa  llorando  la  mano). 


¡Pedro! 


NATIVIDAD 


106 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


PEDRO 

Dejáme,  dejáme,  Nativa....  ¡Dios  mío!  ¡Qué 
bien  me  haces.  . . .  Gracias,  gracias,  Nativa. . . . 

NATIVIDAD 

Escuchá,  Pedro.  . . . 

PEDRO 

(Sin  oiría,  poniéndose  en  pie)  ¡Oh,  ahora  que  me 
importa!. . . .  ¿  Qué  me  imp/orta  lo  que  digan  esos?.... 
¿  Tú  no  crés  que  jui  cobarde  ? .  . .  .  ¿  Qué  me  importan 
los  demás?....  ¿No  es  verdad,  Nativa?...  Yo  te- 
nía que  devorar  el  insulto ....  Te  había  dáo  mi  pa- 
labra. ...  Y  ya  vés,  Nativa;  por  vos,  por  vos  solo 
tuve  que  hacer  eso;  tuve  que  romperme  los  dientes 
de  rabia ;  tuve  que  ahogarme  el  corazón ....  Ya 
vés....  te  lo  había  prometido....  porque  te  que- 
ría. . .  .  porque  te  quiero,  porque  nada  me  im- 
porta... .  (reparando  súbitamente  en  la  tristeza  y 
silencio  de  Natividad)  Pero,  vos ....  ¿  qué  tenes, 
Nativa ? .  . . .  ¿ Por  qué  estás  así ?  ¿No  me  querés 
ya?  

NATIVIDAD 

(Tristemente)  Te  quiero,  sí,  Pedro  

PEDRO 

¿Y  entonces?. .  . . 

NATIVIDAD 

Entonces,  ya  vés ;  yo  no  sé ... .  Después  de  lo  que 
ha  pasáo. . . . 


COBARDE 


107 


PEDRO 

(  Anhele  rAe)  ¿Qué? 

NATIVIDAD 

(Ocultando  el  rostro  entre  las  manos  para  llorar) 
Ya  vés  Dicen  

PEDRO 

¿Cómo?  ¿qué?  ¿qué  hay?.  . . .  Después  de  lo  que 
ha  pasáo,  dicen  ¿  qué  ? . . . .  ( Comprendiendo  súbita- 
mente )  ¡  Ah !  sí,  comprendo,  comprendo ....  Des- 
pués que  tata  mató  á  ño  Gil,  yo  no  puedo  quererte ; 
tú  no  podés  ser  mía.  . .  .  ¿ No  es  eso  lo  que  dicen 
(  Dolor  o  sámente)  j  Ah,  isí,  comprendo,  comprendo.  .  .  . 
( Se  aleja  de  Natividad  silencioso.  Una  pausa ) . 

NATIVIDAD 

(Confusa,  yendo  á  él  despacio)  ¡Pedro!....  (Al 
ver  que  éste  no  la  responde,  avanza  aún;  con  pena): 
Pedro,  te  he  hecho  daño,  i  no  es  verdad  ? . .  .  . 


No,  no. . 


PEDRO 


NATIVIDAD 


Sí;  no  lo  negués   Ya  lo  veo;  te  has  eno- 
jado.... Pero  si  tú  supieras  lo  que  yo  sufro.... 


PEDRO 


¿V/os?  ¿Vos  sufrís?  ¿Y  por  qué?  Si  de  tuitos 

modos  ya  no  me  querés. . . . 


108 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


NATIVIDAD 

¡  Que  no  te  quiero !  ¿  Decís  que  no  te  quiero  ?  Y 
no  hago  otra  cosa  que  pensar  en  vos;  que  llorar 
por  vos.  . . . 

PEDRO 

No,  no  me  querés. ...  Y  hacés  bien,  Nativa;  hacés 
oien. .  . .  ¿Quién  soy  yo?  ¿qué  valgo  yo?  (Con  iro- 
nía cruel)  Un  gáucho  que  se  deja  castigar;  un  pobre 
gáucho  sin  hon^r  y  sin  vergüenza,  que  tuitos  se 
llevan  por  delante  dende  el  día  en  que  agarró  su 
honor  y  lo  tendió,  aisiina,  por  el  suelo,  para  que  su 
prenda  pasara  por  encima  como  una  ráina.  . . . 

NATIVIDAD 

( Desesperada)  ¡  Pedro ! 

PEDRO 

Sí,  sí,  Nativa ....  ¿  Pá  qué  habías  de  quererme 
vos?  ¿Pá  qué  habías  de  querer  ¡al  hijo  del  hombre 
que  mató  á  tu  tata?....  Quedarías  manchada  de 
sangre  y  de  vergüenza. ...  ¿No  es  asina  que  dicen 
tuitos  ? .  . .  .  Y  es  claro ;  tenés  que  atender  á  lo  que 
dice  la  gente. . . . 

NATIVIDAD 

Pedro,  ¡  por  Dios ! 

PEDRO 

(Exaltándose  por  grados)  ¡Claro!  Hay  que  escu- 
charlos á  ellos. . . .  Hay  que  escucharlos. ...  A  mí, 


COBARDE 


ioy 


no;  á  mí,  ¿pá  qué?          ¿Qué  he  hecho  yo?  Ya 

vés ....  Porque  te  quería ;  porque  te  quería  con 
tuiíta  el  allima ;  porque  mo  podía  verte  llorar,  ■ —  te 
di  un  día  mi  palabra  de  no  peliar  con  tu  tata,  sin 
calcular  lo  que  podía  suceder ....  ¡  Qué  iba  á  cal- 
cular yo,  disgraciáo,  si  en  nada  pensaba,  si  nada 
veía  en  el  mundo  más  que  vós ! . . .  .  Y  te  di  mi  pa- 
labra, y  vino  Dios  pá  probarme,  pá  ver  si  era  hom- 
bre, pá  ver  si  te  quería  con  tuita  el  alma,  como  te 
había  jurado, — y  me  puso  frente  á  frente  de  Gil.... 
Y  entonces  yo,  yo  el  pobre  gáueho,  el  infeliz  doma- 
dor de  potros,  el  miserable  pión  de  estancia,  pero 
tan  güeno  y  tan  valiente  como  cualquiera  de  los 
de  mi  raza;  yjo,  yo,  el  hijo  del  viejo  Anastasio,  tuve 
que  agachar  la  cabeza  y  dejarme  chicotiar  como  un 
cobarde ; .  . . .  y  di  güelta  la  cara,  y  me  juí,  me  juí, 
como  un  perro  castigáo,  como  un  sotreta  miserable, 
por  vos,  por  vos,  porque  te  quería,  porque .... 
( Casi  sollozando  de  ira  y  de  dolor):  Conque,  ya 

vés, ....  ya  vés  ¿  Qué  he  hecho  yo  por  vós 

Nada  nada. ...  Es  á  etilos  á  quien  debés  hacer 

caso  

NATIVIDAD 

(Vencida,  doblegada  por  un  dolor  inmenso)  ¡Pe- 
dro !  Perdonáme ....  yo ... . 

PEDRO 

(Tristemente)  No,  anda,  andá  no  más....  Tenés 
razón.  . .  . 


110 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


NATIVIDAD 

¡  Pedro  mío ! . . . .  Escúchame ....  No  sé ;  he  es- 
tado loca ....  No  sé  que  te  dije ....  Todos  esos  ahí, 
habiéndome,  aconsejándome....  Me  han  güelto 
loca.  ...  No  soy  y(o,  no,  no  soy  yo.  . . .  Yo  te  quiero, 

te  quiero  con  tuita  el  alma  ¿  Me  óis  ? . .  . .  Y  no 

quiero,  no  quiero  óir  nada,  sino  á  vos  que  sos  mi 
alma,  que  sos  mi  vida....  (cogiéndose  á  él  amoro- 
samente) Sí,  Pedro,  vamonos;  lleváme  lejos,  lejos, 
á  otros  pagos.  . . .  Yo  seré  tuya,  porque  sos  mi  única 
alegría,  lo  único  que  me  queda  en  la  tierra 

PEDRO 

(Enajenado)  ¿De  verdad,  Nativa?          ¿No  me 

dispneciás  ?          ¿  No  te  importan  las  habladurías 

de  tuítos  esos  ?  

NATIVIDAD 

No,  Pedro,  no;  lleváme,  lleváme  con  vos;  lejos, 
lejos. . . . 

PEDRO 

Sí,  lejos,  lejos;  siempre  juntos....  A  otros  pa- 
gos, ande  naide  iros  conozca. . . . 

NATIVIDAD 

Y  viviremos  felices,  sin  separarnos  más,  sin  que 
naide  venga  á  mezclarse  en  nuestro  amor .... 

PEDRO 

Escuchando  tu  voz,  tu  voz  querida,  más  dulce  que 
la  calandnia. ... 


COBARDE 


111 


NATIVIDAD 

Mirando  las  estrellitas  que  nos  hacen  señas  dende 
allá  arriba. . . . 

PEDRO 

Jugando  con  tus  trenzas  más  negras  que  mis 
penas. .  . . 

NATIVIDAD 

Escuchando  sobre  tu  hombro  los  tristes  de  tu 
guitarra .... 

(Se  encaminan,  entrelazados,  hacia  el  foro). 

PEDRO 

Juntos,  siempre  juntes .... 

NATIVIDAD 

Gomo  dos  flores  del  campo .... 

PEDRO 

Como  dos  gotas  de  rocío .... 

(Al  ir  á  salir,  Natividad  se  detiene,  lanzando  un 
contenido  grito  de  espanto). 

NATIVIDAD 

¡Ah!.... 

PEDRO 

¿  Qué  ?  ¿  qué  hay  ?  

NATIVIDAD 

(Arrastrando  á  Pedro  por  una  mano)  Ese  hom- 
bre ....  ese  hombre .... 


112 


VÍCTOR  PEREZ  PET1Í 


PEDRO 

¿Qué  hay?  ¿qué  tiene?  Es  un  mélico. .  . . 

NATIVIDAD 

( Con  terror )  Sí,  un  mélico ....  de  la  polecía .... 

PEDRO 

¿Y  eso  qué  tiene? 

NATIVIDAD 

Tiene, ....  tiene ....  que  me  había  olvidáo,  cou 
la  conversación. . . . 

PEDRO 

¿  Olvidáo  de  qué  ? 

NATIVIDAD 

¿No  te  dije?  Había  venido  aquí  pá  decirles  á 
Cipriano  ó  á  ño  Joaquín. . . . 

PEDRO 

¿Qué?  Hablá  

NATIVIDAD 

Que  esta  noche....  ¡Dios  mío!....  Y  no  hay 
naide  por  aquí. . . . 

PEDRO 

Pero  ¿  qué  sucede  ?  Hablá ;  decí .... 

NATIVIDAD 

Escuchá,  Pedro.  . . .  Esta  noche  van  á  priender 
á  ño  Anastasio .... 


COBARDE 


113 


PEDRO 

¿Eh?  ¿cómo?  ¿qué  decís?  

NATIVIDAD 

Rampli  lo  ha  denunciáo  á  la  justicia. . . . 

PEDRO 

¡  Maldita  sea ! ... .  Pero  ¿  cómo  f  

NATIVIDAD 

Sí;  ño  Anastasio  va  tuitas  las  noches  á  la  es- 
tancia de  Raimundo,  ¡y  el  comesario  va  á  sorpren- 
derlo esta  mesma  noche .... 

PEDRO 

(Resueltamente)  Está  güeno.  Adiós,  Nativa. . . . 

NATIVIDAD 

¿Cómo,.  Pedro?  ¿Te  vas?  

PEDRO 

¿  No  decís  que  tata  está  en  peligro  ? 

NATIVIDAD 

Pero,  tú,  Pedro .... 

PEDRO 

Yo  cumpliré  con  mi  deber,  Nata ....  Tata  se  ha 
perdido  por  mí ;  me  cree  un  cobarde ....  Aura  ve- 
remos si  quedamos  patas .... 


8.-T.  i. 


114 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


NATIVIDAD 

Sí,  tenes  razón. .  .  .  Corre,  avisále. ...  que  se  salve 
antes  que  llegue  'la  polecía ....  Quién  sabe  si  tenes 
tiempo.  . . . 

PEDRO 

Queda  lejitos,  pero  no  importa. . .  .  Con  Dios  y 
mi  flete  llegaré. 

NATIVIDAD 

Adiós,  mi  Pedido. 

PEDRO 

Adiós,  Nativa ;  adiós  mi  vida ....  Abrasáme  bien 
juerte,  bien  juerte....  porque  

NATIVIDAD 

(Intranquila)  ¿Por  qué,  Pedro?  ¿Qué  tenés?. . . . 

PEDRO 

No  sé. . . .  pero  tengo  algo  aquí  (señalando  su  co- 
razón) que  me  dice  que  no  gol  veré  á  verte  

NATIVIDAD 

¡  Dios  mío,  Pedro ! . .  .  .  Mirá.  . . .  escuchá. . . .  Me- 
jor sería  que  no  jueras. . . . 

PEDRO 

j  Eso  no !  La  vida  de  tata  está  en  peligro. . .  .  Aura 
es  que  podré  mostrarle  lo  que  vale  su  hijo.  .  .  . 
Adiós,  mi  alma .... 


COBARDE 


115 


NATIVIDAD 

(Abrazándole)  Adiós,  mi  Pedro....  Pero  volvé, 
volvé  pronto . . . .  Pá  ser  mío,  siempre  mío .... 

PEDRO 

¡  Nativa ! 

(Pedro  se  aleja  y  vuelve  nuevamente  á  abrazar  á 
Natividad.  Después,  se  va,  despacio,  mirando  con 
ternura  á  su  amada.  Ya  cerca  del  foro,  envía  un 
adiós  á  ésta,  que  le  contempla  ansiosamente). 

PEDRO 

Adiós,  mi  vida. .  . . 

NATIVIDAD 

( Cayendo  de  hinojos  y  alzando  los  ojos  al  cielo) 
—  Ayúdalo,  Dios  mío,  porque  es  bueno .... 


TELÓN 


C(. 


ACTO  TERCERO 

(La  misma  decoración  del  acto  primero ) 

ESCENA  PRIMERA 

Matilde;  luego  Rampli 

(Al  levantarse  el  telón,  Matilde  sale  por  el  foro 
con  un  farol  de  mano,  que  deja  luego  junto  al  pozo 
para  recoger  unos  bancos  que  habrá  en  el  patio  y 
entrarlos  á  la  cocina). 

MATILDE 

¡  Canelo !  ¡  Canelo !  Estos  perros  de  porquería .... 

¡Canelo!   ¡Aquí,  Canelo!          (Para  si)  ¡Claro! 

¡  como  si  no  los  llamara !  Y  la  culpa  es  de  ese  Teru- 
tero que  los  tiene  tan  consentidos ....  Güeno ;  ahora 
los  bancos . .  . .  ¡  Josús,  que  desparramo !  Aquí,  tuítos 
son  como  los  frailes ....  Puro  alzar  el  gallo  y  que 
otros  se  ruempan  la  crisma  haciendo  el  acomodo. 
(Empieza  á  entrar  los  bancos,  canturreando) : 

Cuando  dos  quieren  á  una 

Y  los  dos  están  presentes, 

Y  los  dos  están  presentes, 
El  uno  cierra  los  ojos 

Y  el  otro  apreta  los  dientes. 


118 


VÍCTOR  PÉREZ 


¡Jué  perra!  ¿Y  esa  mozada  qué  hace?  De  juro 
que  en  el  boliche,  empinando  el  eodio ....  ¡  Ah,  los 
hombres!  Cuando  agarran  el  campo  son  lo  mesmo 
que  novillos  alzáos ....  ¡  Quién  juera  hombre,  ea- 
nejo !.  . . .  (Entra  los  últimos  bancos,  canturreando) . 

Santa  Eita  jué  casada 
Con  un  güen  trabajador, 
Con  un  güen  trabajador, 
Que  se  comía  los  huevos 
Y  dejaba  el  cascarón. 

RAMPLI 

( Que  ha  entrado  cautelosamente  hace  un  instante 
y  observa  á  todos  lados  coa  desconfianza)  — Bona 
noche,  Matilde.  ¿Está  sola? 

MATILDE 

(  Volviéndose )  ¿  Quién  es  ? .  . . .  ¡  Hola !  ¿  Es  usted, 
nación  ? 

RAMPLI 

Vamo,  vamo,  Matilde....  Teñese  ganas  de  cho- 
choniar.  ...  Yo  no  sun  nación.  . . . 

MATILDE 

Güeno;  pues  será  paraguayo.  . . .  ¿Qué  anda  ha- 
ciendo á  estas  horas? 


RAMPLI 

Quería  hablar  con  il  patrón,  natoralemente . 


COBARDE 


119 


MATILDE 

¡  Oh !  ¿y  ahora  ?  ¿  Se  ha  conchaváo  de  zonzo  ó  me 
quiere  hacer  bailar  sin  guitarra? 

RAMPLI 

¿Per  qué  me  dice  eso? 

MATILDE 

Pues  está  claro.  ¿No  sabe  usted  que  el  patrón  se 
jué  para  el  Sarandí  líos  otros  días? 

RAMPLI 

Aficáte  un  poco,  me  s^e  ne  había  olvidáo  En- 
tonce, entonce,  ¿  osté  está  sola  ? . . . . 

MATILDE 

Estoy  sola,  ¿y  qué?  ¿Qué  se  le  ofrece? 

RAMPLI 

¿E  lo  mozos?  ¿Se  han  ido? 

MATILDE 

Mire,  nación. ...  A  otros  más  preguntones  que 
usté  los  he  echáo  á  un  cuerno  en  o  tras  ocasiones .... 
Pero  á  usté,  pá  que  vea  que  no  lo  ladeo,  le  voy  á 
contestar:  sí,  estoy  sola;  el  patrón  no  está;  la  mo- 
zada tampoco ....  Estoy  sola  con  mi  ánima  y  con 
este  par  de  manos  que  usté  vé  aquí,  (metiéndoselas 
por  los  ojos)  ¿las  vé  usté?,  capaces  de  dejarlo  con 
el  cogote  torcido  pá  tuíto  el  verano  al  primer  pavD 
que  se  meta,  á  gallareta. .  . .  ¿Me  ha  entendido? 


120 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


RAMPLI 

¿Ma,  ma,  ma  que  se  figura,  Matilde?  Yo  pre- 
gunto lasí,  se  sabe,  nada  más ....  Yo  no  quiero .... 
¿  cume  se  diche  ? .  . . .  no  quiero,  no  quiero ....  pro- 
pasarme, ecco,  propasarme  c)on  osté. . . . 

MATILDE 

Y  hace  bien,  amigazo,  porque  del  primer  sopapo 
se  iba  á  dir  rodando  hasta  su  tierra,  sin  tomar  pa- 
saje de  güelta. . . . 

RAMPLI 

(Riendo)  ¡Qué  Matilde!  ¡Qué  Matilde  esta!  ¿Le 
gusta  la  f arrias,  eh? 

MATILDE 

Lo  que  me  gusta  es  que  me  dejen  sola  cuando  me 
tengo  que  dir  á  dormir. 

RAMPLI 

¡Ah!  ¿Se  va  á  dormir? 

MATILDE 

¿Y  de  ái?  Pá  eso  me  levanto  de  nochecita  en- 
toavía. ¿O  cree  que  ando  de  noche  como  las  viejas 
parándome  en  los  postes  del  alambráo? 

RAMPLI 

¡Eh,  no,  natoralemente ! 


COBARDE 


121 


MATILDE 

Güeno  j  pues  ya  sabe ....  Si  precisa  que  le  sigan 
la  conversación  búsquese  otro  guitarrista ....  Yo 
me  largo  á  mi  cueva.  Güeñas  noches. . .  . 

RAMPLI 

Antunce,  yo  también  me  voy ....  Bona  noche, 
Matilde....  (Hace  como  que  se  va  lentamente  por 
el  foro.  Matilde  lia  recogido  el  farol  y  éntrase  á  la 
casa). 

ESCENA  II 
Rampli  y  el  Comisario 

(Pausa  larga.  Rampli  vuelve  sigilosamente  y  se 
detiene  junto  al  pozo.  Tiende  el  oído  hacia  el  foro  y 
luego  avanza  hasta  la  casa,  junto  á  cuya  puerta 
aplica  también  el  oido.  Después,  va  despacio  hacia 
el  foro,  izquierda,  y  escruta  las  sombras.  Vuelve  á  la 
derecha,  y  lanza  un  silbido  imitando  la  lechuza.  En- 
tonces baja  hasta  el  pozo  y  espera  al  Comisario,  que 
entra  cautelosamente ) . 

comisario 

¿  Si  han  acostáo  ? 

RAMPLI 

Matilde,  sí;  el  patrón  no  sun  vuelto. 


122  VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


COMISARIO 

¿Está  en  Sarandí? 

RAMPLI 

Sí,  signor  Comesario. 

comisario 

¿Y  la  pionada? 

RAMPLI 

De  farrias,  inta  pulperías. 

comisario 

Entonces,  no  pueden  tardar.  Si  hace  tarde:  Si 
colocara  mi  gente,  aquí  en  la  cocina  

RAMPLI 

No  conviene,  signor  Comesario....  Inta  cocina 
entran  e  salen  lo  moehiachos ....  Mecor  es  que  se 
isoonda  en  el  momteeito,  ái  al  lado;  e  cuando  vea 
llegar  il  viecos,  entonces.... 

comisario 

Sí,  tenes  razón.  Estaremos  mejor  en  el  mionte. 
Con  tal  que  Anastasio  no  nos  dé  otro  plantón  como 
el  de  anoche. . . . 

RAMPLI 

¿Qué  quiere?  Se  no  vino  anoche,  hoy  tendrá  que 
venir  á  la  fuerza,  perqué. . . . 


COBARDE 


123 


COMISARIO 

(Escuchando)  ¡Silencio!  Allá  abajo. .  . .  (Los  dos 
se  ponen  á  oir.  En  el  silencio  de  la  noche,  lejos  aún, 
se  oyen  los  acordes  de  una  marcha  con  que  los  paisa- 
nos vienen  acortando  la  distancia.  Las>  alegres  notas 
de  las  guitarras  aumentan  en  intensidad  á  medida 
que  la  comitiva  se  aproxima.  Los  ladridos  de  los  pe- 
rros cesan  cuando  éstos  reconocen  á  los  mozos.  La 
luz  decrece). 

RAMPLI 

E  la  pionada  que  viene. 

comisario 

Pues  á  la  cueva,  peludos.  Tu,  nación,  mejor  es 
que  no  te  dejés  ver.  . .  . 

RAMPLI 

Sicuramente ....  Yo  me  voy  también .... 
comisario 

Vamosi,  entonces,  antes  que  nos  olfateen .... 

(Van  á  salir,  cuando  Bampli  detiene  al  Comi- 
sario). 

RAMPLI 

Ma  diga,  signor  Comesario ....  Acuérdase  de  lo 
que  me  sun  prometido. . . . 

comisario 
¿  Qué  te  he  prometido  ? 


124 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


RAMPLI 

Que  no  iba  á  haber  sangre ....  Ya  sabe,  signor 
Comesario ....  Yo  hago  esto  per  la  custicia,  se 
sabe ....  dun  Anastasio  mató  á  il  padre  de  esa  mo 
chiachas ;  pero  osté  no  debe  matarlo .... 

comisario 
Güeno,  hombre,  güeno. . . . 

RAMPLI 

(Saliendo  con  el  comisario):  Prenderlo,  sí,  ma  ma- 
tarlo, no....  ¿Comprende?  Yo  no  quiero  sangre, 
perqué,  comprende ....  ( Han  desaparecido,  ha- 
blando, por  el  foro). 

ESCENA  III 
Joaquín,  Cipriano,  Cosme  y  Daniel 

(Antes  de  entrar  los  mozos  en  escena  óyense  au- 
mentar paulatinamente  los  sones  de  las  guitarras. 
Luego,  cesan  éstos  de  repente  y  se  advierten  risas  y 
llamados). 

VOZ  DE  DANIEL 

¡  Canelo !  ¡  Canelo  ! 

VOZ  DE  COSME 

¿Ande  se  habrá  metido  ese  diantre? 


COBARDE 


125 


VOZ  DE  CIPRIANO 

De  juro  que  con  Matilde. 

VOZ  DE  COSME 

¡Matilde!  ¡Matilde! 

VOZ  DE  DANIEL 

¡  Canelo  !  ¡  Canelo  ! 

JOAQUÍN 

(Entrando  por  el  foro,  seguido  por  los  otros). 
Nadie.  No  hay  nadie.  Han  abandonado  la  estancia. 

CIPRIANO 

¡  Jué  pucha !  ¡  Qué  patiada !  ¿  Dónde  habrá  un 
banquito  ? 

COSME 

¡No  dije!  Está  Matilde  es  como  las  hormiguitas: 
tuito  lo  arrastra  pá  dentro. 

(Entra  á  la  cocina  y  vuelve  á  poco  con  unos  ban- 
cos). 

DANIEL 

¡Linda  la  marchita!  ¿no  le  parece,  fío  Joaquín? 

JOAQUÍN 

Lindaza,  amigo  Daniel.  Con  música  no  se  siente 
la  distancia. 

CIPRIANO 

¿  Le  parece  ?  ¿  A  qué  no  se  larga  hasta  Montevideo 
con  una  guitarra  en  lugar  de  la  diligencia? 


126 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


COSME 

¿Y  cuándo  se  güelve  á  sus  pagos,  ño  Joaquín? 

JOAQUÍN 

Mañana,  sin  falta. 

DANIEL 

Entonces  esta  noche  se  despedirá  de  ño  Anastasio. 

JOAQUÍN 

¿Vendrá  esta  noche? 

CIPRIANO 

¡  Claro !  El  pobre  no  puede  salir  de  día  del  monte 
y  aprovecha  la  noche,  lo  mesmo  que  malevo,  pá  ve- 
nirse po  acá. 

DANIEL 

Anda  callao,  tristón  el  pobre  viejo.  De  lejos  no 
más  sie  ve  que  lo  mata  una  pena. 

JOAQUÍN 

¡  Pobre  amigo  Anastasio ! 

COSME 

No  es  porque  ande  juído  de  la  polecía.  Es  por  isu 
hijo,  por  Pedro.  Lo  mata  el  pensar  que  su  hijo  es 
un  cobarde .... 

JOAQUÍN 

¿Pero,  ustedes  creen  que  Pedro  es  un  cobarde? 
Miren,  amigos. . . , 


COBARDE 


127 


DANIEL 

Yo  no  sé ... .  Yo  quería  mucho  á  Pedro ;  pero 
vea,  ño  Joaquín:  un  mozo  que  se  deja  castigar. . .  . 

CIPRIANO 

Es  lo  que  yo  digo.  Pá  mi  gusto,  Pedro  era  un  va- 
liente.... Usté  sabe,,  ño  Joaquín,  que  sernos,  Pe- 
dro y  yo,  como  hermanos ....  Güeno ;  pues  lo  que 
hizo,  francamente,  no  está  bien  hecho. .  .  . 

JOAQUÍN 

¿Y  quién  lo  dice? 

DANIEL 

¿Cómo,  quién  lo  dice?  Pero,  ño  Joaquín....  El 
pri mérito  de  tuítos,  el  mismo  ño  Anastasio .... 

JOAQUÍN 

Es  que  

DANIEL 

(Interrumpiéndole)  Ocasiones  está  ái  mesmito, 
ande  está  usté  sentáo,  y  le  oírnos  decir  bajito:  "era 
un  cobarde  " . . . . 

COSME 

¡Pobre  ño  Anastasio! 

JOAQUÍN 

Y  bien,  amigos  míos   Yo  no  pienso  como  us- 
tedes. ¿  Se  asombran,  eh  ?  Pues  bueno ;  no  pienso  así. 


128 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


¿Qué  quieren?  Por  lo  misino  que  Pedro  ha  demos- 
trado en  otras  oportunidades  que  era  todo  un  hom- 
bre, yo  no  puedo  creer  que  así,  de  repente,  sin  una 
causa  muy  poderosa,  haya  soportado  la  injuria  re- 
signadamente . . . . 

COSME . 

Es  usté  un  hombre  güeno,  ño  Joaquín .... 

JOAQUÍN 

No,  no  soy  bueno ;  soy  justo ....  Y  ustedes  tienen 
que  serlo,  también,  amigos  míos ....  No  se  sospecha, 
no  se  acusa  así  á  un  compañero. .  . . 

DANIEL 

Estábamos  delante .... 

JOAQUÍN 

Estaban  delante,  sí;  miraban  la  escena;  pero  no 
vieron,  no  supieron  ver  ustedes. ...  No  se  sonrían.... 
Los  actos  de  un  hombre  obedecen  á  causas  muy 
diversas,  amigos  míos.  Hay  causas  externas,  que 
todos  ven,  que  todos  juzgan,  —  el  rebencazo  de  Gil, 

por  ejemplo         Pero  hay  otras  causas  interiores, 

que  llevamos  cada  uno  de  nosotros,  aquí  dentro, 
muy  mietiditas  en  el  alma,  que  nadie  ve,  que  nadie 
comprenidle,  pero  que  todos  respetarían  si  hablara, 
si  se  explicara  el  que,  obedeciendo  á  ellas,  agacha 
la  cabeza,  deja  caer  el  facón  y  se  marcha  callado, 
tristemente.  ¿  Quién  les  dice  á  ustedes  que  Pedro  no 
ha  obedecido  á  uno  de  esos  mandatos  interiores? 


COBARDE 


129 


Vamos  á  ver,  Cipriano,  ¿quién  puede  juzgar  á  ese 
hombre  sin  oírle?  , 

CIPRIANO 

( Muy  turbado )  Mire,  ño  Joaquín ....  Yo  no  sé ... . 
La  verdá,  no  sé  como  explicarme ....  En  fin,  lo  que 
usté  dice,  eso„  yo  no  sé ... .  me  hace  pensar .... 

Tal  vez         Amigo,  ño  Joaquín,  perdonemé;  déme 

su  mano  ¿No  me  disprecia? 

JOAQUÍN 

Víamos,  Cipriano.  No  diga  tonterías.  ¿Sabe  usted 
lo  que  debe  hacer?  Consejo  de  amigfo:  cuando  «en- 
diéntate ,á  Pedro,  usted  que  ha  sido  su  más  íntimo 
compañero,  háblele,  interrogúele,  averigüe  por  qué 
ha  observado  esa  actitud.  Ese  es  su  deber.  Los  hom- 
bres hablando  se  entienden.  Y  después  que  se  hayan 
explicado,  después  que  conozca  usted  la  causa  de  la 
actitud  de  Pedro,  entonces  sí  estará  usted  habili- 
tado para  volver  á  entregarle  ó  negarle  su  amis- 
tad   

DANIEL 

¡  Canejo !  Tiene  razón  ño  Joaquín.  Hablando,  los 
hombres  se  entienden.  . . . 

COSME 

¿Y  por  qué  no  le  dice  usté  todo  eso  que  nos  ha 
dicho  á  nosotros,  al  pobre  Anastasio?  Mire,  ño  Joa- 
quín; yo,  aunque  pobre  é  ignorante,  le  voy  á  dar 
un  consejo  á   usté....  Háblele  al  viejo;  dígale 

9.-T.I. 


130 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


tuito  eso  que  nos  ha  dicho.  Créame,  le  dará  un  poco 
de  coraje. 

DANIEL 

Dice  bien  Cosme.  Ño  Anastasio  precisa  más  que 
naide  ese  consuelo;  y  usté  ño  Joaquín,  que  es  un 
hombre  y  sabe  decir  las  cosas,  debe  hablarle,  así, 
Ckido  á  nosotros,  seneillito,  pero  muy  hondo. . . . 

JOAQUÍN 

Le  hablaré,  cómo  no ! . .  . . 

COSME 

Y  eso  le  ayudará  á  soportar  su  disgraeia.  ...  El 
pobre  anda  juído,  sin  sombra,  ronciando  la  estancia 
desde  el  monte .... 

JOAQUÍN 

¿Quién  le  persigue? 

DANIEL 

¿No  sabe?  El  comesario  que  hizo  correr  la  ca- 
rrera lias  otras  tardes.  Le  tiene  ganas  á  ño  Anasta- 
sio porque  cuando  la  última  rigolución  el  viejo  le 
dió  una  corrida  del  diablo  y  lo  sacó  carpiendo  por 
las  cuchillas.  .  . . 

JOAQUÍN 

¡Qué  se  cuide  entonces  el  viejito!  ; 

DANIEL 

¡Bah!  El  que  lo  agarre  tié  que  ser  más  criollo 
que  un  zapallo .... 


COBARDE 


131 


CIPRIANO 

Ai  viene.  (Todps  se  vuelven  hacia  el  foro,  por 
donde  entra  Anastasio  lentamente) . 

ESCENA  IV 
Dichos  y  Anastasio 

JOAQUÍN 

Buenas  noches,  don  Anastasio  

ANASTASIO 

Güeñas,  ño  Joaquín.  ¿Qué  hay  de  nuevo,  mis 
amigos  ? 

CIPRIANO 

Nada. 

JOAQUÍN 

Mañana  es  la  revancha  de  la  carrera  que  perdió 
los  otros  días  el  comisario.  ¿Usted  supo  que  co- 
rrieron ? 

ANASTASIO 

Sabía  por  éstos  (indicando  á  los  peones)  y  juí  á 
verla. 

DANIEL 

¿De  entre  el  monte? 


132 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ANASTASIO 

(Sonriendo  levemente)  Me  allegué  un  poquito. . . . 
me  juí  hasta  las  parvas  de  Ceferino. 

JOAQUÍN 

Eso  es  una  imprudencia. 

ANASTASIO 

¿Qué  quiere,  ño  Joaquín?  Me  lambía  por  ver  co- 
rrer los  filietes.  Es  un  gusto  de  paisano. 

JOAQUÍN 

Sí,  pero  nunca  falta  alguno  que  pueda  verlo.  Hay 
que  cuidar  el  cuero  

ANASTASIO 

No  se  aflija:  yo  lo  cuido  como  el  zorro.  . . . 

CIPRIANO 

No  li  hace. ...  No  tiente  al  destino. . . .  (Levantán- 
dose; á  Daniel):  Güeña,  ché;  ¿vamos  á  hacer 
la  ronda?  Pué  que  los  perras  anden  mosquiando  lias 
ovejas. 

DANIEL 

Vamos.  (Salen  Cipriano  y  Daniel). 


COBARDE 


133 


ESCENA  V 
Joaquín,  Cosme  y  Anastasio 

JOAQUÍN 

(A  Cosme)  ¿Y  esta  ronda,  es  cosa  de  todas  las 
noches  ? 

(Anastasio,  taciturno,  va  á  sentarse  en  un  ban- 
quito  y  hunde  el  Postro  entre  las  manos.  Así  queda 
inmóvil  y  pensativo). 

COSME 

No,  por  temporadas  no  más.  Esos  malditos  perros 
cimarrones,  tan  pronto  nos  descuidamos,  nos  matan 
en  un  tris  sais  ó  siete  ovejas.  Una  noche  hacen  ronda 
Daniel  y  Cipriano  ;  y  otra  yo  y  el  vasco. 

JOAQUÍN 

¿Matan  con  facilidad  las  ovejas? 

COSME 

En  un  decir:  "¡ay,  Jesús!"  Y  lo  pior  que  no  ma- 
tan una  sola ;  se  degüellan  siempre  tres  ó  cuatro .... 

JOAQUÍN 

Pero,  ustedes  ¿matarán  algún  perro? 

COSME 

La  vez  pasadía,  Daniel  tumbó  uno  cerquita  del 
alambráo  que  va  á  los  talas,  ¿  sabe  ?  Yo,  otra  ocasión. 


134 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


saqué  otro  por  la  manguera  como  alma  que  lleva  el 
diablo....  En  fin....  (Pausa  larga.  Volviéndose 
hacia  Anastasio)  Voy  á  traerllle  eso.  (Tase  por  el 
foro). 

ESCENA  VI 

Joaquín  y  Anastasio 

(Al  quedar  solos,  hay  una  larga  pausa  de  doloroso 
silencio.  Joaquín  va  hasta  el  foro  y  ve  desaparecer 
á  Cosme.  Anastasio  alza  la  cabeza  y  se  pone  en  pie, 
lentamente.  Hace  ademán  de  dirigirse  á  Joaquín  y 
se  contiene.  Entonces,  mientras  éste  baja  al  prosce- 
nio sin  saber  como  iniciar  el  diálogo,  Anastasio  con 
movimientos  lentos  va  hacia  el  foro  y  observa  cuida- 
dosamente los  alrededores.  Después,  turbado,  casi  con 
vergüenza,  se  aproxima  á  Joaquín.  Una  pausa  aún. 
Por  fin,  en  voz  baja,  triste,  penosamente,  rompe  el 
silencio  ). 

ANASTASIO 

¿  Cuándo  se  va,  mi  amigo  ? 

JOAQUÍN 

Mañana ;  mañana  me  largo  para  mis  pagos.  Así  es 
que  si  quiere  mandar  algo .... 

ANASTASIO 

Gracias,  amigo.  (Pausa  larga.  Anastasio  pásase 
la  mano  por  la  frente,  como  si  quisiera  ahuyentar  sus 
tristes  ideas.  Después,  en  voz  más  baja  y  sorda):  ¿Y 
usté  que  dirá  de  mi  hijo  Pedro? 


COBARDE 


135 


JOAQUÍN 

¿  Yo  ?  ¿  Qué  quiere  usted  que  diga,  amigo  viejo  ? 

ANASTASIO 

(Con  voz  ronca)  Que  Anastasio  tiene  un  hijo  co- 
barde. 

JOAQUÍN 

No,  amigo.  Yo  no  puedo  juzgar  á  Pedro,  porque 
no  sé  cuál  fué  su  modo  de  pensar.  . .  .  Mire,  Anasta- 
sio :  he  meditado  mucho  sobre  este  asunto,  y  ¿  quiere 
que  le  diga  lo  que  pienso? 

ANASTASIO 

(Moviendo  tristemente  la  cabeza) :  Diga. 

JOAQUÍN 

Pues  yo  creo  que  Pedro  no  es  un  cobarde.  (Movi- 
miento de  Anastasio )  Óigame :  yo  miraba  á  su  hijo 
cuando  Gil  le  insultó  y  recuerdo  que  le  vi  temblar 
como  de  coraje  y  que  se  mordió  los  labios  hasta  ha- 
cerse saltar  sangre. .  . .  Sus  ojos  relampaguearon  y, 
no  sé  por  qué,  sentí  en  ese  mismo  momento  que  había 
en  él  algo  de  noble,  algo  de  grande,  de  altivo,  de 
valiente .... 

ANASTASIO 

(Que  á  medida  que  Joaquín  ha  ido  hablando,  ha 
alzado  poco  á  poco  la  cabeza  y  ahora  lo  escucha 
anhelante;  con  voz  sofocada):  ¿Usté  vido  eso?  ¿Es 
verdá  ?  ¡  Diga  que  lo  vido ! 


136 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


JOAQUÍN 

Sí;  eso  vi.  Y  vi,  también,  que  Pedro  luchaba  inte- 
riormente con  algo,  yo  no  sé  con  qué;  en  fin,  con 
una  idea,  con  un  pensamiento;  que  se  desesperaba 
contra  una  fuerza  que  lo  retenía  — tal  vez  el  grito  de 
terror  de  su  novia ;  —  y  lo  vi,  en  ese  instante,  se  'lo 
juro  Anastasio,  ser  valiente  y  hacer  esfuerzos  para 
no  pelear  con  Gil .... 

ANASTASIO 

( Oyendo  con  emoción  creciente  las  palabras  de 
Joaquín  y  estrechándole  el  bra&o  convulsivamente  f: 
¡  Ah!  ¿Usté  Vido  eso?  Diga,  ño  Joaquín. .  . .  (Como 
dudando,  lleno  de  miedo )  Sí,  aura  creo ....  Yo  tam- 
bién vide,  pero  creiba  que  me  había  equivocáo .... 
(Ansioso):  Cuente,  cuente  amigo....  me  refriesca 
el  coraizón  al  óirlo  ans'ina ! 

JOAQUÍN 

( Conmovido  á  su  vez)  —  Sí,  don  Anastasio ;  yo  he 
visto  todo  eso ;  yo  he  pensadjo  en  todo  esto,  y,  créame, 
su  hijo  Pedro  no  es  cobarde,  como  parece.  Yo  sé  que 
usted  le  había  enseñado  que  se  hiciera  respetar  por 
todos  y  que  guardara  su  honor  como  su  más  grande 
hacienda;  pero  sé,  también,  que  él  adoraba  con  toda 
él  alma  á  Natividad.  Yo  sé  que  Pedro  temblaba  ante 
la  sola  idea  de  disgustar  á  su  novia,  —  ¡cuánto  más 
no  debía  aterrorizarle  hundir  su  daga  en  el  pecho  del 
padre  de  Nativa !  Yo  creo,  en  fin,  que  cuando  su  or- 
gullo y  su  bravura  le  iban  á  hacer  castigar  al  ofensor 
y  vengarse  de  la  afrenta  inferida  á  su  decoro,  el 


COBARDE 


137 


grito  de  aquella  pobre  niña  fué  el  que  penetrando 
hasta  él  fondo  de  su  corazón  hizo  caer  el  brazo  que 
ya  levantaba  el  arma.  Para  hacer  eso,  ha  tenido  que 
luchar  contra  su  orgullo,  contra  su  dignidad,  contra 
su  honor  ofendido  y  hasta  contra  usted  mismo.  Ven- 
ció al  cabo  su  amor,  porque  por  una  mujer  se  hacen 
todos  las  sacrificios,  porque  por  no  ver  una  lágrima 
en  los  ojos  de  la  mujer  amada,  el  hombre  digno  es 
capaz  de  destrozarse  las  entrañas,  porque  por  no 
Henar  de  desesperación  á  una  inocente  el  amante 
es  capaz  de  soportar  todos  los  odios  y  todas  las  ver- 
güenzas—  y  antes  que  matar  á  Gil  prefirió  pasar 
por  cobarde ....  Mire,  don  Anastasio ;  le  hablo  leal- 
mente,  como  se  debe  hablar  entre  hombres  de  honor : 
si  así  es  que  pensó  Pedro ;  si  por  eso  huyó  sin  ven- 
garse, créame ....  Pedro  es  un  vali  ente ! 

ANASTASIO 

( Conmovido  profundamente ;  casi  ahogado  por  el 
llanto):  ¡Benditas  sean  sus  palabras!  (Para  sí,  con 
ademanes  de  extravío):  ¡Es  así,  sí,  es  así;  yo  vide 
todo  eso;  eso  hizo  m'hijo  Pedro!  (Pausa.  Sécase  las 
lágrimas  con  la  mano  y  mira  á  Joaquín  conmovido) : 
Discúlpeme,  amigo  bueno ....  He  llorado  como  una 
mujer. . .  .  Pero»,  hace  días  que  tenía  aquí,  sobre  el 
pecho,  ¿sabe?  ansina  como  un  peso  gran  dote.  ..  . 
Usté  me  lo  ha  quitáo ....  Gracias,  amigo ....  Dios 
lo  bendiga;  usté  es  un  hombre  honráo....  (Otra 
vez  para  sí)  :  Y  yo  que  decía. ...  yo  que  pensaba. . . . 
¡  Ah,  nb ;  no  podía  ser !  ¡  Pedro  no  podía  ser  cobarde ! 


138 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


¡  no  podía  ser,  no  señor !  Yo  sentía  eso  aquí  adentro 
( golpeándose  el  pecho)  ;  pero  yo  soy  un  pobre  gaucho 
bruto  y  no  comprendía  nada ....  Usté  me  ha  dáo  la 
vida,  ño  Joaquín ....  Permítame,  amigo  bueno .... 
quisiera  abrazarlo.  (Joaquín  le  abre  los  brazos; 
Anastasio  se  arroja  en  ellos  llorando)  Gracias,  gra- 
cias; Dios,  de  juro,  líe  pagará  este  bien  que  me 
hace .... 

ESCENA  VII 

Dichos,  el  Comisario  y  varios  soldados 

(Mientras  Joaquín  y  Anastasio  permanecen  abra- 
zados, entra  el  Comisario  con  sus  soldados  rodeando 
el  patio). 

JOAQUÍN 

(Advirtiendo  el  peligro)  ¡La  partida!  ¡Sálvese. 
Anastasio ! 

COMISARIO 

No  se  resista,  Anastasio;  dése  preso. 

ANASTASIO 

No  me  rindo ;  quiero  morir  peliando. 

comisario 

No  se  sacrifique,  Anastasio.  Sería  inútil.  Además, 
venimos  á  prenderlo,  no  á  matarlo. 

JOAQUÍN 

Entregúese,  Anastasio.  Usted  mató  peleando,  en 
buena  ley.  No  empeore  su  causa  resistiéndose. 


COBARDE 


139 


ANASTASIO 

i Ah,  hijo!  ¡Qué  de  tragos  amargos!.  ...  (Al  Co- 
misario) Sí,  me  entrego.  Al  fin,  ustedes  cumplen  con 
su  deber:  no  son  mis  enemigos.  ¡Ai  está  el  arma! 
(Arroja  el  facón,  que  recoge  un  soldado). 

comisario 

Sujétenlo  al  viejo  (Varios  soldados  atan  á  Anasta- 
cio  codo  con  codo,  maneándole  al  mismo  tiempo  las 
pionas).  (Joaquín  ha  salido). 

ANASTASIO 

Pero  si  me  he  entregáo .... 

COMISARIO 

A  ver,  despachen,  muchachos  .  .  .  .  ¡  Prontito !  Ché, 
Negro,  acerca  el  caballo . . .  .  ¡  Ala  !  No  dormirse .... 

PEDRO 

(Por  el  foro,  corriendo,  desgreñado,  casi  sin  alien- 
tos): ¡Dios  me  ayuda!  ¡llegué  á  tiempo!  (Desnu- 
dando su  daga  y  envolviéndose  el  poncho  en  el  braéo 
izquierdo;  á  los  policianos):  ¡Vuelta  la  cara!  ¡Aura, 
cts  conmigo! 

ESCENA  VIII 
Anastasio,  Comisario,  soldados  y  Pedro 

COMISARIO 

l  Qué  es  eso  f  ¿  Qué  pasa  ?  ¿  Qué  querés  vos  ? 


140 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


PEDRO 

¡  Libre  ese  hombre  ! 

comisario 

( A  Pedro )  ¡  Abajo  las  armas ! 

PEDRO 

Lo  veremos. 

comisario 
Dáte  preso  tu  también. 

(\Pedro,  por  toda  contestación,  acomete  á  los  poli- 
cianos. Éstos  sueltan  á  Anastasio,  que  queda  tendido 
en  el  suelo,  y  arremeten  contra  Pedro.  Entonces  trá- 
base una  lucha  feroz,  y  encarnizada.  La  daga  de  Pe- 
dro viborea  en  el  aire  y  mantiene  á  raya  á  sus  ene- 
migos ) . 

ANASTASIO 

(Alzándose  trabajosamente  sobre  un  codo  y  con- 
templando despavorido  la  escena):  ¡Es  Pedro!  ¡mi 
hijo  !  ( Con  frenética  alegría)  :  ¡  Está  paliando  !  ¡  Está 
peliando  !  ¡  No  es  cobarde,  no  !  ¡  Está  peliando !  (For- 
cejea con  rabia,  tratando  de  desatarse  para  acudir 
en  ayuda  de  su  hijo):  ¡A  ver,  bandidos!  ¡  Ansina  no 
se  priende  á  un  hombre !  ¡  Cobardes !  ¡  Sais  contra 
uno!  (Pedro  se  lleva,  peleando  á  los  soldados  por  el 
foro.  Suenan  algunos  tiros). 


COBARDE 


141 


ESCENA  IX 
Anastasio  solo 

ANASTASIO 

(Luchando  por  desprenderse  de  sus  ligaduras) 
¡  Malditas  cuerdas !  ¿  No  habrá  alguno  que  me  desate  ? 
(Con  desesperación,  casi  llorando):  ¡Están  asesi- 
nando á  m'hijo,  á  mi  Pedro !  ¡  Es  m'hijo,  sí,  es  m'hijo, 
es  mi  Pedro ! . . . .  ¡  Es  un  valiente ;  es  de  mi  sangre ! 
¡  Está  peliandío ! . . . .  ( Forcejeando )  ¡  Ah,  estas  cuer- 
das !  ¿  No  hay  quien  me  desate  %  (A  gritos ) :  ¡Ño  Joa- 
quín !  ¡  Cipriano !  ¡  Daniel !  ¡  Desátenme !  ¡  Alguno 
aquí !  j  Ray  o  de  Dios !  ¿  no  hay  quien  me  desate  ?  ( En 
este  instante,  vuelve  á  entrar  Pedro  combatiendo 
siempre  con  los  policianos.  Tiene  el  rostro  y  las  ropas 
Henos  de  sangre). 

ESCENA  X 
Anastasio,  Pedro,  Comisario  y  soldados 

ANASTASIO 

(Transfigurado,  contempla  pelear  á  Pedro,  quien 
cae,  de  pronto,  cerca  de  la  cocina  para  volver  á  al- 
zarse en  seguida)  ¡Párense,  asesinos!  ¡No  se  mata 
ansina  á  m'hijo !. . .  .  (Pedro,  cada  vez  más  desfalle- 
ciente por  la  sangre  perdida,  va  vacilando  hasta  el 
foro,  sin  cesar  de  pelear):  Pero,  no  ven. ...  ¡lo  es- 


142 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


tán  matando ! . . . .  ¡  Pedro !  ¡  Pedro !  ¡  Firme,  hijo 
mío ! . .  . .  ¡  Ah,  si  pudiera ! . . . .  ¡  Estas  cuerdas ! . . . . 
¡  Desátenme,  desátenme,  desátenme,  desátenme ! .  . . . 
¡  Rayo  de  Dios ! . . . . 

(Pedro,  cubierto  de  heridas  y  de  sangre,  desfalle- 
ciente,, cae  de  rodillas.  Aún,  en  el  suelo,  mantiene  á 
raya  á  sus  contrarios). 

VOZ  DE  JOAQUÍN 

,  Dentro )  ¡  Cosme !  ¡  Cipriano  !  ¡  Por  aquí ! 

ESCENA  XI 
Dichos,  Joaquín,  Cosme,  Daniel  y  Cipriano 

(Joaquín  y  Cipriano  acuden  á  Pedro,  moribundo. 
Daniel  y  Cosme  á  Anastasio,  que  apenas  se  vé  libre 
de  sus  ligaduras,  se  abalanza  hacia  su  hijo). 

JOAQUÍN  y  CIPRIANO 

¡  Pedro ! 

COSME 

¡  Ño  Anastasio ! 

ANASTASIO 

Pronto,  pronto ....  Ansí,  ansí .  . . .  ¡  Pedro !  ¿  Dónde 
está?  ( Corriendo  á  él)  \  Hijo  mío !  ¡  Hijo  mío ! . .  . . 

PEDRO 

( Moribundo )  \  Tata !  ¡  Me  muero ! 


COBARDE 


143 


ANASTASIO 

¡  No,  no,  Pedro  !  ¡  Yo  quiero  que  vós  vivás  ! . . . . 
¡  Pedro,  per  dóname ! . . . .  ¿  Sabes  ?  Yo .  . . .  ¡  Perdo- 
náme,  Pedro ! . . . .  ( Pedro  se  desvanece )  \  Pedro !  ¡  Pe- 
dro! ¡Hijo  mío!  •  Contestáme ! .  .  .  .  ¡Por  favor,  con- 
testáme !  ¿  Me  óis  ?  Soy  yo,  Anastasio,  tu  padre .... 

PEDRO 

( Entreabriendo  los  ojos)  ¡  Tata !  ¡  Si  acabó ! 

ANASTASIO 

(Delirante)  ¡  No,  no ! . .  . .  Vas  á  vivir .  . . .  ¡  Pedro ! 
¡  Hijo  mío !  (A  los  otros )  ¡  Es  un  valiente  !  ¡  Pe-lió  «como 
un  valiente . .  . .  ¡  Pedro !  ¡  Mi  Pedro ! .  . . .  ¡  No  es  co- 
barde, no !  ¡  Pedro  no  íes  cobarde ! . . . . 

PEDRO 

¡  Tata !  ¡  Nativa !  Si  acabó ....  (A  Cipriano,  que 
está  á  su  derecha,  con  un  postrer  reproche):  Réite, 
réite,  Cipriano  Vos  no   sabés   (Ci- 
priano inclina  la  cabeza  y  se  descubre.  Pedro  muere ). 

ANASTASIO 

( Con  un  grito  inmenso  de  desesperación) :  ¡Hijo! 
¡Hijo!  (Con  sollozos  frenéticos  se  arroja  sobre  el  ca- 
dáver de  su  hijo )  ¡  No  era  cobarde !  ¡  No  era  cobarde ! 
¡Pedro!  ¡Hijo!.... 


FIN  DEL  DRAMA 


CLARO  DE  LUNA 

COMEDIA  EN  UN  ACTO 

Estrenada  en  el  Teatro  Nacional  de  Buenos  Aires 
la  noche  del  27  de  Diciembre  de  1906 


10.  -T.  I. 


A  Maria  Esther  Podestá,  cuya 
precocidad  artística  vistió  es- 
ta obrita  de  encantadora  poesía 
la  noche  triunfal  del  estreno. 


El  autor. 


REPARTO 


Juana,  33  años   Ada  Cornaro 

Lili,  9  años   María  Esther  Podestá 

Andrés,  38  años   Guillermo  Battaglia 

Enrique,  40  años   Julio  Escarcela 

Antonio,  50  años  (  Alfredo  Lanaro 

1    hablan  con  lijero  acento  italiano 
Luis ,  40  años  /  Alfonso  Bosco 


Época  actual 


CLARO  DE  LUNA 


ACTO  ÚNICO 


Un  jardín:  á  la  derecha,  un  grupo  de  viejos  árboles;  á  la 
izquierda,  canteros  desbordantes  de  flores.  Hacia  el  fondo, 
un  chalet,  semi  recortado  por  árboles  y  enredaderas.  Una 
escalinata  de  mármol  da  acceso  á  la  casita;  y  una  amplia 
ventana  de  vidrio,  frente  al  espectador,  permite  ver  un 
trozo  de  habitación  sencillamente  adornada  con  un  sofá,  una 
silla  y  un  piano. 

Es  de  noche.  Al  levantarse  el  telón,  la  casa  estará  á 
obscuras;  el  jardín  en  la  penumbra. 

ESCENA  PRIMERA 
Antonio;  luego  Juana  y  Lilí 

(La  escena  permanece  desierta  durante  un  mo- 
mento. Luego,  resuena  la  campanilla  de  la  puerta  de 
la  verja,  que  se  supone  está  á  la  derecha.  Aún  queda 
vacia  la  escena  durante  otro  instante.  Al  fin,  sale 
Antonio  por  la  izquierda,  y,  silenciosamente,  con  el 
paso  cansado  de  los  viejos,  atraviesa  la  escena  y  sale 
por  la  derecha). 

LILÍ 

(Dentro)  —  Somos  nosotras,  Antonio.  Ábrenos. 
(Una  pausa.  Entran  Lilí  —  que  va  corriendo  hasta 


150 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


el  banco  de  hierro  de  la  izquierda,  primer  plano,  y 
parece  buscar  algo;  —  y  luego,  Juana  hablando  con 
Antonio  ) . 

ANTONIO 

Si  signora.  Si  hará  cume  ella  quiera. 

juana 

¿  Y  el  señor  no  ha  llegado  aún  ? 

LILÍ 

(Viniendo  á  Juana)  —  Mamá,  no  encuentro  el  cos- 
turerito  que  dejé  olvidado  en  el  banco. 

juana 

¿Vés?  Es  lo  que  siempre  te  digo.  Si  dejaras  cada 
cosa  en  su  sitio,  lias  encontraríais  luego  cuando  las 
buscas .... 

ANTONIO 

No  se  afliea,  niña.  La  vieca  lo  teñera,  perché  hoy 
ha  limpiado  il  cairdín  é  lo  habrá  incontrado .... 

JUANA 

¿  Entonces  el  señor  no  ha  llegado  aún  ? 

ANTONIO 

No,  signora. . . . 

JUANA 

Es  raro.  Deben  ser  las  ocho .... 


CLARO  DE  LUNA 


151 


ANTONIO 

¡  Eh !  E  las  ocho  e  media  también ....  Las  ocho 
sonaron  hace  rat'o  inta  capilla. .  . . 

(Juana  se  dirige  hacia  la  escalinata.  Ya  en  ella, 
se  detiene  para  hablarle  á  Antonio). 

JUANA 

Antonio,  que  no  se  le  olvide  á  usted  mañana  de- 
cirle al  lechero  que  venga  un  poco  más  temprano, 
si  puede.  Ya  sabe  que  el  señor  es  muy  madrugador. 
Hoy  se  tuvo  que  ir  sin  tomar  café. 

ANTONIO 

Vaya  cun  eunfianza,  ctaña  Cuana;  se  lo  diré. 

JUANA 

(A  Lili,  que  busca  entre  los  árboles) — Vamos, 
Lili  Mañana,  de  día,  buscarás  eso ...  . 

(Juana  y  Lili  desaparecen  en  la  casa). 

ESCENA  II 
Antonio;  luego  Luis 

(Antonio  se  detiene  un  momento  para  encender  sil 
pipa;  después,  lentamente,  va  á  salir  por  la  izquierda, 
cuando  le  llaman  desde  la  verja). 

luis 

(Dentro)  —  Bona  seira,  Antonio. 


152 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ANTONIO 

(Volviéndose)  ¿Chi  é?         (reconociendo  á  Luis 

que  entra )  \  Hola,  Luigin !  ¿  Cume  va  ? 

luis 

(Saludándolo)  Pasaba  per  allí  e  vi  la  puertas 
abiertas.  Entonces,  natoralemente,  cume  sempre  está 
cerrada  á  esto  horas*  me  sun  dicho :  Antonio  se  sun 
descuidado.  E  me  volví  p 'atrás.  Ecco. 

ANTONIO 

No,  no  me  sun  olvidados.  Es  que  dun  Andrés  no 
ha  venido,  e  para  no  hacerlos  isperar  cuando  llegue, 
¿  cumprende  ? 

LUIS 

¡ Bravo !  ¿E  la  saJlute ? 

ANTONIO 

Cosí,  cosí.  ¡  E  se  sabe !  cuando  uno  se  hace  vieco .... 

LUIS 

Natoralemente .... 

ANTONIO 

¡  Sun  cincuenta  años  !  ¿  Qué  le  parece  ?  ¡  Cincuenta 
años!  E  veinticinque  d 'América,  trabacando,  traba- 
cando  come  in  caballos,  sin  poder  cuntar  in  peso, 
perche  'la  vieca  siempre  istá  inf ermas .... 


CLARO  DE  LUNA  153 


LUIS 

¿  E  so  icos,  don  Antonio  ? 

ANTONIO 

¡  Eh,  me  icos !  ¡  Si  yo  isperara  en  me  icos,  estaría 
frescos !  

luis 

¿  Qué  hace  il  mochiachos  ? 

ANTONIO 

Si  fué  para  Chile.  ¡Cosas  di  mochiachos!  Le  ca- 
lentaran la  cabezas  lo  amicos ;  que  allá  si  gana  plata, 
é  que  si  gana,  é  que  se  yo ...  .  e  t ótale,  que  allá  está 
peore  que  aquí ....  Nun  me  manda  ni  un  centavo. 
E  yo,  me  hago  vieco,  é  dispués  ista  pierna .... 

LUIS 

¿Sempre  il  rumatismo  ? 

ANTONIO 

Sempre          E  hay  que  trahacar,  trabacar  

¡Ah,  la  vita!  

LUIS 

¡  Eh,  si !  La  vita  

ANTONIO 

Lo  padrón,  dun  Andrés,  é  bueno,  ya  se  sabe.  Duña 
Cuana  también  é  buena.  —  " Deque,  Antonio;  nun 


154 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


haga  eso"  —  ¿Ma  que  quiere  que  le  haga?   Yo 

no  puedo  robarles  la  plata,  é  entonces  trabaco. . .  . 

luis 

¿Fa  tempo  que  está  quí? 

ANTONIO 

¡  Eh!  vinte  años,  Luigin,  vinte  años. . . .  Primiero 
cun  aquello  inglese  bárbaro ;  dispués  vino  duña  Ana, 
la  viuda;  aluego,  il  dottore. .  . .  Ya  ve;  cuando  se 
mudó  quí  dun  Andrés,  ya  istaba  enfermos.  . . .  Más 
tardes  dun  Andrés  se  traico  quí  la  signora  Cuana .... 

LUIS 

E  diga,  dun  Antonio. .  . .  ¿E  vero  que  no  son  ca- 
sados ? . . . . 

ANTONIO 

¿Qué  quiere  que  le  diga? 

LUIS 

Sun  oído  decir  que  no  son  casados .... 

ANTONIO  - 

¿  A  mí  que  se  me  ne  importa  ?  ¿  Sun  lo  padrones,  é 
vero  ?  ¡  Eh,,  bueno !  Yo  no  me  meto  in  aquello  que  no 
me  importa. . . . 

luis 

¡  Bravo !  Ma  la  quente  charla  e  charla .... 


CLARO  DE  LUNA 


155 


ANTONIO 

E  que  charle,  dequelá ....  Yo,  lo  que  le  digo,  é 
que  lo  padrones  son  buenos  é  son  buenos. . . .  ¿Qué 
no  sun  casados  í  \  Eh !  Hay  tantos  que  sun  casados  e 
que  no  fan  un  servicio  á  un  pobre .... 

LUIS 

Quello  é  vero. . . . 

ANTONIO 

¿  Non  li  pare  ?   Cun  que  y  a  vé ...  .  ( Transi- 
ción) ¿E  cunue  va  'la  remulaehitai  ? . . . . 

luis 

Mal,  Antonio,  mal ....  La  helada  de  la  otras  no- 
che. . . .  (En  este  instante  se  oye  la  campanilla  de  la 
verja). 

ANTONIO 

II  padrone .... 

ESCENA  III 
Dichos,  Andrés  y  Enrique 

ANDRÉS 

(Entrando  con  Enrique)  Buenas  noches,  Anto- 
nio. . . . 


156 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ANTONIO 

Bona  noche,  padrón. . . . 

ANDRÉS 

Buenas  noches,  Luis ....  &  Qué  se  hace  f . . , . 
luis 

Ahí  estamos,  pá  servirlo,  dun  Andrés .... 

ANDRÉS 

¿Cómo  va  esa  quintita? 

LUIS 

Cosí,  cosí. ...  II  tiempo  ha  veñido  mal. ...  E  ya  se 

sabe  En  fin,  ¿  qué  le  vamo  á  hacer,  no  é  cierto 

Hay  que  tener  paciencias....  (Un  silencio)  E 
bueno   Yo  me  voy....  (Saludando):  Dun  An- 
drés é  la  cumpiañía ....  Bona  sera,  Antonio .... 

ANTONIO 

Viva.  . . .  (Sale  Luis).  Duña  Cuana  me  sun  pre- 
guntado per  el  siñor. . . . 

ANDRÉS 

Está  bien,  Antonio ....  Puedes  retirarte  

(Sale  Antonio). 


CLARO  DE  LUNA 


157 


ESCENA  IV 
Andrés  y  Enrique 

(Al  quedar  solos,  Andrés  va  á  sentarse  en  el 
banco  de  hierro.  Enrique  mira  hacia  la  casa,  que 
permanece  á  obscuras,  y  luego  vuelve  hacia  su 
amigo). 

ENRIQUE 

¿Y  bien,  que  es  eso,  Andrés?  ¿Te  falta  valor? 

ANDRÉS 

¿Qué  quieres,  Enrique?  Pensar  que  dentro  de  un 
instante  la  pobre  Juana  va  á  saber.  . .  . 

ENRIQUE 

¿No  eres  tú  mismo  quien  se  ha  bus  dado  todo  este 
lío? 

ANDRÉS 

¿Yo?  ¿Tú  crees?  

ENRIQUE 

¡  Hombre !  Me  parece ....  Bastante  te  he  aconse- 
jado. Recuerda  lo  que  desde  un  principio  te  he  di- 
cho :  no  frecuentes  tanto  á  los  Aguiirre ;  mira  que 
se  empieza  jugando  y  luego  se  acaba  en  casorio  . . . . 


158 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ANDRÉS 

Pero,  ¿tú  te  figuras  que  yo  he  deseado  ese  casa- 
miento? No  dejo  de  comprender  que  María  es  encan- 
tadora, ni  puedo  negar  que  sería  una  esposa  ideal; 
pero  no  soy  yo  el  que  ha  buscado  esto ....  Com- 
prendo que  mi  situación  con  Juana  es  delicada.  .  . . 
Tenemos  una  hija....  No  es  cosa  de  decir:  "me 
caso",  y  abandonar  de  pronto  á  esta  pobre  mucha- 
cha que  durante  diez  años  ha  sido  mi  compañera  y 
mi  amliga. ... 

ENRIQUE 

Entonces .... 

ANDRÉS 

Entonces,  ahí  está ....  A  mi  madre  se  le  ocurrió 
que  ya  tenía  yo  edad  para  casarme  y  que  nunca 
encontraría  un  mejor  partido  que  la  niña  de  los 
Aguirre 

ENRIQUE 

Tendrías  que  haberle  conf  esado  tus  relaciones  con 
Juana. . . . 

ANDRÉS 

Lo  sabe,  Enrique,  lo  sabe.  Se  lo  he  dicho.  Pero, 
¿qué  quieres?  No  conoce  á  Juana;  se  figura  que  os 
una  cualquiera.  .  .  .  Todas  mis  razones  para  conven- 
cerla de  que  es  una  muchacha  buena,  trabajadora  y 
honesta,  han  sido  inútiles.  Tú  conoces  á  mi  madre. 
Es  inflexible.  No  tiene  más  que  una  moral.  Una  mu- 
jer que  vive  con  un  hombre  sin  haber  pasado  por  las 


CLARO  DE  LUNA 


159 


formalidades  legales,  es  una  mala  mujer  Y  quí- 
tala tú  de  ahí  En  fin  

ENRIQUE 

En  fin,  que  estás  en  el  atolladero  y  tienes  que 
salir  de  él ... .  Mañana  tu  madre  va  á  pedir  para  tí 
la  mano  de  María ;  y  esta  noche  tienes  que  romper 
con  Juana.  Lo  que  yo  no  comprendo  es  para  qué 
me  traes  aquí ;  qué  tengo  que  ver  yo  en  este  fandango 
enojoso .... 

ANDRÉS 

Enrique. . . .  Ya  sabes;  somos  viejos  amigos. . . . 
Tu  presencia  me  presta  coraje .  . , .  Además .... 

ENRIQUE 

Pero  

ANDRÉS 

Además,  tú  puedes  entretenerme  á  Lili  cuando  yo 
hable  con  Juana ....  Uno  no  sabe  lo  que  puede  pasar 
en  estos  casos .... 

( En  este  instante  la  vidriera  de  la  casa  se  ilumina 
súbitamente.  Se  ve  entrar  á  Juana  con  una  lámpara 
que  coloca  sobre  el  piano.  Lili  entra  en  seguida  y 
parece  hablar  con  su  mamá.  Durante  toda  esta  es- 
cena, se  verá  á  Juana,  sentada  en  el  sofá,  hablar  por 
instantes,  con  Lili;  luego  quedar  pensativa,  y  demos- 
trar al  fin  impaciencia  por  la  demora  de  Andrés.  En 
el  momento  que  oportunamente  se  indicará,  Lili  eje- 
cutará en  el  piano  el  vals  "Quand  Vamour  meurt,\ 
de  Cremieux).  , 


160 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ENRIQUE 

(Volviéndose  hacia  la  casa)  Mira. . . . 

ANDRÉS 

(Contempla  el  cuadro  un  instante  tristemente; 
luego  con  voz  queda):  ¡Pobre  Juana!  ¡Pobre  Lili!.... 

ENRIQUE 

(Viniendo  á  Andrés)  Pero,  al  fin,  amigo  mío. . . . 
¡  Esto  es  tonto ! . . .  .  ¿  No  es  ahora  que  vas  á  hacerte 
esas  reflexiones  ?  ¿  Has  decidido  ó  no  tu  matrimonio  ? 

ANDRÉS 

Déjame,  déjiame  aún  un  instante         Tengo  que 

tomar  mi  coraje  á  dos  manos.  . . .  (Mirando  hacia  la 
casa ) :  ¡  Pobrecillas !  No  sospechan  que  dentro  de  un 
momento  el  dolor  va  á  entrar  por  esa  puerta ....  No 
se  imaginan  que  á  dos  pasos  de  ellas  está  la  desespe- 
ración, acechándolas,  para  turbar  su  porvenir .... 
Y  así  es  la  vida. . . .  Los  seres  humanos  pasan  in- 
conscientes, tranquilos,  junto  á  la  felicidad  ó  al  lado 
de  la  muerte,  sin  sospechar  que  un  segundo  después 
se  abrirá  un  paraíso  ante  sus  ojos  ó  se  cerrará  un 
infierno  sobre  su  corazón ....  ¿  Ves  tú,  Enrique  ? 
Nosotros  las  estamos  mirando  á  ellas,  ¡y  ellas  lo  ig- 
noran   

ENRIQUE 

( Gravemente )  Y  alguien  nos  mira  á  nosotros  en 
este  instante,  Andrés,  no  lo  olvides  Alguien  que 


CLAEO  DE  LUNA 


161 


nos  mira  muy  hondo,  muy  hondo ;  que  traspasa  con  su 
mirada  nuestra  carne;  que  examina  nuestra  con- 
ciencia. ... 

(Andrés  baja  la  cabeza.  Pausa.  Enrique  se  le  apro- 
xima, y,  cambiando  de  tono,  continúa) : 

Oye  Andrés. . . .  Dejémonos  de  filosofías.  Seamos 
hombres,  nada  más ;  hombres  de  honor  y  de  entereza 
moral.  ¿Quieres  á  Juana?  ¿Te  duele  abandonarla? 
¿O,  san  amarla  ya,  tu  conciencia  te  dice  que  tienes 
que  mantener  tu  fe  á  la  mujer  á  quien  un  día  se  la 
ofreciste  con  sinceridad  de  caballero  ? . . . .  Pues  es 
muy  sencillo  lo  que  debes  hacer.  Vas  á  la  casa,  llamas, 
entras,  y . . . .  ¡  aquí  estoy ! . . . .  Abrazas  á  tu  hija,  le 
das  un  beso  á  tu  compañera,  y  te  dejas  estar. . . . 
Mira,  en  el  fondo,  esta  es  la  solución  que  á  mí  me 
agrada  y  la  que  me  parece  más  moral,  —  pese  á  tu 
señora  madre. . . .  (Haciendo  ademán  de  retirarse)  : 
\  Ea,  abur !  Yo  me  largo  

ANDRÉS 

(Deteniéndole) :  Aguarda,  Enrique          No,  no 

puede  ser  eso ....  He  prometido  á  mi  madre  que  esta 
noche  rompería. . . . 

ENRIQUE" 

(Exasperado)  Entonces  di,  de  una  vez,  que  estás 
enamorado  de  la  señorita  María  Aguirre,  y  conclu- 
yamos ¡  qué  diablos !  

ANDRÉS 

¡  Eso  no ! 
u. -t.  i. 


162 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ENRIQUE 

¡  Tanto  peor ! . . . .  Pues  vé  allá  arriba,  mándame  á 
Lili  y  desenvuélvete. . . . 

ANDRÉS 

( Decidiéndose )  Tienes  razón ....  Hay  que  concluir 
de  una  vez .... 

(Va  á  dirigirse  á  la  casa,  cuando  Lili,  que  ha  ido 
á  sentarse  al  piano,  empieza  á  tocar  el  vals  "Quand 
Vamour  meurt".  —  Andrés  se  detiene,  mira  hacia  la 
casa  y  vuelve  pensativo). 

ENRIQUE 

Lili  toca  el  piano. . . . 

ANDRÉS 

Sí  ¿  Conoces  ese  vals  ? 

ENRIQUE 

Le  conozco.  ¿  No  es  ? . . . . 

ANDRÉS 

''Quand  Tamour  meurt"          Cuando  muere  el 

amor . . . .  ¡  Pobre  Lili ! . . . . 

ENRIQUE 

¡Pobre  Juana!  ¿Qué  va  á  ser  de  ella  cuando  tu 
la  abandones? 


CLARO  DE  LUNA 


163 


ANDRÉS 

(Sin  oírle,  sentándose  en  el  banco)  \  Cuando  muere 
el  amor ! .  . .  .  ¡  Qué  tristes  reproches  nos  ofrece  la 

casualidad !  ¡Y  es  Lili,  mi  hija,  la  que  me  lanza 

esa  frase !  ¡  Cuando  muere  el  amor ! .  . . . 

(En  la  casa,  se  ve  á  Juana  ir  hasta  el  piano  y  ha- 
blar con  su  hija.  Entonces  Lili  se  levanta  y  pénese  á 
hablar  con  Juana.  Después  salen  ambas,  dejando  ilu- 
minada la  habitación) . 

ENRIQUE 

(Sentándose  en  el  banco  junto  á  Andrés)  —  Va- 
mos á  ver,  amigo  mío .... 

ANDRÉS 

(Poniéndose  en  pie)  ¿Qué  quieres?  Es  más  difícil 
de  lo  que  te  imaginas  comunicarle  á  Juana  mi  reso- 
luoión.  Ya  se  vé. . . .  Hace  diez  años  que  vivimos 
unidos,  sin  una  disputa,  sin  un  enojo ....  Tú  la  cono- 
ces : ... .  es  buena,  sencilla,  trabajadora ....  A  pesar 
del  bienestar  que  la  he  ofrecido,  no  ha  querido  nunca 

dejar  de  dar  sus  lecciones  de  piano  ( Como  si  los 

recuerdos  se  agolparan  á  su  mente)  Fué,  precisa- 
mente, durante  una  lección  que  la  conocí ....  Iba  á 
casa  de  Matilde  ¿recuerdas?  —  Una  tarde,  estaba  en 
el  escritorio,  cuando  oí  que  allá  en  el  salón  interpre- 
taban una  sonata  de  Beethoven  de  un  modo  mara- 
villoso... . —  ¿Quién  toca? — le  pregunté  á  Alvia- 
raido  —  ¿  es  Matilde  ?  —  No,  es  su  profesora,  Juana 


164 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


Fuentes,  me  contestó,. . . .  ¿Quieres  oiría  1!  —  Y  am- 
bos entramos  al  salón ....  Vi  entonces  una  ciabecita 
rubia  inclinada  sobre  el  piano,  soñando. . . .  ¡  Soñaba, 
sí  l . . '. .  El  alma  de  Beethoven  pasaba  al  través  de  su 
alma,  y  sus  dedos  corrían  sobre  el  teclado  como  un 
revuelo  de  palomas.  Me  dejé  caer  sobre  una  silla,  y 
escuché  religiosamente  aquella  música  divina,  empa- 
pada de  no  sé  que  recónditas  tristezas ....  Mi  corazón 
se  iba  lejos.,  á  otros  países  de  ensueño,  ¡  qué  sé  yo !  Y, 
bruscamente,  con  la  última  nota  del  poema,  mi  alma 
despertó  azorada,  como  un  ave  que  habiendo  remon- 
tado muy  alto  el  vuelo,  siente  enrarecerse  el  aire, 
estallar  su  pecho,  paralizarse  sus  alas  y  caer  sobre  la 
tierra,  vencida  y  deshecha. ...  Y  entonces,  al  mismo 
tiempo,  comprendí  que  yo  amaría  siempre  á  aquella 
mujer  que  me  había  procurado  tan  sublime  sensa- 
ción; que  no  podría  olvidarla. . . . 

ENRIQUE 

( Poniéndose  en  pie )  —  Bueno,  pues ;  ahora .... 

ANDRÉS 

Y  la  amé\,  la  amé  con  todas  las  fuerzas  de  mi 
alma....  Ha  sido  un  sueño,  una  locura....  No 

sé          Después,  un  día,  nació  Lili;  y  sentí  que 

desde  entonces  nuestras  existencias  quedaban  más 

ligadas  ¡  Piobrecita  Lili!  Es  buena,  es  inteligente 

como  isu  mamá         Tu  la  has  oído  tocar  el  piano: 

tiene  su  misma  alma  de  artista.  Interpreta  á  Beetho- 
ven  de  un  modo  maravilloso.  Y  es  por  esta  pobrecita 


CLARO  DE  LUNA 


165 


niña  que  el  paso  que  voy  á  dar  se  me  hace  más  difí- 
cil. Ya  vés  tú,  si  el  amor  que  yo  tenía  á  Juana  se  ha 
convertido  en  un  afecto  amistoso,  de  todos  modos 
no  puedo  ser  un  indiferente  para  mi  hija.  . . .  ¿Qué 
hará  Juana  cuando  conozca  mi  resolución?  ¿Que- 
rrá lo  mismo  á  su  hija,  á  la  hija  del  hombre  que  la 
ha  engañado  y  olvidado  ?  

ENRIQUE 

Es  madre. 

ANDRÉS 

Es  madre,  sí ;  pero  también  es  mujer.  Mi  abandono 
dejará  en  el  fondo  de  su  corazón  un  dejo  de  amar- 
gura, y  en  este  hogar  que  yo  voy  á  romper,  ya  no 
habrá  alegría,  ya  no  habrán  risas  y  cantos.  Será  un 
jardín  sin  sol  y  en  él  crecerá  mi  Lili  como  una  pobre 
flor  olvidada. .  . . 

ENRIQUE 

Y  bien,  puesto  que  reconoces  todo  eso,  me  parece 
que  sería  muy  fácil. . . . 

ANDRÉS 

¿Qué? 

ENRIQUE 

Que  te  convencieras  á  ti  mismo  que  tienes  un  gran 
deber  moral  que  cumplir;  que  no  puedes  aban- 
donar. . . . 


166 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ANDRÉS 

No,  no.  Imposible.  Es  la  hora  cruel  de  la  ruptura, 
que  tantas  veces  he  previsto,  que  he  alejado  siempre, 

con  miedo  Pero  hoy  ya  no  puedo  sustraerme  á  la 

voluntad  de  mi  madre,  ni  á  los  mandatos  de  la  so- 
ciedad en  que  vivo  . . . . 

ENRIQUE 

¡Pues  está  bonita  tu  sociedad,  amigo  mío!  ¿Es 
ella  la  que  te  aconseja  que  traiciones  á  una  mujer, 
que  desampares  á  una  hija?. . . . 

ANDRÉS 

No  sé;  pero  comprendo  que  el  mundo  está  hecho 
así  y  que  yo  no  puedo  corregirlo.  ¿Qué  quieres? 
¿  Qué  me  ponga  en  pugna  con  las  prácticas  estable- 
cidas? ¿Qué  me  rebele  contra  los  que  piensan  como 
mi  madre  ? 

ENRIQUE 

Mira,  Andrés,  ¿puedo  hablarte  francamente,  no 
es  cierto  ?  Pues  esto  que  haces  es  una  cobardía,  ni  más 
ni  menas*.  . .  . 

ANDRÉS 

Pero .... 

ENRIQUE 

....una  cobardía,  hijo,  y  lo  que  es  peor,  una 
cobardía  contra  ti  mismo.  ¿Cómo?  ¿Reconoces  que 
haces  mal,  que  arrojas  al  diablo  á  una  mujer  buena 


CLARO  DE  LUNA 


167 


y  á  una  hija  inocente ;  reconoces  que  obras  así,  contra 
tu  corazón,  nada  más  que  por  satisfacer  el  "qué 
dirán"  de  las  gentes, — y  tienes  el  tupet  de  de- 
cirme ....  ¡  Ah,  no !  Quédate  con  tu  moral  de  cir- 
cunstancias y  no  te  hagas  e;l  caballero .... 

ANDRÉS 

i  Enrique ! 

ENRIQUE 

Déjame  en  paz.  ¡ 

ANDRÉS 

Sí,  hay  que  concluir. .  . . 

ENRIQUE 

Quiere  decir  que  estás  decidido .... 

ANDRÉS 

( Poniéndose  en  pie,  con  resolución ) :  Sí,  estoy  de- 
cidido.  El  sueño  ha  terminado.  Vamos,  valor.... 
( Se  dirige  hacia  la  casa  y  llama.  Enrique,  haciendo 
un  gran  gesto  vago,  se  sienta  en  el  banco.  Al  través 
de  los  cristales,  se  vé  entrar  á  Juana  y  Lili,  cruzar 
la  habitación  y  abrirle  á  Andrés.  Éste  abraza  á  su 
hija,  besa  en  la  frente  á  Juana,  y  en  seguida,  vol- 
viéndose otra  vez  hacia  Lili,  le  indica  que  en  el  jar- 
dín la  aguarda  Enrique.  Lili  sale  entonces  de  la 
casa).  I 


168 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ESCENA  V 

Lilí  y  Enrique,  en  el  jardín;  Andrés  y  Juana, 
en  la  casa 

(Mientras  Enrique  habla  con  Lilí,  en  la  penumbra 
del  jardín,  de  cien  cosas  triviales,  allá,  en  la  casa, 
empieza  á  desarrollarse  el  drama  doloroso  de  la  rup- 
tura. Así,  en  la  vida,  al  lado  de  la  felicidad,  del  en- 
sueño y  de  la  esperanza,  surge  á  veces  la  tragedia  de 
las  almas:  Lilí  habla  con  el  amigo  de  su  padre,  de 
cosas  baladis,  de  cosas  de  niña  ingenua,  de  codas  sen- 
cillas que  revelan  cuáles  son  sus  alegrías,  cuáles  sus 
sueños  infantiles;  y  entre  tanto,  allá,  dentro  de  la 
casa,  Andrés  y  Juana,  dolor osamente,  se  destrozan  el 
corazón  y  juegan  el  porvenir  de  la  niña.  Y  como  en 
la  vida  también,  los  más  rudos,  los  más  implacables 
contrastes  surgen  entre  los  gestos  de  los  padres  y  las 
frases  de  la  hija.  Es  un  doble  drama  que  enseña  la 
fragilidad  y  miseria  de  la  vida.  —  Durante  toda  esta 
escena,  el  espectador  asiste,  sin  oir  las  palabras,  á  la 
ruptura  de  los  amantes:  Y  ése  primero  á  Andrés  ha- 
blar serenamente  á  Juana  y  oiría  sus  reproches  por 
su  llegada  tardía.  Tésele  también  invitarla  á  sentarse 
para  conversar  con  calma.  Juana  revela  su  extra- 
ñeza  por  la  inusitada  actitud  de  Andrés,  pero  le 
obedece,  y  se  sienta  en  el  sofá.  Andrés  acomódase  á 
su  lado  y  empieza  á  hablarle  dulcemente.  Recuérdale 
sus  amores,  los  días  de  felicidad  transcurridos,  sin 
atreverse  á  abordar  de  lleno  el  asunto  que  allí  le  lleva. 


CLARO  DE  LUNA 


169 


Luego  le  habla  de  sí  mismo,  de  su  porvenir,  de  su  fa- 
milia, de  sus  deberes  sociales,  de  mil  cosas ,  en  fin, 
que  certifiquen  la  necesidad  de  modificar  su  existen- 
cia. Juana,  poco  á  poco  empieza  á  comprender,  y  en- 
tonces dirige  preguntas  directas  y  rápidas  á  Andrés 
Éste,  obligado  á  ser  explícito,  empieza  á  excusarse 
tras  la  voluntad  de  su  anciana  madre,  y,  de  súbito, 
Juana  no  puede  abrigar  la  más  mínima  duda:  ño  se 
trata  de  un  viaje,  no  se  trata  de  un  abandono;  es  la 
ruptura  por  el  casamiento  de  Andrés.  Cuando  esta 
confesión  se  escapa  de  los  labios  del  amante,  la  des- 
dichada joven  se  pone  rápidamente  en  pie  para  de- 
fender su  amor,  para  defender  á  su  hija.  Ahora 
el  rudo  drama  pasional  va  animándose  poco  á  poco 
hasta  el  final.  Andrés  trata  de  dar  razones  más  ó 
menos  especiosas;  pero  la  pobre  mujer  traicionada 
habla  el  lenguaje  de  su  corazón  sangrante.  Sus  re- 
proches flagelan  el  alma  atribulada  de  Andrés,  La 
discusión  se  hace  más  viva.  Luego,  el  amante  sólo 
sabe  defenderse  con  gestos  de  dolor,  de  desalienta; 
mientras  ella,  al  notar  la  irrevocabilidad  de  su  fallo, 
con  una  postrer  protesta,  cae  agobiada,  vencida  en 
el  sofá,  vertiendo  en  un  torrente  de  lágrimas  toda  la 
amargura  de  su  alma.  Entonces  Andrés  se  la  apro- 
xima para  prestarle  un  consuelo,  para  hablarle  de  la 
ayuda  con  que  aún  piensa  socorrerla.  Es  en  vano. 
Herida  en  el  corazón,  la  joven  llora  siempre,  llora 
silenciosamente.  Y  será  en  ese  instante,  cuando  An- 
drés, triste  y  abatido  se  sienta  en  una  silla,  frente  á 
J uaná;  que  Lili  entrará  del  jardín  pa,ra  resolver  con 
sus  manecitas  el  destino  de  aquellos  desdichados). 


170 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


LILÍ 

(Bajando  al  jardín  y  escrutando  la  sombra):  En- 
rique, ¿dónde  estás? 

ENRIQUE 

Por  aquí,  Lili ;  aquí  estoy. 

(Lili  baja  al  jardín  y  corre  hacia  Enrique). 

LILÍ 

¿  Cómo  es  eso  ?  ¿  Por  qué  no  entras  ? 

ENRIQUE 

¿No  vés?  No  estoy  «en  traje  aparente. . . . 

LILÍ 

¿Pero  es  de  veras  eso  de  que  no  se  va  á  una  casa 
sin  vestirse  de  etiqueta  ?  Yo  creí  que  sólo  las  mujeres 
tienen  que  ponerse  la  mejor  ropa  para  salir. 

ENRIQUE 

Son  leyes  sociales  que  hay  que  respetar. 

LILÍ 

¿Y  quién  hace  esas  leyes? 

ENRIQUE 

¿  Quién  hace  esas  leyes  ?  ¡  Hombre !  Mirándolo  bien, 
no  sé,  Lili,  quien  puede  hacerlas. . . . 


CLARO  DE  LUNA 


171 


LILÍ 

¿No  vas  á  saber?  Tú  te  burlas  de  mí,  Enrique; 
y  eso  está  feo  entre  amigos.  Si  yo  sé  que  tú  sabes 
todo ....  ¿  Cómo  nlo  vas  á  saber  quién  trizo  esas 
leyes  ?  Estoy  segura  que  si  yo  pienso  un  poco,  acierto. 

ENRIQUE 

A  ver,  piensa ;  veamos  qué  se  te  ocurre .... 

LILÍ 

¿  Quieres  que  adivine  ?  Bueno ;  déjame  pensar .... 
Pero  ¿no  vas  á  reírte  si  digo  una  tontería? 

ENRIQUE 

¡Por  Dios,  Lili!  Entre  amigos  como  nosotros. .  . . 

LILÍ 

Bueno,  déjame  pensar . . . .  ( Pausa.  Lili  reflexiona 
gravemente.  De  pronto  exclama  con  grande  gozo): 
¡Ya  sé! 

ENRIQUE 

¡  Qué  pronto  has  encontrado  ! 

LILÍ 

¡  Ah,  <yo  soy  tremenda  para  eso !  ¡  Si  vieras !  A  ve- 
ces mamá  me  pone  una  adivinanza,  y  yo  me  quedo 
así,  callada,  pensando,  y  ¡zas!,  la  adivino.  Eso  sí; 
á  veces  tengo  que  sentarme,  porque  sentada  se  me 
ocurren  mejor  las  cosas.  ¿No  es  verdad  que  sentado 
se  piensa  mejor?  ¿Tú  puedes  pensar  caminando? 


172 


VÍCTOR  PÉREZ  PET1T 


ENRIQUE 

j  Dios  mío !  A  veces  no  tengo  más  remedio .... 

LILÍ 

¡  Ah,,  yo  no  !  ¡  Caminando,  no !  Cuando  uno  camina 
tiene  que  ver  lo  que  hay  alrededor  y  mirar  dónde 
pisa ....  No  se  puede  pensar .... 

ENRIQUE 

Y  bien,  ¿tu  acertada? 

LILÍ 

¿  Qué  acertada  ? 

ENRIQUE 

¿  Cómo  ?  ¿  Ya  te  has  olvidado  ?  ¿  No  decías  que  ibas 
á  pensar  quién  podría  ser  el  que  había  inventado  la 
ley  de  que  debe  irse  bien  vestido  á  una  visita  ? 

LILÍ 

¡  Ah,  sí !  ¡  Es  verdad !  ¡  Qué  tonta  soy! ....  Pues 
sí ;  ya  lo  sé ...  .  Pero,  ¿  no  lo  sabes  tú  ? 

ENRIQUE 

No  lo  sé. 

LILÍ 

¿De  verdad? 

ENRIQUE 

Formalmente. 


CLARO  DE  LUNA 


173 


LILÍ 

Bueno.  Púas  los  que  inventaron  esas  leyes  son 
(con  cierto  temor  de  equivocarse)  ¡los  sastres! 

ENRIQUE 

(Riendo)  ¿Sabes  que  has  acertado,  Lili? 

LILÍ 

¿  Por  qué  te  ríes  ? 

ENRIQUE 

No,  si  yo  

LILÍ 

Ya  sabes  que  no  me  gusta  que  se  burlen  de  mí ...  . 

ENRIQUE 

Te  juro  que  no  me  burlo. .  . . 

LILÍ 

¿  De  veras?  ¿  Tengo  tu  palabra  ? 

ENRIQUE 

Te  idoy  mi  palabra  de  honor. 

LILÍ 

Dáme  la  mano.  Así.  Muy  bien.  ¡  Oh,  no  creas !  A 
mí  me  enfada  que  me  tomen  por  una  chiquiilina. 
i  Qué  te  crees  ?  Yo  soy  así,  un  poco  bajita,  pero  ya 
sé  pensar  como  una  persona  mayor.  Si  tú  supieras 
lo  que  imagino  á  veces  para  cuando  sea  grande .... 


174 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ENRIQUE 

¿ Qué  me  dices ?  ¿ Ya  piensas  en  eso?. . .  ¡  Vaya ! 
¿A  qué  yo  también  adivino  lo  que  te  gustaría  ser 
cuando  seas  como  tu  mamá  ? 

LILÍ 

¿  A  qué  no  ? 

ENRIQUE 

¿A  qué  sí? 

LILÍ 

¿  A  qué  no  ? 

ENRIQUE 

¿Qué  apostamos? 

LILÍ 

Un  cartucho  de  bombones  que  tú  me  traerás  si 
pierdes. 

ENRIQUE 

¿Y  si  pierdes  tú? 

LILÍ 

Entonces  del  cartucho  que  me  traigas  te  convido 
con  tres  ó  cuatro. 

ENRIQUE 

Ya  está.  Pues  bien;  para  cuando  seas  grande  te 
gustaría  ser  maestra  de  piano. 


CLARO  DE  LUNA 


175 


LILÍ 

¡Perdiste!  ¡ Perdiste !  ¡  Me  debes  los  bombones  l 

ENRIQUE 

¿  Cómo  ?  ¿  no  te  gustaría  ser,  como  tu  mamá,  maes- 
tra de  piano  ? 

LILÍ 

¡Quita  de  ahí!  Tener  que  enseñar  á  esas  cabezas 
duras  que  no  saben  distinguir  ia  llave  de  sol  de  la 
llave  de  f a ... .  ¡  Ah,  no,  no,  no !  Si  tu  acompañaras- 
corno  yo  á  mamá  y  vieras  esas  señoritas  cabezudas.... 
¡  Hay  cada  una !  Los  otros  días  no  más  vi  una  que 
daba  rabia .... 

ENRIQUE 

&  Sí,  eh? 

LILÍ 

Figúrate  que  á  cada  rato  estaba  confundiendo  los 
sostenidos  con  los  bemoles  y  los  bemoles  con  los  sovs- 
tenidos ....  ¡Y  tener  que  enseñar  á  esa  gente !  ¡  Mu- 
chas gracias,  hijito!  Yo  no  sirvo  para  eso  

ENRIQUE 

Sin  embargo,  tú  tocas  muy  bien  el  piano .... 

LILÍ 

Estás  muy  cumplimentero.  Pero  una  cosa  es  tocar 
y  otra  es  enseñar.  ¡Dios  mío!  Tener  que  aguantar 

media  hora  de  posición  fija  ¡  Ah,  no,  no!  Yo  soy 

muy  nerviosa  


176 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ENRIQUE 

¿De  veras? 

LILI 

Palabra  de  honor. . . . 

ENRIQUE 

Vamos  á  ver,  Lili.  ¿A  quién  quieres  tú  más?  ¿A 
papá  ó  á  mamá? 

LILI 

A  los  dos  igual.  ¿No  sabes  que  es  feo  decir  que 
se  quiere  más  al  uno  que  al  otro? 

ENRIQUE 

Sí,  es  feo  decirlo.  ...  Pero  aquí,  entre  los  dos,.  . . . 
¿  no  somos  de  confianza  ? . . . . 

LILI 

Bueno ;  te  düré ....  Mamá  es  muy  buena  y  me  da 
muchos  besos ;  pero  papá  me  trae  regalos ....  Des- 
pués, hay  que  considerar  que  á  mamá  la  veo  todo  el 
día,  mientras  que  á  papá,  de  mañana  y  de  tarde .... 

ENRIQUE 

Quiere  decir,  que  quieres  más  á  papá .... 

LILÍ 

Sí.  Peno,  á  veces,  también,  papá  es  malo  y  hace 
llorar  á  mamá;  y  entonces  quiero  más  á  la  pobre 
mamá. . . . 


CLARO  DE  LUNA 


177 


ENRIQUE 

Te  parecerá  á  tí . . . . 

LILÍ 

( Burlonamente )  \  Por  supuesto  !  ¡  No  vés  que  yo 
me  chupo  el  dedo  !  A  veces  papá  no  viene  á  comer 
ó  llega  tarde  como  hoy,  y  entonces  mamá  llora  y  se 
pone  triste ....  Pero  yo  tengo  un  remedio  para  eso ; 
un  isianto  remedio. . . . 

(En  este  instante  se  vé  á  Juana  erguirse  emocio- 
nada ante  la  revelación  de  Andrés.  La  escena  muda 
y  dolorosa  entre  ambos  personajes  se  va  acentuando 
por  grados). 

ENRIQUE 

(Que  de  cuando  en  cuando  mira  para  la  casa)  — 
Ya  se  lo  ha  dicho .... 

LILÍ 

( Tomando  para  sí  la  frase )  ¿  Qué  ?  ¿  qué  dices  ? 

ENRIQUE 

Nada,  nada  Hablaba  solo  

LILÍ 

¿Hablabas  solo?  Hijito,  ¿entonces  estás  de  aquí? 
(hace  el  gesto  para  indicar  que  está  loco). 

ENRIQUE 

¿Y  qué  remedio  es  ese? 
12. -t.  i. 


178 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


LILÍ 

¡Ah,  no  te  lo  digo! 

ENRIQUE 

¿Por  qué? 

LILÍ 

Porque  es  sagrado.  Si  te  lo  dijera  me  parece  que 
me  perderías  el  respeto.  (Transición).  Bueno.  Ya 
hemos  hablado  mucho.  ¿Vamos? 

ENRIQUE 

Un  momento,  Lili.  Me  agrada  mucho  hablar  con- 
tigo. 

LILÍ 

A  mí  también.  Siquiera  contigo  se  pueden  tratar 
asuntos  serios  (Un  silencio.  Luego):  ¡Ah!  ¿Sabes 
una  cosa  ?  Papá  me  ha  prometido  llevarme  un  día  á 
ver  el  mercado.  ¿Creerás  que  todavía  no  sé  cómo  es1? 
¡  Si  te  digo  que  es  una  vergüenza !  Una  niña  como 
yo,  que  toca  á  Chopin  y  á  Beethoven,  no  saber  cómo 
es  un  mercado ! .  . . .  Pues  sí ;  papá  me  ha  prometido. 
¡  Es  tan  bueno  papá !  Todo  lo  que  yt>  quiero,  me  lo 
ofrece.  Un  día  de  estos  me  va  á  regalar  una  pulseira, 
—  y  de  oro,  no  te  creas.  Me  lo  prometió  los  otros 
días. .  . .  ¡Voy  á  ser  tan  feliz!.  .  . .  Mamá  también 
está  muy  contenta. .  . .  Este  verano,  le  va  á  pedir  á 
papá  que  nos  lleve  á  la  playa. . . .  Ya  vés.  Somos  la 
gente  más  dichosa. 

(En  este  instante,  se  ve  á  Juana  caer  postrada, 
sollozando,  en  el  sofá.  Andrés  llega  á  ella  y  le  habla, 
apesadumbrado,  cual  si  tratara  de  consolarla). 


CLARO  DJÜ  LUNA 


179 


ENRIQUE 

(Algo  nervioso,  á  Lili) :  Sí,  sí,  dichosos.  .  . .  Sigue, 
Lili.... 

LILÍ 

Y  papá  no  se  lo  negará,  ¿  no  es  cierto  ?  ¡  Es  tan 
bueno  papá!  Si  por  él  fuera,  nunca  haría  llorar  á 
mamá.  Pero,  ¿  él  cómo  va  á  saber  —  ¡  pob recito !  — 
que  viniendo  tarde  la  aflige  á  mamá  ?  Si  lo  supiera, 
no  lo  haría.  ¡Oh!  Pero  yo  tengo  pensado  una  cosa. 
Vas  á  ver. ...  Un  día  de  estos  voy  á  agarrar  á  papá 
cuando  esté  silbando  en  su  escritorio  ¿  sabes  ?«.... 

ENRIQUE 

( Agitado  por  el  drama  que  adivina;  casi  maquinal- 
mente):  ¿Por  qué,  silbando? 

LILÍ 

Porque  cuando  silba  es  porque  está  de  buen  hu- 
mor        Bueno;  pues  lo  agarro  en  ese  momento  y 

le  cuento  todo.  Le  digo  que  mamá  llora  cuando  él  no 
viene ;  y  hasta  le  voy  á  decir  el  remedio  que  tengo 
para  vdlíverla  contenta.  ¡  No  creas !  Cuando  me  haya 
oído,  me  hará  caso.  Papá  tiene  muy  buen  corazón. 
Y  entonces  no  dejará  sola  nunca  á  mamá .... 

ENRIQUE 

(Conmovido)  Sí,  sí,  hija  mía  

LILÍ 

¿Qué  tienes?  ¡Qué  Voz  más  rara!         ¿Por  qué 

me  hablas  así  ? 


180 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ENRIQUE 

¿Yo?  Nada,  nada  

LILÍ 

Sí,  tienes  algo.  ¿  Qué  te  pasa  ? 

ENRIQUE 

Nada,  querida  mía . .  . .  ¿  Qué  quieres  que  me  pase  ? 

LILÍ 

Entonces  estás  con  chuchos  de  frío .  . . .  ¿  Ves  ?  Si 
me  hubieras  hecho  caso,  estarías  allá  adentro,  calen- 
tito,  riéndote  ckm  papá  y  mamá .... 

ENRIQUE 

(Atrayendo  á  Lili  y  besándola  en  la  frente)  — 
¡  Angel  mío ! .  . . . 

(Lili  se  le  aparta  y  entonces  Enrique  da  unos  pa- 
sos en  silencio.  Lili  le  observa  algo  extrañada,  y, 
con  cierto  temor,  se  vuelve  hacia  la  casa.  El  asombro 
que  le  causa  el  cuadro  que  advierte,  la  deja  clavada 
en  su  sitio.  Luego,  avanza  unos  pasos,  mirando  siem- 
pre á  Juana  que  llora  y  á  Andrés  que  la  habla  tris- 
temente. En  seguida  se  vuelve  á  Enrique). 

LILÍ 

( Con  voz  agitada)  ¡  Enrique !  ¡  Enrique !  Mira  ; 

¿  qué  hay  ?  ¿  qué  sucede  ? 

ENRIQUE 

(Volviéndose  rápidamente)  ¿ Dónde ?. . . .  ¡  Ah ! .  . . . 
( Pausa )  \  Pobre  Lili !  


CLARO  DE  LUNA 


181 


LILÍ 

(Sobrecogida,  llegándose  á  Enrique  que  se  ha  sen- 
tado en  el  banco) :  Tengo  miedo,  Enrique  

ENRIQUE 

(Reclinando  la  cabeza  de  Lili  contra  su  pecho) 
No  temas  nada,  Lili  Yo  estoy  contigo  

LILÍ 

(Con  voz  entrecortada  por  los  sollozos)  Enrique.... 
Enrique.  . . . 

ENRIQUE 

Vamos,,  queridita  míia,  no  llores  así ... .  No  hay 
nada ;  no  pasa  nada .... 

LILÍ 

(Alzando  la  cabeza)  Sí,  hay  algo....  Yo  no  sé 

nada;  pero  sé  que  hay  algo         Tú  estás  triste  y 

mamá  está  llorando . . . .  ¿  Por  qué  es  ? . . . .  Tú  lo  sa- 
bes, Enrique. . . .  dímelo.  ¿Por  qué  llora  mamá?.  . . . 

ENRIQUE 

No  lo  sé,  Lili;  pero  no  debe  ser  nada.  ... 

LILÍ 

No,  no,  no ....  Mamá  llora  y  esta  vez  papá  está 
con  ella....  Tengo  miedo  en  esta  obscuridad.... 
Vamos  allá,  Enrique. . . . 

ENRIQUE 

Aguarda  un  momento,  Lili .... 


182 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


LILI 

Pero  ¿no  vés  que  mamá  está  llorando?  No  seas 
malo,  Enrique ....  Díme  lo  que  tiene  mamá .... 
¿Papá  se  habrá  enojado  con  ella? 

ENRIQUE 

¡  Oh,  eso  no ! 

LILI 

¿  Y  entonces  ?  ¿  Tú  crees  que  no  la  ha  reñido  ? 

ENRIQUE 

No,  Lili ;  reñido  no ... . 

LILÍ 

¿Es  que  está  triste? 

ENRIQUE 

Sí,  eso  es ;  debe  estar  triste .... 

LILÍ 

¡Ah!  ¿Será  eso?  ¿Y  papá  trata  de  consolarla? 
( Reanimándose )  ¡  Oh !  Pero  entonces  yo  sé  lo  que 
tengo  que  hacer. ...  (Se  encamina  á  la  casa). 

ENRIQUE 

Lili,  ¿  dónde  vas  ? .  . . .  Ven  aquí . .  . 

LILÍ 

(Viniendo  hacia  Enrique)  ¿No  sabes?  Mi  reme- 
dio   


CLARO  DE  LUNA 


183 


ENRIQUE 

¿  Qué  remedio  ? 

LILÍ 

Déjame;  verás. 

ENRIQUE 

No;  no  te  dejaré  ir,  Lili,  sin  que  me  cuentes 
eso  

LILI 

¿No  vés  que  mamá  está  llorando?  ¿Por  qué  no 
quieres  que  vaya?  Te  aseguro  que  conforme  me 
siente  al  piano  y  empiece  á  tocar  se  le  pasa  la  tris- 
teza. . . .  Siempre  sucede  así,  porque  la  música  que 
yo  ejecuto  dicen  que  le  recuerda  á  mamá  la  alegría 
más  grande  de  su  vida. . . . 

ENRIQUE 

( Creyendo  adivinar)  ¡  Ah,  Lili !  ¡  Eres  divina ! . . . . 
Déjame,  quiero  abrazarte.  (Le  da  un  beso.  Des- 
pués, empujándola  suavemente  por  la  espalda): 
Anda,  hija  mía,  y  permita  el  cielo  que  tus  manos 
inocentes!. . . . 

LILÍ 

¿Qué? 

ENRIQUE 

Nada,  nada. ...  Yo  me  entiendo. . . .  Yé,  Lili,  vé.... 

LILÍ 

( Con  un  resto  de  temor,  volviéndose ) :  ¿  Estás  se- 
guro que  papá  no  está  enojado  ? 


184 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ENRIQUE 

No,  no ... .  Vé,  sin  miedo,  Lili .... 

LILÍ 

Entonces  voy  á  entrar  despacito,  sin  que  me  oi- 
gan ....  verás. 

(Lili  sube  la  escalinata  lentamente,  mientras  Enri- 
que la  ^observa  en  silencio.  Entonces  vése  á  la  niña 
entrar  muy  quedo  á  la  habitación,  observando  á  sus 
padres,  sin  ser  vista  por  ellos,  y  dirigirse  al  piano 
en  puntillas  de  pie). 

ENRIQUE 

¡  Pobre  Lili !  Tus  débiles  manecitas  van  á  resolver 
el  destino  die  dos  desdichados.  (Un  gran  silencio.  En 
la  casa,  Andrés  se  Ka  sentado  en  la  silla,  frente  al 
sofá  donde  llora  inconsolablemente  la  pobre  Juana. 
De  pronto,  en  el  silencio  de  la  noche,  rueda  dulce- 
mente la  sublime  melodia  de  Beethoven.  Desde  las 
primeras  notas,  Andrés  se  ha  puesto  en  pie  y  Juana 
ha  alzado  sorprendida  su  rostro  iluminado  por  el 
llanto.  Y  la  sonata  melancólica  sigue  latiendo  en  el 
misterio  de  la  noche,  como  el  alma  de  un  lirio  nostál- 
gico del  amor  de  las  estrellas.  Las  notas  ruedan  leví- 
simas, como  un  rosario  de  perlas,  oomo  un  rosa- 
rio de  lágrimas  que  se  desgrana  sobre  una  pálida 
muerte ....  La  N'oche  se  constela  de  vírgulas  de 
plata:  él  Misterio  se  empapa  de  sollozos.  Una  ter- 
nura infinita  puebla  el  silencio  para  adormecer  las 
tristezas  de  la  vida,  para  acallar  las  solitarias  penas 


CLARO  DE  LUNA 


185 


del  alma.  Y  entonces  se  ve  á  Andrés  dar  un  paso  ha- 
cia el  piano  y  detenerse,  cohibido.  La  música  des- 
pierta en  tropel  la* miríada  de  sus  recuerdos:  cada 
nota  es  un  latigazo  de  acero  para  su  corazón.  El 
pasado  se  abre  en  su  mente  como  una  azucena  de 
luz.  La  harmonía  taciturna  habla  á  su  alma  con  más 
fuerza  que  todos  los  razonamientos  humanos.  Y 
Juana,  que  á  su  vez  experimenta  la  nostalgia  dolo^- 
rosa  de  los  recuerdos,  le  contempla  angustiada,  pre- 
sintiendo la  batalla  cruel  que  se  libra  en  el  alma  de 
Andrés.  Lili  sigue  tocando  aún.  Entonces,  durante 
un  segundo  eterno,  las  miradas  de  Andrés  y  de 
Juana  se  cruzan;  y,  de  pronto,  el  uno  corre  hacia  el 
otro,  para  confundir  su  llanto,  para  mezclar  los  la- 
ndos del  corazón.  Y  así  permanecen  abrazados,  mien- 
tras el  "Claro  de  Luna"  de  Beethoven  continúa  des- 
granando sus  notas  en  el  silencio  de  la  noche). 

ENRIQUE 

(Con  voz  queda):  "El  CÍaro  die  Luna",  de 
Beethoven   Estoy  demás  aquí   Puedo  mar- 
charme (Sale  por  la  izquierda). 


TELÓN 


YORICK 

TRAGEDIA  DE  ALMAS  EN  CUATRO  ACTOS 

Estrenada  en  el  Teatro  Nacional,  de  Buenos  Aires, 
la  noche  del  31  de  Mayo  de  1907 
en  el  Politeama,  de  Montevideo,  la  del  4  de  Junio  de  1907 


A  la  memoria  de  Pablo  Gianetto 
y  á  todos  los  buenos  amigos 
que,  como  aquél,  lian  sabido 
hacer  un  culto  de  la  amistad 
y  con  los  cuales  aún  puedo  re- 
memorar, en  una  edad  en  que 
comienzan  las  desilusiones,  los 
años  de  la  juventud  y  la  espe- 
ranza. 


El  autor. 


REPARTO 


En  el  Teatro  Nacional 

En  el  Politeama 

de  Buenos  Aires 

de  Montevideo 

Clara  Lazló  

Sta.  B.  Podestá. 

Sra.  P  estalar  do 

Adelina  Bergh  

Sra.  A.  Cornaro. 

>  Pérez. 

Gabriela  Carriére. 

¡Sta.  A.  Tesada . . 

»  Zamora. 

Carmen  Petitjean  . . 

Sra.  A.  Podestá. 

»  García. 

Matea  Cazín  

»   J.  Lanaro . . 

»  Viera. 

Sra.  de  Torregrosa 

ota.  V.  Bernabé. 

»  González. 

Luisa  

»  N.  N.  

Sta.  Guerrero. 

Dora  

AT  ~\T 

»  Núñez. 

Corina  

»   L.  (Jornaro . 

»  Martínez. 

Isolina  

»   H.  Valenti  . 

»  Ríos. 

Edmundo  Bergh  

Sr.  J ,  Escarcela . 

Sr.  Cordero . 

Augusto  Lazlo  

»  G.  Battaglia. 

»  Guerrero . 

Yorick.  

»  A.  Podestá  . . 

»  Lluch. 

Nicanor  Petitjean  . 

»  J.  Podestá . . . 

»  Boneu. 

Fuentes  

»  E.  Alippi  . . . 

»  Rosich. 

Montes   

*  C.  Ratain  

»  Martínez. 

Fabricio  

»  F.  Aranaz  

»  Otero . 

El  Ministro  Trelles 

»  F.  López  

»  Pons. 

Larraya  

»  N.  N.  

»  Cardinal. 

SOTOMAYOR  

»  N.  N.  

»  Sepúlveda. 

E.EINOSO  

»  S.  Casal  

»  Izquierdo. 

Un  Notario  

»  S.  Casal  

»  Boneu. 

Un  Médico  

»  F.  López  

»  Pons. 

La  acción  en  nuestros  días 


YORICK 


ACTO  PRIMERO 


En  casa  del  banquero  Edmundo  Bergh.  Saloncillo  elegan- 
tísimo, separado  de  la  sala  de  juego  (que  ocupará  todo  el 
foro)  por  altas  pilastras  y  arcadas  suntuosas,  Arquitectura 
decorativa  y  soberbia:  grandes  panneaux,  ricos  artesonados, 
molduras  elegantes.  Todo  ha  de  revelar  que  se  está  en  una 
casa  rica  y  de  buen  gusto.  A  la  izquierda,  primer  término, 
puerta  cubierta  con  un  lujoso  portier,  que  dá  acceso  á  las 
habitaciones  particulares,  En  segundo  término,  contra  la 
pared,  consola  con  espejo,  entre  palmas  y  plantas  exóticas. 
Delante  de  esta  consola  con  ligera  inclinación  hacia  el  espec- 
tador, habrá  un  sofá  y  sillas  Luis  XV,  y,  delante  del  sofá, 
un  puff  dorado.  Entre  las  dobles  columnas  que  separan  el 
saloncillo  de  la  sala  de  juego  —  hacia  el  foro  —  una  estatua 
de  mármol  sobre  su  pedestal,  una  vitrina,  jarrones,  plantas 
y  banquetas  de  fantasía.  A  la  derecha,  último  plano,  un 
piano  en  el  rincón  y  detrás  del  cual  se  advierten  hojas 
de  palmas.  Junto  al  piano,  en  el  suelo,  un  jarrón  japonés 
de  gran  valor;  y  delante  de  aquel  una  mesita  de  laca  con 
estatuillas,  dijes,  etc.  y  una  silla  dorada.  De  este  mismo 
lado,  viniendo  hacia  el  espectador,  amplia  y  espléndida 
portada  que  se  supone  comunica  al  gran  salón  de  recepcio- 
nes. Tapiz  rojo,  y,  sobre  éste,  otros  pequeños  delante  del 
sofá  y  frente  á  la  gran  portada  del  foro,  colocados  asimétri- 
camente. Techos  lujosos  con  ricas  arañas.  Profusión  de  luces. 

La  sala  de  juego  que  se  ve  claramente  por  las  dos  gran- 
des portadas  que  le  separan  del  saloncillo,  ocupa  todo  el 
foro.  Sus  paredes  tienen  lujosas  colgaduras  y  panneaux  de- 


192 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


corativos.  Araña  eléctrica  en  el  centro,  mesas  y  sillas  para 
los  jugadores.  A  los  lados  y  fondo,  puertas  con  galerías 
haciendo  juego  con  el  tapizado  de  las  mesas.  Sillas,  mesas 
de  estilo,  adornos. 

Es  noche  de  baile.  Todos  los  personajes  vestidos  de  rigu- 
rosa etiqueta. 

ESCENA  PRIMERA 

Señoras  Adelina  Bergh,  de  Torregrosa,  de  Cazin, 
Puentes,  Reinoso,  Corina,  Luisa,  Larra  ya,  Car- 
men y  Montes. 

(Al  levantarse  el  telón,  la  señora  de  Torregrosa  y 
Adélfoia  estarán  sentadas  en  el  sofá,  Matea  Cazin, 
en  una  silla  al  lado  de  éstas,  Fuentes  en  el  puff 
dando  la  espalda  al  público,  y  Reinoso  en  pie:  todos 
ellos  conversan  formando  grupo.  En  pie,  entre  el 
sofá  y  la  consola,  Sotomayor  habla  con  Corina.  A 
la  derecha,  sentada  junto  á  la  mesa,  estará  Carmen, 
y  á  su  lado,  en  pie,  Montes  le  habla  animadamente. 
Luisa  y  Larraya  entran,  cogidos  del  brazo,  por  la 
puerta  de  la  derecha  y  van  hasta  la  sala  de  juego, 
donde  se  detiene  un  momento.  En  esta  sala  hay 
seis  ú  ocho  jugadores  rodeando  las  mesas,  sentados 
los  unos,  los  otros  en  pie.  Durante  el  acto,  hasta  que 
se  exprese,  entran  y  salen  á  este  saloncülo  diversas 
personas  que  no  hablan.  Desde  el  salón  de  baile, 
debilitados  por  los  tapices  y  la  distancia,  llegan  sua- 
vemente —  de  manera  que  no  cubran  la  conversa- 
ción—  los  acordes  de  un  vals  elegante). 


YORICK 


193 


FUENTE3 

(Concluyendo  una  frase)  y  por  tal  modo  re- 
sultan incalculables  los  beneficios  que  reporta  la 
mentira  en  las  relaciones  sociales. 

(La  señora  de  Torregrosa,  Adelina,  Cazin  y  Bei- 
noso,  ríen  y  hablan  todos  á  un  tiempo). 

TORREGROSA 

¡  Es  absurdo  sostener  semejantes  ideas ! 

ADELINA 

¡Graciosísima  su  paradoja  sobre  la  mentira! 

REINOSO 

Chico,  traduces  admirablemente  á  Marc  Twain.... 

CAZIN 

¡Muy  bien!  ¡Bravo!  ¡bravo!  Es  muy  razonable 
ese  modo  de  ver! 

(Lanzan  otra  carcajada  y  prosiguen  todos  á  la 
vez). 

TORREGROSA 

Yo  protesto  protesto  

PUENTES 

Pero  permitan  ustedes  

CAZIN 

¡Tiene  usted  razón!  ¡Tiene  usted  razón! 

13.  -T.  i. 


194 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ADELINA 

¡Por  favor,  amigo  Fuentes! 

REINOSO 

¡  Que  pida  excusas  en  el  acto !  ( Siguen  conver- 
sando animadamente  ) . 

SOTOMAYOR 

(A  C orina)  ¿No  cree  usted  entonces  en  el  amor? 

CORINA 

En  lo  que  no  oreo  es  en  la  sinceridad  que  los 
hombres  llevan  á  las  relaciones  amorosas. 

SOTOMAYOR 

Permítame  usted,  Corina  

CORINA 

Mire  usted,  Sotomayoir:  la  cuestión  está  ya  harto 
debatida.  Y  usted  sabe,  amigo  mío,  que  las  senten- 
cias con  autoridad  de  cosa  juzgada. . . . 

SOTOMAYOR 

No  puede  usted  negar  que  es  hija  de  un  abogado. 
Pero  dígame:  ¿quién  ha  formulado  esa  sentencia? 
¡  Las  mujeres !  ¡  La  mujer ! 

FUENTES 

( En  el  otro  grupo,  terminando  una  frase  y  ponién- 


Y0R1CK  195 


dose  en  pie) ... .  que  es  mentira  también,  la  más 
hermosa  de  las  mentiras. 

SOTOMAYOR 

( A  Corina )  ¿  Oye  usted  ?  Sin  quererlo,  en  ese  otro 
grupo,  una  frase  perdida,  al  azar,  ha  dicho. . .  . 

CORINA 

Pero  es  un  hombre  quien  la  ha  dicho. 

( Descienden  y  se  confunden  con  el  primer  grupo ) . 

LUISA 

(A  Larrayaj  Tampoco  está  aquí  papá.  Víamos  al 
salón. 

LARRAYA 

Créame  usted,  Luisa,  su  papá  se  ha  retirado. 

LUISA 

Olvidándome  así  como  quien  olvida  el  bastón, 
¿no  es  eso? 

LARRAYA 

Comn  quien  sabe  que  su  hija  queda  en  manos  de 
un  respetuoso  admirador.  (Salen  ¡os  dos  por  la  de- 
recha). 


196 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ESCENA  II 
Dichos,  menos  Luisa  y  L arraya 
montes 

(A  Carmen)  ¿Y  usted  cree,  sinceramente,  que  su 
esposo  Petitjean  sabe  valorar  el  tesoro  que  tiene  en 
su  casa  ?  Si  así  fuera,  ¿  la  abandonaría  á  usted,  como 
lo  hace? 

CARMEN 

¿  Y  querría  usted  decirme,  amigo  Montes,  qué  hom- 
bre no  olvida  el  mejor  tesoro  después  de  tres  años 
de  matrimonio? 

montes 

¿  Qué  hombre  ?  Pero  mi  querida  señora,  son  innu- 
merables Yo,  por  ejemplo  

CARMEN 

Usted  no  cuenta.  Yo  soy  casada,  y  no  es  á  mí  á 
quien  podría  usted  demostrar  su  fidelidad  

montes 

¿Por  qué  no? 

CARMEN 

( Con  fingido  enojo )  ¡  Atrevido ! 

MONTES 

Hablamos  dje  fidelidad  en  el  amor,  y  usted  olvida, 
Carmen,  que  en  el  matrimonio  no  se  conoce  ese  sen- 
timiento. 


YORICK 


197 


CARMEN 

Es  usted  admirable.  Cuando  se  trata  de  mi  es- 
poso, le  censura  usted  el  que  me  olvide,  y  cuando 
se  refiere  á  usted  mismo,  que  es  soltero,  advierte 
que  dentro  del  matrimonio  no  existe  el  amor. 

montes 

Todo  esto  nos  aleja  de  la  cuestión.  Yo  le  juraba 
á  usted .... 

CARMEN 

He  /ahí  la  prueba  de  que  no  decía  usted  verdad. 
Los  hombres  juran  siempre  cuando  han  dicho  una 
mentira   - 

MONTES 

Es  usted  cruel.  Yo  la  amo,  yo  la  amo  

TORREGROSA 

(En  otro  grupo)  ¡Mentira!  ¡Mentira! 

SOTOMAYOR 

¿Cómo  es  eso? 

ADELINA 

No  sería  usted  capaz  de  repetir  eso  públicamente. 

CARMEN 

Usted  olvida,  Montes,  que  soy  casada,  que  no 
puedo  oirlo  


198 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


SOTOMAYOR 

Vaya,  déjame  de  melindres. 

reinoso 

Dilo,  hombre,  dilo. 

FUENTES 

¡A  gritos  'lo  diré!  Yo  soy  

(Sigue  la  conversación  en  voz  baja). 

ESCENA  III 
Dichos,  Fabricio  y  Petitjean 

FABRICIO 

(Entrando  del  brazo  de  Petitjean,  por  la  derecha) 
Un  caballo,  un  caballo  de  ley,  un  buen  caballo  de 
carrera,  al  oir  el  grito. . . . 

petitjean 

( Sin  atenderle j  \  He  aquí  á  mi  mujer !  ( Salu- 
dando) No  tengo  que  preguntarle  á  usted  nada, 
amigo  Montes.  Carmen  le  está  reprochando  á  usted 
su  último  artículo  de  ''El  Globo". 

CARMEN 

Pues,  no  señor.  Hablábamos  de  algo  interesan- 
tísimo. 


YORICK 


199 


MONTES 

En  efecto.  Comentábamos  la  influencia  de  Wá- 
gner  en  la  música  italiana  moderna. 

CORINA 

(A  Adelina)  Le  engañan  á  usted,  Adelina;  no 
era  eso .... 

PABRICIO 

(A  Montes)  ¡Música  celestial,  amigo  mío! 

ADELINA 

¿Pues,  que  era,  entonces? 

PUENTES 

Si  lo  digo,  la  desagradaré. 

TORREGROSA 

Convenga  usted  en  que  es  mejor  callarlo. 

FUENTES  \ 

¡  Vé  usted !  ¡  Vé  usted !  Hay  que  mentir,  mentir 
siempre,  para  guardar  las  conveniencias  sociales. 
(Petitjean  va  á  saludar  á  Adelina  y  permanece  á 
su  lado  hablando.  Fabricio  queda  con  Montes  y  Car- 
men. Los  demás ,  siempre  en  un  grupo,  discuten). 

ADELINA 

¡  Mi  querido  señor  Petitjean ! .  . . . 


200 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


PETITJEAN 

Le  presento  mis  parabienes,  Adelina.  Su  fiesta 
está  hermosísima. 

CAZIN 

¿Pues  no  ha  de  ser?  Un  cumplido,  aunque  no  sea 
sincero,  es  agradecido  'siempre,  La  verdad,  en  cier- 
tas ocasiones,  es  ingrata  

FUENTES 

Por  eso  los  profundos  pensadores  la  tildan  de 
amarga. 

TORREGROSA 

A  ver,  á  ver  un  caso. 

FUENTES 

De  mil  amores. 

SOTOMAYOR 

Pero  usted,,  señora,  ¿le  ha  concedido  la  palabra  á 
Fuentes?  No  va  á  concluir  en  toda  la  noche. 

FUENTES 

Ya  verás  jque  sí  

SOTOMAYOR 

Muchas  gracias.  (A  C orina)  ¿Bailamos  este  vals? 
(Cesa  el  vals). 

corina 

(Tomando  su  brazo)  Creo  que  éste  no  lo  bailare- 
mos. (Vanse  por  la  derecha). 


YORICK 


201 


ESCENA  IV 
Dichos,  menos  Corina  y  Sotomayor 

CAZIN 

Vamos,  diga  usted. 

FUENTES 

Pues  bien:  suponga  usted,  señora  Torregrosa,  que 
un  día  se  presenta  en  su  casa  una  amiguita  de  usted 
con  un  sombrero  horrible,  vamos,  horrible  de  ver- 
dad, uno  de  esos  carruajes  descubiertos  que  llevan 
algunas  niñas  al  teatro. . . . 

TORREGROSA 

Los  hay  muy  hermosos .... 

FUENTES 

Ya ;  piara  la  niña  que  los  lleva.  Pero,  tómele  usted 
el  pulso  al  espectador  que  queda  detrás. . .  .  En 
fin.,  no  hace  al  caso.  Suponga  usted  un  sombrero 
horrible,  bien  horrible,  con  plumas,  cintas,  pájaros, 
bichos  y  caracoles .... 

REINOSO 

i  Caracoles !  . 

FUENTES 

¿Qué  dices?  , 


202 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


REINOSO 

¿  Yo  ?         Nada.  ¡  Caracoles  con  el  sombrerito ! 

FUENTES 

Y  suponga  usted  que  dicha  amiguita,  muy  pa- 
gada de  sí  misma,  le  pregunta  á  usted :  "¿ qué  tal  me 
encuentras  con  este  sombrero  ? ' '  Pues  bien,  yo  afirmo 
que  usted  al  reparar  en  su  contento,  se  guardará 
muy  bien  de  decirle  la  verdad,  y  que  le  contestará 
sobre  poco  más  ó  menos :  ' '  Estás  adorable ;  te  sienta 
á  las  mil  maravillas".  ¿No  es  así?  Pues  bueno;  con 
esa  piadosa  mentira,  dejará  usted  contentísima  á  su 
amiguita  y  pasará  usted  por  una  dama  discreta  y 
sociable.  —  Pero  en  cambio,  no  mienta  usted ;  diga 
la  pura  verdad  ó  atrévase  solamente  á  insinuar  lo 
siguiente:  '  'Hija,  es  bonito  tu  sombrero;  pero  á  tu 
género  de  belleza,  sentaría  mejor  otro  así  ó  dé  este 
modo",  —  ¡vaya!  ¡atrévase  usted!  y  ya  verá  el  día 
de  difuntos  en  cualquier  día  d)el  año. 

(Todos  se  ríen.  En  este  instante  Petitjean  se  di- 
rige hacia  Carmen  con  quien  habla,  mientras  Adé- 
lina  sale  al  encuentro  de  su  esposo  que  entra  por  el 
foro). 

ESCENA  V 

Dichos  y  Edmundo  Bergh 

ADELINA 

Edmundo,  ¿has  hablado  con  el  redactor  de  "La 
Tarde"? 


YORICK 


203 


BERGH 

No  lo  he  visto. 

ADELINA 

No  lo  he  visto ....  no  lo  he  visto ....  Hijo,  vas  á 
tener  que  comprarte  antiparras.  Cada  día  más  torpe. 

BERGH 

Pero,  querida  mía. . . . 

ADELINA 

i  No  lo  he  visto !  Si  no  se  vé  otra  cosa  en  mis  salo- 
nes. Es  que  siempre  serás  un  irresoluto.  Aún  perde- 
rás ese  negocio  y  cuando  le  tengas  perdido  recién 
te  acordarás  de  ir  á  visitar  á  los  periodistas. 

BERGH 

Amiga  mía. . . . 

ADELINA 

Déjame  en  paz  con  tus  melosidades.  Eres  un  ma- 
rido muy  fino;  mejor'  sería  que  lo  fueras  con  to- 
dos. . .  . 

BERGH 

Pero. . . . 

ADELINA 

Así,  por  ejemplo,  con  el  ministro  inglés.  ¿  A  quién 
se  le  ocurre  hablarle  en  castellano  sabiendo  que  no 
posee  bien  el  idioma?  ¿No  sabes  tú  el  inglés?  ¿No 
estás  en  tu  casa? 

BERGH 

Basta,  Adelina.  No  es  el  momento .... 


204 


VÍCTOR  PÉREZ  PLT1T 


ADELINA 

Basta,  sí.  Vé  á  saludar  á  Petitjean. . . .  Y  no 
olvides  al  redactor  de  "La  Tarde".  (Ambos  se  acer- 
can á  Petitjean). 

BERGH 

Señor  Petitjean  

PETITJEAN 

Mi  querido  señor  Bergh.  Por  usted  preguntaba  á 
su  señora. 

CARMEN 

(A  Fabricio)  ¿Cómo?  ¿No  sabe  usted?  Hoy  es  el 
cumpleaños  de  Adelina  y  es  con  tal  motivo,  precisa- 
miente,  que  se  realiza  esta  fiesta. 

(Vuelven  á  oírse  los  acordes  de  otro  vals). 

FABRICIO 

(Llegándose  á  Adelina)  Señora  Bergh,  le  ruego 
que  me  perdone.  Ignoraba  que  fueran  sus  días.  .  . . 
El  caso  es  que  para  usted  no  pasan  los  años .... 

MONTES 

( A  Carmen )  ¡  Pf f !  Otra  gaffe  de  Fabricio ! 

CARMEN 

¡Pobre  Fabricio!  Cada  vez  que  pretende  decir 
una  galantería,  mete  la  patita. 

(Fabricio  ofrece  su  brazo  á  Adelina  y  ambos  se 
van  conversando  al  salón). 


YORICK 


205 


ESCENA  VI 
Dichos,  menos  Adelina  y  Fabricio 
montes 

( A  Carmen )  Es  un  joven  tímido,  como  yo. 

CARMEN 

(Mirándole  so  carroñamente)  ¿Usted? 

TORREGROSA 

Yo  doy  el  punto  por  suficientemente  discutido. 
(A  Fuentes)  ¿Me  dá  usted  el  brazo  para  volver  al 
salón  ? 

PUENTES 

Con  muchísimo  placer. 

TORREGROSA 

¿Es  una  piadosa  mentira? 

PUENTES 

Es  una  confesión  que  se  me  ha  escapado  involun- 
tariamente. (Fuentes  ofrece  su  brazo  á  la  señora  de 
Torregrosa  y  Reinoso  á  la  señora  Cazin.  Ambas  pa- 
rejas salen  por  la  derecha). 


206 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ESCENA  VII 
Bergh,  Petitjean,  Montes  y  Carmen 

(Bergh  y  Petitjean  han  ido  á  sentarse  en  el  sofá; 
Carmen  y  Montes  hablan,  hacia  la  derecha,  oon  mu- 
cha naturalidad,  á  la  vista  del  marido). 

PETITJEAN 

Justo.  Cinco  mil  libras  para  fin  de  mes. 

BERGH 

¿Quién  es  el  corredor? 

PETITJEAN 

Torres. 

BERGJJ 

¿  Ignacio  ? 

PETITJEAN 

No ;  Carlos.  Carlos  Torres,  aquel  alto,  rubio .... 

BERGH 

¿Alto,  rubio?  

PETITJEAN 

Si  no  conoce  usted  otra  cosa.  ¿No  recuerda  el 
incidente  de  las  cédulas  hipotecarias? 


YORICK 


207 


BERGH 

¡Ah,  ya!  ¿Y  vendió  para  fin  de  mes? 

PETITJEAN 

Por  cuenta  de  Farraz  y  C.a  Dato  seguro. 

BERGH 

Pero,  si  ayer  todavía  ¡  Oh !  No  puede  ser  

Debe  estar  usted  equivocado  

PETITJEAN 

Perfectamente  seguro.  El  judío  tomó  todo  el  lote. 

CARMEN 

Eso,  en  parte,  es  verdad;  pero  también  la  culpa 
es  suya. . . . 

MONTES 

¿Lo  cree  usted,  Carmen?  ¿Usted  llama  engañar?.... 

CARMEN 

¿  Cómo  ilo  llamaría  usted  ?  Pues  es  gracioso.  Me  está 
usted  comprometiendo. 

montes 

Eso,  en  parte,  es  verdad ;  pero  también  la  culpa  es 
suya  

CARMEN 

¿  Cómo  se  entiende  ? 


208 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


MONTES 

Es  evidente.  Si  fuera  usted  más  buena  y  acogiera 
seriamente  mis  súplicas,  yo  dejaría  de  perseguirla, 
de  comprometerla,  como  usted  dice.  Porque,  vamos 
á  ver,  ¿cuándo  es  que  se  compromete  á  una  mujer? 
"Antes";  es  evidente.  Comprometerla  "después" 
sería  una  imbecilidad.  En  los  comienzos,  las  muje- 
res se  creen  obligadas  á  resistir,  y  de  ahí  que  el 
hombre  se  vea  ¡obligado  á  ponerse  en  evidencia,  á  lu- 
char, á  cometer  tonterías.  Pero,  "después",  uno  se 
entiende;,  combina  las  entrevistas,  se  previene.  Créa- 
me usted,  si  se  suprimieran  todas  las  escaramuzas 
del  "antes"  no  habría  tantos  in-fraganti. 

PETIT  JEAN 

(A  Bergh)  Así,  muy  bien.  Hay  que  llevarle  una 
carga  en  toda  regla  para  conquistar  la  plaza.  Ese 
judío  es  el  amo  de  la  Bolsa. 

(Vánse  Carmen  y  Montes). 


ESCENA  VIII 
Bergh  y  Petitjean 

BERGH 

Ya  caerá.  Pierda  cuidado.  Estos  jugadores  obsti- 
nados á  la  baja,  concluyen  por  bajar  ellos  mismos. 


YORICK 


209 


FETITJEAN 

¡Jé!  ¡jé!  ¡jé!  El  amigo  Bergh  haciendo  juegos 
de  palabras. 

BERGH 

Son  los  juegos  más  baratos.  ¿Y  el  negocio  de  las 
minas? 

PETITJEAN 

Pero,  ¡por  vida!  me  olvidaba  lo  mejor.  El  pobre 
Francois .... 

BERGH 

¿Francois  Mortier?  ¿Qué  hay?  ¿qué  le  pasa? 

PETITJEAN 

Ya  lo  conoce  usted.  —  Un  pusilánime  

BERGH 

Tanto  como  eso .... 

PETITJEAN 

Perdone  usted;  un  pusilánime. 

BERGH 

No  obstante,  ha  hecho  muy  buenas  combinaciones. 
Su  casa  de  banca  

PETITJEAN 

De  eso  iba  á  hablarle.  (Poniéndose  grave)  Usted 
no  tiene  negocios  con  él,  ¿verdad? 

14.  —  T.  I. 


210 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


BERGH 

No,  pero. . . .  ( Cesa  la  música). 

PETIT  JEAN 

¡  Oh,  entonces  puedo  hablarle  libremente .... 

BERGH 

(Con  mucha  atención)  Veamos;  ¿de  qué  se  trata? 

PETIT  JEAN 

( Concisamente )  ¡  Crack ! 

BERGH 

(Con  vivísima  emoción  que  trata  de  dominar) 
¿Cómo?. . . .  ¿qué  dice  usted? 

PETIT  JEAN 

Mañana  suspende  sus  pagos. 

BERGH 

(Poniéndose  en  pie,  muy  excitado,  dominándole 
apenas )  Pero ....  no ... .  no  puede  ser ....  Sus  ac- 
ciones, las  minas,  ya  sabe  usted,  ayer  estaban  á. . . . 

PETIT  JEAN 

El  las  hacía  comprar  bajo  cuerda. 

BERGH 

Y  su  encaje. ...  su  encaje. ...  ¡  Oh,  no!  Impo- 
sible ! 


YORICK 


211 


PETITJEAN 

No  me  extraña  que  usted  no  sepa  nada.  Nadie 
sabe  nada  aún.  En  la  Bolsa  no  ha  corrido  aún  la 
alarma. 

BERGH 

Pero  usted,  ¿  cómo  sabe  ? 

PETITJEAN 

Oiga  usted,  amigo  Bergh.  Supongo. ...  en  fin.  . . . 
¿  Usted  me  ha  dicho  que  no  tiene  negocios  con  la  casa 
Mortier  ?  

BERGH 

( Como  quien  despierta  de  un  sueño)  ¿Con  la  casa 
Mortier?  En  «efecto;  no,  no  tengo  ninguno.  Pero  dí- 
game usted,  ¿por  quién  tiene  ese  dato? 

PETITJEAN 

Se  lo  diré  bajo  reserva,  ¿eh?  Es  el  cajero. . . . 

BERGH 

¿  Emilio  ?  ¿  Él  le  ha  dicho  ?  

PETITJEAN 

A  mí,  no.  A  Carmen.  Son  primos  hermanos,  y  como 
yo  tenía  algunos  negocitos  con  la  casa,  el  buen  hom- 
bre, que  me  debe  serias  atenciones,  creyó  bueno 
advertirme  

BERGH 

¿Doña  Carmen?  Estaba  aquí  hace  un  instante  


212 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


PETITJEAN 

(Molestado)  ¿Interrogar  á  mi  esposa?  No;  no, 
señor  Bergh ....  Usted  la  conoce  Es  algo  ner- 
viosa. ...  No  le  agrada  que  -yo  cuente. .  .  .  En 
fin.  . . .  Toda  vez  que  usted  no  tiene  negocios  con 
Francois  . . . . 

BERGH 

Pero  usted  sabe,  amigo  mío,  todos  los  negocios  de 
banca....  (Súbitamente)  ¡Ala.,  Trelles!  No  había 
pensado ....  ¿  No  le  ha  visto  usted  ? 

PETITJEAN 

Sí,  en  el  salón  tstaba. . . . 

BERGH 

¡  Ah!  He  aquí  á  mi  hijo.  ¿Yorick? 

ESCENA  IX 
Bergh,  Petitjean,  Yorick  y  Clara 
yorick 

( Que  entra  por  la  derecha,  dando  el  brazo  á  Clara) 
¿Papá? 

BERGH 

BueDas  noches,  Olara. . . .  Mira,  Yorick,  tendría 
necesidad  de  saber  si  el  ministro  está  en  el  salón. 


YORICK 


213 


YORICK 

¿Trelles?  Está  hablando  con  un  periodista. 

BERGH 

Entonces,  si  la  señorita  fuera  tan  amable  para 
excusarte  un  instante .... 

CLARA 

¡  Oh,  señor  Bergh !  ¡  No  faltaba  más !  Iremos  los 
dos  á  buscar  al  señor  ministro  y  en  seguida  se  lo 
enviamos  á  usted. 

PETITJEAN 

Es  inútil.  Aquí  viene.  (Se  retira  por  el  foro). 

ESCENA  X 
Dichos  y  Trelles 

(Yorick  y  Clara  van  á  sentarse  á  la  derecha, 
Bergh  y  Trelles  en  el  sofá). 

TRELLES 

(Al  entrar)  ¿Y  ese  querido  banquero?  (Saludos). 

BERGH 

¿Cómo  tan  tarde,  señor  ministro? 


214 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


TRELLES 

¡Bravo,  Edmundo!  Ese  tratamiento  entre  ami- 
gos viejos,  es  el  más  vivo  reproche  para  mi  llegada 
tardía. 

BERGH 

No  tan  tarde,  si  en  el  bolsillo  se  trae  una  buena 
noticia. 

TRELLES 

¡Pchs!  El  traje  de  frac  apenas  si  tiene  bolsillo 
para  el  pañuelo ....  ¿Y  esos  negocios  ? 

BERGH 

¿Los  negocios?  Son  de  una  monotonía  desespe- 
rante. 

TRELLES 

Ya.  Cuando  se  manejan  millones,  se  habla  de  mo- 
notonía. No  hablaría  con  ese  despego  un  pobre 
hombre. 

BERGH 

(Tratando  de  indagar)  ¿Acaso?  

TRELLES 

(Sin  reparar  en  la  intranquilidad  de  Bergh)< 
¿Acaso?  

BERGH 

(Dominándole)  ¿Acaso  conoce  usted  alguno  que 
ande  mal  de  negocios  ? 


YORICK 


215 


TRELLES 

¿Yo?....  No.  (Bergh  respira)  Es  una  idea  así. 
¿Usted  conoce  algún  ricachón  que  no  se  queje  de  la 
Vida? 

BERGH 

Es  que  la  vida  es  tanto  más  complicada  para  un 
hombre  cuanto  más  se  eleva  éste  en  la  escala  social. 
¿Cree  usted  que  todo  son  rosas  para  los  hermanos 
Pini,  para  Gootlob,  para  Francois .... 

TRELLES 

¡Hombre!  (Mirando  alrededor,  mientras  Bergh  le 
escucha  anhelante)  ¿Sabe  usted  una  cosa? 

BERGH 

(Vivamente)  ¿Qué? 

TRELLES 

¿Tiene  usted  negocios  con  la  banca  Mortier? 

BERGH 

(Dominándose  aún)  Absolutamente.  ¿Por  qué? 

TRELLES 

Me  alegro,  me  alegro,  porque  he  de  comunicarle 
una  mala  noticia. . . . 

BERGH 

Mortier  suspende  sus  pagos, 


216 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


TRELLES 

Justamente.  ¿Lo  sabía  usted? 

BERGH 

He  oído  algo.  Pero,  ¿es  segura  la  catástrofe? 

TRELLES 

Fatal,  'inevitable. 

BERGH 

(Después  de  un  instante,  recobrándose)  ¿Un  ci- 
garro ? . . . .  Vamos  al  hall ;  allí  me  dará  usted  deta- 
lles. (Vánse  por  el  foro). 

ESCENA  XI 
Yorick  y  Clara 

YORICK 

¿  De  modo  que  el  señor  Lazló  ? .  . . . 

CLARA 

Papá  quiere  que  me  case  con  Trelles. 

YORICK 

¿Con  el  hijo  de  su  excelencia?  No  está  mal  pen- 
sado eso.  Su  papá  busca  para  usted  algo  digno  de 
sus  méritos;  pero,  si  he  de  atender  á  ellos,  hay  que 
convenir  en  que  aún  no  ha  subido  bastante. 


YORICK 


217 


CLARA 

¿Usted  toma  la  cosa  á  broma,  Yorick? 

YORICK 

Al  contrario,  Clara ;  la  tomo  muy  seriamente.  Tan 
seriamente  la  tomo,  que  ahora  estoy  reflexionando 
que  sá  poco  es  para  usted  el  hijo  de  su  excelencia, 
menos  ha  de  ser  aún  el  hijo  de  un  banquero.  . . . 

CLARA 

No  diga  usted  eso. 

YORICK 

¿  Por  qué  no  decirlo  ?  ¿  Qué  méritos  poseo  para 

aspirar  á  su  mano?  ¿Quién  soy  yo"?  El  hijo  de  Ed- 
mundo Bergh,  un  hombre  excelente,  un  honrado 
banquero,  lo  cual  ya  es  algo;  pero  no  de  bastante 
lustre  para  emparentar  con  Augusto  Lazló,  una 
eminencia  médica  y  una  de  las  fortunas  más  colosa- 
les del  país .... 

CLARA 

Papá  es  el  íntimo  amigo,  el  mejor  amigo  del  señor 
Bergh. 

YORICK 

En  efecto.  Lazló  y  Bergh  son  algo  más  que  amigos, 
son  das  hermanos.  La  vieja  amistad  que  los  une  no 
ha  hecho  más  que  acrecentarse  con  los  años.  Ambos 
son  buenos,  nobles,  generosos;  ambos  tienen  su  for- 


218 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


tuna.  Pero,  su  papá  tiene  ya,  sin  duda,  ideas  forma- 
das isobre  su  matrimonio.  Ha  de  desear  para  su  Clara 
un  esposo  de  mejores  condiciones  que  este  pohre 
Yorick,  que  trata  como  á  un  chiquillo  mal  criado. 

CLARA 

Papá  lo  estima  mucho  á  usted. 

YORICK 

Me  estima,  oso  es ... .  Pero  me  considera  como  un 
ser  completamente  inútil. 

CLARA 

¡  Yorick ! 

YORICK 

Y  es  la  verdad,  la  purísima  verdad.  ¿Por  qué  no 
decirlo?  Soy  un  hombre  completamente  inútil. 

CLARA 

¡  Qué  malo  es  usted  consigo  mismo ! 

yorick 

Soy  justo,  nada  más.  Yo  no  sé  trabajar;  yo  no  sé 
hacer  nada.  Al  lado  de  un  padre  constantemente 
preocupado  con  sus  negocios  financieros  y  de  una 
madre  adorable  que  disimula  todas  mis  faltas,  he 
crecido  como  una  flor  de  invernáculo,  muy  elegante 
si  se  quiere,  pero  completamente  inútil. 


YORICK 


219 


CLARA 

¡  Yorick !  Me  hace  usted  daño .... 

YORICK 

(Tristemente)  ¿Qué  títulos  podré  aducir  para 
captarme  la  consideración  del  señor  Lazló?  Ya  lo 
vé  usted.  Me  levanto  á  mediodía;  salgo  á  pasear  a 
caballo;  almuerzo  fuera  de  casa,  en  el  club,  en  cual- 
quier hotel,  fuera  de  casa,  en  fin ;  me  aburro  lamen- 
tablemente toda  la  tarde ;  leo,  á  veces,  alguna  novela 
que  ni  siquiera  me  ilustra,  porque  sólo  sé  leer  novelas 
malas;  vuelvo  de  noche  al  club  á  conversar  insubs- 
tancialidades con  otros  elegantes  como  yo;  una  no- 
che al  teatro ;  otra,  á  un  concierto ;  «otra,  á  un  baile ; 
jamás  á  una  conferencia  científica ;  después,  cansado, 
entontecido,  abrumado  por  el  aburrimiento  de  mi 
existencia  sin  fin  y  sin  objeto,  vuelvo  á  casa,  me 
acuesto,  duermo ....  duermo ....  duermo .... 

CLARA 

¿Por  qué  se  hace  usted  más  malo  de  lo  que  es? 
¿Acaso  no  es  poseer  un  raro  mérito  saber  hacerse 
las  reflexiones  que  acaba  de  hacer?  ¿Y  no  tiene 
usted  voluntad  para  dominar  el  mal,  ya  que  tan 
bien  lo  conoce  ?  ¡  Ah !  Pero,  no,  no,  no  es  cierto  todo 
eso  que  usted  dice.  Yo  sé  que  usted  es  bueno ;  yo  sé 
que  usted  ha  estudiado  y  que  han  sido  sus  padres, 
precisamente,  los  que  por  motivos  de  salud,  le  han 
obligado  á  suspender  sus  estudios.  Y  luego,  también 
sé  que  su  vida  tiene  un  objeto ;  que  no  transcurre  así, 


220 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


sin  un  ideal,  sin  un  pensamiento ....  Vamos  á  ver, 
Yorick;  míreme  usted  á  la  cara,  y  dígame  que  ja- 
más piensa  en  mí ... . 

YORICK 

(Dulcemente)  ¡Qué  grande  alma  tiene  usted, 
Clara !  ¡  Qué  bien  me  hacen  sus  palabras !  Pero,  vea 
usted. . . .  (Adelina  corta  la  frase). 

ESCENA  XII 
Dichos,  Adelina,  un  momento 

ADELINA 

( Por  la  derecha,  á  Yorick )  Hijo  mío,  ¿  has  Visto  á 
tu  padre? 

YORICK 

Debe  estar  en  el  hall,  con  el  ministro  Trelles. 
(Váse  Adelina). 

CLARA 

Ha  hecho  usted  bien,  Yorick,  en  abrirme  franca- 
mente su  corazón.  Sus  tristezas  me  han  apesadum- 
brado, y,  al  mismo  tiempo,  han  acrecentado,  si  cabe, 
mi  cariño.  De  hoy  en  adelante,  me  considero  con  un 
gran  deber,  con  el  deber  de  destruir  ese  escepti- 
cismo que  le  obsesiona.  Esta  será  la  última  vez  que 
hable  usted  de  esa  manera  horrible.  Yo  quiero  verle 


YORICK 


221 


dichoso ;  yo  quiero  verle  amar  la  vida ;  y  para  lograr 
eso,  yo  le  amaré  á  usted  mucho,  mucho  —  tanto  que 
usted  se  avergonzará  de  las  cosas  feas  que  acaba  de 
decirme. 

YORICK 

¡  Clara ! 

CLARA 

Y  usted  será  bueno  por  mí;  mi  amor  le  regene- 
rará; mi  cariño  le  hará  comprender  que  la  existen- 
cia valle  la  pena  de  ser  vivida  y  que  nadie,  ni  el 
más  ínfimo  ser,  debe  insultar  á  su  Creador  afir- 
mando que  es  un  ser  inútil  en  la  sociedad  

YORICK 

¡  Clara !  Hable  usted  aún  Tengo  miedo .... 

CLARA 

¿Qué  puede  temer  usted,  Yorick?  ¿Quién  podrá 
contra  nuestro  amor?  Con  fe,  con  voluntad,  con 
nobleza,  salvaremos  todos  los  obstáculos.  Yo  soy 
suya:  tiene  usted  mi  corazón  y  mi  palabra. 

YORICK 

Sí ;  mía,  Clara,  mía ;  siempre,  siempre  mía. 

CLARA 

Nada,  ni  nadie  borrará  de  mi  pensamiento  el  amor 
que  le  juro;  nadie  ni  nada  nos  separará.  ¿No  se 
siente  usted  con  energías  para  luchar,  Yorick? 


222 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


YORICK 

Sí,  sí ;  mía,  mía. . . .  á  pesar  de  todo. 

CLARA 

Esa  es  la  palabra,  Yorick;  siempre  y  á  pesar  de 
todo. 

ESCENA  XIII 

Yorick,  Clara,  Gabriela,  Corina,  Sotomayor 
y  Reinoso 

(Por  la  derecha,  entran  Gabriela  del  brazo  de 
Reinoso  y  Corina  del  de  Sotomayor). 

reinoso 

¡Hola!  ¡hola!  La  encantadora  Clara  Lazló  y  el 

irresistible  Yorick  Bergh!  Esto  es  grave   muy 

grave. 

YORICK 

No  es  menos  grave,  entonces,  ver  la  hermosa  Ga- 
briela Carriére  con  José  Reinoso. 

CLARA 

Por  lo  visto,  estos  jóvenes  se  quieren  pagar  nues- 
tras caras,  ¿no  le  parece,  señorita  Carriére? 

YORICK 

Yo  protesto  


YORICK 


223 


GABRIELA 

Por  lo  menos,  la  mía,  señorita  Lazló.  Mi  caballero 
no  puede  ver  á  usted»  una  sola  vez  sin  significarme, 
con  evidente  justicia,  su  entusiasmo. 

CLARA 

Hace  usted  mal,  Reinoso.  Quien  lleva,  como  us- 
ted, del  brazo  á  una  señorita  tan  hermosa  como 
espiritual,  no  debiera  ver  otra  hermosura  en  de- 
rredor. . . . 

YORICK 

Así,  el  brillo  del  sol  nos  impide  advertir,  durante 
el  día,  la  presencia  de  las  estrellas.  (Se  inclina  y 
sale  por  la  derecha  con  Clara). 


ESCENA  XIV 

Gabriela,  Corina,  Sotomayor  y  Reinoso 
En  seguida  Dora  y  señora  Torregrosa 

(La  señora  de  Torregrosa  entra  con  Dora  al  tiempo 
de  salir  Yorick  y  Clara.  En  la  sala  de  juego  quedan 
muy  pocos  jugadores.  A  lo  lejos  se  oyen  los  acordes 
de  una  cuadrilla). 

SOTOMAYOR 

( A  Gabriela)  Y  bien ;  ¿  nos  contará  usted,  al  fin, 
esa  nueva  hazaña  de  Fabricio? 


224  VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


GABRIELA 

¡Áh,  ya!  Vengan  ustedes  aquí.  (Van  al  sofá) 
Es  divinísimo.  Señora  de  Torregrosa,  Dora,  no  es  un 
secreto;  pueden  ustedes  oir.  (Las  aludidas  se  apro- 
ximan )  Se  trata  del  ínclito  Fabricio,  —  la  tímida 
gacela,  como  dicen  estos  jóvenes. 

reinoso 

Yo  no  digo  nada. 

SOTOMAYOR 

En  mi  vida  he  visto  más  que  aves  de  corral. 

GABRIELA 

¡  Qué  poco  favor  hace  usted  á  sus  amigos ! 

SOTOMAYOR 

Es  usted  terrible,  Gabriela.  Pero,  vamos  al  caso. 

GABRIELA 

Quedamos,  pues,  en  que  Fabricio  es  un  chico 
tímido. . . . 

DORA 

Falto  de  roce,  tal  vez. . . . 

GABRIELA 

¡Dora,  por  Dios!  ¿No  sabes  que  frecuenta  todos 
los  salones,  todos  los  teatros,  todos  los  paseos?  Aquí 
mismo,  á  casa  de  Bergh,  ¿cuántas  veces  no  ha  ve- 


YORICK 


225 


nido?  Bueno,  pues  vean  ustedes  su  entrada  en  el 
salón. 

corina 

El  salón  resplandeciente  de  luz  y  de  concurren- 
cia  

EEINOSO 

La  música  desgranando  sus  notas  

GABRIELA 

Entra  Fabricio:  sin  pestañear,  rígido,  como  un 
autómata,  endereza  á  una  banqueta,  se  la  lleva  por 
delante,  da  media  vuelta,  con  los  ojos  ya  turbios  por 
el  espanto,  písale  el  vestido  á  la  señora  Cazin,  se 
excusa  con  el  ministro  inglés,  y,  rojo  como  una 
guinda,  va  á  plantarse  delante  de  la  viudita  dle 
Morín  para  preguntarle  por  la  salud  de  su  esposo. 
¿No  es  extraordinario  este  Fabricio? 

TORREGROSA 

Es  algo  nervioso,  nio  hay  duda;  pero,  hay  que 
reconocer  también  que  es  muy  atento  y  muy  fino. 
Mientras  muchos  jóvenes  se  incrustan  en  los  marcos 
de  las  puertas,  él  entra  por  lo  menos  al  salón  á  hacer 
un  rato  de  sociedad  y  á  dedicar  á  cada  uno  una  aten- 
ción. (T relies  que  ha  entrado  por  el  foro,  viene  á 
saludar  á  la  señora  de  Torregrosa  y  ambos  pasan  á 
la  derecha). 


15.-T.  i. 


226 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ESCENA  XV 
Dichos,  y  e'l  ministro  Trelles 

TRELLES 

Mi  querida  señora,  estoy  disgustadísimo  con  usted. 

TORREGROSA 

¿Tanto  como  eso,  señor  Trelles? 

TRELLES 

Usted  misma  dirá.  Yo  ya  no  tengo  familia.  Mis  ni- 
ñas viven  en  su  casa;  md  esposa  no  sabe  tomar  té 
sino  es  en  su  casa.  En  fin,  esto  es  intolerable.  Es- 
toy sólo,  desamparado.  (Salen  hablando  por  la  de- 
recha). 

ESCENA  XVI 
G-abriela,  Corina,  Dora,  Sotomayor.  y  Reinoso 

SOTOMAYOR 

¿  Quién  es  esta  señora  de  Torregrosa  ? 

GABRIELA 

Una  señora  del  gran  mundo,  que  tiene  el  sentidlo 
de  las  conveniencias  sociales.  Aborrece  las  conver- 
saciones frivolas,  que  son  el  alma  de  una  fiesta :  ya 


YORICK 


227 


vió  usted  como  desaprobaba  nuestras  bromas  sobre 
Fabricio.  ¿  Por  qué  ese  horror  ?  Yo  no  me  lo  explico, 
á  no  ser  que. . . .  % 

REINOSO 

¿A  no  ser  qué?  

GABRIELA 

Me  tiran  ustedes  de  la  lengua  En  fin,  según 

parece  la  señora  de  Torregrosa  teme  á  las  conver- 
saciones de  salón  porque.... 

SOTOMAYOR 

¿  Acaso  ? . . . . 

GABRIELA 

No  sea  usted  mal  pensado.  Como  buena,  lo  es  á 
carta  cabal.'  Isabel  desciende  de  patricios;  pero,  en 
fin,  la  pobreza  que  ha  asaltado  á  nuestra  vieja 
aristocracia .... 

CORINA 

La  ha  herido  también .... 

GABRIELA 

Justamente.  Están  arruinados.  Y  para  seguir  fi- 
gurando en  sociedad  

REINOSO 

Aquí  viene  lo  que  á  usted  le  aflige .... 


228 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


GABRIELA 

....  para  poder  presentarse  con  sus  niñas  en  pa- 
seos y  salones,  correctamente  vestidas,  á  la  última 
moda. . . . 

dora 

¿Qué? 

GABRIELA 

Sirven  de  figurines. 

REINOSO 

¿Cómo?  No  entiendo. 

GABRIELA 

Pues  está  claro.  Madame  Várennos  viste  á  la  se- 
ñora de  Torregrosa  y  á  sus  hijas  gratuitamente, 
para  que  éstas  le  hagan  el  reclamo  de  su  modistería 
en  los  salones  de  la  alta  sociedad.  (Exclamaciones, 
risas.  Dora  y  Corina  salen,  hablando,  por  el  foro, 
mientras  entran  por  la  derecha  Fuentes  y  Fabricio). 

(Cesa  la  música). 

ESCENA  XVII 
Gabriela,  Sotomayor,  Reinoso,  Fuentes  y  Fabricio 

FUENTES 

Ahí  tiene  usted,  amigo  Fabricio,  á  la  encantadora 
Gabriela  Car  riere,  cortándole  un  traje  á  alguna 
amiguita. 


YORICK 


229 


GABRIELA 

Acérquese,  mi  profesor. 

*  PUENTES 

¿He  acertado?  ¿Criticaba  usted  á  alguien? 

PABRICIO 

Usted  sabrá,  señorita,  que  Fuentes  habla  muy  mal 
de  usted. 

GABRIELA 

Por  eso  le  idolatro.  Hace  lo  imposible  para  des- 
acreditarme y  nunca  logra  hacerme  el  daño  que  yo 
le  hago  á  él. 

FUENTES 

Confieso  que  Gabriela  es  más  mala  lengua  que 
yo  

GABRIELA 

Pero  Fuentes  es  más  grosero;  ¿verdad,  Sato- 
mayor  ? 

SOTOMAYOR 

No  puede  haber  comparación  desde  que  usted  no 
lo  es  de  manera  alguna. 

FUENTES 

¿De  modo  que  no  puedo  saber  á  quién  criticaba 
usted  ? 


230 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


GABRIELA 

A  nadie,  amigo  mío;  pero  ahora  que  está  usted1, 
podemos  empezar. 

pabricio 

Si  hay  que  estar  ausente  para  merecer  ese  honor, 
yo  me  retiro. 

GABRIELA 

Usted,  Fcibrieio,  ya  tiene  su  sayo. 

PABRICIO 

¿  De  veras  ?  Estoy  encantado ....  encantado .... 

SOTOMAYOR 

Y  te  garantizo  que  te  sienta  á  las  mil  maravillas. 

(Cójele  de  un  brazti  y  vánse  lentamente  por  la  de- 
recha). 

FABRICIO 

Pero,  ¿es  de  veras? 

SOTOMAYOR 

¿  Qué  quieres  ?  A  las  niñas  que  llegan  á  cierta  edad, 
sin  casarse,  hay  que  tolerarles  estas  distracciones. 

PABRICIO 

Pero  si  no  tiene  que  hacer  la  solterona  esa,  que 
se  meta  en  la  iglesia,  ¡  córcholis !  que  se  meta  en  la 
iglesia  y  no  ande  por  ahí  arrancándole  la  piel  


YÜRICK 


231 


SOTOMAYOR 

No  te  enojes,  chico,  siempre  es  agradable  estar  en 
boca  de  una  mujer. 

FABRICIO 

En  los  labios,  en  los  labios;  no  entre  los  dientes. 
(Salen  ambos  por  la  derecha). 


ESCENA  XVIII 
Dichos,  menos  Fabricio  y  Sotomayor 

GABRIELA 

No  es  tan  grande  la  fortuna  de  nuestro  banquero 
como  se  cree.  Yo  lo  sé  positivamente  por  alguien  que 
está  bien  enterado. 

REINOSO 

Pero  el  lujo  de  estos  salones ;  el  tren  que  lleva  la 
señora  Adelina ;  el  esplendor  de  esta  fiesta .... 

GABRIELA 

¡Divino  Reinoso!  Debía  usted  ensayar  la  poesía 
pastoril. 

FUENTES 


Pero,  ¿  en  qué  se  funda  usted  ? 


GABRIELA 


En  que  los  negocios  de  Bergh  no  andan  bien  de 
un  tiempo  á  esta  parte.  Yo  sé  lo  que  me  digo .... 


232 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


REINOSO 

Esta  Gabriela  sabe  todo .... 

PUENTES 

Todo,  amigo  Reimoso,  absolutamente  todo.  No  tiene 
nada  que  aprender.  . . . 

GABRIELA 

(Riendo)  ¡Insolente! 

PUENTES 

Es  favor,  únicamente  favor. 

GABRIELA 

¿Qué  quiere  usted,  Reinoso?  Este  rodar  de  rique- 
zas, este  trueno  continuo  del  oro  saltando  por  las 
puertas  y  ventanas,  ésta  aparatosa  ostentación  de 
lujo,  tienen  que  traer  el  derrumbe.  No  hay  capital 
que  resista  estas  arremetidas.  Una  toilette,  aquí,  m¡- 
presenta  todo  el  presupuesto  de  una  familia  pobre, 
durante  un  año. 

REINOSO 

¿  Y  usted  cree  que  Adelina  es  ? . .  . . 

GABRIELA 

La  causante  de  todo,  sí,  señor ....  ¿De  qué  sirve 
ser  honradla),  —  como  dicen  que  lo  es,  y  lo  creo  — 
si  no  se  ayuda  al  esposo,  si  se  malgasta  el  dinero,  si 
se  le  conduce  á  la  ruina? 


YORICK 


233 


FUENTES 

Con  todo,  habría  que  ver. .  . . 

*  GABRIELA 

Nada,  hijo.  Esta  Adelina  es   (Viendo  á  Ade- 
lina que  aparece  en  el  foro)  esta  Adelina  es  una 
mujer  encantadora. 


ESCENA  XIX 
Dichos  y  Adelina.  Luego  Lazló 


ADELINA 

¿Hablan  ustedes  de  mí? 

GABRIELA 

Decíamos  perrerías,  querida.  (Entra  Lazló). 

ADELINA 

¡Cuidadito!  (Dirigiéndose  á  Lazló)  Señor  Lazló.... 

LAZLÓ 

En  su  bondad  confío  para  que  me  perdone  la  hora 
en  que  me  presento.  .  .  ¿Y  ese  quericta  Edmundo? 

ADELINA 

Quedó  en  el  hall. 


234 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


LAZLÓ 

(Saludando)  Señorita  Gabriela....  Mis  parabie- 
nes. Oí  esta  tarde  á  una  dama  criticarle  á  usted  su 
vestido,  cuando  nos  cruzamos  en  el  Parque ....  Es 
la  mejor  prueba  de  que  estaba  usted  encantadora. 

GABRIELA 

Es  usted  el  único  médico  galante  que  he  cono- 
cido. . .  . 

LAZLÓ 

No  me  asombra.  Ha  vivido  usted  poco.  Cuando 
tenga  mis  años,  conocerá  otros  tal  vez. 

GABRIELA 

E¡s  una  nueva  fineza.  No  me  lleva  usted  tantos 
años. 

LAZLÓ 

¿  De  veras  ?  ¿  Parezco  tan  joven  ?  (A  Adelina  mien- 
tras Gabriela,  Fuentes  y  Reinoso  van  á  salir  por  la 
derecha)  Pues  verá  usted.  Un  contratiempo  de  úl- 
tima hora .... 

ADELINA 

Usted  siempre  tan  ocupado,  amigo  mío.  Se  va  us- 
ted á  matar.  Es  necesario  dar  un  poco  de  reposo  al 
cuerpo.  Siempre  lo  digo  á  mi  esposo :  nuestro  amigo 
Lazló  trabaja  demasiado;  no  hay  energía  humana 
que  resista  esa  actividad  enorme.  Hoy,  cuando  llegó 
su  hija  Clara,  esta  tarde. . . . 


YORICK 


235 


LAZLÓ 

Clara  les  habrá  explicado. . . . 

ADELINA 

Sí;  que  un  enfermo  le  reclamaba  á  usted  urgen- 
temente ....  Una  delicada  operación . . . .  ¡  qué  sé  yo ! 

LAZLÓ 

De  otra  suerte,  hubiera  venido  con  mi  hija. . . . 
( Gabriela,  Fuentes  y  Beinoso,  desaparecen  en  este 
momento,  hablando). 

ADELINA 

Creíamos  tenerlo  á  nuestra  mesa;  pero,  por  lo 
visto. . . .  (Vuelve  el  rostro,  ve  que  los  jóvenes  se  han 
marchado,  y  con  otra  voz,  breve  y  nerviosa,  prosi- 
gue): Augusto,  tengo  que  hablarte. 

ESCENA  XX 
Adelina  y  Lazló 

LAZLÓ 

¿Qué  hay?  ¿qué  pasa? 

ADELINA 

No  te  aproximes.  Desde  el  salón  pueden  vernos .... 


236 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


LAZLÓ 

Pero,  ¿qué  es  ello?  ¿Por  qué  estás  así  tan  ner- 
viosa? Habla. 

ADELINA 

Espera  Ven  acá,  al  sofá         Siéntate  en  esa 

silla. . . .  (Adelina  se  sienta  en  el  sofá;  Lazló  en  la 
silla)  Verás. ...  es  espantoso. 

LAZLÓ 

Vamos,  Adelina;  cálmate.  Habla  tranquilamente, 
¿  qué  sucede  ?  ¿  Acaso  tu  marido  ha  descubierto .... 

ADELINA 

¿Nuestras  relaciones?. ...  No  no  Es  otra 

cosa. . . .  Me  lo  acaba  de  confesar  él  mismo  en  el 
hall ....  ¡  Horrible !  ¡  horrible ! 

LAZLÓ 

Pero,  en  fin. . . .  Si  no  se  trata  de  nuestro  amor.... 

ADELINA 

(Secamente,  con  rabia)  Estamos  arruinados. 

LAZLÓ 

¿Eh? 

ADELINA 


Arruinados,  arruinados,  ¿lo  oyes?  La  casa  Fran- 
cois  suspende  sus  pagos  y  arrastra  á  Bergh. . . .  Un 


TORICK 


237 


golpe  inesperado ....  no  sé ... .  yo  no  entiendo  de 

estas  cosas          es  natural          Pero,  parece  que 

Bergh  tenía  importantes  negocios  con  él ... . 

LAZLÓ 

De  manera  que  

ADELINA 

Aguarda ....  no  es  eso  todo ....  Hace  algún  tiempo 

notaba  yo  á  Bergh  preocupado  A  pesar  de  ser 

hoy  mi  cumpleaños,  se  negaba  á  dar  esta  fiesta .... 
Tuve  que  insistir ....  Yo  no  sabía  nada ....  que  quie- 
res, no  conozco  sus  negocios. . . .  Parece  que  hace 
tiempo  viene  sufriendo  quebrantos ....  Ya  vés :  no 
podrá  resistir  este  último  golpe. 

LAZLÓ 

¿  Cuánto  ? 

ADELINA 

¿Cuánto,  qué? 

LAZLÓ 

¿El  déficit? 

ADELINA 

¡  Qué  sé  yo !  Alrededor  de  medio  millón  de  pe- 
sos  

LAZLÓ 

¡Diablo!  ¡Pobre  Edmundo! 


238 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ADELINA 

¿  Le  compadeces  ?  Es  un  inepto ....  No  ha  sabido 
parar  el  golpe ....  No  ha  hecho  jamás  una  operación 
hábil....  Su  único  talento  ha  sido  hacerme  una 
vida  desgraciada. . . . 

LAZLÓ 

¿Y  tu  fortuna  particular? 

ADELINA 

Es  lo  único  que  ha  respetado.  Por  lo  demás  es  una 
bicoca ....  No  alcanza  para  nada ;  hoy  ó  mañana 
será  lo  único  que  quede  á  Yorick .... 

LAZLÓ 

¡Pobre  Edmundo!  Y  en  este  trance  ¿no 

tiene  á  quien?  

ADELINA 

¿Pedir?  (Sonríe  amargamente). 

LAZLÓ 

(Pónese  en  pie,  pasea  meditabundo  y  de  pronto 
se  detiene  frente  á  Adelina).  Aun  puede  hacerse 
algo.  Yo  tengo  una  regular  fortuna.  . . .  (Transición) 
¿Por  qué  me  miras  así? 

ADELINA  v 

Nada.  Habla. 


YORICK 


239 


LAZLÓ 

aíís  campos  solamente  de  Entre  Ríos  valen  un  par 
de  millones ....  Yo  no  necesito  eso ....  Las  fincas 
que  tengo  en  la  ciudad. ...  (Al  advertir  la  mirada 
dura  de  Adelina,  insistentemente  clavada  en  él)  ¿Qué 
tienes? 

ADELINA 

Sigue. 

LAZLÓ 

 y  mis  papeles  de  Bolsa,  me  dan  bastantes  que- 
braderos de  cabeza  Una  parte,  pues,  de  mi  for- 
tuna, puede  salvar  á  Bergh ....  Es  evidente .... 
(Molestado  por  la  fijeza  con  que  lo  mira  Adelina) 
l  Qué  tienes  ?  ¿  Por  qué  me  miras  así  ? 

ADELINA 

Hace  un  instante,  en  el  hall,  me  habló  de  tí. . . . 
(Bajando  la  voz  sombríamente)  Eres  su  última  espe- 
ranza. (Más  bajo  aún)  Si  se  lo  niegas. . . . 

LAZLÓ 

Es  natural  No  puede  presentarse  un  caso  más 

terrible  para  un  banquero ....  Y  en  un  caso  así,  se 
busca  al  amigo  que  tiene  medios  sobradlos. 

ADELINA 

.  (Lentamente)  Y  si  el  amigo  no  puede  ó  se  niega.... 


240 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


LAZLÓ 

(Noblemente)  Pero  yo  puedo. ...  yo  debo. . . . 

ADELINA 

( Insistiendo,  como  quien  trata  de  sugerir  un  pensa- 
miento) ¿Y  si  el  amigo  se  niega? 

LAZLÓ 

Es  que  yo  no  me  niego . . . .  ¡  qué  diablos ! . .  . .  Algo 
más  que  eso  debo  á  quien. . . .  (Deteniéndose  brusca- 
mente ante  la  mirada  fija  y  dura  de  su  amante,  con 
pavor) :  \  Adelina !  ¿  Tú  ?  

ADELINA 

¡  Calla,  Lazló ! 

LAZLÓ 

(Permanece  en  silencio  un  instante;  ha  compren- 
dido. Luego,  sombrío,  se  aproxima  á  Adelina).  Es.... 
es  un  hombre  de  honor ....  No  sobre viría  á  eso .... 

no  podría         no:,  no  podría   ¿Comprendes? 

(Ambos  se  miran.  Pausa.  Suplicante):  ¡Adelina! 
(Adelina  va  hasta  la  consola,  dándole  la  espalda. 
Lazló  guarda  silencio  un  instante,  luego  se  aproxima 

al  sofá)  Sí;  es  claro  No  habría  otra  resolución.... 

Escucha....  ven....  aproxímate....  (Adelina  no 
le  hace  caso )  Contéstame  claro ....  Adelina ....  si 
yo   (Bajando  la  voz)  sd  yo  no  le  facili- 
tara ese  dinero  (Cogiéndose  al  respaldo  del 

sofá  y  echando  el  cuerpo  hacia  adelante  para  ha- 


YORICK 


241 


blarle  más  cerca,  con  voz  sorda  y  rápida)  ¿se  ma- 
taría ? 

ADELINA 

(Volviéndose  rápidamente)  ¡Augusto! 

(Lazló  se  vuelve  lentamente  y  desciende  al  pros- 
cenio, meditabundo.  Adelina  baja  también  y  se 
apoya  en  el  respaldo  de  una  silla,  los  ojos  fijos  en  el 
suelo.  Pausa  larga). 

LAZLÓ 

Adelina. . . .  oye. . . .  hace  tiempo,  ¿no  es  cierto? 
que  no  vienes  allá . . . .  ¿  Quieres,  mañana  ? 

ADELINA 

Ya  lo  sabes. ...  no  puedo  

LAZLÓ 

Hace  tres  meses  que  me  dás  siempre  esa  contes- 
tación. 

ADELINA 

¿Es  culpa  mía?  Tengo  miedo. 

LAZLÓ 

Es  tonto,  eso. . . .  Bergh  no  sospecha  

ADELINA 

¿Qué  sabes  tú? 
16.— t.  i. 


242 


VÍCTOR  PÉREZ  PET1T 


LAZLÓ 

¡Ah!  (Lentamente  va  á  sentarse  en  el  sofá.  AIM, 
con  la  cabeza  cogida  entre  las  manos,  permanece 
abstraído.  Luego  murmura)  ¡Es  horrible! 

ADELINA 

(Se  sienta  á  su  lado;  brevemente)  Di,  di,  di  lo 

que  piensas.  ¿No  oyes?  Di,  habla          ¿por  qué 

tiemblas  ? 

LAZLÓ 

¡  Es  horrible ! 

ADELINA 

(Con  voz  sorda)  Es  el  silencio. .  . .  Después. .  . . 

LAZLÓ 

¡  Adelina ! 

ADELINA 

( Más  bajo )  ....  los  dos ....  lejos .... 

LAZLÓ 

( Irguiéndose )  \  Adelina ! 

ADELINA 

(Precipitadamente,  en  voz  muy  baja)  Y  sin  em- 
bargo, le  odias. 

LAZLÓ 

¡No,  no,  no! 


YORICK 


243 


ADELINA 

Le  odias;  tienes  celos  de  él. 

LAZLÓ 

¡No,  no,  no! 

ADELINA 

Le  odias,  le  odias....  ¿por  qué  lo  niegas?  Él  tam- 
bién míe  ama,  á  su  modo;  por  eso  le  odias,  le  odias. 

LAZLÓ 

¡  Silencio ! 

ADELINA 

¿Vés?  Tienes  miedo. 

(Ambos  están  en  pie,  mirándose  fijamente.  Lazló 
baja  la  cabeza.  Adelina  sonríe  levemente  y  va  á  pasar 
á  la  derecha,  cuando  un  gesto  de  su  amante  la  de- 
tiene). 

LAZLÓ 

(Mirando  hacia  el  foro)  Alguien  viene  

ADELINA 

(Cogiéndole  la  mano)  ¿Augusto? 

LAZLÓ 

¡Calla! 

ADELINA 

¿Tú  le?.... 


244 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


LAZLÓ 

i  Calla! 

ADELINA 

¡  Lazló ! 

LAZLÓ 

(Con  voz  terrible  y  contenida)  ¡Calla! 

ADELINA 

(Brevemente)  Bien.  (Lentamente,  sin  volverse, 
entra  en  sus  habitaciones.  Lazló,  con  un  gesto  vago, 
va  á  salir  por  la  derecha  en  el  instante  en  que  entra 
Bergh  por  el  foro). 

ESCENA  XXI 
Lazló  y  Bergh 


bergh 

¡  Augusto ! 

LAZLÓ 

(Deteniéndose  sobresaltado.  Bergh  desciende  len- 
tamente) \  Ah!  ¿eres  tú? 

bergh 

Tenía  que  hablarte  ¿  Qué  tienes  ? 


YORICK 


245 


LAZLÓ 

Perdóname,  Edmundo.  Estoy  algo. ...  en  fin  

no  será  nada  Voy  á  buscar  á  mi  hija  Clara. 

BESGH 

Un  momento,  ¿quieres? 

LAZLÓ 

Mañana  mañana  

BERGH 

No  puede  ser  oye. . . .  escucha. . . .  (Acercán- 
dose á  su  amigo  y  cogiéndole  de  un  brazo,  con  voz 
ronca  y  precipitada)  Lazló,  estoy  arruinado.  ¿Pue- 
des salvarme? 

LAZLÓ 

¡  Bergh !  ¿  Qué  has  dicho  ? 

BERGH 

(Sordamente)  Necesito. . . . 

LAZLÓ 

Pero  

BERGH 

 quinientos  mil  pesos ....  ¿  Los  tienes  ? 

LAZLÓ 

Amigo  mío.  . . . 


246 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


BERGH 

¿Los  tienesi? 

LAZLÓ 

(Oon  voz  quebrada)  No. 

BERGH 

¡Ah! 

(Pausa  horrible.  Bergh  mira  fijamente  á  hazlo. 
Éste  desvía  la  mirada.  Entonces  Edmundo  que  ha 
hecho  ademán  de  hablarle  nuevamente,  sacude  la  ca- 
beza y  se  aleja  hacia  las  habitaciones  interiores'. 
Cuando  hazlo  alza  la  cabeza  para  hablarle,  advierte 
recién  entonces  que  se  ha  ido,  y  el  espanto  se  clava 
en  sus  pupilas). 

LAZLÓ 

( Dejándose  caer  en  una  silla )  \  Le  hemos  muerto ! 


TELÓN 


ACTO  SEGUNDO 


Salón  de  biblioteca  en  la  casa  de  Lazló.  A  la  derecha 
gran  ventana  de  cristales,  que  da  sobre  la  calle,  con  galería 
y  cortinado.  A  continuación,  hasta  la  pared  del  fondo,  una 
biblioteca  llena  de  libros.  Sobre  la  pared  del  fondo,  dos  puer- 
tas con  sus  correspondientes  colgaduras:  la  primera  conduce  al 
vestíbulo  y  á  la  calle;  la  segunda,  al  salón.  Entre  ambas  puer- 
tas biblioteca  con  libros  y  legajos.  A  la  izquierda,  una  puerta 
con  portiére,  que  conduce  á  las  habitaciones  interiores.  En- 
tre esta  puerta  y  el  foro,  diversos  adornos,  trofeos  de  armas 
en  la  pared,  una  palma  en  el  rincón.  En  el  centro  de  la 
habitación,  una  mesa  con  libros,  periódicos,  bibelots  y  una 
lámpara.  A  la  izquierda,  primer  plano,  un  canapé  y  una 
mesita  redonda.  A  la  derecha,  primer  término,  otra  mesa 
con  tintero,  reloj,  papeles  y  una  poltrona.  Alfombra,  araña. 
Todo  de  gusto  rico  y  severo. 

ESCENA  PRIMERA 
Isolina,  luego  Gabriela  y  la  señora  Cazin 

(holina  estará  quitando  el  polvo  á  los  muebles  y 
poniendo  orden  en  la  habitación.  De  pronto  suena 
el  timbre.  Sale  un  instante,  y  vuelve  en  seguida  á 
entrar  con  Gabriela  y  la  señora  Cazin). 

GABRIELA 

¿Con  qué  está  de  paseo  nuestra  querida  Adelina? 


248 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ISOLINA 

Salió  temprano;  pero  no  ha  de  demorar.  Si  de- 
sean esperarla. . . . 

CAZIN 

¿  Qué  dice  usted,  Gabriela  ?  Para  tener  que  volver 
más  tarde .... 

ISOLINA 

Si  quieren  ustedes  tomar  asiento  

GABRIELA 

(A  Isolina)  ¿Y  Yorick? 

(Gabriela  y  la  señora  Cazin  se  sientan). 

ISOLINA 

Debe  dormir  aún.  Se  levanta  siempre  muy  tarde. 
(Pausa)  Si  ustedes  no  tienen  que  mandar....  (Váse 
por  la  izquierda). 

ESCENA  II 
Gabriela  y  señora  Cazin 

CAZIN 

¿Aceptará  las  localidades  para  el  beneficio  de 

nuestra  Congregación  ? 

GABRIELA 

¿Por  qué  no?  Ya  no  lleva  luto.  Hace  cuatro  años 
que  el  señor  Bergh  se  suicidó .... 


YORICK 


249 


CAZIN 

Claro.  No  es  cosa  de  amargarse  toda  la  vida, 

v  GABRIELA 

Amargarse         es  usted  adorable,  señora  Cazin. 

¿Cree  usted  que  aquí  se  lia  llorado  mucho  al  pobre 
señor  Bergh? 

CAZIN 

Pero,  querida  Gabriela  

GABRIELA 

j  Bah !  No  soy  yo  una  tonta  de  las  que  se  engañan 
con  confites,  ¿no  es  eso?  Pues  bueno;  le  digo  á  usted 
que  el  dolor  en  esta  casa  fué  pour  la  galerie;  y  que 
entre  telones,  don  Augusto  y  Adelina  se  entendieron 
muy  pronto ....  Acuérdese  usted.  Al  poco  tiempo  de 
la  catástrofe,  el  señor  Lazló  se  hizo  cargo  de  todo. 
Tríajo  á  la  viuda  junto  á  Clara,  y  él  fuese  á  isu 
quinta.  ¿Bien  combinado,  verdad?  Luego,  en  segui- 
dita  no  más,  empaquetó  á  Yorick  para  Europa. . .  „ 
A  estudiar....  á  estudiar....  Así  queda  todo  el 
mundo  más  tranquilo .... 

CAZIN 

No  obstante,  lo  ha  hecho  volver .... 

GABRIELA 

Ahora,  después  de  cuatro  años. . .  . 

CAZIN 

Doña  Adelina  recordaba  siempre  á  su  hijo ;  siem- 
pre anhelaba  la  vuelta  de  tsu  Yorick. 


250 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


GABRIELA 

Yo  no  niego  que  quiera  á  Yorick.  Lo  adora,  esta- 
mos de  acuerdo.  Tal  vez  lo  adora  hoy  más  que 
nunca,  después  que  se  fastidió  de  su  amante. 

CAZIN 

Y  bien ;  eso  le  demuestra .... 

GABRIELA 

Eso  me  demuestra  que  Lazló  fué  el  último  en  abu- 
rrirse de  los  dos. 

CAZIN 

El  señor  Lazló  siempre  es  deferente  y  amable  con 
Adelina.  (Suena  el  timbre). 

GABRIELA 

En  público.  ¿Pero  qué  pasará  en  la  intimidad?  Si 
éstas  paredes  hablaran. . .  . 

ESCENA  III 
Dichos,  Isolina,  luego  Adelina  y  Clara 

(Isolina  cruza  la  biblioteca  y  va  hacia  la  puerta 
de  la  calle). 

CAZIN 

Debe  ser  Adelina,  No  vaya  á  olvidar  el  encargo 
de  Trelles. 


YORICK 


251 


GABRIELA 

Es  verdad.  Pero  me  parece  que  es  tiempo  perdido. 
Clara  no  quiere  á  ese  pobrecillo.  (Entran  Adelina  y 
Clara). 

ADELINA 

Cuanto  bueno  por  aquí!  (Saludos)  ¿Hace  mucho 
tiempo  que  esperaban?  ¿Cómo  está,  señora  Cazin? 

CAZIN 

Venimos  á  molestarla  un  segundo  y  alzamos  el 
vuelto  en  seguida. 

ADELINA 

¿Molestar?          ¡Quiere  usted  callarse!  (Siguen 

hablando). 

GABRIELA 

(A  Clara)  ¿Puedo  contar  contigo,  Clarita,  para 
un  pic-nic?  Una  reunión  de  amigos  íntimos,  nada 
más.  Irán  las  de  Torregrosa,  las  de  Petitjean,  las  de 
Lairr&ya,  las  de  Sotomayor. ...  y  en  materia  de  jó- 
venes, todos  amigos  también ....  Fuentes,  Montes, 
Rocca,  Reinoso. . . . 

CLARA 

¿Trelles?  

GABRIELA 


¡  Dios  mío ! . . . .  no  sé.  .  . .  Tal  vez. .  . 
que  el  señor  Trelles  invitará  á  tu  papá . 
¿contamos  contigo? 


sí ... .  Creo 
.  .  Con  que, 


252 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


CLARA 

¿  Qué  quieres  que  yo  te  conteste  ?  He  de  consultar 
á  papá. . . . 

GABRIELA 

No  digas  eso,  Clara. ...  El  señor  Lazló  accede  á 
todo  lo  que  su  encantadora  hija  le  pide. 

CLARA 

¿Lo  crees  así? 

GABRIELA 

¿Te  niega  algo,  acaso?  (Pausa)  Ya  lo  vés.... 
De  tí  depende  todo.  ...  A  míenos,  á  menos  que.  .  .  . 

CLARA 

A  veces,  también,  no  tengo  quien  me  acompañe. 
Adelina  no  siempre  puede  hacerlo .... 

GABRIELA 

¡  QuJita  de  ahí !  Es  que  de  un  tiempo  á  esta  parte 
estás  muy  casera.  Antes  siempre  salías, .  antes  se  te 
encontraba,  en  todos  lados  con  alguna  amiguita. . . . 
Ahora. . . . 

CLARA 

Ahora,,  como  antes.  Pero  se  presentan  circunstan- 
cias á  veces .... 

GABRIELA 

¿Y  ai  invitáramos  á  Yoriek?  ¿Qué  te  parece? 


YORICK 


253 


CLARA 

Eres  tú  la  que  debe  resolver  el  punto,  no  yo. 
Puedes  invitarlo,  si  tienes  ese  cometido. 

GABRIELA 

¿Ni  aún  así  vendrías? 

CLARA 

Gabriela,  nio  sé  lo  que  quieres  decirme.  Si  no 
tengo  quien  me  acompañe  á  esa  fiesta,  es  evidente 
que  vaya  ó  no  Yorick,  yo  no  podré  ir  á  ella.  Pero 
todo  eso  no  quita  que  Yorick  deje  de  ser  invitado. 
Oreo  que  de  hacerlo,  le  proporcionarán  una  viva 
satisfacción.  El  pobrecillo,  desde  que  ha  llegado,  está 
tan  triste .... 

GABRIELA 

¿Qué  me  cuentas?  Vuelve  á  ver  á  las  personas 
que  más  ama  en  el  mundo  y  está  triste?  Es  muy 
raro. 

CLARA 

Es  así. 

GABRIELA 

¿Y  no  conoces  la  causa  de  su  pesar? 

CLARA 

No  me  ha  hecho  confidencia  alguna. 

GABRIELA 

¿Acaso  algún  amor  contrariado? 


254 


VÍCTOR  PÉREZ  PET1T 


CLARA 

No  sé  nada. 

GABRIELA 

¿Alguna  enfermedad? 

CLARA 

No  creo ....  no  sé. 

GABRIELA 

¿Algún  disgusto  con  su  familia? 

CLARA 

¿Disgusto?  ¿A  propósito  de  qué? 

GABRIELA 

No  sé,  es  un  decir.  ¿  Don  Augusto  quiere  mucho  á 
Yorick  ? 

CLARA 

Muchísimo. 

GABRIELA 

¿Y  Yorick?  ¿Estima  al  señor  Lazló? 

CLARA 

Pero,  Gabriela,  pareces  un  juez  de  instrucción.... 

GABRIELA 

(Riendo)  ¿Has  visto?  Soy  intolerable.  En  fin, 
excúsame. 


YORICK 


255 


CLARA 

No  tienes  poir  qué  pedirme  excusas.  Fué  una 
tonta  observación  niía. 

cazin 

(A  Adelina)  Querida  amiga,  muchas  y  muchas 
gracias;  y  hasta  muy  pronto....  Esta  no  es  una 
visita   (Saludos). 

GABRIELA 

Recuerdos  á  Yoirick.  . . .  Díganle  que  se  deje  ver 
un  poco  más  á  menudo. . . .  Ha  venido  muy  huraño. 

ADELINA 

Está  aún  algo  fatigado  del  viaje.  Excúsenle  uste- 
des. (En  el  momento  que  van  á  salir  entra  hazlo). 

ESCENA  IV 
Dichas  y  Lazló 

lazló 

j  Qué  agradable  sorpresa ! 

GABRIELA 

Aunque  tarde,  llega  usted  á  tiempo,  señor  Lazló. 
Tenía  que  pedirle  á  usted  algo  


256 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


LAZLÓ 

Concedido  concedido  

GABRIELA 

Aguarde  usted,  un  momento.  Organizamos  un  pic- 
nic, ¡y  deseábamos  realzar  la  fiesta  con  la  presencia 
d(e  Clara  

LAZLÓ 

Entonces  es  á  ella,  mi  querida  señorita,  á  quien 
debe  usted  dirigirse .... 

GABRIELA 

El  caso  es  que  Clara  no  hace  nada  sin  el  consen- 
timiento de  su  papá  

CLARA 

Me  parece  

GABRIELA 

Por  otra  parte,  Trelles  me  había  suplicado  quisiera 
trasmitirle  á  usted  su  invitación. 

LAZLÓ 

Pero,  cómo  no,  señorita  Gabriela. . . .  Con  el  mayor 
placer.  ¿No  es  así,  Clara? 

CLARA 

Como  tu  ordenes,  papá. 

( Despídeme  Gabriela  y  la  señora  Cazin  y  salen 
por  el  foro). 


YORICK 


257 


ESCENA  V 
Adelina,  Clara,  Lazló 

lazló 

|  Qué  es  ello,  niña  ?  ¿  Te  'disgusta  ese  paseo  ? 

CLARA 

¿Por  qué  negarte,  papá,  que  no  me  causa  gran 
alegría?  (Adelina  se  quita  el  sombrero  y  toca  el 
timbre). 

LAZLÓ 

¿  Acaso  la  presencia  de  Trelles  ó  de  su  hijo  ? 

CLARA 

(Quitándose  el  sombrero)  ¿Trelles?  Me  es  perfec- 
tamente indiferente .... 

LAZLÓ 

¿Cómo  es  eso?  (Entra  Isolina). 

ESCENA  VI 
Dichos,  Isolina 

ADELINA 

(A  Isolina)  Lleva  esto.  (Isolina  tómalos  sombre- 
ros de  Adelina  y  Clara). 


7.-T 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ISOLINA 

Está  bien,  señora.  (Sale). 

ADELINA 

Si  eso  te  contraría,  querida  mía. . . . 

LAZLÓ 

¿Cómo,  contraría?  Pero,  señora  Adelina,  perdone 
usted,  no  veo  bien  en  que  una  fiesta  de  tal  naturaleza 
pueda  contrariar  á  esta  niña. .  . 

ADELINA 

Usted  sabe,  don  Augusto,  que  no  siempre  se  tiene 
el  espíritu  para  fiestas .... 

LAZLÓ 

Es  verdad,  querida  amiga ....  Pero,  en  este  caso 
hay  otra  cosa,  tal  vez. . . . 

CLARA 

Te  jurío,  papá  

LAZLÓ 

Vaya,  no  jures,  niña....  ven  aquí;  vamos,  ven 
aquí. . . .  Diríase  que  ya  no  quieres  á  tu  papá.  . . . 
Me  tratas,  así,  con  una  brusquedad .... 


¡Oh! 


CLARA 


YORICK 


259 


LAZLÓ 

No  protestes  

CLARA 

No  jures. ...  no  protestes. ...  No  me  dejas  hacer 
nada,  papá. 

LAZLÓ 

Eso,  repréndeme  ahora. .  . .  ¿Ha  visto  usted,  se- 
ñora Adelina,  como  esta  picaruela  se  me  sube  á  las 
barbas  ?  ¡  Olaro !  Como  tiene  un  papá  que  la  idola- 
tra, que  se  mira  en  sus  ojos,  que  la  quiere  mucho, 
y  la  mima,  sin  segundo,  la  muy  bribona,  abusa, 
y  se  enoja,  y  no  le  hace  caso  á  su  papá. 

CLARA 

Eso  no,  papá. 

LAZLÓ 

i  Eso  no !  ¿ Cómo,  eso  no ?  ¿No  me  niegas  todo  lo 
que  te  pido  ? 

CLARA 

Papá  

LAZLÓ 

Sí,  señor;  todo  lo  que  te  pido   A  ver,  re- 
cuerda Hace  ahora  algún  tiempo,  cuando  se  me 

ocurrió  que  el  hijo  de  Trelles  podría  ser. . . . 


260 


VÍCTOE  PÉREZ  PETIT 


CLARA 

¡Vaya  una  ocurrencia! 

LAZLÓ 

¿No  es  un  disparate,  por  lo  menos?  ¿Por  qué  no 
sería  un  buen  partido  para  tí,  el  joven  Trelles?  Es 
un  chico  de  porvenir,  inteligente,  culto,  muy  amable, 
bastante  bien  parecido .... 

CLARA 

Cualquiera  diría,  papá,  que  estás  enamorado  del 
joven  Rodolfo. 

LAZLÓ 

Eso  es ;  tómalo  á  chacota ....  Y  bien,  no  quisiste 
atender  razones ....  Y  contra  todo  mi  pesar,  no  lo 
Diego,  contrariándome  muy  á  lo  vivo,  te  negastes  á 
aceptar  sus  homenajes ....  Ya  vés  tú  si  me  niegas 
todo  lo  que  te  pido. 

ADELINA 

Hay  que  ser  condescendiente,  don  Augusto,  con 
nuestros  hijos. .. . 

LAZLÓ 

¿Y  no  lo  soy,  mi  querida  señora?  ¿En  qué  contra- 
río yo  á  esta  chicuela  caprichosa?  Vea  usted,  ahora 
se  ofrece  un  paseo .... 

CLARA 

Al  que  vá  el  joven  Trelles. . . . 


YORICK 


261 


LAZLÓ 

Perfectamente.  ¿  Quién  puede  impedirle  que  vaya  ? 

CLARA 

¡  Oh,  impedirle,  no !  Al  contrario,  lo  llevan  á  ti- 
rones. . . . 

LAZLÓ 

¡  Si  puedes  decir  semejante  cosa !  Trelles  vá  de  mil 
amores,  como  que  aún  te  quiere  con  toda  su  alma  y 
espera  encontrarte  alguna  vez  menos  esquiva .  . .  . 

CLARA 

Pero,  yo  no  le  quiero,  no  le  quiero,  no  le  quiero .... 

LAZLÓ 

Bien  está.  Ya  he  entendido.  Esa  frase  no  merece 
los  honores  del  bis ... .  Anda,  vete ....  Tengo  que 
hablar  con  doña  Adelina,  si  es  que  ella  me  lo  per- 
mite .... 

ADELINA 

Con  placer,  don  Augusto. 

LAZLÓ 

(A  Clara)  Anda,  hija         Ya  hablaremos  otra 

fez.  (Váse  Clara). 


262 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ESCENA  VII 
Lazló  y  Adelina 

(Una  pausa.  Adelina  lentamente  va  á  sentarse  á 
la  derecha,  junto  á  la  mesa.  Lazló  que  la  ha  obser- 
vado atentamente,  sin  desplegar  los  labios,  desciende 
á  su  vez  al  proscenio,  y  cuando  al  fin  Adelina  se 
vuelve  y  sus  miradas  se  encuentran,  inicia  el  diá- 
logo secamente) . 

LAZLÓ 

Estoy  mny  desagradado,  muy  desagradado .... 

ADELINA 

( Sencillamente )  ¡  Ah ! 

LAZLÓ 

¿Te  sorprende? 

ADELINA 

No. 

LAZLÓ 

Ya  se  vé.  ¿  Cómo  habían  de  sorprenderte  los  resul- 
tados de  tu  obra? 

ADELINA 

¿De  mi  obra,  dices? 


YORICK 


263 


LAZLÓ 

De  tu  obra,  repito.  Haoe  ya  tiempo  que  vengo  ob- 
servando tu  juego.  Yaliéndote  del  halago,  de  la  insi- 
dia, de  la  compasión. . . .  ¡  qué  sé  yo !  te  has  captado 
todas  las  simpatías  de  Clara  y  la  has  despegado  de 
mí.  (Pausa.  Adelina  juega  tranquilamente  con  un 
libro  que  hay  sobre  la  mesa).  Sí;  la  has  despegado 
de  mí.  Esa  niña  que  antes  era  toda  mi  alegría,  es 
ahora  una  indiferente.  Esa  criatura  que  antes  se  mi- 
raba en  mí,  que  no  hacía  nada  sin  consultarme,  que 
me  quería  ardientemente,  que  me  respetaba,  hoy 
se  aleja  de  mí,  me  observa  con  desconfianza,  me 
abandona:  (Sordamente)  es  casi  mi  enemiga.  Esa 
es  tu  obra ;  eso  has  hecho  tú ... .  ( Adelina  guarda 
obstinado  silencio.  Después  de  una  pausa,  Lazló  ex- 
clama irritado):  ¡Habla!  ¡contesta!  ¿qué  dices? 

ADELINA 

( Fríamente )  ¿  Yo  f         Nada.  ¿  Qué  quieres  que 

conteste  á  tales  desatónos?  (Se  pone  en  pie  y  va  á 
retirarse  por  la  izquierda). 

LAZLÓ 

( Deteniéndola  úon  un  gesto )  Ya  se  vé ...  .  Pre- 
fieres guardar  silencio  porque  es  más  cómodo  y  más 
hiriente  fingir  desprecio  que  contestar  noblemente 
á  los  cargos  que  .se  nos  dirigen ....  Y  así,  con  tu 
silencio  y  con  tu  desprecio,  me  vas  aplastando,  me 
vas  aniquilando,  me  vas  reduciendo  á  esta  miserable 


264 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


cosa  que  soy  ahora,  —  un  montón  de  carne,  que  anda, 
que  se  mueve,  pero  sin  vida,  sin  luz,  sin  pensamien- 
tos, sin  una  alegría,  sin  un  afecto ....  Has  cumplido 
tu  voluntad.  . .  .  Siempre  has  hecho  tu  voluntad, 
siempre ....  Yo  no  soy  nada ;  tú  eres  la  dominadora, 
yo  el  -esclavo .  .  . .  ¡  Claro ! . .  . .  me  desprecias . . . .  ¡  He 
sido  tan  vil !  Yo  ya  no  tengo  nada ;  no  soy  nada :  ni 
honor,  ni  vergüenza;  ni  valor  para  arrojarte  á  la 
calle,  ni  conciencia  para  separarme  de  tí. . . . 

ADELINA 

¿ Has  concluido ?  ¿ puedo  retirarme ¿ó  pre- 
fieres que  me  vaya  de  esta  casa  ? 

LAZLÓ 

(Yendo  hacia  ella  y  cogiéndola  por  un  brazo) 
Pero,  habla,  di.  ...  ¿no  comprendes  que  esto  es  into- 
lerable, no  comprendes  que  yo  no  puedo  más?  No 
sabes  que  una  misma  mancha .... 

ADELINA 

( Con  voz  terrible )  \  Lazló  ! 

LAZLÓ 

(Doblegándose  como  un  perro  castigado)  No,  no; 
no  resucitemos  el  pasado ....  Pero  arreglemos  nues- 
tras cosas  presentes.  . . .  Que  yo  eepa>  por  lo  menos, 
lo  que  tú  te  propones....  Mira,  hablemos  con 
calma.  .  .  .  (Adelina  se  sienta  en  el  canapé,  Lazló  en 
una  silla )  Nosotros  podemos  decirnos  todo .... 


YORICK 


265 


ADELINA 

(Otra  vez  calma  y  fría)  Habla.  Di  todo  lo  que 
gustes. 

LAZLÓ 

Yio  quiero  saber,  yo  tengo  el  derecho  de  saber  qué 
fin  persigues  al  separar  á  mi  hija  de  Trelles.  Yo 
quiero  saber,  por  qué  siempre  que  se  trata  ese  punto 
le  das  la  razón  en  contra  mía.  Yo  quiero  también 
saber  lo  que  piensa  mi  hija ;  —  porque  es  ridículo, 
que  yo,  que  soy  su  padre,  no  sepa  lo  que  pasa  en  esa 
cabecita,  y  tú,  que  no  eres  nada . . . .  ( Adelina  sonríe ) 
no,  no  sonrías....  tú,  no  eres  nada  para  ella, 
nada  absolutamente ;  es  ridículo  que  tú  lo  sepas  todo. 
¿  Qué  quieres  ?  ¿  qué  deseas  ?  ¿  No  tienes  bastante  con 
una  víctima?  ¿No  me  tienes  á  mí?  ¿Qué  quieres 
con  mi  hija? 

ADELINA 

No  quiero  nada  con  tu  hija;  guárdatela. . .  .  Ella 
sola  es  la  que  decide  y  manda.  ...  El  déspota  eres 
tú,  que  pretendes  imponerle  un  hombre  que  su  cora- 
zón rechaza.  ¿Crees  tú  que  una  mujer,  por  joven 
que  sea,  admite  consejos  de  extraños  en  asuntos  del 
corazón  ?  No,  hijo,  no ;  á  su  corazón  lo  manda  ella ;  y 
ni  tú,  ni  yo,  nada  podemos  con  él.  ¿Entiendes? 

LAZLÓ 

Entiendo  que  eludes  una  respuesta  franca.  Tú  sa- 
bes lo  que  Clara  piensa,  porque  tal  vez  tú  misma  eres 


266 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


la  que  le  has  sugerido  su  modo  de  pensar ;  pero  Clara 
es  mía,  es  mi  criatura,  es  mi  último  consuelo,  mi 
última  esperanza,  y  no  quiero  que  tú  te  mezcles  á 
su  existencia,  no  quiero  que  envenenes  su  porvenir. 

ADELINA 

(Poniéndose  en  pie)  Bueno;  basta,  basta  de  inju- 
rias. Ya  comprenderás  que  al  cabo  concluiré  por 
fastidiarme.  Hace  tiempo  que  estas  escenas  vienen 
repitiéndose  con  harta  frecuencia,  y  tocia  paciencia 
tiene  un  límite.  La  mía  también  tiene  uno.  ¿Que  no 
nos  amamos?  Eso  es  muy  viejo,  amigo  mío,  y  no  de- 
bería sorprenderte.  ¿Qué  estamos  hartos  el  uno  del 
otro?  Yo  no  sé  como  estarás  tú;  pero  yo,  puedes 
creerlo  sin  que  te  lo  jure,  no  puedo  más.  Has  hecho 
lo  imposible  para  tronchar  mis  ilusiones,  y  para  lo- 
gran mi  odio.  ...  me  separaste  de  mi  hijo. .  . . 

LAZLÓ 

(Vivamente)  Etn  beneficio  común.  . . . 

ADELINA 

(Sardónicamente)  ¡En  beneficio  común!  (Con 
fuerza)  ¡En  beneficio  tuyo!  Querías  tenerme  para 
tí,  para  tí  sólo ;  y  sobre  todo,  queirías  tenerme  tran- 
quilamente, sin  molestias ....  No  te  hagas  el  tonto : 
el  muchacho  te  estorbaba. . .  .  Por  eso  te  mostraste 
generoso,  por  eiso  le  enviaste  á  estudiar  á  Europa.  .  . . 
¿Qué  me  has  dado  tu  fortuna?  ¿Y  para  qué  quiero 
yo  tu  fortuna  ?  Yo  aún  conservo  algo  de  la  mía .... 


YORICK 


267 


LAZLO 

Que  yo  te  he  salvado. 

ADELINA 

Mi  marido  no  había  tocado  á  ella :  estaba  salva. 
Tú  la  has  administrado  solamente,  y  si  algo  debo 
agradecerte,  es  que  no  me  hayas  robado .... 

lazló 

¡  Adelina ! 

ADELINA 

¿Y  yo,  en  cambio,  qué  te  he  dado?  Te  he  dado 
toda  mi  juventud,  mi  honor,  mi  tranquilidad ;  te  he 
sacrificado  el  cariño  de  mi  hijo;  todo,  todo  te  lo  he 
dado  yo ... .  Pero,  cuando  he  deseado  algo,  no  he 
encontrado  en  tí  ni  un  amante,  ni  un  amigo,  ni  si- 
quiera un  aliadlo.  ¿  Qué  no  he  tenido  que  llorar  y  su- 
plicarte para  lograr  que  volviera  mi  hijo? 

LAZLÓ 

Tú  no  me  amabas  ya  ;  yo  sí,  aún.  Por  eso  no  que- 
ría que  volviera  Yotrick.  .  . .  Pero,  deja  todo  eso;  no 
nos  hagamos  más  reproches ;  no  nos  convenceremos 
jamás.  . .  .  Ahora  se  trata  de  otra  cosa. .  .  . 

ADELINA 

Ya;  de  tu  hija.  Temes  que  te  la  robe.  Pues  bien, 
es  muy  fácil  la  solución.  Guárdatela.  Llévatela ;  ó 
no,  mejor  dicho,  quédate  aquí  con  ella,  puesto  que 
esta  es  tu  casa ;  yo  me  marcharé  de  aquí .... 


268 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


LAZLÓ 

Perfectamente.  Es  lo  más  cuerdo.  Aún  sabré  re- 
conquistar el  cariño  de  Clara  y  quitarle  esas  ideas 
absurdas,  esos  propósitos  infames  con  que  la  has .... 

ADELINA 

¿  Qué  ideas,  qué  propósitos  ? 

LAZLÓ 

Pero,  ¿tú  te  imaginas  que  no  he  adivinado  tu 
juego?  ¿Crees  que  no  veo  que  le  estás  metiendo  por 
los  ojos  á  tu  hijo  ? 

ADELINA 

¿A  Yorick? 

LAZLÓ 

¡  Y  eso  es  infame,  es  infame,  es  infame ! 

ADELINA 

¿Que  yo?  

LAZLÓ 

Tú,  sí ...  .  ¿No  vés  el  efecto  que  te  causa  ? 

ADELINA 

Pero  estás  loco,  estás  loco. 

LAZLÓ 

(Hablando  al  mismo  tiempo  que  Adelina)  Es  ho- 


YORICK 


269 


rrible  eso  que  haces;  es  abominable;  es  mons- 
truoso. . . .  Unir  nuestros  hijos  después  de  io  que 
hemos  hecho .... 

ADELINA 

( Al  mismo  tiempo  que  Lazló)  ¡  Cállate,  cállate ! 
Eres  un  insensato !  ¡  No  sabes,  lo  que  dices !  Sólo  en 
tu  cerebro  puede  caber  una  sospecha  tan  absurda, 
tan  absurda. 

LAZLÓ 

Absurda,  sí ;  como  si  yo  no  viera  también  el  juego 
de  Yorick. 

ADELINA 

Te  prohibo  que  toques  á  mi  hijo.  .  . . 

LAZLÓ 

Pero  yo  pondré  orden  en  esto;  yo  tengo  que  po- 
ner orden  en  todo  eso....  (Al  concluir  su  frase, 
ábrese  la  puerta  y  entra  Yorick  por  la  izquierda, 
Lazló  tiene  un  gesto  de  temor  rapidísimo,  pero  luego, 
con  brusca  transición,  esforzándose  por  reir,  prosi- 
gue):.... y  ahí  tiene  usted,  mi  querida  señora,  el 
final  del  cuento.  (Haciendo  que  vé  recién  á  Yorick) 
Buenos  días,  Yorick. 


270 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ESCENA  VIII 
Adelina,  Lazló  y  Yorick 

yorick 

( Que  ha  entrado  lentamente,  con  gesto  sombrío ) 
Creí  oir  una  voz  irritada .... 

LAZLÓ 

¿Irritada?  ¡Ah,  ya!  Es  que  al  contarle  un  caso  á 
tu  mamá,  remedaba  yo  la  voz  de  Petitjean,  ¿sabes? 
Petitjean .... 

YORICK 

¡  Ah!  (Taciturno  é  indiferente  dá  unos  pasos  por 
la  habitación  y  se  detiene  frente  á  la  biblioteca,  ob- 
servando los  libros). 

LAZLÓ 

Sí,  Petitjean  que  ha  tenido  un  grave  disgusto  con 
su  esposa  doña  Carmen.  . .  .  Ya  vé  usted,  querida 
amiga,  que  será  necesario  espaciar  las  visitas.  Usted 
tiene  mucho  tacto  para  ello.  (Yorick  desciende  hacia 
el  proscenio  y  acercándose  á  la  mesa  de  la  derecha, 
mira  distraídamente  un  objeto  cualquiera)  Seme- 
jante relación  ha  dejado  de  convenirle  á  usted.  ¿No 
te  parece,  Yorick? 

YORICK 

(Fríamente)  ¿Qué  ha  pasado? 


YORICK 


271 


LAZLÓ 

Parece  que  Petitjean  se  ha  enterado  de  las  rela- 
ciones de  doña  Carmen  con  Montes,  y. . . . 

YORICK 

(Sentándose  en  una  poltrona,  con  calma):  Segura- 
mente: una  persona  honesta  no  puede  alternar  con 
una  mujer  que  tiene  un  amante.  (Se  absorbe  en  la 
contemplación  de  un  cortapapel) . 

ADELINA 

( Aparte )  \  Dios  mío  ! 

LAZLÓ 

Con  que,  concluido  mi  cuento,  la  dejo  á  usted, 
señora.  ¿Clara  estará  en  su  habitación? 

ADELINA 

Sí;  vaya  usted  don  Augusto. 

(Y ase  Lazló).  , 

ESCENA  IX 
Adelina  y  Yorick 

ADELINA 


(Acercándose  suavemente  á  su  hijo)  ¿Qué  tienes, 
Yorick?  ¿Estás  triste? 


272 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


YORICK 

( Con  un  sobresalto)  ¿Quién?....  ¿yo?  No;  no 
tengo  nada ....  ( Mirando  á  Adelina )  ¿  Es  muy  ve- 
hemente don  Augusto  ? 

ADELINA 

¿Vehemente?  ¿Por  qué? 

YORICK 

No,  nada ....  Oí  sus  voces .... 

ADELINA 

¡ Ah,  sí!  Me  refería  ese  caso. . .  .  Imitaba  el  enojo 
de  Petitjean. 

YORICK 

¡  Ah !  ( Pausa  larga ) . 

ADELINA 

¿Pero,  qué  tienes,  hijo  mío?  Háblame. ...  Tú  es- 
tás triste ;  no  eres  mi  Yorick  de  antes ....  ¿  Por  qué 
no  te  confías  á  mí?  ¿No  quieres  ya  á  tu  mamá? 

YORICK 

( Lentamente )  Te  quiero  sí,  madre  mía . .  . .  ¿  Qué  ? 
¿lio  dudas? 

ADELINA 

Es  necesario  que  me  digas. ...  Yo  quiero  saber, 
Yorick,  por  qué .... 


YORICK 


273 


YORICK 

(Se  vuelve  y  baja  lentamente)  ¿Qué  quieres  sa- 
ber, madre? 

ADELINA 

Yo  quiero  que  me  abras  tu  corazón,  hijo  mío .... 
Yo  quiero  que  me  confieses  la  pena  que  te  embarga.... 
Ya  lo  vés ;  esto  no  puede  seguir  así.  Es  necesario  que 
yo  sepa. . . .  (Aproximándosele  cariñosamente)  ¿Tu 
mamá  no  tiene  derecho  á  conocer  la  causa  de  tu  tris- 
teza ?  ¿  No  merezco  yo  tu  confianza  ? 

YORICK 

No,  no  digas  eso,  madre ....  Mira,  sí,  tienes  ra- 
zón. . . .  Vén,  siéntate.  (Van  á  sentarse  en  el  canapé. 
Pansa.  Mira  alrededor  con  desconfianza.  Adelina 
aguarda  ansiosamente  las  palabras  de  su  hijo.  Des- 
pués de  pronto,  con  acento  brusco)  Madre,  amo  á 
Clara. 

ADELINA 

( Con  el  espanto  retratado  en  los  ojos )  ¡  Yoriek ! 

YORICK 

¿  Qué  ?  ¿  qué  tienes  ?  ¿  qué  te  asombra  ? 

ADELINA 

(Turbada)  No  es  decir  sí  No  me  es- 
peraba ....  no  sabía .... 

YORICK 

¿Por  qué?  ¿está  mal  eso?   ¿No  habías  repa- 
rado?  

18.  — t.  i. 


274 


VÍCTOE  PÉREZ  PETIT 


ADELINA 

¿Y  eillla. .  . .  ella  te  corresponde? 

YORICK 

Sí,  ella  también  me  ama.  Hace  mucho  tiempo  que 
nos  hemos  jurado  amor. 

ADELINA 

Perto,  Yorick .  . . .  ¡  Dios  mío ! 

YORICK 

(Mirándola  fijamente)  ¿Qué  hay?  ¿qué  tienes? 
Habla.  ¿  Qué  tienes  ?  ¿  Está  mal  hecho  eso  ? 

ADELINA 

No,  no....  Peno.'...  Me  tomas  de  sorpresa.... 
No  sé  qué  decirte .... 

YORICK 

¿  Te  aflige  que  ame  á  Clara  ?  ¿  No  es  digna  de  mí  ? 

ADELINA 

No,  no,  no ... .  No  es  eso. 

YORICK 

Entonces....  (Recobrando  su  calma)  Escucha, 
madre  míia.  Al  volver  á  esta  casa,  después  de  cuatro 
años  ele  ausencia,  todo  el  pasado  ha  revivido  en  mi 
corazón.  Me  he  acordado  de  mi  infancia!,  de  mis  ale- 


YORICK 


275 


grías,  de  tus  cuidados  y  cariños  para  conmigo,  de  mii 
padre....  (Se  interrumpe  y  contempla  á  Adelina 
que  tiene  la  vista  baja)  De  mi  pobre  padre,  que, 
aunque  alejado  siempre  de  mí  por  la  fiebre  de  sus 
malditos  negocios,  yo  adoraba  con  toda  el  alma. 
( Pausa.  Sin  dejar  de  mirarla )  ¿  Tú  querías  mucho  á 
nú*  padre?  (Pausa). 

ADELINA 

¡  Oh,  sí !  Mucho,  mucho,  Yorick ! 

YORICK 

Ya  lo  sé.  ¿  Cómo  no  habías  de  quererlo  tú  que  eres 
un  ángel  ?  ¿  Cómo  no  había  de  querer  al  hombre  más 
bueno,  al  hombre  más  leal,  la  más  santa  de  las  mu- 
jeres? Y  ese  hombre  bueno,  hizo,  sin  embargo,  una 
cosa  horrible.  Abandonó  un  día  á  su  compañera  y  á 
su  hijo....  ¿Recuerdais,  madre?  (Lentamente,  pre- 
cisando los  detalles  con  una  calma  horrible)  Era  el 
día  de  tu  cumpleaños  

ADELINA 

i  Yorick !  ¡  Hijo  mío ! . . . . 

yorick 

Era  la  madrugada ....  Los  invitados  acababan  de 
maircharse.  ...  tú  te  habías  retirado  á  tus  habitacio- 
nes ....  yo  me  había  quedado  en  el  hall  fumando, 
soñando. . . .  cuando  de  pronto  sentí  voces  y  gritos.... 


276 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ADELINA 

¡  Hijo  mío ! . . . .  ¡  Biasta^  basta ! 

YORICK 

Padre  estaba  tendido  en  su  escritorio,  entre  un 
charco  de  sangre,  la  cabeza.  . . . 

ADELINA 

i  Basta,  Yorick ! 

(Ante  el  acento  terrible  de  su  madre,  Yorick  se 
detiene.  Hay  un  prolongado  silencio.  Yorick  que  se 
ha  exaltado  con  su  propia  narración,  queda  de  pronto 
con  la  mirada  fija  en  el  suelo  cual  si  contemplara 
aún  la  sangrienta  escena.  Después,  vuelve  en  sí,  y 
contempla  durante  un  instante  á  Adelina.  Al  empe- 
zar nuevamente  á  hablar,  su  rostro  se  vuelve  frío  y 
su  mirada  dura). 

YORICK 

Ya  vés,  madre,  porque  estoy  triste   Todo, 

aquí,  me  'recuerda  á  mi  padre;  en  todas  partes  'le 
veo ....  ¿  Tú  le  has  olvidado  ? 

ADELINA 

( Deshecha,  casi  inconsciente )  No,  no ... . 

YORICK 

Pero,  oye ;  díme ....  Quisiera  hacerte  una  pre- 
gunta (Pausa)  Oye. . . .  Madre,  ¿me  oyes? 


YORICK 


277 


ADELINA 

Sí,  SÍ  

'  YORICK 

Mírame. . . .  Contéstame. ...  Yo  quisiera  saber . . . . 
Dime,  madre:  ¿el  señor  Lazló  no  era  muy  amigo  de 
mi  padre? 

ADELINA 

(Irguiéñdosv  espantada)  ¿Por  qué  me  pregan- 
tas  es?o? 

YORICK 

(Después  de  una  pausa  terrible,  durante  la  cuál 
contempla  obstinadamente  á  Adelina)  Responde.... 
¿no  era  su  mejor  amigo? 

ADELINA 

(Balbuciente)  Era  sí  creo. . . . 

YORICK 

¿No  era  rico?  ¿No  tenía  una  gran  fortuna? 

ADELINA 

Sí,  sí,  una  gran  fortuna.  . . . 

YORICK 

¿Cómo  es  que  mi  padre  no  se  dirigió  á  él? 

ADELINA 

(Poniéndose  en  pie,  descompuesta)  No  sé  yo 

no  sé         ¡Basta,  por  piedad! 


278 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


YORICK 

¿Qué  hay?  ¿qué  tienes?  ¿qué  te  pasa? 

ADELINA 

Nada,  nada. ...  Yo  no  sé  nada. .  . .  ¿Cómo  quie- 
res que  te  diga  ? . . . .  No  sé  nada,  nada,  nada .... 
Déjame,  Yorick. . . .  ¡Por  piedad,  déjame! 

YORICK 

( Contemplándola  con  sombría  expectación,  vi- 
brante de  temor,  deja  transcurrir  un  tiempo;  luego 
se  le  aproxima  con  voz  sorda)  ¿El  señor  Lazló  no  lo 
hubiera  socorrido?  ¿Lo  que  ha  hecho  por  nosotros, 
no  lo  hubiera  hecho  por  su  amigo? 

(Adelina  se  desprende  de  su  hijo  y  va  á  sentarse 
en  la  poltrona,  apoyando  los  codos  en  la  mesa  y 
ocultando  el  rostro). 

YORICK 

( Otra  vez  con  calma)  En  fin,  ya  vés. . .  .  Todo  eso 
vive  en  mis  recuerdos ....  No  puedo  menos  que  estar 
triste ....  Y  he  pensado  también,  que  si  tú  me  ayu- 
daras. . . . 

ADELINA 

( Anhelante )  ¿  Qué  quieres  decir  ? 

YORICK 

Si  tú  me  ayudaras  podría  lograr. . . . 


YORICK 


279 


ADELINA 

¿Qué  pretendes,  Yorick? 

YORICK 

Pedir  al  señor  Lazló  la  mano  de  su  hija. 

ADELINA 

(Poniéndose  en  pie)  ¡No,  Yorick,  no!  ¡No  es  po- 
sible ! 

YORICK 

(Con  una  calma  espantosa)  ¿Por  qué,  madre,  no 
es  posible? 

ADELINA 

( Desesperada )  Porque ....  porque ....  No,  no ... . 
¡No  es  posible! 

YORICK 

(Con  voz  reconcentrada,  cogiéndola  de  un  brazo) 
¿Por  qué  no  es  posible,  madre? 

(Se  abre  la  puerta  y  entra  Lazló). 

ESCENA  X 
Yorick,  Adelina  y  Lazló 

ADELINA 

¡Dios  mío!  ¡Dios  mío! 

( Cae  sentada,  vencida  y  doblegada  por  el  dolor  y 


280 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


los  sollozos.  Yorick  se  vuelve  hacia  Lazló,  domi- 
nándose). 

LAZLÓ 

¿Qué  hay?  ¿qué  sucede? 

yorick 

Llega  usted  á  tiempo,  señor  Lazló,  para. . .  . 

LAZLÓ 

¿Para  qué,  hijo  mío? 

YORICK 

(Con  sooresalto,  dominándose)  Para  darme  una 
respuesta  que  no  quiere  darme  mi  madre. 

LAZLÓ 

¿  Una  respuesta  ? . . . .  pero ....  la  verdad ....  no 
entiendo .... 

YORICK 

Va  á  entender  usted ....  Hace  un  momento  le  con- 
fesaba á  mi  madre  que  yo  amo  á  su  hija  de  usted. . .  . 

LAZLÓ 

j  Míe  lo  figuraba ! 

YORICK 

¡  Ah !  ¿Se  lo  figuraba  usted ? 


YORICK 


281 


LAZLÓ 

Sí,  lo  sospechaba         Tanto,  que  he  hablado  de 

ello  con  la  señora  Adelina. . . . 

YORICK 

Está  bien.  El  caso  es  que  al  hacerle  esta  confiden- 
cia á  mi  madre,  elki  me  ha  replicado  con  una  turba- 
ción que  no  me  explico.  . . .  (Mirando  fijamente  á 
hazlo)  ¿me  entiende  usted?  con  una  turbación  que 
aio  me  explico,  me  ha  contestado  que  ese  amor  es  im- 
posible. 

LAZLÓ 

¿  La  señora  ha  dicho  ? . . . . 

YORICK 

Que  es  imposible.  Y  bien;  entonces  yo  le  he  pre- 
guntado el  por  qué ;  le  he  preguntado  por  qué  es  im- 
posible. 

ADELINA 

Pero,  Yorick. . .  .  hijo  mío. . . , 

YORICK 

Un  instante   (Pausa)  Voy  á  dirigir  mi  de- 
manda al  propio  señor  Lazló* ....  Si  él  se  niega  á 
concederme  la  mano  de  su  hija,  no  podrá  negarme 
la  explicación  que  usted  no  me  ha  dado. 


282 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


LAZLÓ 

( Que  se  ha  recobrado  de  su  sorpresa  y  afronta  la 
situación)  Perfectamente;  podemos  hablar.  Pero, 
ante  todo:  ¿es  necesaria  la  presencia  de  la  señora 
Adelina  en  este  instante? 

YORICK 

(Después  de  vacilar)  Sí.  . .  .  Mirándolo  bien. . . . 
no,  no  es  necesaria. 

LAZLÓ 

Entonces,  mi  buena  señora;  si  fuera  usted  tan 
amable. . . . 

ADELINA 

Pero,  yo  quisiera .... 

YORICK 

Vaya  usted,  madre. 

ADELINA 

Oye,  hijo  

LAZLÓ 

Yo  también  se  lo  ruego,  señora  

ADELINA 

(Retirándose  por  la  derecha)  ¡Dios  mío!  ¡Dios 
mío! 


YORICK 


283 


ESCENA  XI 
Yorick  y  Lazló 

(Pausa.  Lazló  indica  un  asiento  á  Yorick.  Luego 
él  también  se  sienta  junto  á  la  mesa  de  la  izquierda). 

LAZLÓ 

De  manera  que .... 

YORICK 

Señor  Lazló,  amo  á  Clara;  ella  me  corresponde. 
Deseamos  unir  nuestros  destinos.  ¿Vé  usted  algún 
inconveniente  á  este  matrimonio? 

LAZLÓ 

Mi  querido  Yorick :  Yo  tengo  una  grande  y  sincera 
estima  por  tí.  Te  he  conocido  desde  pequeño  y  te  he 
visto  crecer.  Sé  que  hoy  eres  un  joven  formal,  serio, 
inteligente,  en  fin,  una  persona  que  puede  labrar  la 
felicidad  de  una  niña.  Pero,  aparte  de  los  méritos 
y  virtudes  que  adornan  á  una  persona,  hay  circuns- 
tancias dle  otro  orden  que  nos  obligan  imperiosa- 
mente á  oponernos  á  sus  déselos. 

YORICK 

Quiere  decir,  si  mal  no  entiendo,  que  usted  se 
opone  á  nuestro  casamiento. 


284 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


LAZLÓ 

J listamente.  Repito .... 

YORICK 

Está  bien;  dejemos  los  elogios  á  un  lado.  Usted, 
lo  mismo  que  mi  madre  hace  un  instante,  me  mani- 
fiesta que  mi  enlace  con  'Clara  es  imposible.  Cuando 
solicité  de  mi  madre  una  explicación,  ¡se  turbó  sobre- 
manera y  no  pudio  dármela.  Usted,  pues,  tiene  la 
obligación  de  presentarme  una  contestación  categó- 
rica. 

LAZLÓ 

No  me  sorprende  la  actitud  de  la  señora  Adelina. 
Como  te  dije  hace  un  instante,  sospechaba  de  tu  amor 
hacia  mi  hija,  y  tanto  sospechaba  que  tuve  una  expli- 
cación con  tu  mamá  algo  penosa. 

YORICK 

Pues  iai  usted  se  ha  franqueado  con  la  madre,  bien 
puede  hacerlo  con  el  hijo,  que  está  directamente  in- 
teresado. . . . 

LAZLÓ 

Ahí  está,  precisamente.  Por  ser  tú  el  interesado, 
es  más  difícil  explicarte  el  motivo .... 

YORICK 

(Cada  vez  más  excitado)  ¿Por  qué  más  difícil? 
¿Puede  usted  tener  más. . . .  ¿cómo  diré?. . . .  más 


YORICK 


285 


confianza  con  una  mujer  que  con  un  hombre  ?  ¿  Qué 
razón  es  esa  que  todos  tenían  decirme?  ¿Es,  pues, 
una  razón  inconfesable? 

LAZLÓ 

Cálmate,  Yorick.  Cree  que  es  muy  penosa  para 
mí  esta  explicación ;  cree .... 

yorick 

(Poniéndose  en  pie)  Por  penosa  que  sea,  yo  la 
exijo.  Usted  me  la  debe  y  tendrá  que  dármela  de 
buen  ó  mal  grado .... 

LAZLÓ 

Esa  es  una  amenaza  de  la  cual  no  tomo  nota  por- 
que considero  tu. . . . 

YORICK 

Yo  le  digo  á  usted,  señor  Lazló,  que  tome  ó  no 
en  cuenta  mis  palabras),  usted  me  dará  una  acabada 
y  categórica  respuesta,  piorque  de  lo  contrario  me 
autorizará  usted  á  creer .... 

LAZLÓ 

¿A  creer?  Veamos. 

YORICK 

(Cada  vez  más  nervioso)  A  creer  lo  que  vengu 
sospechando,  lo  que  poco  á  poco,  con  un  dolor  ho- 
rrible, he  venido  arrancándole  á  mi  madre,  palabra 
por  palabra. . . . 


286 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


LAZLO 

(Poniéndose  á  su  vez  en  pie)  ¿Qué  sospechas? 
¿  Qué  quieres  decir  ? 

YORICK 

(Violentamente)  ¡Que  es  usted  el  amante  de  Ade- 
lina! 

LAZLÓ 

¡  Insultas  á  tu  madre ! 

YORICK 

Antes  la  insultó  usted  al  poner  sus  ojos  en  ella; 
al  manchar  á  la  que  fué  la  mujer  de  su  amigo.  . . . 

LAZLÓ 

¡  Silencio,  desgraciado ! 

YORICK 

No,  no,  no.  ¡  No  me  callaré ! .  .  .  .  Ahora  que  lo  sé 
todo,  miserable .... 

LAZLÓ 

¿Se  quiere  usted  callar?  ¿Está  usted  loco? 

YORICK 

(Cada  vez  más  descompuesto)  ¿Loco?  ¿Loco  yo? 
¡  Ah,  sí ;  soy  un  loco !  Soy  un  loco  porque  he  venido 
á  turbar  el  idilio  vergonzoso  de  dos  seres  que  olvi- 
dando .... 


YORICK 


287 


LAZLÓ 

( Interrumpiéndole )  \  Basta !  No  toleraré  ni  un  mo- 
mento mác  que  usted  me  injurie  é  injurie  al  mismo 
tiempo  á  la  santa  mujer. . . . 

YORICK 

(Interrumpiéndole  á  su  vez)  ¿Usted  no  tolerará? 
Quisiera  saber  cómo. . . . 

LAZLÓ 

( Como  vacilando,  después  de  una  ruda  lucha  con- 
sigo mismo)  Y  bien,  sea.  Ya  que  usted  ha  tenido  la 
osadía  de  sospechar  de  su  madre,  yo  no  puedo  ha- 
cerme cómplice  suyo,  guardando  por  más  tiempo 
silencio.  Le  diré  á  usted.,  puesto  que  me  obliga  á 
ello,  lo  que  le  dije  hoy  mismo  á  su  señora  madre : 
yo  no  puedo  darle  la  mano  de  mi  hija  al  hijo  de  un 
hombre  que  ha  hecho  bancarrota.  (Sale  rápida- 
mente). 

YORICK 

¡  Ah!  (Bajo  el  rudo  mazazo  de  la  afrenta,  el  joven 
vacila,  y  deshecho,  avergonzado,  hirviente  la  gar- 
ganta de  sollozos,  se  deja  caer  en  una  silla  completa- 
tamente  vencido). 


TELÓN 


ACTO  TERCERO 


La  misma  decoración  del  acto  anterior 


ESCENA  PRIMERA 

YORICK  (solo) 

(Al  levantarse  el  telón,  Yorick  estará  sentado  en 
la  silla  en  que  cayó  deshecho  y  vencido  al  final  del 
acto  anterior.  La  cabeza  entre  las  manos,  inmóvil,  si- 
lencioso, abstraído  en  horribles  y  encontradas  refle- 
xiones, permanece  así  durante  un  largo  rato  aún.  Por 
fin  se  yergue,  y  en  la  contracción  de  los  músculos 
de  su  rostro  y  en  la  mirada  de  sus  ojos  profundos 
se  vé  el  horrar  y  la  desesperación.  Entonces  de  sus 
labios  apretados,  se  escapa  una  frase,  sorda  y  agoni- 
zante) ¡Quebrado  fraudulento  I 

( Ahora  está  en  pie.  El  extravío  y  confusión  de  sus 
ideas  se  traducen  en  sais  movimientos  desordenados. 
Inconscienie,  va  hacia  la  ventana  de  la  derecha  y  la 
abre.  Durante  un  instante  queda  contemplando  la 
■¡¡ñarusa  naturaleza,  reverberante  de  luz  y  de  perfu- 


2§0 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIÍ 


mes.  Luego,  con  un  gesto  vago,  desciende  al  prosce- 
nio, junto  al  escritorio  y  queda  pensativo.  Pasándose 
la  mano  por  la  frente,  parece  querer  ahuyentar  los 
negros  pensamientos  que  le  embargan,  y  es  en  ese 
momento  que  sus  miradas  descubren  en  un  cajón  del 
escritorio,  un  revólver.  Su  mirada  queda  fija,  hipno- 
tizada. Poco  á  poco,  sin  desviar  los  ojos,  se  acerca  al 
escritorio  y  con  una  lenta  sucesión  de  gestos  coge  el 
revólver.  Durante  algunos  instantes  aún  contempla 
detenidamente  el  arma.  Ábrese  la  puerta  d,e  la  iz- 
quierda y  aparece  Adelina.  . .  .) 


ESCENA  II 
Yorick  y  Adelina 

adllina 

(Entra  sigilosamente.  De  pronto  ve  el  arma  en 
manos  de  su  hijo  y  se  precipita  lanzando  ún  grito). 

¡  Yorick !  ¿  Qué  vas  á  hacer,  hijo  mío  ? 

YORICK 

(  Volviéndose  sorprendido )  Ah ! . . . .  tú ! . .  . . 
(Pausa.  Deja  el  arma  sobre  el  escritorio  y  pasa  a  la 
izquierda). 

ADELINA 

( Guardando  rápidamente  el  revólver  en  el  cajón 
y  viniendo  hacia  el  joven)  ¡Hijo  mío!. . .  .  ¿Qué  in- 


YORICK  291 


tentas?  Di. . . .  ¿qué  hacías?. . . .  ¿por  qué  tenías  esa 
arma  en  las  manos  ? . .  .  .  Habla  

YORICK 

Nada,  nada. . . .  No  hablemos  de  eso. ...  no  vale  la 
pena. ... 

ADELINA 

¿Querías  matarte,  hijo  mío?  Habla,  di?.... 

¿Tú  no  harás  eso,  verdad?  Contesta  ¿ver- 
dad que  no  harás  esa  cosa  horrible?. . . . 

YORICK 

No ... .  no ... .  no ... . 

ADELINA 

Habla,  hijo  mío;  dime,  cuéntame          ¿qué  ha  . 

pasado  aquí?....  ¿qué  te  han  dicho?   ¡Habla 

en  nombre  del  cielo ! . . . . 

YORICK 

¡  Que  el  hijo  de  un  ladrón  no  podía  unirse  á  la 
hija  de  un  hombre  honrado! 

ADELINA 

j  Hijo  mío !  ¡Ese  hombre  te  ha  dicho ?  

YORICK 

¿  No  es  la  misma  razón  que  te  dió  á  tí  cuando  se 
oponía  á  otorgarme  la  mano  de  Clara  ? . .  . . 


292 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ADELINA 

¡Ahí..., 

YORICK 

Responde  ¿no  es  la  misma? 

ADELINA 

Es  verdad  

YORICK 

¿Y  tú,  madre,  has  oído  eso?  ¿Tú  has  oído  eso  y 
no  te  has  marchado  de  esta  casa?  ¿Tú  no  me  has 
quitado,  no  me  has  arrancado  de  aquí  cuando  oíste 
tamaña  afrenta  en  labios  de  ese  hombre? 

ADELINA 

i  Hijo  mío ■!. . . . 

YORICK 

¿Por  qué  no  lo  has  hecho?  ¿Por  qué  no  me  has 
confesado  la  verdad?  ¿Por  qué  me  has  obligado  á 
recibir  en  el  rostro  esa  vergüenza  ?  ¿  Por  qué  me  has 
dejado  dudar  de  tí?. . . . 

ADELINA 

(Dejándose  caer  en  una  silla  y  ocultando  el  rostro 
entre  las  manos )  \  Hijo  mío ! . . . . 

YORICK 

(Yendo  hacia  ella)  Porque  yo  he  hecho  eso,  yo  he 
hecho  esa  cosa  horrible,  yo  he  dudado  de  tí ... .  Te 
he  creído  la  amante  de  ese  hombre,  ¿lo  oyes? 


YORICK 


293 


ADELINA 

¡Dios  mío!  ¡Dios  mío!  

'  YORICK 

H°,  sido  necesario  que  ese  hombre  me  insultara 
para  que  yo  volviera  de  mi  error ....  Sí ;  porque  si 
ese  hombre  hubiera  sido  tu. .  .  .  tu. . . .  si  ese  hombre 
hubiera  sido  lo  que  yo  me  imaginaba,  no  me  hubiera 
arrojado  tal  afrenta  al  rostro .... 

ADELINA 

(Poniéndose  en  pie)  ¡Ese  hombre  es  un  misera- 
ble!.... 

YORICK 

¿Por  qué?  Ha  hecho  justicia  nada  más. . . . 

ADELINA 

No ....  no ....  no ... . 

YORICK 

Te  ha  devuelto  tu  honor  y  me  ha  convencido  de 
que  era  indigno  de  unirme  á  su  hija. .  . . 

ADELINA 

i  Mentira !  ¡  Mentira ! 

YORICK 

¿  Qué  ?  ¿  Qué  es  lo  qué  es  mentira  ? 


294 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ADELINA 

(Reponiéndose  ele  su  excitación)  Eso,  eso.... 
yorick 

¿Qué?  Habla. 

ADELINA 

No,  no,  hijo  mío....  No  eres  indigno,  no.... 
¿  Qué  culpa  tienes  tú  de  las  faltas ....  de  las  faltas 
de  tu ... .  de  tu ... . 

yorick 

Las  faltas  de  los  padres  siempre  recaen  en  los 
hijos  

ADELINA 

(  Galvanizada)  \  Ah !  

yorick 

Ya  ves  tú  

ADELINA 

(Con  desesperación)  No^  no;  eso  es  horrible;  eso 
es  abominable....  No  puede  ser....  Déjame.... 
yo  voy  á  arreglar  esto .... 

YORICK 

Escucha.  No  tenemos  más  que  una  cosía  que  ha- 
cer. . . .  Ese  hombre  nos  ha  recogido  caritativamente, 


YOBICK 


295 


por  compasión;  nos  ha  sostenido,  nos  ha  prestado 
su  amparo ....  Nada  podemos  inculparle ....  Somos 
sus  deudores. . . .  'Pero  si  nos  ha  tendido  su  mano 
en  la  desgracia,  no  tiene  la  obligación  de  unirnos  á 
su  familia ....  Es  justo. 

ADELINA 

j  Pobre  hijo  mío !  

YORICK 

Mirándolo  bien,  el  ofendido  es  él. . . .  Yo  he  abu- 
sado de  su  bondad,  de  su  confianza .... 

ADELINA 

¡  Calla !  ¡  No  digas  eso ! 

YORICK 

¿  Por  qué  no  ?  Lia  verdad  debe  decirse  siempre.  Un 
hombre  puede  conceder  su  hospitalidad,  por  una  no- 
che, á  un  miserable  desamparado,  pero  es  muy  justo 
que  se  indigne  si  ese  miserable  trata  de  robarle  el 
cariño  de  su  hija .... 

ADELINA 

i  Basta !  ¡  Ni  una  palabra  más !  Yo  tomaré  una  re- 
solución        (Entra  Isolina). 


296 


VÍCTOR  PÉREZ  FETIT 


ESCENA  III 
Dichos  é  Isolina 

ISOLINA 

Con  permiso.  Señora,  está  el  señor  escribano.  Pre- 
gunta por  él  señor  Lazló.  ¿Lo  hago  pasar  al  salón  ó 
aquí 

ADELINA 

Aquí,  aquí. .  . .  Ven  hijo  mío. .  . .  Déjame  á  mí. . . . 
yo  tomaré. . . . 

(Salen  por  la  izquierda.  Isolina  por  el  foro). 

ESCENA  IV 
Isolina  (un  momento),  el  Notario,  luego  Lazló 

isolina 

Sírvase  usted  pasar. . . .  Voy  á  dar  aviso  al  señor 
Lazló  (Váse  Isolina  por  la  izquierda.  El  notario  da 
algunos  pasos  por  la  habitación  y  luego  se  sienta.  Por 
fin  entra  Lazló). 

NOTARIO 

Señor  Lazló,  usted  excusará  la  molestia  que  le 
causo.  Piero  necesitaba  un  dato  urgentísimo.  Para 
firmar  la  escritura  es  necesaria  la  venia  judicial. . . . 


YORICK  297 


LAZLÓ  • 

Está  obtenida.  Dentro  die  media  hora  yo  mismo  se 
la  llevaré  á  la  oficina, 

NOTARIO 

Perfectamente.  Quise  tan  sólo  prevenirle  para  que 
á  último  momento.  . .  . 

LAZLÓ 

Muchas  gracias.  Dentro  de  media  hora  á  lo  sumor... 
notario 

Otra  vez  mál  perdones,  señor  Lazló . . .  .  ¡  Ah !  ¿  Y 
el  legado,  en  su  testamento,  á  favor  de  Yorick  ?...'. 

LAZLÓ 

De  toda  la  porción  disponible ....  Como  hemos  ha- 
blado ....  También  firmaremos  eso  en  seguida .... 

notario 

Señor  Laz^tj. ...  (Se  despide  y  sale). 

( Cuando  el  notario  se  ha  marchado,  Lazló  des- 
ciende al  proscenio  pensativo.  Luego  se  dirige  á  su 
escritorio  y  toca  el  timbre.  Pausa.  La  puerta  se 
abre  y  entra  Clara). 


298 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ESCENA  V 
Lazló  y  Clara 

clara 

¿Has  llamado,  papá?  La  muchacha  ha  salido, 
ahora  volverá. 

LAZLÓ 

Tengo  que  salir. . . .  Oye,  hija  mía. . . . 

CLARA 

¿  Qué  hay,  papá  ? 

LAZLÓ 

Esta  tarde  nos  vamos  para  la  estancia,  tú  y  yo.... 
(Asombro  de  Clara)  Por  pocos  días ....  Prepárate, 
pues  

CLARA 

¿Y  Adelina?....  (No  atreviéndose  á  nombrar  á 
Yorick,  permanece  cohibida). 

LAZLÓ 

La  señara  Adelina  y  Yorick  se  quedan  aquí. 

CLARA 

¡Ah!  (Pausa  larga.  Lazló  revuelve  unos  papeles 
en  el  escritorio.  Su  hija  se  le  aproxima  tímidamente). 
¿Papá? 


YORICK  299 


LAZLÓ 

¿Qué  ocurre?  

CLARA 

Entonces  

LAZLÓ 

¿  Entonces,  qué  ? 

CLARA 

Entonces  ellos  saben  que .... 

LAZLÓ 

¿Que  se  quedan?  No.  Se  lo  he  de  comunicar  á  la 
señora  Adelina. . . . 

clara 

¿  No  considerarán  un  desaire  ? . . . . 

LAZLÓ 

( Contempla  á  su  hija  un  instante  y  luego  la  lleva 
hasta  el  canapé).  Vén  acá,  hija  mía.  . .  .  Siéntate.  . . . 

CLARA 

¡Jesús,  papá!  ¡Qué  ceremonioso  estás! 

LAZLÓ 

Hija  mía;  hoy  he  venido  á  explicarme  la  razón 
que  tenías  para  desechar  á  Trelles. 

CLARA 

j  Tú  sabes  la  razón  ? . . . , 


300 


VICTOR  PÉREZ  PETIT 


LAZLÓ 

Yorick  me  ha  dicho .... 

CLARA 

(Con  transporte)  ¡Ah!  ¿Yorick  te  ha  hablado?. 

(Se  interrumpe  al  ver  la  frialdad  de  su  padre). 

LAZLÓ 

De  que  te  quiere  y  de  que  tú  le  correspondes.  . , 
¿Es  cierto  eso? 

CLARA 

(Bajando  la  vista)  Sí,  papá. . . . 

LAZLÓ 

Pues  lo  siento  de  veras .... 

CLARA 

i  Cómo !  ¿  Te  opondrías  ? 

LAZLÓ 

Me  opongo .... 

CLARA 

¿  Acaso  Yorick  no  es  bueno  ? 

LAZLÓ 

Es  bueno,  es ... . 

CLARA 

Entonces  es  una  broma. . .  . 


YORICK 


301 


LAZLÓ 

No,  hija  mía,./.  Te  hablo  seriamente.  Te  hablo 
también  con  pena.  Me  duele  contrariarte;  y  tú  bien 
sabes  que  por  no  hacerlo....  ( Clara  inclina  la  cabeza 
sintiendo  que  las  lágrimas  se  agolpan  á  sus  ojos) 
¿Qué  tienes?  ¡Vamos,  niña!  ¿Lloras  ahora? 

CLARA 

No,  no ... . 

LAZLÓ 

Sí,  sí ... .  Te  estoy  haciendo  daño ....  Pero  hay 
que  hacerse  una  razón ....  Hay  circunstancias  en  la 
vida. . . .  En  fin,  no  puedo  decirte. ...  es  muy  de- 
licado. .  . .  pero  tú  debes  considerar,  hija  mía,  que 
cuando  tu  papá  que  te  quiere  tanto,  no  te  concede 
esto. ...  es. . .  .  vamos,  es  porque  es  imposible. . .  . 
¿  Comprendes  ?  ( Clara  solloza.  Lazló  la  atrae  ha- 
cia sí  y  le  reclina  la  cabeza  contra  su  pecho.  Tierna- 
mente) Pobre  querida  mía....  Hay  que  tener  un 
poco  de  ánimo ....  La  vida  es  así,  amarga,  cruel .... 
Tú  eres  joven ;  tienes  muchos  años  por  delante .... 
El  tiempo  todo  lo  borra ....  La  misma  bondad  de  tu 
alma  cicatrizará  tus  heridas.  Y  entonces  renacerás  á 
la  vida  y  encontrarás  aún  días  felices. . . . 

CLARA 

(Separándose  de  su  padre  tristemente)  No,  no, 
no. . . .  Para  mí  ha  concluido  la  vida. . . .  para  mí 
concluyó  la  alegría.  . . .  ¿Cómo  quieres  que  yo  sea 


302 


VÍCTOR  PÉREZ  PET1T 


feliz  si  has  muerto  en  un  momento  mi  felicidad  ¥ . . . . 
¡  Y  eres  til  el  que  me  has  hecho  ese  daño,  papá ! . . . . 
No,  no  te  enojes ....  Mira ;  si  tú  supieras .  . . .  ¡  Todo 
lo  que  yo  había  isoñado ! . .  . .  Y  ver,  así,  de  pronto, 
perdida  toda  esperanza ....  ¡  Ah,  es  horrible,  es  ho- 
rrible!. . . .  (Por  la  puerta  del  foro  que  comunica  al 
salón  entra  Yorick  y  se  detiene  al  oír  la  voz  de 
Clara). 

ESCENA  VI 
Clara,  Lazló  y  Yorick 

lazló 

¡  Hija  mía !  ¡  Hija  querida ! 

CLARA 

¡  No  amar  á  Yorick ! . . . .  ¡  Pero,  es  imposible, 
papá ! . .  . .  Ya  vés ;  tú  mismo  reconoces  que  es  bueno, 
que  es  noble,  que  es  generoso....  Tú  vés  que  es  digno 
de  mi  iamor . . .  .  ¿  Por  qué  no  lo  puedo  querer,  enton- 
ces ? . .  . .  ¿ Por  qué  me  das  esa  gran  pena ?  ¿No 

tienes  ya  compasión  de  mí  ? ... .  ¿  Eres  malo  ? . .  . . 
No,  tú  no  eres  malo. .  . .  Siempre  me  has  mimado 
mucho ;  siempre  me  has  querido  mucho ....  ¿Te 
acuerdas  cuando  estuve  enferma?  Entonces  me  que- 
rías más  que  ahora ....  Yo  me  acuerdo  muy  bien, 
sí ... .  Era  en  la  otra  casa ....  Una  tarde,  yo  no  sé, 
el  médico  te  había  dicho  que  yo  estaba  muy  mala, 


YORICK 


303 


y  no  era  cierto,  porque  en  un  momento  en  que  te 
sentí  andar  á  mi '  lado,  abrí  los  ojos  y  te  vi  llo- 
rando.... ¿Te  acuerdas?....  (Alza  la  cabeza  y 
ve  llorar  á  Lazló)  ¡Papá!  ¿Qué  tienes?  ¿lloras? 
(Lazló  se  pone  bruscamente  en  pie  y  al  volverse 
ve  á  Yorick  que  se  adelanta  silenciosamente) . 

LAZLÓ 

( Con  voz  grave)  Yorick,  amigo  mío;  usted  encon- 
trará las  palabras  que  yo  no  he  encontrado  para 
darle  valor  á  esta  niña.  (Toma  su  sombrero  y  sale 
por  el  foro). 

ESCENA  VII 
Clara  y  Yoktck 

(Yorick  alanza  silenciosamente) . 

CLARA 

i  Cómo  ?  ¿  qué  dice  papá  ?  ¿  Tú  te  resignas  á  aban- 
donarme ?  ¿  Tú  apruebas  su  resolución  ? 

YORICK 

( Tristemente )  Es  necesario,  Clara  

clara 

¡  Tú  dices  eso !  ¡  Tú,  tú,  tú ! 

YORICK 

Yo,  sí,  yo  


3Ó4 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


CLARA 

Ya  no  me  quieres,  pues .... 

yorick 

Te  quiero  lo  mismo  que  antes,  y  sufro  en  este  ins- 
tante lo  que  tú  sufres.  . .  .  Pero  no  puede  ser  de 
otro  modo.  .  .  . 

CLARA 

(Desesperada )  Pero  tú  estás  loco ....  todos  es- 
tán locos  aquí. ...  Yo  no  entiendo,  yo  no  entiendo.... 

YORICK 

Sí,  tienes  razón,  estoy  loco. ...  ó  mejor  dicho,  he 
estado  loco  . ...  Te  he  brindado  mi  amor,  te  he  ro- 
bado tu  alma,  te  he  hecho  concebir  esperanzas  sin 
meditar  antes  si  era  digno  de  tí ... . 

CLARA 

Pero,  ¿qué  dices?  ¿qué  quiere  decir  todo  esto? 
yorick 

( Gravemente )  Clara,  yo  no  puedo  ofrecerte  un 
nombre  honrado. . . . 

CLARA 

(Sin  comprender)  ¿Tú  no  puedes?. . . .  ¿cómo?.... 

¿qué  has  hecho?  ¿Qué  has  hecho,  Yorick?  

Dime,  dime. . .  .  á  ver. . . .  ¿qué  fea  acción  has  co- 
metido? Yo -quiero  saber  tengo  derecho  


YORICK 


305 


YORICK 

El  nombre  de  mi  padre .... 

CLARA 

¿  De  tu  padre  ?  ¿  qué  tiene  que  ver  ?  ( Compren- 
diendo súbitamente,  con  un  grito  de  asombro)  ¡Ah! 
¡  era  eso ! . .  . .  El  nombre  de. . .  .  ( Con  frenética  ale- 
gría, en  un  desbordamiento  de  palabras)  Pero,  en- 
tonces no  es  por  tí. . . .  no  eres  tú. . . .  ¡es  claro ! . . . . 
¡  pero  si  es  claro ! . . . .  Ya  lo  decía  yo ... .  no  podía 

ser. ...  Tu  padre. ...  es  natural  ¿Cómo  ibas  tú 

á  cometer  una  mala  acción  ?  Y  entonces  ¿  qué  ? 

¿  qué  ? . .  . .  ¡  Y  era  por  eso ! . . . .  De  modo  que  por 
otro,  tú ... .  ¿  Y  no  lo  has  dicho  á  mi  padre  ? . . . . 
j  Papá !  ¡  papá ! . . . .  ¡  Jesús !  y  yo  que  creía ....  Pero 
si  es  claro ! . . . .  ¡  es  claro ! . . . . 

YORICK 

Escúchame,  Clara,  escú  

CLARA 

¡  Oh,  mi  Yorick !  ¡  Qué  susto  me  has  dado !  Y  yo 
que  creía,  no  sé,  me  figuraba  unas  cosas !  Pero  ¿  qué 
me  importa  á  mí  tu  padre  ?  ¿  Qué  tiene  que  ver  con 
nosotros?  ¿Qué  tienes  que  ver  tú  con  él?. . .  .  ¿Y  us- 
tedes han  creído  ? .  .  . .  ¿  han  creído  que  yo  ?  ¡  Qué 

tontería!  Pero,  de  veras,  que  tontos  son  todos  us- 
tedes   

YORICK 

Cálmate,  alma  mía,  escúchame. ... . 

20.  —  T.  I. 


306 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


CLARA 

( Precipitadamente,  nerviosa,  como  quien  se  resigna 
á  oir  una  razón  que  sabe  que  no  le  va  á  convencer) 
Escucho. 

YORICK 

No  somos  nosotros  solos.  La  sociedad. . . . 

CLARA 

(Estallando)  ¡La  sociedad!  ¡Me  río  yo  de  la  so- 
ciedad! ¿Qué  me  importa  la  sociedad?  ¿Te  importa 
á  tí? 

YORICK 

Por  ti,  sí  me  importa .... 

CLARA 

(Gravemente)  Tú  no  me  quieres  ya....  Dilo, 
confiésalo .... 

YORICK 

No  digas  eso  

CLARA 

¿Y  entonces,  entonces,  entonces?  ¿Qué  tiene  que 
meterse  la  sociedad  en  lo  que  no  le  importa  ?  Me  im- 
porta á  mí,  á  mí,  á  mí  sola,  y  es  ridículo,  es  absurdo 
que  se  pretenda  hacerme  desgraciada  porque  la 
sociedad  se  empeñe  en  decir  que  no  debo  quererte! 
¿  Por  qué  no  puedo  quererte  ?  ¿  Por  qué  no  podemos 
unir  nuestros  destinos?  ¿Por  qué?  ¿Porque  tu  papá 
hizo  esto  ó  lo  otro  ?  ¿  Y  qué  tenemos  que  ver  nosotros 
con  eso,  vamos  á  ver? 


YORICK 


307 


YORICK 

Hay  sanciones  morales .... 

CLARA 

Estúpidas,  ya  lo  sé ... .  Los  hombres  malos  y  estú- 
pidos son  los  que  suelen  hacer  esas  leyes;  por  eso 
¡  así  salen  ellas !  ¡  Claro !  ¡  Leyes  estúpidas  y  malas ! 
¡Pues  está  bueno!  ¿Entonces  el  hijo  d!e  un  loco,  de 
un  criminal,  de  un.  .  .  .  no  sé  qué,  tiene  que  ser  un 
desdichado  forzosamente,  *  (1)  y  ser  repudiado  por 
la  sociedad?  ¿Y  el  hijo  de  un  hombre  honrado,  de 
un  hombre  de  talento,  de  un  hombre  trabajador,  no 
puede  ser  un  pillo,  un  ignorante,  un  holgazán?  ¿No 
le  valen  de  nada  los  méritos  del  padre  ?  ¿  Se  hereda  la 
afrenta,  no  se  hereda  el  honor?  **  Y  m  los  hijos  car- 
gan con  las  culpas  de  los  padres,  ¿por  qué  éstos  no 
cargan  con  las  de  sus  hijos?  *  ¡Están  buenas  tus 
leyes  morales !  Más  cuerdo  me  parecería  que  se  cen- 
surará á  un  padre  si  el  hijo  resultara  un  granuja, 
porque  eso  tal  vez  dependiera  de  la  educación  que 
aquél  le  había  dado.  Pero  ¿  qué  tiene  que  ver  un  hijo 
con  la  conducta  dé  su  padre  ?  **  Mira ;  no  hablemos 
más. . . .  Me  harías  decir  desatinos. ...  ¡La  sanción 
moral!  La  sanción  moral  la  lleva  cada  uno  en  su 
conciencia;  y  el  que  la  tenga  limpia  y  tranquila, 
puede  marchar  sereno  por  la  vida  sin  miedo  que  le 
salpiquen  con  bu  lodo  los  tontos  y  los  perversos. 

(*)  En  la  representación  se  suprimen  los  trozos  señala- 
dos entre  uno  y  dos  asteriscos.—  ^  autor. 


308 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


YORICK 

Alma  mía. . . .  ¡  Qué  bien  me  hacen  tus  palabras !.... 
¡  Qué  dulce  bálsamo  derramas  en  mi  corazón ! . . . . 
Pero  tu  padre  

CLARA 

¿  Otro  pero  ? . . . .  ¡  Ah,  Yorick  !  No,  no.  No  es  ese 
el  modo  de  cumplir  la  fe  que  me  has  jurado. . .  . 
¿Qué  podrá  argüir  mli  padre  ahora  que  conozco  la 
causa  de  su  oposición?. ...  Yo  te  acepto  por  tí,  por 
tí  mismo,  porque  te  quiero,  porque  no  quiero  sufrir, 
ni  dudar  más,  porque  nadie  tiene  el  derecho  de  es- 
trujarme así  el  corazón.  ...  ¿ O  es  que  tú  no  me  quie- 
res ya?.  .  . .  Recuerda  lo  que  una  vez  me  dijiste,  lo 
que  me  dijiste  aquélla  noche  que  para  tí  debe  ser 
inolvidable :  1 ' Siempre  y  á  pesar  de  todo"  A  pe- 
sar de  todo,  ¿recuerdas?  Eso  dijiste....  Y  desde 
entonces  fué  tuya  mi  alma,  mi  vida,  mi  porvenir .... 
Ese  juramento  enlazó  nuestros  destinos . . . .  ¿  serías 
ahora  perjuro?....  Contesta,  contéstame  mirándome 
á  la  earla  

yorick 

(Débilmente)  Te  amo,  sí,  siempre;  como  antes. . . . 
tal  vez  más  que  nunca .... 

CLARA 

¡  Ah,  al  fin  encuentro  á  mi  Yorick ! .  . . .  (Al  ver. 
entrar  á  Adelina  corre  hacia  ella)  ¡Adelina!.... 
j Dios  mío !  ¡Si  supieras !  ¡ Qué  momento  he 


YORICK 


309 


pasado!  Pero  ahora  soy  feliz,  soy  feliz  ¿Tú  no 

sabes  ? . . . .  Amo  á  Yor  ick  y  él  también  me  ama .... 

(Contemplando  el  frío  continente  de  Adelina) 
¿Cómo?  ¿No  te  regocijas?  

ESCENA  VIII 
Clara,  Yorick,  Adelina 

ADELINA 

Sí,  querida  mía,  me  rogoeijo. . . .  Pero  tú  igno- 
ráis        Yorick,  ¿no  le  has  dicho?  

YORICK 

Todo  lo  sabe,  pero  no  ha  querido  entender .... 
clara 

¿  Qué  podía  importarme  á  mí  eso  ?  Parecen  ustedes 
tontos  

ADELINA 

Tu  padre,  sin  embargo  

CLARA 

Mi  padre  pudo  imponerme  cuando  no  me  expresó 
sus  razones ....  Yo  entonces  me  figuraba ....  no 

sé  algo  horrible ....  Pero  ahora  que  todo  se  ha 

explicado,  dedlaro  que  convenceré  á  mi  padre .... 
¿Yo  soy  la  interesada,  no  es  así?  Bueno,  pues  yo 


310 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


digo  que  Yorick  es  digno  de  mí,  y  que  nadie,  nadie, 
ni  aún  mi  propio  padre  tiene  derecho  á  arrebatár- 
melo porque  el  de  él. . . . 

ADELINA 

Escucha  

CLARA 

Nada,  no  escucho  nada. . . .  ¿Qué?  ¿Acaso  te  opon- 
drías tú?  ¿Qué  tienen  que  decir  tú  y  mi  padre  de 
esta  unión?  ¿El  hijo  de  la  mujer  más  santa  y  más 
buena. . . .  (Adelina  inclina  la  cabeza)  ¿no  puede  ca- 
sarse con  la  hija  de  un  hombre  noble  y  generoso  ? .  . . . 
¡  Oh,  madre  mía ! . . . .  déjame,  ¿  quieres  que  te  llame 
así?  Escucha  tu  corazón. . . .  escucha  tu  conciencia.... 
¿No  encuentras  divina,  providencial,  esta  unión? 
¿No  crees  que  desde  allá,  del  cielo,  mi  madre,  mi 
pobre  madre  muerta  y  tu  esposo,  (Adelina  se  yergue 
espantada)  el  pobre  don  Edmundo,  sonríen  y.  .  . . 

ADELINA 

(Con  un  grito  sofocado)  ¡Clara!  ¡Calla!  ¡no  di- 
gas!   

YORICK 

(Asombrado,  nervioso,  asaltado  otra  vez  por  la 
duda,  con  voz  r\onca)  ¡Madre!  ¿Qué  quieres  decir?.... 

ADELINA 

(Sofocada,  conteniéndose)  Sí,  sí....  Pero,  basta.... 
No  podría. . . .  Vé,  vé  á  tu  habitación. . . .  Están  tus 
amigos .... 


YORICK 


311 


YORICK 

Yo  quiero  saber. , . . 

ADELINA 

Vé,  vé ... .  Vine  á  decirte  eso  pr  ecisamente .... 
Te  aguardan  Fabricio  y  Fuentes ....  Llegaron  hace 
un  instante ....  No  les  hagas  esperar .... 

YORICK 

( Contempla  á  su  madre  obstinadamente;  luego 
sale  en  silencio,  volviéndose  una  vez  más,  hosco  y  hu- 
raño, al  trasponer  la  puerta  del  salón). 

ESCENA  IX 
Clara  y  Adelina 

clara 

¿  Qué  es  eso  ?  ¿  Qué  hay  ? 

ADELINA 

(Dejándose  caer  en  una  silla,  agobiada)  Nada,  no 
es  nada. ...  no  hay  nada. . . .  (Pausa). 

CLARA 

(Sin  comprender,  la  mira  cohibida). 

ADELINA 

Clara,  ¿  quién  ha  abierto  esa  ventana  ? 


312 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


CLARA 

No  sé  ¿  Quieres  que  la  cierre  ? 

ADELINA 

Sí,  házme  ese  favor. ... 

CLARA 

(Va  á  cerrar  la  ventana  de  la  izquierda  y  queda  un 
momento  mirando  hacia  afuera)  ¡Ah!  (Saludando 
con  la  mano)  ¡Adiós....  adiós!....  (Como  si  ha- 
blara con  gestos  con  alguno  que  pasa  fuera)  ¿Qué? 
¿  No  entiendo  ?  ¿  Yo  ?  

ADELINA 

¿  Qué  es  eso  ? 

CLARA 

(A  Adelina)  Gabriela  y  Corina  que  pasan.  . . .  (ha- 
ciendo telégrafos  nuevamente )  ¿  Qué  ? . . . .  ¿  Yo  ? . . . , 
¡  Qué  torpe  soy ! . . . .  ¡  Ah,  sí,  sí ! . . . .  Bueno .... 

ADELINA 

¿Qué  dicen? 

CLARA 

No  he  entendido  bien. .  . .  Creo  que  preguntaban 
por  tí . . . .  Les  he  dicho  que  estabas. . . . 

ADELINA 

Pero  yo  no  quiero ....  ahora .... 

CLARA 

Ya  suben ....  ya  vienen ....  ya  están  aquí .... 
(Entran  Gabriela  y  Corina). 


YORICK 


313 


ESCENA  X 
Adelina,  Clara,  Corina  y  Gabriela 

GABRIELA 

Aquí  estoy  otra  vez ....  No  pueden  ustedes  que- 
jarse que  no  las  visito . . . .  ¿  Qué  hacías  picarona  en 
la  ventana? 

corina 

( A  Adelina  que  se  ha  recompuesto  vivamente )  Ex- 
cúseme, señora ....  Yo  no  quería  subir ....  Es  esta 
Gabriela. . . . 

CLARA 

¿Dónde  iban  ustedes? 

GABRIELA 

A  casa  de  la  de  Torregrosa,  aquí  cerca. ...  Se  ha 
mudado,  ¿sabían  ustedes?  El  chalet  de  ahí  arriba.... 
Parece  que  la  vida  es  muy  cara  en  la  ciudad  y  cuando 
no  se  tiene  una  gran  fortuna,  ¿  no  es  cierto  ? . . . .  Di- 
cen que  han  suprimido  la  criada. ...  Yo  no  sé,  así 
me  han  dicho  

ADELINA 

Sí,  creo  que  la  pobre  Isabel  ha  recibido  un  duro 
golpe.  Su  apoderado  


314 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


GABRIELA 

¡ Quiá !  Esas  son  historias. ...  Si  no  tenía  nadla  la 
señora  de  Torregrosa . . . .  Ya  vé  usted.  Este  invierno 
no  asistió  á  fiesta  ninguna  por  no  tener  ropa  ade- 
cuada ....  ¡  Pobrecilla ! . . . .  Me  dá  una  pena .... 
Dicen  también  que  es  ella  la  que  hace  ahora  la  cocina 
y  que  se  pone  guantes,  para  no  estropearse  las  ma- 
nos ....  Ha  de  ser  mentira,  seguramente .... 

ADELINA 

(A  C orina)  ¿Y  usted,  querida  mía?  ¿Cómo  van 
esos  amores  con  Sotomayor? 

CORINA 

Todo  concluido . . .  t  ¿No  sabía  usted  ?  Era  un  ena- 
morado perdido   Tenía  cinco  ó  seis  novias .... 

GABRIELA 

¿Ven  ustedes?  Así  son  todos  los  hombres.  Es  una 
tonta  la  que  se  fía  de  ellos.  El  mejor,  no  vale  la  suela 
de  un  zapato  roto. 

CLARA 

Sin  embargo,  no  todos .... 

GABRIELA 

¡  Ah,  perdona!. ...  No  quise.  .  . .  Ya  sé,  tú  tienes 
también  tu  enamorado .... 

CLARA 

¿  Yo  ?  ¡  Quita  de  ahí ! 


YORICK 


315 


CORINA 

¿  Y  Yorick  ?  Más  Vale  tarde .... 

ADELINA 

Bueno.  Está  con  Fuentes  y  Fabricio. 

GABRIELA 

j  Fabricio  !  ¡  El  divino  Fabricio ! .  . . .  ¿A  qué  no  co- 
nocen ustedes  la  última  obra  de  arte  del  ínclito  Fa- 
bricio ? . .  . .  ¡  Qué  van  á  saber  ! . . . .  Ustedes  no  saben 
nada. . . . 

CLARA 

Pues  entéranos .... 

GABRIELA 

¡  Ah,  es  digno  de  un  almanaque !  El  gobierno  de- 
bería subvencionar  la  conversación  á  ese  chico .... 

CORINA 

Al  grano,  al  grano .... 

GABRIELA 

(A  Adelina)  ¿Vé  usted?  Después  dicen  que  soy 
conversadora....  si  me  tiran  la  lengua!  Bueno,  pues, 
he  aquí  el  caso ....  Las  otras  noches  había  concierto 
en  el  Instituto  Ver  di.  Ya  saben  ustedes,  la  lata  pia- 
nística de  Merceditas. . .  .  Un  opio,  hijas,  un  opio. 


316 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


CLARA 

¿Y  el  cuento? 

GABRIELA 

¡  Ah,  sí !  Fabricio  estaba  allí.  ¿  Cómo  no  iba  á  eisitar 
en  una  fiesta  gratis?  Concluida  la  primera  parte,  y 
deseando  dejar  comprobado  una  vez  más  que  no  sólo 
sabe  admirar  música  clásica,  sino  que  es  un  joven  so- 
ciable, se  levanta,  estira  los  puños  de  la  camisa  y  lán- 
zase á  saludar  á  sus  relaciones.  De  pronto,  topa  con 
las  de  Peñaf lor ....  Topa,  es  la  palabra.  —  ¿  Cómo 
están  ustedes  ?  —  Bien,  muchas  gracias. — ¡  Qué  linda 
está  doña  Concepción,  esta  noche!  (Por  lo  visto 
acostumbra  la  señora  á  estar  fea  otras  noches). — 
¿  Qué  les  ha  parecido  Merceditas  ?  —  Ay,  déjeme, 
divina,  divina.  —  Si  toca  como  un  ángel ;  no  se  le 
ven  las  manos.  —  ¿Y  aquella  fuga,  qué  me  dice  Fa- 
bricio  de  aquella  fuga  ?  —  ¿  Qué  fuga  ?  —  La  de  Bee- 
thoven  —  ¡  Ah,  sí,  creo  que  he  oído  hablar  algo .... 

¿  fué  con  una  criada,  verdad  ?  —  Concepción  se 

pone  tiesa,  hace  esfuerzos  para  no  reir;  entonces 
Fabricio  remacha  el  clavo :  —  Parece  mentira,  un 
hombre  de  genio ....  Porque  tenía  mucho  genio .... 
Componía  muy  bien  las  escalas  acrobáticas .... 
(Pansa)  ¿Qué  me  dicen  ustedes? 

CORINA 

Esas  escalas  se  las  has  agregado  tú. 


YORICK 


317 


GABRIELA 

Entonces  no  conoces  á  Fabricio.  ¿  Sabes  tú  que 
siempre  fuma  habanos  marca  Murías?  Bueno  ¿pues 
sabes  cómo  llama  á  esos  cigarros?  Miuras,  hija,  Miu- 
ras, —  como  si  fueran  toros  de  la  ganadería  del  Mar- 
qués. ¡Fumarse  un  Miura!  Es  el  colmo  de  un  fuma- 
dor ! . . . . 

CLARA 

¡A  propósito,  Gabriela!  ¿Tú  querías  ver  un  catá- 
logo de  joyería  para  buscar  alguna  petaca  artística? 

GABRIELA 

Sí ;  no  sé  qué  regalarle  á  papá  

CLARA 

Vén  á  mi  habitación ....  De  paso,  te  haré  ver  mi 
nuevo  sombrero. 


CORINA 

Entonces  también  voy  yo ... . 

ADELINA 

Pasen,  pasen  ustedes ....  (En  el  instante  que  salen 
por  la  derecha  Clara,  Gabriela  y  Corina,  entra  Lazló 
de  la  calle  por  el  foro ) . 


318 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ESCENA  XI 
Adelina  y  LazlÓ;  al  final,  Yorick 

(Lazló  deja  el  sombrero  y  el  bastón  sobre  una  silla 
y  dirigiéndose  á  la  mesa  del  centro  empieza  á  buscar 
linos  papeles). 

LAZLÓ 

(Advirtiendo  la  presencia  de  Adelina)  ¡  Ah!  ¿Es- 
tabas ahí? 

ADELINA 

¿No  tenías  que  ir  á  ver  al  escribano? 

LAZLÓ 

Iba  para  ¡allá,  cuando  advertí  en  el  camino  que  ha- 
bía olvidado  las  escrituras. 

ADELINA 

¿  Entonces  vuelves  á  salir  ? 

LAZLÓ 

En  seguida. 

ADELINA 

¿Tienes  mucho  apuro?  ¿No  puedes  oir  dos  pala- 
bras ? 


YORICK 


319 


LAZLÓ 

(Encontrando  las  escrituras  y  guardándolas  en  el 
bolsillo)  Eisto  aquí.  (A  Adelina)  Vamos,  ¿de  qué 
se  trata? 

ADELINA 

Me  he  enterado  de  la  conversación  que  has  tenido 
hoy  con  Yorick  y  de  la  excusa  que  has  buscado  para 
negarle  la  mano  de  Clara. 

LAZLÓ 

Bueno,  ¿y  qué? 

ADELINA 

Que  eso  es  infame,  que  eso  es  cobarde,  que  eso  es 
bajo  

LAZLÓ 

¿  Hubieras  preferido  que  se  la  negara  confesándole 
la  verdad,  declarándole  que  juzgo  criminal  que  el 
amante  de  su  madre .... 

ADELINA 

(Interrumpiéndole  decididamente)  Sí,  preferiría 
mil  veces  que  mi  hijo  supiera  la  verdad;  preferiría 
mil  veces  perder  su  respeto  y  su  cariño  á  afrentarle, 
como  lo  has  hecho,  con  un  insulto  soez,  con  un  in- 
sulto cobarde  

LAZLÓ 

(Enojado)  No  creía  que  fueras  capaz  de  tal  sa- 
crificio .... 


320 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ADELINA 

¿O  será  porque  tú  has  tenido  miedo  de  compro- 
meterte ? 

lazló 

Ahora  me  'insultas.  No  importa.  Ya  me  voy  acos- 
tumbrando á  tus  desplantes.  ¿Qué  quieres?  Poco  á 

poco  me  vas  venciendo  No  está  lejano  el  día  en 

que  yo  sea  un  completo  miserable  

ADELINA 

( Con  ira)  Ya. . . .  (Se  detiene). 

LAZLÓ 

Eso  es.  Dilo,  no  más.  No  te  violentes.  Ya  lo  soy, 
¿verdad?  (Riendo  con  amargura)  ¡Ah,  sí,  lo  soy! 
Y  no  de  ahora ....  Soy  un  miserable  desde  el  día  en 
que  te  amé  por  vez  primera ;  desde  el  día  en  que,  por 
hacerte  mía,  cometí .... 

ADELINA 

¡  Lazló ! . . . . 

LAZLÓ 

(Pasándose  la  mano  por  la  frente)  Sí;  guarde- 
mos calma.  (Pausa)  El  caso  es  éste:  tu  hijo,  al  oir 
que  tú  declarabas  que  su  matrimonio  con  Clara  era 
imposible,  sintió  acrecentarse  las  sospechas  que  ya 
tenía  sobre  lia  índole  de  nuestras  relaciones.  *  Por  lo 
demás,  desde  que  ha  vuelto  de  Europa,  no  ha  hecho 


YORICK 


321 


otra  cosa  que  vigilarnos,  que  observarnos ....  Era 
necesario,  una  vez  por  todas,  tomar  una  seria  deter- 
minación. **  Y  entonces,  con  profundo  dolor,  te  lo 
.aseguro,  y  solamente  con  ánimo  de  destruir  su®  sos- 
pechas y  salvar  tu  honor  amenazado,  le  dije .... 

ADELINA 

(Exasperada)  ¡Dale  con  mi  honor!  ¿No  es  más 
bien  por  instinto  de  propia  conservación?  ¿Desde 
cuándo  te  cuidas  tanto  de  mi  honor  ? 

LAZLÓ 

(Irritado)  Eres  una  desagradecida  

ADELINA 

Y  tú  un  insultador. . . . 

LAZLÓ 

Eres  una  desagradecida.  Es  otra  virtud  que  te  re- 
conozco y  que  agregaré  á  las  muchas  otras  que  te  he 
descubierto  en  estos  últimos  años ....  ( Adelina  va 
á  sentarse  en  una  silla,  volviéndole  la  espalda)  ¡Ah! 
¡  cuan  distinta  eres  en  la  realidad  de  aquella  Ade- 
lina que  yo  soñaba !  Y  sin  embargo,  siempre  has  sido 
así:  hoy  no  me  cabe  duda.  Mi  imaginación,  te  enga- 
lanaba en  aquellos  días.  Por  lo  demás,  desempeñabas 
á  las  mil  maravillas  tu  papel  de  víctima,  tu  rol  de 
mujer  maltratada,  relegada  al  olvido,  engañada,  es- 
carnecida, por  un  esposo  que  no  te  comprendía .... 
(Adelina  hace  ademán  algunas  veces  de  interrum- 

21. -t.  i. 


322 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


pirle)  Muy  bien  hacías  tu  papel  de  desdichada.  ¡Y 
era  mentira!  ¡era  mentira!  La  víctima  en  aquel  ho- 
gar, no  eras  tú ... . 

ADELINA 

Te  prohibo  

LAZLÓ 

(Sin  oiría)   el  que  imponía  su  voluntad  no 

era  él. . . .  Y  así  fuiste,  también,  siempre  conmigo.... 
Hoy  ya  me  injurias  como  á  un  ser  abyecto  y  vil.  Y  yo, 
en  cambio,  ¿  qué  he  hecho  ?  ¿  qué  hago  ? — Preocuparme 
de  tu  suerte,  cuidar  de  tu  buen  nombre  y  forjar  una 
mentira  infame  —  infame,  lo  reconozco  —  para  que 
el  hijo  que  adoras  y  que  te  considera  como  la  más 
santa  de  días  mujeres,  no  se  avergüence  de  tí,  no  te 
rechace  con  odio,  no  te  mire  con  desprecio.  Eso  he 
hecho  yo.  Ahora,  dime  que  soy  el  culpable,  el  in- 
fame^ el .... 

ADELINA 

Sí,  todo  eso  puedo  decirte  porque  has  arreglado 
el  cuadro  á  tu  placer,  mintiendo. . .  . 

LAZLÓ 

¡  Mintiendo,  no !  

ADELINA 

Déjame  hablar ;  yo  te  he  oído  sin  interrumpirte.... 
Has  mentido,  sí,  has  mentido.  Te  has  presentado 
como  una  víctima  cuando  la  víctima  he  sido  yo ... . 


YORICK 


323 


Sí,  yo,  yo ;  sólo  yo ...  .  ¿  Qué  no  has  hecho  tú  para 
matar  mis  ilusiones  í  Cada  deseo  mío  ocasionaba  una 
negativa  tuya.  Disputaste  por  mis  trajes,  por  mis  re- 
laciones, por  mis  paseos.  Despediste  mis  criados,  y  si 
toleraste  á  Isoliaa,  bien  sabe  Dios  por  qué. .  .  . 

lazló 

Tú  sospechas ....  ¡  Eso  faltaba,  señor ! . . . . 

ADELINA 

Después,  cuando  quería  volver  á  ver  á  mi  hijo, 
empezaste  á  despedazarme  e>l  corazón.  Te  opusiste  á 
su  regreso.  Me  maltrataste .... 

LAZLÓ 

¡  Mientes ! 

ADELINA 

Me  viste  enfermar,  indiferente;  alegrándote,  tal 
vez  con  la  idea  de  un  desenlace .... 

LAZLÓ 

¡Oh!.... 

ADELINA 

¿  Y  á  eso  le  llamas  tú  ser  bueno,  ser  complaciente  ? 
¿  Para  eso  se  seduce  á  una  mujer  que  hasta  entonces 
había  sido  honrada;  para  eso  se  le  hace  olvidar  sus 
deberes,  agraviar  á  su  esposo.  . .  .  ? 


324 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


LAZLÓ 

j  Por  lo  que  querías  tú  á  tu  marido ! . . . . 

ADELINA 

¿Y  tú?  ¿Tú  querías  mucho  á  tu  amigo?  Por  eso 
sin  eluda  ahora  infamas  su  memoria .... 

LAZLÓ 

Por  salvarte  

ADELINA 

j  Cobarde !,  ¡  cobarde !,  ¡  cobarde ! . . . . 

LAZLÓ 

j  Adelina ! 

ADELINA 

Insultas  su  memoria  delante  de  su  hijo  después  de 
haberle  asesinado  

LAZLÓ 

(Saltando  como  impelido  por  un  resorte)  ¿Qué 
has  dicho?  (Amenazador)  Bepite  eso,  repítelo.... 

ADELINA 

Sí,  sí ... .  asesinado,  asesinado .... 

LAZLÓ 

(Precipitándose  sobre  ella)  ¡Miserable!  ¿Quieres 
callarte  ? 


YORICK 


325 


ADELINA 

No  me  callaré,  no  me  callaré ....  Suéltame .... 

( En  este  instante  aparece  Yorick  en  la  puerta  del 
salón.  Al  oir  la  disputa,  detiénese  asombrado.  Y  el 
rudo  tuteo  de  los  amantes,  las  injurias  que  se  lanzan, 
el  crimen  que  se  enrostran,  le  dejan  clavado  de  ho- 
rror junto  á  la  puerta.  Su  rostro  se  contrae  espanto- 
samente, y  mientras  con  una  mano,  que  parece  un 
garfio,  se  afirma  á  la  pared,  con  la  otra  parece  querer 
detener  la  razón  que  huye  de  su  cabeza). 

LAZLÓ 

¡  Vas  á  decir  que  has  mentido ! 

ADELINA 

i  Suéltame,  te  digo ! 

LAZLÓ 

Di  que  has  mentido,  di  

ADELINA 

¡No,  no  y  no!....  Por  ser  mi  amante,  le 
asesinaste .... 

LAZLÓ 

Tú  me  obligaste  á  negarle  el  dinero  . ...  Tú  sabías 
que  se  iba  á  matar  


326 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ADELINA 

¡  Asesino,  asesino ! . . . . 

(Lazló  hace  ademán  de  golpearla  y  s>e  detiene.  En 
seguida,  velozmente,  para  sustraerse  á  la  tentación, 
coge  su  sombrero  y  sale  disparado  por  la  puerta  que 
conduce  á  la  calle,  sin  ver  á  Yorick.  Entre  tanto 
YoricJc,  al  oir  la  última  frase  de  Adelina,  entra 
vacilante  como  un  ebrio,  á  la  habitación.  Y  de 
pronto,  bajo  el  rudo  mazazo  de  la  sangre  que  le  gol- 
pea el  cráneo,  se  desploma  inerte,  llevándose  las  ma- 
nos al  cuello,  mientras  de  su  garganta  se  escapa  un 
inmenso  alarido  de  ira  y  desesperación.  Al  oir  el  grito 
de  su  hijo,  Adelina  se  vuelve  rápidamente  y  el  es- 
panto la  deja  clavada  en  su  sitfo.  Luego,  mientras 
baja  el  telón,  se  arroja  enloquecida  sobre  el  cuerpo 
de  YoricJc). 


TELÓN 


ACTO  CUARTO 


Saloncillo  en  casa  de  Lazló.  A  la  izquierda,  dos  puertas, 
que  comunican  la  primera  con  el  escritorio  de  Lazló  y  la 
segunda  con  el  corredor.  Sobre  el  foro,  otra  puerta  por  la 
cual  se  vá  á  la  calle.  A  la  derecha,  dos  puertas  más,  la 
primera  da  acceso  á  la  habitación  de  Clara  y  la  segunda 
á  las  demás  habitaciones  de  Adelina,  Yorick,  etc,  Sobré  la 
pared  del  foro,  habrá  una  consola,  plantas,  pedestales  con 
estatuas,  vitrina  con  bibelots,  sillas,  etc.  A  la  derecha  un 
sofá,  un  sillón  y  sillas.  A  la  izquierda,  casi  frente  á  la  se- 
gunda puerta,  un  biombo.  Del  mismo  lado,  hacia  el  pros- 
cenio, una  mesa  con  un  reloj  de  sala,  tarjetero,  estatuillas, 
etc.  y  dos  sillones.  Sobre  una  de  las  sillas  volantes  que 
habrá  en  la  pieza,  una  palangana  con  agua  y  vinagre.  Una 
toalla  en  el  respaldo  de  otra  silla.  Sobre  uno  de  los  sillo- 
nes, el  sombrero  de  Corina;  sobre  la  mesa  el  de  Gabriela. 

ESCENA  PRIMERA 
Yorick,  Fuentes,  Gabriela,  Fabricio 

(Yorick  estará  sentado,  muy  abatido,  mientras** 
Fabricio,  en  pie  á  su  lado,  le  habla  cariñosamente. 
Separados  de  éstos,  en  pie,  Gabriela  habla  confiden- 
cialmente con  Fuentes). 

fabricio 

¿Qué  tal  Yorick?  ¿Cómo  sigues? 


328 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


YORICK 

Bien,  Fabricio,  bien  

GABRIELA 

¿Y  qué  me  dice  usted  de  esto,  Fuentes? 

FUENTES 

¿Qué  quiere  usted  que  le  diga,  Gabriela?  Estoy 
aturdido. . . . 

GABRIELA 

Aquí  ha  sucedido  algo  gordo,  amigo  mío.  No  se 
desmaya  uno  así,  sin  otro  motivo,  por  el  gusto  de 
darse  contra  el  suelo.  ¿Qué  habrá  sucedido? 

PUENTES 

Yo  nada  sé ... .  Estábamos,  Fabricio  y  yo,  en  su 
habitación  hablando  de  la  manera  como  anoche  in- 
terpretó Sarah  Bernhardt  el  "Hamlet",  cuando  Yo- 
rick,  con  motivo  de  una  duda,  dijo  que  iba  á  buscar 
el  libro  á  la  biblioteca ....  Y  ahí  está ....  No  sé 
nada  más. . . . 

GABRIELA 

Nosotras  estábamos  con  Clara,  cuando  de  pronto 
sentimos  gritos. . . . 

FUENTES 

Pues  ya  estamos  enterados .... 


YORICK 


329 


GABRIELA 

¿Lazló  no  estaba  en  casa? 

FUENTES 

Me  figuro  que  no.  Yo  no  le  he  visto. 

GABRIELA 

El  diablo  ha  tirado  de  la  manta,  créame  usted .... 
Yorick  ha  descubierto  algo  grave ....  Y  eso  tenía 
que  suceder,  tarde  ó  temprano ....  Cuando  se  anda 
en  estos  jueguitos ....  j  Pero  qué  cosas,  hijo,  qué 
cosas !  ¡  Y  dar  la  casualidad  de  encontrarnos  nos- 
otros aquí !  ¡  Tenemos  una  suerte  !  ¡  Jesús  !  ¿  qué 
digo?  ¡Dios  me  perdone! 

YORICK 

(A  Fabricio)  No,  si  estoy  bien  No  es  nada; 

ya  ves  

GABRIELA 

¿Cómo  se  siente  usted,  Yorick? 

yorick 

Bien,  bien         Muchas  gracias  

GABRIELA 

Entonces  con  permiso.  (Sale  por  la  derecha). 


330 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ESCENA  II 
Yorick,  Fuentes  y  Fabricio 

FUENTES 

Tal  vez  te  convenga  descansar,  Yorick? 

YORICK 

( Siempre  con  lentitud)  ¿  Para  qué  ?   No  es- 
toy cansado          (\Pausa )  ¿  Han  visto  ustedes .... 

que  poca  cosa  soy? 

fabricio 
Pero,  ¿cómo  ha  sido? 

YORICK 

(Meditabundo)  ¿Cómo  ha  sido?  (Pausa)  No  sé  

Iba  á  buscar  el  libro . . . .  ( estremeciéndose )  entraba 
allí. . . .  allí   (recobrándose)  y  nada  un  va- 
hído   

FABRICIO 

Es  el  cigarro,  no  hay  duda,  es  el  cigarro. . . .  Fu- 
mas mucho,  y,  naturalmente .... 

YORICK 

¿  Te  parece  ? . . . .  Sí,  es  nervioso ....  ¿  Quien  no 
es  un  poco  nervioso ? . . .  .  ¿Tú  eres  nervioso,  Fa- 
bricio ? 


YORICK 


331 


FABRICIO 

¿  Yo  ?  No.  Yo  no  me  enveneno  con  nicotina .... 

Fumo  habanos,  habanos,  nada  más         El  cigarro 

es  muy  malo ....  Trae  transtornos  nerviosos.  ¿  Ver- 
dad, Fuentes? 

FUENTES 

Como  tú  quieres. 

FABRICIO 

¿Cómo,  como  yo  quiera?  ¿Te  figuras  que  eso  de- 
pende de  mí? 

FUENTES 

Estamos  molestando  á  Yordck  

YORICK 

No,  al  contrario ....  Me  hace  bien ....  me  hace 
bien  oírlos ....  oirlos  hablar ....  ( Bajando  la  voz ) 
Así,  no  se  piensa,  no  se  

FABRICIO 

Demora  el  médico .... 

yorick 

¿Qué  hay?....  ¡Ah,  es  verdad!....  Entró  ahí.... 
¿Hay  algún  enfermo? 

FUENTES 

No;  Clara  se  ha  asustado  con  tu  accidente  

y  es  claro,  está  un  poco  nerviosilla  


332 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


YORICK 

¡  Ah ! . . . .  creía         Es  ella         ¡  pobrecita ! 

FUENTES 

¿No  deseas  algo? 

YORICK 

Nada,  nada   Hablen  ustedes....  Me  dis- 
traen ....  De  qué  hablábamos .... 

FABRICIO 

Del  cigarro. . . . 

YORICK 

No;  antes,  antes  Allá,  en  mi  habitación  

FABRICIO 

¡  Ah,  sí !  de  Hamlet .... 

FUENTES 

Mira,  lo  mejor  es  que  descanses   La  conver- 
sación puede  hacerte  daño .... 

YORICK 

Pero,  si  no  tengo ....  no  tengo  nada ....  Estoy 

bien         ¿Qué  decías  tú  Fabricio?  ¿Qué  Hamlet 

era  un  irresoluto? — ¿Qué  el  argumento  es  falso?  

FABRICIO 

Pues  es  claro ! . . . . 


YORICK 


333 


FUENTES 

El  médico  se  va  á  enojar  contigo,  Yorick. 

YORICK 

Te  he  dicho  que  estoy  bien....  (A  Fabricio) 
¿Un  irresoluto?....  No,  Fabricio....  Hamlet  no 
es  eso ... .  Es ... .  es ....  es  la  Duda ....  ¿  Entien- 
des ?  —  La  Duda  ¡  qué  horrible  es  la  Duda !  No 

saber. ...  no  tener  pruebas. . . .  Buscar,  buscar 
siempre,  y  siempre,  siempre  estrellarse  contra  un 
muro  de  sombras.  . .  .  Tener  en  el  alma  una  de- 
nuncia .... 

FABRICIO 

¡Bah!  ¡Por  unos  fantasmas  hacerse  mala  sangre! 

YORICK 

¿  Qué  sabes  tú  ? . . . .  Los  fantasmas  están  dentro 
de  nosotros  mismos. . .  .  Nos  asaltan,  nos  persi- 
guen ....  Y  entonces,  entonces  empezamos  á  pen- 
sar, á  buscar,  á  observar ....  Y  nada ....  Siempre  la 
Duda ....  ¡La  Duda  horrible  que  seca  el  corazón  y 
•  destruye  el  cerebro ! . . . . 

FUENTES 

Me  parece  que  podían  buscar  otro  tema  más  ale- 
gre  

FABRICIO 

Lo  que  tú  quisieras  es  que  habláramos  de  caba- 
llos... 


334 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


FUENTES 

De  caballos  podrías  hablar  tú  mejor  que  nadie  

FABRICIO 

Podría,  pero  no  quiero.  ¿O  te  figuras  que  yo  no 
entiendo  de  literatura  ?  Bueno,  pero  eso  es  en  los  pri- 
meros actos  ¿Y  cuando  descubre  Hamlet  que  su 

madre  y  su  tío  mataron  al  rey  ? 

yorick 

( Con  voz  ronca,  las  manos  crispadas  en  su  asiento). 

¿  Cuándo  descubre  ?  ¡  Ah !  cuándo  descubre !  

cuándo  descubre ! . . . .  Sabes  tú  lo  que  pasa  en  un 
corazón  cuando. ...  (Su  acento  se  ha  hecho  terrible. 
Súbitamente  se  detiene,  vuelve  los  ojos  espantados  en 
derredor,  y  por  un  instante  guarda  silencio.  Luego 
haciendo  un  esfuerzo  para  sonreir).  Tienes  razón, 
Fuentes ....  Hablemos  de  algo  más  alegre ....  (Se 
sumerge  en  tristes  reflexiones  mientras  sus  amigos 
hablan). 

FABRICIO 

A  mí  Sarah  Bernhardt  no  me  hace  feliz  

FUENTES 

Es  el  mejor  elogio  que  puedes  hacer  de  ella. 

FABRICIO 

¿  Un  elogio  ?  Decir  que  no  me  gusta,  es  un  elogio  ? 

Tú  andas  mal  de  la  cabeza,  chico  Hazte  ver  por 

un  alienista ....  (Se  interrumpe  al  ver  entrar  al  mé- 
dico con  Adelina  y  Gabriela). 


YORICK 


335 


E'SCENA  III 

Yorick,  Fuentes,  Fabricio, 
Adelina,  Gabriela  y  El  médico 

el  MÉDICO 

Ya  ven  ustedes. ...  No  es  nada. . . .  Dentro  de  un 
instante  estará  como  si  tal  cosa. . . .  (Yendo  á  Yo- 
rick )  ¿  Y  por  aquí  ?  ¿  Qué  tal  vamos  1  ¡  Ah,  ah ! . .  . . 
Muy  bien ....  Muy  bien ....  Tampoco  aquí  tendre  - 
mos mucho  que  hacer. .  . .  Más  vale  así. . . .  (A  Ade- 
lina) Señora.  (Se  despide  y  sale  por  el  foro). 

ESCENA  IV 
Dichos,  menos  El  médico 

(Fuentes  y  Gabriela  que  estarán  junto  á  Yorick 
se  separarán  de  su  lado  citando  Adelina  vaya  á  darle 
la  poción.  Fabricio  quedará  á  su  lado). 

ADELINA 

¿Dónde  puse  la  cuchara?  ¡Ah,  aquí  está! 

FABRICIO 

Ya  ves ;  parece  que  vendes  salud .... 


336 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


GABRIELA 

Así  son  los  jóvenes :  están  muriéndose  y  de  pronto 
se  paran  para  bailar  unas  seguidillas .... 

FUENTES 

Y  los  viejos  miran  esa  energía  con  envidia. . . . 

GABRIELA 

¿Por  quién  dice  usted  eso  de  los  viejos?. . . . 

FUENTES 

Por  los  viejos,  ¡toma!  ¿Por  quién  he  de  decirlo? 
(Se  ríe  socarronamente  mirando  á  Gabriela). 

ADELINA 

(Acercándose  á  Yorick  con  un  frasquito  y  una 
cuchara).  ¿Estás  mejor  Yorick?  Vamos  á  ver  como 
tomas  esto .... 

yorick 

(Con  espanto,  repentinamente) .  ¡Tú!  tú!  Ah!.. . . 

ADELINA 

¡  Hijo !  ¿  qué  hay  ? 

YORICK 

¡  Ah,  no,  no,,  no  !  ¡Tú  no !  ¡  tú  no !  Déjame  

véte ....  véte .... 

GABRIELA 

(Acercándose).  ¿Qué  sucede?         ¿No  quiere  la 

pócima? 


YORICK 


337 


ADELINA 

(Que  ha  retrocedido  asustada),  ¡Hijo!  ¡Hijo! 
( Turbada  se  deja  quitar  el  frasquito  de  las  manos  por 
Gabriela  y  queda  inmóvil  á  la  derecha). 

GABRIELA 

Déme  usted  á  mí . . . .  Yo  se  la  daré  á  la  fuerza. . . . 


YORICK 

( Que  se  ha  serenado )  Es  inútil ....  No  necesito 
remedios.  .  .  .  (Mirando  á  Adelina  por  sobre  el  hom- 
bro de  Gabriela  que  se  lia  arrodillado  ante  él)  re- 
medios para  el  cuerpo.  ...  (A  Gabriela)  ¿qué  quiere 
usted  que  me  haga  esa  droga?....  Es  algún  veneno.... 
(Mirando  otra  vez  á  su  madre)  ¿No  será  algún  ve- 
neno, madre?  (Adelina  se  estremece;  le  mira  espan- 
tada y  baja  la  cabeza)  Por  lo  demás,  estoy  bien;  me 
siento  bien ....  ¿El  médico  no  lo  ha  dicho  ? 

GABRIELA 

¿Entonces  no  quiere  usted?  (Va  á  dejar  el  fras- 
quito sobre  la  mesa). 

YORICK 

No ;  gracias .... 

FUENTES 

¿No  sería  mejor  que  fueras  á  descansar  á  tu  ha- 
bitación ? 


22.— T.  I. 


338 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


YORICK 

Dices  bien....  Voy          (Mirando  á  Fabricio) 

j  Qué  Fabricio  este !  ¿  Conque  absurdo  el  argumento 
del  Hamlet,  eh?  

FABRICIO 

¿Qué  quieres?  Encuentro  exagerado  eso  de  que 
una  esposa  haya  asesinado  á  su  esposo  

YORICK 

¡  Óyelo,  madre  !  ¡  óyelo ! .  .  . .  ¡  Qué  inocencia  tan  di- 
vina, verdad  ?  (A  Fabricio,  en  el  cual  se  apoya  para 
encaminarse  á  su  habitación)  Pues  las  hay,  querido, 
las  hay ....  Di  tú  que  nosotros  no  las  conocemos, 
porque  nuestras  madres  son  unas  santas;  pero  ahí, 
por  el  mundo,  debe  haber  muchas ....  muchas .... 
¡  Qué  Fabricio  este ! .  . . .  Pero,  ¡  qué  ocurrencias  tie- 
ne!...  .  (Sale  riendo,  mientras  sus  miradas  se  cla- 
van tenazmente  en  [Adelina.  Gabriela  habla  con  Fuen- 
tes sin  observar  este  cuadro.  Cuando  Yorick  traspone 
la  puerta,  Fabricio  se  vuelve  hacia  Gabriela). 

ESCENA  V 
Adelina,  Gabriela,  Fuentes  y  Fabricio 

ADELINA 

(Sintiendo  que  las  fuerzas  le  abandonan;  ate- 
rrada) ¡Dios  mío!  ¡Dios  mío!  


YORICK 


339 


FUENTES 


(Acercándose  á  Adelina)  Vamos,  mi  buena  seño- 
ra Ya  ve  Usted  que  yo  tenía  razón  No  ha 

sido  nada  grave .... 


ADELINA 

Sí,  sí. . . .  Discúlpenme  ustedes  La  emoción. . . . 

el  disgusto. . . .  Verlo  caer  así,  sin  sentido,  delante, 
mío ....  ustedes  comprenderán .... 

GABRIELA 

¡  Por  Dios,  señora !  Somos  nosotros  los  que  tal  vez 
molestamos .... 

ESCENA  VI 
Dichos,  Clara  y  Corina 


corina 

(Entrando  con  Clara)  Aquí  está  nuestra  enf er- 
mita        (A  Gabriela)  ¿No  te  parece  que  es  hora 

de  retirarnos  ? 

GABRIELA 

Sí,  vamos. . . .  (Gabriela  y  Corina  van  á  ponerse 
los  sombreros  frente  al  espejo  de  la  consola)  Sin  em- 
bargo, si  en  algo  podemos  ser  útiles  á  usted,  Ade- 
lina  

ADELINA 

Gracias,  gracias  


340  VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


FUENTES 

(A  Fabricio)  ¿Y  nosotros,  qué  hacemos? 

FABRICIO 

Vamos,  vamos         (Se  despiden  y  salen  Fuentes 

y  Fabricio.  Entre  tanto  Corina  y  Gabriela  saludan  á 
Adelina  que  queda  en  el  sofá  y  se  dirigen  hacia  la 
puerta  con  Clara). 

CORINA 

Hasta  muy  pronto,  señora  y  que  no  se  aflija 
usted .... 

GABRIELA 

( A  Clara )  Adiós,  adiós.  No  te  molestes ....  Dile 
á  tu  papá  que  reprenda  á  Yorick. . . .  Esos  desma- 
yos están  bien  para  las  señoritas.  (Salen  Gabriela  y 
Corina). 

ESCENA  VII 
Adelina  y  Clara 

(Apenas  han  salido  todos,  Clara  corre  ansiosa- 
mente hacia  Adelina  y  empieza  á  interrogarla). 

CLARA 

Pero,  en  fin,  ¿qué  ha  sucedido?  ¿Qué  le  ha  pa- 
sado á  Yorick?  ¿Cómo  ha  sido?  ¿Algún  disgusto 
con  papá?  Contéstame,  vamos,  pronto  


YORICK 


341 


ADELINA 

No  sé  nada,  no  sé  nada ....  Entró  de  pronto .... 
yo  estaba  de  espaldas ....  lanzó  un  grito ....  y  no 
sé  estaba ....  allí  tendido  

CLARA 

Pero,  ¿por  qué?  ¿por  qué?  ¿Tiene  que  haber  una 
causa?  Eso  no  pasa  así. . . . 

ADELINA 

El  médico  dice  que  es  nervioso .... 

CLARA 

Nervioso ....  nervioso ....  Nunca  ha  sido  nervioso 
Yorick ....  Y  después,  eso  es  tonto ....  Se  necesita 
algo ....  ¡  qué  sé  yo ! . .  .  .  para ....  (al  entrar  á 
Yorick).  ¡ Ah ! . . .  .  ¡Al  fin ! . . .  .  (Yorick  entra  silen- 
ciosamente, pensativo,  sin  reparar  en  las  dos  mu- 
jeres ) . 

ESCENA  VIII 
Adelina,  Clara  y  Yorick 

clara 

Díme.  ...  (se  interrumpe  al  ver  la  mirada  glacial 
del  joven.  Este  avanza  lentamente  aun  hasta  llegar  á 
la  izquierda.  Se  detiene  un  momento  para  mirar  á 
Adelina  que  está  sentada  en  el  sofá  con  los  ojos  cla- 
vados en  el  suelo).  Pero,  Yorick,  ¿qué  es  ello?. .  . . 


342 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


YORICK 

Nada  ¿  No  ha  vuelto  el  señor  Lazló  ?  ( Adelina 

se  estremece). 

CLARA 

No,  no  ha  vuelto. . . .  (Acercándosele)  Habla. . . . 
¿Cómo  ha  sido?  ¿Por  qué. ...  (La  mirada  sombría 
del  joven,  hace  enmudecer  la  pregunta  en  sus  labios. 
Yorick  desciende  con  calma,  de  manera  de  quedar 
á  la  misma  altura  de  Adelina,  y  recién  entonces  con- 
testa con  sencillez). 

YORICK 

¿No  te  lo  ha  dicho  mi  madre? 

CLARA 

Nada  sé ;  nada  me  ha  dicho ....  Y  yo  quiero  sa- 
ber, tengo  el  derecho  de  saber. . . . 

yorick 

(Mirándola  fijamente).  ¡Ah,  ¿tienes  el  derecho? 

CLARA 

(Turbada).  No  sé....  me  parece....  creía.... 
¿No  te  amo?  ¿no  nos  amamos? 

YORICK 

(Pasando  á  la  derecha  y  sentándose  en  un  sillón) 

He  ahí  á  la  mujer  Yo  quiero. ...  yo  debo  

tengo  el  derecho ....  El  instinto  autoritario .... 


YORICK 


343 


CLARA 

¡Por  piedad,  Adelina!....  Mírale....  ¿Qué  le 
pasa?  

YORICK 

(Poniéndose  en  pie)  ¿Tú  crees  que  estoy  loco, 
Clara? 

CLARA 

¿Entonces  por  qué  razonas  de  esa  manera?  ¿Por 
qué  no  contestas  á  lo  que  te  pregunto  ?  ¿  No  me  amas 
tú  ya? 

YORICK 

¿Para  qué?  ¿Para  que  me  engañes  un  día,  para 
que  me  hagas  traición,  para  que  arrastres  mi  nom- 
bre. .  . .  (Clara  se  arroja  llorando  hacia  Adelina). 

ADELINA 

(Poniéndose  en  pie  súbitamente)  \  Silencio,  Yorick ! 
¡  No  tienes  el  derecho  de  injuriar  á  esta  niña ! . . . . 

YORICK 

¿  Cómo,  tú  ? . . . . 

ADELINA 

Yo,  sí ... .  yo  te  digo  que  tú  debes  respetar  á  esta 
inocente  que  sufre  y  que  te  ama .... 

YORICK 

La  vida  me  ha  enseñado  que  la  mujer  más  buena, 
la  más  santa .... 


344 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ADELINA 

(Con  fuerza)  Castiga  á  la  que  ha  pecado;  pero 
respeta  á  la  inocente....  Mientras  una  mujer  no 
atente  á  las  leyes  de  la  moral  y  de  la  justicia,  merece 
todo  el  respeto  de  un  hombre ....  (Yorick  se  sienta 
en  un  sillón  otra  vez  taciturno). 

CLARA 

(Suavemente)  No  lo  reprendas  así  

ADELINA 

(Dirigiéndose  á  Yorick  en  voz  baja)  ¡Pobre  hijo 
mío !  No  es  tu  fría  razón  la  que  te  ha  dictado  esas 
palabras ;  es  el  dolor,  la  amargura,  la  desesperación, 
quien  desorienta  tus  ideas ....  Tú  eres  bueno ;  tú 
eres  noble,  tú  eres  justo ....  j  Yorick ! . . .  .  te  lo 
ruego,  pídele  excusas  á  Clara,  y.  .  .  .  (bajando  la 
voz )  conmigo ....  la  única  culpable ....  haz  lo  que 
quieras .... 

YORICK 

(Se  pone  en  pie,  gravemente).  Yo  no  puedo  ser 
tu  juez. . .  .  eres  mi  madre.  . .  .  (Pausa  larga.  Luego, 
lentamente  va  hacia  Clara  que,  llorosa,  ha  quedado 
en  el  sofá).  Clara. .  . .  he  estado  loco.  ...  no  sé  lo 
que  he  dicho ....  Perdóneme  usted .... 

CLARA 

(Alzándose  y  tendiendo  sus  manos  á  Yorick)  \  Oh, 
Yorick ! 

(Adelina  se  aleja  silenciosa  y  sale  por  la  derecha). 


YORICK 


345 


ESCENA  IX 
Yorick  y  Clara 

yorick 

Y  ahora  Clara,  déjame  tú  también....  Necesito 
estar  solo. . . . 

CLARA 

Pero .... 

YORICK 

Después  te  diré ....  Necesito  tomar  una  determi- 
nación ....  Véte ....  véte .... 

CLARA 

Antes  quiero .... 

yorick 

Más  tarde,  más  tarde ....  Mira ;  ¿  no  es  hoy  que 

te  aguarda  la  señora  de  Torregrosa  ?         Pues  ve 

allá ....  ¿  Quieres  ? 

CLARA- 

Te  obedeceré,  Yorick. . . .  (Va  á  alejarse  y  se 
vuelve )  Di :  ¿me  amas,  siempre,  como  antes ? . . . . 

YORICK 

Te  amo,  sí,  con  toda  mi  alma.  . . . 

CLARA 

(Se  dirige  hacia  la  derecha.  Antes  de  salir,  se 
vuelve  y  dirige  un  saludo  con  la  mano  á  Yorick). 


346 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ESCENA  X 
Yorick,  luego  Lazló 

(Al  quedar  solo,  Yorick,  permanece  pensativo. 
Luego,  sin  un  gesto,  se  dirige  hacia  el  sofá  y  se 
sienta.  Allí  se  está  durante  largo  rato  profunda- 
mente abstraido.  De  pronto,  alza  la  cabeza  y  mira 
en  derredor.  De  su  'pecho  se  escapa  un  profundo 
suspiro.  Después  vuelve  á  quedar  inmóvil  y  pen- 
sativo. Por  la  puerta  del  foro  entra  Lazló.  Coloca 
en  una  silla  su  bastón  y  sombrero  y  siempre  sin 
reparar  en  Yorick,  llégase  á  la  mesa  y  deja  unos 
papeles  que  traía  en  la  mano.  Yorick  advierte  en- 
tonces su  presencia  y  en  su  rostro  y  en  sus  manos 
crispadas  sobre  sus  muslos,  se  advierte  la  impre- 
sión que  la  vista  de  Lazló  le  produce.  Tjazló  sigue 
observando  los  papeles  sin  reparar  en  el  joven). 

yorick 

(Poniéndose  en  pie  y  avanzando  hacia  Lazló,  con 
voz  tranquila )  Señor  Lazló  ? . . . . 

LAZLÓ 

(Volviéndose  de  pronto)  ¿Eh?. . . .  ¡  Ah!  ¿estabas 
ahí?.... 

YORICK 

¿Me  permite  usted  un  momento? 


YORICK 


347 


LAZLÓ 

¿Por  qué  no?  ¿Tienes  que  hablarme? 

YORICK 

Sí. . . . 

LAZLÓ 

Ya  te  escucho 

YORICK 

(Resueltamente)  Señor  Lazló:  hoy  me  ha  dicho 
usted  que  no  puedo  aspirar  á  la  mano  de  la  hija  de 
un  hombre  honrado.  Sí,  estoy  convencido ....  Debe 
ser  muy  duro  para  un  padre  entregar  su  hija .... 

LAZLÓ 

Permíteme,  hijo  mío,  una  palabra  tan  sólo.  ¿Para 
qué  remover  estas  dolorosas .... 

YORICK 

Porque  es  necesario  que  usted  me  conteste  leal- 
mente  á  una  pregunta  que  yo  deseo  hacerle. 

LAZLÓ 

Como  tú  quieras.  Habla. 

YORICK 

Decíamos,  pues,  que  un  hombre  honrado  no  puede 
entregar  la  mano  de  su  hija  á  un  joven  cuyo  ape- 
llido lleva  una  mácula.  Perfectamente.  Ahora,  señor 


348 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


Lazló,  yo  desearía  saber  si  sucedería  lo  mismo  en  el 
caso  de  que  el  padre  de  la  señorita  no  fuera  un  hom- 
bre honrado. 

LAZLÓ 

(Asombrado,  sin  entender  aún  acabadamente) 
¿  Cómo  ?  ¿  cómo  es  eso  ? 

YORICK  . 

(Con  tranquilidad)  Le  pregunto  á  usted  si  un  jo- 
ven, cuyo  apellido  tiene  una  mancha,  puede  aspirar 
á  la  mano  de  una  niña,,  cuyo  padre  no  es  un  hombre 
honrado ....  ( Gesto  de  Lazló )  En  una  palabra,  si 
pueden  unirse  los  hijos  de  dos  pillos .... 

LAZLÓ 

(Disimulando  su  agitación)  Pero,  no  compren- 
do....  No  sé  á  que  viene  esto. . . . 

YORICK 

Va  usted  á  comprender. ...  Es  muy  fácil.  Un  buen 

hombre  adoraba  á  su  esposa  y  vivía  feliz  con  ella  

Su  única  alegría  en  la  existencia  era  volver  por  la 
tarde  á  su  casa,  después  de  haber  trabajado  todo  el 
día,  para  encontrar  un  poco  de  afecto  y  de  cariño 
en  los  brazos  de  su  esposa ....  ¡  Ah !  olvidaba  decir 
á  usted,  y  es  muy  importante,  que  ese  excelente  señor 
tenía  un  amigo  íntimo ....  en  el  que  depositaba  toda 
su  confianza.  Un  día,  ese  amigo,  cometió  la  vileza 
de  seducir  á  la  mujer. . . . 


YORICK 


349 


LAZLÓ 

(Cada  vez  más  nervioso)  Pero,  me  parece. . .  . 

YORICK 

¿  Que  es  una  canallada,  no  es  cierto  ?  Pienso  como 
usted .... 

LAZLÓ 

(Muy  molestado)  En  resumen. . . . 

YORICK 

( Con  fuerza,  sin  disimular )  En  resumen ....  Yo 
quisiera  saber  si  ese  hombre,  después  de  haber  co- 
metido tal  villanía,  tendría  derecho  de  llamarse  á  sí 
mismo  hombre  honrado  para  negar  la  mano  de  su 
hija  al  propio  hijo  del  hombre  que  había  deshon- 
rado  

LAZLÓ 

(¡Poniéndose  en  pie,  agitadísimo)  ¡Eso  es  falso! 
I  Es  falso ! 

YORICK 

(Parándose  también,  duramente)  ¿Qué  cosa  es 
falsa?  

LAZLÓ 

(Violentamente )  Es  una  infamia ....  Es  una  ba- 
jeza . . . .  ¿  Quién  puede  afirmar  ? . . . . 

YORICK 

( Firmemente )  Yo. 


350 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


LAZLÓ 

¿Tú?  Pero  tú  estás  loco         Tú  no  sabes  lo  que 

dices  

YORICK 

¿  Le  parece  '? .... 

LAZLÓ 

(Sin  oírle,  tratando  de  aturdirle)  Y  yo  no  puedo 
consentir ....  No,  de  ninguna  manera ....  Yo  no 
puedo  consentir  que  repitas. . . . 

YORICK 

(Mirándole  á  los  ojos )  ¡  Ah !  ¿no  consiente  usted ? 

LAZLÓ 

(Con  fuerza)  No  lo  consentiré,  no. .  . .  Antes  que 
así  me  vejes,  antes  qué  así  me  infames,  no  sólo  á  mí. 
sino  á  tu  misma  madre  

YORICK 

¿  Qué  ?  ¿  Qué  hará  usted  ? 

LAZLÓ 

Te  arrojaré  por  esa  puerta,  como  se  arroja  á  un 
desagradecido,  como  se  arroja  á  un  insolente  

YORICK 

¿Usted  haría  eso?  ¿Usted  pondría  las  manos  en- 
cima del  hijo  de  la  mujer  que  ha  seducido? 


YORICK 


351 


LAZLÓ 

(Gritando)  ¡Calla,  calla,  desgraciado! 

YORICK 

¿Usted  pondría  las  manos  encima  del  hijo  del 
amigo  que  ha  traicionado  ? . . . . 

LAZLÓ 

Pero,  ¿te  quieres  callar? 

YORICK 

. . . .  ¿  que  ha  deshonrado  ? . . . . 

LAZLÓ 

¡Fuera  de  aquí!  ¡fuera  de  aquí! 

YORICK 

. . . .  ¡  que  has  asesinado !  ( Cuando  Yorick  pro- 
nuncia la  frase  "que  has  asesinado",  Lazló  lamza  un 
¡ahí  de  terror  y  retrocede,  enloquecido,  ante  el  joven 
que  sigue  avanzando  sobre  el,  demudado  el  rostro  y 
escupiéndole  sus  palabras  con  odio  reconcentrado), 
¡  Ah !  ¡  Confiesas,  miserable,  confiesas ! . . . .  ¿  No  te 
atreves  á  negarlo ? . . . .  ¿Y  para  qué  lo  negarías  si  lo 
sé  todo  ? . . . .  ¿  Acaso  no  sé  que  tu  amigo  Edmundo 
Bergh,  mi  padre,  te  pidió  prestado  el  dinero  que  ne- 
cesitaba para  salvar  de  la  ruina  y  áe  la  vergüenza  ? 
¿Acaso  no  sé  que  tú,  Augusto  Lazló,  su  mejor  amigo, 
un  hombre  de  inmensa  fortuna,  pudiendo  salvarle,  le 


352 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


negaste  la  suma  que  te  pedía  ?  ¿  Acaso  no  sé,  Augusto 
Lazló,  que  tú  con  tu  amante,  para  gozar  de  la  impu- 
nidad, para  estar  más  tranquilos  en  las  citas  in- 
fame®, convinieron,  discutieron  y  trataron,  con  la 
mayor  sangre  fría,  la  muerte  de  mi  padre,  condu- 
ciéndole al  suicidio  ?  

LAZLÓ 

(Derrumbándose  en  el  sofá  y  ocultando  el  rostro 
entre  las  manos ) .  Fué  ella,  fué  ella .... 

YORICK 

¡  Silencio !  Un  caballero  no  denuncia  á  la  mujer 
que  ha  deshonrado,  que  ha  enloquecido....  (Con 
rabia)  Pero,  ¿qué  digo?  ¿Un  caballero?  ¿un  caba- 
llero, tú  ? . . . .  Un  cobarde  asesino,  un  vulgar  ase- 
sino  

LAZLÓ 

Basta!  basta! 

YORICK 

Ah!  di  ahora  que  vas  á  arrojarme  á  la  calle;  di 
que  me  niegas  la  mano  de  tu  hija;  di  que  soy  el  hijo 

de  un  fallido  (Con  ira  creciente)  ¡Y  tú,  tú,  tú, 

Augusto  Lazló,  tú  has  tenido  el  valor  de  arrojarme 
ese  lodo  al  rostro, ....  tú,  el  ladrón  de  la  honra  de 
mi  madre ;  tú  el  asesino  de  mi  padre ! . . . .  (Yorich 
tiene,  en  este  instante,  el  impulso  de  abalanzarse  so- 
bre Lazló;  pero  éste  le  contiene  con  un  gesto  al  po- 
nerse en  pie  resueltamente). 


YORICK 


353 


LAZLÓ 

( Con  energía,  brevemente  y  en  frases  secas )  Está 
bien.  Tienes  razón.  Todo  eso  soy  yo.  Todo  eso  he  he- 
cho yo.  Ya  veo  que  lo  sabes  todo.  No  sé  como,  ni  me 
importa.  Lo  sabes;'  debías  saberlo  más  tarde  ó  más 
temprano.  Era  fatal.  Por  lo  demás,  yo  ya  no  podía 
más ....  Eso  me  pesaba  demasiado,  aquí  en  el  cora- 
zón. . .  .  (Viendo  sonreír  sar  cársticamente  á  Yorick) 
No,  no  te  rías....  Tú  no  sabes  que  días  horribles  trans- 
curren cuando  la  conciencia  despierta  (1)  *para  recor- 
darnos nuestro  crimen.  .  .  .  cuando  á  todas  horas,  en 
todo  instante,  hay  alguien  al  lado  que  abre  la  llaga, 
y  la  hurga,  y  la  revuelve  con  ensañamiento  cruel .... 
¿  Qué  sabes  tú  ?  ¿  qué  sabes  lo  que  he  sufrido,  lo  que 
he  llorado  ?  ¿  qué  sabes  tú  ?  ¿  Qué  puedes  saber  de  mis 
insomnios,  de  mis  inacabables  noches  de  insomnio, 
perseguido  *  por  el  recuerdo  maldito  que  se  levanta 
aquí,  aquí,  como  una  abominación?  ¡  Ah,  no!  ¡Basta! 
¡No  puedo  más!  ¿Qué  quieres  de  mí?  Habla.  ¿Qué 
quieres?  ¿Mi  vida?  Tómala:  es  justo.  Vida  por 
vida.  Es  justo.  (Se  deja  caer  en  el  sofá). 

YORICK 

(Brevemente)  Tú  lo  has  dicho.  (Larga  pausa.  Yo- 
rick permanece  en  pie  sombrío,  hazlo,  volviendo  de 
su  postración  tiene  un  gesto  vago  de  inmenso  descon- 
suelo. Los  dos  hombres  se  miran  en  silencio). 

(l)  En  la  representación  queda  suprimido  el  trozo  señalado 
entre  uno  y  otro  asterisco.—  El  autor. 

23.— T.  I. 


354  VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


YORICK 

(Extendiendo  el  trazo  para  indicar  el  escritorio  de 
Lazló)  Por  tu  propia  mano,  como  mi  padre.  ... 

LAZLÓ 

(Con  un  sobresalto)  ¿Cómo?  ¿tú  quieres?.... 

YORICK 

(Implacable)  Como  mi  padre. . .  . 

LAZLÓ 

(Vacilando)  Es  justo,  es  justo....  Pero.... 
bien ....  No  pretenderás  que .... 

YORICK 

( Con  crueldad)  ¿  Tienes  miedo  ? 

LAZLÓ 

(Ir guiándose)  ¿Miedo?  (Sonriendo  tristemente) 
¿  Crees  que  temo  á  la  muerte  ?  ¿  No  te  he  dicho*  que 
cien  veces  he  querido  dejar  esta  vida  miserable,  este 
infierno  de  remordimientos  y  de  martirios  en  que 
me  agito . . . .  ? 

YORICK 

(Interrumpiéndole)  Entonces  vé.  . .  . 

LAZLÓ 

Pero,,  á  todo  condenado,  hasta  al  más  miserable, 
se  le  otorga  un  plazo .... 


YORICK 


355 


YORICK 

(Con  ira)  ¿Se  lo  diste  tú  á  mi  padre?  (Breve- 
mente) Oye,  Lazló:  si  antes  de  una  hora  no  te  has 
hecho  justicia  por  tu  mano,  todo,  todo  lo  revelaré  á 
tu  hija .... 

LAZLÓ 

(Con  espanto)  ¡No!  ¡Ella  no!  ¡Que  lo  ignore 
siempre ! 

YORICK 

Y  te  mataré  yo  mismo,  como  á  un  perro ;  y  luego 
denunciaré  tu  infamia  al  mundo,  arrastraré  tu  nom- 
bre .... 

LAZLÓ 

( Enérgicamente )  ¡  Basta ! 

YORICK 

(Extendiendo  el  brazo)  Vé. . . .  (Lazló  sale  por  la 
primera  puerta  de  la  izquierda.  Yorick  cada  vez  más 
sombrío,  se  arroja  en  un  sillón.  Allí  permanece  abs- 
traído, silencioso,  hasta  que  entra  Clara  cautelosa- 
mente por  la  derecha). 

ESCENA  XI 
Yorick  y  Clara 

clara 

(Llegando  despacio  por  detrás  de  Yorick)  ¿To- 
davía ? 


356 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


YORICK 

(Trguiéndose  espantado)  ¡  Tú !  ¡  tú !  ¡  aquí ! 

CLARA 

¡Yo  sí!  ¿que  te  asombra? 

YORICK 

(Nerviosamente)  ¿No  habías  ido  á  casa  de  la  se- 
ñora de  Torregrosia  ?  ¿  Qué  haces  aquí  ? 

CLARA 

¿  Qué  tienes  ?  ¿  qué  hay  de  extraordinario  ?  Fui,  es 
cierto;  pero  estaban  allá  Gabriela  y  Corina,  y  me 
volví.  ¿Te  pesa  que  haya  vuelto? 

YORICK 

( Cada  vez  más  agitado )  No,  no,  al  contrario .... 
Pero  ahora  véte ....  véte .... 

CLARA 

(Tristemente)  ¿Me  echas?  ¿Por  qué? 

YORICK 

No,  no,  no  te  echo ....  pero,  en  fin ... .  es  pre- 
ciso. ...  es  necesario. . . .  que  te  vayas. . .  .  pronto .... 
Ven  por  aquí. . . . 

CLARA 

¿Qué  te  pasa?  ¿por  qué  esa  turbación? 


YORICK 


357 


YORICK 

(Excitadísimo)  Después  te  diré....  Ahora,  vé- 
monos ....  Vamonos  los  dos .... 

CLARA 

¿Por  qué  no  podemos  hablar  aquí?  ¡Yoriek! 
¡  Tengo  miedo !  ( Br  uscamente )  ¿  Dónde  está  papá  ? 
Quiero  verlo. . . . 

YORICK 

(Aterrado)  ¿Verlo?  ¿para  qué? 

CLARA 

Para  obtener  su  consentimiento.  No  nos  negará 
eso.  Mira,  vamos  los  dos.  Hay  que  concluir.  .  .  . 

YORICK 

( Con  un  principio  de  extravio)  ¿Los  dos?  ¿Verlo? 
¿  Dónde  ? . . . .  ¡  Ah  no,  no ! . .  . . 

CLARA 

¿Cómo?  ¿te  niegas?  (Dolor  o  sámente)  ¡Yoriek! 
¡Me  estás  matando! 

YORICK 

(Exaltadísimo,  incoherente )  ¡ Yo !  ¡Te  estoy  ma- 
tando ! .  .  .  .  ¡  Ah,  sí !  Dices  bien ....  ¡Te  estoy  ma- 
tando!         ¡Clara!   ¡Mi   Clara!   ¡Pobrecilla! 

¿  qué  culpa  tiene  ella  ?  Pero ....  ¡  es  horrible  !  ¡  es 


358 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


horrible!....   ¡Ah,  no,  no  puedo  hacer  eso!.... 
¡  Clara !  oye ....  tu  padre  está  allí ....  llámale .... 
¿  comprendes  ? .  .  .  .  Llámale ;  díle  que  le  llamo  yo ...  . 
que  olvido  todo ....  Anda,  ve  pronto,  corre ....  que 
yo  le  llamo ....   ¡  pronto ! .  .  .  .   ¿no  has  oído 
(Clara  asustada  sin  comprender  se  dirige  al  escri- 
torio de  Lazló,  mas  no  ha  dado  dos  pasos  cuamdó 
suena  dentro  una  detonación) . 

CLARA 

(Espantada,  volviéndose  hacia  el  joven  que  se  ha 
erguido  horrorizado,  con  una  angustiada^  interroga^ 
ción )  ¿  Yorick  ? . . . . 

(Ante  la  mirada  terrible  de  Clara,  Yorick  se  des- 
ploma sobre  el  sillón,  junto  á  la  mesa,  cogiéndose 
desesperadamente  la.  cabeza,  y  entonces  estalla  en 
sollozos,  mientras  Clara,  enloquecida,  con  un  alarido 
de  pavura  se  abalanza  al  escritorio  de  Lazló). 


FIN  DE  LA  TRAGEDIA 


ALGUNOS  JUICIOS 


OPINIONES  DE  LA  PRENSA 

sobre  «COBARDE» 


Cobarde. — Una  apuesta  fué  el  origen  de  la  obra 
que  acaba  de  estrenarse  con  éxito  en  el  Pabellón  Po- 
destá  Scotti,  bajo  el  atrayente  título  de  ¡Cobarde! 
Su  autor  es  un  joven  conocido  y  muy  apreciable, 
Víctor  Pérez  Petit,  que  tiene  una  buena  colección  de 
cuentos  realistas  y  una  infinidad  de  estudios  críticos 
sobre  obras  y  autores  nacionales  y  extranjero®.  La 
apuesta  debe  conocerse,  porque  explica  la  rapidez 
con  que  fué  escrito  ¡Cobarde!  Varios,  amigos  repro- 
chaban á  su  autor  que  se  mostrase  tan  severo  en  sus 
juicios  contra  los  dramas  criollos,  y  uno  de  ellos,  en 
el  calor  de  la  discusión,  formuló,  quizá  sin  pensarlo, 
esta  pregunta: 

—  ¿  Eres  capaz  tú  de  escribir  un  drama  criollo  ? 

—  ¿  Te  apuestas  algo  ?  —  dijo  por  toda  contestación 
Pérez  Petit. 

—  Un  almuerzo  para  todos,  —  respondió  el  amigo, 
y  quedó  aceptado  el  desafío. 

Be  convino  que  el  futuro  dramaturgo  podría  dis- 
poner de  una  semana  para  realizar  su  empresa ;  pero 
aquél  no  necesitó  tantos  días,  porque  al  tercero  anun- 
ciaba, con  toda  tranquilidad,  como  si  se  tratase  de 
la  mayor  sencillez,  que  su  drama  estaba  terminado 
y  se  leería  cuando  sus  compañeros  lo  quisiesen.  El 
asombro  fué  general.  Se  sabía  que  Pérez  Petit  era 
una  especie  de  locomotora  marchando  á  todo  vapor 


362 


OPINIONES  DE  LA  PRENSA 


cuando  escribía,  pero  no  se  creyó  nunca  que  hiciese 
semejante  esfuerzo.  Al  leerse  la  obra,  hubo  quien 
dudó  de  su  frescura,  considerándola  como  fruto  de 
un  trabajo  detenido  y  llevado  á  cabo  antes  de  la 
apuesta.  Esto  no  era  cierto:  los  hechos  lo  demostra- 
ron de  manera  evidente.  Se  aplaudió  con  verdadero 
entusiasmo  el  drama,  y  el  teatro  criollo  tuvo  desde 
aquel  instante  un  adepto  más,  y  éste.  ...  un  al- 
muerzo menos,  puesto  que  todavía  no  ha  cobrado 
el  de  la  famosa  apuesta. 

Algo  se  ha  dicho  ya  de  ¡Cobarde!,  no  mucho,  pero 
sí  bueno.  Para  losi  entendidos  en  arte,  su  represen- 
tación ha  sido  un  triunfo.  Yo  voy  más  allá:  la  con- 
sidero un  verdadero  éxito,  aun  cuando  el  público 
no  entre  por  algunas  escenas,  que  todavía  no  ha 
comprendido  en  toda  su  belleza.  Esto  no  es  de  extra- 
ñar, sin  embargo,  porque  hay  que  tener  muy  en 
cuenta  que  se  trata  de  una  obra  realista,  de  un  es- 
tudio psicológico,  que  no  está  al  alcance  de  todas 
las  inteligencias  y  mucho  menos  de  la  masa  de  gente 
que  concurre  al  pabellón,  sedienta  de  efectos  falsos  y 
de  cuadros  sangrientos  y  ridículos  como  los  de  Juan 
Mor  eirá,  los  de  Juan  Cuello,  ó  los  de  cualquiera  otra 
producción  donde  la  pólvora  y  el  acero  suplen  á 
cada  momento  la  falta  absoluta  de  talento  del  autor. 

He  observado  durante  las  dos  representaciones  de 
la  obra  de  Pérez  Petit,  un  hecho  que  confirma  lo 
que  antes  digo ;  los  pasajes  que  más  impresión  pro- 
ducen en  el  público,  son  precisamente  aquellos  que 
encuentro  yo  más  inferiores.  Cuando  el  viejo  Anas- 
tasio Gordillo  mata  de  una  puñalada  á  Gil  Grajales, 
por  haber  éste  ofendido  á  su  hijo,  resuena  un  aplauso 
nutrido,  extemporáneo,  que  da  una  triste  idea  del 
gusto  de  los  espectadores,  y  en  cambio  pasa  en  silen- 
cio, sin  alterar  un  solo  músculo  de  la  muchedumbre, 
la  escena  anterior,  una  de  las  más  resaltantes  del 
drama  todo,  en  que  Pedro,  el  hijo  de  Grordillo,  lucha 


SOBRE  "COBARDE" 


363 


desesperadamente  entre  su  honor  ultrajado  y  la  mu- 
jer que  idolatra,  aquella  pobre  muchacha  que  le  su- 
plica de  rodillas,  ahogándose  en  sollozos,  gracia  para 
su  padre,  para  el  mismo  que  acaba  de  señalarle  el 
rostro  con  el  puño  de  su  látigo.  No  existe  una  obra 
del  género  criollo  que  tenga  una  escena  tan  real,  tan 
perfectamente  hecha  como  esa.  Ahí  solamente  hay 
un  drama  humano. 

Cuando  Pedro,  vencido  por  el  amor,  deja  caer  el 
puñal,  se  siente  pasar  á  flor  de  piel,  el  lijero  estre- 
mecimiento de  la  verdad,  de  que  habla  un  crítico 
francés.  Lo  mismo  sucede  en  el  acto  segundo,  en 
aquel  encuentro  rápido  del  padre  y  del  hijo,  donde 
el  primero  rechaza  con  un  gesto  á  quien  no  considera 
digno  de  él,  y  donde  el  último,  confuso  y  abatido, 
siente  asomársele  al  rostro  toda  su  vergüenza  y  quiere 
justificarla  con  el  juramento  hecho  á  su  amada  de 
no  tocar  jamás  al  hombre  que  le  dió  la  vida.  Esto  es 
sencillamente  hermoso,  sencillamente  real.  Sin  em- 
bargo, no  lo  comprende  así  el  público,  que  guarda 
con  avaricia  sus  aplausos  para  el  viejo  que  en  su 
obsesión  del  honor  llega  á  cometer  un  crimen  y  á 
cambiar  su  existencia  tranquila  por  la  agitada  del 
matrero. 

Es  todo  un  análisis  el  que  Pérez  Petit  ha  hecho 
de  ese  temperamento  curioso;  un  análisis  completo, 
encuadrado  en  las  amplias  reglas  de  la  escuela  rea- 
lista. Se  vé  al  observador  en  todos  los  detalles,  hasta 
en  aquellos  más  insignificantes,  que  contribuyen  á 
la  mejor  comprensión  de  los  hechos  que  se  desarro- 
llan lógicamente.  Por  esto  me  agrada  ¡Cobarde!  y 
por  esto  también  creo  que  su  aparición  en  escena 
constituye  un  verdadero  éxito.  No  importa  que  no 
se  hayan  desencadenado  tempestades  de  aplausos,  ni 
que  algunos  borroneadores  de  cuartillas  hayan  dicho 
algunas  tonterías;  el  triunfo  estriba  en  que  se  escu- 
che la  obra  con  atención,  porque  el  talento  se  impone 


364 


OPINIONES  DE  LA  PRENSA 


pronto  y  la  justicia  se  haoe.  Poco  á  poco,  el  mismo 
público,  seducido  por  la  verdad,  se  irá  acostum- 
brando á  las  escenas  sencillas,  de  un  naturalismo  en- 
cantador, que  abundan  en  ¡Cobarde!  y  que  son  las 
únicas  que  agradarán  forzosamente,  por  la  vida  que 
palpita  en  ellas.  Se  necesita  únicamente  que  el  es- 
fuerzo de  Pérez  Petit  tenga  imitadores  y  pronto  ve- 
remos desaparecer  toda  esa  comparsa  de  dramas  hue- 
cos, que  están  condenados  por  sí  solos  á  morir  de 
fastidio. 

Alguien  lia  creído  ver  falsedad  en  el  lenguaje  que 
emplea  Pérez  Petit  en  su  obra.  Quien  tal  supone 
está  en  lamentable  equivocación.  Literariamente,  la 
factura  está  muy  por  encima  de  la  mayoría  de  los 
dramas  criollos,  y  en  cuanto  á  exactitud,  no  hay 
ninguno  que  se  ciña  más  á  la  verdad.  Todo  cuanto 
dicen  los  personajes,  es  propio  de  nuestros  paisanos, 
y  esa  misma  palabra  recomba  (ya  que  la  verdadera, 
muy  española,  sería  imposible  hacerla  decir  en  la 
escena),  que  pone  el  autor  en  labios  de  Gil  Grajales. 
es  un  detalle  que  prueba  el  empeño  que  aquél  ha 
tenido  en  saturar  su  drama  de  realismo  legítimo.  Lo 
que  hay  es  que  se  ha  acostumbrado  al  público  á  una 
jerga  que  no  es  criollo  ni  cosa  que  se  le  parezca,  y 
de  ahí  que  cuando  un  escritor  presenta  tipos  del 
campo,  de  carne  y  hueso,  que  hablan  como  allá  se 
habla  y  no  como  se  les  antoja  á  ciertos  autores,  se 
produzca  un  asombro  general  y  caigan  críticas  que 
no  tienen  consistencia  alguna. 

Lo  que  sí  reprocho  yo  á  Pérez  Petit,  es  el  no  haber 
escapado  á  la  manía  de  hacer  figurar  un  italiano  en 
su  drama.  ¿Hasta  cuando  vivirá  ese  personaje  gro- 
tesco, que  tiene,  á  lo  que  parece,  más  importancia 
que  los  mismos  protagonistas  de  las  obras?  Com- 
prendo que  se  eche  mano  de  ese  recurso,  por  demás 
gastado,  cuando  una  obra  no  se  sostiene  por  falta  de 
solidez,  pero  no  concibo  que  en  producciones  de  ver- 


SOBRE  "COBARDE" 


365 


dadero  valar,  se  malgaste  tiempo  y  se  descompongan 
algunas  situaciones,  para  dar  cabida  á  una  figura 
que  sólo  causa  gracia  al  público  grueso.  ¡Cobarde! 
no  perdería  nada  sin  el  novio  de  Natividad.  Tam- 
bién podría  censurarse  el  abuso  de  los  cuadros,  pues 
la  unidad  de  la  obra  es  perfecta  y  no  es  indispen- 
sable que  á  cada  instante  se  cambien  decoraciones; 
pero  creo  que  esto  no  es  culpa  del  autor,  sino  de  los 
mismos  artistas,  que  miran  más  al  público  que  á  los 
dramas  que  representan.  (1) 

Estas  minucias  no  son,  empero,  defectos  de  mayor 
cuantía.  El  drama  vale  mucho  y  el  público  lo  ha 
aceptado.  El  mejor  aplauso  que  puede  tributarse  á 
su  autor  es  alentarle  á  seguir  adelante,  siempre  ade- 
lante, que  el  camino  que  ha  escogido  es  el  que  pro- 
porciona los  verdaderos  triunfos. 
Montevideo,  1894. 

Teógenes  Aldegundis. 


Verificóse  anoche,  con  buen  éxito,  en  el  Pabellón 
de  la  calle  Queguay,  el  estreno  del  drama  criollo  en 
dos  actos,  titulado  Cobarde!,  original  del  señor  Víc- 
tor Pérez  Petit.  El  autor  fué  repetidamente  llamado 
á  la  escena,  al  final  de  cada  acto.  El  nuevo  drama 
permanecerá  muchos  días  en  el  cartel. 
Montevideo,  1894. 

(La  Razón). 


(l)  Cobarde,  en  efecto,  se  representó  divididos  sus  actos  en 
varios  cuadros,  por  la  razón  que  apunta  el  crítico;  pero  actual- 
mente se  representa  tal  como  fué  escrito  y  aparece  en  el  texto. 
Y  decimos  que  actualmente  aún  se  representa  no  sin  legítima  sa- 
tisfacción al  recordar  que  esta  obra  fué  escrita  hace  diez  y  siete 
años. 


366 


OPINIONES  DE  LA  PRENSA 


Ante  una  concurrencia  numerosa  y  distinguida 
estrenóse  el  sábado  el  drama  criollo  ¡Cobarde!  de 
Víctor  Pérez  Petit. 

A  la  conclusión  del  primer  acto,  el  público,  entu- 
siasmado, reclamaba  la  presencia  del  autor  en  la 
escena,  y  éste,  con  una  modestia  digna  del  mayor 
elogio,  hizo  decir  que  no  saldría  hasta  después  de 
concluida  la  representación  del  drama. 

El  segundo  acto  continuó  en  medio  de  prolongados 
aplausos,  y  al  final  volvió  el  público  á  pedir  con  in- 
sistencia la  presencia  del  autor.  Apareció  éste,  y  los 
aplausos  continuaron,  teniendo  que  salir  á  la  escena 
dos  ó  tres  veces  más. 

Pocas  veces  hemosi  visto  al  público  tan  entusias- 
mado como  en  el  estreno  de  ¡Cobarde!  y  estamos  se- 
guros que  por  las  novedades  que  introduce  en  el 
género  de  dramas  criollos,  ha  gustado  más,  pero  mu- 
cho más,  que  todos  esos  dramones  tan  aplaudidos 
hasta  ahora  y  que  se  han  representado  cientos  de 
veces.  Por  eso  el  drama  criollo  ¡Cobarde!  aparecerá 
en  los  carteles  durante  una  buena  temporada. 

Felicitamos  al  señor  Pérez  Petit  por  el  brillante 
éxito  obtenido  y  le  deseamos  la  conquista  de  muchos 
laureles  en  el  nuevo  género  literario  que  ha  aco- 
metido, para  el  que  demuestra  tan  buenas  disposi- 
ciones. ' 

Montevideo,  1894. 

(La  España). 


La  segunda  parte  del  programa  de  anoche  anun- 
ciaba el  estreno  de  la  nueva  obra  de  Pérez  Petit  que 
lleva  por  título  ¡Cobarde!  Empezó  su  representación 
y  al  final  de  cada  cuadro  la  concurrencia  aplaudía 
frenéticamente.  Estaba  convencida  del  mérito  de  esta 
linda  obra  y  los  aplausos  eran  merecidos.  Todos  los 


SOBRE  "  COBARDE' 


367 


artistas  estuvieron  notables  en  los  roles  que  desempe- 
ñaron, pero  merecen  nuestra  felicitación  los  que  ha- 
cían de  padre  de  Natividad,  de  Anastasio  Gordillo, 
del  pueblero,  de  Pedro  Grordillo  y  de  Nativiad. 

Montevideo,  1894./ 

(El  Nacional). 


El  sábado  se  estrenó  en  el  Pabellón  de  la  calle 
Mercedes,  el  drama  criollo  original  de  Pérez  Petit, 
¡Cobarde! 

Había  ansiedad  por  conocer  esta  producción  y 
los  aficionados  concurrieron  en  gran  número  al  Pa- 
bellón Podestá-Scotti. 

¡Cobarde!  obtuvo  éxito.  El  primer  acto  fué  muy 
aplaudido  y  agradó  completamente,  y  el  segundo 
coronó  el  triunfo  del  joven  autor,  que  fué  llamado 
á  la  escena  repetidas  veces,  recibiendo  una  espontá- 
nea ovación. 

Como  dijimos  al  anunciar  este  drama,  ¡Cobarde! 
se  aparta  por  completo  de  los  demási  que  se  vienen 
representando.  No  tiene  efectos  ni  cuadros  de  relum- 
brón. Es  una  obra  de  estudio,  un  verdadero  drama 
humano,  donde  entran  en  juego  las  pasiones  y  donde 
se  analizan  los  caracteres. 

Para  la  mayoría  del  público,  algunas!  escenas,  las 
mejores,  han  pasado  inadvertidas,  y  esto  se  debe  á 
la  mala  inclinación  que  aquél  ha  adquirido  hacia 
las  obras  de  efecto  y  de  falseamiento  de  la  lógica  y 
del  sentido  común. 

Uno  de  los  buenos  méritos  de  ¡Cobarde!  es  que 
es  esencialmente  criolla. 

El  lenguaje  es  genuinamente  nacional  y  no  tiene 
los  añadidos  que  afean  muchos  dramas  que  repre- 
sentan los  hermanos  Podestá.  En  esto,  como  en  la 


368 


OPINIONES  DE  LA  PRENSA. 


elección  del  asunto,  Pérez  Petit  ha  sido  serenísimo 
y  no  se  ha  apartado  una  línea  de  la  verdad. 

Con  muchas  obras  como  ¡Cobarde!  se  echarían 
verdaderamente  las  bases  del  teatro  nacional. 

Nos  ocuparemos  con  más  detención  de  este  drama, 
que  bien  lo  merece  por  su  importancia. 
Montevideo,  1894. 

(La  Tribuna  Popular). 


¡Cobarde!  no  puede  ser  juzgado  por  el  público  de 
las  gradas  sino  con  varias  audiciones.  Es  tiempo,  por 
otra  parte,  de  que  se  destierren  de  la  escena  esos  dra- 
mones  de  trama  más  intrincada  que  tela  de  araña 
y  en  los  que  el  compadrazgo  y  la  inverosimilitud  co- 
rren parejas.  El  teatro  nacional  necesita  crearse 
aún;  y  Pérez  Petit  ha  dado  el  primer  paso. 

No  queremos  decir  que  el  drama  criollo  destierre 
las  escenas  fuertes  y  dramáticas,  á  veces  trágicas: 
no.  No  hay  que  confundir  la  comedia  con  el  drama. 
A  la  primera  pertenece  los  Guachitos,  al  segundo 
¡Cobarde!  Tanto  el  drama  criollo,  como  el  de  alta 
escuela,  pueden  retratarnos  las  escenas  más  apaci- 
bles como  las  más  violentas:  lo  único  que  se  exige 
es  talento  en  el  autor. 

Esto  es  lo  que  no  le  falta  al  señor  Pérez  Petit, 
quien  en  numerosos  artículos  de  crítica,  tan  llenos 
de  erudición  como  brillantes  por  su  estilo,  aparte  de 
sus  cuentos  y  novelas  naturalistas,  se  ha  revelado 
uno  de  nuestros  primeros  escritores  nacionales. 

Unimos  nuestro  sincero  aplauso  al  que  hoy  se  tri- 
buta al  joven  literato  por  toda  la  prensa  de  la  capital 
con  motivo  del  brillante  éxito  de  ¡Cobarde! 

Montevideo,  1894. 


(El  Día). 


SOBRE  "COBARDE" 


369 


Después  de  la  "réprise".  —  Ya  sabemos  todos  que 
el  drama  ¡Cobarde!  es  lo  mejor  que  se  conoce  en  su 
género,  hasta  la  fecha.  —  Lo  han  dicho  ya  autorida- 
des literarias,  con  motivo  de  su  aparición  en  la  es- 
cena del  mismo  Pabellón  Podestá-Scotti,  allá  en  el 
año  1894.  —  También  dan  fe  de  ello,  los  aplausos 
del  público  en  todas  sus  representaciones,  desde  su 
estreno  hasta  el  presente. 

Su  sabor  local,  nos  hace  vivir  en  plena  campaña: 
nos  empapa,  por  decirlo  así,  en  el  ambiente  puro  de 
nuestras  cuchillas,  nos  presenta  de  relieve  las  gra- 
ciosas figuras  de  nuestras  criollitas  y  nos  dibuja  con 
toda  exactitud  los  tipos  verdaderos  del  gaucho,  con 
sus  costumbres  sencillas  y  originales,  sus  pasiones, 
su  amor  á  la  familia,  su  pundonor. 

Esto  está  perfectamente  encarnado  en  todos  los 
tipos  y  resalta  á  cada  momento  en  los  cuadros. 

Sobre  todo,  el  autor  ha  logrado  demostrar,  con 
un  tacto  y  exactitud  singular,  el  alto  concepto  que 
tienen  nuestros  paisanos  de  su  honra,  prefiriendo 
la  muerte  antes  que  verla  mancillada. 

(Refiere  aquí  el  articulista  el  argumento  de  la 
obra,  y  á  continuación  agrega:) 

Este  es  el  asunto  del  drama.  —  Puede  haber  algo 
más  lógico  y  natural  ?  —  Y  así,  toda  la  acción  se 
desarrolla  admirablemente,  sin  situaciones  forzadas, 
ni  efectismos.  —  ¡Cobarde!,  pues,  es  un  drama  que 
nos  hace  sentir,  que  nos  encanta  por  la  sencillez,  la 
naturalidad,  lo  verdadero  que  hay  en  él.  —  Todas 
sus  escenas  son  reales  y  sus  tipos  acabados  docu- 
mentos humanos. 

En  cuanto  á  la  interpretación,  repetimos,  ha  sido 
notabilísima,  y  no  podemos  menos  que  aplaudir  á 
artistas  que  con  tanto  talento  interpretan  á  un 
autor. 

Montevideo,  1896. 

(La  Prensa). 

24. -t.  i. 


370 


OPINIONES  DE  LA  PRENSA 


Después  de  la  " réprise" . —  No  son  los  primeros 
aplausos  ni  los  primeros  triunfos  que  ha  oído  el 
autor  de  "Cobarde",  los  que  anoche  estallaban  es- 
pontáneos y  entusiastas  en  la  sala  de  Cibils. 

El  hermoso  drama  criollo  del  doctor  Víctor  Pérez 
Petit,  uno  de  los  mejor  acabados  del  repertorio  de 
dramas  nacionales,  recibió  del  numeroso  público  que 
asistió  al  elegante  teatro  de  la  calle  Ituzaingó  una 
ovación,  —  merecida  en  verdad,  —  y  como  pocas  ve- 
ces se  ha  ofrecido  á  obras  del  género  que  con  tanto 
talento  abordó  el  inteligente  literato  y  que  con  tanta 
corrección  lanzó  á  la  escena  para  enseñar  que  el 
alma  de  nuestros  paisanos  es  pura,  que  está  preñada 
de  nobles  sentimientos  y  rebosa  de  inmaculada  gran- 
deza. 

El  doctor  Pérez  Petit,  con  su  "Cobarde",  se  re- 
veló un  dramaturgo  de  poderoso  talento  y  un  maes- 
tro sin  igual  para  presentar  con  tan  sencillo  argu- 
mento, un  soberbio  cuadro  de  nuestras  costumbres 
campesinas,  cuadro  en  el  que  no  se  nota,  por  más  que 
se  trate  de  .encontrar,,  un  defecto.  Es  una  obra  per- 
fecta; rarísimo  ejemplo  en  el  arte  dramático. 

La  compañía  de  los  hermanos  Podestá  que  actúa 
en  Cibils  y  noche  á  noche  recibe  justicieros  aplau- 
sos, llevando  á  este  teatro  un  público  inteligente  en 
el  que  se  notan  distinguidas  familias  de  la  sociedad 
montevideana,  ha  puesto  el  drama  del  doctor  Pérez 
Petit,  irreprochablemente,  siendo  llamado  el  autor 
y  artistas  por  repetidas  veces  á  la  escena. 
Montevideo,  1896. 

(La  Tribuna  Popular). 


OPINIONES  DE  LA  PRENSA 


sobee  *  CLARO  DE  LUNA» 


Claro  de  Luna.  —  Del  doctor  Víctor  Pérez  Petit.  — 
Esta  obra  del  concurso  del  teatro  Nacional  ha  sido 
recibida  con  grandes  aplausos  por  el  público.  Es 
una  comedia  delicadísima,  que  trae  á  la  memoria 
esos  cuadros  admirables  que  presentan  los  hermanos 
Quinteros  y  que  dejan  en  el  espíritu  una  sensación 
de  arte  puro  que  conquista  francamente.  El  doctor 
Pérez  Petit  ha  hecho  con  Claro  de  Lana  su  mejor 
trabajo  teatral,  á  nuestro  juicio,  y  de  las  obras  que 
hasta  ahora  se  han  presentado  al  concurso  organizado 
por  el  teatro  Nacional,  es  la  que  ha  dado  mayor  im- 
presión artística,  dada  su  factura  llena  de  sutilezas, 
su  intensidad  y  la  habilidad  con  que  han  sido  pre- 
sentadas las  escenas. 

Al  asistir  á  la  representación  de  Claro  de  Luna, 
no  hemos  podido  evitar  el  recuerdo  de  La  Pena,  de 
los  hermanos  Quinteros.  Porque  si  bien  es  cierto  que 
las  dos  obras  son  diferentes  y  no  suponen  natural- 
mente igualdad  de  concepciones1,  tienen  un  final  que 
trae  á  la  imaginación  las  niñas  que  tanto  en  La  ¡Pena 
como  en  Claro  de  Luna  consiguen,  la  una  con  la 
muerte,  la  otra  con  su  inteligencia,  atraer  la  paz 
de  un  hogar  próximo  á  quebrarse  en  tristezas  y 
llanto. 

Claro  de  Luna  se  desarrolla  en  una  quinta  en 
donde  viven  Andrés,  su  amante  Juana  y  Lili,  hija 
ésta  última  de  ambos  y  que  forma  con  sus  candores 


372 


OPINIONES  DE  LA  PRENSA 


de  niña,  el  encanto  de  aquel  hogar,  cimentado  en 
el  cariño. 

Andrés  ha  prometido  á  la  madre  romper  sus  re- 
laciones con  Juana  y  casarse  con  una  niña  que  ama 
ó  cree  amar.  Y  llega  una  tarde  al  oscurecer  á  la 
quinta,  acompañado  de  Enrique,  un  amigo,  á  quien 
ha  confiado  el  sentimiento  doloroso  que  le  embarga 
y  le  quita  la  energía  necesaria  para  romper  aquel 
lazo  que  formara  su  dicha  durante  diez  años :  diez 
largos  años  de  amor  en  compañía  de  esa  mujer  her- 
mosa y  buena,  sencilla  y  trabajadora  que  le  había 
conquistado  con  su  pasión ! 

Y  mientras  va  oscureciendo  sensiblemente,  Andrés 
y  Enrique,  entablan  una  conversación  en  que  se  re- 
cuerdan las  escenas  felices  ide  la  vida  pasada.  Trae 
á  su  memoria,  Andrés,  aquel  momento  en  que  co- 
noció á  Juana,  interpretando  un  trozo  de  Beethoven 
con  una  delicadeza  que  le  trastornó :  en  ese  momento, 
al  sentir  la  poesía  infinita  del  gran  músico,  le  pa- 
reció que  el  alma  de  Beethoven  se  había  fundido  en 
la*  de  aquella  adorable  criatura  de  cabecita  rubia 
que,  inclinada  sobre  el  teclado,  sentía  su  ser  poseído 
de  dulzura  ante  las  notas  suaves  que  se  desprendían 
bajo  sus  manos.  Y  Andrés  recuerda  todos  los  pasajes 
de  su  vida  en  comunidad  con  aquella  adorable  cria- 
tura que  iba  á  abandonar.  Ahora,  es  preciso.  Había 
dado  su  palabra  de  romper  con  ella  y  lo  haría,  llo- 
rando, pero  lo  haría.  Y  mientras  conversan  los  dos 
amigos  —  diálogo  llevado  con  delicadeza  é  intensidad 
—  se  ilumina  una  pieza  que  da  al  jardín  y  cuyas  vi- 
drieras permiten  observar  desde  afuera  lo  que  en  ella 
pasa.  Y  aparece  Juana  y  Lili,  las  cuales  se  entregan  á 
los  trasportes  delicados  del  cariño;  la  madre  con- 
versa con  la  hija  y  sobre  aquellos  dos  seres  parece 
flotar  el  poema  delicado  del  amor  que  llena  ese  ho- 
gar feliz.  Después,  mientras  Andrés  y  Enrique  con- 
tinúan conversando,  tristemente  impresionados  por 


SOBRE  ' '  CLARO  DE  LUNA 7 ' 


373 


el  cuadro,  Lili  toca  en  el  piano  el  vals  Quand 
l'amour  meurt.  Se  siente  la  intensidad  de  la  escena 
porque  el  autor  ha  estudiado  la  forma  de  impre- 
sionar honradamente,  sin  apartarse  de  la  naturali- 
dad y  es  esa  delicadeza  la  que  hace  triunfar  la  obra. 

L,ilí  termina  el  vals  y  entonces  Andrés  se  decide 
á  abordar  la  situación.  Penetra  en  la  habitación, 
besa  á  Juana  y  después  de  estrechar  amorosamente 
entre  sus  brazos  á  Lili  la  manda  al  jardín  para  que 
converse  con  Enrique. 

La  chica  tiene  con  el  amigo  de  su  padre  una  con- 
versación llena  de  encantos  en  que  demuestra  su 
precocidad  é  inteligencia.  Y,  mientras  tanto,  allá,  en 
el  fondo,  se  desarrolla  una  escena  muda,  cuya  inten- 
sidad adivina  el  espectador,  conquistado  por  la  ex- 
quisita sencillez  con  que  está  pintada.  No  escucha 
las  palabras  de  los  amantes,  pero  ve  sus  gestos  y 
lentamente  va  comprendiendo  las  gradaciones  de  ese 
diálogo,  que  arranca  las  lágrimas  de  los  ojos  de 
Juana.  Y  cuando  ya  el  amante,  decidido,  parece  cor- 
tar con  un  gesto  doloroso  las  protestas  de  Juana,  el 
espectador  siente,  sin  poderlo  evitar,  una  emoción 
poderosa  que  le  estremece  y  le  conquista.  Cada  uno 
adivina  la  escena  de  acuerdo  con  su  temperamento, 
pero  todos  sienten,  todos  parecen  vibrar  ante  la  in- 
tensidad conmovedora  del  cuadro. 

Luego  Lili,  al  observar  por  la  vidriera  que  su 
madre  llora  desesperada,  quiere  ir  á  consolarla.  En- 
rique la  detiene.  Pero  ella  tiene  el  remedio  para  cal- 
mar el  llanto  de  su  mamá.  Nunca  ha  fallado.  Y 
corre,  va  derecho  al  piano  y  delicadamente  rompe 
con  las  primeras  notas  de  la  sonata  de  Beethoven: 
Claro  de  Lima.  Los  amantes,  de  espaldas  al  piano, 
se  levantan  estremecidos.  Se  miran  luego  intensa- 
mente y  en  aquellos  segundos  de  angustia,  rememo- 
ran en  los  acordes  admirables  del  músico  alemán, 
todo  el  poema  de  sus  cariños.  Y  se  lanzan  uno  hacia 


374 


OPINIONES  DE  LA  PRENSA 


el  otro  para  fundir  sus  destinos  en  un  abrazo. 
Telón. 

Creemos  sinceramente  que  el  doctor  Pérez  Petit 
ha  hecho  una  obra  que  figurará,  dignamente  en  el 
concurso  á  que  ha  sido  presentada. 

La  interpretación  de  Claro  de  Luna  estuvo  acer- 
tada. Se  distinguió  el  actor  Guillermo  Battaglia. 
Buenos  Aires,  1906. 

(La  Prensa). 


Claro  de  Luna.  —  Este  que  nosotros  llamaríamos 
efecto  poemático  en  un  acto,  habla  muy  en  favor  del 
gusto  artístico  del  doctor  Víctor  Pérez  Petit. 

Con  una  placidez  quimérica,  saturada  acaso  de 
un  vago  romanticismo  que  acaricia  y  seduce,  desdí- 
zanse  las  escenas  de  Claro  de  Luna,  conquistando 
desde  el  primer  momento  la  disposición  sensitiva  de 
los  espectadores. 

Hay  gracia,  hay  estética,  hay  soltura,  en  la  bonita 
y  soñadora  vaguedad  de  este  poema  del  doctor  Pérez 
Petit. 

A  la  caída  del  telón  parécenos  despertar  de  algo 
así  como  un  encantamiento,  durante  el  cual  —  breves 
instantes — el  alma  ardiente  y  florida  de  Beetho- 
ven,  hecha  mujer,  nos  cantara  su  amor  al  claro  de 
luna  de  una  noche  primaveral  y  perfumada. 

(Narra  en  seguida  el  articulista  el  argumento  de  la 
obra  y  termina:) 

La  obra  fué  saludada  con  nutridos  aplausos. 

Battaglia  acertadísimo.  Encantadora  la  niña  María 
Esther  Podestá.  Discreta  la  señora  Cornaro.  Muy 
bien  el  simpático  Escarcela. 
Buenos  Aires,  1900. 

(El  Tiempo). 


SOBRE  "CLARO  DE  LUNA  ' 7 


375 


Nacional.  —  Anoche  se  estrenaron  aquí  las  come- 
dias en  un  acto  tituladas  En  la  pendiente,  de  don 
Lorenzo  Fernández  Duque,  y  Claró  de  Luna,  del 
doctor  Víctor  Pérez  Petit.  Ambas  obras,  cada  una 
en  su  género,  parecen  desvirtuar  la  desconfianza 
que  suscitan  generalmente  las  improvisaciones. 

La  comedia  en  un  acto  del  doctor  Víctor  Pérez 
Petit  desarrolla  un  argumento  pasional. 

Andrés  se  enamoró  de  Juana  oyéndole  interpretar 
en  el  piano  el  Claro  de  luna  de  Beethoven.  Viven 
juntos  desde  hace  diez  años.  Fruto  de  esa  unión  es 
Lili,  encantadoria  chácuela  que  ha  Heredado  de  la 
madre  un  fino  talento  musical.  Andrés,  Juana  y 
Lili  habitan  un  poético  chalet  apartado  de  la  ciudad. 

Tras  breves  escenas,  advertimos  que  Andrés  se 
halla  firmemente  resuelto  á  separarse  de  Juana.  El 
obstáculo  de  esa  ruptura  es  Lili.  Pero  viene  re- 
suelto :  ama  ó  cree  que  ama  á  otra  mujer  con  la  cual 
va  á  casarse. 

Y  mientras  Andrés  resuelve  comunicárselo  todo 
á  Juana,  ve  á  Lili  dirigirse  al  piano.  La  contempla 
desde  el  jardín,  á  través,  de  los  cristales.  Luego  se 
oyen  las  notas  del  valse  Cuando  el  amor  muere.  Por 
fin  Andrés  se  sobrepone  á  su  emoción  y  entra  en  la 
sala.  Hace  que  Lili  vaya  al  jardín  junto  á  Enrique. 

El  espectador  asiste  á  la  escena  de  la  ruptura  sin 
oir  el  diálogo  de  los  dos  amantes.  A  través  de  los 
cristales  se  ven  las  siluetas  de  Juana  y  Andrés,  mien- 
tras Lili  asombra  con  sus  gracias  á  Enrique. 

Cuando  Juana  cae  desfalleciente  en  una  butaca, 
Lili  pregunta  qué  ocurre.  En  su  inocencia,  cree  en- 
fadado á  Andrés,  y  se  dispone  á  quitarle  el  mal  hu- 
mor. Ella  conoce  el  remedio.  Corre  hacia  la  sala  y 
se  sienta  al  piano  cautelosa.  Sus  manecillas  van  á 
resolver  el  destino  de  esos  dos  corazones.  Llegan  al 
público,  suaves  y  como  una  caricia,  las  notas  del 
Claro  de  luna  de  Beethoven.  Los  amantes  se  incor- 
poran, se  miran ;  y  después  de  una  vacilación  fugaz, 
se  abrazan.  Y  cae  el  telón. 


376 


OPINIONES  DE  LA  PRENSA 


Hay  en  esta  obra  del  doctor  Víctor  Pérez  Petit 
una  delicadeza  poemática.  La  emoción  artística  se 
exterioriza  poco  á  poco  hasta  apoderarse  de  los  es- 
pectadores sin  la  menor  brusquedad.  Acaso  resulta 
un  poco  diluidla  la  e&cena  entre  Enrique  y  Lili, 
mientras  Andrés  revela  á  Juana  su  determinación. 
Pero  considerada  en  conjunto,  sólo  corresponden 
aplausos  á  Claro  de  luna. 

Anoche  obtuvo  un  éxito  muy  significativo,  y  su 
autor  fué  llamado  al  proscenio  insistentemente. 
Buenos  Aires,  1906. 

(La  Nación). 


El  concurso  dramático.  —  A  pesar  de  las  generales 
desconfianzas,  el  concurso  dramático  parece  triunfar 
al  punto  de  que  pueda  reputarse  ya  mismo,  apenas 
presentadas  en  escena  unas  seis  ú  ocho  obras,  ase- 
gurado su  éxito.  Las  de  anoche  le  dieron  las  más 
lisonjeras  perspectivas,  ratificando  en  forma,  acaso 
inesperada  por  lo  plenamente  grata,  las  esperan- 
záis concebidas.  Hay  desde  luego,  pues,  con  Claro 
de  luna,  del  doctor  Pérez  Petit,  y  En  la  pendiente, 
del  señor  Fernández  Duque,  un  núcleo  ya  muy  pon- 
derable  de  producciones  mucho  más  que  discretas, 
cuya  noble  factura  las  hace  sin  desmerecimientos 
presentables  en  cualquier  escena. 

Confesamos  que  no  lo  creíamos,  siendo  fácil  per- 
cibir ahora  los  halagüeños  efectos  del  buen  estímulo 
cuando  ésta  opera  en  un  ambiente  regularmente  pre- 
dispuesto como  es  el  de  nuestros  círculos  intelec- 
tuales, acaso  más  amplio,  hondo  y  rico  de  lo  que 
generalmente  se  estima.  La  adhesión  á  esta  buena 
obra  de  intelectual  edificación  es  un  alto  deber  de 
genuino  patriotismo. 

Claro  de  luna,  del  señor  Pérez  Petit,  fué  el  gran 


SOBRE  "  CLARO  DE  LUNA" 


377 


triunfo  de  la  noche,  sin  embargo  de  ser  su  obra  de 
una  factura  casi  simplista.  Y  anticipémonos  á  decir 
que  fué  triunfo  de  la  mejor  ley.  Se  trata  de  una 
pieza  sin  mayor  trabazón,  apenas  articulada,  casi 
monologal  en  su  primera  mitad  larga ;  un  drama  en 
dos  escenas,  nada  más,  porque  habrá  de  convenirse 
que  la  inicial  de  matiz  pintoresco  es  innecesaria  así 
á  la  acción  como  al  argumento.  No  obstante  tocó  y 
tocó  hondamente.  Es  que,  aparte  de  los  prestigios 
emocionales  del  caso,  genuina  y  delicadamente  dra- 
mático ( quizás  un  poco  reminiseenbe  —  lo  que  está 
lejos  de  todo  motivo  de  crítica)  —  supo  el  autor  con 
singular  maestría  provocar  y  sostener  la  expectativa 
y  desenlazar  con  plena  destreza,  en  un  solo  rasgo 
firme  y  hondo,  el  conflicto  de  las  tres  grandes  pa- 
siones de  su  drama.  A  pesar  de  las  deficiencias  de 
pormenor  que  al  hermoso  conjunto  diluye  casi  hasta 
el  olvido,  pensamos  que  Claro  de  luna  es  la  pieza  de 
más  simpática  é  intensa  impresión  de  todas  las  re- 
presentadas. 

La  interpretación  en  general  muy  satisfactoria.  La 
sala,  en  un  lleno  desbordante. 
Buenos  Aires,  1906. 

(El  Diario). 


Claro  de  luna.  —  Por  primera  vez  vi  anoche  Claro 
de  luna,  comedia  en  un  acto  de  Víctor  Pérez  Petit. 
Me  produjo  una  impresión  de  encantadora  poesía, 
la  impresión  que  se  r  eco  je  en  la  lectura  de  un  bello 
poema  sentimental  y  sentido ....  Hondamente  sen- 
tido por  el  que  lo  escribiera.  No  es  una  obra  para, 
todos  los  paladares:  no  provoca  entusiasmos  estre- 
pitosos; no  posee  efectismos  de  esos  que  se  entran 
de  rondón  por  los  ojos  y  sacuden  el  ánimo  de  los 
espectadores ....  Se  desenvuelve  con  una  apacible  y 
dulce  cadencia  que  ritma  con  los  giros  lentos  y  acá- 


378 


OPINIONES  DE  LA  PRENSA 


rieiadores  de  aquel  vals  que  se  escucha  en  cierto 
instante  del  desarrollo  como  una  voz  preñada  de 
recuerdos,  de  evocaciones  y  de  reconvenciones. .  . . 
Quand  Vamour  meurt!,...  Es  de  una  sencilla  y 
conmovedora  teatralidad.  Una  teatralidad  dirigida 
á  los  resortes  del  enternecimiento,  grata  á  la  ternura 
íntima  de  las  almas  capaces  de  sangrar  una  lágrima 
ante  el  candor  y  la  tristeza  de  los  niños  y  la  tortura 
de  los  corazones  que  el  otoño  deshoja.  ...  El  amor 
reflorece  al  final  de  la  comedia,  y  los  destinos  in- 
ciertos una  hora  vuelven  á  continuar  unidos  la  tran- 
quila ventura  de  su  marcha  hacia  el  porvenir;  pero 
el  acontecimiento  es  también  de  los  que  arrancan 
lágrimas  á  los  más  sensibles,  si  bien  esta  vez  son  de 
alegría,  una  ingenua  alegría  toda  hecha  de  inefable 
ternura ....  Literario  el  diálogo,  poético  el  am- 
biente, artísticas  las  situaciones,  delicada  la  factura 
—  la  obra  esparce  un  encanto  suave  como  un  per- 
fume. ...  Es  un  encanto  de  ingenuidad  y  melan- 
colía que  envuelve  el  espíritu  en  una  onda  de  emo- 
ciones indecibles,  sin  agitarlo  más  que  la  sutil  brisa 
de  la  tarde  — esa  que  se  diría  el  suspiro  de  los  cre- 
púsculos—  á  los  árboles  silenciosos....  El  crepús- 
culo pasa,  y  es  un  rayo  de  luna  —  la  melodía  de 
Beethoven  agitando  sus  alas  bajo  unas  diminutas 
manos  infantiles  —  la  varilla  mágica  que  ha  de  ras- 
gar las  sombras  y  disipar  las  nubes  prontas  á  oscu- 
recer la  estrella  de  un  hogar.  Esa  melodía  reanima 
dormidos  sentimientos;  y  el  abrazo  de  la  reconci- 
liación vuelve  á  reintegrar  la  dicha  en  los  corazo- 
nes, mientras  conjura  el  peligro  que  se  cierne  un 
momento  sobre  la  adorable  cabecita  de  aquella  cria- 
tura que  invocando  el  alma  de  Beethoven  realiza, 
sin  saberlo,  el  milagro  de  la  resurrección. .  . . 
Montevideo,  1907. 


(El  Día). 


OPINIONES  DE  LA  PRENSA 


sobre  «YORICK» 


Politeama.  —  El  estreno  de  "Yorick". —  Víctor 
Pérez  Petit,  el  galano  escritor  de  Yorick,  tragedia 
de  almas,  que  se  estrenó  anoche  en  el  teatro  Poli- 
teama por  la  compañía  Cordero,  puede  estar  con- 
tento de  la  -entusiasta  acogida  que  le  ha  hecho  nues- 
tro público. 

El  argumento  de  la  obra  no  es  nuevo,  pero  el 
autor  ha  sabido  con  mano  maestra,  darnos  cuatro 
actos,  llenos  de  interés  y  de  efectos  escénicos,  escritos 
con  propiedad  y  conocimientos  técnicos  que  nos  re- 
velan en  el  doctor  Pérez  Petit  al  autor  que  conoce 
muy  á  fondo  el  teatro  y  que  ha  estudiado  en  su 
tragedia  de  almas  los  sentimientos  y  los  caracteres 
de  los  personajes.  He  aquí  el  argumento  de  la  obra : 

Edmundo,  rico  banquero,  está  casado  con  Adelina. 
De  ese  matrimonio  ha  nacido  un  hijo,  Yorick.  Ade- 
lina es  la  amante  de  un  íntimo  amigo  de  la  casa, 
Augusto.  Debido  á  negocios  mal  combinados,  Ed- 
mundo pierde  todo  y  se  declara  en  quiebra.  Augusto, 
que  es  rico,  puede  salvar  á  Edmundo  prestándole 
dinero.  Está  por  hacerlo,  pero  Adelina  no  quiere, 
haciéndole  entrever  la  felicidad  que  le  espera  si 
Edmundo  desaparece  del  escenario  de  la  vida.  Así 
sucede.  Rechazado  por  su  amigo,  Edmundo  prefiere 
la  muerte  á  la  vergüenza  y  se  mata. 

La  viuda  y  el  hijo  son  acogidos  en  casa  de  Au- 
gusto. El  mundo  aplaude  el  acto  generoso,  pero  no 


380 


OPINIONES  DE  LA  PRENSA 


hay  nada  de  tal  generosidad:  es  el  egoísmo  del 
amante  que  desea  cerca  de  sí  á  Adelina.  Han  pa- 
sado algunos  años.  Yorick  vuelve  de  un  viaje  á  Eu- 
ropa. En  el  corazón  del  joven  ya  ha  empezado  la 
duda.  Sospecha  que  en  la  familia  existe  un  drama 
secreto.  Yorick  ama,  siendo  correspondido,  á  la  hija 
de  Augusto,  Clara,  y  la  pide  en  matrimonio.  El  pa- 
dre se  niega  á  esa  unión,  con  el  pretexto  de  que  no 
puede  dar  su  hija  al  hijo  de  un  fallido  fraudulento. 
El  pretexto  no  satisface  á  Yorick,  que  al  fin  descu- 
bre la  verdad  y  obliga  al  amante  de  su  madre  á 
matarse.  Es  la  pena  del  talión. 

Esta  es,  á  grandes  rasgos,  la  trama  de  la  nueva 
obra  de  Pérez  Petit. 

Yorick  es  un  trabajo  que  impresiona,  que  llega 
al  alma  y  hace  latir  las  fibras  más  sensibles  del  co- 
razón humano.  Escrito  con  sencillez  y  galanura  por 
quien  conoce  al  dedillo  los  resortes  escénicos,  puede 
declararse  francamente  la  obra  maestra  del  distin- 
guido escritor. 

Ese  es  nuestro  franco  parecer  escrito  al  correr 
de  lia  pluma,  sobre  la  tragedia  de  almas,  dlel  doc- 
tor Víctor  Pérez  Petit.  Yorick  vale  mucho.  Salvo 
pequeños  defectos  que  no  desmerecen  para  nada,  ni 
quitan  el  brillo  al  valor  artístico  del  drama,  Yorick 
da  á  conocer  la  intelectualidad  y  galanura  de  estilo 
de  uno  de  nuestros  más  aplaudidos  autores  nacio- 
nales. 

Díganlo,  sino,  los  aplausos  justicieros  que  el  se- 
lecto y  numeroso  público,  que  asistía  anoche  al  es- 
pectáculo, le  tributó.  Esta  noche  se  repite  Yorick. 
Montevideo,  1907. 

(La  Democracia). 


SOBRE  "  YORICK' 7 


381 


Yorick.  —  El  Politeama  estaba  anoche  completo, 
con  motivo  del  estreno  de  Yorick  del  doctor  Pérez 
Petit,  qne  había  sido  estrenada  en  Buenos  Aires  la 
semana  pasada  con  gran  éxito. 

Yorick  era  esperado  con  ansias,  y  la  expectativa 
no  fué  defraudada,  pues  se  trata  de  una  obra  que 
despierta  interés  á  pesar  de  que  su  argumento  no 
es  nuevo. 

Pérez  Petit  subtitula  su  drama  tragedia  de  al- 
mas, trayendo  una  innovación  al  teatro  que  come 
ensayo  es  muy  de  tenerse  en  cuenta  por  lo  que  él 
importa.  Es  un  paso  gigantesco  en  nuestro  incipiente 
teatro. 

Como  dije,  el  argumento  de  Yorick  no  es  una  no- 
vedad, pero  su  autor  no  trata  de  ocultarlo,  antes 
por  lo  contrario,  lo  declara  francamente  en  el  final 
de  la  obra,  en  el  diálogo  que  sostiene  Yorick  y  Fa- 
bricio  sobre  la  posibilidad  real  del  Hamlet. 

El  tema  ya  tratado  por  Shakespeare,  Pérez  Petit 
lo  ha  modernizado,  lo  ha  transportado  á  nuestros 
días  con  verdadero  acierto. 

Existen  en  Yorick  algunos  puntos  sobre  los  que 
cabría  discusión,  pero  la  obra  se  desarrolla  bien,  des- 
tacándose en  primer  lugar  el  acto  primero,  en  el 
que  está  muy  bien  definida  la  exposición.  Los  otros 
tres  actos  corren  menos,  sin  perder,  por  eso,  el  in- 
terés. La  escena  final  está  admirablemente  encon- 
trada y  es  de  gran  efecto,  aunque  no  estuvo  muy 
bien  interpretada,  con  lo  que  perdió  parte  de  su 
fuerza. 

Yorick  está  bien  escrito,  sus  diálogos  son  fluidos, 
y  en  sus  parlamentos  campea  la  sátira  fina  y  la 
frase  galana,  sin  recurrir  á  la  declamación  pomposa 
y  grandilocuente. 

Con  todas  estas  condiciones,  es  natural  que  Yorick 
triunfase  como  triunfó  anoche,  habiéndose  llamado 
á  su  autor  á  la  escena,  por  repetidas  veces. 


382 


OPINIONES  DE  LA  PRENSA 


La  interpretación  no  fué  muy  buena,  pero,  en  fin, 
pasó. 

El  decorado  bueno. 
Montevideo,  1907. 

(La  Razón). 


Yorich.  —  Con  franco  éxito  se  estrenó  anoche  en 
el  Politeama,  la  tragedia  de  almas  del  doctor  Víctor 
Pérez  Petit,  Yorich. 

Su  argumento  no  es  nuevo,  pero  tampoco  su  autor 
trata  de  ocultarlo,  antes  por  el  contrario  hace  re- 
saltar eso  que  algunos  pudieron  llamar  reminiscen- 
cias, en  la  conversación  que  mantienen  Yorick  y  Fa- 
bricio,  sobre  si  es  ó  no  humana  la  figura  de  Hamlet. 

La  obra  tiene  momentos  dramáticos  que  el  autor 
aprovecha  con  acierto.  Se  desarrolla  con  rapidez  y 
sin  monotonía,  aparte  de  estar  escrita  en  lenguaje 
correcto  y  elegante. 

Tiene  algunos  detalles  que  serán  discutibles,  pero, 
tiene  también  cualidades  que  justifican  su  triunfo 
de  anoche. 

La  interpretación  no  fué  nada  parecido  á  exce- 
lente, pero  con  todo  la  obra  fué  muy  aplaudida, 
teniendo  el  autor  que  presentarse  en  escena  varias 
veces,  en  compañía  de  los  intérpretes. 
Montevideo,  1907. 

(El  Siglo). 


Politeama.  —  Ante  todo :  Víctor  Pérez  Petit  ha 
triunfado  dignamente  con  su  drama  Yorich,  estre- 
nado anoche  en  el  Politeama  por  la  Compañía  Cor- 
dero. Y  ha  conquistado  con  gallarda  valentía,  ese 


SOBRE  "  YORICK' 


333 


triunfo  —  cuyos  ecos  aún  lo  estarán  acariciando  — 
gracias  á  la  riqueza  de  colorido  y  á  la  verdad  que 
se  respira  en  la  mayor  parte  de  las  situaciones  escé- 
nicas y  dramáticas  de  su  tragedia  de  almas.  Es  ver- 
dad que  el  autor  de  ¿Yorick  ha  sido  quizás  un  poco 
inconsecuente  en  la  presentación  de  la  moral  de 
sus  personajes,  descuidándose  un  tanto  en  el  estudio 
de  los  caracteres  de  esos  mismos;  pero  Yorick  —  no 
obstante  este  detalle  —  luce  una  trama  dramática 
admirablemente  definida,  tiene  su  fondo  filosófico 
exteriorizado  por  una  forma  brillante,  de  cuando  en 
cuando  la  ocurrente  pluma  de  su  feliz  autor  se  ha 
proporcionado  el  placer  de  ridicularizar  las  debilida- 
des de  los  pseudos  elegantes  de  la  llamada  sociedad 
nuestra  y  sintetizando,  representa  un  paso  saliente 
en  nuestro  incipiente  teatro  nacional.  El  doctor  Pé- 
rez Petit  puede  estar  satisfecho  del  éxito  artístico 
de  su  nueva  obra,  que  así  como  le  ha  proporcionado 
ya  muchas  satisfacciones,  le  ofrecerá  aún  muchas 
más  en  sus  futuras  representaciones.  Esto,  siempre 
que  Yorick  sea  puesto  en  escena  por  una  compañía 
más  discreta  que  la  de  anoche,  cuyos  elementos  hi- 
cieron todo  lo  humanamente  posible  por  cumplir  con 
su  deber,  no  consiguiéndolo  en  perjuicio  evidente  de 
la  obra  estrenada. 
Montevideo,  1907. 

(El  Telégrafo  Marítimo). 


Yorick.  —  Anoche  se  estrenó  en  el  Nacional  con 
éxito  halagador  una  nueva  producción  dramática 
del  escritor  uruguayo  doctor  Víctor  Pérez  Petit. 

Yorick  se  titula  la  obra  y  el  nombre  del  célebre 
comediante  que  trae  á  la  memoria  la  escena  del  ce- 
menterio de  Hamlet,  manifiesta  á  las  claras  que  su 


384 


OPINIONES  DE  LA  PRENSA 


autor  ha  querido  recordar  la  tragedia  del  padre  de 
Talía,  poniendo  ante  los  ojos  del  público  el  mismo 
conflicto  del  príncipe  danés,  modernizando,  neuro- 
tizando  (si  se  permite  el  vocablo),  al  protagonista. 

Drama  de  honda  psicología,,  Yorick  hace  llori- 
quear de  veras  en  más  de  una  situación,  por  la  in- 
tensidad trágica  de  las  conflagraciones  morales  en 
que  se  ven  envueltos  los  personajes. 

No  repetiremos  el  argumento  de  la  obra,  pues  los 
diarios  matutinos  han  dado  ya  extensa  cuenta  de  él 
en  sus  crónicas  teatrales ;  pero  nos  permitimos  ob- 
servar que  es  injustificada  la  crítica  de  que  los  ca- 
racteres están  mal  dibujados. 

Por  el  contrario,  en  la  tragedia  de  almas,  como  la 
llama  el  autor,  tanto  la  madre  culpable  como  el 
amante  débil,  irresoluto  y  de  un  fondo  honesto  in- 
negable, son  personas  de  carne  y  huesos  con  sus  co- 
rrespondientes fallas  morales  y  sus  ansias  de  rege- 
neración imposible,  dado  el  crimen  que  los  une. 

Ella  es  una  mujer,  bien  mujer,  amorosa,  pérfida, 
ingrata,  buena  madre,  mala  esposa,  débil  para  el 
remordimiento  y  de  mentalidad  inferior.  Él  es  un 
tipo  como  muchos,  de  corazón  sensible  pero  carácter 
blanduzco,  en  el  que  hacen  presa  las  voluntades  aje- 
nas, pues  tan  pronto  obedece  á  la  querida  para  de- 
jar que  se  suicide  su  amigo,  como  á  Yorick  para  sui- 
cidarse á  su  vez. 

Y  este  último,  el  personaje  central  de  la  obra  es 
un  Hamlet  modernizado,  con  lo  que  queda  expre- 
sado su  mayor  elogio.  Las  dudas  y  las  certidumbres 
pasan  por  su  espíritu  inquieto  como  carámbanos  de 
nieve,  hasta  que  en  el  momento  final,  después  de 
sentenciar  á  muerte  al  hombre  que  le  ha  desespe- 
rado, un  sentimiento  de  bella  humanidad  viene 
como  flor  de  perdón  á  enternecer  su  inflexibilidad. 
Pero  ya  es  tarde  y  la  tragedia  está  consumada. 


SOBRE  "  YORICK" 


385 


Aplaudimos  sin  reservas  la  vigorosa  obra  del  dis- 
tinguido literato  uruguayo. 

Ha  pisado  firme  en  un  terreno  peligroso  y  ha 
creado  un  ambiente  nuevo  en  el  teatro  nacional:  el 
ambiente  que  ensayó  Pagano  en  Almas  que  luchan 
y  que  él  ha  fortificado  en  la  tragedia  de  esas  almas. 

Decorado,  bueno;  interpretación,  floja;  público, 
selecto;  aplausos,  prolongados. 

Buenos  Aires,  1907. 

(Sarmiento). 


Yorick.  —  Una  especie  de  Hamlet  modernizado, 
parece  que  ha  querido  hacer  el  doctor  Víctor  Pérez 
Petit,  al  escribir  su  tragedia  de  almas,  Yorick,  estre- 
nada anoche  en  el  Nacional  por  la  compañía  G.  Po- 
destá.  Aspiraría  el  autor,  si  no  hemos  comprendido 
mal,  á  renovar  en  cierta  medida  la  tragedia  antigua 
con  el  presente  ensayo,  pintando  sobre  todo  catás- 
trofes interiores  determinadas  por  el  choque  de  sen- 
timientos y  pasiones,  en  vez  de  las  catástrofes  mate- 
riales en  que  tan  fecunda  suele  ser  la  tragedia  clá- 
sica. De  ahí  el  subtítulo :  tragedia  de  almas. 

No  podemos  detenernos  ahora  á  discutir  esta  inno- 
vación. Ello  nos  llevara  lejos  y  el  tiempo  nos  falta. 
Nos  limitaremos,  pues,  á  una  crónica  sumaria  de  la 
representación  de  anoche,  sin  otras  observaciones  que 
las  que  al  correr  de  la  pluma  vaya  sugiriéndonos 
nuestro  relato. 

El  argumento  de  Yorick  es  antiquísimo.  La  trage- 
dia lo  ha  explotado  copiosamente.  Es  la  historia 
del  hijo  que  descubre  el  asesinato  de  su  padre,  per- 
petrado por  su  propia  madre  en  complicidad  con  un 
amante.  Es  la  leyenda  de  aquel  Orestes  que  inmo- 
lara á  Clitemnestra,  su  madre,  y  al  cómplice  de 


25.  —  T.  I. 


385 


OPINIONES  DE  LA  PRENSA 


ésta.  Egisto,  para  vengar  á  su  padre.  Agamenón. 
Sófocles,  Eurípides,  Raeine,  Voltaire  y  Goethe,  se 
han  inspirado  en  esta  fábula  de  las  tradiciones  áticas 
y  de  las  narraciones  indias;  sin  contar  á  Shakes- 
peare, que  trata,  como  es  sabido,  el  mismo  asunto 
en  su  inmortal  Hamlet. 

El  Hamlet  de  la  obra  del  señor  Pérez  Petit,  viene 
á  ser  Yorick,  joven  hijo  de  un  banquero,  Edmundo, 
el  cual  de  pronto  hace  bancarrota.  La  esposa  de 
Edmundo,  madre  de  Yorick,  Adelina,  mantiene  re- 
laciones amorosas  con  un  íntimo  amigo  de  la  casa, 
Augusto.  Augusto  es  rico  y  podría  salvar  del  des- 
honor y  de  la  ruina  á  Edmundo,  prestándole  una 
fuerte  suma.  Va  á  hacerlo,  pero  su  amante,  Adelina, 
le  sugiere  pérfidamente  la  idea  de  abandonar  á  su 
suerte  á  Edmundo,  negándole  el  dinero.  Si  Edmundo 
se  mata,  mejor.  Habrá  desaparecido  así  el  obstáculo 
que  entre  los  dos  amantes  se  interpone.  Tal  sucede, 
Edmundo  recurre  á  Augusto,  y  éste  le  rehusa  su 
auxilio  en  tan  supremo  trance.  Aquél  se  mata  en- 
tonces. 

Augusto  acoge  en  .su  casa  á  la  viuda  y  al  hijo  de 
su  muerto  amigo.  Para  el  mundo  comete  una  noble 
acción,  protegiéndoles  en  su  desamparo,  pero  él  no 
ha  buscado  sino  tener  cerca  á  Adelina.  Pasan  algunos 
años.  Yorick,  vuelto  de  un  viaje  á  Eiiropa,  comienza 
á  sospechar  el  drama  secreto  que  llevó  á  la  tumba 
á  su  padre.  Como  el  Hamlet  shakesperiano,  la  tra- 
gedia de  almas,  viene  á  ser  aquí  la  duda  que  muerde 
el  alma  del  protagonista.  Yorick  está  enamorado  de 
Clara,  la  hija  de  Augusto,  y  Clara  le  corresponde. 
Cuando  la  pide  en  matrimonio  á  su  padre,  éste  niega 
su  consentimiento.  ¿Por  qué?  Augusto  dice  que  no 
puede  dar  su  criatura  al  hijo  de  un  fallido  fraudu- 
lento. Es  sólo  un  pretexto.  En  el  fondo  no  consiente 
en  tal  matrimonio,  porque  le  repugna  alianza  seme- 
jante, dadas  sus  relaciones  clandestinas  con  la  madre 
de  Yorick.  Yorick  descubre  por  fin  la  verdad  y 
obliga  á  Augusto  á  suicidarse. 


SOBRE  "YORICK" 


387 


Este  resumen  brevísimo  de  la  obra  del  señor  Pérez 
Petit,  la  perjudica  un  poco  ante  el  concepto  del 
lector,  pues  no  hemos  podido  mencionar  numerosas 
situaciones  que  le  prestan  vivacidad  y  van  marcando 
certeramente  su  desenvolvimiento.  Dichas  situaciones 
revelan  la  mano  "de  un  hombre  de  teatro  que  sabe 
manejar  los  resortes  escénicos.  El  drama  se  desarro- 
lla, no  muy  sobrio  ni  directo,  pero  sí  seguro.  El  pri- 
mer acto  es  excelente  como  exposición.  En  los  sub- 
siguientes la  acción  marcha  poco.  Lo  que  ocurre  en 
tres  actos  hubiera  podido  bien  condensarse  en  dos, 
con  ventaja  para  su  intensidad.  Con  todo,  cada  uno 
de  ellos  está  trazado  con  rotundez  y  firmeza. 

Cualesquiera  que  sean  los  defectos  de  Yorick,  el 
brillante  escritor  uruguayo  ha  realizado  un  esfuerzo 
de  arte  superior,  que  habla  muy  alto  en  favor  de 
sus  ideales  estéticos.  Yorick  está  escrito  en  un  estilo 
elegante  y  preciso,  sin  exceso  de  inflada  retórica. 
Aquí  y  allá  relampaguean  á  lo  largo  de  los  diálogos, 
pensamientos  sutiles,  aceradas  ironías,  observaciones 
agudas,  y,  en  fin,  toda  la  obra  lleva  el  sello  de  un 
talento  nutrido  y  vigoroso. 

La  interpretación  fué  encomiable.  La  mise  en 
scéne  lujosa  y  propia.  Las  damas  vistieron  con  ele- 
gancia y  buen  gusto,  no  común  en  la  escena  nacional, 
y  se  nota  que  los  caballeros  van  aprendiendo  (¡oh, 
no  demasiado  á  prisa!)  á  llevar  el  frac.  El  señor 
Arturo  Podestá  tuvo  momentos  sobresalientes.  A  él, 
á  la  señora  Cornaro  y  al  señor  Battaglia  les  corres- 
ponden los  laureles  de  la  noche.  Estas  primeras  par- 
tes, estuvieron  bien  secundadas  por  la  señora  Tesada 
y  los  señores  Escarcela,  Alippi  y  Linares. 
Buenos  Aires,  1907. 


(El  País). 


388 


OPINIONES  DE  LA  PRENSA 


Yorick.  —  Como  lo  anunciáramos,  verificóse  ayer 
el  estreno  de  Yorick,  obra  en  cuatro  actos  del  doctor 
Víctor  Pérez  Petit.  El  autor  la  denomina  tragedm 
de  almas  y,  isiegún  se  advierte  ha  intentado  renovar 
en  ella  la  fábula  que,  desde  el  Orestes  griego  de  Las 
Coéforas,  va  hasta  L'Invincibile  de  Alfredo  Oriani, 
pasando  por  el  Hamlet  de  Shakespeare  y  el  André 
Cornélis  de  Paul  Bourget. 

Desde  luego  cabe  una  afirmación:  el  señor  Pérez 
Petit  no  ha  logrado  mejorar  el  argumento  de  Só- 
focles, ni  el  de  Shakespeare,  aunque  Yorick  repita 
situaciones  trágicas  ó  dramáticas  de  ambos.  Pero,  en 
cambio,  el  señor  Pérez  Petit  ha  realizado  una  tra- 
gedia estimable  por  más  de  un  concepto.  Si  algo 
entorpece  el  desarrollo  de  sus  cuatro  actos,  es  pre- 
cisamente todo  aquello  que  le  obliga  á  someterse  á 
un  plan  forzado  para  hacer  de  Yorick  un  trasunto, 
ya  que  no  una  renovación  con  vida  propia. 

El  argumento  desarrollado  en  la  obra  estrenada 
anoche  puede  resumirse  brevemente. 

Edmundo  está  casado  con  Adelina  y  tiene  un 
hijo:  Yorick.  Desde  hace  algún  tiempo  su  mujer  le 
engaña  con  el  doctor  Lazló,  padre  de  Clara. 

La  quiebra  de  una  gran  casa  comercial  arrolla  en 
su  catástrofe  á  Edmundo,  comprometido  en  sus  ope- 
raciones. Sólo  le  queda  un  recurso  para  salvarse: 
acudir  al  doctor  Lazló,  hombre  de  gran  fortuna. 
Sin  este  apoyo  el  desanlace  es  fatal  é  irreparable. 
Cuando  Lazló  conoce  la  situación  de  Edmundo  se 
dispone  á  socorrerlo,  mas  Adelina  se  lo  impide,  im- 
pulsando á  su  marido  al  suicidio.  El  amante  con- 
siente en  ello,  y  ambos  estrechan  así  sus  vínculos  ya 
delictuosos. 

La  tragedia  de  almas  surge,  ó  mejor,  se  complica, 
merced  á  los  amores  de  Yorick  y  Clara.  El  amor  ha 
brotado  en  ellos  con  todos  los  ardores  de  la  juventud 
y  la  pureza  que  les  atrae  forma  el  contraste  más 


SOBRE  "  YORICK" 


389 


cruel,  allí  donde  sólo  alientan  las  pasiones  enarde- 
cidas por  el  homicidio. 

Al  cabo  de  cuatro  años,  Yorick  vuelve  de  Europa, 
donde  le  enviara  el  doctor  Lazló  pretextando  com- 
pletar su  educación.  Ni  el  tiempo  ni  la  distancia 
valieron  á  entibiar  los  amantes  corazones.  Yorick  y 
Clara  se  quieren  con  la  fe  de  los  primeros  días.  Hay, 
sin  embargo,  una  tristeza  invencible  en  el  alma  de 
Yorick.  Adivina,  conoce,  mejor  dicho,  todo  el  horror 
que  une  á  los  que  decretaron  la  muerte  de  su  padre. 
Sin  embargo,  quiere  comprobar  una  verdad  y  lo  con- 
sigue. Primero  por  el  rechazo  que  opone  Lazló  á 
sus  bodas  con  Clara,  después,  porque  él  mismo  ve 
y  oye  á  los  culpables.  E  impone  la  ley  del  talión: 
Lazló  debe  acabar  como  Edmundo,  por  su  propia 
mano.  Y  así  ocurre. 

Como  puede  verse,  hay  en  esta  obra  elementos 
dramáticos  de  primer  orden,  que  el  señor  Pérez  Petit 
aprovecha  con  verdadero  acierto.  La  acción  es  rá- 
pida, sostenida,  apenas  interceptada  á  veces  por  al- 
gunas repeticiones.  Los  actos  concurren  al  desarrollo 
progresivo  del  asunto  y  logran  cautivar  la  atención 
del  espectador,  sin  distraerle  y  fatiga-rle. 

El  público  aplaudió  al  final  de  cada  acto  y  los 
aplausos  eran  de  esos  que  acreditan  un  triunfo  de 
veras:  nutridos,  espontáneos,  sostenidos.  El  autor 
hubo  de  presentarse  varias  veces  en  el  proscenio  en 
compañía  de  sus  intérpretes. 

Hoy  se  repite  Yorick  y  seguramente  se  repetirá 
muchas  noches  más. 
Buenos  Aires,  1907. 

(La  Nación). 


ÍNDICE 


Pág. 


Cobarde,  drama  de  costumbres  nacionales,  en  tres  actos.  11 

Claro  de  Luna,  comedia  en  un  acto   149 

Yorick,  tragedia  de  almas,  en  cuatro  actos    191 

Opiniones  de  la  prensa  sobre  Cobarde   361 

Opiniones  de  la  prensa  sobre  Claro  de  Luna   371 

Opiniones  de  la  prensa  sobre  Yorick   379 


ADVERTENCIA 


Habiéndose  deslizado  algunos  leves  errores  en  la  com 
posición  de  este  volumen  (tales  como:  «verdad»,  en  vez  de 
«verdá»;  «usted»,  en  vez  de  «usté»,  en  el  drama  Cobarde), 
dejamos  librado  al  buen  sentido  del  amigo  lector  el  sub- 
sanarlos. 


TEATRO 
n 


OBRAS  DEL  MISMO  AUTOE 


PUBLICADAS  : 

La  libertad  de  testar  y  la  legítima  (agotada)..  1  volumen 

Zola  (  agotada  )   1  » 

Los  Modernistas  ( k2.a  edición)   1  » 

Cervantes  (  agotada  )   1  » 

Gil  (  novelas  y  cuentos  )   1  » 

Joyeles  bárbaros  (sonetos)   1  » 

Teatro:  I —  Cobarde  —  Claro  de  luna  —  Yorick  1  » 
Teatro :  II  —  El  esclavo  -  rey  —  La  Rondalla  — 

El  baile  de  Misia  Goya   1  » 

PRÓXIMAS  Á  APARECER 

El  Parque  de  los  Ciervos   1  volumen 

Cuentos  crueles   1  » 

Hipomnemo  J   4  » 

La  Ciudad  del  Espíritu   1  » 

Almas  inquietas.   1  » 

en  preparación: 

La  joven  América   1  volumen 

Los  Genios   1  » 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


TEATRO 

II 

El  Esclavo  -  rey- 
La  Rondalla 
El  baile  de  Misia  Goya 


MONTEVIDEO 


A.  BARREIRO  Y  RAMOS,  Editor 
Librería  Nacional 
1912 


TALLERES  GRÁFICOS  A.  BARREIRO  Y  RAMOS 
CALLE   BARTOLOMÉ  MITRE,  NÚMERO  61 


EL  ESCLAVO -REY 


COMEDIA  DRAMÁTICA    EN    TRES  ACTOS 


Estrenada  en  el  Teatro  Nacional,  de  Buenos  Aires, 
la  noche  del  3  de  Julio  de  1907 
y  en  el  Teatro  Solís,  de  Montevideo,  la  del  12  de  Julio  de  1908 


A  los  señores  Juan  Pablo  Eclia- 
güe  y  José  León  Pagano,  exi- 
mios críticos  argentinos,  que 
lian  contribuido  con  viril  es- 
fuerzo y  no  pocos  sinsabores  á 
encauzar  el  teatro  nacional  en 
el  rumbo  del  verdadero  Arte. 


El  autor. 


REPARTO 


En  el  Teatro  Nacional 

En  el  Teatro  Solís 

Uv  UUCUUa  /AlICS 

de  Montevideo 

Sra.  A.  Cornaro. 

Sra.  A.  Blanca. 

»   A.  Tesada . . 

»    hiña  Estévez 

Manon   

Sta.  L.  Cornaro. 

»    L.  Berney. 

Isabel  

»  M.E.Podestá 

»    J.  Rodríguez 

Doña  Fermina  

Sra.  Orfilia  Rico 

»    J.  Lanaro. 

Clotilde  

»  J.  Lanaro . . 

»    L.  Gómez. 

Sr.  G.  Battaglia. 

Sr.  E.  Arellano. 

Larrea   

»  F.  Aranaz.  . . 

»    V.  Gómez. 

»  E.  AUppi  .  . 

»   G.  Amodeo. 

Pepito  

»  C.  Ratti  

»   I.  Pandro. 

Don  'Julio  

»  S.  Casal  .... 

»   E.  Ceballos. 

»  F.  López .... 

»   G.  Quesada. 

Don  Luis  

»  A.  Lanai o.  . . 

»  S.  García. 

Morales   

»  J.  Podestá. .  . 

»  A.  Pezzi. 

Matías  

Niño  A.  Podestá. 

Niño  Costa. 

Una  chica,  modista. 

Sra.  H.  Valenti . 

N.  N. 

La  acción  en  nuestros  días 


EL  ESCLAVO- REY 


ACTO  PRIMERO 


Comedor  en  casa  de  Reyes,  Una  habitación  sencilla,  lim- 
pia, en  la  cual  se  advierte  la  garra  de  la  miseria,  pero  una 
miseria  llevada  con  dignidad,  merced  á  una  diligente  madre 
de  familia.  Mesa  de  comedor,  con  todo  el  servicio  puesto.  Un 
viejo  aparador.  En  un  rincón,  una  mesa-costurero.  Sobre  la 
mesa,  una  lámpara  encendida. 

Al  levantarse  el  telón,  la  familia,  sentada  alrededor  de  la 
mesa,  concluye  de  comer.  ^ 


ESCENA  PRIMERA 
Reyes,  Camila,  Isabel  y  Matías 

CAMILA 

( Terminando  una  frase )  ....  de  modo  que  si  el 
tren  no  sufre  algún  retraso,  los  viejos  estarán  aquí 
antes  de  una  hora.  (Reyes  sin  responder,  coge  otra 
fruta  de  la  frutera  y  la  monda  lentamente). 

MATÍAS 

Más,  mamita;  quero  más  


12  VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


CAMILA 

(Al  niño)  Aguárdese  usted.  Tanta  fruta  de  noche 
le  va  á  hacer  daño.  (A  Reyes)  ¿Te  parece  que  le  ar- 
memos la  cama  á  los  viejos  en  el  cuarto  de  Isabel? 
(Beyes  no  contesta). 

ISABEL 

Y  entonces  yo,  ¿dónde  voy  á  dormir,  mamá? 

CAMILA 

Tú  podrás  dormir  aquí,  en  el  comedor.  Se  pone 
un  colchón  en  el  suelo .... 

MATÍAS 

Quero  más,  mamita. . . . 

;  CAMILA 

Que  se  espere,  le  he  dicho.  (A  Beyes)  Reyes, 
amigo  mío,  ¿vas  á  comer  más  fruta? 

REYES 

(Malhumorado)  ¿Tengo  que  darte  cuenta  de  lo 
que  voy  á  comer  ?  ¡  Está  bueno !  ¡  Es  lo  que  fal- 
taba! 

CAMILA 


No,  hijo         Es  que  Matías  me  está  pidiendo,  y 

como  queda  tan  poca,  ¿comprendes?  


EL  ESCLAVO  -  REY 


13 


MATÍAS 

Quero  más,  mamita .... 

REYES 

(Con  voz  de  trueno,  á  su  lujo)  ¡Basta!  ¡No  hay 
más ! 

CAMILA 

(Dulcemente,  al  niño)  Ya  lo  has  oído;  no  hay 

más  (Beyes  ha  dejado  de  comer.  Camila  se  pone 

en  pie;  á  Isabel)  Puedes  quitar  la  mesa.  (Isabeh 
empieza  á  retirar  el  servicio,  colocando  algunas  pie- 
zas sobre  el  aparador  y  llevándose  los  platos  para 
la  cocina.  Beyes  hace  bolillas  con  el  pan.  Un  silen- 
cio) ¿Vas  á  tomar  café? 

reyes 

(De  mal  modo)  ¡Claro,  que  voy  á  tomar  café! 
¿Todos  los  días  la  misma  pregunta? 

CAMILA 

(Humildemente)  Gomo  á  veces  prefieres  el  te. . . . 

REYES 

Que  quiero  café,  he  dicho . . . . ,  y  basta ! 

CAMILA 

Isabel^  sirve  café  á  tu  padre.  (Mientras  Isabel 
sale,  Camila  pénese  á  retirar  el  servicio.  Beyes  per- 
manece pensativo,  un  codo  sobre  la  mesa,  haciendo 
bolillas  de  pan). 


14 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ESCENA  II 
Dichos,  menos  Isabel 

MATÍAS 

(Jugando  con  una  cucharita,  inconscientemente) 
El  aljueler  del  coco  El  aljueler  del  coco  

CAMILA 

Oye,  Reyes,  me  había  olvidado  de  decírtelo .... 
Estuvo  Larrea. . . . 

REYES 

¿Cómo?  ¿Estuvo  Larreai ?  Estuvo  Larrea  y  no  me 
has  dicho  nada  

CAMILA 

Se  me  pasó  de  la  memoria .... 

REYES 

¡  Ah,  muy  bien !  ¡  Se  te  pasó  de  la  memoria !  Ya  se 
vé ... .  No  tienes  cabeza  más  que  para  contarme 
estupideces. . . . 

CAMILA 

Pero,  Reyes  

REYES 

(Sin  interrumpirse)....  que  vienen  los  viejos; 
que  van  á  llegar  esta  noche ....  ¡  cómo  si  á  mí  me 
importara  un  bledo  tu  sacra  familia ! 


EL  ESCLAVO  -  REY 


15 


CAMILA 

Es  que, . . .  verás. ... 

BEYES 

(Prosiguiendo  sin  escucharla)  Y  entre  tanto,  viene 
Larrea  y  no  te  acuerdas:  de  decírmelo. ...  Si  es  lo 
que  yo  digo:  eres  una  inútil,  una  boquiabierta. . . . 

MATÍAS 

(Repitiendo  su  estribillo,  á  media  voz,  mientras 
hablan  sus  padres)  El  aljueler  del  coco. ...  El  al- 
jueler  del  coco .... 

CAMILA 

Me  dijo  que  se  ha  ocupado  del  asunto  que  le  en- 
cargaste ;  pero  que  no  había  podido  hacer  nada .... 

REYES 

¡  Claro !  ¡  Claro !  ¡  Si  es  un  estúpido,  un  papa- 
nata  ! . . . . 

MATÍAS 

El  aljueler  del  coco ....  El  aljueler  del  coco .... 

CAMILA 

Después  me  dijo  que  iba  á  ver  al  francés,  al  que 
tú  conoces .... 

MATÍAS 

El  aljueler  del  coco .... 


16 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


CAMILA 

...  .y  que  vendría  á  traerte  la  contestación. 

BEYES 

¿  Cuándo  ?  ¿  Esta  noche  ? 

MATÍAS 

El  aljueler  del  coco. ...  El  aljueler. . . . 

REYES 

( A  quien  la  persistencia  del  estribillo  ha  concluido 
por  irritar)  Pero,  ¿te  callarás,  condenado?  ¿Hasta 
cuándo  nos  vas  á  fastidiar  con  tu  alfiler  del  coco  í 

CAMILA 

Cállate,  Matías.  

REYES 

Francamente,  esta  criatura  es  idiota. ...  (A  Ma- 
tías )  ¿  Qué  quieres  decir  con  tu  condenado  alfiler  ? 

MATÍAS 

( Cohibido)  No  sé,  papá. . . . 

REYES 

(Furioso)  No  sé,  papá         (A  Camila)  ¿No  lo 

vés?  Es  idiota,  te  digo.  Pero,  mírale  esa  cara;  mí- 
rasela ....  Es  un  verdadero  idiota .  . . .  ( Camila  baja 
de  su  silla  al  nene,  que  se  ha  puesto  á  llorar  asus- 
tado) ¿Y  ahora?  ¿por  qué  llora?....  ¡Cállese  la 
boca! 


EL  ESCLAVO  -  REY 


17 


CAMILA 

¡  Chist !  ¡  Chist !  Matías,  que  papá  se  enoja. 

REYES 

(Levantándose)  ¡  Ah,  no  quieres  callarte!. ...  (La 
madre  trata  de  llevarse  al  niño;  pero  Reyes  se  lo 
quita  y  lo  zurra  bravamente )  ¡  Toma !  ¡  Toma !  Así 
llorarás  por  algo.  .  .  . 

CAMILA 

(Quitándoselo)  Déjalo,  Reyes. ...  Lo  vas  á  lasti- 
mar        (Sale  con  Matías). 

ESCENA  III 
Reyes,  solo;  luego,  Camila;  al  fin,  Isabel 

reyes 

(Paseando  nerviosamente)  ¡Esto  es  un  infierno, 
esta  casa  es  un  infierno!  El  muchacho,  idiota;  la 
madre,  una  papan-ata. ...  (Un  silencio)  ¡Y  ese  ani- 
mal dle  Larrea!.  ...  ¿A  que  tampoco  consigue  nada 
del  francés?  ¡Claro!  ¡Como  si  lo  viera!  (Sentándose 
pensativo)  ¿Cómo  hacer?  ¿cómo  conseguir?.... 
(Otra  pausa)  ¡Porquería  de  vida!' 

CAMILA 

(Entra  y  se  pone  á  concluir  de  despejar  la  mesa. 
Después  de  un  instante  de  silencio,  con  timidez) 

2.-T.  II. 


18 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


¿Qué  tienes,  Reyes?  ¿Estás  contrariado?  (Reyes 
guarda  hosco  silencio.  Camila  concluye  de  arreglar 
la  mesa.  Después  de  una  pausa,  dulcemente)  Haces 
mal  en  hacerte  mala  sangre.  .  .  . 

REYES 

¿  Y  á  tí  qué  te  importa  ?  ¿  Te  importa  algo  ? 

CAMILA 

Yo ... .  yo  creí ....  es  decir ....  me  parece .... 
Como  te  veo  en  ese  estado .... 

reyes 

Estoy  como  estoy.  . .  .  cada  uno  sabe  sus  cosas. 

CAMILA 

Ya  lo  sé,  (amigo  mío ....  Pero,  yo,  soy  tu  mujer ; 
te  quiero ....  no  puedo  verte  contrariado  así ;  y  en- 
tonces, naturalmente ....  si  y  o  supiera ....  si  yo 
pudiera. . . . 

reyes 

(Irónicamente)  ¡Ah,  ah,  ah!  ¿Si  tú  pudieras? 
No  digas  disparates,  Camila  . . . . 

CAMILA 

Es  que,  ¿  vés,  Reyes  ?  Me  aflige  verte  así  

¿No  soy  tu  compañera?  ¿No  debo  compartir  tus 
cuidados  ? .  .  .  .  Entonces .... 


EL  ESCLAVO  -  REY 


19 


REYES 

¡  Basta !  ¡  Basta !  ¡  Basta !  Yo  sé  lo  que  tengo .... 
No  necesito  consuelos  ni  mairieonadas ....  ( Brusca- 
mente) ¿Y  ese  café?  ¿lo  traen  ó  no  lo  traen?  ¿qué 
aguardan  ? 

CAMILA 

No  sé ... .  Isabel  fué  á  prepararlo ....  Voy  á 
ver. . . .  (Sale). 

REYES 

¡  Isabel !  ¡  Otra  que  bien  baila !  Cualquier  día  le 
rompo  una/  pata  á  la  haragana  esa ....  ( Paseándose 
agitado)  No,  si  está  visto. ...  No  se  puede  vivir 
aquí. ...  Es  un  bochinche,  un  manicomio.  . . .  ¡Mal- 
idita  sea  la  hora  en  que  míe  casé ! . . . .  Un  día  cojo 
el  sombrero. . . .  (Entra  Isabel  con  el  café,  y  en  pos 
de  ella,  Camila). 

^  ISABEL 

El  café,  papá. 

REYES 

¿Dónde  lo  fuiste  á  buscar?  ¿Al  Brasil,  no? 

ISABEL 

No  pasaba  por  el  colador.  . . . 

REYES 

Por  el  colador  te  voy  á  pasar  yo  un  día  de  estos, 
para  enseñairte  á  hacer  prontito  las  cosas  ¡  Hara- 
gana, más  que  haragana! 


20 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


CAMILA 

(Interviniendo)  Es  que,  verás,  amigo  mío.  ...  La 
ma  quiñi  li  a  cliel  café  está  vieja  y. . .  . 


REYES 

Se  compra  otra. 

CAMILA 

Eres  injusto,  Reyes.  Tú  sabes  que  no  tengo.  . . . 


REYES 

No  tengo,  no  tengo.  ...  Lo  que  tú  y  tu  hija  no 
tienen  es  vergüenza .  . . .  ¿  Ya  te  has  gastado  el  dinero 
que  te  di  el  sábado? 

CAMILA 

Pero,  Reyes ....  Treinta  pesos ....  Tuve  que  darle 
algo  á  cuenta  al  panadero.  .  .  .  no  nos  quiere  fiar 
más. ...  El  carnicero,  lo  mismo.  ...  A  don  Juan,  el 
a'lmaeenetpo,  se  le  deben  como  trescientos  pesos.  . .  . 
Ya  vés  tú ;  tengo  que  entenderme  con  toda  esa  gente ; 
y  con  lo  que  tú  me  dlás  

REYES 

Yo  doy  lo  que  tengo ;  no  puedo  robar .... 

CAMILA 


Comprendo,  comprendo.  Pero,  en  fin,  es  un  de- 
cir. .. .  así  no  podemos  ir  adelante. ...  Tú  ganas  


EL  ESCLAVO  -  REY 


21 


REYES 

(Mirándola  fijamente)  ¿Qué?  ¿qué  gano  yo? 
(Volviéndose,  á  Isabel)  ¿Qué  haces  ahí?  ¿Ya  estás 
escuchando?  ¡A  la  cocina,  prontito!  (Sale  Isabel). 

ESCENA  IV 
Reyes  y  Camila 

reyes 

¿Con  que  yo  gano,  no?  ¿Un  dineral,  gano  un  di- 
neral, no  es  eso? 

CAMILA 

Yo  no  quise  decir,  Beyes....  Pero,  en  fin,  sé 
justo. ...  no  te  enfades.  . . .  Con  lo  que  tú  ganas  en 
la  oficina .... 

REYES 

Sí,  ni  para  vestirme  decentemente  alcanza 

CAMILA 

Sin  embargo .... 

REYES 

Y  en  esta  casa  ya  no  se  puede  vivir ....  Estoy 
harto,  estoy  harto,  te  dligo ....  La  comida  es  imposi- 
ble. Cuando  se  precisa  a'lgo  no  se  encuentra.  Los  otros 


22 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


días,  no  más:  quise  lustrarme  las  botas  y  no  había 
cepillo .... 

CAMILA 

Está  usado  . . . .  Todo  está  usado.  Desde  que  nos 
casamos,  no  hemos  repuesto  nada. ... 

REYES 

j  Es  insufrible,  insufrible ! 

CAMILA 

Yo  no  salgo,  no  paseo,  no  me  hago  ropa.  Los  chi- 
cos, ya  los  vés,  están  casi  desnudos.  Por  más  econo- 
mías que  hago,  no  puedo  juntar  las  dos  puntas.  De- 
bemos á  todo  el  mundo;  nadie  nos  quiere  fiar  ya. 
Cuando  llaman  á  la  puerta  de  la  calle,  tengo  ver- 
güenza de  salir,  por  si  es  algún  cobrador.  .  .  . 

reyes 

¿Y  con  eso? 

CAMILA 

Niaida,  amigo  mío.  Quiero  decir,  no  más,  que  no  es 
culpa  mía.  Yo  me  mato  trabajando,  hago  la  cocina, 
friego  los  pisos,  coso  toda  la  noche,  limpio .... 

reyes 

¿Y  yo?  ¿no  hago  nada?  ¿Soy  un  haragán? 

CAMILA 

No  digo  eso,  Reyes.  Pero,  en  fin,  si  tú  me  ayudaras 


EL  ESCLAVO  -  REY 


23 


un  poco  más. ...  De  tu  sueldo  no  me  dás  más  que 
la  tercera  parte .... 

reyes 

(Violento)  ¿Y  qué?  ¿y  qué?  ¿y  qué?  ¿Con  eso, 
qué  te  figuras?  ¿qué  te  crees? 

CAMILA 

(Temerosa)  Yo,  nada,  nada. 

REYES 

¿Que  me  gasto  la  plata?  ¿que  me  la  comp?  ¿Y  si 
así  fuera?  ¿No  es  mía?  ¿No  me  la  gano  yo?  ¿No  la 
gano  trabajando  como  un  animal  ?  ( Cogiéndola  por 
un  brazo  y  sacudiéndola)  Pero,  tú,  ¿qué  te  figuras? 
¿  qué  tengo  queridas  por  ahí  ?  ¿  Y  si  las  tuviera  ?  ¿  y  si 
las  tuviera?  ¿No  liaría  bien?  ¿Qué  encantos  tiene 
para  mí  esta  casa?  ¡Ahí  ¡Pues  está  bueno!  ¡Está 
muy  bueno !  ¿  Tengo  que  rendir  cuentas  ahora  ?  ( Cal- 
mándose) Mira,  hija  mía. . . .  Estoy  hasta  los  pelos 
de  estas  miserias.  ...  Si  no  estás  contenta,  ya  sabes, 
hoy  llegan  tus  padres:  empaquetas  tus  trapos,  y 
abur ....  te  marchas  con  ellos ....  ¡  Uf !  ¡  No  puedo 
más ! .  .  . .  ( Camila  se  ha  dejado  caer  en  una  silla, 
llorando.  Reyes  la  mira  un  momento  y  con  un  gesto 
de  hastío,  va  á  sentarse  para  tomar  el  café.  Después 
de  beber  un  sorbo)  ¡Frío!  ¡Está  frío!  No,  si  es  lo 
que  yo  digo. .  . .  (Entra  Isabel). 


24 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ESCENA  V 
Dichos  é  Isabel 

ISABEL 

Papá. . . . 

REYES 

(Interrumpiéndola)  \  Frío !  ¡  Está  frío !  ( Coge  plato 
y  taza  y  los  tira  á  los  pies  de  Isabel)  ¡Es  una  por- 
quería!. .  .  .  (Viendo  que  Isabel  no  se  vá)  ¿Qué  ha- 
ces ahí,  como  una  estatua  ? .  .  .  .  Espera  un  poco .... 
(Va  á  ella  con  la  mano  alzada). 

CAMILA 

¡  Reyes,  por  Dios ! . .  . . 

ISABEL 

(Alzando  el  brazo  para  parar  el  golpe)  Es  que 
está  el  señor  Morales. 

REYES 

¿Quién  has  dicho? 

ISABEL 

El  señor  Morales.  Dice  que  quiere .... 

REYES 

¡  Que  se  vaya  al  demonio !  No  estoy  en  casa. 


EL  ESCLAVO  -  REY 


25 


ISABEL 

Preguntó  abajo  y  le  -dijeron  que  estabas ....  Dice 
que  son  dos  palabras. . 

REYES 

Bueno,  que  entre. . . .  (Paseándose,  á  Camila)  No 
se  puede  tener  un  minuto  de  descanso.  Seguro  que 
viene  por  asuntos  de  oficina.  Como  si  yo  no  tuviera 
bastante  con  todo  el  día. . . .  En  fin. . .  . 

CAMILA 

¿  Quieres  que  te  prepare  un  poco  de  café  ? 

REYES 

No,  no  quiero  nada ....  Márchate ....  ( Sale  Ca- 
mila en  el  instante  en  que  entra  Morales). 

ESCENA  V] 
Reyes  y  Morales 

morales 

¡Hola,  amigo  Beyes!  ¿Qué  tal?  ¿Esa  salud? 
reyes 

Así,  así ... .  Cansado,  aburrido,  cxm  esos  asuntos 
del  Banco .... 


26 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


MORALES 

¡Qué  se  vá  á  hacer!  Es  la  vida. . .  .  Precisamente 
por  algo  del  Banco  venía  á  molestarle  á  usted .... 

REYES 

¡  Ah!. . . .  (Pausa). 

MORALES 

¿No  le  molesto? 

REYES 

No,  no  señor .  .  .  .  ¿  En  qué  puedo  servirlo  ? 

MORALES 

Verá  usted,  amigo  Reyes.  Tengo  que  retirar  del 
Banco  unía  letra.  La  casa  Tullier,,  del  Rosario,  con 
quien  tengo  negocios,  me  ha  pedido  este  servicio. 

REYES 

Pues  es  muy  fácil:  mañana  se  presenta  usted  en 
el  Banco.  . . . 

MORALES 

Es  que  me  es  imposible.  Como  la  letra  no  vence 
hasta  dentro  de  ocho  días,  no  me  había  apresurado 
á  hacerlo.  Ya  sabe  usted,  se  va  dejando  para  hoy, 
para  mañana .... 

REYES 

Pues  si  faltan  ocho  días,  no  veo.  . .  . 


EL  ESCLAVO  -  REY 


27 


MORALES 

Aguarde  usted  un  momento.  Esta  noche,  concluía 
de  comer,  cuando  recibí  un  telegrama  urgente  de 
Pernambuco.  Ya  sabe  usted  que  allá  tengo  mi  casa 
matriz.  Se  trata  de  un  asunto  delicado,  que  debo 
atender  personalmente. . . . 

REYES 

Bien,  bien   Pero  

MORALES 

Así,  pues,  mañana  por  la  mañana,  pienso  embar- 
carme para  Montevideo  . . . . 

REYES 

¿Die  mañana? 

MORALES 

Sí,  ahora  hay  un  servicio  diurno  de  vapores.  A 
primera  hora,  pues,  me  embarco  para  Montevideo, 
donde  debo  formalizar  un  contrato,  y  en  aquel 
puerto,  aprovecho  la  salida  del  ' '  Atlantique "  para 
largarme  á  Pernambuco.  Ya  vé  usted,  tengo  las 
horas  contadas  

REYES 

De  manera  que  usted  desea. . . . 

MORALES 

Justamente.  Deseo  que  usted  me  preste  ese  ser- 
vicio. Usted  puede  retirarme  la  letra  mañana,  pa- 


28 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


sado,  cuando  le  venga  bien:  ya  sabe,  tenemos  ocho 
días.  Pero,  como  usted  es  empleado  del  Banco,  en 
cualquier  momento ....  ¿  puede  usted  hacerme  ese 
favor  ? 

REYES 

Cómo  no,  señor  Morales.  Con  mucho  gusto ;  si  no 
es  nada  más  que  eso.  . . . 

morales 

Nada  más.  Le  quedaré  muy  grato  de  su  atención.... 

REYES 

Pues  vaya  usted  sin  cuidado.  Mañana  mismo  le 
retiraré  la  letra.  ¿  Se  la  enviaré  á  usted  ? 

MORALES 

No,  no  señor.  La  recogeré  á  mi  vuelta,  á  menos  que 
usted  no  tenga  inconveniente  en  expedirla  á  la  casa 
Tullier  y  Compañía,  del  Rosario .... 

REYES 

Como  usted  disponga.  . .  . 

MORALES 

Bien,  ya  que  es  usted  tan  amable,  le  agradeceré 
doblemente  que  se  la  envíe  á  aquellos  señores.  .  .  . 
(Cuenta  billetes  de  Banco). 

REYES 

No  hay  más  que  hablar  (Recibiendo  los  büle- 


EL  ESCLAVO  -  REY 


29 


tes  que  le  entrega  Morales)  Voy  á  darle  un  reci- 
bito  provisorio. .  .  .  (Llamando)  ¡  Camila! 

morales 

No  sabe  usted  como  le  agradezco  esta  molestia  que 
se  toma. . . . 

REYES 

No  vale  la  pena ....  entre  amigos ....  (A  Ca- 
mila, que  entra)  Pluma,  tinta. 

ESCENA  VII 
Dichos,  Camila,  un  momento ;  al  fin  Isabel 

( Camila  toma  en  el  aparador  recado  de  escribir  y 
lo  coloca  sobre  la  mesa). 

REYES 

Camila,  guarda  este  dinero  en  tu  armario.  Mañana 
me  lo  darás  cuando  vaya  al  Banco.  (Le  entrega  el 
dinero  y  pénese  á  escribir.  Sale  Camila.  Después  de 
haber  escrito,  entrega  el  recibo  á  Morales).  Aquí 
tiene  usted  el  recibito.  Mañana,  sin  falta,  quedará 
retirada  la  letra  de  los  señores  Tullier.  .  . . 

MORALES 

Unía  vez  más,  no  sé  como  darle  á  usted  las  gra- 
cias        (Saludos.  Morales  váse). 


30 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


REYES 


Bueno,  creí  qué  la  "lata"  fuera  más  larga.  . 
Vamos  á  trabajar.  (Sale). 


ISABEL 


(Entrando  casi  en  seguida)  Mamá,  mamá ;  los  abue- 
litos ! 


ESCENA  VIII 
Isabel,  Don  Luis,  Doña  Fermina  y  Camila 

(Entran  por  el  foro  don  Luis  y  doña  Fermina;  y 
casi  simultáneamente  por  la  casa,  Camila). 

don  luis 

¡Hola!  ¡Hola!  ¿Cómo  está  la  gente?  Chiquilla.... 

DOÑA  FERMINA 

Hijos  míos .... 

ISABEL 

Abuelita  querida.  .  .  .  (Saludos;  abrazos). 

CAMILA 

Mamá,  querida  mamá.  .  . . 

DON  LUIS 

Vaya,  vaya  ¿Y  cómo  están  por  acá?  ¿Reyes? 
i  Matías  1 


EL  ESCLAVO  -  REY 


31 


CAMILA 

El  nene  duerme ;  hace  poco  lo  acostó  Isabel.  Re- 
yes trabaja.  ¿  Cómo  les  ha  ido  de  viaje  ? 

DOÑA  FERMINA 

Así,  así.  Algo  derrengados  con  el  vapor. . . .  Ya 
se  vé;  los  viajes  no  son  para  los  viejos.  Pero  éste 
( por  su  marido )  va  tan  mal  de  sus  ríñones .... 

CAMILA 

¿Siempre  esos  ataques? 

DON  LUIS 

Siempre.  ¡  Qué  !le  vamos  á  hacer !  La  máquina 
vie  jia,  y  a  se  sabe 

DOÑA  FERMINA 

¿El  nene  debe  estar  muy  crecido? 

ISABEL 

M|uy  crecido  y  muy  picaro.  Ya  verá  que  gracias 
hace. 

DON  LUIS 

De  Reyes  no  hay  que  hablar.  ¿Siempre  en  el 
Banco  ? 

CAMILA 

Sí,  papá.  Trabajando,  luchando. . . . 


32 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


DOÑA  FERMINA 

Pero,  en  fin,  ¿se  vive?  ¿no  falta,  el  pan? 

CAMILA 

(Sonriendo  forzadamente)  ¡Oh,  eso  no!  No  es  la 
riqueza ;  pero  como  usted  dice,  se  vive .... 

DON  luis 

Si  tu  marido  me  hubiera  hecho  caso. ...  Te  acor- 
darás: le  ofrecí  un  buen  puesto  en  mi  estableci- 
miento de  Paysandú .... 

CAMILA 

No  puede  dejar  la  capital.  Dice  que  el  campo  lo 
entristece,  lo  enferma. 

DON  LUIS 

¡  Tonterías,  Camila !  Nada  hay  como  el  campo.  Allí 
se  vive,  se  trabaja,  se  crían  fuerzas,  se  tienen  bue- 
nos colores. ...  Tú  estás  muy  desmejorada,  hija 
mía. . . . 

CAMILA 

¿Le  parece,  papá?  Sin  embargo,  me  encuentro 
bien   1  ! 

DOÑA  FERMINA 

Allá  todos  estarían  mejor,  hasta  el  mismo  Reyes. 
Respecto  al  sueldo,  ya  sabes,  ganaría  el  doble  de  lo 
que  aquí  gana....  tendría  su  habilitación.... 


EL  ESCLAVO  -  REY 


33 


CAMILA 

j  Tantas  veces  le  he  hablado !  Pero,  es  inútil ;  no 
quiere  salir  de  aquí.  Ahora  anda  preocupado  con 
un  negocio  de  cautelas,  ¡  qué  sé  yo  ! ...  .  quebraderos 
de  cabeza. . . . 


ESCENA  IX 
Dichos,  Larrea 

LARREA 

(Por  el  fork))  Como  Perico  por  su....  (Advir- 
tiendo á  los  abuelos)  ¡Oh,  perdonen  ustedes.... 
(Reconociéndolos)  ¡Pero,  si  es  don  Luis! 

DON  LUIS 

Señor  Larrea. . . .  (Saludos). 

LARREA 

(A  doña  Fermina)  Señora....  Buenas  noches, 
Camila....  ¿Cómo  están  ustedes?  ¿Cuándo  han 
llegado  ? 

DON  luis 

Hace  un  momento  apenas. 

LARREA 

Vaya,  vaya  ¿Siempre  allá,  por  el  diablo,  en 

Río  Negro? 

3.-T.  II. 


34 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


DON  LUIS 

(Corrigiendo)  En  Paysandú,  en  Paysandú  

LARREA 

Eso  es,  estaba  confundido.  ¿Y  esa  fábrica  de  con- 
servas? ¿Produce? 

DON  luis 

Se  hace  lo  que  se  puede ....  nos  defendemos  

DOÑA  FERMINA 

(Que  habla  con  Camila)  Ya  sé,  por  tus  cartas, 
que  Isabelita  ha  suspendido  las  lecciones  de  piano.... 

CAMILA 

i  Qué  quiere,  mamá !  Es  un  presupuesto ....  no 
ganamos  para  esos  lujos. .. . 

DOÑA  FERMINA 

Es  una  lástima.  Yo  que  me  hacía  la  idea  de  que 
mi  nieta  iba  á  saber  tocar,  cuando  yo  viniera,  aquella 
melodía  que  tanto  me  gusta  

CAMILA 

¡ Ah,  sí!  "La  plegaria  de  una  Virgen". ...  Ya  la 
tocaba  casi ....  Pero,  en  fin,  más  adelante .... 
cuando  Reyes  consiga. . . . 

DOÑA  FERMINA 

¡  Chist,  chist ! .  . . .  No  digas  eso ;  más  adelante 
puedo  morirme .... 


EL  ESCLAVO  -  REY 


35 


CAMILA 

¡  Mamá,  por  Dios ! . . . . 

DOÑA  FERMINA 

Ya  vamos  para  viejos,  hija  mía. . . .  Así  es  que 
no  puedo  esperar  tanto.  Pensando  en  esto,  le  traigo 
á  Isabelita  un  regalo .... 

ISABEL 

¡  Oh,  abuelita ! 

DOÑA  FERMINA 

Sí,  le  he  escamoteado  á  Luis  un  buen  puñadito  de 
libras  esterlinas ....  Las  tengo  en  mi  cartera .... 

CAMILA 

Pero,  mamá  

DOÑA  FERMINA 

.Cállate,  es  un  regalo  para  mi  nieta,  para  que  b 
compren  un  buen  piano ....  Luego  te  daré  esa  pla- 
tita .... 

ISABEL 

(Abrazando  á  la  abuela)  ¡Querida  abuelita! 

DOÑA  FERMINA 

Pero,  ¡ya  sabes....  "La  plegaria  de  una  Vir- 
gen ' ' . . . .  que  no  se  te  olvide .... 


36 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


LARREA 


(A  don  Luis)  Tendría  que  retirarse  á  cuarteles 
de  invierno .... 


DON  LUIS 


¿Qué  quiere  usted,  amigo  Larrea?  Es  mi  ley,  el 
trabajo.  Si  no  tuviera  en  qué  ocuparme,  me  moriría. 


CAMILA 


(A  Isabel)  Isabel,  avisa  á  papá  que  están  los  vie- 
jos. (Sale  Isabel). 


ESCENA  X 
Dichos,  menos  Isabel;  luego,  Reyes 

don  luis 

(A  Larrea)  Si  Reyes  quisiera  ponerse  al  frente 
de  mi  establecimiento,  entonces  no  digo  que  no ... . 

larrea 

¿  Y  Reyes  no  quiere  aceptar  ?  Pues  me  parece  que 
su  oferta  es  tentadora.  Lo  que  es  aquí,  nunca  dejará 
de  ser  un  pobre  empleado  de  Banco. 

DON  LUIS 

¿No  es  cierto?  Yo  no  sé  que  apego  puede  tenerle 
á  esta  capital,  donde  la  vida  es  más  cara,  más. . . . 
(Viendo  entrar  á  Reyes)  Aquí  le  tenemos. 


EL  ESCLAVO  -  REY 


37 


REYES 

¡  Hola,  hola ! . .  .  .  ¿  Cómo  vamos  í  ¿  Qué  tal  ese 
viaje?  (Saludos). 

LARREA 

Hablaba  ele  tí  con  don  Luis.  Parece  que  tiene 
intenciones  de  llevarte  como  administrador  de  su 
establecimiento,  en  Paysandú .... 

DON  luis 
Sí,  isería  mi  mayor  gusto. 

REYES 

¿Todavía  piensa  usted  en  eso,  clon  Luis? 
DON  luis 

Hijo  mío,  yo  ya  voy  haciéndome  viejo ....  y  en- 
tonces, naturalmente,  me  agradaría  descansar  un 
poco ....  Dejando  la  fábrica  en  buenas  manos,  que- 
daría contento  y  tranquilo.  .  .  . 

REYES 

Pero,  es  que  yo ... . 

don  luis 

¡  Qué  diablos !  Al  fin  y  al  cabo,  ¿  á  quién  ha  de 
quedar  todo  eso,  cuando  yo  me  muera?. . . . 

larrea 

¡  Oh,  don  Luis !  No  hay  que  pensar .... 


38 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


DOÑA  FERMINA 

(A  Camila)  No  te  preocupes,  muchacha.  Los  es- 
tudios son  por  mi  cuenta.  Yo  pagaré  los  estudios. 
Todos  los  meses  te  pasaré  una  rentita.  .  . .  Pero,  el 
piano,  el  piano  quiero  que  se  lo  compres  á  Isabel.... 

REYES 

Tendría,  mucho  gusto;  pero  por  el  momento,  no 
puedo  aceptar .... 

CAMILA 

¿Quieren  pasar  á  ver  al  nene?  (Se  pone  en  pie). 

LARREA 

Allí  está  quizás  tu  porvenir .... 

REYES 

Bueno,  bueno  Ya  hablaremos  otra  vez. .  . . 

DOÑA  FERMINA 

(A  don  Luis)  ¿Vienes,  Luis?....  (A  Larrea) 
Con  permiso.  . .  . 

LARREA 

Es  usted  dueña,  señora.  .  . .  (Salen  Camila,  do  ha 
Fermina  y  don  Luis). 


EL  ESCLAVO  -  REY 


39 


ESCENA  XI 
Reyes  y  Larrea 

reyes 

¡  Uf !  ¡Al  fin !  ¡  Qué  matraca ! . . . .  Y  tú,  dándole 
cuerda. . .  .  Creí  que  no  íbamos  á  concluir  nunca,... 

LARREA 

Con  todo,  insisto  

REYES 

Hablemos  de  otra  cosa ....  ¿  INXi  negocio  ?    . , 

LARREA 

A  eso  vine.  González  no  tiene  por  el  momento.  .  .  . 

REYES 

¿Y  aquellos  cinco  mil  pesos? 

LARREA 

Colocados  ya.  No  hay  que  pensar.  Vi  también  al 
corredor  de  la  calle  San  Martín ....  Tendría  cuatro 
mil  pesos  al  diez  por  ciento .... 

REYES 

El  interés  no  me  importa;  pero  necesito  cinco 
iil.... 


40 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


LARREA 

Aguarda.  Al  diez  por  ciento,  pero  la  operación  no 
podría  realizarla  hasta  fin  de  mes. 

REYES 

No,  no ;  los  preciso  mañana  mismo. 

LARREA 

Imposible  ese  negocio.  Calculándolo  así,  me  fui  á 
ver  al  francés,  ya  sabes. . . . 

REYES 

Ya,  ya....  ¿Y? 

LARREA 

Con  ese  podríamos  arreglarnos.  Es  un  judío .... 

REYES 

No  importa;  necesito  los  cinco  mil  pesos.  . .  . 

LARREA 

La  dificultad  estriba  en  que  exige  una  garantía.... 

REYES 

¡  Ladrón !  ¿  Cómo  quiere .... 

LARREA 

Sobre  vale,  ya  sabes,  es  difícil .... 


EL  ESCLAVO  -  REY 


41 


REYES 

Pero  yo  no  tengo  bienes;  no  tengo  quien  me  faci- 
lite su  firma.  . .  . 

LARREA 

Tu  suegro. 

REYES 

¡Jamás!  Y  oye,  que  nadie  se  entere  aquí  de  este 
negocio. 

LARREA 

¿Quieres  que  te  diga  una  cosa,  Reyes?  Mejor  es 
que  no  te  presten  más  dinero. 

REYES 

¿  Tú  dices .... 

LARREA 

Que  es  mejor.  ...  Sí,  Reyes,  es  mejor. .  . .  Estás 
acribillado  de  deudas ;  has  firmado  no  sé  cuántos 
vales....  Debes  lo  que  no  podrás  pagar  nunca. 
¿Dónde  en  tierras  tanto  dinero? 

REYES 

¿  Cómo,  dónde  entierro  ?  Me  parece .... 

LARREA 

No  te  sulfures.  Ya  lo  sé :  eres  dueño  de  hacer  tu 
real  gana.  Pero  yo  que  te  estimo,  tengo  también  el 
derecho  de  hacerte  algunas  reflexiones.  . . . 


42 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


REYES 

Agradezco  tus  reflexiones;  pero  ahora  necesito  di- 
nero y  no  consejos. 

LARREA 

(Grave,  en  voz  más  ha  ja)  Ese  dinero,  esos  cinco 
mil  pesos,  vamos,  di,  ¿son  para  aquí,  para  tu  fa- 
milia? 

REYES 

¿  Si  son  paira  ?         ¡  Pues  está  claro !  ¿  Para  quién 

han  de  ser? 

LARREA 

Entonces  lo  más  breve  y  más  seguro,  es  pedirlos 
á  tu  suegro. 

REYES 

¡Cuerno!  Antes  que  pedirle  á  él  un  centavo,  pre 
fiero  cortarme  la  lengua. 

LARREA 

No  es  por  eso. 

REYES 

¿Eh? 

LARREA 

Que  no  es  por  eso. 

REYES 

¿Y  por  qué  es,  entonces? 


EL  ESCLAVO  -  REY 


43 


LARREA 

Porque  esos  cinco  mil  pesos,  como  los  tres  mil  de 
los  otros  días,  como  los  muchos  otros  con  que  de  un 
tiempo  á  esta  parte  te  estás  ahorcando,  no  son  para 
cubrir  los  gastos  de  esta  casa. 

REYES 

Querrás  decirme  á  mí .  . . . 

LARREA 

Que  tratas  de  engañarme,  justamente. 

REYES 

Ea,  basta  de  zonceras .... 

LARREA 

Eso  digo  yo.  ¡  Basta  de  zonceras,  Reyes,  basta  de 
gastar  lo  que  no  tienes  con  una  mujerzuebw 

REYES 

¡  Larrea ! 

LARREA 

Pero,  ¿qué  te  figuras?  ¿Crees  que  vivimos  en  la 
luna?  (Bajando  la  voz)  Lisetta,  la  cantante  gom- 

meuse  del  Casino  Ya  vés,  estamos  enterados  

(Un  silencio)  ¿Y  es  por  esa  mujer  que  sacrificas  á 
tu  familia  ? . .  . . 


44 


VÍCTOR  PÉREZ  PET1T 


REYES 

Y  bien,,  sí,  es  cierto;  estoy  loco,  estoy  loco  por 
esa  mujer....  ¿Qué  quieres?  En  esta  casa  no  he 
encontrado  nada,  sino  disgustos,  contrariedades,  mi- 
serias. . . .  Me  casé  estúpidamente,  porque  sí.  Y  ya 
vés  :  Camila  es  la  vulgaridad  misma,  es  de  una 
ehatura  espantosa,  fea,  tonta .... 

LARREA 

Es  buena,  sencilla,  trabajadora;  es  la  madre  de 
tus  hijos;  la  compañera  de  tus  sufrimientos.  . .  . 

REYES 

¡Déjate  de  romanticismo!  Esto  es  la  prosa  ele  la 
vida,,  el  aburrimiento,  el  tran-tran,  la  hartura,  la 
muerte ....  Rutina,  peleas,  lágrimas,  ¡  uf !  Y  yo 
necesito  Vivir,  moverme,  reir,  gozar;  yo  preciso  lo 
nuevo,  lo  imprevisto,  ¿comprendes?  Y  allá,  allá  he 
encontrado  un  paraíso. 

LARREA 

No  te  olvides  que  en  ese  paraíso  debes  entrar  con 
cinco  mil  pesos. . .  . 

REYES 

¿Eh? 

LARREA 

Lo  cual  te  procura  algunos  dolores  de  cabeza. 


EL  ESCLAVO  -  REY 


45 


REYES 

¡  Déjame  en  paz !  Tú  tienes  una  moral  de  gabinete 
que  no  comprende  la  vida .... 

'  LARREA 

¡PerOi,  con  mil  demonios1,  si  lo  comprendo  todo! 
El  que  no  me  comprende  eres  tú.  Yo  no  te  censuro 
que  tengas  una  querida,  porque,  ¡qué  diablos!  eso 
de  la  fidelidad  de  los  hombres  es  una  cosa  por  el 
estilo  del  fin  del  mundo,  todos  lo  esperan  y  nadie 
cree  en  él;  lo  que  te  censuro  es  que  dés  el  paso 
más  largo  de  lo  que  te  permiten  tus  piernas;  que 
hagas  pasiar  hambre  y  miseria  á  tu  familia.  . . . 

REYES 

Eso  es  cosa  mía  y  á  nadie  le  importa  . . . . 

LARREA 

(Sin  oirle,  sin  interrumpirse)  . . .  .por  una  canzo- 
netista  de  casino,  por  una  mujerzuela. .  . . 

REYES 

¿Te  qufrere/si  callar,  infeliz? 

LARREA 

¿Qué?  ¿Te  figuras  que  tu  Lisetta  se  ha  escapado 
de  un  altar? 

REYES 

No  me  figuro  nada.  Sé  lo  que  ha  sido;  me  ha 
contado  toda  su  historia. . . . 


46 


VÍCTOR,  PÉRE2  PETIT 


LARREA 

Ya.  Que  es  hija  de  buena  familia.  Que  tenía  un 
novio,  que  la  engañó.  Que  sus  padres  la  echaron. 
Que  sus  parientes  nadan  en  el  oro .... 

REYES 

No  seas  papanata.  Lisetta  fué  lo  que  fué.  Pero 
hoy  es  una  buena  muchacha.  Ha  roto  con  todo  su 
pasado.  Me  quiere,  ¿entiendes?  me  quiere,  y  por  mí 
ha  dejado  las  tablas,  ha  roto  con  sus  antiguas  rela- 
ciones, con  Manon,  con  el  granuja  aquel  de  la  pu- 
ñalada, con  todos ....  Mira,  ¿  conoces  á  Ladislao, 
ese  Ladislao  no  sé  cuantos,  en  fin,  Ladislao,  no?  Un 
viejo  imbécil,  lleno  de  plata,  asiduo  del  Casino. . . . 
le  pasaba  una  renta  magnífica ....  Bueno,  pues  lo 
ha  puesto  á  la  puerta;  lo  ha  echado  como  á  un 
perro  

LARREA 

Por  tí,  naturalmente .... 

reyes 

¡  Claro,  que  por  mí !  ¿  Y  eso  qué  prueba  ?  ¿  No  es 
amor  eso?  Se  ha  venido  á  vivir  conmigo,  sencilla- 
mente. . .  . 

LARREA 

A  razón  de  cinco  mil  pesos  cada  cuatro  ó  cinco 
días .... 


EL  ESCLAVO  -  BEY 


4/ 


REYES 

En  fin,  ¿puedes  conseguirme  ese  dinero? 

LARREA 

Ya  lo  vés.  He  caminado  todo  el  día  inútilmente. 
¿Tienes  la  garantía? 

REYES 

Pero,  ¿de  dónde  quieres  que  la  saque?  Estoy 
hundido,  agotado ....  ( Estallando )  Pero,  ese  judío 
del  diablo,  ¿qué  quiere?  Cobra  el  interés  que  se  le 
dá  la  gana,  y  todavía  exige  

LARREA 

Entonces,  Reyes,  tiempo  perdido .... 

REYES 

(Con  un  gesto  de  desaliento)  Está  bueno. . . . 

LARREA 

Oye,  Reyes.  Hace  un  instante,  tu  suegro  te  ofrecí: 
un  empleo. . .  . 

REYES 

No  puedo,  no  puedo .... 

LARREA 

Porque  no  te  atreves  á  romper  con  Lisetta ;  por- 
que enes  un  desdichado,  un  desdichado  suicida  que 
corre  enceguecido  á  un  precipicio  sin  saber  dete- 
nerse, sin  tener  voluntad  para  detenerse .... 


48 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


REYES 

Larrea,  amigo  mío,  necesito  ese  dinero .... 

LARREA 

¿De  dónde  quieres  que  lo  saque?  ¿Tienes  la  ga- 
rantía ? 

REYES 

Está  bien ;  está  bien .... 

LARREA 

(Cogiendo  su  sombrero)  Rompe  con  Lisetta,  amigo 
mío.  Búscate  algo  más  barato .... 

REYES 

Está  bien ;  está  bien .... 

LARREA 

(Tendiéndole  la  mano)  Me  voy         Sin  rencor, 

¿eh? 

REYES 

¡Bah!  Entre  amigos. ...  (Va  á  salir  Larrea  y  se 
encuentra  con  Tiriot  que  entra). 

LARREA 

Aquí  tienes  al  ínclito  Tiriot.  (Saludándolo  al 
irse)  Adiós,  bribón. 

TIRIOT 

Adiós,  Paul  Bourget. 


EL  ESCLAVO  -  REY 


49 


ESCENA  XII 
Reyes  y  Tiriot 

reyes 

Entra  Tiráot.  Llegas  á  pelo.  ¿  Qué  hay  de  nuevo  ? 

TIRIOT 

Vengo  de  paso.  Abajo  me  espera  don  Julio. 
reyes 

¿El  protector  de  Manon? 

TIRIOT 

El  mismo.  Está  furioso  contigo.  Dice  que  es  por 
tu  consejo  que  Lisetta  ha  roto  con  Manon. 

REYES 

¡  Claro  que  es  por  mi  consejo  !  Lisetta  no  puede 
tener  amigas  así .... 

TIRIOT 

Bueno,  bueno.  He  entrado  de  paso  para  decirte 
que  vi  á  Lisetta.  Está  bramando  

reyes 

Le  habrás  dicho. . . . 

4.--T.II. 


50 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


TIRIOT 

Que  no  podías  ir  porque  estabas  enfermo.  No 
quiso  entender  nada.  Me  replicó  que  s(i  estabas  in- 
dispuesto, hubieras  podido  enviarle  bajo  sobre  lo  que 
te  pidió ;  —  que  así  no  se  hace  esperar  á  una  mujer.... 

REYE3 

Pero .... 

TIRIOT 

Aguarda.  Que  no  es¡  una  tonta;  que  son  evasivas 
tuyas ;  que  ya  no  la  quieres  como  al  principio .... 
¿á  ver,  aué  más?. .  . . 

REYES 

Entonces,  0muy  enojada? 

TIRIOT 

¡Figúrate!  (Recordando)  ¡Ah!  Lo  principal:  y 
que  si  mañana  á  mediodía  no  le  has  enviado  el 
dinero  que  te  pidió,  se  verá  en  la  necesidad  de  re- 
currir á  Ladislao,  ya  sabes. . . . 

reyes 

j  Basta !  Dile  que  mañana  tendrá  ese  dinero.  ¿  Oyes  ? 
Se  lo  vas  á  decir  ahora  mismo .... 

TIRIOT 

¿Ahora?  Muchas  gracias.  Ahora  me  voy  con  don 
Julio  á  oir  una  sección.  . .  . 


EL  ESCLAVO  -  REY 


51 


REYES 

Bueno,  pues;  iré  yo  mismo.  Gracias,  Tiriot. 

TIRIOT 

Hasta  mañana.  (Y ase). 

ESCENA  XIII 
Reyes,  solo;  luego  Camila 

REYES 

(Paseándose  muy  agitado)  ¡Todo,  todo  sale  como 
el  demonio ! . . . .  Ese  papanata  de  Larrea  y  ese  judío 
del  infierno ! . .  .  .  No,  y  es  claro,  si  no  le  mando  ese 
dinero,  es  capaz . .  .  .  ¡  Ah,  no,  no,  no  !  ¡  Ladislao,  no ! 
¡  Ladislao,  no ! .  .  . .  Hay  que  concluir.  . . .  Eso  es ...  . 
En  seguida,  es  lo  mejor. . . .  (Llamando)  ¡Camila! 
¡  Camila !  ( Nerviosamente)  Lo  repondré  dentro  de 
unos  días ....  lo  más  pronto  posible ....  ¡  Camila  ! 

CAMILA 

¿  Llamabas  ? 

reyes 

Hace  una  hora  que  llamo.  Pareces  sorda.  ¿  Qué 
diablos  hacías? 

CAMILA 

Estaba  buscando  mi  anillo  de  brillantes,  aquel 


52 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


con  una  perla,  que  me  regaló  papá  cuando  nos  ca- 
samos .... 

REYES 

Bueno,  bueno  ;  tráeme  el  sombrero. 

CAMILA 

¿Cómo?  ¿vas  á  salir? 

REYES 

Voy  á  salir,  ¿qué  hay  con  eso? 

CAMILA 

Está  bien,  está  bien ....  Pues,  ¿  sabes  que  no  lo 
encuentro  ? 

REYES 

¿Qué  cosa? 

CAMILA 

Mi  anillo.  Lo  tenía  en  una  cajita,  en  el  cajón  de 
La  cómoda .... 

REYES 

Por  ahí  andará.  Déjame  en  paz. 

CAMILA 

Lo  he  buscado  por  todas  partes.  Quería  mostrár- 
selo á  mamá.  Y  no  lo  encuentro,  no  lo  encuentro 
por  ningún  lado .... 


EL  ESCLAVO  -  REY 


53 


REYES 

Porque  esta  casa  es  un  bochinche ;  porque  no  ha> 
orden ....  Todo  anda  aquí  manga  por  hombro .... 
De  fijo  ha  ido  á  la  basura.  . . . 

CAMILA 

No.  Yo  lo  tenía  siempre  en  el  mismo  sitio.  Ayer 
todavía  lo  limpié  con  aguardiente.  Deben  habérmelo 
robado. 

beyes 

¿Robado?  ¿Quién? 

CAMILA 

No  sé.  Aquí  no  entra  nadie.  ¡  Qué  pena !  Un  anillo 
que  era  un  recuerdo  de  papá .... 

REYES 

¿Acabaras  de  traerme  el  sombrero,  con  mil  demo- 
nios? Estoy  yo  para  oir  zonceras  ahora.  . . .  ( Camila 
obedientemente  va  á  salir,  cuando  la  voz  de  su  ma- 
rido la  detiene)  Camila,,  oye. .  . .  ( Con  voz  más  baja, 
cual  si  tuviera  miedo  de  su  propio  acento)  Escu- 
cha. . . .  es¡e  dinero,  el  que  trajo  Morales.  .  . .  tráelo. 

CAMILA 

¿Lo  vas  á  llevar  ahora? 

REYES 


Sí,  voy  á  llevarlo.  (Con  ira,  para  darse  ánimos) 
Pero,  ¡Cristo!  ¿lo  traerás  de  una  vez?  (Camila  sale 


54 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


precipitadamente.  Al  quedar  solo,  Reyes  se  sienta 
pensativo.  Después  de  una  pausa,  poniéndose  en  pie) 
Ocho  días ....  ¡  Bah !  Entre  tanto,  buscaré  sobre 
vale  . . . . 

CAMILA 

(Entrando  con  el  fajo  de  billetes,  un  abrigo  y  el 
sombrero)  Aquí  tienes.  Lleva  también  el  sobretodo; 
puede  refrescar.  . . . 

REYES 

No  seas  estúpida.  Hace  calor. 

CAMILA 

(Tratando  de  darle  el  sobretodo)  Con  todo,  mejor 
sería. . . . 

REYES 

(Cogiendo  el  sobretodo  y  arrojándolo  lejos)  ¿No 
te  he  dicho  que  no?  ¡Qué  embromar!  (Sale  rápida- 
mente. Camila,  con  tristeza,  le  vé  partir). 


TELÓN 


ACTO  SEGUNDO 


Saloncillo  muy  elegante  del  chalet  que  Lisetta  posee 
en  los  alrededores  de  la  ciudad.  Sobre  el  foro,  una  gran 
portada  con  amplias  vidrieras  á  los  lados  que  permiten 
ver  una  gran  terraza  que  dá  sobre  un  jardín :  en  la  te- 
rraza, palmas,  heléchos,  etc.  En  el  saloncillo,  de  estilo 
art-nouveau,  habrá,  á  la  derecha,  segundo  plano,  un 
piano  casi  disimulado  por  adornos  de  sala  y  algunas 
plantas  de  invernáculo ;  y  á  la  izquierda,  dos  puertas  con 
portiers,  un  sofá,  sillones,  un  puff;  etc.  Del  otro  lado,  pri- 
mer plano,  una  mesa  con  álbums,  bibelots,  fotografías, 
jarrones  con  flores,  etc.  El  lujo  de  esta  habitación  con- 
trasta con  la  miseria  de  la  del  acto  anterior. 

ESCENA  PRIMERA 
Lisetta,  Clotilde  y  Manon 

(Al  levantarse  la  tela,  Lisetta,  tendida  negligen- 
temente en  el  sofá,  fuma  un  cigarrillo  mientras  ob- 
serva á  Clotilde  que,  sentada  en  el  suelo  y  utilizando 
el  puff  como  mesa,  echa  las  cartas  haciendo  un  soli- 
tario. Manon,  junto  á  la  mesa  que  está  en  el  otro  ex- 
tremo de  la  habitación,  hojea  un  álbum). 

CLOTILDE 

Una  mujer  rubia:  esta  es  la  señora.  Ahora,  el  ca- 
ballo de  oros . . . .  ¡  Oh,  qué  cosa  más  rara !  ¿  Vé  usted, 


\ 


56 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


señara  ?  ¡  El  caballo  de  oros !  Un  hombre  que  hace 
un  viaje. . . . 

LISETTA 

Lie  tue  carte  non  sanno  quello  che  si  d'ieono,  Clo- 
tilde. 

CLOTILDE 

¡  Oh,  señora  Lisetta !  ¡  No  puede  ser !  Las  cartas 
no  mienten  nunca.  Siempre  me  ha  salido  cierto  lo 
que  me  han  dicho. 

LISETTA 

¿  Davvero  ?  ¿  Sei  propio  cosi  sicura  ¥  Seguita,  dun- 
que. 

CLOTILDE 

¿Cómo  no?  ¿Se  acuerda  aquella  vez  que.... 
(Viendo  la  nueva  baraja  que  ha  echado)  ¡  Ah!  ¡  Otro 
hombre !  Mire,  señora  Lisetta :  el  rey  de  oros  ha- 
ciendo vis  con  la  reina. .  .  . 

LISETTA 

(Jugando  con  su  chinela  y  fumando  negligente- 
mente) ¿Vuol  diré? 

CLOTILDE 

Quiere  decir  que  un  hombre  rico  reemplaza  al  ca- 
ballero que  se  marcha.  . . . 

LISETTA 

i  Ja !  ¡  Ja !  ¡  Ja  ! 


EL  ESCLAVO  -  REY 


57 


MANON 

(Dejando  el  álbum  y  viniendo  hacia  ella)  ¿Ebbene? 
¿Sei  contenta,  Lisetta?  ¿Cosa  ti  dice  la  sorte? 

LISETTA 

Delle  sciochezze,  Manon.  ... 

CLOTILDE 

( Ofendida )  Si  la  señora  no  cree  en  las  cartas .... 

LISETTA 

Non  importa,  Clotilde.  Fa  un  solitario,  é  piú  si- 
curo. 

MANON 

Aliona,  io  me  ne  vado.  Ho  da  cercare  il  mió  Giulio. 

LISETTA 

Di 'un  pó  tu,  ¿a  quest'ora? 

MANON 

Giá.  Lo  prendero  al  suo  circolo.  Andiamo  oggi  a 
Pakirmo. 

LISETTA 

¿  Ti  fa  la  buona  vita  il  tuo  Giulio,  neh  ? 

MANON 

Mi  anoia,  cara.  Ma  non  ho  altra  cosa  da  fare. 
¿Tu  resti? 


58 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


LISETTA 

Aspetto  Reyes. 

MANON 

¡  Eceo  un  altro  seccatore !  ¡  Benedetto  Iddio ! 

LISETTA 

leri  li  ho  domar, dato  qualche  cosa....  (Timbre) 
Eccolo  (A  Clotilde)  Lascia  il  tuo  solitario.  Apri.  Fa 
presto.  (Clotilde  sale). 


ESCENA  II 

Lisetta,  Manon  ;  luego  Clotilde  y  la  Chica 
de  la  modista 

MANÓN 

¡Reyes!  Scusa,  cara.  lo  me  ne  vado. 

LISETTA 

Ma  no,  resta.  Non  ti  dirá  milla. 

MANON 

M'attacca  i  nervi,  il  tuo  Reyes.  Non  posso  sof- 
frirlo. .  . . 


LISETTA 

Per  questa  volta,  Manon . . . 


EL  ESCLAVO  -  REY 


59 


CLOTILDE 

( Guiando  á  la  chica  de  la  modista  que  trae  una 
gran  caja)  Señora  Lisetta,  es  el  vestido  nuevo. 

LISETTA 

¡  Ah,  benissimo !  Vediamo.  ( Atropelladamente  abre 
la  caja.  Extiende,  mientras  habla,  el  vestido  sobre  el 
¡sofá.  Manon  y  Clotilde  se  extasían)  É  un  semplice 
vestiito  da  casa,  Manon.  Ne  avvevo  propio  bisogno .... 
Guarda.  ¿  Ti  piace  ?  ¿  É  bello  í 

MANON 

Meraviglioso ....  charmant .... 

CLOTILDE 

i  Qué  bien  le  va  á  quedar  á  la  señora !  Este  color 
siempre  la  viste  muy  bien  á  la  señora. 

LISETTA 

¿Ti  pare,  Clotilde?  Si,  é  molto  bello.  (A  la  chica) 
¿Hai  portato  lia  fattura? 

LA  CHICA 

(Presentando  la  nota)  Aquí  está,  señora 

LISETTA 

Va  bene.  Lasciala.  lo  passeró  di  la.  (Sale  la 
chica). 

MANON 

Charmant  É  veramente  charmant  


60 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


CLOTILDE 

Es  mucho  más  bonito  quie  el  traje  azul  que  se  hizo 
la  señora  el  mes  pasado. 

LISETTA 

Giá.  E  piú  bello. 

CLOTILDE 

¿Por  qué  no  se  lo  prueba,  señora  Lisetta?  Tengo 
ganas  de  vérselo  puesto. 

LISETTA 

¿  Ti  piacerebbe  ?  Aspetta  a  domani.  Domani  lo  ve- 
drai....  (Al  ver  entrar  á  Reyes)  ¡Oh!  Ecco  Re- 
yes  

,  ESCENA  III 

Dichos  y  Reyes 

reyes 

Mi  querida  Lisettiai. . . .  (Advirtiendo  á  Manon) 
¡Ah!  ! 

MANON 

(Saludando)  Signor  Reyes. .  . .  Vod  éntrate  eid  io 
stavo  per  uscire ....  Dunque,  scusate ....  (A  Li- 
setta)  Carina,  un  baccio. ...  me  ne  vado. 


EL  ESCLAVO  -  REY  61 
LISETTA 

Nient'affatto.  Puoi  restare. 

MANON 

No,  no;  ho  da  laseijarti.  Giulio  m'aiípetta  (Salu- 
dando) Signor  Reyes....  Ciao,  Clotilde.  (A  Li- 
mita) Non  disturbarti  (Sale  acompañada  por  Clo- 
tilde ) . 

ESCENA  IV 
Lisetta  y  Reyes 

REYES 

(Gravemente)  ¿Cómo  está  Manon  aquí?  ¿No  te 
había  advertido  que  no  la  recibieras  más?  ¿Por  qué 
no  me  obedeces,  Lisetta? 

LISETTA 

( Como  si  no  le  hubiera  oido;  alegremente )  Guarda, 
caro,,  il  mió  nuovo  vestito.  ¿Ti  piace? 

reyes 

Sí,  muy  bonito   En  fin,  Lisetta,  ¿quieres  de- 
cirme ? . . . . 

LISETTA 

É  un  vestito  di  casa,  ¿capisci?  Ne  avvevo  propio 
bisogno.  Prendí  il  contó.  É  cosa  da  poco. 


62 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


REYES 

(Guardando  la  nota)  Bien,  bien....  Ahora  vas 
á  decirme .... 

LISETTA 

(Sentándose  en  un  sillón)  Reyes....  amico 
mió....  Sei  gentile,  suona  Clotilde.  (Beyes  toca 
el  timbre)  Sonó  stanca. .  .  .  ¡Dio,  che  sonó  stanca! 

reyes 

Pero,  en  fin,  ¿me  dirás?  (Entra  Clotilde). 

ESCENA  V 
Dichos.  Clotilde 

CLOTILDE 

¿Ha  llamado  la  señora? 

LISETTA 

Si,  porta  quella  roba  nella  mia  stanza.  Bada,  non 
sciuparla. 

CLOTILDE 

Pierda  cuidado,  la  señora,  no  lo  estropiaré.  ( Co- 
giendo el  vestido)  \Q,ué  preciosura  !  Es  el  más  lindo 
que  tiene  la  señora. 

LISETTA 

Via,  via .... 


EL  ESCLAVO  -  REY 


63 


CLOTILDE 

¡  Oh !  Y  ahora  que  tiene  éste,  seguramente  no  se 
pondrá  más  el  azul.  .  .  . 

LISETTA 

¿Quale?  ¡Ah,  giá!  II  celeste.  Ma,  é  bruto  que!  lo 
1L... 

CLOTILDE 

¿Es  f  eo  ?  ¡A  mí  que  me  gusta  tanto ! 

LISETTA 

¿  Ti  piace  ?  Allora,  va  bene.  Ti  lo  regalo,  Clotilde. 

CLOTILDE 

¿  Me  lo  regala  ?  ¡  Oh,  qué  buena  es  la  señora .... 
Gracias.  (Sale). 


ESCENA  VI 
Lisetta  y  Reyes 

REYES 

¿Cómo?  ¿Le  regalas  tu  vestidlo  azul?  Pero  si  no 
te  lo  has  puesto  más  que  dos  veces  

LISETTA 

Lascia  stare.  ¿Hai  veduto  Tiriot?  ¿Mi  ha  com- 
perato  il  cavallo? 


64 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


REYES 

¿Vías  á  comprar  un  caballo?  ¿Y  qué  harás  de  la 
yegua? 

LISETTA 

Non  so ... .  Cercheró  un  compratore. 

REYES 

No  te  darán  nada. 

LISETTA 

¡Diiamine!  Allora  la  regalo  á  Manon. 

REYES 

( Enojado )  \  Oh,  al  fin !  Esto  no  puede  seguir  así, 
Lisetta. 

LISETTA 

(Indiferente)  ¿Che  cosa,  caro? 

REYES 

Yo  te  había  pedido  que  cesaras  tus  relaciones  con 
Manon.  Ya  vés:  tú  no  me  obedeces,  Lisetta.  La  si- 
gues recibiendo  lo  mismo,  sin  fijarte  en  que  me 
disgustas  

LISETTA 

(Con  ingenuidad)  ¿Dawero?  ¿ti  displace?. 
reyes 

Estoy  disgustado,  sí.  No  me  agrada  que  no  atien- 
das lo  que  te  pido.  Manon  es  una  amiga  que  no  te 


EL  ESCLAVO  -  REY 


65 


conviene.  Sus  locurasi  y  fantasías  llaman  la  aten- 
ción de  todo  el  mundo.  Así,  ya  vés,  es  natural  :  an- 
clando tú.  con  eKa,  recibiéndola  en  tu  casa,  todos 
creerán  que  eires  como  ella. . . . 

LISETTA 

(Canturreando  á  media  voz)  "Viens,  poupoule, 
viens".... 

REYES 

¡Oh!  ¡Basta,  Lisetta!  Yo  no  soportaré  más. . . . 

LISETTA 

(Repentinamente  seria)  ¿Cosa?  ¿Cosa  hai  detto? 

REYES 

(Acobardado  por  la  mirada  de  su  amante)  Yo.... 
en  fin  ya  vés ... 

LISETTA 

(Después  de  una  pausa,  con  calma  otra  vez,  recli- 
nándose en  su  asiento)  ¿Mi  porti  ció  che  ti  ho  do- 
mandato  ieri? 

REYES 

¿Los  dos  mil  pesos?  La  verdad,  no  he  tenido 
tiempo  

LISETTA 

(Con  desprecio)  Benissimo.  Sei  gentile. 

5.  — T.  II. 


66 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


REYES 

(Humildemente)  Escucha,  Lisetta.  Hace  ocho  días 
te  traje  cinco  mil  pesos.  Luego,  dos  días  después,  tres 
mil  quinientos.  Ya  vés,  es  mucho....  en  poco 
tiempo*.  .  .  . 

LISETTA 

lio  capito.  Non  vuoi  darmeli. 

REYES 

¿Te  has  enojado?  Lisetta,  hay  que  ser  razonable. 
Un  día,  compras  un  caballo,  y  al  día  siguiente  quie- 
res deshacerte  de  él,  para  comprar  otro.  Los  som- 
breros no  te  los  pones  más  que  una  vez.  Tus  vestidos 
nuevos  se  los  regalas  á  Clotilde.  Yo,  ya  vés,  quisiera 
satisfacer  todos  tus  gustos. .  . . 

LISETTA 

(Swd  únicamente)  ¡Ah,  ah!  Lo  vedo  bene  

REYES 

Yo  te  quiero,  Lisetta,  te  quiero  bien ....  Quisiera 
tener  una  fortuna  para  ponerla  á  tus  pies.  Pero,  íi 
veces,  no  se  puede .... 

LISETTA 

¿  Nient  'altro  ?  Ya  benone.  Cercheró. 

REYES 

¡  Lisetta !  ¿  Qué  quieres  decir  ? 


EL  ESCLAVO  -  REY 


67 


LISETTA 

¡  Oh !  ¡  alia  f  inie !  ¡  sonó  stanca !  ¿  capisci  ?  ¡  sonó 
stanca!  ¿Credi  che  io  sia  avvezzata  alia  miseria? 
¿credi  che  io  posso  andaré  avanti  cosi?  No,  caro 
mió.  Ne  ho  per  di  sopra  alia  testa  de'tuoi  gemiti,  di 
queste  privazioni.  Se  non  puoi  affidare  una  donna, 
resta  a  casa  tua. 

REYES 

Lisetta  querida. .  . . 

LISETTA 

¿O  credi  che  ti  debbano  amare  per  la  tua  bella 
stampa?  ¡Ah,  povero  Beyes!  Ma  guardati  nello 
specchío  

REYES 

No  digas  eso,  Lisetta . , . .  me  haces  daño  

LISETTA 

¿E  che  ne  ho  da  vedere  io?  Lisetta  non  domanda 
due  volte  la  stessa  cosa.  ¿  Hai  capito  ?  Io  posso  otte- 
nere  tutto  ció  che  desidero  senza  perderé  il  mió 
tempo  come  una  stupida  con  questo  mascalzone  ro- 
vinato  

REYES 

Yo  te  ruego .... 

LISETTA 

E  sappilo  una  buona  volta.  Te  ne  puoi  andaré  via 


68 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


e  non  ritornare  piú.  Ne  ho  delle  tue  miserie  al  diso- 
pra  del  capo. . . .  (Yéndose  á  su  habitación)  \  Auff ! 
¡  Che  razza  d  'uomini ! 

REYES 

Escucha,  Lisetta. . . .  (Lisetta  ha  salido  dándole 
con  la  puerta  en  las  narices^.  Beyes,  doblegado,  ven- 
cido, va  á  sentarse  en  el  sofá,  cogiéndose  la  cabeza 
con  las  manos.  Una  pausa.  Luego  entra  Tiriot). 


ESCENA  VII 
Reyes  y  Tiriot 
tiriot 

(Después  de  mirar  un  breve  espacio  á  Beyes) 
Bueno.  He  aquí  un  hombre  que  está  pensando  para 
qué  se  habrán  inventado  las  mujeres. 

reyes 

(Volviéndose)  Amigo  Tiriot,  esto  vía  mal. . . . 

TIRIOT 

¿Mal,  eh?  ¿Qué  te  ha  hecho  Lisetta? 

REYES 

Acaba  de  enojarse  conmigo,  ¿  entiendes  ?  Se  ha  eno- 
jado porque. ...  en  fin. . . .  porque  no  le  he  traído 
lo  que  me  ha  pedido. 


EL  ESCLAVO  -  REY 


69 


TIRIOT 

¡Ah,  si  es  así!  A  Lisetta  hay  que  complacerla 
siempre. 

REYES 

Es  que  ya  estoy  exhausto,  Tiriot.  Ya  no  sé  de 
donde  sacar  dinero.  Estoy  exhausto,  te  digo.  Esos 
dos  mil  pesos  que  me  ha  pedido  ayer,  es  todo  lo  que 
me  queda.  Y  yo  ya  le  he  dado ....  ( Exaltándose ) 

Pero,  mira,  mira  Todo  esto  que  vés  aquí,  todo 

lo  he  pagado  yo.  Le  he  pagado  sus  trajes,  sus  di- 
versiones, su  carruaje,  ¡  qué  sé  yo !  Nada  le  he  ne- 
gado. Y  ahora,  ya  vés. . . .  (Con  desaliento)  no  me 
quiere ;  me  desprecia ;  se  ríe  de  mí ... .  ¡ 

TIRIOT 

Entonces,  amigo  mío,  lo  mejor  es  cortar  por  lo 
sano  y  romper ! .  . . . 

reyes 

¿Con  Lisetta?  ¡Estás  loco!  Pero,  ¿no  comprendes 
que  fla  quiero,  que  la  quiero  con  toda  el  alma  ?  ¡  Ol- 
vidarla !  Pero  tendría  que  vaciarme  el  cerebro,  rom- 
perme el  corazón .... 

TIRIOT 

Todo  se  olvida  en  la  vida,  Reyes.  Vuelve  á 
casa .... 


70 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


REYES 

(Violentamente)  ¿A  mi  casa?  ¡Ah!  ¡La  odio,  la 
odio  mi  casa!  ¿Vés  tú?  Allí  he  enterrado  estúpida- 
mente mi  vida,  perdiendo  mi  juventud,  matando  mi 
porvenir,  condenándome  á  ser  siempre  un  oficinista, 
siempre,  siempre ....  Sin  mi  familia,  yo  hubiera  te- 
nido otras  ambiciones ;  me  hubiera  lanzado  á  los  ne- 
gocios; tendría  hoy,  ¿quién  sabe?,  una  fortuna. . .  . 
Y  ahora,  que  nada  puedo,  que  nada  tengo ....  ahora, 
mi  vida  está  aquí,  al  lado  de  esta  mujer. . .  .  (Con 
desaliento)  Y  ya  vés,  Tiriot;  sufro,  sufro  horrible- 
mente ....  No  puedo  decirle  nada.  Hace  un  mo- 
mento, encontré  aquí  á  Manon.  Ya  sabes.  Le  había 
prohibido  que  la  recibiera.  Pues  bueno ;  no  he  dicho 
nada.  He  tenido  miedo  que  se  enojara,  que  gritara 
más  que  yo ...  .  Porque  á  eso  hemos  llegado :  ahora 
Lisetta  me  grita  á  veces;  me  aplasta  con  veladas 
amenazas....  (Dejándose  caer  en  una  silla)  Soy 
muy  desgraciado. 

(Larga  pausa.  Tiriot  coge  un  cigarrillo  en  la  ban- 
deja, lo  enciende  y  va  á  sentarse  en  el  sofá). 

TIRIOT 

Y  bien ;  por  teso  mismo  tienes  que  tomar  una  reso- 
lución. ¿  Qué  piensas  hacer  ? 

REYES 

(Se  levanta  y  pasea  silenciosamente;  después  de 
un  instante,  con  amargura)  No  puedo  no  pue- 


EL  ESCLAVO  -  REY 


71 


do. . . .  (Un  silencio.  Dirigiéndose  luego  á  su 
amigo)  Oye,  Tiriot.  Tú  vas  á  ver  á  Lisetta.  Mira, 
hazme  un  favor:  dile  que  volveré,  que  volveré  á 
traerle  lo  que  me  ha  pedido.  .  .  .  (Va  á  coger  su 
sombrero.  De  pronto,  recordando  algo,  se  vuelve) 
¡Ah!  toma....  (Dándole  un  pequeño  estuche  que 
saca  del  bolsillo)  Dale  esto,  de  mi  parte.  Se  lo 
traía  de  regalo.  Es  un  anillo. . .  .  pero,  con  la  dis- 
cusión, me  olvidé  

TIRIOT 

(Abriendo  el  estuche  y  mirando  la  joya)  Muy  bo- 
nito. Una  perla  con  brillantes . .  .  .  ¿  Sal'adito,  eh  1 

reyes 

(Evasivamente)  Así,  así. . . .  Hasta  luego.  No  te 
olvides.  (Sale). 

ESCENA  VIII 
Tiriot,  solo ;  Pepito,  luego ;  y  Clotilde,  un  instante 

TIRIOT 

¡ Pobre  Reyes!  Esto  va  mal. . . .  (Pausa)  En  fin.... 
(Mirando  la  joya  otra  vez)  Muy  bonito  el  anillo, 
muy  bonito.  .  . .  (Pausa.  Lo  guarda  en  el  bolsillo) 
Lo  mejor  que  le  podría  pasar  á  Reyes,  es  que  ella 
lo  soltara  por  un  canuto.  . . .  Sería  mejor.  ...  (Un 
silencio)  ¿Pero  me  va  á  tener  todo  el  día  aquí? 


72 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


¿A  que  se  ha  olvidado  Clotilde  de  anunciarme? 
(Va  hacia  el  timbre  para  llamar,  cuando  advierte 
que  entra  Clotilde  con  Pepito  que  trae  un  ramo  de 
flores). 

CLOTILDE 

Pase  usted.  En  seguida  advierto  á  la  señora. . . . 
(Váse). 

PEPITO 

Muy  bien ;  muy  bien ....  ( Deja  sobre  la  mesa  las 
flores). 

TIRIOT 

Adelante,  Pepito.  ¿Qué  hacemos  por  acá? 

PEPITO 

¡Hola!  ¿Es  el  amigo  Tiriot?  (8 alúdanse)  Aquí 
estamos  para  saludar  á  Lisetta. . . . 

TIRIOT 

¿Y  traerle,  de  paso,  unas  flores? 

PEPITO 

¡Je!  ¡Je!  Un  pequeño,  un  pequeño  homenaje. 

TIRIOT 

Anda  usted  con  ganas  de  deshancar  á  un  amigo 
mío  . . . . 

PEPITO 

¿Dice  usted  eso  por  Reyes?          No,  no  señor, 

no....  Es  un  homenaje  nada  más....  ¡Hombre! 


EL  ESCLAVO  -  REY 


73 


A  propósito  de  su  amigo  Reyes,  ¿  qué  me  cuenta 
usted? 

TIRIOT 

¿Que  qué  le  cuento? 

PEPITO 

Sí,  la  historia  de  la  letra  de  la  casa  Tullier,  del 
Rosario ....  ¿  Surgen  complicaciones,  no  ? 

TIRIOT 

( Asombrado )  No  sé  nada. 

PEPITO 

¡  No  va  usted  á  saber ! 

TIRIOT 

Le  doy  á  usted  mi  palabra.  ¿Qué  es  ello? 

PEPITO 

¿De  veras?  ¡Vaya,  tiene  usted  ganas  de  hacerme 
hablar!  ¿No  sabe  usted  que  el  Banco  donde  está 
empleado  Reyes  pasó  aviso  á  la  casa  Tullier  que 
se  le  vencía  una  letra  hace  unois  días1? 

TIRIOT 

¿  Y  qué  tiene  que  ver  ? 

PEPITO 

¿Y  no  sabe  usted  que  dicha  casa  comunicó  que 


74 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


Morales,  ya  sabe  usted,  el  brasilero  Morales,  aquel  de 
Pernambuco,  me  parece .... 

TIRIOT 

Ya,  ya  sé  quién ....  Adelante 

PEPITO 

Parece  que  tenía  el  dinero  para  retirar  la  letra 
y  que  no  lo  hizo  

TIRIOT 

Pero,  en  todo  esto,  no  veo  que  tiene  que  ver 
Reyes .... 

PEPITO 

Aquí  está  la  encantadora  Lisetta ....  ( Entra  Li- 
setta). 

ESCENA  IX 
Dichos,  Lisetta;  luego  Don  Julio  y  Manon 

lisetta 

Miei  cari  í mici ....  ¿Mi  sonó  f atto  aspettare ? 
( Cogiendo  ¡as  flores  que  le  presenta  Pepito )  Delle 
camelie ....  Gentilissimo,  il  mío  Pepito ....  Buon 
giorno,  Tiriot  (Le  dá  la  mano  izquierda). 

TIRIOT 

Encantado  de  estrechar  esta  mano  divinísima .... 


EL  ESCLAVO  -  REY 


75 


LISETTA 

( Riendo )  \  Ja !  ¡  Ja !  Abraciatemela,  dunque,  cat- 
tivo  sogetto  

TIRIOT 

(Besándole  la  mano)  Como  á  una  reina. 

PEPITO 

¿Y  yo? 

LISETTA 

(Tendiéndosela)  Fate  puré.  (A  Tiriot)  ¿II  mió 
cavallo?  (A  Pepito)  Scusate,  gli  affari  

PEPITO 

Está  usted  en  su  casa,  Lisetta.  ( Se  retira  discreta- 
mente y  hojea  un  álbum-panorama). 

TIRIOT 

El  alazán  es  suyo.  Negocio  concluido. 

LISETTA 

¿II  prezzo? 

TIRIOT 

El  que  usted  ha  fijado  en  definitiva.  Mañana  el 
caballo  estará  en  la  cochería. 

LISETTA 

Benissimo.  (Volviéndose  hacia  Pepito)  Dunque.... 


76 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


TIRIOT 

(Reteniéndola)  Un  momento.  Cuando  entré  aquí, 
encontré  á  Reyes  . . . . 

LISETTA 

( Con  fastidio )  ¡  Oh,  la,  la !  

TIRIOT 

Óigame  usted,  Lisetta.  Reyes  la  quiere  á  usted; 
pero  el  pobre  no  puede .... 

LISETTA 

Permetette ....  Permetette,  Tiriot.  Ella  non  sa 
che  sonó  stanca  del  suo  amico .... 

TIRIOT 

Es  un  buen  hombre.  Mire ;  vea  lo  que  Reyes  tenía 
pia/ra  'ofrecerle  á  usted  ( Le  dá  el  anillo )  Hay  que  ser 
buena,  Lisetta. . . . 

LISETTA 

¡  Ah !  Questo  é  assai  gentile  da  parte  sua. . . .  ( Co- 
locándose el  anillo  en  el  dedo )  Non  é  cattivo,  no ... . 
Guárdate  un  pó,  Pepito .... 

PEPITO 

(Aproximándose)  ¡Oh,  muy  bonito!  ¿Es  una  ga- 
lantería de  Tiriot?  

lisetta 

Sicuro  ¡Questo  bravo  Tiriot!  


EL  ESCLAVO  -  REY 


77 


MANON 

(Entrando  como  un  torbellino,  seguida  por  don 
Julio)  ¡La  buona  nuova!  ¡La  buona. . . .  (Se  inte- 
rrumpe al  ver  á  los  otros)  ¡Oh,  scusate!. . . .  Buon 
giorno,  Tiriot.  Buon  giorno,  Pepito.  (Saludos). 

lisetta 

( A  don  Julio )  Ben  'lieta  di  vedervi  

DON  julio 
Mi  querida  amiga. ... 

TIRIOT 

(A  Manon)  ¿Y  bien?  ¿Esa  buena  noticia? 

MANON 

¡  Ah,  no !  Voi  non  ci  éntrate  per  nulla ....  Lisetta, 
ascolta. . . .  (Tiriot,  Pepito  y  don  Julio  forman  un 
grupo  á  la  derecha;  Lisetta  y  Manon  se  sientan  en 
el  sofá  y  hablan  aparte)  Ecco  tutto  di  che  si  tratta.... 
Mía  prima,  baciami .... 

lisetta 

(Abrazándola)  Ecco  fatto  Sentiamo  la  tua  no- 

tizia. . . . 

MANÓN 

Benone.  ¿  Ma  é  buona,  sai  ? 

LISETTA 

¿Dawero?  Parla  dunque  


78 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


MANÓN 

Un  momento.  Questo  si  paga-  avanti .... 

LISETTA 

(Pasándole  una  bandejilla  con  cigarros)  ¿Una  si- 
garetta  ? 

MANÓN 

¡  Ti  domando  un  pó  io  se  questa  é  ur  a  paga! 

LISETTA 

Allora  ti  la  debo.  Parla. 

MANÓN 

Va  bene.  Ma  tóenti  soda  per  non  cascare  rovescione 
per  térra .... 

LISETTA 

¡Dio,  mi  fai  paura!  Parla  dunque  

MANÓN 

Ladislao  vuol  parlarti. 

LISETTA 

¿Cosa  dici?  ¿Ladislao? 

MANÓN 

Vuol  parlarti.  É  di  ritorno  e  dimentica  tutto. 

LISETTA 

¡Ah,  Dio,  Dio!  Ma  ¿come  si  fa? 


EL  ESCLAVO  -  REY 


79 


MANON 

Ecco.  Giulio  lo  ha  trovato  per  via  poco  anzi.  Egli 
ti  contera.  Te  l'ho  portato  súbito. 

v  ,  LISETTA 

(Volviéndose)  Sdgnor  Giulio;  f  ate-mi  il  piacere  

(Don  Julio  se  aproxima). 

MANÓN 

(A  Lisetta,  poniéndose  en  pie)  Senti.  Rammeiita 
che  fui  la  prima .... 

LISETTA 

Tó,  tó .  . . .  ¡  Oh,  mió  Dio  ! . . . .  Venite  cui,  signor 
Giulio. . . .  (Manon  va  á  hablar  con  los  jóvenes;  don 
Julio  se  sienta  al  lado  de  Lisetta). 

TIRIOT 

¿Con  que,  Manon,  nosotros  no  podemos  conocer 
esa  buena  nueva  ? 

MANON 

¡Ah,  no,  caro!  Gli  uomiini  non  sanno  guardare  i 
segretti. 

PEPITO 

Señorita  Manon;  yo  le  guardaría  uno  de  mil 
amores. 

MANÓN 

¿Credete?  E  puré,  non  sapete  guardare  il  vostro 
segretto  ? 


80 


VÍCTOR  PÉREZ  PÉTIT 


PEPITO 

¿El  mío?  ¿Qué  secreto? 

TIRIOT 

¡  Diablo !  Es  fácil  dar  con  él.  Que  está  usted  loco 
por  Lisetta .... 

PEPITO 

¿  Quién  dice  eso>  ?  ¿  Yo  he  dicho  eso  ? 

MANON 

Appunto.  Non  lo  di  te,  ma  lo  gridate  per  gli  occhi, 
per  le  gambe,  per  il  naso  tutto  il  giorno  cosi  in 
aria. . . . 

TIRIOT 

¡Touché!  (Todos  ríen). 

LISETTA 

Dunque,  Ladislao  

DON  JULIO 

Usted  comprende,  Lisetta,  hablamos  poco  porque 
yo  estaba  apurado.  Pero,  ese  buen  amigo  desea  verla 
á  usted,  hablarla  un  momento.  Ya  vé :  no  puede  usted 
negarle  esa  pequenez .... 

LISETTA 

¡  Ma  che  cosa !  ¡  Dio,  Dio !  Mi  gira  la  testa. 


EL  ESCLAVO  -  REY 


81 


DON  JULIO 

El  pobre  está  enamorado  de  veras.  Olvida  lo  que 
usted  le  ha  hecho  y  desea  pedirle  perdón  por  las  pala- 
bras que  pronunció.  Vaya,  ¿  le  recibe  usted  ? 

LISETTA 

¡Ah!  si,  certo;  che  venga. . . .  (Se  pone  en  pie) 
¡Dio,  come  sonó  contenta!. . . .  (Don  Julio  se  une  á 
los  jóvenes)  Vorrei  bailare,  gridare....  (Súbita- 
mente se  dirige  al  piano,  se  sienta  y  empieza  á  tocar, 
cantando ) :  1 1  Viens  poupoule,  viens ' '  

TIRIOT 

(A  don  Julio,  mientras  canta  Lisetta)  ¿Es  tan 
buena  la  noticia  que  provoca  esta  tempestad  ? 

DON  JULIO 

Seguramente  ha  de  creerlo  así  Lisetta  

MANON 

(A  don  Julio)  Tu,  guarda;  non  racontare  milla.... 

PEPITO 

Yo  lo  voy  á  saber  por  la  misma  Lisetta  

MANON 

¿Voi         da  Lisetta?  ¡Que  razza  de  idee  hanno 

questi  uominli!  (Lanza  una  carcajada  y  va  hacia  Li- 
setta que  deja  el  piano). 

6.-T.  II. 


82 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


LISETTA 

Ebbene. .  . .  bisogna  far  festa;  bisogna  bere  qual- 
che  cosa  . . . . 

MANON 

¡  Bravísimo !  Un  sor  so  di  whyski .... 

TIRIOT 

¡  No,  no !  ¡  Champagne !  ¡  Champagne  ! . . . . 

TODOS 

¡  Bravo !  ¡  Bravo !  ¡  Champagne ! 

LISETTA 

¡  Clotilde !  ¡  Clotilde  !  ¡  Champagne !  ¡  Fa  presto ! 

PEPITO 

(A  Lisetta)  Vamos  á  ver,  Lisetta.  Una  confidencia 
entre  amigos.  ¿Qué  nueva  es  esa?  ¿Se  puede  saber? 

LISETTA 

Certo,  si  puó  sapere.  Ecco  il  caso.  II  signor  Gíulio 
compra  la  mia  cavalla  per  regalarla  a  Manon. 

DON  JULIO 

¿Eh?  ¿Qué  dice  usted,  Lisetta? 

MANON 

¡  Ah,  caro !  ¡  Come  sei  buono ! 


EL  ESCLAVO  -  REY 


83 


DON  JULIO 

Pero .... 

MANON 

Quanto  ti  amo,  vecchietto  mió .... 

PEPITO 

No,  no  es  eso ;  no  es  eso ... . 

TIRIOT 

¡  Bravo  don  Julio !  ¡  Muy  bien !  ¡  Muy  bien ! 

DON  julio 
¡  Me  he  sacado  la  lotería ! 


ESCENA  X 
Dichos  y  Clotilde 

(En  medio  de  las  risas  y  de  la  charla,  entra  Clo- 
tilde y  mi  criado  con  copas  y  botellas  de  champagne. 
Clotilde  destapa  una  botella  y  sirve.  Pepito  descor- 
cha otra.  Bromas,  risas.  El  criado  sale  en  seguida). 

pepito 
Aquí  está  el  champagne. 

TIRIOT 

(Cantando)  "Viva  il  vino  spumeggiante "  


84 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


MANON 

¡  Ecoo  1  'artiglieria ! 

PEPITO 

Yo  isoy  una  especialidad  para  destapar  el  cham- 
pagne ....  !  •  ¡  • 

MANON 

¿Avete  fatto  dá  garcon  d 'hotel? 

DON  JULIO 

Por  favor,  Manon  

TIRIOT 

(Con  una  copa  en  alto)  Hay  que  hacer  un  brindis 
por  Lisetta. . . . 

LISETTA 

Aspettate.  Qui  non  si  parla  senza  montare  alia  tri- 
buna   

MANON 

Bravo ;  sopra  una  sedia,  Tiriot .... 

TIRIOT 

( Subiéndose  á  una  silla)  Señoras  y  señores .... 
(Protesta  general). 

TODOS 

(A  un  tiempo)  ¡No,  no!  ¡Nada  de  señores  y  seño- 
ras! —  ¡  Parece  un  orador  de  café !  —  ¡  Basta,  no  sabe 


EL  ESCLAVO  -  REY 


85 


hablar!  —  Es  muy  cursi,  eso,  Tiriot.  —  ¡Abajo  Ti- 
riot !  ¡  A  la  calle,  Tiriot ! 

TIRIOT 

(Descendiendo  de  la  silla)  En  vista  de  eistas  mues- 
tras de  simpatía,  abandono  la  tribuna  

TODOS 

¡Bravo,  Tiriot!  ¡Muy  bien,  Tiriot! 

PEPITO 

Yo  bebo  á  la  generosidad  de  don  Julio  . . . 
todos 

¡Muy  bien!  ¡Bravo!  ¡A  la  salud  del  caballo  de 
Manon ! 

LISETTA 

É  una  cavalla,  signori .... 

TIRIOT 

¡Y  á  la  salud  de  Lisetta  que  se  deshace  de  un 
clavo ! 

LISETTA 

( Arrojándole  á  las  piernas  el  contenido  de  su  copa ) 
¡Préndete,  ciarlatano! 

TIRIOT 

¡  Oh!  (Todos  ríen,  aplauden  y  hablan  á  un  mismo 
tiempo). 


86 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


MANON 

É  meritato !  é  meritato ! 

PEPITO 

¡  A  la  calle,  Tiriot !  ¡  A  la  calle,  Tiriot ! 

don  julio 
¡  Ja !  j  Ja !  ¡  Ja !  Muy  bien  hecho ! 

LISETTA 

E  adesso,  basta.  Se  mi  fa  perderé  la  vendita,  dovrá 
comperare  lui  stesso  il  cavallo.  (Timbre.  Clotilde 
sale ) . 

PEPITO 

¡Ha  estado  notable,  notable! 

DON  JULIO 

Es  encantadora  esta  Lisetta. 

LISETTA 

(A  Tiriot)  Ed  ora  dovete  domandarmi  scusa. 

PEPITO 

¡  Bravísimo !  ¡  Que  pida  perdón ! 

LISETTA 

In  ginocehio.  (Tiriot  se  arrodilla  á  sus  plantas) 
Cosí.  Baciatemi  l'orla  del  manto.  (Tiriot  besa  su 
vestido.) 


EL  ESCLAVO  -  REY 


87 


DON  JULIO 

¡  Es  un  reina ! 

PEPITO 

¡Notable!  ¡Notable! 

MANÓN 

¡Povero  Tiriot! 

TIRIOT 

¿Quedo  perdonado?  ¿No  hay  más  castigos? 

LISETTA 

Si.  Abracciatemi.  (Tiriot  la  abraza)  Ecco  il  per- 
dono. (Todos  aplauden). 

MANON 

(A  don  Julio)  ¿Allora  mi  fai  dono  della  cavalla? 

DON  JULIO 

¡  Qué  le  vamos  á  hacer !  Si  la  yegua  es  tan  mala 
como  dice  Tiriot,  no  puedo  menos  que  comprarla. 

TODOS 

¡  Bravo,  don  Julio  !  ¡  Viva  don  Julio  ! 

CLOTILDE 

(Que  ha  entrado  y  habla  aparte  con  Lisetta)  Se- 
ñora, está  el  señor  Ladislao. 

LISETTA 

¿  Cosa  hai  detto  ? 


38 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


CLOTILDE 

Está  el  señor  Ladislao.  Pide  permiso  para  ver  á  la 
señora. 

LISETTA 

¡  Ladislao !  ¡  Cosi  presto !  Ma  si,  che  entri .... 
Guarda,  Clotilde,  ascolta  ¡  Oh,  mió  Dio ! 

CLOTILDE 

¿Lo  hago  entrar  aquí? 

LISETTA 

No,  no  É  meglio  nell'altra  stanza  Passi 

nella  mia  camera  (Sale  Clotilde.  A  los  demás): 

Scusate ....  Non  li  scaccio,  pero  ho  bisogno  di  res- 
tare sola. . . . 

PEPITO 

¡C'est  trop  fort!  (Todos  protestan). 

LISETTA 

(A  Manon,  bajo)  C'é  Ladislao.  Portami  via  tutta 
questa  gente. 

MANON 

¡  Oh,  allora !  Senti,  Giulio.  Andiamo  á  Palermo. 

E  voi  altri  ¡ zut !  préndete  il  voló.  .  . .  (Protestas 

de  Pepito  y  Tiriot). 


EL  ESCLAVO  -  REY 


89 


LISETTA  y  MANON 

(Al  mismo  Uempo,  empujándoles  por  las  espaldas, 
colocándoles  los  sombreros,  entre  risas  y  bromas) 
¡Via!  ¡Via!  ¡Non  disturbarvi!  ¡a  un  altro  giorno! 
¡  In  marcia  e  súbito !  ¡  Hop,  la !  ¡  A  rivederci !  ( Salen 
en  un  torbellino  de  risas  y  protestas). 

LISETTA 

¡Auff!  ¡Finalmente!  (Llamando  nerviosamente) 
Clotilde,  Clotilde  Fate  entrare  

ESCENA  XI 
Lisetta  y  Ladislao 

LADISLAO 

¡  Qué  buena  es  usted,  Lisetta ! 

LISETTA 

¡  Oh,  Ladislao !  ( Asi,  durante  unos  segundos,  cogi- 
das las  manos,  permanecen  mirándose). 

LADISLAO 

Mi  querida  Lisetta,  no  se  figura  usted  lo  que  he 
sufrido  allá,  lejos,  pensando  siempre  

lisetta 

Sieda         (Se  sientan)  ¿Quando  é  arrivato? 


90 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


LADISLAO 

Ayer ;  he  llegado  ayer.  No  podía  más.  Hubiera  que- 
rido venir  ayer  mismo;  pero  no  me  animaba.  Des- 
pués encontré  á  don  Julio ....  me  dió  ánimos .... 
me  prometió  hablarle  á  usted. . . . 

LISETTA 

Ma  dami  del  tu. . . .  Sei  eosi  cerimonioso. . . . 

LADISLAO 

¿Y  entonces?  ¿Es  cierto?  ¿Se  olvida  todo? 

LISETTA 

Non  parliamo  del  passato.  Tutto  é  finito. 

LADISLAO 

¿  Es  el  perdón  ?  ¿  La  paz  ? 

LISETTA 

Ecco  il  sugello.  (Inclina  la  cabeza  hacia  él.  Delica 
damente,  Ladislao  la  besa  en  los  ojos). 

LADISLAO 

(D»rpués  de  una  pausa)  ¿Y  ese  otro. . . .  Reyes! 

LISETTA 

Sctaceiato. 

LADISLAO 

¿  De  veras  ?  ¿  Todo  ha  concluido  ? 


EL  ESCLAVO  -  REY 


91 


LISETTA 

Tutto.  Non  voglio  piú  vederlo.  E  poi ....  voi 
siete ....  tu  sei  ritornato ....  Ho  f  atto  una  pazzia, 
lo  confesso,  e  me  ne  sonó  pentita.  Soltanto,  dopo  che 
sei  partito  compressi  quanto  ti  amavo  

LADISLAO 

Mi  Lisetta  

LISETTA 

j  Oh,  tu  non  mi  crederai,  ma  é  vero  come  c  'é  un 
Dio!  Ho  sofferto,  ho  molto  sofferto  della  tua  par- 
tenza.  Pensavo:  l'ho  offeso,  non  tornera  piú. . . . 

LADISLAO 

Y  heme  aquí ;  he  vuelto  á  mi  Ldsetta;  á  mi  querida 
Lisetta. . . . 

LISETTA 

Caro. . . .  (Reclina  felinamente  su  cabeza  sobre  el 
hombro  de  Ladislao.  Así,  como  en  éxtasis,  perma- 
necen unos  segundos.  De  pronto,  por  el  foro,  entra 
Reyes). 

ESCENA  XII 
Dichos  y  Reyes 

reyes 

(Se  detiene  estupefacto;  luego  avanza,  violenta- 
mente) ¡Miserables! 


92 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


(Lisetta  y  Ladislao  se  vuelven  sorprendidos.  Li- 
setta  es  la  primera  en  dominarse). 

LISETTA 

( Avanzando  un  paso )  ¿  Cosa  cerca  cui  il  signore  ? 

REYES 

Soy  yo  quien  pregunta  qué  quiere  ese  hombre  en 
esta  casa .... 

LADISLAO 

¡  Caballero ! 

LISETTA 

( Conteniendo  con  un  gesto  á  Ladislao )  Perme- 
tette. . . .  (A  Beyes)  Signor  Reyes,  mi  stupisci 
molto .... 

REYES 

(Siempre  airado)  Yo  quiero  saber  qué  hace  ese 
hombre  en  esta  casa  

LADISLAO 

(A  Lisetta)  Permítame  usted;  este  asunto  se  arre- 
gla entre  hombres, 

LISETTA 

Scusate ....  lo  sonó  in  casa  mia .... 

REYES 

Yo  tengo  que  entenderme  con  el  señor ....  Yo 
tengo  que  


EL  ESCLAVO  -  REY 


93 


LISETTA 

(Imperativamente)  ¡Basta!  (Volviéndose  á  Ladis- 
lao) La  prego,  signore,  passi  in  quella  camera. 

LADISLAO 

Pero   !  '  1 

LISETTA 

La  prego         un  momento.  Voglio  una  spiega- 

zione  da  Reyes. 

REYES 

Ese  hombre  no  debe  salir  de  aquí .... 

LISETTA 

( Conteniendo  á  Ladislao  é  indicándole  su  cámara ) 
Vi  suplico  

LADISLAO 

Pero,  Lisetta  

LISETTA 

( Conteniendo  su  enojo,  con  forzada  amabilidad ) 
Vi  suplico,  davvero ....  ( Ladislao  se  inclina ) . 

REYES 

¡  Esto  no  puede  quedar  así,  caballero ! 

LISETTA 

(A  Reyes)  ¡Signore!  (Con  un  gesto  ha  impuesto 
silencio  á  Beyes.  Después  se  vuelve  á  Ladislao  y,  sin 


94 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


una  palabra,  lo  invita  á  pasar  á  m  habitación.  Ladis- 
lao sale  lentamente.  Reyes  avanza  un  paso,  crispa- 
dos los  puños;  pero  Lisetta  se  le  interpone  y  lo 
domina  con  la  mirada). 


ESCENA  XIII 
Lisetta  y  Reyes 

REYES 

( Con  ira  reconcentrada)  \  Es  una  infamia !  ¡  Es  una 
canallada ! 

LISETTA 

¿  E  con  quale  dritto  viene  llei  a  gradare  in  casa 
mia? 

REYES 

(Violentamente)  Con  el  derecho  de  ser  el  amo,  de 
ser  el  dueño  de  esta  casa.  Aquí  todo  es  mío;  todo 
esto  es  mío ;  todo  lo  he  pagado  yo ... .  Y  ése,  es  un 
ladrón,  un  cobarde,  un  canalla  que  viene  á  ro- 
barme .... 

LISETTA 

¿Voi?  ¿Voi?  ¿Voi  il  padrone  di  casa?  M'a  la  pa- 
cí roña  sonó  io,  i  o,  io ;  e  voi  non  ci  éntrate  per  nulla 
qui ....  voi  non  siete  nulla .... 


EL  ESCLAVO  -  REY 


95 


REYES 

¡Miserable!  ¿No  soy  yo  quien  te  pago  

LISETTA 

Ho  cancellato.  T'ho  dato  il  mió  favore,  ecco.  Non 
ne  parliamo  piú. 

reyes 

No,  al  contrario;  hablemos.  Tenemos  que  hablar. 
La ... .  la ... .  la  infamia  que  has  hecho  conmigo .... 

LISETTA 

¡  Oh,  f  iniamola !  lo  non  vi  amo  piú ....  lo  non 

voglio  saperne  nulla  con  voi  E  poi,  sentitelo,  io 

amo  Ladislao. . . . 

REYES 

¡Ah,  mala  mujer!  (Al  alzar  sobre  ella  la  mano,  se 
contiene,  y  queda  así,  durante  un  segundo,  vibrante 
de  cólera). 

LISETTA 

(Ante  la  amenaza,  se  ha  erguido  como  una  ví- 
bora) ¡  Nel  nome  di  Dio ! 

REYES 

Pero  tú  Pero  tú  

LISETTA 

¡Basta!  ¡Uscite,  signore!  (Reyes  la  contempla  es- 
tupefacto. Su  cólera  parece  convertirse  en  un  inmenso 
asombro). 


96 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


REYES 

( Tartamudeando )  ¡Tú  tú  me  echas !  ¡ Tú  me 

arrojas  de  aquí?. . . .  Pero,  miserable  mujer,  ¿crees 
que  yo  me  iba  á  quedar  aquí  ?  ¿  Crees  que  no  voy  á 
marcharme?  ¿No  comprendes!  que  en  este  instante 
me  repugnas  y  que  te  odio,  sí,  que  te  odio  con  toda  el 
alma,  que  te  odio?  (Riendo  forzadamente)  ¡Ah!  sí, 
me  voy,  me  voy;  pero  ya  nos  veremos  las  caras. . . . 
Ya  nos  

LISETTA 

Benissimo.  Quella  é  la  porta. 

REYES 

(Una  pausa.  Reyes,  mirando  á  su  querida  con  pro- 
fundo rencor,  va  á  coger  su  sombrero.  Sin  decir  una 
palabra  ni  dejar  de  mirarla  dá  dos  ó  tres  pasos  hacia 
la  puerta  de  salida;  pero,  de  pronto,  vuelve  hacia 
ella,  y  en  voz  baja,  con  reconcentrada  ira,  habién- 
dola cara  á  cara ) :  Sí,  nos  veremos  las  caras .... 
y  me  las  pagarás  todas  juntas ....  Todas,  todas 
me  las  pagarás ....  ( Lisetta  ríe  bajo,  despreciati- 
vamente )  ¡  No,  no  te  rías !  ¡  Me  las  pagarás ! . . . . 
Porque  es  infame  esto  que  has  hecho  conmigo;  es 
bajo,  es  vil,  es  cobarde  

LISETTA 

(Nerviosa)  Ma,  alia  finé         ¿Volete  uscire,  si 

o  no? 


EL  ESCLAVO  -  REY 


REYES 

( Resueltamente,  de  pronto )  No,  no  salgo ....  no 
quiero ....  Tienes  que  oirme ;  tienes  que  contes- 
tarme ¿Por  qué  has  hecho  esto? 

LISETTA 

Perché  non  ti  amo,  non  ti  amo,  non  ti  amo,  ¿é 
chiaro?  (Con  fastidio)  ¡Oh,  santo  Dio! 

reyes 

( Cada  vez  más  cobardemente,  á  medida  que  decae 
su  cólera)  No,  no. . . .  Eso  no  es  así. . . .  Yo  no  te  he 
hecho  nada  para  que  dejaras  de  quererme. . . . 

LISETTA 

Ma  io  non  ti  ho  amato  mai,  ¿  capisci  ?  Mai .... 
mai .... 

reyes 

No¡,  no ;  no  es  cierto ....  Hay  otra  cosa ....  Tú  no 
puedes  decirme  eso ... .  Eso  no  es  así  Mira,  ha- 
blemos francamente. .  . . 

LISETTA 

¡Oh,  Dio! 

REYES 

No,  no ;  te  digo  que  no  es  así,  Lisetta ....  Es  que 
ese  hombre  te  ha  engañado ;  te  ha  dicho .... 

7.  —  t.  n. 


98 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


LISETTA 

Nulla.  Sonó  io  che  non  voglio  piú  saperne  di  te. 
Sonó  stanea,  sonó  sazia;  mi  dai  sulle  nervi. 

beyes 

(Más  humildemente)  No,  no.  Escucha,  Lisetta.... 
Hay  que  hablar. . . .  (Lisetta,  hastiada,  se  sienta  en 
el  8¡pfá.  Beyes  guarda  silencio,  pasándose  la  mano 
por  la  frente,  cual  si  quisiera  ahuyentar  una  horrible 
pesadilla.  Después  de  una  larga  pausa,  empieza  á  ha- 
blar con  voz  baja,  temerosa)  Entonces,  ¿es  de  veras? 
¿Me  echas?  (Lisetta  permanece  indiferente.  Pausa. 
Reyes  se  le  aproxima.  Con  voz  más  débil)  Lisetta, 
mira,  escucha ....  Yo  no  sé   no  puedo  expli- 
carte ....  He  tenido  un  momento ....  En  fin,  he 
creído . . . .  ( Advirtiendo  un  gesto  de  ella )  No,  no  te 

vayas ....  Debes  oirme  Después,  después  yo  me 

iré. . . . 

LISETTA 

Pero,  ¿cosa  cerchi?  ¿che  vuoi? 

REYES 

(En  voz  más  baja,  cobardemente,  casi  postrándose 
á  sus  pies)  Quiero,  quiero  que  no  me  eches,  Lisetta,... 

LISETTA 

(Poniéndose  otra  vez  en  pie)  É  inutile. 

REYES 

No,  no         óyeme.  He  estado  loco,  lo  confieso. 


EL  ESCLAVO  -  REY 


99 


Pero,  todo  puede  olvidarse ....  Despide  á  ese  hom- 
bre, y  yo  seré  tu  esclavo .... 

LISETTA 

Ma,  ¿  sai  quello  che  dici  ? 

REYES 

Sí,  sí ;  te  amo,  Lisetta.  No  puedo  vivir  sin  tí. 
¿Comprendes?  Y  isufro,  sufro  ¿Ves?  Estoy  arre- 
pentido. Te  juro  que  no  volverá  á  suceder  esto.  Per- 
dóname. Tú  eres  buena.  Perdóname,  Lisetta  

lisetta 

¿  Ma,  non  hai  vergogna  ?  ¡  Un  uomo ! 

REYES 

(Suplicante)  No,  no  tengo  nada,  Lisetta.  Perdó- 
name. Soy  tuyo.  Haz  de  mí  lo  que  quieras,  pero  no 
me  eches,  Lisetta. .  . . 

LISETTA 

(Rechazándole)  ¡Oh,  alia  fine,  mi  fai  ribrezzo! 
( Con  ira)  Fuori,  fuori  di  qui. . . . 

REYES 

(Casi  sollozando)  No,  no. . . .  No  me  voy. ...  tú 
me  vas  á  perdonar,  Lisetta. ...  ¿no  es  verdad?  (De- 
teniéndola )  No  te  vayas ....  Yo  te  adoro ....  Per- 
dóname... .  (Viendo  que  ella  le  huye)  ¡Lisetta! 
¡  Lisetta !  Sé  buenitia. . . .  Perdóname. . . .  Mira. . . . 
oye         ¿cómo  quieres  que  te  lo  pida?  ¿de  rodi- 


100 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


lias?....  Y  bien,  Lisetta^  aquí  me  tienes   (Se 

arroja  á  sus  pies  sollozando). 

LISETTA 

(Esquivándose,  dirigiéndose  poco  á  poco  á  su  ha- 
bitación, mientras  Beyes,  aferrado  á  sus  faldas,  be- 
sándoselas, sollozando,  barre  el  suelo  con  sus  rodillas, 
arrastrándose  cobardemente;  —  con  voz  dura  y  sibi- 
lante) ¡Ma,  lasciami  dunque,  corpo  d'un  cañe!  ¡Pa- 
rola d  'onore,  mi  f  ai  ribrezzo !  Lasciami,  lasciami .... 

reyes 

( Siguiéndola  de  rodillas,  gimiendo )  No ....  no ... . 
no   Lisetta  

LISETTA 

( Con  ira )  ¡  Per  la  Madonna ! .  .  . .  ¿  Ma  non  lo  sai  ? 
Amo  Ladislao,  sonó  la  sua  amante ....  lo  adoro .... 
Ed  a  te,  t'odio,  non  voglio  pin  vederti;  mi  fai 
schif f o ! . . . .  ¡  Lasciami,  mille  diavoli ....  ( Con  un 
brusco  tirón,  desprende  sus  faldas  de  las  manos  de 
Reyes,  y  huye,  cerrándole  violentamente  la  puerta 
en  la  cara). 

reyes 

(Derrumbándose  ante  la  puerta,  llamando  con  va- 
gidos de  niño,  miserablemente,  con  sollozos  inacaba- 
bles) Lisetta. . . .  Lisetta. . . . 


TELÓN 


ACTO  TERCERO 


Una  humilde  habitación  en  casa  de  Reyes.  —  En  una  de 
las  paredes,  habrá  un  cuadro  religioso. 


ESCENA  PRIMERA 
Camila,  Isabel,  Matías;  luego  Tiriot 

( Camila  é  Isabel  estarán  cosiendo.  Matías,  sentado 
en  el  suelo,  se  entretiene  con  un  destartalado  carrito ) . 

ISABEL 

Mamita,  ¿esta  orilla  va  dobladillada? 

CAMILA 

A  ver ....  Sí,  es  mejor ;  quedará  más  concluida. 

(Un  largo  silencio). 

MATÍAS 

Mamita,  al  carro  le  falta  una  rueda.  (Al  cabo  de 
un  instante,  viendo  que  Camila  no  responde):  Ma- 
mita, al  carro  le  falta. . . . 


102 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


CAMILA 

¿Qué  quieres  que  le  haga  yo? 

MATÍAS 

No  tiene  rueda. 

CAMILA 

Es  que  ese  es  un  carro  de  tres  ruedas. 

MATÍAS 

¿Hay  carros  de  tres  ruedas? 

CAMILA 

Cállate,  Matías. . . .  ( Camila  se  levanta  y  va  á  ter 
el  pequeño  reloj  que  está  sobre  un  mueble)  Las 
seis  menos  cinco. ...  Es  extraordinario  como  tarda 
Reyes  

ISABEL 

Estará  todavía  en  la  oficina. 

CAMILA 

No  es  posible ;  sale  á  las  cuatro ....  ( con  un  sus- 
piro) ¡  Ay,  Jesús!  (Siéntase  á  coser  otra  vez.  Pausa). 

MATÍAS 

Mamita,  la  cicleta  de  tres  ruedas  que  tiene  An- 
toñito,  ¿es  un  carro? 


EL  ESCLAVO  -  REY 


103 


ISABEL 

No  seas  tonto.  Una  bicicleta  no  es  un  carro. 

MATÍAS 

Mamita  dice  que  hay  carros  de  tresi  ruedas .... 

ISABEL 

No  seas  tonto,  nene. 

MATÍAS 

Tonta  vos,  ¿sabes  que  más? 

CAMILA 

i  Chist !  ¿  Qué  modo  de  hablar  es  ese  ? 

TIRIOT 

( Asomando  por  el  foro )  y  Y  ?  ¿  no  ha  llegado  ? 

CAMILA 

Todavía  no,  señor  Tiriot.  Es  muy  extraño;  em- 
piezo á  estar  intranquila.  A  las  cuatro  y  media 
siempre  está  aquí .... 

ISABEL  t 

¿No  estará  en  casa  del  señor  Larrea? 


TIRIOT 

De  allá  vengo.  Ni  á  él  ni  á  Larrea  he  encontrado. 


104 


VÍCTOR  PÉREZ  PET1T 


CAMILA 

¿  Por  qué  no  se  sienta  un  momento,  señor  Tiriot  ? 

TIRIOT 

Gracias.  Voy  á  ir  hasta  el  café  de  ahí  abajo, 
donde  nos  vemos  á  veces.  En  todo  caso  volveré. 

CAMILA 

¿Quiere  dejar  algo  dicho? 

TIRIOT 

Que  me  espere  aquí ;  yo  volveré  en  seguida. 

CAMILA 

Pero  diga  usted,  señor  Tiriot,  ¿ocurre  algo  grave? 

TIRIOT 

No,  no  señora ....  Es  un  asunto  urgente,  nada 
más....  Hasta  ahora.  (Sale). 

ISABEL 

¿Qué  querrá  con  papá?  Van  tres  veces  que  viene. 

CAMILA 

Yo  no  sé.  Debe  suceder  algo.  ¡Dios  mío!  ¡Dios 
mío! 

ISABEL 

¡  Ave  María,  mamá !  No  te  pongas  así.  ( Suenan 
las  seis  en  el  reloj). 


EL  ESCLAVO  -  REY 


105 


CAMILA 

Las  seis.  Nunca  ha  venido  tan  tarde;  ya  ves,  son 
las  seis .... 

ISABEL 

¿No  te  parece  que  podría  .encender  la  cocina? 

CAMILA 

Tienes  razón.  Deja  esa  costura,  yo  la  concluiré  

(Sale  Isabel). 


ESCENA  II 

Camila,  Matías;  luego  Larrea 

(Apenas  ha  salido  Isabel,  Camila  se  pone  á  llorar 
silenciosamente.  Matías,  que  lo  advierte,  se  le  apro- 
xima despacio). 

MATÍAS 

¿Por  qué  lloras,  mamita? 

CAMILA 

(Secándose  rápidamente  las  lágrimas):  Yo  no 
lloro.  Juega,  hijo  mío. 

MATÍAS 

Y  entonces,  ¿cómo  tenes  los  ojos  mojados? 


106 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


CAMILA 

(Lo  besa  cariñosamente)  Vé,  vé  á  jugar,  queri- 
dito  mío....  (Matías  vuelve  á  su  carrito;  Camila 
se  pone  á  coser). 

MATÍAS 

Mamita,  ¿si  le  saco  otra  rueda  al  carrito,  que- 
dará mejor? 

CAMILA 

No,  no  lo  rompas;  déjalo  así. 

MATÍAS 

¿No  quedará  mejor? 

CAMILA 

No;  con  dos  ruedas  quedará  peor. 

MATÍAS 

¿No  hay  carros1  con  dos1  ruedas? 

CAMILA 

Hay;  pero  ese  es  de  cuatro. 

MATÍAS 

No;  este  no  tiene  más  que  tres. 

CAMILA 

Porque  tú  le  sacaste  una. 


EL  ESCLAVO  -  REY 


107 


MATÍAS 

¿Y  si  le  saco  la  otra? 

LARREA 

(Entrando)  Con  permiso.  Buenas  tardes,  Camila. 
¿Está  Reyes? 

CAMILA 

Adelante,  señor  Larrea.  No,  no  ha  venido  aún. 
Es  verdaderamente  extraordinario.  Nunca  se  ha  de- 
morado tanto.  El  señor  Tiriot  ha  venido  á  buscarle 
por  tres  veces. 

LARREA 

¡Ah!  ¿Ha  venido  Tiriot? 

CAMILA 

Sí;  ahora  ha  ido  al  café,  donde  suele  verse  con 
Reyes.  Si  no  lo  encuentra,  volverá  aquí. 

MATÍAS 

Mamita,  le  saqué  la  otra  rueda  al  carrito  y  queda 
peor. 

CAMILA 

¿  No  te  lo  decía,  desobediente  ?  Anda,  déjame  tran- 
quila. Vé  con  Isabel. 

LARREA 

Entonces,  voy  á  ir  hasta  el  café  


108 


VÍCTOR  PÉREZ  PET1T 


MATÍAS 

¿Estás  enojada,  mamita? 

CAMILA 

No,  queridito.  Déjame  hablar  con  el  señor.  Vé 
con  Isabel.  ( Camila  da  un  teso  al  niño,  que  sale 
luego  con  su  juguete). 

ESCENA  III 
Camila  y  Larrea 

larrea 

¿Hace  mucho  que  salió  Tiriot? 

CAMILA 

Cinco  minutos,  apenas. 

LARREA 

Entonces  voy  á  esperar  un  momento,  y  si  demora, 
iré  yo  también  al  café. 

CAMILA 

Diga  usted,  señor  Larrea,  sea  usted  franco,  ¿qué 
le  pasa  á  Reyes? 

LARREA 

¿Qué  le  pasa?  La  verdad,  yo  no  sé. . . .  ¿Por  qué 
me  pregunta  usted  eso,  Camila? 


EL  ESCLAVO  -  REY 


109 


CAMILA 

Porque  desde  hace  unos  días  pasan  cosas  que 
nunca  han  sucedido  ■  aquí ... .  (Aproximándosele) 
Escuche  usted,  Larrea.  Usted  es  nuestro  amigo;  yo 
sé  que  usted  me  estima. .  .  .  (Larrea  se  inclina)  Voy 
á  confesarle  á  usted  algo  que  no  le  diría  á  mis  mis- 
mos padres. . . . 

LARREA 

Hable  usted,  Camila. 

CAMILA 

Ayer  vino  Reyes  muy  tarde,  como  loco.  Entró 
gritando  no  sé  qué  incoherencias,  que  estaba  can- 
sado, que  se  iba  á  matar,  que  nos  iba  á  matar  á  to- 
dos. Después  se  encerró  en  su  escritorio  y  no  quiso 
salir  ni  á  comer.  En  vano  fui  á  llamarlo:  ni  me 
contestó  siquiera.  A  eso  de  las  nueve  salió,  y  como 
encontrara  á  Isabel  le  pidió  un  pañuelo.  No  había 
pañuelos  planchados,  y  entonces,  naturalmente,,  la 
pobrecita  se  demoró  buscando.  Reyes  se  puso  hecho 
un  tigre;  empezó  á  gritar,  y  luego  la  emprendió  á 
golpes  con  la  pobre  Isabel. . .  .  Quise  intervenir. . .  . 
y....  (llora).  Fué  una  escena  horrible,  señor  La- 
rrea. Nos  dijo  de  todo,  á  mí  y  á  mi  hija.  De  pronto 
tomó  su  sombrero,  diciendo  que  se  iba,  que  no  vol- 
vería más  á  esta  casa  maldita .... 


110 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


LARREA 

Amiga  mía .... 

CAMILA 

Ya  ve  usted.  No  sé  lo  que  tiene;  no  me  explico 
lo  que  le  pasa.  Estoy  trastornada,  señor  Larrea. . . . 
He  pasado  toda  la  noche  llorando,  esperándolo. . . . 

LARREA 

¿No  volvió? 

CAMILA 

En  toda  la  noche.  Recién  entró  esta  mañana,  á 
las  diez.  Parecía  más  calmado.  No  nos  dijo  una 
palabra.  En  el  almuerzo  no  tomó  más  que  la  sopa. 
Después,  siempre  callado,  se  fué  á  su  oficina,  y 
aún  no  ha  vuelto.  Ya  ve  usted;  yo  no  comprendo 
nada ;  no  entiendo  nada.  Me  parece  que  sueño .... 
¿Usted  no  sabe  nada,  señor  Larrea?  Sea  usted  bue- 
no... .  Dígame  algo .... 

LARREA 

¿Qué  quiere  usted  que  le  diga,  Camila?  No  me 
explico  esia  actitud  de  Reyes ....  Pero,  no  tema 
usted,  yo  le  hablaré,  le  hablaré  formalmente .... 

CAMILA 

No  le  vaya  usted  á  decir,  por  Dios  


EL  ESCLAVO  -  REY 


111 


LARREA 

Déjeme  usted  á  mí,  señora  Yo  sé  lo  que  he 

de  decirle  


CAMILA 

Pero  usted  tiene  que  hablarle;  Tiriot  le  anda 

buscando  con  urgencia         debe  suceder  algo  

Yo  adivino  que  pasa  algo          ¿Qué  es  ello,  Dios 

mío? 


LARREA 

No  hay  nada,  Camila ;  tranquilícese  usted .... 
Tiriot  demora  ;  tal  vez  ha  encontrado  á  Reyes  en 
el  café ....  Voy  á  ir  hasta  allá .... 

CAMILA 

¿Y  si  se  cruzan  en  el  camino? 

LARREA 

Si  llega  á  venir,  que  no  salga,  que  me  espere .... 
Tengo  que  hablarle  forzosamente  

CAMILA 

Pero,  entonces .... 


LARREA 

Nada,  nada.  No  se  aflija  usted   Ya  verá  us- 
ted como  no  hay  nada. . . .  Vuelvo  muy  pronto. . . . 
(Sale). 


112  VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 

ESCENA  IV 
Camila;  Isabel;  luego  Reyes 

(Al  quedar  sola,  Camila  vuelve  á  llorar  silencio- 
samente. Entra  Isabel  y  va  hacia  su  madre  des- 
pacio ) . 

ISABEL 

Mamá ....  ¿  Por  qué  lloras,  mamá  ? . . . .  ( Camila 
abraza  á  su  hija,  que  llora  con  ella). 

CAMILA 

Pobre  Isabel ....  pobre  Isabel .... 

ISABEL 

Vamos,  mamá....  no  hay  que  afligirse  así  

Ya  todo  pasó. . . . 

CAMILA 

No  nos  quiere  más ....  nos  ha  perdido  el  ca- 
riño. . . . 

ISABEL 

No  digas  eso,,  mamita   Hoy  vendrá  más  bue- 
no... .  Quien  sabe  que  dolores  de  cabeza  tiene  en 
su  oficina .... 


EL  ESCLAVO  -  REY 


113 


CAMILA 

¿No  te  parece?  Sí,  han  de  ser  cosas  de  su  tra- 
bajo        Tienes  razón  

ISABEL 

¿Y  qué  otra  cosa  puede  ser,  mamá?  ¡Vaya!  no 
llores  más,  que  me  apenas  mucho ....  Dame  un 
beso,  así....  (se  abrazan).  ¡Pobre  mamá! 

CAMILA 

Escucha ....  parece  

ISABEL 

Sí,  viene  alguno ....  parece  papá . . . .  ( Ambas  se 
recomponen.  Al  cabo  de  un  instante  entra  Reyes, 
profundamente  abatido.  Silencioso,  con  lentitud, 
deja  su  sombrero  en  una  silla  y  se  sienta  en  otra, 
sin  mirar  á  las  mujeres). 

CAMILA 

( Con  voz  temerosa)  Bueno,  Isabel,  vé  á  la  coci- 
na        (Sale  Isabel). 

REYES 

¿No  ha  venido  nadie?  ¿Ninguna  carta? 

CAMILA 

Estuvieron  Tiriot  y  Larrea.  Dicen  que  les  espe^ 
res;  que  tienen  que  hablarte  con  urgencia  

8.-T.  II. 


114 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


REYES 

Cartas,  carta»,  ¿no  han  venido  cartas? 

CAMILA 

No,  ninguna         Me  encargó  mucho  Larrea .... 

¡  Ah !  Aquí  están .... 

REYES 

Véte.  (Sale  Camila  al  tiempo  que  entran  Larrea 
y  Tiriot). 


ESCENA  V 
Reyes,  Larrea  y  Tiriot 

larrea 

Aquí  está  nuestro  hombre.  Desde  la  esquina  te 
conocí. 

TIRIOT 

Vaya,  gracias  á  Dios.  , 

REYES 

¿Qué  hay?  ¿Me  buscaban? 

TIRIOT 

He  venido  tres  veces;  Larrea  lo  mismo.  ¿Estás 
enterado  de  lo  que  pasa? 


EL  ESCLAVO  -  REY 


115 


REYES 

¿Acaso,  Lisetta? 

TIRIOT 

¡  Qué  Lisetta,  ni  qué  niño  muerto !  ¿  Todavía  pien- 
sas en  eso?  Hablo  

REYES 

Entonces  pueden  dejadme  tranquilo .... 

LARREA 

Escucha,  amigo  mío ....  Tienes  que  preocuparte 
de  algo  más  importante  para  tí. . . . 

reyes 

¿Algo  más  importante  que  Lisetta?  ¡Déjame  en 
paz! 

LARREA 

Como  quieras;  pero  no  es  el  momento  de  pensar 
en  Lisetta .... 

REYES 

(Saltando)  Pero,  ¿tú  sabes  lo  que  ha  pasado?  ¿Tú 
sabes  lo  que  ha  sucedido  ayer?  (Larrea  se  encoge  de 
hombros).  ¡  Ah,  no  sabes!. ...  ¿Y  tú,  Tiriot,  no  sa- 
bes tampoco  ?  ¿  No  has  estado  hoy  allá  ? .  .  . .  ( Gesto 
de  Tiriot)  ¡  Ah!  ¡claro!  No  saben  ustedes  nada.  . .  . 
Por  eso  esa  frescura.  Pues  yo  se  lo  voy  á  decir,  yo 
se  lo  voy  á  decir  á  ustedes  para  que  vean  si  vale 


116 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


la  pona  de  hablar  de  Lisetta....  (Mirándolos  con 
ira;  con  voz  reconcentrada):  ¡Me  ha  echado "á  la 
calle ! 

LARREA 

¡Ah! 

TIRIOT 

i  Cómo  ? 

REYES 

¡  Ah !  ¿  No  saben  ustedes  nada  ?  ¿  No  lo  sabían,  eh  ? 
Y  sin  embargo,  eso  ha  pasado  ayer.  Sí,  señores,  eso 
ha  pasado  ayer.  ...  (Se  pasea  nerviosísimo)  Entré 
la  encontré  en  brazos  de  un  canalla,  de  un  mise- 
rable, una  basura  como  ella,  lo  mismo  que  ella. . . . 
Se  quedaron  tan  frescos,,  como  si  tal  cosa.  . . .  Na- 
tural ....  Quise  entonces  increparla,  increparla  su 
conducta,  ¿y  saben  ustedes  lo  que  me  contestó?  (Mi- 
rando á  sus  amigos)  ¿No?  ¿no  se  lo  imaginan?. . . . 
Pues,  nada;  que  no  me  quería,  que  no  me  amaba, 
que  podía  marcharme,  que  no  volviera  más  á  ver- 
la.... (Desesperadamente):  ¡Ahí  está!  Eso  ha 
pasado  ayer. . . .  Eso  ha  sucedido,  y  no  me  he 
muerto .... 

LARREA 

Y  bien,  amigo  mío ;  más  vale  así ...  .  Te  ha  aho- 
rrado el  trabajo  de  la  ruptura ....  Yo  por  mi  parte, 
te  f  elicito .... 


EL  ESCLAVO  -  REY 


117 


REYES 

(Que  le  ha  escuchado  con  estupor)  ¿Tú  

me          felicitas?.,...   ¿Tú  encuentras  bien....? 

(Cogiéndole  por  los  hombros,  angustiosamente) 
Pero,  ¿no  comprendes  que  la  adoro,  que  la  adoro, 
que  la  adoro  más  que  nunca?  (Volviéndose  á  Ti- 
riot )  ¿  Oyes  tú  ?  ¡  Que  me  felicita ! .  . . .  Pero,  esa 
ruptura  me  aniquila,  me  hunde,  me  desespera .... 

TIRIOT 

Hay  que  ser  hombres,  Reyes         ¿Qué  quieres 

hacer  ahora? 

REYES 

¡  Cómo !  ¿  Qué  quiero  hacer  ?  Pero,  ¡  verla !  ¡  verla 
otra  vez!  ¡hablarla!  

LARREA 

¿Y  qué  obtendrías  con  volver  á  ver  á,  Lisetta? 
¿  Tienes  dinero  para  pagarle  sus  caprichos  ?  Porque, 
me  figuro  que  á  la  fecha  estarás  convencido  de 
que  lo  que  ama  esa  mujer  es  el  dinero. . . .  (Reyes 
no  contesta.  Una  pausa).  Pues  bien,  amigo  mío;  no 
hay  que  pensar  más  en  eso ;  hay  que  pensar  en  algo 
más  grave,  más  grave  para  tí  . . . . 

REYES 

No,  no  quiero  pensar  en  nada.... 


118  VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


LARREA 

Oye,  amigo  mío         ¿Sabes  lo  que  ocurre  en  tu 

Banco? 

REYES 

¿En  el  Banco?  ¿En  qué  Banco? 

TIRIOT 

En  el  que  tú  eres  cajero.  ¿Sabes  lo  que  ocurre? 

REYES 

¿Qué  ocurre? 

LARREA 

Que  han  telegrafiado  á  Morales,  á  Pernambuco  

REYES 

¡Ah! 

LARREA 

(Mirándole  fijamente)  Y  Morales  ha  contestado 
al  Banco  y  á  la  casa  Tullier  del  Rosario,  por  doble 
telegrama,  que  tú  tenías  el  dinero  para  retirar  la 
letra  de  estos  últimos. 

REYES 

Morales  ha  dicho  

TIRIOT 

Y  afirma  que  tiene  un  recibo  tuyo ....  que  lo 
manda  en  seguida  por  un  empleado  de  la  casa. . . . 


EL  ESCLAVO  -  REY 


119 


REYES 

¡  Ah !  Un  recibo .... 

LARREA 

Pero,  habla,  di ... .  Contesta  ¿  Has  hecho  eso  ? 

((Pausa). 

REYES 

(Débilmente)  Sí . . . . 

TIRIOT 

¡Ah!  ¡Por  vida!  

LARREA 

i  Cómo !  ¿  Has  hecho  eso  ?  Luego,  ¿  es  cierto  ?  ¿  Has 
hecho  eso? 

REYES 

(Abatido)  Ya  lo  vés.... 

LARREA 

(Estallando)  ¡Pero  es  estúpido!  ¿Cómo  has  po- 
dido hacer  eso?  ¿No  sabías  que  la  letra  iba  á  ven- 
cerse dentro  de  pocos!  días?. . . . 

REYES 

Sabía,  sí  

LARREA 

¿  Sabías  y  dispusiste  del  dinero  ¡  Pero,  estás 


120 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


loco,  Reyes!  ¡Te  has  vuelto  loco,  desgraciado!  (Pa- 
seándose agitado)  Francamente,  francamente  

TIRIOT 

¿Y  ahora?  ¿qué  vas  á  hacer?  Dentro  de  poco  se 
probará,  con  tu  recibo,  que  es  cierto  lo  dicho  por 
Morales  en  su  telegrama.  La  señora  de  éste  ya 
anda  en  campaña ... .  Ayer  visitó  al  Gerente  del 
Banco .... 

REYES 

¿La  señora  de  Morales? 

TIRIOT 

Sí.  Sabía  que  su  esposo,  antes  de  embarcarse,  te 
había  entregado  una  cantidad  de  dinero  para  re- 
tirar la  letra. ... 

LARREA 

Y  no  es  eso  todo ....  El  -Gerente  del  Banco  está 
alarmado,  como  es  natural. . . .  Ha  ordenado  un 
arqueo  de  caja,  la  re  visación  de  tus  libros.... 
(Viendo  á  Reyes  abatido)  Pero,  habla,  di  algo, 
¡  con  mil  demonios ! . . . .  ¿  Me  figuro  que  no  habrás 
tocado  á  la  caja? 

REYES 

Déjenme. . . .  déjenme. . . . 


EL  ESCLAVO -REY 


121 


TIRIOT 

Oye,  Reyes ....  Un  consejo ....  Habla  claro  á 
tu  suegro  

REYES 

Déjenme....  por  favor.... 

LARREA 

Como  quieras....  estás  advertido....  (Como 
para  sí)  ¡Si  parece  mentira! 

REYES 

Déjenme  "Vayanse  ustedes  por  favor  

TIRIOT 

¿Qué  vas  á  hacer? 

REYES 

Tengo  que  pensar  Por  favor,  déjenme  solo  

TIRIOT 

¡  Increíble ! 

LARREA 

¡Inconcebible!         (Salen  Larrea  y  Tiriot). 


122 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ESCENA  VI 
Reyes  é  Isabel 

( Cuando  salen  sus  amigos,  ¡Reyes  se  desploma 
junto  á  la  mesa  y  apoyando  los  codos  sobre  ella, 
oculta  la  cabeza  entre  sus  manos.  Una  pausa). 

ISABEL 

¿Se  fueron  tus  amigos,  papá?  ¿Puedo  poner  la 
mesa  ? 

REYES 

¿Dónde  está  tu  madre? 

ISABEL 

En  su  cuarto,  con  la  señora  de  Morales. 

REYES 

(Irguiéndose)  ¡Con  la  señora  de  Morales!  ¿Qué 
quiere?  ¿Qué  ha  venido  á  hacer? 

ISABEL 

Yo  no  sé.  Como  tú  estabas  ocupado,  mamá  la 
recibió .... 

REYES 

¡  Ah,  bien !  Está  bien ....  Tenía  que  suceder .... 
Es  una  cadena. . . .  una  cadena. . . .  (Mirando  á  su 
hija)  ¿Por  qué  me  miras  así?.  .  .  . 


EL  ESCLAVO  -  REY 


123 


ISABEL 

( Amedrentada )  Yo ....  yo ... . 

REYES 

Acércate. . .  vamos,  acércate. . .  (Isabel  se  acerca, 
vacilando )  ¿  Me  tienes  miedo  ? . . . .  ¿  Por  qué  me  tie- 
nes miedo?.  . . .  (Aproxima  á  sí  á  su  hija)  Escucha, 
Isabel ....  Escúchame  bien ....  ( Camila  entra  y  se 
detiene  sorprendida ) . 

ESCENA  VII 
Dichos  y  Camila 

ISABEL 

Sí,  sí,  papá  

REYES 

Yo  he  sido  malo  contigo  he  sido  muy  malo  

¿No  es  verdad  que  me  perdonas,  hija  mía?. . . . 

ISABEL 

(Sorprendida,  sin  comprender,  con  miedo)  Papá.... 

REYES 

¡Chist!  No  te  muevas         Escúchame  Te  he 

castigado  injustamente  He  sido  muy  malo ;  pero, 

¿  ves  ? . . . .  soy  tan  desgraciado,  tan  desgraciado .... 
(Inclina  la  cabeza,  llorando). 


124 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ISABEL 

Papá  

REYES 

¡  Chist !  No  es  nada. . . .  Ya  pasó ;  dame  un  beso. . . . 
Ahora,  vete,  vete....  (Queda  abatido,  mientras 
Isabel  se  retira). 

ISABEL 

( Al  reparar  en  su  madre )  \  Ah ! . . . .  ( Camila  le 
impone  silencio  y  le  indica  que  se  vaya.  Isabel  sale). 

ESCENA  VIII 
Reyes  y  Camila 

CAMILA 

(Avanzando  hacia  su  marido)  ¿Y  bien?  ¿qué  me 
dices?  ¿Sabes  quién  acaba  de  salir  de  aquí? 

REYES 

(Calmo)  La  señora  de  Morales.  ¿Qué  quería? 
¿qué  te  ha  dicho? 

CAMILA 

(Lentamente,  con  más  dolor  que  ira)  Que  el  di- 
nero que  te  entregó  su  marido  para  retirar  la  le- 
tra ¿Es  cierto? 


EL  ESCLAVO  -  REY 


125 


REYES 

Es  cierto. 

CAMILA 

Luego,  ¿  tú,  tú  has  dispuesto  de  ese ....  dinero .... 
ajeno  ?  Pero,  ¿  cómo,  cómo  ? 

reyes 

(Levantándose,  triste)  ¿Qué  quieres?  Es  así  

He  robado,  sí,  he  robado ....  Soy  un  miserable,  un 
canalla  

CAMILA 

Pero,  en  fin,  ¿cómo  has  hecho  eso,  Reyes?  Ex- 
plícate. 

reyes 

( Encogiéndose  de  hombros,  con  pesimismo )  :  ¿  Qué 
quieres  que  te  explique,  Camila?  He  robado,  ahí 
está ....  He  hecho  eso ;  he  dispuesto  del  dinero 
ajeno....  Déjame;  sufro  demasiado.... 

CAMILA 

No,  no  puedo  dejarte....  Soy  víctima  de  una 
duda  horrible ....  Yo  quiero  saber ;  necesito  sa- 
ber ....  En  fin,  me  dirás ;  ¿  en  qué  has  gastado  todo 
ese  dinero?  Porque  aquí,  en  casa,  no  ha  sido.  Aquí 
hemos  llevado  la  misma  vida  de  siempre;  hemos 
pasado  las  mismas  necesidades  de  antes. . . .  Va- 
mos, habla         ¿En  qué  has  gastado  todo  ese  di- 


126 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ñero  ? . . . .  (\Larga  pausa.  Beyes  no  responde :  som- 
brío, taciturno,  va  á  sentarse  en  otra  silla.  Entonces 
Camila,  que  no  ha  dejado  de  observarle,  se  le  apro- 
xima;. Con  voz  más  baja,  breve):  ¿Has  jugado? 

REYES 

(Sin  mirarla,  débilmente)  Sí,  eso  es;  he  jugado. 

CAMILA 

(Poniéndole  una  mano  sobre  el  hombro)  Levanta 
la  cabeza ....  mírame  á  la  cara  ¿  Has  jugado  ? 

REYES 

(La  mira,  débilmente)  He  jugado....  no  sé,  el 
vértigo,  la  locura....  (Baja  la  cabeza)  El  deseo 
de  mejorar  mi  suerte. ...  ya  ves. 

CAMILA 

Estás  mintiendo....  (Denegación  de  Beyes)  No 
lo  niegues ....  Lo  he  leído  en  tus  ojos ....  Estás 
mintiendo .... 

REYES 

(Decidido ;  con  honda  tristeza)  Y  bien,  sí;  no 
puedo  más ....  No  tengo  ni  fuerzas  para  mentir .... 
Déjame,  Camila. . . . 

CAMILA 

(Temblando,  con  honda  emoción)  Entonces*.... 
entonces .... 


EL  ESCLAVO  -  REY 


127 


REYES 

(Alza  la  cabeza;  sus  miradas  se  cruzan;  con  voz 
débil)  Sí  

CAMILA 

(Con  profundo  dolor)  ¡Luego,  luego  es  cierto! 
¡  Tú  has  hecho  eso !  ¡  Tú  has  robado  para. . . .  !  ( Con 
creciente  exaltación)  Pero,  ¿qué  te  he  hecho  yo 
para  que  me  hicieras  eso  ?  ¿  En  qué  te  ofendí  ?  ¿  Qué 
motivos  te  he  dado  piara  que  me  engañaras?  ¿No  he 
sido  buena,  leal,  trabajadora?  ¿No  te  he  querido 
siempre,  siempre,  con  toda  el  alma,  como  el  primer 
día  que  nos  casamos?  ¿No  he  pasado  por  todos  tus 
gustos,  por  no  contrariarte,  por  no  disgustarte? 
¿  Por  qué  has  hecho  eso  ? . . . . 

REYES 

No  sé. . . .  déjame. . . .  Me  haces  daño. . . . 

CAMILA 

¡  Te  hago  daño ! .  . . .  Pero  tú,  ¿  tú  no  me  lo  haces 
á  mí?  ¿No  me  lo  has  hecho  siempre?  ¿Qué  he  sido 
yo  á  tu  lado  ?  ¿  Qué  he  sido  en  esta  casa  ?  Un  mueble 
más,  no  sé,  algo  menos  que  un  mueble....  una 
cosa,  una  triste  cosa  encargada  de  servirte,  de  aga- 
sajarte, que  se  arrumba,  que  se  echa  á  un  lado 
cuando  ya  no  sirve  . ...  Y  todo,  todo  lo  he  sopor- 
tado en  silencio:  tus  iras,  tus  odios,  tus  vejámenes, 
hasta  tus  golpes....  (Con  fuerza,  acercándosele) 
Sí,  tus  golpes ....  Anoche,  no  más,  cuando  volvías 


128 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


de  casa  de  esa  mujer  sin  duda,  hiciste  pagar  tus  dis- 
gustos á  tu  hija  y  á  mí ... .  Pusiste  la  mano  sobre 
ella ;  y  porque  no  te  bastaba  una  víctima  sola,  por- 
que tenías  que  descargar  tu  cólera  en  otra  per- 
sona, también  me  castigaste  á  mí....  (Con  dolor, 
con  cólera)  ¡Me  castigastes!  ¡A  mí,  á  mí,  á  quien 
traicionabas,  á  quien  vendías!  ¡Y  por  una  mujer, 
por  una  mujerzuela ! . . . . 

REYES 

i  Calla,  Camilav  calla!. . . . 

CAMILA 

No!  Mucho  tiempo  me  he  callado         Ahora  no 

puedo  más ....  Me  has  hecho  la  última  afrenta .... 

Me  has  dado  el  más  cruel  de  tus  golpes  Ahora 

puedo  hablar. . . .  Mientras  te  creía  fiel,  mientras 
te  creía  desgraciado,  podía,  debía  callarme....  No 
quería  aumentar  tu  dolor;  no  quería  disgustarte.... 
Te  amaba,  te  amaba  y  sufría  por  tí;  hasta  me  ale- 
graba de  tener  que  sufrir  por  tí ... .  Pero,  ahora, 
ahora  no ... .  Me  has  arrancado  la  venda  de  los 
ojos. . . .  has  pisoteado  mi  corazón. . . . 

REYES 

Sí,  sí ... .  todo  lo  que  quieras ....  soy  un  mise- 
rable ....  todo  lo  que  quieras ....  ¿no  vés  ?  No  me 
defiendo;  pero  déjame,  déjame....  sufro  dema- 
siado   


EL  ESCLAVO -REY 


CAMILA 

¡Oh,  sí!  Te  dejaré   no  tienes  que  repetír- 
melo ....  Me  iré,  me  iré  de  esta  casa  con  mis 
hijos. ... 

REYES 

Yo,  yo  soy  el  que  me  voy. . . . 

CAMILA 

¿Qué  quieres  decir?....  ¿Dónde  te  vas?  ¿dónde 
te  vas^ 

ESCENA  IX 
Dichos  é  Isabel 

ISABEL 

( Con  una  carta  en  la  mano )  Papá,  una  carta  para 
tí  

REYES 

( Con  un  relámpago  de  alegría)  ¡  Ah!  Trae. . . . 

CAMILA 

(Abalanzándose  y  cogiéndole  á  Isabel  la  carta) 
¡No!  ¡A  mí! 

REYES 

(Irguiéndose)  ¡Camila!  (Quedan  frente  á  frente, 
mirándose  con  rencor)  ¡Dame  esa  carta!. . . . 

9.-T.  II. 


130 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


CAMILA 

(Ocultándola)  ¡No!  Es  mía.  La  guardo  

REYES 

(Dominando  su  ira)  ¡Dame  esa  carta  he  dicho! 

ISABEL 

( Angustiada)  ¡  Mamita !  ¡  Por  favor,  mamita !  

CAMILA 

(A  Beyes,  con  furor)  ¿Es  de  ella,  verdad?  ¿Es 
de  ella,  la  aguardabas,  no  ? . . . . 

REYES 

¡Dámela,  te  he  dicho! 

,  ISABEL 

¡  Mamita  querida  por  favor !  

CAMILA 

¡ No,  no,  no !  ¡No  te  la  daré !  ¡ No  te  la  daré ! . . . . 
(Reyes  se  abalanza  para  cogerla.  Camila  huye,  tra- 
tando de  ocultar  la  carta). 

ISABEL 

(Aterrorizada,  tratando  de  detener  á  su  padre) 
¡  Papá,  papá  querido ! . . . . 

(Reyes  se  desprende  violentamente  y  alcanza  á 
Camila.  Lucha  con  ella  para  arrebatarle  la  carta  y 
la  hace  caer). 


EL  ESCLAVO  -  REY 


131 


REYES 

(Retorciéndole  el  brazo  para  quitarle  el  papel) 
¡Me  la  darás! 

ISABEL 

Mamá. . . .  mamá. . . . 

CAMILA 

(Cediendo  al  dolor,  con  voz  ronca)  ¡Miserable! 
(Levántase,  llorando,  y  se  abraza  á  su  hija,  mien- 
tras Beyes,  febriciente  lee  la  carta). 

REYES 

(Cuyo  semblante  refleja  sucesivamente  la  desilu- 
sión, el  asombro  y  el  terror  que  la  lectura  de  la 
carta  le  produce;  con  voz  desfallecida)  ¡AhL... 

Estoy  perdido  ( Lentamente,  con  vacilante  paso, 

va  hacia  mía  silla  y  cae  rendido.  Hay  una  larga 
pausa.  Luego,  Camila,  que  ha  observado  la  actitud 
de  su  marido,  indica  con  un  gesto  á  Isabel  que  se 
vaya). 

ISABEL 

( En  voz  baja,  suplicante )  Pero,  mamá .... 

CAMILA 

(Brevemente)  Vé.  (Isabel  sale). 


132 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ESCENA  X 
Camila  y  Reyes 

(Al  quedar  solos,  Camila  se  acerca  con  lentitud 
á  Reyes.  Su  semblante,  convulsionado  ha  poco  por 
el  dolor,  está  ahora  frío  y  marmóreo.  La  decisión 
que  acaba  de  tomar,  da  á  su  acento  una  firmeza 
brusca,  pero  sin  cólera). 

CAMILA 

Una  palabra,  la  última,  Reyes.  (Beyes  permanece 
abatido).  Hace  un  instante,  cuando  rae  destrozaste 
el  corazón  revelándome  tus  relaciones  con  otra  mu- 
jer, te  hubiera  perdonado.  Te  quería  demasiado 
para  no  haber  hecho  ese  último  sacrificio,  i  si  una 
buena  palabra  tuya  me  hubiera  tocado  el  corazón. 
Te  veía  abatido;  creí  posible  un  arrepentimiento 
sincero.  Pero,  ahora,  no  puedo  dudar  ya.  Has  rein- 
cidido en  tu  conducta  de  ayer  tarde.  Me  has  ve- 
jado; me  has  afrentado  sin  reparo;  has  vuelto  á 
castigarme. . . .  (Pausa)  Me  marcho  de  esta  casa. 
(Reyes  alza  la  cabeza  y  la  mira  como  quien  no  en- 
tiende lo  que  le  dicen.  Camila,  entonces,  sin  prisa, 
pero  con  decisión,  se  encamina  á  sus  habitaciones). 

REYES 

( Como  si  volviera  de  un  sueño )  Oye . . . .  ( Camila 
se  vuelve  fría,  impasible.  Hay  aún  una  pausa. 
Luego,  con  voz  quebrada)  ¿Has  dicho?  


i 


EL  ESCLAVO -REY 


133 


CAMILA 

(Con  voz  natural,  firme)  Que  me  marcho  de  esta 
casa.  Volveré  a  casa  de  mis  padres  

REYES 

(Deteniéndola  con  el  gesto)  Escucha. 

CAMILA 

No  volveré  sobre  mi  decisión.  Me  voy. 

REYES 

No,  no,  no.  Escucha....  tengo  que  decirte.... 

Tú,  tú  te  quedas;  yo,  soy  yo  el  que  se  va   (El 

dolor  le  postra  y  cae  sentado,  cerca  de  la  mesa,  sollo- 
zando). 

CAMILA 

Pero....  (Se  interrumpe  al  ver  que  Beyes,  sin 
alzar  el  rostro,  le  tiende  el  papel.  Vacila  un  instante^ 
para  cogerle,  y  luego  le  rechaza  resueltamente)  No, 

es  inútil  No  tengo  por  qué  enterarme  de  lo  que 

esa  mujer  te  dice .... 

reyes 

(Insistiendo)  Lee,  lee. . . .  No  es  de  ella. . . . 

CAMILA 

¡Ah!  (Toma  el  papel  y  lee)  "Está  d'ecretada  tu 
prisión.  —  Larrea"... .  (Súbitamente,  su  actitud 
cambia.  En  su  rostro  se  refleja  el  terror.  Su  voz 


134 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


angustiada  es  concisa  y  breve)  ¿Entonces?.... 
¿  quiere  decir  ? . . . . 

REYES 

(Siempre  abatido)  Sí  

CAMILA 

¿Te  van  á  prender? 

REYES 

(Gomo  en  un  sueño)  ¡Perdido!  ¡Estoy  perdido!.... 

CAMILA 

¡Reyes!  (Suena  un  timbre). 

REYES 

(Con  espanto)  ¿Qué  es  eso?  ¿Han  llamado?  (Co- 
rriendo hacia  un  extremo  de  la  habitación)  ¡No, 
no!  ¡No  quiero!  ¡No  estoy!  ¡Digan  que  no  es- 
toy ! . . . .  ( Camila  va  hacia  el  foro )  Vienen ;  te  digo 

que  vienen ....  ¡No  salgas,  Camila !  Te  ruego 

que  no  salgas  

CAMILA 

(Volviendo)  Nadie....  no  es  nadie....  no  te- 
mas .... 

REYES 

(Con  temor  aún)  ¿De  veras?  ¿estás  segura?  


EL  ESCLAVO  -  REY 


135 


CAMILA 

Ha  sido  abajo         algún  chiquillo         Pero  tú, 

Reyes. . . . 

REYES 

Estoy  perdido,  perdido. . . .  Van  á  prenderme, 
¿lo  oyes? 

CAMILA 

Pero,  no  puede  ser ....  es  imposible ....  Tiene 
que  haber  algún  medio  para  salvarte. . .  . 

REYES 

No  hay  ninguno ....  Etetoy  perdido  

CAMILA 

¡Eso  es  horrible ! . .  . .  Yo  no  quiero  que  te  lleven, 
Reyes ! 

REYES 

Estoy  perdido   perdido  

CAMILA 

No„  no,  no  A  ver  piensa  

REYES 

Es  inútil. . . .  Sólo  devolviendo  el  dinero. ...  Y  ya 
vés  no  tengo  un  céntimo .... 

CAMILA 

( Galvanizada)  ¡  Ah!  —  (De  pronto,  con  un  brusco 
arranque)  ¡Aguarda!  (Atropelladamente  va  hacia 


136 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


el  secretaire  y  busca,  revuelve,  abre  cajones,  mien- 
tras murmura  con  voz  nerviosa):  El  dinero  que  me 
dió  mamá  para  e'l  piano  de  Isabel  

REYES 

( Que  la  observa  anhelante )  ¿  Cómo  ?  ¿  Tú  tienes 
dinero  ? 

CAMILA 

( Cogiendo  billetes,  nerviosamente )  Sí,  sí ;  es- 
pera. . . .  Todo,  todo  parla  salvarlo. . . .  (Viene  hacia 
él  y  le  entrega  un  puñado  de  billetes)  Toma,  toma. 
No  sé  cuanto  hay ....  Pero  con  eso  podrás .... 

REYES 

( Deslumbrado )  ¿  Pero ....  esto  ? 

CAMILA 

Es  un  regalo  de  mis  viejos ....  Mamá  quería  que 
le  comprara  un  piano  á  Isabel. . . . 

REYES 

¿Cuánto?  ¿Cuánto  hay? 

CAMILA 

No  sé ... .  Ahí  está  también  lo  que  papá  me  re- 
galó al  irse ....  Llévalo ;  retira  la  letra  de  Mora- 
les... .  Di  que  te  habías  olvidado ....  cualquier 
cosa ....  Vé,  vé,  pronto .... 


EL  ESCLAVO  -  REY 


137 


REYES 

(Que  ha  contado  el  dinero)  Sí,  estoy  salvado.  Con 
esto  podré  cumplir .... 

CAMILA 

Anda,  vé,  pronto,  corre .... 

REYES 

Sí,  sí,  voy. . . .  Con  esto  se  puede. ...  (Se  detiene, 
medita;  bruscamente )  Adiós,  Camila .... 

CAMILA 

Y  vuelve  pronto  No  me  tengas  intranquila  

REYES 

(Va  á  salir;  pero  de  pronto  se  vuelve,  arrepen- 
tido) Oye  

CAMILA 

Pero  anda,  vé,  aún  es  tiempo .... 

REYES 

Camila,  escúchame         Perdóname,  Camila. 

CAMILA 

Todo  lo  he  olvidado:  te  he  visto  sufrir.  . . . 

REYES 

No,  no  es  eso         (Vacilando)  Escucha:  ahora, 

hace  un  instante,  cuando  me  diste  ese  dinero,  du- 
rante un  minuto  perdóname  


138 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


CAMILA 

( Dolorosamente )  \  Reyes ! 

REYES 

No,  no  temas ....  Fué  la  última  vacilación .... 
Ahora  estoy  salvado ....  Iré  á  retirar  la  letra 
Gracias,  Camila. . . . 

( Camila  le  abre  los  brazos.  Así,  enlazados,  perma- 
necen ten  momento.  Luego,  Beyes  sale  precipitada- 
mente. Pausa.  Camila  se  seca  una  lágrima,  mira  en 
derredor,  va  hacia  la  imagen  sagrada  que  pende  del 
muro  y  se  arrodilla). 

CAMILA 

(Con  la  unción  del  que  alza  una  plegaria)  Proté- 
gelo, Señor,  tú  que  eres  la  bondad  infinita;  tú  que 
has  muerto  por  redimir  nuestras  culpas. . . . 


FIN  DE  LA  COMEDIA 


LA  RONDALLA 

DRAMA  EN  TRES  ACTOS 


Estrenado  en  el  Teatro  Nacional,  de  Buenos  Aires, 
la  noche  del  16  de  Septiembre  de  1907 
en  el  Teatro  Solís,  de  Montevideo,  la  del  28  Mayo  de  1908 


A  mi  esposa,  Enriqueta  Deam- 
brosio  de  Pérez  Petit. 


El  autor. 


REPARTO 


En  el  Teatro  Nacional       En  el  Teatro  Solís 
de  Buenos  Aires  de  Montevideo 

Matilde   Sta.  B.  Podestá.  Sra.  Lina  Estévez. 

Luz   Sra.  A.  Podestá.  ¡Sta.  Maña  Ortiz. 

Simona   »    A.  Tesada.        »    J.  Rodríguez. 

Mariana  .   »    Orfilia  Rico.       »    Aida  Reyna. 

Doña  Manuela  ...      »    J.  Lanaro.         »    J.  Lanaro. 

Encarnación   Sta.  E.  Blanch.        »    Lina  Bemez. 

El  Abuelo   JSr.  A.  Podestá.        »    E.  Arellano. 

Pepe   »    Elias  Alippi.      »    V.  Gómez. 

Pancho   »    J.  Escarcela.      »    J.  Rodríguez. 

Felipe   »    César  Ratti.  N.  N. 


Época  actual 


LA  RONDALLA 


ACTO  PRIMERO 


Preludio:  Al  levantarse  el  telón,  la  escena  se  ha- 
llará completamente  á  obscuras,  de  manera  que  no 
se  advierta  cosa  alguna.  De  pronto,  en  medio  de  la 
noche,  muy  lejos  aún,  óyense  los  primeros  sones  de 
la  rondalla:  bandurrias  y  mandolinas  vienen  ejecu- 
tando, al  través  de  las  calles,  desiertas  y  silenciosas, 
la  conocida  ronda  de  ilLa  Dolores",  del  maestro 
Bretón.  'Poco  á  poco  la  música  se  aproxima,  hasta 
que  su  intensidad  revela  que  los  mozos  cruzan  la 
calle  cerca  de  la  casa  donde  se  va  á  desarrollar  la 
obra.  Y  luego,  sin  cesar  de  tocar,  la  rondalla  se  aleja, 
perdiéndose  gradualmente  sus  regocijados  sonidos  en 
la  distancia.  Las  últimas  notas,  que  apenas  se  per- 
ciben, quedan  flotando  en  el  misterio  de  la  noche 
como  suspiros  de  un  alma  atenaceada  por  el  dolor. 

Escena:  Hay,  concluida  la  rondalla,  una  pausa 
bastante  larga.  Luego,  súbitamente,  todas  de  una  sola 
vez,  se  iluminan  las  baterías  y  el  escenario  queda 
lleno  con  una  luz  vivísima. 

Es  el  patio  de  una  antigua  casa  suburbana,  algo  maltrata- 
do por  el  tiempo,  según  se  vé  por  los  reboques  picados  de 
las  paredes,  pero  limpito  y  alegre.    Un  gran  parral,  cuyos 


144 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


pies  se  elevan  contra  las  paredes,  sombrea  el  patio  con  el 
toldo  verde  de  sus  hojas.  Macetas  de  flores  sencillas  —  mal- 
vones, floripondios,  azaleas,  rosas,  santa-ritas,  etc.  —  se  ex- 
panden en  macetas  colocadas  en  los  rincones  y  sobre  un  mu- 
ro que  corre  hasta  la  mitad  del  escenario,  como  si  formara  un 
corredor  con  el  foro,  por  el  cual  se  va  á  la  puerta  de  calle, 
que  se  supone  queda  á  la  derecha.  Una  enredadera  trepa 
alrededor  de  la  puerta  que,  sobre  la  izquierda,  da  acceso  á 
las  habitaciones  interiores.  Sobre  este  mismo  lado,  hacia  el 
foro,  el  brocal  de  un  aljibe  y  á  su  vera,  sobre  rústicos  tablo- 
nes, latas  diversas  sirviendo  de  macetas  á  plantas  de  claveles. 
A  lo  largo  del  foro,  un  muro  de  ladrillos  rojos,  por  el  cual, 
á  trechos  suben  guirnaldas  de  campanillas  azules.  Detrás 
del  muro,  sobre  la  acera  opuesta  de  la  calle,  se  advierten  edi- 
ficios de  arquitectura  vulgar.  Muy  próxima  á  la  entrada  de 
la  izquierda,  una  máquina  de  coser  y  una  silla.  Dos  ó  tres 
sillas  más,  todas  ellas  de  corte  antiguo,  diseminadas  en  el  pa- 
tio. Del  parral  cuelga,  sujeta  á  un  largo  alambre,  una  jaula 
con  un  jilguero.  Otra  jaula,  con  un  cardenal,  está  suspendi- 
da junto  á  la  casa. 

ESCENA  PRIMERA 
Luz,  Pancho  ¡y  Mariana 

(Al  levantarse  el  telón,  Mariana  barre  el  patio, 
mientras  Luz  da  agua  á  las  plantas  con  una  rega- 
dera. Pancho  sentado  á  horcajadas  en  una  silla,  apo- 
yados los  brazos  en  el  respaldo  de  ésta  y  la  mejilla 
sobre  un  brazo,  parece  dormir  perezosamente). 


MARIANA 

(Sin  cesar  de  barrer)  Deje  eso,  niña  Luz,  que  en 


LA  RONDALLA 


145 


cuantito  acabe  de  barrer  el  patio  yo  le  voy  á  regar 
sus  plantas. 

LUZ 

Es  que  si  yo  no  lo  hago,  me  parece  que  se  van  á 
secar.  Mire  el  malvón,  Mariana,  que  triste  está. 

MARIANA 

¡  Qué  va  á  estair  triste !  Si  tiene  tremendas  flores 
gran  dotas.  Son  aprensiones  suyas,  niña  Luz ;  nunca 
han  estado  más  lindas  las  flores.  Viera  las  de  doña 
Ceferina,  la  puestera  de  ái  abajo.  Esas  sí  que  están 
marchitas  y  desmejoradas.  Pá  mi  gusto  que  doña 
Ceferina,  pá  ahorrarse  el  trabajo,  las  hace  regar  por 
el  gato. 

LUZ 

Las  plantas  son  de  mucho  cuidado.  Cuando  no  es 
el  sol  que  las  quema,  son  los  bichos  que  se:  las  comen. 

MARIANA 

Y  de  ái,  ¿qué  me  cuenta?  A  nosotros  también  nos 
comerán  los  gusanos  algún  día.  No  hay  que  afligirse, 
y  mientras  se  viva,  á  estar  alegres  como  un  pericón. 
Mire  usted  las  flores,  niña:  no  dejan  por  eso  de 
abrirse  tan  emperifolladas  y  fraganciosas'. 

LUZ 

Diga,  Mariana,  ¿le  llevó  el  recaclito  á  doña  Ma- 
nuela ? 

10.-T.  II. 


146 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


MARIANA 

¡No,  y  si  no!  En  cuantito  acabamos  de  cenar,  se 
lo  llevé.  A  la  niña  Simona  le  di  la  contestación :  que 
á  las  nueve  y  media  estarían  acá  á  buscarlas  á  uste- 
des. (Aproximándose  al  sitio  donde  se  encuentra 
Pancho,  con  voz  seca)  Vamos  á  ver,  amigo,  salga  de 
ái. . . .  A  dormir  al  chiquero. . . .  (Pancho  se  levanta 
perezosamente  y  traslada  su  silla  á  otro  sitio,  donde 
vuelve  á  sentarse  con  cachaza.  Mariana  sigue  ba- 
rriendo mientras  habla)  ¿  Con  qué  están  de  baile  esta 
noche,  según  parece? 

LUZ 

Doña  Fermina  va  á  bautizar  el  nene  y  para  feste- 
jar la  cosa  se  darán  unas  vueltitas.  Ya  vé :  como  yo  y 
Simona  somos  solas,  doña  Manuela  y  su  hija  Encarna 
nos  acompañarán. 

MARIANA 

Hacen  bien  en  divertirse,  muchachas.  Yo  también, 
en  mis  tiempos,  le  di  duro  y  parejo  al  talón.  ¡Qué 
tiempos  aquellos!  ¡Viera  qué  bailes,  niña  Luz!  Se 
bailábamos  cada  polkita  que  al  final  nos  quedábamos 
todos  con  media  vara  de  lengua  afuera.  ¡  Jué  perra ! 
¡qué  modo  de  divertirse! 

LUZ 

Ahora,  están  de  moda  los  schottis  y  los  pas-de- 
quatre  


LA  RONDALLA 


147 


MARIANA 

Ya. . . .  Ahora  les  ha  dáo  por  esos  bailes  franchu- 
tes llenos  de  firuletes.  Pero,  créame,  niña  Luz,  pá 
bailes,  los  de  mis  tiempos.  Entonces  no  había  nada 
de  catres.  ¡  Usffced  hubiera  visto  qué  habaneras !  ¡  Qué 
habaneras,  miadrecita  mía !  De  puro  perezosas  y  que- 
rendonas parecían  chocolate  espeso.  Y  los  mozos, 
¡  qué  finos !  ¿  Usted  conoce  á  don  Rodríguez,  el  alma- 
cenero de  ái  abajo  ? . . . . 

PANCHO 

(Sin  moverse)  ¿El  qué  tiene  la  nariz  más  larga 
que  zaguán  de  conventillo? 

MARIANA 

¡  Hola,  mozo !  ¿  se  despertó  ?  ¿  Qué  tal  ha  pasado  la 
noche?  (Viendo  que  Pancho  no  le  hace  caso)  Pues 
es  muy  fino,  don  Rodríguez,  pá  que  sepa.  ¡  Qué  ma- 
nera de  prosiar  tenía  el  mozo !  Mientras  los  del  acor- 
deón le  daban  duro  y  parejo  á  una  danza  de  mi  flor, 
el  hombre  se  agarraba  á  su  compañera,  soltaba  la  sin 
hueso  y  empezaba  á  meniarle  letra  menuda  y  que  tal 
y  que  «se  yo,  y  en  cuantito  una  quería  pescarlo  en  un 
renuncio,  él  emparejaba  uno  de  esos  términos  muy 
largos  y  llenos  de  fioritura,  ¿  me  entiende  ?,  que  nos 
dejaban  con  la  boca  abierta  lo  mesmo  que  pájaros 
bobos. 

SIMONA 

(Dentro  de  la  casa,  á  gritos)  ¡Luz!  ¡Luz!  ¡Luz! 


148 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


LUZ 

¡Aquí  estoy,  hombre!  ¿Qué  pasa? 

ESCENA  II 
Dichos  y  Simona 

SIMONA 

(Saliendo)  ¿Pero,  has  visto  qué  cosía?  Habría  que 
matarla  

MARIANA 

¿Qué  toa  pasado,  niña  Simona? 

LUZ 

¿Alguna  otra  fechoría  de  Matilde? 

SIMONA 

¡  Claro !  ¿  De  quién  habría  de  ser  ?  Estábamos  la- 
vando la  l'oza  en  la  cocina,  y  de  pronto,  ¡zás!  tu 
copa  azul  

LUZ 

(Trágicamente)  ¡Mi  copa!  ¡Hia  roto  mi  copa!  (En- 
ira  de  estampa  á  la  casa). 


LA  RONDALLA 


149 


ESCENA  III 
Mariana,  Pancho  y  Simona 

SIMONA 

Esa  tísica  nos  va  á  matar  á  disgustos.  Tras  que 
tenemos  pocas  cosas,  se  ha  puesto  á  romper  cuanto 
le  cae  en  las  manos.  Me  he  venido  por  no  arañarle 
los  ojos.  ¡  Qué  desgracia  tener  una  hermana  así ! 

PANCHO 

(Sin  levantar  la  cabeza)  ¿Y  por  una  copa  armás 
ese  escándalo?  ¡Dejáte  dJe  jorobar! 

MARIANA 

Oiga,,  niña  Simona  

SIMONA 

(A  Pancho,  iracunda)  ¿Qué  decís  vos,  ché?  ¿Te 
parece  que  no  es  nada  romper  una  copa?  ¡Por  su- 
puesto !  Como  no  sabés  lo  que  hay  que  trabajar  para 
ganar  una.  Mejor  sería  que  en  lugar  de  estar  ahí 
haraganeando  todo  el  día,  te  buscaras  una  coloca- 
ción. ¡Atorrante!  ¡Más  que  atorrante! 

PANCHO 

(Irguiéndose  á  medias)  ¡  Ché,  Mariana!  Lleváme 
esa  gallina  pá  el  gallinero. 


150 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


MARIANA 

( Ofendida )  ¿  Ché  ?  ¿  Desde  cuándo  sernos  hermanos 
pá  qne  me  trate  de  ché,  mocito? 

SIMONA 

Déjelo,  Mariana.  Este  haragán  es  un  atrevido. 
Cuando  venga  Luz,  le  vamos1  á  arreglar  las  cuentas. 

LUZ 

(Dentro)  ¡Mariana! 

MARIANA 

Voy,  voy.  (Deja  la  escoba  y  se  dirige  al  interior) 
Pues  está  bueno.  ¡  Ché !  ¡  Habráse  visto  confianzudo ! 
¡  Cómo  si  hubiéramos  comido  en  el  mismo  chiquero ! 
¡  Pues  está  bueno !  ( Ha  salido ) . 

ESCENA  IV 
Pancho  y  Simona 

(Al  salir  Mariana.,  Simona  coge  la  regadera  que 
dejó  Luz  en  el  suelo  y  va  á  ponerla  junto  al  pozo). 

SIMONA 

(A  Pancho)  Vos,  Pancho,  podías  entrar  los  pája- 
ros en  lugar  de  estar  ahí  despatarrado. 


LA  RONDALLA 


151 


PANCHO 

¿Te  parece?  ¡Qué  más  quieren  los  pájaros  que  los 
dejen  al  aire  libre!  No  se  van  á  resfriar  

SIMONA 

Hacé  lo  que  te  mando. 

PANCHO 

Bueno.  (Se  levanta;  parece  indeciso  un  instante, 
y  luego  vuelve  á  sentarse)  Pues  no  se  me  dá  la  gana. 

SIMONA 

¿Qué  decís? 

PANCHO 

Que  no  se  me  dá  la  gana.  Esos  no  son  modos  de 
pedir  las  cosas. 

SIMONA 

¡Hola,  hola!  ¡Miren  al  personaje!  ¿Tendría  que 
pedirte  por  favor  ? . . . . 

PANCHO 

Me  parece ;  yo  no  soy  tu  sirviente. 

SIMONA 

Pero,  nosotras,  sí,  somos  tus  sirvientes,  ¿no  es 
eso?  ¡Lindo  hermano  nos  ha  dado  Dios!  En  esta 
caisa,  somos  las  mujeres  'las  que  cinchamos  como  mu- 
las  para  darle  de  comer  á  los  hombres.  Es  muy  de- 
cente ;  es  muy  bonito .... 


152 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


PANCHO 

¿A  quién  das  de  comer,  vos? 

SIMONA 

¿  A  quién  ?  ¡  Me  gusta  la  pregunta !  —  A  vos  y  al 
Abuelo.  Si  no  fuera  por  mí  y  por  nuestra  hermana 
mayor  Luz,  que  cosemos  para  el  registro  de  día  y  de 
noche,  no  sé  qué  iban  á  comer  el  Abuelo  y  vos. . . . 

pancho 

¿Y  Tilde?  ¿Dónde  dejás  á  Tilde? 

SIMONA 

Matilde  se  podía  acollarar  contigo.  Buena  pieza 
es  nuestra  hermanita  menor.  Todo  lo  que  hace  es 
destruirnos  los  pocos  cachivaches  que  nos  quedaron 
desde  la  muerte  de  papá  y  mamá. 

PANCHO 

Cargále  el  carro  á  Tilde,  cárgaselo  no  más.  La  po- 
bre ya  está  acostumbrada. ...  (Se  pone  en  pie  y  se 
despereza)  Ché,  pá  que  lo  sepás.  Tilde  vale  más  que 
vos,  cien  veces .... 

SIMONA 

¿Qué  más  vas  á  decir  vos,  atorrante?  Bien  dice 
el  refrán :  Dios  los  cría  y  ellos  se  juntan .... 

PANCHO 

Dále  á  la  prosa,  hermanita,  dále  á  la  prosa.  Pero 


LA  RONDALLA 


153 


la  verdad,  que  lo  que  ustedes  tienen,  es  envidia  de 
Tilde. 

SIMONA 

(Sardónicamente)  ¿Envidia?  ¡Ja,  ja,  ja!  No  sé 
en  qué  podemos  envidiar  á  esa  tísica  

PANCHO 

Ché,  tísica,  no ... .  Si  tiene  esa  tos,  es  por  lo  que 
la  hacen  ustedes  trabajar  á  la  infeliz.  Que  Matilde 
por  acá,  que  Matilde  por  allá:  en  todo  el  día  no 
pára,  la  pobrecita.  Ella,  para  la  cocina  ;  ella,  para 
arreglar  las  habitaciones;  ella,  para  fregar  los  pi- 
sos   

SIMONA 

Eso  es  mentira,  ché.  Doña  Mariana  viene  

PANCHO 

Nuestra  vecina  doña  Mariana  viene,  cuando  le  so- 
bra tiempo,  á  dar  una  manito,  porque  nos  tiene  lás- 
tima y  le  gusta  enterarse  de  nuestras  cosas. . . . 

SIMONA 

Viene  porque  le  pagamos  

PANCHO 

Diez  pesos  por  mes.  ¡  Figuráte,  ché !  Cualquier  día 
se  compra  un  palacio  en  la  Avenida  de  Mayo. .  . . 


154 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


SIMONA 

¡  Ojalá  los  ganaras  tú  en  vez  de  dormir  todo  el  día ! 

PANCHO 

Bueno ;  en  eso  tenés  razón ....  Pero ....  ¿Qué  que- 
rés,  hermanita?  Yo  no  sirvo  para  nada,  lo  confieso. 
Ya  te  acordarás.  Cuando  me  pusieron  en  la  fábrica 
de  fósforos,  me  tuvieron  que  echar  porque  ni  sabía 
darle  aceite  á  la  máquina.  ¡  Paciencia !  No  sirvo  para 
nada.  ...  ni  pá  fósforos. . .  .  Pero,  no  te  aflijás,  Si- 
mona. . .  .  Cuando  vea  que  incomodo  demasiado,  sin 
decir  nada,  á  la  calle ....  Me  largo .... 

SIMONA 

A  morirte  de  hambre .... 

PANCHO 

No  creás.  Cuando  esté  muy  aburrido  y  sin  recur- 
sos, un  tirito,  aquí,  en  medio  de  la  frente .... 

SIMONA 

¿Te  fiarían  el  revólver,  che? 

PANCHO 

No  sé.  Un  pan  no  se  saca  tan  fácilmente.  Un  re- 
vólver siempre  se  encuentra. . .  . 

SIMONA 

¡  Lo  que  vamos  á  sentir.  . . .  por  los  trajes  de  luto ! 


LA  RONDALLA 


155 


PANCHO 

Reíte ;  también  te  reís  de  Tilde,  y  si  la  pobre  fal- 
tara. . . . 

SIMONA 

¡  Ay,  hijo !  Nos  moriríamos  de  pena .... 

PANCHO 

De  pena,  no ;  pero  de  trabajar,  puedle  ser.  Enton- 
ces), sí,  hermanita,  que  ibas  á  tener  que  cinchar  ha^ 
ciendo  todo  lo  que  hace  ella.  Coser  de  noche  y  de 
día ;  hacer  recados ;  lavar  y  fregar ;  planchar  y  coci- 
nar ;  limpiar  los  muebles  ¿  Qué  trote  para  un  pe- 
tizo, eh? 

SIMONA 

¿Y  qué  más? 

PANCHO 

¿ Qué  más ? . . . .  ¡Te  quemas,  ché !  ¿ Y  las  palizas ? 
porque  por  lo  visto,  Luz  y  vos  tienen  contratadas  las 
espaldas  de  Tilde .... 

SIMONA 

Cuando  lo  merece ....  Es  nuestra  hermana  me- 
nor. . . . 

PANCHO 

Es  la  Cenicienta  de  la  casa,  ya  lo  sabemos .... 

SIMONA 

Naturalmente ;  y  nosotras  somos  las  harpías .... 
Por  eso,  no  le  consentimos  el  novio  que  tiene .... 


156 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


PANCHO 

¡Ahí  está!  ¡ahí  está!  Eso  es  lo  que  les  da  rabia 
á  ustedes!  Que  Pepe  se  haya  dirigido  á  ella  y  no  á 
vos  ó  á  Luz .... 

SIMONA 

¡A  mí!  ¡Hacéme  el  favor!  Esa  cara  de  mico  ho- 
rroroso. . . . 

(Entra  el  Abuelo  de  la  calle  y  se  detiene  un  ins- 
tante á  oírlos). 

PANCHO 

Sí,  sí ;  como  si  yo  no  viera. . . . 

SIMONA 

¡  Pancho ! 

ESCENA  V 
Dichos  y  el  Abuelo 

abuelo 

Vamos,  vamos.  Ya  están  trenzados  ustedes  como 
perros  ñatos. 

SIMONA 

Es  este  haragán  insolente  que  siempre  está  bus- 
cando camorra. . . . 


LA  RONDALLA 


157 


PANCHO 

Bueno,  se  acabó ....  ¿  Dónde  está  la  guitarra, 
che? 

SIMONA 

¡  Qué  sé  yo !  Buscála  con  toda  tu  alma. 

PANCHO 

Bueno,  mi  hijita;  no  te  hagás  mala  sangre  que  te 
podés  llenar  de  granos. . . .  (Yéndose  por  la  casa) 
¡  Qué  porquería  de  vida ! 

SIMONA 

¡Pedazo  de  atorrante! 

(Sale  Pancho). 

ESCENA  VI 
Simona,  el  Abuelo;  luego  Luz 

ABUELO 

(Mirando  salir  á  Pancho,  sacudiendo  la  cabeza) 
¡Láistimai  de  muchacho!  (A  Simona)  ¿Con  qué  están 
de  baile? 

SIMONA 

Sí.  Doña  Fermina  bautiza  el  nene. 

ABUELO 

¿Y  ustedes  cómo  van  á  ir? 


158 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


SIMONA 

¡  Cómo  van  á  ir ;  cómo  van  á  ir ! .  . . .  En  coche,  si 
le  parece  ¿  Cómo  quiere  que  vayamos  ? 

ABUELO 

No,  si  no  quise  decir  eso,  hija ....  Preguntaba  con 
quién .... 

SIMONA 

No  se  aflija ;  no  nos  van  á  comer  los  caranchos. . . . 
Doña  Manuela  vendrá  á  buscarnos.  ¿  Está  contento  ? 

ABUELO 

Sí,  hija,  sí. . . .  Yo  no  quería. ...  yo  no  trataba.... 

SIMONA 

Como  anda  con  tantas  preguntas ....  Parece  que 
fuéramos  unas  chiquilioais. . . . 

ABUELO 

No  te  enojés,  Simona. ...  Te  digo  que  no  quise. . .  . 
Ya  sabes  que  todo  lo  que  ustedes  hacen  está  bien 
hecho. . . . 

SIMONA 

¡Y  no  faltaba  más!  Somos  nosotras  las  que  soste- 
nemos la  casa. . . .  Tendría  que  ver  que  tuviéramos 
que  pedir  permiso .... 


LA  RONDALLA 


159 


ABUELO 

Ya  sé,  ya  sé . .  .  *.  Yo  también,  si  pudiera,  las  ayu- 
daría. . . . 

SIMONA 

Déjeme  en  paz,  Abuelo. .  . .  Ya  sabemos  lo  que 
usted  trabaja  en  el  almacén  de  la  esquina. ...  A  al- 
guno en  la  familia,  tenía  que  salir  Pancho  de  tan 
trabajador. . . . 

ABUELO 

( Con  mansedumbre )  Bueno,  bueno ....  No  digo 
más  nada. ...  (El  Abuelo,  penosamente,  se  arrastra 
hasta  una  silla,  donde  se  sienta.  Simona,  arranca 
unas  hojas  amarillas  á  un  jazmín  que  tiene  una  her- 
mosa flor.  —  Pausa ) . 

SIMONA 

¡  Qué  modo  de  cuidar  las  plantas !  Si  no  fuera  por 
mí,  todas  se  perdían .... 

ABUELO 

La  verdad  que  tú  tenés  muy  buena  mano  para  las 
flores .... 

SIMONA 

Gracias.  ¿  Ya  se  gastó  los  centavos  que  le  di  ayer  ? 

ABUELO 

¿  Por  qué  me  preguntas  ? . . . . 


160 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


SIMONA 

Porque  cuando  está  tan  elogioso  es  que  le  í'altan 
los  posibles. . . . 

ABUELO 

(Huce  un  ges\to  de  contrariedad;  después  de  una 
pausa)  Decí,  Simona:  á  ese  baile,  también  

SIMONA 

¿También,  qué? 

ABUELO 

¿También  va  Tilde? 

SIMONA 

Matilde  se  queda  en  casa  

ABUELO 

¡Pobrecita! 

SIMONA 

Sí,  muy  pobrecita         (Dejando  de  arreglar  las 

flores  y  viniendo  hacia  el  Abuelo)  ¿A  qué  no  sabe 
usted  lo  que  ha  hecho  la  pobrecita? 

ABUELO 

¿Qué  ha  hecho ? 

SIMONA 

(Viendo  entrar  á  Luz,  que  ya  ha  empezado  á  ha- 
cerse la  toilette)  Pregúnteselo  á  Luz.  (A  su  hermana) 
Luz,  el  Abuelo  pregunta  qué  ha  hecho  Matilde. 


LA  RONDALLA 


161 


LUZ 

( Con  enojo)  ¿Lo  que  ha  hecho?  ¿  Qué  quiere  usted 
que  haga  esa  tísica  ?  Vamos,  figúrese  usted .... 
Piense  una  barbaridad  muy  grande.  . . . 

abuelo 

(Turbado)  Yo  la  verdad. ...  no  sé. . . . 

LUZ 

¡  Ha  roto  mi  copa  azul ! 

ABUELO 

¿  Tu  copa  ? . . . .  ¡  Caramba,  caramba ! 

LUZ 

Ya  vé  usted....  su  preferida....  (A  Simona) 
Abrocháme  la  bata. 

ABUELO 

No,  si  yo  

SIMONA 

Pero,  ya  las  pagará ;  pierda  cuidado .... 

LUZ 

Esa,,  no  escarmienta.  Es  de  balde. 

ABUELO 

(Conciliador)  Tal  vez,  tal  vez....  No  te  aflijás, 
querida  mía ....  Con  los  años .... 

11.— T.  II. 


162 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


SIMONA 

Sí,  con  los  años,  va  á  concluir  bien ....  Dios  sabe 
de  qué  modo .... 

LUZ 

¡La  copa  que  era  un  recuerdo  de  mamá!  

abuelo 

Aquí  viene  Tilde. . .  .  Por  favor. . . . 


ESCENA  VII 
Dichos,  Tilde;  luego  Mariana 

luz 

(A  Tilde)  ¿Zurciste  mi  falda? 

TILDE 

(Habla  siempre  humildemente)  Ya  está. . . .  Quedó 
muy  bien ;  no  se  nota  el  desgarrón .... 

SIMONA 

No  se  nota. ...  ya  veremos.  Fijáte  bien,  Luz,  no 
sea  cosa  que  te  vayas  con  tremendo  remiendo .... 

LUZ 

Ya  me  fijaré. . . .  Matilde:  el  Abuelo  quiere  sa- 
ber. . . . 


LA  RONDALLA 


163 


ABUELO 

Yo  no ... .  yo,  la  verdad .... 

LUZ 

(Imperativamente)  El  Abuelo  quiere  saber  cómo 
rompiste  mi  copa. . . . 

TILDE 

Fué  sin  querer,  Luz,  te  lo  juro   Estaba  la- 
vando. . . . 

LUZ 

(Al  Abuelo)  Ya  vé  usted. . . .  Como  siempre,  sin 
querer. . . . 

ABUELO 

(Fingiendo  enojo)  Eso  está  muy  mal,  Tilde  

Hay  que  tener  cuidado. .  . .  Luz  tiene  razón  ¡  qué  ca- 
ramba! Esa  copa  era  un  recuerdo....  ¡  Jun!  ¡  jun!.... 

(Tilde  se  echa  á  llorar  silenciosamente). 

SIMONA 

Ya  está  abrochada  tu  bata. 

MARIANA 

(Saliendo)  Las  tenacillas  están  calientes  . . . . 

LUZ 

Vamos,  Simona;  tú  me  ayudarás.  (Éntranse  las 
dos  á  la  casa). 


164 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ESCENA  VIII 

Tilde,  el  Abuelo,  Mariana 

(Mientras  Mariana  recoge  la  escoba  y  va  á  dejarla 
en  un  rincón,  el  Abuelo  se  aproxima  con  ternura  á 
Tilde). 

ABUELO 

Vamos,  vamos,  Tilde  No  llores  así.  Ya  sabes ; 

lo  que  te  dije  hace  un  momento,  no  fué.  . . .  Yo  no 
quise ....  En  fin,  no  llores .... 

MARIANA 

¿Qué  hay?  ¿qué  tiene? 

ABUELO 

Es  que  soy  un  bruto,  Mariana. ...  La  he  repren- 
dido de  un  modo .... 

TILDE 

No,  Abuelo,  no  sos  tú  

ABUELO 

Sí,  he  sido  malo  con  vos  Pero,  tú  compren- 

dés. . . .  Estaban  delante....  ¿No  es  Cierto?.... 
¿qué  podía  hacer?.  . . .  Tilde,  mi  querida  Tilde. . . . 
Perdonám'e. ...  (La  abraza  conmovido). 

TILDE 

Abuelo. ... 


LA  RONDALLA 


165 


MARIANA 

¡  Vaya,  vaya !  £>i  es  lo  que  yo  digo ....  No  sé  pá 
que  tiene  usted  pantalones ....  En  cuantito  le  alzan 
el  gallo,  ya  sale  como  perro  castigáo  . .  .  .  ¡  Jué  perra, 
con  los  hombres  de  papel  pintáo ! .  . . .  ¡  Me  dieran  á 
mí  un  par  de  pantalones,  nada  más,  ..iban  á  ver 
quién  mandaba  en  esta  casa ! 

ABUELO 

Es  que  yo ...  .  usted  sabe .... 

MARIANA 

No  amuele,  hombre.  .  . .  Usted  debería  hacerse  res- 
petar. ... 

ABUELO 

Oigamé,  Mariana  Yo  soy  un  pobre  viejo,  me- 
dio paralítico ....  ya  me  vé ... .  Las  nietas  me  han 
recogido,  me  alimentan....  ¿Qué  quiere  que  haga?.... 
¡  Oh  !  si  fuera  yo  juerte  y  pudiera  trabajar ! .  . . .  En- 
tonces les  diría. . . . 

MARIANA 

i  Golpiá  que  te  van  á  abrir !  Al  petizo  bichoco  ni 
con  rebenque  lo  sacan  al  trote .... 

ABUELO 

¡  Mire,  Mariana ! 


166 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


MARIANA 

(Encarándosele)  ¡Ya  lo  estoy  mirando,  y  con  eso? 
Sí,  señor ;  en  su  cara  se  lo  digo,  —  porque  yo  no 
preciso  mensajeros  de  chifletas  pá  mandar  decir  las 

cosas  Si  usted  juera  hombre,  ¡me  entiende?  de 

agallas  y  güeñas  uñas,  ¿  me  entiende  ?  no  se  dejaba 
manosiar  por  las  muchachas  y  defendería  á  esta 
pobre  

TILDE 

"Mariana,  por  favor  

MARIANA 

( A  Tilde)  Dejáme  vos. ...  (al  Abuelo)  y  les  can- 
taría cuatro  frescas,  y  si  no  bastaban  cuatro,  ocho,  y 
si  se  retobaban,  un  bife,  ¿  me  entiende  ?,  porque  para 
eso  tiene  barbas  y  es  viejo  y  es  abuelo  ¿  me  ha  enten- 
dido ?  ( Como  para  sí)  ¡  Pues  está  güeno !  ¡  Como  si  los 
que  lo  mantienen  á  uno,  porque  está  enválido  y  es  de 
la  familia,  tuvieran  el  derecho  de  manosiarlo!  ¡No 
sea  maturrango,  hombre ! 

ABUELO 

¿Y  de  ái?  ¿contra  qué  piedra  iba  á  darse  la  ca- 
beza cuando  la  echaran  á  la  calle? 

MARIANA 

¿Echarme  á  mí?  ¡Con  la  uña....  se  pelan  los 
mondongos ! . . . .  ¡  Cualquier  día  echaban  á  la  calle 
á  la  hija  de  mi  madre!  (Calmándose)  En  fin;  usted 


LA  RONDALLA 


167 


es  usted  y  yo  soy  yo. . . .  Yo  estoy  en  casa  ajena, 
y  no  me  meto  en  nada;  pero  atiéndame,  tocayo:  el 
potro  de  lay,  no'  se  deja  ganar  el  lado  de  montar, 
¿  me  entiende  ? . . . .  Y  ahora  me  voy  á  mi  casita, 
que  tengo  la  olla  en  el  fuego,  y  si  se  me  corta  la 
espuma,  ya  tenemos  gaita  con  mi  hombre ....  Hasta 
lueguito ....  Adiós,  Tilde. 

TILDE 

Adiós,  Mariana  

(8 ale  Mariana). 

ESCENA  IX 
Tilde  y  el  Abuelo  ;  en  seguida  Mariana 

abuelo 

i  Gracias  á  Dios  que  se  fué ! 

TILDE 

¡Pobre  Mariana!  Es  un  poco  habladora  

ABUELO 

¿Te  parece?  Lo  pior  es  que  á  veces  tiene  ra- 
zón ....  Pero,  ¿  qué  le  hemos  de  hacer  ?  Ya  vés 
vos  

MARIANA 

(Aparece  por  el  foro)  \  Ché,  Tilde,  ojo! 


168 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ABUELO 

¡  Otra  vez ! 

MARIANA 

Por  la  esquina  viene  tu  novio.  (Y ase  Mariana). 

ESCENA  X 
Tilde,  el  Abuelo;  luego  Pepe 

tilde 

¡Dios  mío!  ¿Me  conocerá  Pepe  que  he  llorado? 
abuelo 

¡  Qué  va  á  conocer,  tontuela,  si  está  ciego  de  amor 
el  mozo! 

TILDE 

(Componiéndose  el  vestido  y  el  pelo)  ¿De  veras? 
¿  Creés  que  me  quiere  ? 

ABUELO 

¡Y  lo  prieguntás,  zalamera!  ¿Quién  no  te  quiere 
con  esa  carita  de  virgen  y  ese  corazón  que  es  de 
oro? 

TILDE 

A  vecéis  Pepe  me  parece  algo .... 

ABUELO 

¿Algo  qué? 


LA  RONDALLA 


169 


TILDE 

No  sé  cómo  decir. . . .  En  fin,  Dios  dirá. . . . 

ABUELO 

¡  Qué  loquita  sos,  Tilde !  Pepe  es  un  buen  mu- 
chacho .... 

TILDE 

(Viendo  entrar  á  Pepe)  ¡  Calláte,  Abuelo! 

PEPE 

(Por  el  foro)  ¿Hablaban  de  mí?  Buenas  noches. 
Vi  la  puerta  abierta  ¡y  entré  como  Perico  por  su 
casa ....  ¿No  incomodo 

ABUELO 

Tilde  me  preguntaba  si  vos  la  quedrías  como  ella 
te  quiere  Vaya;  ya  que  has  venido,  podés  con- 
testarle vos  mismo ....  Yo  me  voy  por  ái  á  ver  si 
pesco  algún  mate .... 

PEPE 

Vaya  usted;  yo  la  convenceré  á  Tilde. 

ABUELO 

( Que  se  iba,  deteniéndose  de  pronto)  Oí,  Pepe. . . . 
( Acercándosele)  ¿  Tú  la  conoces,  no  ?  Así,  calladita, 

trabajadora          La   pobrecita   es   un  ángel  

( Quiere  seguir  hablando,  y  la  emoción  le  ahoga. 
Después  de  una  pausa)  Tenés  que  quererla  mucho.... 


170 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


Pepe ....  ¿me  entendés  ?   (Se  aleja  trabajosa- 
mente. Al  llegar  á  la  puerta  de  la  casa,  se  vuelve 
aún)  Mucho,  mucho,  Pepe....  (Sale). 


ESCENA  XI 
Tilde  y  Pepe 

PEPE 

(Cogiéndole  las  manos  á  Tilde)  ¿Qué  tiene  el 
Abuelo? 

TILDE 

No  sé. . . .  Ocurrencias  de  él. . . . 

PEPE 

Pero,  vos ;  ¿  vos  dudás .... 

TILDE 

¿De  tu  cariño?  No,  Pepe,  no  quiero  dudar,  por- 
que si  dudara  ¡Dios  mío!  

PEPE 

Pero,  en  fin,  debés  explicarme .... 

TILDE 

No,  no ;  no  es  nada,  Zonceras  mías,  no  más .... 
¿No  vés?  Ya  estoy  contenta.  ¿Y  vos,  qué  has  hecho 
hoy  ? . . . .  ¡  Ah,  me  olvidaba !  Anoche  te  sentí  pasar 
cotí  tus  amigos. . . . 


LA  RONDALLA 


171 


PEPE 

¿Y  dudás  que  te  quiero?  Si  no  te  quisiera  no  me 
tomaría  el  trabajo  de  darte  serenata. 

TILDE 

Sí,  Pepe,  me  querés ....  Yo  sé  que  me  querés  

PEPE 

¿Te  gustó  la  combinación  de  bandurrias  y  man- 
dolinos, en  vez  de  guitarras? 

TILDE 

¡  Oh,  es  más  bonito !  ¡  Qué  tiene  que  ver !  Y  des- 
pués, todos  tocan  muy  bien,  con  un  compás .... 
Pero,  decíme,  la  marchita  de  anoche,  ¿es  nueva? 
No  la  conozco. . . . 

PEPE 

Es  nueva,  sí.  La  hemos  aprendido  recién  estos 
días  

TILDE 

¿Cómo  se  llama? 

PEPE 

La  rondalla.  La  rondalla  de  "La  Dolores",  una 
pieza  que  dan  en  el  teatro  . . . . 

TILDE 

Es  preciosa.  Yo  estaba  por  acostarme,  cuando  los 
sentí  venir,  calle  arriba ....  ¡Si  vieras !  El  corazón 


172 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


me  dio  un  vuelco  de  alegría ....  Es  Pepe,  es  mi 
Pepe  que  viene  ahí  —  me  dije.  Es  por  mí  que  esa 
música  va  así,  por  la  calle,  en  el  silencio  de  la  no- 
che. ...  Y  alcé  la  cortina  de  la  ventana  para  verte.... 
¿Tú  ibas  del  lado  de  la  pared,  no? 

PEPE 

Es  verdad.  El  tuerto  es  el  que  iba  á  mi  lado.  Toca, 
que  es  un  primor.  No  hay  otra  mano  para  mando- 
lino. 

TILDE 

Yo  no  vi  más  que  á  vos.  Y  cuando  se  fueron, 
cuando  se  perdieron  en  la  oscuridad  yo  seguí  allí, 
detrás  de  los  vidrios,  oyendo  la  música  que  se  ale- 
jaba poco  á  poco. . . .  Parecía  que  mi  alma  se  iba 
con  vos,  que  eran  las  notas  de  la  música  que  se  per- 
dían en  el  silencio. . . . 

PEPE 

¡  Queridita  mía ! . . . . 

TILDE 

¿Verdad  que  me  querés,  que  no  me  vas  á  dejar 
nunca  ? . . . . 

PEPE 

Pero,  qué  ocurrencia.  .  .  . 

TILDE 

Júramelo,  Pepe         Si  supieras  


LA  RONDALLA 


173 


PEPE 

¿Qué  tenés  hoy,  Tilde?  

TILDE 

Y  que  no  vas  nunca  á  dar  á  otra  mujer  esa  misma 
serenata .... 

PEPE 

¡  Tú  estás  loca,  Tilde ! 

TILDE 

¿  Verdad  que  no  ?  Si  me  abandonaras  un  día,  decí, 
Pepe,  ¿no  es  verdad  que  esa  rondalla  no  la  oirá 
otra  mujer,  ejecutada  por  vos? 

PEPE 

Pero,  yo  no  te  abandonaré  nunca,  Tilde  De- 
cís unas  cosas  

TILDE 

Es  que  tengo  miedo ....  Yo  no  sé,  no  podría  ex- 
plicarte  Soy  tan  desgraciada;  estoy  tan  acos- 
tumbrada á  que  todo  me  salga  mal,  que  esta  felici- 
dad me  parece  que  no  puede  durar .... 

PEPE 

¡Vaya!  ¡Hay  que  reírse!  ¿Por  qué  te  habría  de 
dejar?  ¿Dudás  de  mi  amor?  ¿Acaso  ando  por  ahí 
detrás  de  alguna  mujer?  Tú  conocés  mi  vida.  De  la 
tipografía  á  casa,  de  casa  á  aquí  y  de  aquí  á  mi 
casa.  ¡  Tenés  unas  cosas,  Tilde ! 


174 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


TILDE 

Sí,  soy  una  tonta. . . .  Acabaré  por  cansarte  al  fin 
y  al  cabo. . . .  Pero,  tú  sos  buenito.  ¿Me  perdonas? 

PEPE 

Eso  es.  Te  perdono....  O  mejor  dicho,  no;  no 
te  perdono  tus  feas  ideas  hasta  que  me  dés  una 
flor.... 

TILDE 

Entonces  verás  que  pronto  hacemos  las  paces.  (Va 
hasta  el  jazmín  que  arregló  poco  antes  Simona  y 
arranca  la  flor).  Mirá;  este  jazmín  es  el  más  lindo.... 
(Dándoselo)  Para  que  perdonés  á  tu  fea  

PEPE 

(Poniéndolo  en  el  ojal)  Muy  bien;  y  ahora. . .  . 

TILDE 

¿Ahora,  qué? 

ESCENA  XII 
Dichos,  Luz  y  Simona 

luz 

( Saliendo  con  Simona )  —  ¿  Cómo  ?  ¿  estaban  aquí  ? 

TILDE 

Reeiencito  llegó. 


LA  RONDALLA 


175 


SIMONA 

(Dando  la  mano  á  Pepe,  por  la  flor)  ¡Caramba! 
¡qué  pedrada  nos  han  pegado! 

PEPE 

La  compré  á  un  gringo,  para  ofrecerla  á  quien 
me  quiera  bien  

SIMONA 

¿Sí,  eh?  Pues  ya  le  mando  trabajo  si  espera  en- 
contrar una  mujer  á  quien  usted  le  parezca  sim- 
pático. 

PEPE 

¿Le  parece  difícil? 

SIMONA 

Hijito,  las  muchachas  de  esta  tierra  son  de  pala- 
dar  muy  delicado. . . . 

luz 

Pero,  digan  ustedes,  ¿ya  van  á  empezar  como  to- 
dos los  días? 

PEPE 

Conste  que  es  Simona  la  que  me  tira  de  la  len- 
gua  

SIMONA 

¡  Salga  de  ahí,  buen  mozo !  Usted  no  necesita  que 
le  tiren  Usted  tira  solo  


176 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


PEPE 

(A  Luz)  ¿Vé  usted?  Es  ella  la  que  me  provoca.... 

TILDE 

(A  Pepe,  en  voz  baja)  Dejála;  no  le  hagás  caso.... 
Sentémonos .... 

(Pepe  y  Tilde  se  sientan,  cerca  el  uno  del  otro,  á 
la  izquierda.  A  la  derecha,  Luz  y  Simona  se  sientan 
también:  la  primera  está  recosiendo  sus  guantes  de 
hilo.  Simona  lee  un  libro). 

LUZ 

Tendría  que  comprarme  otro  par  de  guantes. 

SIMONA 

Pues  esos  no  hace  tanto  tiempo  que  los  tenés. 

LUZ 

Son  de  este  verano  pasado,  no ;  del  otro.  Con  que 
ya  vés.  De  todos  modos,  para  fiestas  como  las  de 
hoy,  debería  tener  unos  nuevos. 

PEPE 

(Volviéndose)  ¡Ah  diablo!  No  había  reparado 
que  estaban  ustedes  con  los  trapitos  de  cristianar. 

SIMONA 


Sí,  es  usted  muy  galante.  La  vé  á  una  de  veinti- 
cinco alfileres  y  no  se  le  ocurre  una  felicitación. 


LA  RONDALLA 


177 


PEPE 

Francamente,  si  á  alguna  tendría  que  felicitar  es 
á  Luz,  que  está  muy  bien. 

SIMONA 

Quiere  decir  que  yo  estoy  mal  

PEPE 

Como  siempre,  como  siempre  

SIMONA 

¡  Zonzo ! 

PEPE 

Digo,  que,  como  siempre,  está  usted  bien  

SIMONA 

Sí,  es  usted  muy  gracioso.  Ustedes  son  así,  los 
tipos ....  los  tipógrafos. 

PEPE 

Es  de  andar,  como  usted  dlice,  entre  los  tipos .... 

SIMONA 

Che,  Matilde,  preguntále  si  la  indirecta  es  para 
vos  también .... 

TILDE 

(Bajo)  No  le  hagás  caso.  No  le  hables  

12.-T.II. 


178 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


PEPE 

(Bajo,  á  Tilde)  Es  ella  la  que  me  busca.  Ya 
vés. 

TILDE 

Bueno;  déjala.  Lo  que  quiere  es  impedirnos  que 
hablemos. 

LUZ 

¿Qué  leés? 

SIMONA 

"La  madre  de  los  desamparados". 

luz 

¡Ah!  Es  muy  linda.  ¿Es  de  Carolina  Inverni- 
zio,  no? 

SIMONA 

No  sé.  Creo  que  sí.  (Buscando  la  portada  del 
libro)  No.  Es  de  Pérez  Escrich.  Diga,  Pepe:  ¿co- 
noce "La  madre  de  los  desamparados"? 

PEPE 

No  tengo  el  gusto.  ¿  Quién  es  esa  señora  ? 

SIMONA 

Por  lo  gracioso  parece  usted  un  almanaque  de  Bris- 
tol.  ¿No  ha  leído  esta  novela? 

TILDE 

(Bajo)  No  le  contestés. 


LA  RONDALLA 


173 


PEPE 

¿De  quién  es? 

SIMONA 

De  Pérez  Escrich. 

PEPE 

Yo  no  leo  macanas. 

SIMONA 

Muchas  gracias.  Es  muy  linda  novela. 

TILDE 

(Bajo)  ¡Calláte,  Pepe! 

PEPE 

Pérez  Escrich  es  el  novelista  de  los  peluqueros  y 
de  las  modistillas. 

SIMONA 

¿Y  el  de  los  papanatas  y  mal  educados,  cuál  es? 
luz 

Pero,  ¿se  quieren  ustedes  callar  de  una  vez?  Toda 
la  vida  en  esos  dimes  y  diretes.  Ya  cansa,  hijos 
míos. 

PEPE 

Usted  comprende,  Luz,  que  es  ella  la  que  me 
busca  


180 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


SIMONA 

Es  odioso,  odioso ....  No  lo  puedo  ver .... 

LUZ 

Son  ustedes  un  par  de  babiecas.  A  fuerza  de  pe- 
learse concluirán  por  quererse .... 

TILDE 

(Alzándose  rápidamente)  Ahora  vengo.  (Sale  por 
la  casa,  haciendo  esfuerzos  para  contener  el  llanto). 


ESCENA  XIII 
Dichos,  menos  Tilde 

SIMONA 

Oh!  ¿Y  ahora? 

luz 

Ventoleras  de  la  señorita.  Ya  no  se  puede  con 
ella.  Hace  lo  que  le  da  la  gana  ;  se  permite  ser  mal 
educada ;  rompe  cuanto ....  A  propósito,  Pepe,  ¿  á 
qué  no  conoce  usted  la  última  fechoría  de  la  mo- 
nada de  su  novia? 

PEPE 

¿Qué  ha  sido? 

luz 

Casi  nada.  Hoy  rompió  mi  copa  azul.  Ya  sabe 
usted,  mi  copa;  un  recuerdo  de  mamá  


LA  RONDALLA 


181 


PEPE 

¿Cómo  ha  sido? 

LUZ 

Sin  querer,  así  dice  ella..  ¿  Qué  le  parece  á  usted  ? 

PEPE 

¿Qué  quiere  que  le  diga,  Luz? 

SIMONA 

Hijito,  si  ese  es  el  modo  que  tiene  usted  de  de- 
fender á  su  novia,  no  es  muy  fuerte  el  cariño  que 
le  tiene. . . . 

PEPE 

No,  si  yo  

SIMONA 

Cuando  un  hombre  quiere  á  una  mujer,  siempre 
le  encuentra  excusas  á  sus  errores. 

PEPE 

¿Dónde  aprendió  usted  eso?  ¿En  Pérez  Escrich? 
luz 

(Levantándose)  Voy  á  ver  qué  le  ocurre  á  Ma- 
tilde. (Sale). 


182 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ESCENA  XIV 
Pepe  y  Simona 

SIMONA 

Yo  no  lo  he  aprendido  en  ningún  lado.  Son  cosas 
que  nos  dice  el  corazón.  Si  yo  amara  á  algún 
hombre .... 

PEPE 

( Riendo )  A  mí,  por  ejemplo .... 

SIMONA 

Muchas  gracias.  No  tengo  tan  mal  gusto ....  Si 
yo  amara  á  algún  hombre,  me  parece  que  le  discul- 
paría sus  faltas,  sus  vicios;  que  no  vería  sus  de- 
fectos   

PEPE 

Pero,  como  no  ha  de  verse  usted  en  ese  espejo.  . .  . 

SIMONA 

¿Por  qué?  ¿Cree  usted  que  no  he  encontrado 
quien  me  diga :  ' '  qué  lindos  ojos  tienes ' '  ? 

PEPE 

¡  Caramba !  También  es  lo  único  lindo  que  usted 
tiene. 


LA  RONDALLA 


183 


SIMONA 

Y  usted,  ni  eso.  ¡Porque,  cuidado  que  usted  es 
feo  !  Después  hablan  de  los  sustos  á  media  noche .... 

PEPE 

Lo  que  usted  quisiera  es  que  le  pegaran  uno,  á  esa 
hora .... 

SIMONA 

¡  Papanata !  Esa  es  su  única  gracia :  hacer  juegos 
de  palabras. 

PEPE 

Y  de  manos.  De  manos  también  sé  hacer. 

SIMONA 

Sí,  como  las  tiene  tan  lindas,  con  esas  uñas  de 
peludo.  Deben  ser  muy  ligeras  para  dar  las  cartas.... 

PEPE 

Ni  se  vén .... 

SIMONA 

De  mugre  se  ha  puesto  á  la  miseria  doña  Mariana. 

PEPE 

Bueno,  Simona ....  Hagamos  las  paces.  Me  de- 
claro vencido.  ¿Está  contenta? 


SIMONA 

¿Contenta  de  qué? 


184 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


PEPE 

De  ser  mi  amiga.  No  nos  pelearemos  más.  Yo  no 
la  contrariaré.  Y  en  lugar  de  estar  diciéndonos  co- 
sas feas .... 

SIMONA 

¿  Qué  ?  Acabe  de  una  vez .... 

PEPE 

Nos  diremos .... 

SIMONA 

(Mirándole  fijamente)  Vamos,  hijo  mío.  ,  .  . 
¿Cuesta  tanto  decirlo? 

PANCHO 

(Saliendo)  Se  me  rompió  una  cuerda  de  la  gui- 
tarra. 

ESCENA  XV 
Dichos  y  Pancho 

SIMONA 

(A  Pancho,  que  se  le  acerca  con  la  guitarra  en  la 
mano )  ¡  Estúpido !  ¡  Más  que  estúpido  !  ¿  Qué  tengo 
que  ver  yo  con  tu  guitarra? 

PANCHO 

Adiós,  Pepe;  ¿cómo  te  va?  ¿De  paseo,  eh? 


LA  RONDALLA 


185 


PEPE 

Aquí  andamos.  , 

SIMONA 

¿Y  qué  querés  ahora,  tú?  Si  se  te  rompió,  arre- 
glála.  Andá,  si  querías  un  consejo,  yo  lo  tenés.  Mar- 
cháte. 

PANCHO 

¿Te  incomodo?  ¿Los  incomodo? 

SIMONA 

No  digas  zonceras,  ché.  Lo  que  yo  te  digo  es  que 
cuando  hay  visitas,  no  se  viene  con  esas  pavadas .... 


PANCHO 

¿  Pavadas  ?  No  digás  hermanita ....  ¿  Vos  sabés 
lo  que  es  una  guitarra  sin  la  "prima"?  (Sentándose 
con  pachorra)  Mirá,  te  lo  voy  á  decir. . . . 

SIMONA 

Muchas  gracias.  No  tengo  tiempo  para  oir  tus 
pamplinas  . . . . 

PANCHO 

Pamplinas ....  pavadas ....  zonceras ....  ¡  Qué 
repertorio  tan  escogido,  hermanita!  Es  como  para 
enamorar  á  cualquiera ....  (A  Pepe )  Ché,  Pepe ; 
¿á  vos  no  te  dice  nada  el  estilo  florido  de  Simona? 


186 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


/ 


PEPE 

¿A  mí?  ¿por  qué? 

PANCHO 

Por  nada ....  Es  una  pregunta  así  no  más .... 
Yo,  cuando  no  tengo  nada  que  hacer,  hago  pre- 
guntas. | 

SIMONA 

¡Ja!  ¡ja!  ¡ja!  ¡Cuando  no  tengo  nada  que  hacer! 
¿Trabajador  el  mozo,  eh? 

PANCHO 

Mirá,  Pepe;  estamos  casi  en  familia:  se  puede 
hablar  con  franqueza.  Bueno;  pues,  ésta,  (por  Si- 
mona )  ¡  desgraciado  el  que  cargue  con  ella ! . . . . 

SIMONA 

¡  Pancho ! . . . .  Mirá,  mejor  es  que  te  vayas,  por- 
que si  llamo  á  Luz .... 

PANCHO 

Llámala,  hombre,  llamála.  Así,  en  lugar  de  tres, 
seremos  cuatro. 

PEPE 

Hacés  mal,  Pancho,  en  no  respetar  á  tus  herma- 
nas, que  sostienen  todo  el  peso  de  la  casa. . . . 

PANCHO 


(Poniéndose  en  pie)  ¿Y  á  usted  quien  lo  mete!.... 
(Conteniéndose;  como  para  sí,  irónicamente)  Sose- 


LA  RONDALLA 


187 


gáte,  Pancho....  (Pausa  enojosa.  Luego,  volviendo 
á  su  indiferencia)  Tienen  razón  ustedes. . . .  Yo  no 
soy  más  que  un  haragán ....  No  tengo  papeleta  para 
hablar.  Decí,  Simona;  ¿me  dás  para  comprar  otra 
''prima"? 

SIMONA 

Ahora  no  tengo.  Pedíle  á  Luz. 

PANCHO 

Gracias.  No  tengo  ganas  que  me  echen  á  rodar. 
(Sentándose)  Aguardaré  á  que  caiga  una  del  parral. 

PEPE 

(Echando  la  mano  al  bolsillo)  Si  querés,  Pan- 
cho, yo ... . 

PANCHO 

No,  amigo.  Todavía  no  estamos  en  la  familia.  Yo 
no  pido  á  los  extraños. 

SIMONA 

(Dándole  una  moneda)  Tomá,  sinvergüenza.  Y 
ahora,  abur,  con  viento  fresco. 

PANCHO 

Ya  sabía  yo ... .  Ya  decía :  llegará  la  moneda  en- 
vuelta con  el  insulto.  Paciencia.  La  manteca  pringa 
el  papel  que  la  envuelve.  Pero,  llega,  llega  


188 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


SIMONA 

¿Qué  aguardás  ahora? 

PANCHO 

¿Yo?  Nada.  Tu  bendición;  pero  no  llega  y  me 
voy.  Adiós,  hermanitos.  Portarse  con  juicio,  ¿en? 
(Mirando  hacia  el  foro,  al  irse)  ¡Hola!  ¡hola!  Ahí 

está  doña  Manuela          ¡Adelante,  adelante!  

(Acercándose  á  Simona,  en  voz  baja)  ¿Querés  que 
me  la  lleve  ?  (Se  aleja  sonriendo  sardónicamente.  — 
Al  entrar  doña  Manuela  con  Encarnación  y  Felipe, 
entran  también  por  la  casa  Luz  y  Tilde). 

ESCENA  XVI 

Simona,  Pepe,  Luz,  Tilde,  Doña  Manuela,  Felipe 
y  Encarnación 

(Todos  á  un  tiempo  hablan  y  se  saludan).  —  ¡  Ave 
María !  ¡  Cuánto  bueno  por  acá !  —  ¿  Cómo  están  us- 
tedes ?  —  Muy  bien,  muchas  gracias.  —  Creímos  que 
no  vinieran.  —  ¡  Qué  bonita  estás  Encarnación !  — 
¡  Hola,  Pepe,  usted  por  acá !  —  Felipe,  ¿  no  lo  conoce 
usted  ?  —  Nosotras  estamos  prontas.  —  ¿  Cómo  estará 
el  baile  ?  —  ¡  Cómo  nos  vamos  á  divertir !  —  Pero, 
siéntense  un  momentito.  —  ¡  Uf ,  qué  calor !  —  ¡  Qué 
bonito  peinado !  —  ¿Y  el  Abuelo ! 

LUZ 

Sientesén  A  ver  Matilde,  sacá  sillas  


LA  RONDALLA 


189 


DOÑA  MANUELA 

No,  Luz,  ¡qué  sentarnos!  Si  no  tenemos  tiempo. 
Es  tarde  ya. 

ENCARNACIÓN 

¿No  están  ustedes  prontas? 

SIMONA 

¿Cómo  no?  Las  aguardábamos  á  ustedes  

DOÑA  MANUELA 

¿  Y  Matilde  ?  ¿  no  viene  con  nosotras  ? 

LUZ 

No;  se  queda  en  casa  con  el  Abuelo.  ¡Por  lo  bien 
que  se  porta  Matilde!  ¿A  qué  no  sabe  usted,  doña 
Manuela,  lo  que  ha  hecho  hoy  esa  monada  ?  Oiga,  le 
voy  á  contar.  (Sigue  hablando  con  doña  Manuela, 
Encarnación  y  Felipe.  —  En  otro  grupo,  primer 
plano,  estarán  Simona,  Tilde  y  Pepe). 

SIMONA 

¿Y  usted,  Pepe,  no  viene  con  nosotras? 

PEPE 

Yo,  la  verdad,  vine  para  saludarlas  

TILDE 

(En  voz  baja,  á  Pepe)  No  vayas;  quedáte. 


190 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


SIMONA 

Ya  lo  sabemos.  No  es  por  nuestra  linda  cara  que 
viene  usted  á  nuestra  casa ;  sino  por  su  novia .... 

PEPE 

No  si  yo  tengo  mucho  gusto  Pero,  usted 

comprende. . . . 

SIMONA 

¡  Qué  diablos !  Un  día  de  vida,  es  vida .... 

PEPE 

La  verdad . . . ,  no  puedo .... 

SIMONA 

¿Supongo  que  no  es  Matilde  que  se  lo  pro- 
hibe ?  ¡  Ché,  Matilde !  ¿  Tú  le  dás  permiso  ? 

TILDE 

Yo ... .  que  Pepe  haga  lo  que  le  parezca ....  es 
muy  dueño .... 

SIMONA 

Ya  lo  vé  usted ....  De  usted  depende .... 

PEPE 

Es  que ....  me  parece .... 

SIMONA 

Por  lo  demás,  Matilde  puede  estar  segura  


LA  RONDALLA 


191 


Nosotros  cuidaremos  de  que  no  " dragonee"  á  na- 
die. ...  A  menos,.  . . .  á  menos.  . . . 

PEPE 

¿A  menos  qué? 

SIMONA 

A  menos  que  Matilde  sea  celosa  y  tenga  miedo.... 

TILDE 

(Bruscamente)  ¿Celosa?  ¿Yo  celosa  de?. . . .  (Im- 
perativamente )  Pepe ;  vaya  usted  con  ellas  al  baile. 

PEPE 

Pero,  si  yo  no  quiero .... 

TILDE 

Vaya  usted ;  yo  lo  quiero .... 

SIMONA 

¿Vé  usted?  Es  ella  quien  lo  pide  ahora. ...  No 
hay  escapatoria .... 

LUZ 

( Desde  el  otro  grupo )  ¿  Vamos,  Simona  ?  ¿  Los  som- 
breros? 

SIMONA 

Vamos.  (Simona  y  Luz  entran  á  la  casa  para  po- 
nerse los  sombreros). 


192 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ESCENA  XVII 
Dichos,  menos  Luz  y  Simona;  luego,  estas  mismas 

PEPE 

Pero,  Tilde,  ¿tú  querés?  

TILDE 

Vos  sabés  cuál  es  tu  deber,  Pepe,  y  

DOÑA  MANUELA 

(Interrumpiendo  el  aparte  de  los  novios)  ¿Cómo 
fué  eso,  Tilde  ?  Luz  me  contaba .... 

TILDE 

(Nerviosamente)  Ya  sé,  ya  sé:  su  copa  azul  

¡Jesús,  Dios  mío! 

PEPE 

¡  Tilde ! 

ENCARNACIÓN 

¡Ave  María,  mamá!  ¿A  tí  que  te  importa?  

FELIPE 

Una  desgracia  le  sucede  á  cualquiera .... 

ENCARNACIÓN 

i  Claro !  ¿  Oyes,  mamá,  lo  que  dice  Felipe  ?  Ya  sa- 
bes que  él  no  se  equivoca  nunca. . . . 


LA  RONDALLA 


193 


DOÑA  MANUELA 

Sí,  tiene  razón ....  Yo  no  quería ....  yo  no  tra- 
taba .... 

ENCARNACIÓN 

No  desvaríes,  mamá. . . . 

FELIPE 

No  diga  usted  nada,  señora. ...  La  señorita  está 
apenada  

TILDE 

Por  favor  

LUZ 

(Saliendo  con  el  sombrero  puesto)  Ya  estoy 
pronta.  (A  Matilde)  Ché,  que  no  se  te  olvide  aque- 
llo Mañana  hay  que  entregarlo  al  registro  

TILDE 

Andá  sin  cuidado,  Luz. 

SIMONA 

(Saliendo,  con  sombrero)  Aquí  estoy  yo.  Cuando 
gusten. 

DOÑA  MANUELA 

Pues  en  marcha. 

(Juego  de  escena.  Doña  Manuela,  Encarnación  y 
Felipe  saludan  á  Tilde  y  salen  delante  con  Luz). 

13.- T.  II. 


194 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


SIMONA 

(A  Pepe)  ¿Y  usted?  ¿qué  resuelve? 

PEPE 

(Dirigiéndose  á  Tilde  para  despedirse)  Voy,  voy 
con  ustedes ....  A  menos  que  usted,  Tilde ....  ( En 
voz  baja)  ¿Querés.que  me  quede? 

TILDE 

(En  voz  alta,  resueltamente,  con  voz  dura)  No; 
vaya  usted  

(Pepe  le  da  la  mano  y  sale  con  Simona,  no  sin 
volverse  una  vez  para  mirar  á  Tilde;  pero  ante  la 
actitud  fría  de  ésta,  se  encoge  levemente  de  hombros 
y  desaparece.  —  Tilde,  al  verle  partir,  quiere  dar 
un  paso  hacia  él,  más  se  contiene). 

TILDE 

(D olorosamente,  en  voz  baja)  ¡Se  fué!   ( Dé- 
jase caer  en  una  silla,  junto  á  la  máquina  de  coser, 
y  ocultando  el  rostro  entre  las  manos,  llora). 


TELÓN 


ACTO  SEGUNDO 


La  misma  decoración  del  acto  anterior 


ESCENA  PRIMERA 
Mariana,  Luz,  Simona  y  Pancho 

( Al  levantarse  el  telón,  Luz,  sentada,  cose;  y  cerca 
de  ella,  Simona  lee  una>  novela.  Pancho,  despatarrado 
en  una  silla,  ha  dejado  la  guitarra  en  el  suelo  y  fuma 
silenciosamente.  Mariana  entra  por  el  foro). 

LUZ 

¡Hola,,  aquí  está  Mariana! 

SIMONA 

¡  Vaya,  por  fin  se  le  vé  la  cara ! 

MARIANA 

Güeñas  tardes,  niñas;  ¿cómo  están  por  acá? 

LUZ 

Bien,  gracias;  ¿y  usted  como  sigue? 


196 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


MARIANA 

Ya  estoy  juertaza,  ¿no  me  ven?  Pero  la  polca  ha 
sido  pesada. 

PANCHO 

¿  Qué  ha  tenido  ?  ¿  el  haba  ó  el  moquillo  ? 

MARIANA 

¡  . . . .  chá,  con  el  cristiano  bárbaro !  No  pué  me- 
niarse  sin  largar  una  patada.  ¡No  siá  bagual,  hom- 
bre ! 

LUZ 

Este  Pancho  anda  buscando  cuatro  pies  al  gato.... 

PANCHO 

¿  Y  acaso  yo  entiendo  de  enfermedades  ?  Cualquiera 
puede  equivocarse .... 

LUZ 

Como  si  no  te  conociéramos  las  mañas.  Pero  tené 
entendido  que  no  me  gusta  que  faltés  al  respeto  á 
nadie.  ¿Has  oído? 

pancho 

 tá  güeno  

LUZ 

¿  Y  en  resumen,  qué  es  lo  que  ha  tenido  Mariana  ? 
Va  para  dos  meses  que  no  la  vemos  


LA  RONDALLA 


197 


MARIANA 

Dejemé,  niña  Luz.  El  mesmo  diablo  debe  haberme 
tomáo  por  su  cuenta,  asigún  me  ha  puesto  la  suerte. 
Vea:  primero,  jué  aquella  fiebre  del  demonio  que 
me  vino  antes  de  la  erisipela,  j  Canejo !  Li  asiguro 
que  volaba  con  una  temperatura  de  no  sé  cuantos 
grados  

PANCHO 

¿Le  fajaron  el  barómetro,  no? 

MARIANA 

¡  Claro !  —  Después,  empezó  á  hinchárseme  la  cara 
y  á  ponérseme  coloradota. . . .  ¡Qué  horror,  hija! 
Estaba  desfigurada ....  Y  así  estuve  no  sé  cuántos 
días ....  Al  fin,  ya  iba  mejor,  cuando  se  me  ocurrió 

bajar  al  patio  ¡  Maldita  sea  la  hora !  No  sé  como 

puse  el  pie  en  el  escalón  y  ¡  zas ! . . . . 

PANCHO 

¿  Se  le  resumió  la  erisipela  ? 

MARIANA 

(Se  queda  mirándole)  ¡No  siá  bárbaro,  hombre! 
Me  juí  hasta  el  último  escalón  

PANCHO 

¿Para  qué? 

MARIANA 

¿  Cómo  para  qué  ?  Me  juí  de  cabeza  y  me  recalqué 
un  pie  


198 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


PANCHO 

¡  Oigale  el  duro !  ¿  Hasta  el  último  escalón  ? 

MARIANA 

Mesmo.  Hasta  abajo  de  la  escalera .... 

PANCHO 

¿De  cabeza  y  se  recalcó  un  pie?  ¡Pero,  qué  cosa 
más  rara!  

LUZ 

(A  Pancho)  ¿Acabarás  con  tus  zonceras?  (A  Ma- 
riana) Siga,  Mariana. 

MARIANA 

Me  recalqué  este  pie . . . .  ¡  Viera  que  dolores !  Tu- 
vieron que  subirme  entre  dos  á  mi  cuarto,  y  una 
vez  allí,  ¡  zas !  otra  vez .... 

PANCHO 

¿Otra  vez?  ¿hasta  abajo  de  la  escalera?  

MARIANA 

Otra  vez  á  la  cama,  papanata .... 

PANCHO 

Ya  decía  yo  

MARIANA 

Digamé,  niña,  si  no  es  maldición  de  bruja  

En  fin,  ahora  vamos  bien. . . . 


LA  RONDALLA 


199 


LUZ 

Más  vale  así.  De  todos  modos  se  ha  dado  un  buen 
atracón  de  cania. 

MARIANA 

Setenta  y  siete  días ....  Dos  meses  y  medio. 

LUZ 

¿Tanto? 

MARIANA 

Saque  la  cuenta.  Fué  al  día  siguiente  del  bautizo 
del  hijo  de  doña  Fermina,  al  que  ustedes  jueron. 
¿Si  acuerda? 

LUZ 

Pues  es  verdad. . . .  ¡Cómo  pasa  el  tiempo!  Nos- 
otros la  extrañábamos  mucho.  (Llaman  con  el  alda- 
bón á  la  puerta  de  calle.  Nadie  presta  atención). 

MARIANA 

¿Y  ustedes?  ¿se  divertieron  mucho  aquella  noche? 

LUZ 

Ya  lo  creo.  ¡  Viera  qué  buffet,  Mariana !  Allí  ha- 
bía toda  laya  de  cosas  y  para  todos  los  gustos.  Cer- 
veza, refrescos  de  horchata  y  de  grosella,  licor  de 
menta,  hasta  cognac  para  los  mozos  ¡  figúrese !  Y  no 
se  crea,  Mariana,  del  fino,  ¿eh? 


¡  Mirá ! 


MARIANA 


200 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


LUZ 

¿Y  los  dulces  de  confitería?  ¡Cada  bandeja  así, 
tamañota  de  grande,  llena  de  masas,  de  bombones, 
de  yemas,  de  merengues  

MARIANA 

No  siga,  que  se  me  hace  agua  la  boca.  (Vuelven  á 
llamar). 

SIMONA 

Pero,  ¿  no  han  oído  que  llaman  ?  ¡  Qué  jorobar ! 

LUZ 

Andá  á  ver,  Pancho. 

PANCHO 

(Alzándose  perezosamente,  á  Simona)  Lo  que  di- 
jistes:  ¡qué  jorobar! 

(Sale  despacio  por  el  foro). 

MARIANA 

No  corra  tan  ligero,  mocito,  que  se  va  á  cansar  

LUZ 

Cada  día  más  haragán.  Entre  él  y  Tilde  nos  tie- 
nen hartas. 

MARIANA 

Siquiera  Tilde  trabaja  


LA  RONDALLA 


201 


LUZ 

Sí,  trabaja,  trabaja ....  Ya  vé :  desde  aquella  no- 
che del  baile,  no  hace  más  que  hacerse  la  señorita.... 
Dice  que  le  duelen  las  espaldas,  que  tiene  tos,  que 
siente  fatigas,  que  no  tiene  apetito ....  ¡  Uf ! 

PANCHO 

(Entrando)  Che,  ái  está  el  almacenero  pá  que  le 
paguen  lo  que  le  deb  en .... 

LUZ 

Decíle  que  no  estamos  en  casa.  ¡Jesús,  qué  hom- 
bre !  Parece  que  tiene  miedo  que  le  entrampemos  su 
cuenta  de  porquería .... 

PANCHO 

Como  hace  tres  meses  que  no  le  damos  nada. . . . 
luz 

¡Qué  no  le  damos!  ¿Oye  usted  á  este  atorrante, 
Mariana?  ¡Qué  no  le  damos!  ¡Muy  lindo!  ¿Vos  le 

darás  de  lo  que  ganás,  no?  xjSin  vergüenza! 

Ilaoé  lo  que  te  digo  

PANCHO 

Bueno,  bueno ....  Le  digo,  entonces,  que  mandas 
decir  que  salistes .... 

LUZ 

¡Pancho!  Conmigo  no  jugués,  porque  si  me  aga- 
rrás  de  mala  vuelta  


202 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


PANCHO 

(Yéndose,  para  sí)  ¡Qué  jorobar!  ¡Tener  que  ha- 
cer estos  papelones! 

luz 

¡Ahí  está!  Todo  lo  que  ganamos  no  alcanza  para 
vivir. ...  Y  usted  sabe,  Mariana,  que  no  somos  tram- 
posas. .  .  .  Pero  el  trabajo  de  la  mujier,  no  luce. .  . . 
Hay  que  romperse  el  alma  para  ganar  un  peso,  y 
después  vienen  estos  gringos  de  almaceneros  á  freír- 
nos  la  sangre  para  que  les  paguemos ....  Cuando 
baya,  se  le  pagará. ...  ¿no  es  así? 

MARIANA 

¡  Claro !  Cuando  no  hay .... 

PANCHO 

( Entrando )  Ya  se  fué  el  hombre ....  Si  le  acer- 
can un  fósforo,  se  priende  solo. . . . 

luz 

¿  Qué  es  lo  que  tiene  que  decir  de  nosotras  ? 

PANCHO 

¡  Qué  sé  yo !  Pá  mi  gusto  que  no  acaba  de  conversar 
en  seis  meses .... 

SIMONA 

Pero,  ¿  qué  es  lo  que  dice  ? 


LA  RONDALLA 


203 


PANCHO 

El  rosario  de  la  aurora  Si  tenés  ganas,  andá 

á  óirlo .... 

LUZ 

Así  son  estos  gringos  cuando  juntan  unos  cuar- 
tos...  .  Se  crén  con  derecho  á  manosearla  á  una  por 
una  cuentita  de  morondanga. 

(PcmcJio  se  ha  sentado  otra  vez  y  coge  la  gui- 
tarra ) . 

MARIANA 

Ahí  viene  Tilde. 

LUZ 

Vamos  á  ver  si  le  pagaron  en  el  registro. 

ESCENA  II 
Dichos  y  Tilde 

tilde 

Buenas  tardes. 

SIMONA 

¿  Te  pagaron  ?  Mirá  Luz  que  estoy  sin  guantes. 

LUZ 

¡  Oh,  y  los  míos !  Lindo  papel  hice  en  el  baile  con 
estos  que  estoy  remendando.  Ya  te  acordarás. 


v 


204 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


TILDE 

No  me  dieron  más  que  seis  pesos. 

luz  y  SIMONA 

¿Cómo  es  eso? 

TILDE 

Las  camisas .... 

LUZ 

¿Las  que  vos  hicistes?  ¿A  qué  has  hecho  otra  fe- 
choría y  te  rebajaron. . . . 

TILDE 

No.  Son  los  ojales  que  hizo  Simona. 

SIMONA 

(Saltando  como  una  víbora)  ¿Qué  decís,  ciié? 
¿Qué  tenés  que  decir  de  mis  ojales? 

TILDE 

Yo  no  digo ....  Yo ... .  yo ... . 

SIMONA 

¿Y  entonces? 

TILDE 

Es  don  Francisco  que  que  los  encuentra  mal 

pespunteados  


LA  RONDALLA 


205 


SIMONA 

¿  Y  con  eso  ?  Son  mejores  que  su  cara. 

TILDE 

Entonces,  me  rebajó  el  precio. . . . 

SIMONA 

(Exasperada  siempre)  ¿Vos  los  harás  mejores, 
no?  ¿Los  que  hacés  vos  los  encuentra  bien,  no  es 
eso  ? 

TILDE 

No,  no  es  eso ;  pero  

SIMONA 

¡Claro!  ¡Cómo  que  te  hace  el  ojo,  esc  viejo  co- 
chino ! 

TILDE 

¿A  mí?  ¡Oh! 

SIMONA 

¿Y  á  vos  que  no  te  gusta,  eh? 

TILDE 

¿Yo?  ¿Que  yo?. . . .  (Llora  silenciosamente) . 
luz 

(Interviniendo)  El  caso  es,  Simona,  que  con  tus 
malditas  novelas  te  has  hecho  una  frangollona. . . . 


206 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


SIMONA 

¿  Yo  ?  ¿  Una  frangollona  ?  ¡  Ah,  ah,  muy  bien !  ¿  Tú 
decís  ?  

LUZ 

Me  parece....  Y  si  nos  rebajan  el  precio,  vos 
tenes  la  culpa. . . . 

SIMONA 

¿  Tan  luego  tú  los  harás  mejores  ?  ¡  No  seas  pava ! 
pancho 

( Aparte )  ¡  Lindo  no  más !  ¡  Aura  se  trenzaron  los 
gallos ! 

LUZ 

¿  Qué  has  dicho  ?  ¿  qué  has  dicho  ? 

SIMONA 

Es  que  vos  siempre  la  das;  conmigo,  que  soy  la  que 
más  trabajo  de  la  casa. 

LUZ 

Repetí  eso  de  pava ;  á  ver,  repetí .... 

PANCHO 

( Aparte )  Voy  diez  centavos  á  mano  de  Luz .... 

SIMONA 

Y  me  van  á  aburrir,  y  me  van  á  aburrir  tanto, 
que  un  día  agarro  el  sombrero  


LA  RONDALLA 


207 


LUZ 

Y  bueno,  ándate;  pá  lo  que  servís  

SIMONA 

¡Tanto  como  vos,  ehé! 

PANCHO 

( Aparte )  Diez  centavos ....  diez  centavos .... 

LUZ 

¿Qué  dijiste? 

SIMONA 

Y  últimamente,  andáte  á  un  cuerno,  ¿  sabés  í . . . . 
(Se  alza  para  irse). 

\ 

LUZ 

(Dándole  un  bofetón)  ¡Tomá,  insolente!  ¡Pá  que 
aprendas  á  respetar ! . . . . 

MARIANA 

¡  Niñas ! . . . .  ( Trata  de  consolar  á  Simona,  que  se 
sienta  llorando). 

PANCHO 

¡Ya  estuvo!  ¡  Jué  perra,  si  alguno  me  toma  la  pa- 
rada ! . . . . 


208 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ESCENA  III 
Dichos  y  el  Abuelo 

abuelo 

(Por  el  foro)  ¿Qué  hay?  ¿qué  sucede  ahora? 
luz 

(Furiosa)  Nada.  No  sucede  nada.  ¿A  usted  le  im- 
porta algo? 

ABUELO 

No,  hija,  no  Yo  la  verdad  

luz 

Bueno,  pues  ya  sabe. . . .  Aquí  mando  yo,  y  al  que 
no  le  guste,  allí  está  la  puerta. . . . 

SIMONA 

(Llorando)  Yo  me  voy;  sí,  yo  me  voy  

MARIANA 

Vamos,  niña  Callesé  Es  la  hermana  ma- 
yor. . . . 

LUZ 

¡  Oh,  pero  esto  va  á  marchar  de  otro  modo !  ¡  Esto 
tiene  que  marchar  de  otro  modo!  ¡Estoy  aburrida 
de  ser  buena!  (A  Tilde)  Vos,  agarrá  ese  paquete 


LA  RONDALLA 


209 


y  llévalo  á  tu  cuarto ....  ¡  No !  ¡  Espera !  ¿  Y  la 
plata?  

ABUELO 

(A  Pancho)  ¿Qué  ha  pasado? 

PANCHO 

Meta,  violín  en  bolsa,  Abuelo ....  Hágase  el  chi- 
quito .... 

ABUELO 

Pero   ¿Tilde?  

PANCHO 

Nada,  nada  El  baile  es  con  Simona   (El 

Abuelo  se  acerca  á  Simona). 

LUZ 

Está  bien.  Llevá  eso  y  volvé.  (Sale  Tilde). 


ESCENA  IV 
Dichos,  menos  Tilde 

abuelo 
Simona,  querida  mía  

SIMONA 

Déjeme  en  paz. . . . 

14.-  T.  II. 


210 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


LUZ 

Abuelo,  mire,  haga  el  favor  No  se  meta  en  lo 

que  no  le  importa. . . . 

abuelo 

Está  bien ;  está  bien ....  Yo  no  digo  nada .... 

LUZ 

(A  Simona)  Y  vos,  hacé  lo  que  quieras. . .  .  Pero, 
si  te  quedas  aquí,  ya  sabes,  yo  soy  la  que  mando .... 
Y  todos  me  tienen  que  respetar. . . . 

MARIANA 

(A  Simona)  ¡  Callesé,  niña!. . . . 

(Llaman  á  la  puerta). 

luz 

(A  Pancho)  Han  llamado,  ché.  Ya  sabés,  si  es 
otro  cobrador,  que  se  vaya  al  infierno   ¡Esta- 
mos para  cobradores!  

(Pancho  sale  un  instante). 
abuelo 

Luz,  en  la  tienda  que  me  dijistes,  no  había  peine- 
tas como .... 

luz 

¡  Claro !  ¡  qué  iba  á  haber !  ¡  Quién  sabe  lo  que  ha 
ido  pidiendo  usted !  ¡  Hombre  más  inútil !  


LA  RONDALLA 


211 


ABUELO 

De  veras,  te  juro  

LUZ 

¡Déjeme  en  paz!  ¡Cómo  no  va  á  haber!  Es  que 
usted  no  sirve  para  nada,  ni  para  mandados. . . . 
¡  Qué  hombres  tenemos  en  esta  casa ! 

MARIANA 

(Viendo  entrar  á  Pancho  con  Pepe)  Ai  está  Pepe. 

SIMONA 

(Alzándose  rápidamente)  Que  no  me  vea  así. 
(Sale). 

ESCENA  V 
Mariana,  Luz,  Abuelo,  Pancho  y  Pepe 

pepe 

¿Qué  tal,  qué  tal?  ¿Hago  disparar  á  la  gente? 

LUZ 

Cuando  se  llega  así,  de  sopetón  

PEPE 

Si  estorbo  

LUZ 

No,  sientesé  Disculpemé,  Pepe  Estoy  algo 

nerviosa  


212 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


PEPE 

Como  pasaba  por  aquí  cerca,  me  dije:  voy  á  ver 
cómo  signen  las  señoritas. . . . 

abuelo 

Voy  á  llamar  

LUZ 

Deje,  Abuelo.  Yo  avisaré  Venga,  Mariana. 

(Salen  Mariana  y  Luz). 


ESCENA  VI 
Abuelo,  Pancho  y  Pepe 

abuelo 

Como  quieras,  hija ....  (A  Pepe )  ¿Y  qué  tal  ? 
¿  Cómo  andas  tan  remolón  pá  venir  por  acá  ? . . . . 

pepe 

¡  Caramba !  ¿  Le  parece  que  vengo  poco  ? 

\  ABUELO 

Sí,  venís;  pero  cuando  no  está  Tilde?  ¿Qué  te 
pasa,  muchacho? 

PEPE 

¿Qué  quiere  que  me  pase?  Vengo  cuando  estoy 
libre  y  da  la  casualidad  


LA  RONDALLA 


213 


PANCHO 

De  que  cuando  venís  es  á  la  hora  que  Tilde  lleva  la 
costura  al  registro.  Mira,  ¿querés  que  te  diga  una 
cosa?  ,   .  i  ■  ¡ 

abuelo 

Calláte  vos  Dejános  Yo  voy  á  hablar  con 

Pepe .... 

PANCHO 

Bueno  (Sale  lentamente) . 

ESCENA  VII 
Abuelo  y  Pepe;  luego  Tilde 
abuelo 

Oí,  Pepe. ...  Lo  que  estás  haciendo,  está  mal  he- 
cho ....  Vos  sabes  lo  que  Tilde  te  quiere ....  Vos 
sabes  lo  que  ella  es  en  esta  casa. ...  Lo  que  tiene 
que  hacer,  lo  que  tiene  que  sufrir,  la  pobrecita. . . . 
¿  Por  qué  venís  á  aumentarle  las  penas  ?  Desde  hace 
más  de  dos  meses,  desde  aquella  noche  del  baile  

PEPE 

Pero,  Abuelo,  francamente .... 

abuelo 

Francamente,  francamente ....  Mirá,  Pepe ;  yo 


214 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


soy  zorro  viejo  y  no  me  vas  á  engañar  tan  fácil. . . . 
Así,  respóndeme  clarito :  ¿  Querés  á  Tilde  ó  estás  abu- 
rrido de  ella? 

PEPE 

Pero,  la  verdad  

ABUELO 

Eso,  la  verdad         ¿La  querés  entoavía  ó  se  te 

pasó  el  amor? 

PEPE 

La  quiero,  ¿quién  lo  duda? 

abuelo 

Entonces,  ¡canejo!,  ¿pá  que  la  haces  sufrir?  ¿No 
sabés  que  ella  llora  cuando  no  venís  ?  ¿  No  sabés  que 
no  tiene  más  esperanza  que  vos,  porque,  la  verdad, 
yo. .  . .  yo.  . . .  soy  un  pobre  viejo,  que  un  día  he  de 
faltarle  

PEPE 

Por  favor. . . . 

abuelo 

¿Y  si  es  la  verdad,  Pepe?  Algún  día  me  he  de 
morir;  ya  soy  viejo.  Y  ella,  entonces,  la  pobrecita, 
quedará  sola,  sin  naides  que  la  quiera  bien. .  . . 
Mirá,  Pepe,  óiime....  (Mira  alrededor,  con  temor, 
para  cerciorarse  de  que  están  solos.  Bajando  la  voz) 
Tilde  es  un  ángel,  es  una  inf  eliz ....  No  tiene  quien 


LA  RONDALLA 


215 


la  quiera  más  que  yo  y  vos....  Cuando  yo  me  muera, 
ya  ves,  vos,  vos  solo ....  Y  si  vos  le  faltaras .... 
(Más  bajo)  Óime,  Pepe,  yo  quisiera. . . . 

PEPE 

Pero,  Abuelo  

abuelo 

No  me  tdigás  nada  Óime  antes ....  Yo  quisiera, 

¿isabés?,  quisiera  pedirte  un  favor         (Cada  vez 

más  emocionado,  bajando  la  voz)  ¿No  me  lo  negarás, 
verdad  ? . . . .  Decí,  Pepe ....  Si  yo  te  pidiera  que 
te.... 

PEPE 

Pero,  Abuelo ....  No  sé ... . 


abuelo 

Sé  bueno,  Pepe ....  Casáte  con  Tilde ....  Mirá, 
si  querés,  te  lo  pediré  de  rodillas. . . . 


PEPE 

¡  Pero,  es  ocurrencia !  


ABUELO 

Nq,   Pepe,   no          Es   el  corazón ....  Tengo 

miedo ....  Decí,  me  prometes .... 

TILDE 

(Entrando)  Buenas  tardes,  Pepe  ¿Que  cuenta 

el  Abuelito  ? 


216 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ABUELO 

(Disimulando  su  turbación,  con  un  brusco  cam- 
bio) ¿Yo,  yo?  ¡Jé,  jé,  jé!  Hablaba  con  este  pi- 
caro        ¡Jé,  jé,  jé!  ¿Sabés?         De   de.... 

una  persona  que  él  quiere  mucho ....  Y . . . .  y . . . . 
ya  vés,  es  natural ....  estaba  contento ....  Él  es- 
taba. ...  yo  también  estaba  contento. . . .  Los  dos.... 
En  fin,  ya  vés.  . . .  (Sale,  haciendo  esfuerzos  para 
disimular  su  aflicción). 

ESCENA  VIII 
Pepe  y  Tilde 

tilde 

¿De  veras?  ¿Me  querés  siempre,  siempre? 

PEPE 

Claro  que  sí.  ¿  Y  vos  ? 

TILDE 

¡  Si  te  quiero,  Pepe !  ¿  Preguntás  si  te  quiero  ?  Eso 
puedo  preguntarte  yo  á  vos,  que  desde  un  tiempo  á 
esta  parte .... 

PEPE 

( Cubriéndole  la  boca  con  su  mano)  No  digás  más, 
fea,  feísima ....  Ya  me  lo  ha  contado  todo  el 
Abuelo ....  Pero  tú  no  consideras,  Tilde,  que  yo  no 


LA  RONDALLA 


217 


soy  libre ;  que  soy  esclavo  de  mi  trabajo ....  Todo  el 
día  en  la  tipografía .... 

TILDE 

No,  no  es  eso.  Tus  quehaceres,  primero;  ya  lo 
sé.  Es  justo;  yo  mismo  te  lo  pediría  si  no  lo  hicie- 
ras. . . .  Pero,  cuando  estás  libre,  cuando  estás  á 
mi  lado,  pareces  distraído,  no  me  escuchás. . . . 

PEPE 

¡  Qué  ocurrencia ! 

TILDE 

No ;  no  es  ocurrencia ....  Yo  te  conozco  bien, 
Pepe;  y  conozco  también  mi  corazón,  que  no  me 
engaña  

PEPE 

(Tomándolo  á  broma)  ¿Y  qué  te  dice  tu  corazón? 
A  ver,  pegáme  un  reto. 

TILDE 

¡  Tantas  cosas !  Tú  no  sos  el  de  antes.  Desde 
aquella  vez  que  fuistes  al  baile  con  las  muchachas, 
ya  sabes,  contra  mi  voluntad. . . . 

PEPE 


¡  Ah,  ya  sé !  Pero,  Tilde,,  ¿  qué  iba  á  hacer  ?  Tú  ya 
lo  viste. . . .  Me  comprometieron  delante  tuyo.  Vos 
misma  me  pediste  que  fuera. .  . . 


218 


VÍCTOR.  PÉREZ  PETIT 


TILDE 

Demasiado  debías  haber  conocido,  si  me  querías, 
que  me  estabas  matando ....  De  vos  mismo  debió 
salir  una  negativa  . . . . 

PEPE 

¿Cómo?  No  me  pareció  bien  quedarme  solo,  aquí, 
contigo,  yéndose  tus  hermanas ....  Te  lo  he  dicho 
ya  más  de  una  vez.  .  .  .  Los  otros  días,  hablando  de 
esto  mismo,  te  lo  expliqué  bien  claro. 

TILDE 

No,  no,  no ... .  No  tenés  razón ....  Estaba  el 
Abuelo ;  estaba  Pancho ....  Otras  veces  te  has  que- 
dado   

PEPE 

Es  que  

TILDE 

Es  que  ya  no  me  querés. ...  No  digás  que  no. . . . 
Si  lo  comprendo ....  No  sos  el  mismo  de  antes .... 

PEPE 

¡  Tilde !  Cada  vez  que  hablamos,  me  sacas  la  misma 
conversación .... 

TILDE 

Escucha,  Pepe ....  Yo  no  quiero  esclavizarte .... 
No  pretendo  hacerte  daño ....  Si  no  me  querés  ya ; 
si  no  podés  quererme  más,  decímelo,  decímelo  con 


LA  RONDALLA 


219 


franqueza ....  Yo  no  te  odiaré  por  eso ... .  Te 
querré ....  te  estimaré  lo  mismo,  lo  mismo ....  Pero, 
no  me  engañés ....  ¡  Oh !  Todo,  todo,  hasta  el  aban- 
dono, antes  que  el  engaño  ¿  Vés  ?  Esto  es  lo  que 

me  hace  sufrir. . . . 

PEPE 

¿De  dónde  sacás  ahora  que  ya  no  te  quiero? 

TILDE 

No  sé.  Eis  el  corazón  quien  me  lo  dice.  Y  yo  lo 
siento,  lo  adivino ....  Aquí,  alrededor  mío,  hay 

algo  que  se  derrumba  Y  comprendo  que  jamás 

yo  seré  tuya. . . .  Comprendo  que  me  dejarás  un 
día ....  Pero  no  quiero  que  sea  así,  á  traición .... 
¡  Oh,  una  traición  tuya,  me  mataría,  Pepe ! 

PEPE 

Estás  diciendo  locuras,  Tilde  

TILDE 

Así,  prefiero  que  seás  franco,  que  seás  noble .... 
Mirá,  confesáme  que  no  podés  amarme  más,  y  yo 
me  resignaré,  yo  sabré  perdonarte,  yo  bendeciré  to- 
davía tu  nombre,  Pepe .... 

PEPE 

Pero,  yo  te  quiero,  Tilde,  yo  te  quiero,  te  lo 
repito ....  Estás  viendo  visiones ....  No  sabes  lo  que 
decís. . .  .  (Entra  Simona). 


220 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ESCENA  IX 
Dichos  y  Simona 

SIMONA 

¿Se  puede?  Con  permiso". . . .  ¿Cómo  está,  Pepe? 
Discúlpeme  si  lo  he  molestado.  Venía  á  buscar  un 
libro  que  hoy  dejé  olvidado  aquí. 

PEPE 

Como  salió  tan  á  la  disparada,  cuando  yo  entré.... 

SIMONA 

Es  el  efecto  que  siempre  me  causa  su  presencia.... 

PEPE 

Muchas  gracias  

TILDE 

(Alcanzando  á  Simona  el  libro)  ¿Es  este  el  libro 
que  buscabas1? 

SIMONA 

Sí ... .  Estás  muy  amable  hoy ;  ¿  querés  que  me 
vaya  pronto,  no  es  verdad? 

TILDE 

¡Qué  ocurrencia!  ¡Qué  se  figurará  Pepe! 


LA  RONDALLA 


221 


SIMONA 

¡  Qué  se  figurará !  Te  preocupás  mucho  de  lo 
que  puede  figurarse  tu  novio  

TILDE 

Pero,  Simona,  por  Dios ! . . . . 

SIMONA 

¡No  embromes,  che!  Mejor  harías  en  cuidarte  de 
no  hacer  papelones  para  que  él  no  se  figure  otras 
cosas .... 

PEPE 

Es  usted  injusta,  Simona  

SIMONA 

(Malhumorada)  No  sea  usted  también  hipócrita.... 

TILDE 

¡  Simona,  por  favor ! 

SIMONA 

¿Qué?  ¿no  les  gusta  oír  verdades? 

PEPE 

No  sé  por  qué  usted  dice  eso,  ni  á  qué  viene 
ahora  

SIMONA 

¡Salgan  de  ái!  Linda  pareja  de  hipócritas. 


222 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ESCENA  X 
Dichos,  Luz  y  Mariana 

luz 

Tilde,  vas  á  acompañar  á  Mariana  hasta  su  casa, 
así  me  traés  el  frasquito  que  te  dará. 

MARIANA 

Yo  puedo  traerlo,  niña. 

LUZ 

No,  en  seguida  (A  Pepe)  ¿Usted  disculpará? 

PEPE 

¿ Cómo  no,  señorita  Luz?  ( Salen  Mariana  y  Tilde). 

ESCENA  XI 
Luz,  Simona,  Pepe  ;  luego  Pancho 

luz 

Es  un  remedio  muy  bueno  que  tiene  Mariana  para 
el  dolor  de  cabeza  

PEPE 

No  tiene  usted  que  explicarme  nada. ...  Lo  que 
usted  dispone  está  bien  Ya  se  sabe  


LA  RONDALLA 


223 


PANCHO 

(Entrando)  ¿No  vieron  la  guitarra?  

PEPE 

Sí,  aquí .... 

PANCHO 

¡  Ah !  bien  decía  yo         ¡  Cómo !  ¿  no  anda  Tilde 

por  acá? 

LUZ 

Salió. 

PANCHO 

Bueno.  (Se  sienta  y  rasguea  en  la  guitarra). 

SIMONA 

(A  Pepe)  Diga,  Pepe,  ¿y  aquel  yaquetín  que 
trajo  aquel  domingo,  tan  mono,  ya  no  lo  usa  más  ? 

PEPE 

Como  usted  dijo  que  no  me  sentaba  

SIMONA 

¡  Caramba !  ¡  Cómo  repara  en  lo  que  yo  le  digo ! 

PEPE 

Es  natural.  A  las  personas  de  buen  gusto  hay  que 
oirías  siempre  


224 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


SIMONA 

¿Y  quién  le  ha  dicho  que  yo  tengo  buen  gusto, 
mocito  ? 

PEPE 

¿Acaso  no  lo  he  visto  yo?  Recuerde  aquel  novio 
que  usted  se  eligió  la  vez  pasada,  tan  picado  de  vi- 
ruelas y  tan  remonono .... 

SIMONA 

Reíte,  Luz. 

LUZ 

No,  yo  me  voy,  porque  van  á  empezar  las  zon- 
ceras (Sale). 

SIMONA 

Conste  que  es  usted  el  que  ha  empezado  á  hablar. 

ESCENA  XII 
Dichos,  menos  Luz 

(Pancho,  bordonea  y  empieza  á  tocar  á  la  sor- 
dina la  rondalla  de  "La  Dolores"). 

PEPE 

Es  que  si  fuera  usted,  no  serían  zonceras. 

SIMONA 

¿Qué  serían? 


LA  RONDALLA 


225 


PEPE 

Desatinos. 

SIMONA 

¡  Grosero !  ( Oyendo  lo  que  ejecuta  Pancho )  \  Hola ! 
0Has  aprendido  eso?  ¿Conoce  esa  pieza,  Pepe? 
(Pancho  cesa  de  tocar). 

PEPE 

¡Cómo  no!  Es  él  pasacalle  de  "La  Dolores"  que 
tocamos  ¡con  los  amigos  

SIMONA 

(A  Pancho)  A  ver,  ché  Toca  eso,  es  muy  bo- 
nito .... 

PANCHO 

(Secamente)  No  sé  más.  (Se  levanta  y  sale,  hosco). 

ESCENA  XIII 
Pepe  y  Simona 

SIMONA 

(A  Pepe)  Bien  educado  el  mozo,  ¿no  le  parece? 
(Pausa  larga). 

pepe 

(Mirando  hacia  la  puerta  por  donde  desapareció 
Pancho)  Se  fué  Mejor  

15.—  T.  II. 


226 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


(Pausa  larga.  Simona  coge  una  silla,  llévala  ha- 
cia la  derecha  y  se  sienta.  Pepe  la  contempla  en 
silencio;  luego  da  unos  pasos,  sin  saber  qué  decir, 
y  por  fin  se  aproxima  á  Simona).  . 

SIMONA 

(Sin  volverse,  sintiéndole  próximo)  Siéntese. 

PEPE 

Gracias,  estoy  bien  (Otra  pausa;  de  pronto): 

Simona .... 

SIMONA 

(Volviéndose)  ¿Me  hablaba? 

PEPE 

Creo  que  sí ... .  Esa  música,  esa,  vamos,  la  que 
tocaba  Pancho. . 

SIMONA 

Ya  he  entendido:  la  rondalla  de  "La  Dolores".... 
¿qué  hay? 

PEPE 

¿Le  gusta  á  usted? 

SIMONA 

Mucho.  ¿Por  qué  me  lo  pregunta? 

PEPE 

Por  saberlo.  ¿Por  qué  le  gusta  á  usted? 


LA  RONDALLA 


227 


SIMONA 

Porque  es  muy  linda. 

PEPE 

¿Por  nada  más? 

SIMONA 

(Le  mira  fijamente.  Pausa.  Luego):  ¿Y  por  qué 
más  ha  de  gustarme? 

PEPE 

Porque  la  toeo  yo. 

SIMONA 

Usted  la  toca  por  darle  serenata  á  su  novia  

PEPE 

¿  Usted  cree  eso  ?  ( Simona  le  mira  fijamente, 

se  encoge  levemente  de  hombros  y  guarda  silencio. 
Pepe,  entonces,  prosigue  en  voz  más  baja):  Simona, 
por  favor,  no  seamos  niños ....  Tenemos  un  minuto, 

nada  más          Contésteme  pronto:  ¿está  siempre 

enojadla  conmigo? 

SIMONA 

¿Yo?  ¿Por  qué  voy  á  estar  enojada? 

PEPE 

Las  otras  noches,  si  le  negué  la  flor,  fué  

SIMONA 

(Secamente)  ¿A  mí  qué  me  cuenta? 


228 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


PEPE 

Escúcheme  Fué  por  disimular         Si  yo  se 

la  hubiera  dado  delante  de  todos  

SIMONA 

(Estallando)  ¡Disimular!  ¡Disimular!  ¡Estoy 
harta  de  disimular,  ¿me  entendés?  Y  no  quiero  di- 
simular más ;  no  puedo  (disimular  más ....  Así  es 
que  acabemos .... 

PEPE 

Pero,  ¿  qué  tengo  que  hacer  ? 

SIMONA 

Ya  te  lo  he  dicho.  Concluir  de  una  vez.  O  conmigo 
ó  con  la  otra,  con  Matilde.  No  puedo  soportar  más 
este  doble  juego.  Si  la  querés  á  ella,  bien;  dejáme, 
no  me  atormentés  más.  Desapareceré  de  aquí.  Por 
otra  parte,  hoy  ha  pasado  algo  en  esta  casa. . . . 

PEPE 

¿  Qué  ha  pasado  ? 

SIMONA 

Luz  me  ha  dado  una  cachetada.  Ya  vés. 

PEPE 

¿No  será  porque?  


LA  RONDALLA 


229 


SIMONA 

No  tengás  miedo.  Nadie  sospecha  de  nosotros; 
sólo  Pancho,  tal  vez,  cuyas  indirectas  y  modales  me 
dicen,  hace  tiempo,  que  desconfía ....  ¿Y  quién  más 
podría  sospechar,  si  nosotros  mismos  no  sabemos 
cómo  empezó  esto? 

PEPE 

Sí,  peleando  

SIMONA 

Peleando,  eso  es.  Lo  que  á  nosotros  mismos  se  nos 
antojaba  antipatía,  odio,  rencor,  ¡  qué  sé  yo !,  era  ca- 
riño, locura,  amor         ¡Oh!  ¡Y  yo  te  he  amado, 

te  he  amado  con  toda  el  alma,  mientras  te  decía 
palabras  tontas,  mientras  te  veía  al  lado  de  esa 
otra.  Pero  esto  no  puede  seguir  así ... .  He  tomado 
una  resolución ....  O  contigo,  ó  sin  tí  

PEPE 

Entonces,  ¿tú? 

SIMONA 

Sí;  si  no  me  amas,  me  voy,  me  voy  de  esta  casa 
maldita. . . . 

PEPE 

Pero ....  ella .... 

SIMONA 

¿Quién?  ¿Matilde?  Puedes  decírselo  


230 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


PEPE 

¡  La  mataría ! 

SIMONA 

Entonces,  mátame  á  mí. . . .  (Va  á  salir  brusca- 
mente; pero  Pepe  la  detiene  por  un  brazo). 

PEPE 

¡  Quedáte ! 

SIMONA 

No.  Dejáme. 

PEPE 

j  Quedáte ! 

SIMONA 

¿Para  qué? 

PEPE 

Porque  te  amo. 

SIMONA 

Así,  no.  Basta.  Dejáme. 

PEPE 

( Con  fuego )  A  vos,  á  vos  sola,  Simona.  Pero, 
¿cómo?  ¿no  comprendes?  ¿no  vés?  ¿no  sentís  que 
estoy  loco  por  vos  ?  ¿  No  sabes  que  por  vos  soy  capaz 
de  todas  las  locuras  de  todas  las  infamias?  ¿No  sa- 
bés  que  soy  tuyo,  tuyo,  únicamente  tuyo;  que  te 
has  metido  dentro  de  mi  ser,  dentro  de  mi  carne; 
que  te  tengo  en  la  sangre,  que  te  tengo  clavada  en 


LA  RONDALLA 


231 


los  ojos ;  que  te  veo  de  día,  de  noche,  á  todas  horas, 
sin  reposo,  como  la  única  felicidad  de  mi  vida?  Si- 
mona, Simona,  ¿  qnerés  enloquecerme  ?  ¿  querés  deses- 
perarme más  todavía?  ¿No  has  hecho  de  mí  lo  que 
has  querido?  ¿No  dispones  de  mi  vida  desde  aquel 
momento  divino  en  que  los  dos  por  primera  vez  com- 
prendimos que  nos  amábamos  ?  ¿  Te  acordás,  Simona  ? 
( Con  voz  más  dulce  y  baja,  evocando  el  culpable  re- 
cuerdo) Fué  aquella  tarde,  durante  aquel  paseo  á 
Palernto ....  Nos  habíamos  quedado  atrás,  perdidos 
entre  los  árboles. ...  De  pronto,  al  bajarte  á  coger 
*  un  trébol,  te  hiciste  sangre  en  un  dedo  y  distes  un 
gritito ....  Y  yo,  entonces,  no  sé  cómo,  te  llené  de 
besos  las  manos  y  y  al  alzar  los  ojos,  y  al  mi- 
rarnos frente  á  frente ....  ¿te  acordás  ?  

SIMONA 

Sí,  fué  un  sueño  

PEPE 

No,  un  sueño  no         Es  la  realidad  

SIMONA 

Un  sueño  que  hoy  acaba,  porque  vos  no  me  amás 
ya.... 

PEPE 

¡  Te  amo !  ¡  Te  amo  más  que  nunca !  ¡  Te  amo  como 
nadie  te  amará  ¿Qué  querés  más  de  mí? 

SIMONA 

Y  bien,  probámelo,  que  me  querés  Luego,  hoy 

mismo. . . . 


232 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


PEPE 

Bueno,  pues  lo  haré  

SIMONA 

(Mimosamente)  ¿De  veras?   ¿Hoy?   En- 
tonces. . . .  tomá,  lo  prometido. . . .  (Inclina  la  ca- 
beza hacia  él,  ofreciéndole  los  labios.  Durante  un 
instante  permanecen  abrazados). 


ESCENA  XIV 
Dichos  y  Tilde 

(Tilde  entra  por  el  foro.  En  el  primer  instante, 
distraída  no  vé  á  Simona  y  á  Pepe;  pero  de  pronto, 
advierte  el  grupo  que  éstos  ofrecen  abrazados,  y 
el  estupor,  la  pena,  la  vergüenza  la  dejan  clavada  en 
el  sitio.  Entonces,  bamboleante,  como  un  ave  herida, 
va  hacia  una  silla  y  cae  en  ella,  ocultando  el  rostro 
entre  las  manos,  mientras  de  su  garganta  se  escapan 
los  primeros  sollozos.  Al  rumor,  Simona  y  Pepe  se 
separan  y  se  vuelven). 

PEPE 

(En  voz  muy  baja)  ¡Tilde! 

SIMONA 


(Entrando  á  la  casa  rápidamente)  ¡Mejor  así! 


LA  RONDALLA 


233 


ESCENA  XV 
Pepe  y  Tilde;  luego  el  Abuelo 

(Al  quedar  solos,  Pepe  se  acerca  tímidamente  á 
Tilde.  Hay  un  largo  y  embarazoso  silencio.  Por 
fin,  Pepe,  con  voz  conmovida,  inicia  el  diálogo). 

PEPE 

Tilde         Pobreeita  mía  

TILDE 

(Poniéndose  en  pie  súbitamente)  ¡Ah,  no!  ¡Eso 
no!  ¡Tu  compasión,  no! 

PEPE 

Escucháme,  Tilde  

TILDE 

No,  no,  no,  no  Ni  una  palabra  Véte;  que 

no  te  vea  más ;  véte .... 

PEPE 

Yo  debo  explicarte,  Tilde  

TILDE 

¿  Qué  ?  ¿  qué  debés  explicarme  ?  ¿  Tu  traición  ?  ¿  tu 
infamia  ?  ¡  Ah,  no,  no !  ¡  Véte !  Me  hacés  daño.  ¿  Véte ! 


234 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


PEPE 

Está  bien ;  te  obedezco,  Tilde ....  Pero  haces  mal 
en  no  oírme  

TILDE 

(Riendo  convulsivamente)  ¡Ah,  ah,  ah!  Hago 

mal  ¿Y  tú,  tú  haces  bien?  ¿tú  te  has  conducido 

bien?  (Con  creciente  exaltación)  ¿Tú  te  has  por- 
tado como  un  caballero?  ¿Tú  sos  un  hombre  de 
honor?  ¿Tú,  que  hace  poco  me  jurabas  amor;  tú 
que  me  mentías,  que  me  engañabas,  que  te  reías 
vilmente  como  un  cobarde,  como  un  canalla,  de 
mí,  cuando  rechazabas  mis  dudas;  tú,  tú  que  me 
has  retorcido  el  corazón,  que  me  has  apuñaleado  el 
alma,  que  me  has  destrozado  toda  mi  vida ;  tú,  tú  sos 
el  que  podés  hablarme  ahora;  el  que  podés  decirme 
que  hago  mal  en  no  oirte?  ¡Ah,  no,  no,  mandáte 
mudar ! . . . .  ¡  Que  no  te  vea  más ! . . . .  ¡  Que  no  te 
vea  más!. ...  (El  Abuelo  que  ha  entrado  hace  un 
instante,  se  detiene,  asombrado,  á  oir)  Andá,  andá 
con  ella,  con  tu  Simona,  con  la  hermana  traidora, 
con  la  hermana  vil  que  me  ha  robado  el  novio,  que 
me  ha  triturado  el  corazón;  andá,  andá  con  ella; 
andá  á  pedirle  sus  besos,  otra  vez,  sus  besos,  sus 
besos  envenenados,  sus  besos  infames;  andá,  andá, 
andá ....  ( Cae  sollozando  en  la  silla.  Pepe  va  á 
aproximársele,  balbuceando  su  réplica,  cuando  se 
le  cruza  al  paso  el  Abuelo). 


LA  RONDALLA 


235 


PEPE 

Tenés  razón,  Tilde,  pero  

ABUELO 

No,  usted,  no;  usted,  no  

TILDE 

(Arrojándose  en  los  brazos  del  viejecito)  Abuelo, 
abuelito  querido .... 

ABUELO 

Tilde,  ángel  mío,  querida  mía ....  Hablá .... 
¿qué  ha  sucedido? 

TILDE 

(Llorando,  inconsolable)  Abuelo,  abuelito. . . . 

ABUELO 

¿Qué  ha  pasado?   No  llorés  Tilde   Va- 
mos, valor  No  llorés  así  Yo  estoy  contigo.... 

Mírame  ¿Qué  ha  sido?  

TILDE 

Nada,  nada. . . .  Abuelito,  ¡  qué  desgraciada  soy!.... 
abuelo 

(Volviéndose  á  Pepe)  ¿Entonces....  usted.... 
lo  que  acabo  de  óir?  


236 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


PEPE 

(Inclinando  la  cabeza)  ¿Qué  quiere  usted?  La  fa- 
talidad. ...  i 

abuelo 

(Irguiéndose)  ¡Cállese  usted,  miserable!  La  fata- 
lidad, la  fatalidad  es  la  poca  vergüenza  que  usted 
tiene  ¡Mándese  mudar  de  aquí!  ¡Mándese  mu- 
dar de  esta  casa ! . . . .  ¡  Fuera,  fuera !  ¡  Al  momento ! 
(En  este  momento,  Luz  y  Simona  entran  precipita- 
damente). 

PEPE 

(Inclinándose)  Está  bien  

ESCENA  XVI 
Dichos,  Luz  y  Simona 


LUZ 

¿Qué  es  eso?  ¿qué  gritos  son  estos? 

ABUELO 

Luz,  vení  acá ....  Tú  que  mandás  en  esta  casa .... 
Echáme  á  la  calle  á  este  canalla. . . . 

LUZ 

Despacio,  despacio ....  No  hay  que  gritar .... 
¿Qué  ha  sucedido  de  nuevo? 


LA  RONDALLA 


237 


ABUELO 


¿Tú  sabes,  Luz,  lo  que  ha  pasado  aquí  entre  este 
hombre  y  Simona? 

LUZ 

Me  lo  acaba  de  confesar  Simona  Y  por  eso 

pregunto,,  ¿por  qué  esos  gritos? 

abuelo 

(¡Petrificado)  ¿Cómo?  Luz,  ¿tú  sabes  

LUZ 

Que  Pepe  ama  á  Simona,  sí;  que  no  ama  á  Ma- 
tilde, sí  

ABUELO 

(Balbuceando,  asombrado)  ¿Y....  y....  no  de- 
cís nada ? . . . .  ¿Te  parece  natural ?  

LUZ 

¿  Que  se  amen  y  que  se  casen  ?  ¿  Qué  cosa  más  na- 
tural? Si  Pepe  no  quiere  á  Matilde,  ¿hemos  de  ca- 
sarlos á  la  fuerza?  ¿Para  qué  hacer  dos  desgracia- 
dos, pudiendo  hacer  dos  Mices?  Ya  encontrará  Ma- 
tilde otro  partido.  Entre  tanto,  no  veo  la  razón  de 
armar  «este  escándalo .... 

ABUELO 

( Que  la  ha  oído  primero  con  estupor,  luego  con  vi- 
brante indignación,  tartamudeando  de  cólera)  ¿De 


238 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


modo. ...  de  manera. . . .  que  vós¡  vos,  vos,  Luz,  en- 
contrás  te  parece  encontrás  bien   (Es- 
tallando, de  pronto,  con  gritos  y  rugidos  de  ira) 
¡  Ah,  pero  esto  es  infame ! . . . .  ¡  Esto  es  una  cana- 
llada! Aquí  están  locos,  todos  están  locos  

De  modo  que  este  hombre  se  burla,  se  ríe,  se  ríe  de 
Tilde,  y  la  hace  sufrir,  la  hace  llorar,  le  ruempe  el 
corazón,  la  mata,  la  mata,  sí,  la  mata  como  un  ase- 
sino, como  un  cobarde,  y  vos  vos .... 

LUZ 

(Interrumpiendo  la  imprecación  del  Abuelo) 
Abuelo,  usted  olvida  que  en  esta  casa .... 

ABUELO 

Vos,  vos  sos  la  que  te  olvidás  

LUZ 

(Sin  oirle)  Usted  olvida  que  aquí  mando  yo  

ABUELO 

(Iracundo)  ¡Vos!  ¡vos!  ¿En  esta  casa?  ¿Aquí? 
¿En  esta  casa?  ¡En  esta  casa  mando  yo,  yo,  yo 
solo,  yo  el  Abuelo!  

LUZ 

(Estupefacta)  ¿Usted?  ¿Desde  cuándo? 


LA  RONDALLA 


239 


ABUELO 

(Creciéndose  por  instantes)  Desde  que  hacen  su- 
frir á  Tilde;  desde  que  la  hacen  llorar;  desde  que 
me  la  quieren  matar .... 

LUZ 

( Conteniendo  su  enojo)  Abuelo,  por  favor. ...  Si 
no  se  calla  

abuelo 

¿Callarme?  ¡Vos  te  callás!  ¡calláte  vos!  ¡Yo 

lo  quiero,  yo  lo  mando!  ¡Yo  mando  en  esta  casa! 
¡  Ahora  soy  yo  quien  manda ! 

LUZ 

¡  Basta,  basta  de  disparates !  ¡  No  hay  por  qué  ar- 
mar este  escándalo !  ( Cambiando  de  tono,  pero  siem- 
pre con  enojo)  Abuelo,  callesé,  haga  el  favor  

no  me  tire  de  la  lengua. . . .  Aquí  nadie  alza  la  voz 

más  que  yo  Usted  viva  tranquilo  y  en  paz  los 

años  que  tenga  que  vivir,  y  yo  

ABUELO 

¿  Y  vos  consentirás  ? . . . . 

LUZ 

¿  Que  Simona  se  case  con  Pepe  ?  No  veo  inconve- 
niente. 


240 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ABUELO 

(Ir guiándose,  rojo  de  cólera,  lanzando  sus  frases 
en  alaridos  de  furor,  como  un  león  herido  que  de- 
fiende su  pequeñuelo)  ¡Fuera!  ¡Fuera  de  aquí! 
¡  Fuera  de  esta  casa,  sinvergüenzas,  canallas !  ¡  Fuera 
de  aquí,  malas  mujeres !  ¡  Quien  manda  aquí  soy  yo, 
yo,  el  Abuelo,  yo,  solo  yo!  ¡A  la  calle,  víboras!  ¡A 
la  calle  todo  el  mundo!  ¡Yo  solo  aquí,  con  Tilde! 
( Todos  los  personajes,  con  gestos  de  desdén  los  unos, 
con  cierta  cobardía  los  otros,  salen  de  la  escena  —  ex- 
cepto Tilde)  ¡Con  Tilde,  con  mi  queridita,  con  mi 
pobrecita  Tilde!   (La  voz  del  Abuelo,  antes  so- 
berbia é  imperativa,  se  ha  dulcificado  bruscamente 
y  ahora,  exhausta  por  el  esfuerzo,  rendida  por  el 
dolor,  se  ahoga  entre  sollozos)  Solos,  solos  aquí. . . . 
los  dos  solos. . . .  Con  Tilde  con  mi  pobre- 
cita   (Cayendo  de  hinojos  y  cogiéndole  las  ma- 
nos á  su  nieta)  ¡  Tilde !  ¡  Mi  Tilde !  Ti  ti  

tilde         (Las  lágrimas  llegan  al  fin,  y  llora,  llora, 

abrazado  á  Matilde), 


TELÓN 


ACTO  TERCERO 


Una  pobre  habitación  de  tercer  piso,  miserablemente  amue- 
blada. A  la  izquierda,  una  puerta  que  da  acceso  á  la  calle. 
A  la  derecha,  dos  puertas,  que  comunican  con  las  habita- 
ciones interiores.  Sobre  el  foro,  una  ventana,  abierta  la  cual 
se  ven  las  azoteas,  cúspides,  chimeneas  y  torres  de  la  ciudad. 
Contra  la  pared  de  la  izquierda,  un  destartalado  aparador, 
y  cerca  de  él,  una  máquina  de  coser.  Hacia  la  derecha,  primer 
plano,  una  mesa  de  comedor,  redonda,  y  algunas  sillas.  Hay 
una  lámpara  encendida. 


ESCENA  PRIMERA 
Mariana,  ©1  Abuelo 

MARIANA 

(Concluyendo  de  guardar  la  loza  en  el  aparador) 
Giieno,  viejo;  no  hay  que  afligirse  ¡qué  diablos! 
Estos  tragos  amargos  son  los  que  hacen  más  sabro- 
sos los  güenos  que  llegan  después.  Esa  es  la  vida. 

ABUELO 

Sí,  y  entre  tanto  los  güenos  no  llegan.  Ya  vé,  Ma- 
riana, van  pá  dos  meses  que  Tilde  va  pá  bajo,  pá 
bajo  y  la  pobrecita  

16.—  T4IÍ. 


242 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


*  MARIANA 

¿Dos  meses?  Es  verdad;  deben  hacer  dos  meses 
que  ustedes  se  escaparon  de  aquel  avispero .... 

ABUELO 

Y  dende  entonces,  la  pobre  Tilde,  siempre  pior, 
cada  vez  pior,  con  esa  tristeza,  con  esa  tos  **  (1) 

MARIANA 

No,  pero  no  -diga,  viejo.  Tilde  va  mejor  Des- 
pués de  aquel  ataque,  se  ha  repuesto .... 

ABUELO 

No,  si  yo  no  me  engaño,  Mariana. ...  El  ataque 
no  jué  nada. ...  Lo  pior  vino  en  seguida,  cuando 
Tilde  principió  á  estar  triste,  á  no  querer  comer,  á 
no  poder  dormir ....  Vea,  Mariana :  eso  que  dice  iel 
dotor  es  pamplina. . . .  Tilde  se  nos  muere  de  tris- 
teza ....  *  Yo  la  miro,  y  la  veo  irse,  así,  poco  á 
poco ....  De  noche,  ocasiones,  me  levanto  despacito 
y  voy  á  escuchar,  y  la  siento  llorar,  llorar,  escon- 
diendo la  cabeza  entre  la  almohada  pá  que  yo  no  la 

oiga . . . .  ¡ Mariana !  Tilde  se  muere  ¡mi  pobre 

Tilde !  

MARIANA 

(Para  Ocultar  su  emoción)  ¡Qué  cañe  jo!.... 


í1)  Los  parlamentos  comprendidos  entre  uno  y  dos  asteris- 
cos deben  suprimirse  en  la  representación.  —  El  Autor. 


LA  RONDALLA 


243 


ABUELO 

De  día  está  ái,  sentada  en  esa  hamaca  que  nos  re- 
comendó el  médico,  pensando,  pensando ....  No  dice 
nada ;  á  veces  me  mira  y  se  sonríe ;  pero  yo  la  veo,  la 
veo  que  no  me  escucha,  que  su  cabecita  está  en  otro 
láo ;  que  sus  sonrisas  son  á  la  juerza,  pá  no  afligirme 
más  **  ¡Tan  güeña  que  ha  sido  la  pobre  con- 
migo ! . . . . 

MARIANA 

¡Ave  María,  hombre!  ¡Parece  que  hablara  de  al- 
gún dijunto!  Hágase  ánimo,  caramba,  que  si  Dios 
mete  la  pata,  ya  verá  como  tuito  esto  se  endereza. . . . 
Y  ha  de  meterla,  sí  señor,  porque  pá  eso  es  Dios  y 
es  güeno  y  no  le  gustan  las  injusticias ....  Y  enton- 
ces mejorará  Tilde  y  todos  saldremos  pá  delante,  y 
todos  estaremos  contentos  

ABUELO 

No. . . .  no  no  

MARIANA 

¡  Qué  no  ni  que  no !  Ya  verá  entoavía  las  farras 
que  vamos  á  armar  en  esta  casa  en  cuantito  se  me- 
jore Tilde  Yo,  por  lo  pronto,  voy  á  hacer  una  de 

tortas  fritas  como  pá  llenar  la  dársena. ...  Y  todo 
el  mundo  á  réir,  á  cantar,  á  estar  contento .... 
Hasta  un  baile  vamos  á  dar  pá  buscarle  novio  á 
Tilde,  y  usted  y  yo  vamos  á  ser  los  padrinos.  ¿EM 
¿qué  me  dice?  ¿Quién  nos  viera  á  mí  con  aquel 


244 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


collarote  de  oro  die  la  finada  mi  madre  y  á  usted 
hecho  un  cajetilla  con  mucho  levitín  de  pato  y 
un  tremendo  farol,  así,  en  la  cabeza....  (Se  de- 
tiene bruscamente,  viendo  que  sus  bromas  no  reani- 
man al  Abuelo,  y  hay  entonces  un  momento  de  pausa 
dolorosa.  Mariana  mira  á  todos  lados,  no  sabiendo 
qué  decir.  El  Abuelo  está  abatido.  Mariana  vuelve  á 
romper  el  silencio)  ¿Y  el  dotor  qué  dice? 

abuelo 

Nada.  Que  le  den  mucha  leche,  que  se  alimente; 
que  duerma  bien  tapada,  pero  con  la  ventana 
abierta;  que  esté  ái  sentada,  todo  el  día  en  esa 
hamaca .... 

MARIANA 

¡  Barbaridades  del  dotor!  Lo  que  Tilde  precisa 
es  moverse,  distraerse,  salir,  pasear. . . . 

ABUELO 

No,  no,  al  contrario ....  Quietita ....  Ya  vé ; 
hasta  le  ha  prohibido  que  trabaje  

MARIANA 

¿Y  de  qué  van  á  vivir  ustedes? 

*  ABUELO 

(Con  un  gesto  de  desesperación)  ¡Ai  está!  Lo 
que  yo  digo. . . .  Yo  no  sirvo  pá  nada. ...  yo  no 
puedo  hacer  nada  


LA  RONDALLA 


245 


MARIANA 

No  diga  eso. ...  Yo  lo  lie  visto  á  usted. . . . 
abuelo 

¡Chist!  No  diga  nada  callesé  

MARIANA 

¿Y  por  qué?  ¿Es  deshonra?  Cada  uno  en  lo  que 
sabe ....  Y  si  usted  se  gana  unos  pocos  centavos 
trenzando  arreadores  y  maneas,  no  veo  pá  que  se 
lo  escuende  á  Tilde .... 

ABUELO 

¡  Chist !  ¡  chist !  Más  despacio  No  hay  pá  qué 

decirseló  Se  afligiría  

MARIANA 

Sí,  como  si  ustedes  vivieran  de  rentas  

abuelo 

No,  pero  ella  cree  que  nos  socorren  los  vecinos  

Callesé,  Mariana  

MARIANA 

Está  güeno;  pero  no  veo  **  (Llaman  á  la 

puerta). 

ABUELO 

Han  llamado. 


246 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


MARIANA 

(Abriendo  la  puerta)  Adelante....  ¡Hola,  Pan- 
cho! 

ESCENA  II 
Dichos  y  Pancho 

pancho 

Buenas  noches         ¿Cómo  van  por  acá?  ¿Cómo 

sigue  Tilde? 

•  ABUELO 

Mal,  Pancho,  mal.  ...  La  pobrecita. ...  (La  emo- 
ción le  ahoga). 

*  PANCHO 

(Conmovido)  Caramba. . . .  caramba. . . .  (Un  si- 
lencio) ¿Y  el  dotor,  qué  dice?  

abuelo 
Nada  ¡pse!. . . .  ** 

PANCHO 

(Sin  saber  lo  que  decir)  ¡Qué  cosa!  

MARIANA 

Vamos;  ái  viene  Tilde   No  pongan  esas  ca- 
ras, hombre .... 


LA  RONDALLA 


247 


ESCENA  III 
Dichos  y  Tilde 

( Al  entrar  silenciosamente  Tilde,  el  Abuelo  finge 
gran  locuacidad  y  Pancho  trata  de  disimular  su 
tristeza.  Tilde,  blanca  y  demacrada,  como  las  tísi- 
cas que  se  mueren,  avanza  tristemente) . 

PANCHO 

(Yendo  á  sostener  á  Tilde,  á  la  que  acompaña 
hasta  la  hamaca)  ¿Qué  tal,  hermanita?  ¿Qué  tal 
ese  ánimo  ? . . . . 

TILDE 

Bien,  Pancho;  el  ánimo  bien  Pero  me  faltan 

fuerzas  para  trabajar  

ABUELO 

¿La  vés?  ¿La  óis?  Pensando  en  trabajar  Es 

testaruda  como  un  vasco ....  Y  yo  me  voy  á  eno- 
jar, ¿comprendés,  Pancho?          me  voy  á  tener 

que  enojar  Porque,  ¡canejo!  es  manía  eso 

de  querer  trabajar  

*  TILDE 

(Sonriendo)  Y  si  no,  ¿con  qué  se  come,  abue- 
lito?.... 


248 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ABUELO 

¿No  vés,  no  vés?         ¡Como  si  yo  no  estuviera 

aqaí;  como  si  vos  no  est^/ieras,  Pancho;  como  si 
no  estuviera  Mariana;  como  si  no  estuviéramos  to- 
dos !  Es  una  manía,  te  digo  ** 

TILDE 

¿Mariana?         ¿dónde  está  Mariana?  

MARIANA 

Aquí,  niña  

TILDE 

í  Pobre  Mariana !  Debe  estar  molida  con  esto 

de  atender  su  casa  y  de  cocinar  aquí  

MARIANA 

¡Salga  de  ái,  niña!  ¡Si  es  un  juguete  pá  mí! 
Mire  estos  brazos  

PANCHO 

(Procurando  hacer  reir  á  Tilde)  ¿Parecen  dos 
salchichones,  verdad? 

ABUELO 

¡Je!  ¡je!  ¡je!  ¿Los  óis,  Tilde?  Siempre  de  güen 
humor ! . . . .  ¡  Claro !  Con  la  cosa  de  que  tú  vas 
mejor,  todos  andamos  de  güen  humor  

TILDE 

Gracias,  gracias .... 


LA  RONDALLA 


249 


ABUELO 

¿No  querés  un  poco  de  leche? 

TILDE 

No,  no  tengo  ganas  

MARIANA 

Hay  que  hacer  juerzas   como  dice  el  mé- 
dico ¡Vaya!  yo  le  voy  á  servir  una  copita.  (Va 

para  servirla). 

TILDE 

Deje,  Mariana;  usted  tiene  que  irse  Pancho 

la  alcanzará. . . .  (Pancho  se  apresura  á  ir  á  servir, 
con  Mariana,  la  copa  de  leche)  Deje,  Mariana. . . . 
Váyase  á  su  casa,  es  tarde .... 

MARIANA 

Ahora  me  iré,  no  se  apure .... 

PANCHO 

(Alcanzando  la  copa  de  leche)  Vamos  á  ver, 
Tilde,  esta  copita  ¿Servida  por  mí,  eh?  

MARIANA 

Ya  lo  vé,  niña,  por  usted  hasta  trabajador  se  ha 
hecho. . . . 

(Tilde  moja  apenas  los  labios  y  quiere  dejar  la 
copa). 


250 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


PANCHO 

Eso  no  es  nada  Hay  que  tomar  más  

TILDE 

No  tengo  ganas  

PANCHO 

Hay  que  tener          Vamos,  otro  poquito  

(Tilde  toma  otro  sorbo  y  deja  la  copa.  El  Abuelo, 
que  observa  este  cuadro,  se  aleja  un  poco,  moviendo 
tristemente  la  cabeza). 

MARIANA 

Güeno,  me  voy  á  ver  á  mi  hombre ....  Luego 
volveré,  por  si  me  precisan .... 

TILDE 

No,  Mariana,  no  

MARIANA 

Si  no  es  molestia  Vivo  ái  al  lado  En  un 

periquete,  subo  y  bajo  la  escalera. 

pancho 

Tenga  cuidado,  no  se  vaya  á  dir  de  cabeza  y  á 
recalcarse  un  pie. 

TILDE 

(Sonriendo,  tristemente)  Adiós,  Mariana  


LA  RONDALLA 


251 


ABUELO 

Ahora  vuelvo,  ¿eh?  (Sale  con  Mariana). 

ESCENA  IV 
Tilde  y  Pancho 

(Pancho  ha  ido  á  cerrar  la  puerta  del  cuarto  de 
Tilde.  Ésta  observa  si  efectivamente  se  fué  el 
Abuelo  y  luego  llama  á  su  hermano). 

TILDE 

¡  Chist !  ¡  Pancho ! 

PANCHO 

¿Eh?  ¿Qué  querés? 

TILDE 

Vení ;  sentáte  aquí ....  ( Pancho  se  sienta  á  su 
vera.  Tilde  mira  otra  vez  en  derredor,  y  luego,  en 
voz  baja)  ¿Qué  dicen,  allá?  

PANCHO 

Nada;  lo  de  siempre  Siempre  miserias,  siem- 
pre gritos  *  No  creás,  Tilde  Mejor  se  está 

aquí .... 

TILDE 

( Como  un  eco)  Sí,  mejor. . . . 


252 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


PANCHO 

Luz  siempre  de  mal  humor,  es  decir,  de  pior  en 
pior. . . .  **  Desde  que  te  vinistes  aquí  con  el 

Abuelo,  aquello  está  imposible  ¡  Qué  peloteras, 

hermanita!         Lo  bueno  que  yo  tengo  el  cuero 

duro;  porque  has  de  saber,  ahora  soy  yo  la  cabeza 
de  turco .... 

TILDE 

¡Pobre  Pancho! 

PANCHO 

¿Qué  querés?  De  buena  gana  me  vendría  con 
vos ;  pero  qué  le  vamos  á  hacer ....  Bastante  mise- 
ria hay  por  aquí. . . .  Allá,  es  verdad  que  no  reina 
la  riqueza,  pero  en  fin,  lo  que  les  cuesto  á  ellas 
te  lo  ahorro  á  vos. . . .  (Sencillamente)  Sabrás  que 
me  suprimieron  el  tabaco  

TILDE 

¿De  veras?  

pancho 

Sí;  ahora  fumo  cuando  pesco  á  algún  amigo,  y 

cuando  no,  me  chupo  el  dedo         Ya  vés,  todo 

tiene  su  consuelo .... 

*  TILDE 


Todo  Y  y  ¿la  otra? 


LA  RONDALLA 


253 


PANCHO 

¿La  otra?  Ai  está,  hasta  que  el  diablo  se  la 

lleve  

TILDE 

¿Siempre  sigue  con  él? 

PANCHO 

Siempre. 

(Pausa.  Tilde  inclina  la  cabeza  y  llora.  Pancho, 
emocionado,  le  coge  una  mano.  Entonces  Tilde  hace 
un  esfuerzo  y  se  repone).  ** 

TILDE 

¿Luz  no  sabe  que  tú  venís  aquí? 

PANCHO 

No.  Ya  sabés  que  me  lo  ha  prohibido.  Dice  que 
el  papelón  que  le  han  hecho  hacer  vos  y  el  Abuelo, 
retirándose  de  la  casa,  no  se  lo  perdonará  á  uste- 
des nunca.  Entonces,  yo,  naturalmente,  por  no  po- 
nerme mal  con  ella,  vengo  así,  á  escondidas. . . . 

TILDE 

Pobre  Pancho         ¡qué  bueno  sos!  

PANCHO 

¡Pse!.... 

TILDE 

¿Y  cuándo  se  cisan? 


254 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


PANCHO 

¿  Quién  ?  ¿  ellos  ?  No  sé ;  creo  que  pronto .... 

TILDE 

¿  Ella  se  ha  hecho  la  ropa  ? 

PANCHO 

Se  la  está  haciendo. 

(Hay  otra  pausa  de  doloroso  silencio.  Tilde  pa- 
rece seguir  el  vuelo  de  sus  recuerdos.  Pancho  se 
pone  en  pie  y  pasea). 

pancho 

( Como  para  cambiar  de  conversación)  Qué  linda 
noche,  ¿no? 

TILDE 

Sí,  está  linda. . . .  Hoy  me  encuentro  mejor  que 
nunca  

pancho 

¿  No  vés  ?  Si  es  lo  que  yo  digo          *  Poco  á 

poco. . . .  Pero  ya  saldremos  del  paso. ...  No  hay 
que  perder  el  ánimo  

TILDE 

No,  no  lo  pierdo ....  Hoy  vuelvo  á  tener  fe ... . 
Me  encuentro  como  nunca;  respiro  mejor;  no  me 
duelen  tanto  las  espaldas. ...  Lo  otro  es  lo  que  no 
curará  nunca  


LA  RONDALLA 


255 


PANCHO 

¡  Bah !  **  El  tiempo,  Tilde,  el  tiempo  lo  cura 

todo  Ese  bandido  no  era  digno  de  vos.  Con  la 

otra  va  mejor....  Figuráte:  de  tal  pareja,  que 
hornada  de  cachorros  para  el  zoológico. 

TILDE 

¡  Pancho ! . . . . 

PANCHO 

Bueno,  bueno  Soy  un  animal  No  he  di- 
cho nada  

TILDE 

Cada  uno  obedece  á  su  corazón. . . . 

*  pancho 

Claro,  claro         No  dije  nada         Es  natural: 

vos  lo  querés  todavía,  lo  def endés ....  Pero,  en  fin, 
ya  pasará ....  yo  me  entiendo .... 

TILDE 

¿Y  él?          ¿Él         él  se  acuerda  á  veces  de 

mí?.... 

PANCHO 

(Haciéndose  el  distraído  va  hacia  la  ventana) 
i  Qué  espléndida  noche  de  luna !  ¡Se  vé  todo  el 
caserío  como  de  día ! 


256 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


TILDE 

Abrí  la  ventana,  Pancho....  (Pancho  obedece) 
Que  entre  el  aire.  ¡Me  encuentro  tan  bien!  Me  pa- 
rece que  resucito         Vení  aquí,  Pancho;  sentáte 

á  mi  lado....  Habláme....  ¿No  me  encontrás 
mejor  ? 

PANCHO 

¡Si  es  natural!  Hasta  tenes  buen  color.  ¡Lo  que 
vamos  á  pasear  y  á  reimos  juntos !  Mirá ;  el  primer 
día  que  podás  salir,  yo  te  acompaño,  ¿eh?  Nos  va- 
mos á  dir  á  la  Recoleta,  como  dos  señorones,  y  de 
allí  á  Palermo,  á  tomar  algo  al  bar .... 

TILDE 

Sí,  sí         Ver  los  árboles,  ver  la  luz,  ver  los 

niños  que  juegan,  que  corren,  que  ríen. ...  Y  lle- 
varemos al  Abuelo  también,  ¿no  te  parece?  Nos 
haremos  sacar  una  fotografía  los  tres,  para  reír- 
nos         Después  volveremos  en  la  imperial  del 

eléctrico  para  sentir  bien  fuerte  el  viento  en  la 

cara         ¿Qué  vestido  llevaré?  ¿te  parece  bien  el 

rosado  ? 

PANCHO 

¿El  de  rayitas  blancas? 

TILDE 

(Sonriendo)  ¿Y  qué  otro  tengo?  Es  el  que  estrené 
cuando....  (Se  detiene  bruscamente,  asaltada  por 
un  recuerdo  penoso)  No,  no;  ese  no;  e~e  no  me  lo 
pondré  más  


LA  RONDALLA 


257 


PANCHO 

Cualquiera,  cualquiera  Este  que  tenes  ahora, 

te  sienta  muy  bien. . . . 

TILDE 

¿Parezco  una  novia,  verdad?  (Pausa)  ¡Ya  no  lo 
soy  más!  (Llora). 

PANCHO 

Tilde ;  querida  Tilde .... 

TILDE 

No  es  nada,  dejá;  ya  pasó  **  (Pausa)  Es- 

cuchá,  Pancho         Quisiera  saber   Contéstame 

la  verdad  ¿Él  pasa  por  allí  de  noche?. . . . 

¿  le  da  serenata  ? . . . . 

PANCHO 

No  sé ... .  creo ....  en  fin .... 

TILDE 

Decime ....  Y  aquella  música ....  ya  sabes .... 
¿la  rondalla?  

PANCHO 

(Precipitadamente)  No,  no,  no  

TILDE 

¿ De  veras ? . . . .  ¿no  toca  esa  pieza ? . . . .  Pan- 
cho ;  vos  no  sabes  mentir 

17.— T.  II. 


258 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


PANCHO 

(Haciéndose  el  enojado  para  disimular  su  tur- 
bación) ¡Que  no,  hombre!  ¿Cuántas  veces  te  lo  he 
de  decir  ¡  Por  linda  que  es  esa  porquería ! . .  .  . 

(Se  levanta  y  pasea). 

TILDE 

¿Te  has  enojado,  Pancho? 

PANCHO 

(Viniendo  solicito  á  ella)  No,  no,  querida  Tilde.... 
¡  qué  ocurrencia ! .  . . . 

ESCENA  V 
Dichos  y  el  Abuelo 

abuelo 

(Entrando)  ¿Qué  tal?  ¿qué  tal?  

PANCHO 

¿A  qué  no  sabe  una  cosa,  Abuelo?  Tilde  se  en- 
cuentra mejor;  está  contenta....  *  Hemos  hecho 
proyectos  de  paseo .... 


ABUELO 

¿De  veras?....  ¿Te  sentís  mejor,  Tilde? 


LA  RONDALLA 


259 


PANCHO 

Y  el  primer  paseíto  va  á  ser  á  Palermo,  en  el 
eléctrico .... 

abuelo 

¡  En  el  eléctrico ! 

pancho 

¡Y  cómo  te  va!  Los  coches  son  para  los  apes- 
táos  ....** 

ABUELO 

¡Vaya,  vaya!  Me  dan  ustedes  un  gran  alegrón. 
(Viendo  que  Tilde  se  levanta)  ¿Necesitás  algo, 
m  'hi  jita  ? 

TILDE 

No,  abuelito ....  Voy  á  mi  cuarto  

ABUELO 

Hacés  bien ....  Mira :  es  algo  tarde,  podías  acos- 
tarte, ¿eh?  

(Tilde  sale  silenciosamente;  el  Abuelo  y  Pancho 
la  observan  atentamente). 

ESCENA  VI 
Abuelo  y  Pancho 

pancho 

(Después  de  una  pausa,  melancólicamente)  En 
fin.... 


260 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ABUELO 

(Apresuradamente,  mirando  con  desconfianza  la 
puerta  por  donde  salió  Tilde,  con  voz  baja)  ¿Y? 
¿  qué  me  contás  ?  ¿  qué  te  parece  J  

PANCHO 

Ya  lo  ha  óido,  Abuelo  Parece  que  se  siente 

mejor. . . .  Está  contenta. . . . 

*  ABUELO 

(Anhelante)  De  modo  

pancho 

¿Y  por  qué  no?  ¿No  se  equivocan  todos  los  días 
los  dotores?  Pá  mi  gusto,  no  me  mentía  Tilde 
cuando  me  decía  que  respiraba  mejor,  que  se  sen- 
tía más  aliviada ....  Mire,  Abuelo ;  yo  creo  que 
su  mal  es  aquel  bandido  

abuelo 

( Que  le  ha  oído  regocijado  de  emoción,  con  un 

lampo  de  alegría )  ¿  De  veras  ?  ¿  te  parece  ?  ¡  Ay, 

Pancho !  Si  juera  verdad ;  si  mi  Tilde  se  curara .... 

PANCHO 

Pá  mí  que  vamos  pá  delante .... 

ABUELO 

( Cada  vez  más  regocijado )  \  Mirá !  Pero  ¿  es  de 
veras?  ¿ella  te  dijo?  


LA  RONDALLA  261 


PANCHO 


Que  no  sentía  las  espaldas;  que  respiraba  bien; 
que  se  sentía  como  nunca ....  Con  que  ya  vé.  ¿  No 
está  claro? 


ABUELO 

¡No  ha  de  estar,  Pancho!  Y  es  natural  

Dios  no  podía  consentir . . . .  ( Animándose  por  gra- 
dos) Entonces  te  dijo....  ¡vaya,  vaya!....  ¡Si 
estos  dotorcitos  de  hoy ! . . . .  Y  entonces ....  es  na- 
tural.... (Bruscamente,  abrazando  á  Pancho) 
¡Dame  un  abrazo,  hijo  mío!  Estoy  contento. . . .  #* 
(Después  de  una  pausa)  ¿Y  del  otro,  hablaron, 
che? 


pancho 

Sí;  me  preguntó  si  le  daba  serenata  á  Simona; 
si  tocaba  por  ella  aquella  marcha,  ya  sabe,  la  ron- 
dalla. . . . 


abuelo 

¡  Ah,  ah ! . . . .  ¿Y  vos,  claro  


pancho 

Le  dije  que  no. . . . 


ABUELO 

Bien,  bien         (Después  de  una  pausa)  ¿Y  es 

cierto  eso,  Pancho? 


262 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


PANCHO 

( Con  furia )  \  Qué  ha  de  ser !  j  He  tenido  que 
mentir,  abuelo;  he  tenido  que  mentir  como  un 
puerco  

ABUELO 

Güeno,  güeno.  ...  La  cosa  es  que  Tilde  no  lo 
sepa ....  Hay  que  mentir,  Pancho,  ¿  me  enten- 
dés?. .  . .  Que  no  lo  sepa. . . . 

PANCHO 

Bueno,  yo  me  voy  á  la  leonera ....  ¿  Tiene 
algo  pá  la  talabartería? 

ABUELO 

Sí;  aguardáte. . . .  (Mientras  Pancho  pasea  pen- 
sativo, el  Abuelo  va  hasta  la  puerta  de  la  habita- 
ción de  Tilde  y  escucha  un  momento,  aplicando  el 
oido)  Nada.  No  se  oye  nada. .  .  .  Debe  haberse 
acostado....  (Vuelve  á  escuchar  y  luego  sale  tra- 
bajosamente por  su  cuarto.  Pancho  queda  solo  un 
momento;  va  hasta  la  ventana,  vuelve  y  se  pasea 
lentamente.  El  Abuelo  torna  á  entrar  con  varios 
tientos  y  utensilios )  ¿  Duerme,  no  ? . . . . 

PANCHO 

No  se  oye  nada. ...  Se  habrá  acostado.  . . . 
abuelo 

( Colocando  sus  bártulos  sobre  la  mesa)  Güeno.... 


LA  RONDALLA 


263 


Aquí  tenes,  Pancho ....  Estos  lazos  están  acaba- 
dos. . .  .  Podes  llevarlos  y  los  entregás  á  la  talabar- 
tería. . . .  Ya  sabes,  te  los  pagarán  como  los  de  los 
otros  días  

pancho 

 tá  bien ....  Mañana  le  traeré  la  platita  

ABUELO 

Ya,  ya ... .  Andá  no  más         Yo  voy  á  ver  si 

aprovecho  el  tiempo .... 

PANCHO 

Se  va  á  matar,  Abuelo .... 


ABUELO 

¿Y  de  ái?....  Vos  también  trabajás,  mucha- 
cho        ¿Eh?  ¿quién  te  iba  á  decir  que  por  Tilde 

ibas  á  pegar  estas  patiadas? 

pancho 

¡  Bah ! . .  . .  Es  un  paseo.  Güeno,  me  voy ....  Hasta 
mañana. . . . 


ABUELO 

Adiós,  adiós.  ...  (Sale  Pancho  con  los  lazos  que 
le  ha  dado  el  Abuelo). 


264 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ESCENA  VII 
El  Abuelo;  luego  Tilde 
abuelo 

(Al  quedar  solo  el  Abuelo  cierra  la  puerta  y 
luego  va  á  escuchar  á  la  de  Tilde.  Murmurando 
sordas  palabras,  se  acerca  lentamente  á  la  mesa  y 
arregla  sus  útiles.  Siéntase.  Aproxima  la  lámpara, 
alza  la  mecha  y  comienza  su  trabajo.  Después  de 
una  pausa)  ¡Estos  ojos,  cañe  jo!....  (Sigue  tra- 
bajando; luego  queda  pensativo)  Si  yo  pudiera. . . . 
esto  da  tan  poco. . . .  (Pausa;  trabaja;  interrum- 
piéndose otra  vez)  Sin  embargo.  . . .  aquel  viejo. .  . . 
¿  cuánto  le  dieron  ?  Sí,  no  estaría  mal ....  Des- 
pués de  muerto,  ¿qué  importa?  (Pausa  larga)  A 
aquel  viejo  le  dieron. .  . .  (Medita)  Justo,  justo. . . . 
i  Pero,  es  triste ! .  . . .  ¡  Que  le  anden  los  estudiantes 
con  la  osamenta ! . . . .  ( Con  el  reverso  de  la  mano 
se  seca  una  lágrima)  En  fin. . . .  (Vuelve  á  su  tra- 
bajo) Es  por  ella  

TILDE 

(Entra  sin  ser  oída  y  se  detiene  absorta  ante  el 
cuadro  infinitamente  triste  que  ofrece  el  Abuelo  tra- 
bajando bajo  la  luz  de  la  lámpara.  Entonces  se 
aproxima  despacio,  llena  de  curiosidad.  Detiénese 
detrás  del  Abuelo  y  le  observa  un  momento  aún  con 
cariño  y  aflicción.  Al  fin  con  voz  dulce )  Abuelo .... 


LA  RONDALLA 


265 


ABUELO 

(Alzándose,  con  pavor)  ¿Eh?          ¡Vos!  ¡vos! 

¡Tilde!         ¿Qué  haces?.  .. .  ¿qué  querés  aquí?.... 

TILDE 

¿  Y  eso  ?  ¿  Qué  quieren  decir  esas  cosas  ? 

ABUELO 

¿  Cuáles  ?  ¿  qué  cosas  ? . , . .  ¡  Vaya,  vaya ! . . . .  ( Fin- 
giendo enojo  de  pronto)  ¿Con  qué  levantada  en- 
toavía ? . . . .  ¡  Vamos,  á  la  cama  prontito ! 

*  TILDE 

(Con  un  reproche)  ¡Abuelito! 

abuelo 

¡Qué  abuelito  ni  qué!          ¡A  la  cama!  ¡Pues 

está  lindo !  Levantada  cuando  sabés ....  ¡  Muy 
lindo !. ...  A  la  cama  ó  me  voy  á  enojar. . . . 

TILDE 

(Dulcemente)  Yo  soy  la  que  me  voy  á  enojar, 
Abuelo .  . .  .  ¿  Qué  quieren  decir  esas  cosas  ?  ¡  Estás 
trabajando,  abuelito! 

ABUELO 

(Turbado,  vencido,  lleno  de  susto,  con  vacila- 
ciones y  tartamudeos )  ¡  Tilde ! . . . .  ¡Mi  querida 
Tilde ! . . .  .  Perdonáme   Yo,  ya  vés   Que- 
ría        Es  natural         ¿Comprendés?  ** 


266 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


TILDE 

¡Estabas  trabajando,  Abuelo!....  (Separa  al 
Abuelo  y  observa  los  útiles). 

ABUELO 

Ya  vés. ...  no  es  nada. . . .  Un  juguete. . . .  Eso, 
eso....  era  un  juguete;  pá  pasar  el  tiempo.... 
No  creás,  Tilde .... 

TILDE 

¿  Y  tú  hacías  esto,  Abuelo  ?  Con  esto  vivimos .... 

*  ABUELO 

Pero  te  digo  que  es  pá  matar  el 

TILDE 


ABUELO 

( Golpeándose  el  pecho )   ¡  Qué  bruto  soy ! . . .  . 

¡  Claro ! .  . . .  Ya  vés,  Tilde         ( Tilde  se  deja  caer 

sentada  en  la  silla  y  llora.  El  Abuelo,  con  rabia, 
tira  los  tientos  al  suelo.  Luego,  se  aproxima  á  Tilde 
amorosamente,  con  aflicción)  ¡Tilde!. . . .  ¡M'hi- 
jita !  perdonáme ....  yo  creí ....  en  fin,  tú  com- 
prendes ....  Mirá,  te  juro ....  Te  juro,  no  lo  haré 
más ....  Perdonáme,  Tilde .... 

*  TILDE 

¡  Pobre  abuelito  mío ! . . . . 


¡  Que  cosa ! 
tiempo .... 

¡Chist!. . . . 


LA  RONDALLA 


267 


ABUELO 

¿Me  perdonás,  no?. .  . .  Yo  lo  hacía  por  bien.  .  .  . 
¿sabes?  Como  no  me  costaba  nada  y  me  entrete- 
nía. ...  yo  creí. . .  .  En  fin,  ya  vés,  te  prometo.  .  .  . 
(Se  alza  y  pasea  iracundo  contra  sí  mismo)  ¡Soy 

un  bruto!  ¡soy  un  bruto!          ¡Dejarme  pillar 

así!....  ¡A  quién  se  le  ocurre!....  (De  pronto, 
se  detiene  y  vé  que  Tilde  ha  sufrido  un  desvaneci- 
miento )  ¿  Tilde  ?  ¿  qué  hay  ?          ¿  qué  tenés  í . . . . 

¡Tilde!....  (Desatentado,  no  sabe  qué  hacer  y  va 
de  un  lado  á  otro)  Agua. ...  un  dotor. . . .  Ma- 
riana ....  ¡  Dios  mío,  Dios  mío ! . . . . 

TILDE 

(Volviendo  en  sí)  Abuelito  

ABUELO 

¡Mi  Tilde  de  mi  alma!  ¿Qué  tenés?  ¿qué  sen- 
tís?  

TILDE 

Nada,  nada ....  Ya  pasó .... 

ABUELO 

¿De  veras?  ¿No  querés  que  llame? 

TILDE 

Nada,  nada  **  Vení  acá,  abuelito   Qui- 
siera ¿sabés?  pedirte  un  favor  


268 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ABUELO 

Sí,  sí ... .  Lo  que  digas,  hijita .... 

*  TILDE 

Escucha   Abuelo,  abuelito  querido....  si 

yo ... .  si  yo  llegara  á  morirme .... 

ABUELO 

¡Tilde!** 

TILDE 

Escuchá. . . .  si  yo  me  muriera....  *mirá.... 
esa  cruz  ¿  sabes  ? . . . . 

ABUELO 

Pero  tú  estás  bien,  Tilde ....  ¿  No  es  verdad  que 
estás  bien  ?  ¿  Te  sentís  algo  ?  

TILDE 

Ha  de  suceder,  abuelito .... 

ABUELO 

Yo  no  quiero,  no  quiero,  m 'hijita. 

TILDE 

Escuchá. . . .  **  me  pondrás  al 
cruz. . . . 

ABUELO 

(D olorosamente)  M 'hijita. . . . 


cuello  aquella 


LA  RONDALLA 


269 


TILDE 

....  aquella  cruz  que  él  me  regaló ....  él ... . 
Pepe. . . . 

ABUELO 

¡  Dios  mío !  ¡  Dios  mío ! 

*  TILDE 

¿Me  lo  prometés,  abuelito? 

ABUELO 

Pero  tú ... .  ** 

TILDE 

¿Me  lo  prometés? 

ABUELO 

Sí,  sí,  mi  vi  dita         Pero  tú  vivirás  

*  TILDE 

Está  en  mi  baúl          en  una  cajita          Es  el 

único  recuerdo  de  él ...  .  Quiero  llevármelo .... 
(El  Abuelo  solloza,  á  sus  pies)  Abuelo,  abuelito.  .  . . 
no  te  aflijás  Yo  te  quiero  mucho  

ABUELO 

Mi  pobre  hijita  

TILDE 

Vamos;   no   es   nada          Ya   estoy  bien  

¿  Vés  ? . . . .   Levantáte,  abuelito ....   Ya  pasó  


270 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


Me  ha  hecho  bien  pedirte  eso ....  ¿  Sabés  ?  Te- 
nía. . . .  tenía  vergüenza.  .  . .  Ahora  estoy  con- 
tenta. ..  ¡Qué  bueno  sos,  abuelito ! . .  . .  ¿Ver- 
dad, que  sos  bueno  ? . . . .  Mirá,  ahora  me  atrevo  á 
todo ....  ¡  Soy  tan  feliz ;  me  siento  tan  bien ! . . .  . 
¿  Querés  traerme  la  crucecita  ?.....  En  el  baúl,  en 
el  fondo. ...  (El  Abuelo  sale  lentamente,  moviendo 
la  cabeza). 

ESCENA  VIII 
Tilde,  sola 

TILDE 

( Al  quedar  sola,  permanece  por  un  instante  con  los 
ojos  fijos  en  la  puerta  por  la  cual  desapareció  el 
Abuelo.  Luego  murmura)  ¡Pobre  Abuelo!. . . .  ¡Tan 
viejito,  tan  bueno!....  (Meditando  tristemente) 
¿Qué  será  de  él  cuando  yo.  .  . .  (Queda  de  pronto, 
silenciosa,  abstraída  en  el  horrible  pensamiento. 
Después  de  una  pausa,  pasándose  la  mano  por  la 
frente)  Morir....  dejar  todo  esto....  todo.... 
(Mirando  alrededor,  con  extravío)  No  ver  más  la 
luz ....  nada ....  nada  de  esto ....  ( Llena  de  sú- 
bito terror,  cruzando  los  brazos  sobre  el  pecho  como 
para  defenderse  á  sí  misma)  ¡  Dios  mío !  ¡  Dios  mío !.... 
(Poco  á  poco  el  miedo  la  abandona  y  otros  pensa- 
mientos la  dominan )  ¿  Y  él  ?  ¿  qué  hará  ¿  Qué 
dirá  cuando  sepa?. . . .  (Pausa)  ¡Y  yo  que  tanto  le 


LA  RONDALLA 


271 


quería!....  (Se  deja  caer  en  una  silla  y  llora  si- 
lenciosamente. Larga  pausa.  De  pronto,  muy  lejos, 
en  el  silencio  de  lar  noche,  debilitados  por  la  distan- 
cia, se  oyen  los  sones  de  la  rondalla  de  í(La  Dolo- 
res". Al  principio  Tilde  no  la  advierte;  pero,  brus- 
camente, al  percibirla,  se  pone  en  pie  y  escucha 
vibrante  y  estremecida)  Allá....  lejos....  (Reco- 
nociendo la  música,  con  alegría)  Sí....  sí.... 
es ... .  ¡  es  la  rondalla ! . . . .  ( Avanzando  con  inse- 
guros pasos  hacia  la  ventana,  con  un  vislumbre  de 
esperanza )  ¡  Él ! . . . .  ¡Es  él ! . . . .  ¡  Viene ! . . . .  ( Es- 
cucha, inclinando  todo  el  cuerpo,  comprimiendo 
los  latidos  de  su  corazón,  la  música  que  au- 
menta un  poco  en  intensidad)  ¡Pepe!....  ¡Mi 

Pepe!          ¡Dios  mío!  ¡Dios  mío!   (Escucha 

aún;  pero  la  música  se  debilita  otra  vez,  llevada  por 
el  viento,  en  el  misterio  de  la  noche.  Con  voz  angus- 
tiada) ¡  Se  va ! . . . .  ¡se  va!. . . .  ¡ Pepe ! . . . .  ¡se  va, 
Dios  mío ! . . . .  ¡  Es  á  ella ;  es  por  ella ! . . . .  ( Tamba- 
leando, se  aproxima  al  sillón,  en  cuyo  respaldo  se 
afirma.  Por  un  instante  la  música  parece  apro- 
ximarse nuevamente.  Entonces,  Tilde,  reanimada 
otra  vez,  balbucea)  ¡  No !  ¡  no ! . . . .  ¡  Viene !  ¡  viene !.... 
(La  música  se  ahoga,  se  apaga,  se  extravía  en  la 
noche.  Hay  un  silencio  espantoso.  Y  entonces  Tilde, 
derrumbándose  en  el  sillón,  ocultando  el  llanto  en- 
tre las  manos,  exclama  con  amargura  infinita) 
¡Se  fué!....  (Pausa.  Bruscamente  un  acceso  de 
tos  y  un  ahogo  la  convulsionan.  Los  ojos  vidrio- 
sos, fijos,  denuncian  el  horror  de  la  muerte.  Sus 


272 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


manos  exangües  tratan  de  desprender,  de  reven- 
tar el  cuello  de  la  bata,  porque  la  respiración  le 
falta )  ¡  Aire ! . . . .  ]  aire ! . . . .  ¡  abuelito ! . . . .  ( Con 
voz  cada  vez  más  opaca,  trabajosa,  á  medida  que 
la  muerte  la  envuelve )  ¡  Me  muero ! . , . .  ¡  aire ! . . . . 
me....  mué....  abue....  abue....  (De  pronto, 
queda  inmóvil,  inclinada  la  cabeza  sobre  un  hom- 
bro, como  dormida,  —  muerta). 

ESCENA  IX 
Tilde;  el  Abuelo 
abuelo 

(Entrando,  tras  breves  instantes,  con  una  pe- 
queña cruz  en  la  mano;  regocijadísimo)  ¡La  encon- 
tré! ¡la  encontré!  ¿Creías  que  no  iba  á  hallarla1? 
Pues  aquí  está ....  ( Mirando  á  Tilde )  ¿  Qué  ?  ¿  qué 
hay?  (Con  creciente  espanto)  ¡Tilde!....  ¡m'hi- 
jita!. ...  ¡Mi  Tilde!. ...  (Y  en  su  dolor  inmenso, 
la  llama  entre  sollozos,  la  abraza  frenéticamente, 
la  sacude  enloquecido,  cual  si  quisiera  despertarla 
del  sueño  inmenso,  del  cual  no  se  despierta). 


FIN  DEL  DRAMA 


EL  BAILE  DE  MISIA  GOYA 


Humorada  en  un  acto, 
escrita  expresamente  para  el  beneficio 
de  la  notable  característica  señora  Orfilia  Rico,  y  estrenada 
la  noche  del  6  de  Noviembre  de  1908  en  el 
Teatro  Politeama  de  Montevideo. 


18.- T.  II. 


REPARTO 


Misia  Goya  52  años     Sra.  Orfilia  Rico. 

Pura  26  »    »    A.  Ghio. 

Aquilina  24  »    »     A.  Arguelles. 

Isidora  30  »   Sta.  C.  Galván. 

Manuela  20  »    »    N.  N. 

Rupbrta  23  »    »    N.  N. 

Venancio  55  »    Sr.  A.  Cuartucci. 

Senén  45  »    »    J.  Petray. 

Dionisio  30  »    »    J.  Escarcela. 

Serapio  25  »    »    E.  Alippi. 

Secundino  35  »    »    M.  Gutiérrez. 

Baldomero  30  »    »    J.  D.  Cañada. 

Pablo  25  »    »   D.  Figueroa. 

Antoñito  12  »    »    J.  Mujica. 

Doroteo    »    A.  Ciricione. 

María    Sra.  N.  N. 

Un  guardia  civil    Sr.  V.  Bondesio. 


La  acción  en  nuestros  días 


EL  BAILE  DE  MISIA  GOYA 


ACTO  ÚNICO 


Es  una  habitación  en  casa  de  Misia  Goya  que  dragonea 
de  salita  y  que  casi  casi  parece  un  cambalache.  Muebles  vie- 
jos y  raídos,  disimulando  su  pobre  figura  con  fundas  blan- 
cas. Adornos  caseros  por  todas  partes:  mesitas  hechas  con 
carreteles,  bordeadas  con  pajillas  y  semillas  de  eucaliptos; 
cuadritos  de  familia  con  marcos  de  peluche  barato;  carpetas 
de  crochet,  —  todas  las  baratijas  de  la  industria  casera  de 
hace  medio  siglo.  En  una  especie  de  consola  negra  — que 
habrá  sobre  la  pared  del  foro  —  mayólicas  de  almacén,  esta- 
tuas de  ferretería,  una  licorera  en  colores  que  alguna  vez, 
hace  bastante  tiempo,  tocaba  una  música,  y  otras  varias 
porquerías  de  ese  porte.  Sobre  la  consola,  un  espejo  que 
va  perdiendo  el  azogue,  de  pura  rabia.  Un  retrato,  al  lápiz, 
de  Misia  Goya  cuando  era  joven:  se  parece  á  ella  porque 
así  lo  declara  el  dueño  de  casa.  Haciéndole  pendant  un 
cromo  chillón  de  San  Antonio.  El  sofá  es  de  crin  negra  y 
da  chuchos  de  frío  sólo  el  mirarlo;  delante  de  él,  en  el 
suelo,  algo  que  dragonea  de  alfombra.  Del  techo,  cuelga 
una  lámpara  á  kerosene. 

Puerta  al  foro  y  laterales.  Derecha  ó  izquierda,  las  del 
actor. 


276 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ESCENA  PRIMERA 
Pura  y  Venancio 

(Al  levantarse  el  telón,  Venancio,  sentado  cerca 
del  foro,  luce  sus  habilidades  construyendo  una 
pajarera.  Pura,  plumero  en  mano,  pone  orden  en 
los  chirimbolos  de  la  sólita,  quitándoles  el  polvo). 

PURA 

( Canturreando )  ' '  Yo  tenía  un  rancho,  vidalita  — 
lleno  de  alegría  —  cuando  en  él  moraba,  vidalita  — 
la  calandria  mía ".  —  ( Pausa.  Luego,  por  variar 
sin  duda,  repite  la  misma  copla)  "Yo  tenía  un  ran- 
cho, vidalita  —  lleno  de  alegría  —  cuando  en  él...." 
(Be  pronto,  al  reparar  que  uno  de  los  muñecos  que 
hay  sobre  la  consola  tiene  rota  la  cabeza,  se  inte- 
rrumpe y  exclama  con  un  gran  gesto  de  estupor): 
¡Ave  María  Purísima!  ¡Otra  estatua  rota!  (La  ob- 
serva detenidamente,  con  pena.  Venancio  sigue  im- 
pasible su  trabajo.  Después  de  una  pausa)  ¡Qué 
desgracia!  ¡Un  adorno  tan  bonito  para  la  sala! 
¿Usted  ha  visto  esto,  tata?  (El  otro  ni  pestañea) 
No,  si  es  lo  que  yo  digo:  nos  vamos  á  quedar  sin 
un  adorno.  Dentro  de  poco  va  á  parecer  nuestra 
sala  el  desierto  de  Sara.  (Pausa.  Buscando  sobre  la 
consola)  ¿Dónde  estará  la  cabeza?  (Pausa.  Volvién- 
dose hacia  su  padre)  ¿Y  usted  no  dice  nada?  ¿No 
vé  este  muñeco  sin  cabeza? 


EL  BAILE  DE  MISIA  GOTA 


277 


VENANCIO 

( Sin  alzar  la  suya,  con  flema)  Parece  un  miembro 
de  la  familia. 

PURA 

¡Ah,  muy  lindo!  ¿Es  eso  todo  lo  que  se  le  ocu- 
rre? ¿Quiere  decir  que  aquí  somos  todos  unos  lo- 
cos? (Pausa)  Hable,  pues;  conteste. 

VENANCIO 

Dejáme  trabajar. 

PURA 

¡Muy  bonito;  pero  muy  bonito!  ¡Una  estatua 
que  era  un  recuerdo  de  tía  Mercedes! 

VENANCIO 

Otra  pobrecita  sin  cabeza,  tu  tía  Mercedes. 

PURA 

¡Cállese  usted,  tata!  Debía  tener  más  cuidado 
cuando  habla  de  la  finada. 

VENANCIO 

Tienes  razón,  hija.  Dios  se  la  ha  llevado :  Dios 
sabe  lo  que  hace.  No  digo  más  nada.  Dejáme  tra- 
bajar. 

PURA 

(Volviendo  al  muñeco)  Pero,  ¿quién  habrá  sido 


278 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


el  facineroso  que  me  ha  roto  la  estatua?  (Mirando 
á  su  padre)  ¿De  seguro  es  Antoñito? 

VENANCIO 

( Indiferente )  Antoñito  ha  de  ser .... 

PURA 

¡Ah!  ¿Ha  sido  Antoñito?  ¿Y  quién  lo  mete  á 
tocar  las  cosas  de  la  sala  al  mocoso  ese  ? ... . 

VENANCIO 

Digo,  yo  no  sé;  se  me  ocurre  que  es  Antoñito, 
porque  siempre  anda  metiendo  la  nariz  en  todo. 
En  eso  se  parece  á  tu  madre  . . . . 

pura 

Pues  usted  es  el  que  tiene  la  culpa .... 

VENANCIO 

¿  Qué  yo  tengo  la  culpa  de  que  tu  madre  se  meta 
en  todo? 

pura 

De  que  Antoñito  sea  un  bandido.  Cómo  siempre 
lo  apoya  al  mocoso  ese  y  le  festeja  sus  gracias. 

VENANCIO 

¿Qué  quieres,  Purita?  El  chico,  á  pesar  de  sus 
diabluras,  es  el  único  tipo  entretenido  de  la  casa. 


EL  BAILE  DE  MISIA  GOYA 


279 


PURA 

( Rabiando )  \  Ah,  ah !  ¡  Entretenido ! 

VENANCIO 

¡  Claro,  hija!  Porque  tú,  tu  hermana  y  mi 
mujer. . . . 

pura 

¿Somos  unos  funerales,  verdad? 

VENANCIO 

Funerales,  no;  pero  velorios.... 

PURA 

( Exasperada )  ¡  Tata ! 

VENANCIO 

Así  es  que  el  chico  me  divierte.  ¿Qué  le  vamos 
á  hacer?  ¿Que  te  rompe  los  chirimbolos  de  la 
sala?  ¿Y  qué?  Aquí,  todo  el  mundo  rompe  algo: 
tu  hermana  nos  rompe  el  tímpano  cantando  la 
"Stella  confidente";  tu  madre  me  ha  roto  la  pa- 
ciencia hace  mucho  tiempo. . .  . 

PURA 


Eso  es;  critique  á  la  pobre  máma,  que  se  des- 
hace por  nosotros.  Bien  dice  ella  que  usted  nunca 
la  ha  comprendido. 


280 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


VENANCIO 

¿Vés?  Eso  debe  ser.  Porque  no  la  comprendo,  es 
por  lo  que,  sin  duda,  me  grita  siempre  

PURA 

Grita,  cuando  tiene  que  gritar.  Bastante  buena 
que  es  máma. .  . .  Pero  la  cosa  no  es  esa.  Ese  An- 
toñito .... 

VENANCIO 

Déjalo  á  Antoñito  en  paz,  muchacha. . . . 

PURA 

Eso  es  lo  que  usted  quisiera:  que  lo  dejara  en 
paz,  para  que  el  mocoso  ese  se  burlara  de  nosotras. 
¡Ah!  ¡eso  no!  Esta  me  la  tiene  que  pagar.... 
Pero,  es  en  balde.  Hasta  que  no  le  rompa  una  pata, 
no  va  á  andar  derecho .... 

VENANCIO 

Pero,  hija!  Si  le  rompes  una  pata,  ¿cómo  quie- 
res que  el  muchacho  ande  derecho? 

PURA 

Sí,  hágase  usted  el  gracioso.  Así  es  como  Anto- 
ñito no  respeta  ya  á  nadie.  ¿  A  qué  no  conoce  usted 
su  última  gracia? 


EL  BAILE  DE  MISIA  GOYA 


281 


VENANCIO 

(Saliendo  de  su  apatía)  ¿Ha  hecho  otra?  A 
ver. . . .  contá. . . . 

PURA 

Le  ha  dado  por  llamar  "la  vieja"  á  máma. 

VENANCIO 

La  verdad  es  que  tu  madre  no  es  muy  joven  que 
digamos. 

PURA 

¿Es  muy  bonito,  no  es  verdad? 

VENANCIO 

No:  bonito,  no  es;  pero  verdad,  ya  lo  creo  que 
lo  es ... . 

PURA 

¡Tata! 

VENANCIO 

¿Qué  se  te  ofrece? 

PURA 

No,  nada  Mire,  mejor  es  que  se  vaya  á  con- 
cluir su  pajarera  al  patio. . . . 


282 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ESCENA  II 
Dichos,  Aquilina 

aquilina 

(Vestida  ya  para  la  fiesta,  con  un  gran  lazo  en 
la  mano )  Ché,  Pura ;  á  ver  si  me  hacés  un  lindo  lazo 
aquí  atrás .... 

PURA 

Traé.  (Empieza  á  hacerle  el  lazo)  ¿Y  máma, 
dónde  está? 

AQUILINA 

Peleando  con  los  pasteles.  Dice  que  la  grasa  que 
le  vendió  el  almacenero  es  una  porquería. 

VENANCIO 

Todo  lo  que  vende  Serapio  es  una  porquería. 

AQUILINA 

(Reparando  en  Venancio)  Pero,  ¡tata!  ¿Tiene  el 
coraje  de  trabajar  aquí  en  la  sala? 

VENANCIO 

(Para  sí)  Esta  es  la  que  faltaba! 

PURA 

Se  lo  acabo  de  decir  en  este  momento. 


EL  BAILE  DE  MISIA  GOYA 


283 


.  AQUILINA 

Que  venga  máma  y  ya  va  á  ver  la  pelotera  que 
se  arma. 

VENANCIO 

Bueno,  se  acabó.  Me  voy  á  otro  lado.  (Reco- 
giendo sus  bártulos)  Así  me  dejarán  tranquilo. 
¡Vaya  un  mundo  por  una  jaula!  (Medio  mutis). 

aquilina 

¿  Y  esos  alambres  que  deja  en  el  suelo  ?  ¿  Son  para 
adorno,  no? 

VENANCIO 

(Volviendo  á  recoger  el  alambre)  ¡Dále!. .  . .  Un 
alambre.  ...  un  alambre.  ...  (Lo  recoge)  En  fin, 
todo   sea   por   Dios....    (Mientras   se    va  por 

la  izquierda)  Igualitas,  igualitas  á  su  madre  

(Mutis). 

ESCENA  III 
Pura  y  Aquilina 

pura 

(Concluyendo  la  moña)  Bueno;  ya  está  tu  lazo. 
aquilina 

(Mirándose  en  el  espejo  de  la  consola)  Me  sienta 
bien;  ¿verdad?  Así  llevaba  uno  los  otros  días  en 
el  Parque  Urbano  la  rubia  de  Panidatti. 


284 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


PURA 

\  Calláte,  con  esa  guisa !  Parece  un  palo  vestido. 

AQUILINA 

¿Porque  es  flaca?  Hija,  ahora  se  usan  las  ña- 
cas. Y  después,  no  creas:  se  arregla  muy  bien  los 
sombreros.  Acordáte  de  la  capota  aquella  del  ve- 
rano pasado  

pura 

Sí ;  parecía  un  carruaje  descubierto.  ¡  Salí  de  ái ! 

AQUILINA 

Ché,  ¿y  vos  no  acabás  de  vestirte  para  el  baile? 
Mirá  que  es  tarde. 

pura 

Yo  me  arreglo  en  un  momento.  Para  lo  que  tengo 
que  lucir  

AQUILINA 

¿No  vendrá  Dionisio? 

PURA 

¿Y  á  mí  que  me  importa  el  tipo  ese?  Ya  te  he 
dicho  que  no  quiero  saber  más  nada  con  él. 

aquilina 
Zonceras  de  ustedes. 


EL  BAILE  DE  MISIA  GOYA 


285 


PURA 

Sí,  zonceras.  ¿  Te  parece  decente  la  jugarreta  que 
me  ha  hecho? 

AQUILINA 

¡  Bah !  Por  ir  á  un  baile  sin  tu  permiso ....  Mira, 
cuando  yo  tenga  novio,  no  le  privaré  los  bailes. . . . 
¡  Lo  mismo  ha  de  ir ! . . . . 

PURA 

No  es  eso  sólo.  Es  que  según  me  contó  don  Senén, 
toda  la  noche  estuvo  de  temporada  con  Isidora. 

aquilina 

¡Hacéle  caso  á  don  Senén!  Bien  dice  mama  que 
es  más  enredador  que  capataza  de  conventillo. 

PURA 

Es  que  no  es  don  Senén  sólo;  todo  el  mundo  los 
ha  visto  de  dragoneo  corrido.  Y  yo,  —  ¿  me  enten- 
dés  f  —  no  soy  juguete  de  nadie ;  y  de  mí  no  va  á 
reirse  el  sinvergüenza  ese ... .  ¡  Con  Isidora !  ¡  Te 
aseguro  que  el  tal  Dionisio  ha  tenido  buen  gusto! 
¡Una  pecosa  que  tiene  la  cara  como  una  espuma- 
dera! 

aquilina 

¿Y  la  boca,  ché?  Con  aquel  diente  negro,  como 
si  la  niña  fumara. ...  La  verdad  que  los  hombres 
tienen  unos  gustos  á  veces  


286 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


PURA 

Dejáme,  que  él  también  cuando  se  peina  de 
raya  al  medio. . . . 

aquilina 

No,  eso  no.  Dionisio  es  muy  buen  mozo.  No  sal- 
gás  ahora,  porque  te  ha  dejado. .  .  . 

PURA 

Ché,  ché ....  Más  despacio ....  El  que  lo  ha  de- 
jado, soy  yo  

AQUILINA 

¡No  embromes! 

pura 

¡  Aquilina ! 

AQUILINA 

Bueno,  como  quieras .  .  .  .  ¡  Por  lo  que  á  mí  se  me 
importa!  (Transición)  ¿Dónde  estará  Antoñito? 
(Llamando)  \  Antoñito !  ¡  Antoñito !  (A  Pura)  Voy 
á  mandarlo  á  lo  de  Manuela. . . . 

PURA 

¿Para  qué? 


EL  BAILE  DE  MISIA  GOYA 


287 


ESCENA  IV 
Dichos,  Antoñito 

ANTOÑITO 

Aquí  estoy.  ¿Qué  quieren? 

AQUILINA 

Mirá.  Vas  á  irte  en  una  corridita  hasta  lo  de 
Manuela. . . . 

ANTOÑITO 

(Protestando)  ¡Oh,  yo  no  puedo!  La  vieja  me 
mandó  barrer  la  escalera. 

PURA 

¿A  quién  llamás  vieja,  vos?  ¿No  sabés  el  nombre 
de  máma? 

ANTOÑITO 

Bueno,  Misia  Goya.  ¡Ni  que  fuera  la  mujer  del 
Presidente ! 

PURA 

(Golpeándolo)  ¡Yo  te  voy  á  dar,  sinvergüenza! 

ANTOÑITO 

¡No  me  pegue,  sabe  que  más? 


288 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


PURA 

¡  Yo  te  voy  á  dar !  ¿  Cómo  me  rompiste  la  estatua 
de  la  consola?  ¿Fuiste  tú,  verdad? 

ANTOÑITO 

Fui  yo,  ¿y  qué?  A  cualquiera  se  le  puede  caer 
una  cosa  de  las  manos.  ¡Por  lindo  que  era  ese  ma- 
marracho con  una  pata  así,  en  el  aire!  (Remeda, 

alzando  hacia  atrás  una  pierna  y  echando  un  brazo 
al  aire,  la  actitud  del  muñeco). 

PURA 

(A  Aquilina)  ¿Pero  lo  óis?  ¿lo  óis?  (A  Antoñito, 
que  le  hace  muecas,  rehuyéndola)  ¡Te  voy  á  arañar 
los  ojos,  canalla! 

ANTOÑITO 

¡  Tocá  fierro !  ¡  tocá  fierro ! . . . . 

AQUILINA 

(Interviniendo)  Dejálo,  Pura.  (A  Antoñito)  Es- 
cuchá,  vos .... 

ANTOÑITO 

Tengo  que  barrer  la  escalera. . . . 

AQUILINA 

(Cogiéndolo  por  un  brazo)  Pero,  ói,  condenado. 
Te  voy  á  regalar  un  cigarrillo  


EL  BAILE  DE  MISIA  GOYA  289 


ANTOÑITO 

(Tendiendo  la  mano)  Aflojá,  pues. . . . 

AQUILINA 

Luego  se  lo  saco  á  papá  y  te  lo  doy  

ANTOÑITO 

Entonces,  ché,  ya  que  te  salen  tan  baratos,  sacále 
dos  en  lugar  de  uno .... 

AQUILINA 

Bueno.  Vas  á  ir  á  lo  de  Manuela  y  le  decís  que 
digo  yo  si  puede  hacerme  el  favor  de  prestarme  dos 
bucles. 

ANTOÑITO 

¿Dos  bucles? 

AQUILINA 

Sí.  No  vayas  á  equivocarte. 

ANTOÑITO 

¿Qué  hacés,  bucles? 

AQUILINA 

Andá  y  no  te  entretengas. 

ANTOÑITO 

(Mientras  sale  por  el  foro)  Mirála  á  esta  con 
bucles . . . .  ¡  Hacéme  el  favor ! . . . . 

19.— T.  II. 


290 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ESCENA  V 
Pura,  Aquilina;  luego  Misia  Goya 
pura 

¿Y  no  tenés  tus  bucles? 

AQUILINA 

Así  tengo  dos  más.  Es  por  darle  rabia  á  la  Isi- 
dora, si  viene. 

PURA 

¡  No  va  á  venir !  Esa,  con  tal  de  verme  la  cara .... 

AQUILINA 

Pues  yo  la  recibiría  como  si  tal  cosa. 

PURA 

i  No,  y  si  no !  ¡  Por  lo  que  se  me  importa  de  Dio- 
nisio! Prefiero  al  hijo  del  almacenero. . . . 

AQUILINA 

¿  Al  hijo  del  almacenero  ?  ¿  A  Serapio  ?  ¡  Ja,  ja,  ja ! 
pura 

¿  Qué  tiene  ?  Vale  tanto  como  el  otro. 

AQUILINA 

¡No  embromes,  ché!  Decí  que  lo  atendés  de 
rabia  


EL  BAILE  DE  MISIA  GOYA 


291 


PURA 

No  seas  pava.  Serapio  es  bastante  fino. 

MISIA  GOYA 

(Saliendo,  por  la  derecha)  Sí,  como  los  fideos  que 
vende  el  padre.  ¿Ya  están  hablando  de  ese  espanta- 
pájaros? 

aquilina 

(Por  Pura)  Esta,  quiere  hacerme  creer  que  lo 
quiere 

PURA 

(Enojada)  Y  lo  quiero;  ¿qué  hay  con  eso?  ¿No 
lo  puedo  querer? 

MISIA  GOYA 

¿  Y  cómo  te  vá  ?  ¡  Tan  lindo  que  es  el  mozo,  con 
aquellos  ojos  saltados,  que  parecen  dos  huevos  du- 
ros ! . . . . 

PURA 

Es  como  es ;  y  á  mí  me  gusta,  y  basta.  ¿  Usted  no 
es  la  que  se  va  á  casar  con  él,  verdad? 

MISIA  GOYA 

¿Yo?  ¡Dios  me  libre!  Preferiría  romperme  una 
pata. 

AQUILINA 

¡Con  ese  pelo  enrulado,  como  un  carnero! 


292 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


PURA 

Ustedes  porque  le  tienen  rabia ;  pero  á  mí,  aunque 
no  me  gustara,  de  verlo  tan  bueno,  me  gustaría. . . . 

misia  goya 

Sí,  hi jita,  sí ... .  A  mí,  también,  me  gustaría .... 
(como  para  sí)  verlo  en  una  lata  de  sardinas.  (Se- 
ria) ¡Vaya!  Andá  á  acabar  de  vestirte,  que  pronto 
han  de  cáir  los  convidados.  Y  no  me  andés  con  re- 
milgos, que  hoy  es  el  día  de  mi  santo  y  no  quiero 
hacerme  mala  sangre.  A  reírse  todo  el  mundo,  y  á 
bailar,  que  para  eso  damos  este  baile ....  ( Mutis 
de  Pura)  Ché,  Aquilina,  ¿dónde  está  tu  padre? 

aquilina 

Por  ái,  haciendo  una  jaula. 

MISIA  GOYA 

( Alzando  los  brazos  al  cielo)  \  Haciendo  una  jaula ! 
¡  En  un  día  como  el  de  hoy !  Andá  á  llamarlo. 
(Mutis  de  Aquilina). 


ESCENA  VI 
Misia  Goya,  Senén;  luego  Venancio 
misia  goya 

(Huroneándolo  todo,  para  ver  si  ello  está  en  or- 
den) Este  Venancio  debe  haberse  caído  de  la  cuna 


EL  BAILE  DE  MIS1A  GOYA 


293 


cuando  era  chico.  En  mi  vida  he  visto  un  zonzo 
más  grande.  No;  v  la  verdad  es  que  no  sé  á  quién 
sale  así.  En  su  familia  ha  habido  un  poco  de  todo ; 
pero  zonzos,  ninguno.  Para  mi  gusto  que  la  finada 
mi  suegra,  tuvo  algún  antojo:  de  andar  en  burro, 
por  ejemplo. 

SENÉN 

( Por  el  foro )  Santas  y  buenas  tardes,  Misia  Goya. 

MISIA  GOYA 

¡Hola!  ¿Es  usted,  don  Senén?  ¿Qué  anda  ha- 
ciendo ? 

SENÉN 

¡  Pse !  estaba  aburrido  y  cansado  en  casa ;  no  sa- 
bía lo  que  hacer ;  entonces  me  dije ... . 

MISIA  GOYA 

¿  Voy  á  cansar  un  poco  á  los  vecinos,  no  es  eso  ? 

SENÉN 

i  Je>  3e>  je  I  i  Qué"  Misia  Goya  esta !  Siempre  con 
bromitas,  ¿eh?  ¿Me  figuro  que  no  molesto? 

MISIA  GOYA 

Hace  mal  en  figurárselo,  don  Senén.  Hoy  estamos 
de  baile  y  nos  queda  poco  tiempo  para  concluir  los 
arreglos.  Dentro  de  un  rato,  empezará  á  llegar  la 
gente  


294 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


SENÉN 

¡Je,  je,  je!  ¿De  modo  que  no  podría  hacer  algo 
útil?  

MISIA  GOYA 

Irse,  si  le  parece .... 

SENÉN 

¡Vaya,  vaya!  Tiene  gracia;  mucha  gracia.  Siem- 
pre lo  he  dicho:  esta  Misia  Goya  es  la  señora  más 
graciosa  que  he  conocido.  ¡Je,  je,  je!  (Pausa.  Misia 
Goya  no  le  hace  caso,  para  ver  si  se  va;  pero,  el 
hombre  sigue  en  sus  trece,  como  un  asno)  ¡Vaya, 
vaya!  ¿Y  las  niñas?  (Nuevo  silencio.  Al  fin,  viendo 
que  no  le  contestan,  toma  su  partido  y  se  habla 
solo)  ¡Ah,  ya!  ¿Estarán  dentro?  Me  lo  había  ima- 
ginado. ¡Qué  Misia  Goya  esta!  (Pausa)  ¡Vaya, 
vaya!  ¿Y  Dionisio  no  ha  andado  por  acá?  (Pausa) 
¿  No  ?  Perfectamente ....  perfectamente ....  Por 
donde  va  ahora  es  por  lo  de  Isidora ....  ¡  Qué  dia- 
blo de  muchacho !  ¡Je,  je !  Parece  que  los  dos  se 
entienden  á  las  mil  maravillas.  ¡  Cosas  de  mucha- 
chos ! . . . . 

VENANCIO 

¿  Llamabas,  Goya  ?  ¡  Hola  don  Senén ! 

misia  goya 

Hace  una  hora  que  te  mandé  llamar.  ...  Si  no 
fuera  por  don  Senén,  que  tiene  una  conversación 
tan  entretenida. . . . 


EL  BAILE  DE  MISIA  GOYA 


295 


SENÉN 

Es  usted  muy  buena,  Misia  Goya .... 

MISIA  goya 

No.  Buena,  no  soy;  pero  tengo  educación.  Si  no 
la  tuviera,  ya  habría  agarrado  un  palo. . . . 

VENANCIO 

(Con  soma)  ¿Para  mí  ó  para  don  Senén? 
MISIA  goya 

¡Para  el  demonio!  Hacéme  el  favor  de  no  ha- 
certe el  gracioso  conmigo .... 

VENANCIO 

Bueno,  Goyita,  bueno.  No  hay  por  qué  gritar 
tanto  

MISIA  GOYA 

Gritaré  si  me  da  la  gana. 

VENANCIO 

Así  me  gusta.  Cuando  se  tienen  ganas  de  una 
cosa  ¿No  es  verdad,  don  Senén? 

SENÉN 

¡  Je,  je!  Tiene  usted  razón,  don  Venancio  

MISIA  goya 

(A  don  Senéu)  ¿Y  á  usted  quién  le  da  vela  en 
este  entierro? 


296 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


SENÉN 

¿Yo?  ¿yo?  ¿Es  á  mí  

MISIA  GOYA 

No ;  es  al  obispo ....  (A  Venancio )  Bueno,  y  vos, 
¿qué  aguardás  para  encender  esa  lámpara? 

VENANCIO 

¡Ah!  ¿tengo  que  encender  la  lámpara? 

MISIA  GOYA 

(Remedándolo)  ¿Tengo  que  encender  la  lámpara? 
(Grave)  ¿No  sabés  que  tenés  que  encender  la  lám- 
para? 

VENANCIO 

Ya  lo  vé,  don  Senén ....  Cásese,  cásese .... 

SENÉN 

Yo ... .  la  verdad ....  si ... .  la  verdad .... 

MISIA  GOYA 

( A  Venancio )  Ché,  ché,  ché . . . .  ¿  qué  querés  de- 
cir con  eso  ? .  .  .  .  ¿  qué  te  f igurás  ? .  .  .  .  ¿  quién  sós 
vos,  ché? 

VENANCIO 

(Mientras  arregla  una  silla  y  se  dispone  á  encen- 
der la  lámpara  que  cuelga  del  techo)  ¿Yo?  ¿quién 
soy?  Yo,  por  ahora,  soy  tu  marido. 


EL  BAILE  DE  MISIA  GOYA 


297 


MISIA  GOYA 

(Irónicamente)  ¡Yo  soy  tu  marido!  ¡Ahí  están 
los  hombres  retratados  de  cuerpo  entero!  ¡Echáte 
p 'atrás,  marido!  ¿Y  vos  que  te  figurás,  ché,  que 
es  un  marido,  vamos  á  ver? 

SEÑEN 

¡  Ah,  ah !  Muy  bien,  muy  bien  

VENANCIO 

(Trepándose  á  la  silla)  Un  marido  es  el  que 
manda. 

MISIA  GOYA 

(Irónicamente)  ¿No  digás,  ché? 

VENANCIO 

Claro:  es  el  jefe  de  la  familia;  el  sostén  de  un 
hogar;  el  protector  de  los  suyos  

MISIA  GOYA 

Seguí,  ché.  Me  vas  interesando. 

VENANCIO 

(Encendiendo  la  lámpara)  Y  es  el  que  lleva  los 
pantalones,  vaya! 

MISIA  GOYA 

(Regocijada)  ¡Mirá!  ¡El  que  lleva  los  pantalo- 
nes! ¿Y  nada  más ?  Pero,  Venancio,  ¡ si  parece  men- 


298 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


tira  la  cantidad  de  cosas  que  has  aprendido  en  el 
colegio?  Decíme,  che:  y  con  todo  eso  dentro  de  la 
cabeza  ¿no  te  sentís  pesado? 

SENÉN 

¡  Ah,  ah !  Muy  bien,  muy  bien .... 

VENANCIO 

No  seas  tarambana,  Goya. 

MISIA  GOYA 

i  Pobre  Venancio !  ¿  Con  que  el  que  lleva  los  pan- 
talones, no?  En  la  calle,  puede  ser,  porque  si  no  lo 
llevan  preso ;  pero,  en  su  casa ....  Mirá :  entre  casa, 
quien  suele  llevarlos  es  la  mujer. . . . 

VENANCIO 

(Descendiendo  de  la  silla,  con  flema)  A  algunas 
han  de  quedarles  un  poco  estrechos,  no? 

MISIA  GOYA 

Cuestión  de  estatura,  ché.  Pero  la  verdad  es  que 
hay  cada  sargentona  que  con  sólo  los  ojos  lo  deja 
tieso  al  marido.  Acordáte  de  Micaela,  la  de  tu  amigo 
Flores.  Hasta  para  estornudar  tenía  que  sacar  per- 
miso el  pobre.  ¿No  es  verdad,  don  Senén? 

SENÉN 

Yo,  la  verdad,  Misia  Goya,  no  sé  


EL  BAILE  DE  MISIA  GOYA 


299 


MISIA  GOYA 

Sí,  es  verdad;  usted  no  sabe  nada.  (Be  súbito) 
¿  Y  usted  por  qué  no  se  ha  casado,  don  Senén  ? 

SENÉN 

¿Yo?  ¿yo?  En  fin  le  diré  Usted  Us- 
ted conoce  el  refrán. . . . 

MISIA  GOYA 

¡  Ah,  ya !  El  buey  solo  bien  se  lame .... 

SENÉN 

No,  no. . . .  No  es  el  del  buey. ...  Es  aquel  otro 
que  dice:  "Casado  y  arrepentido"....  ¿me  en- 
tiende ? 

MISIA  GOYA 

¡  Qué  voy  á  entender,  hombre  de  Dios,  si  todavía 
no  he  visto  ningún  arrepentido !  A  gatitas  se  queda 
un  hombre  viudo,  ya  está  pensando  en  ayuntarse 
otra  vez. . . . 

VENANCIO 

Sí,  los  hombres  son  muy  brutos. . . . 

MISIA  GOYA 

¿  No  es  cierto  ?  Y  tú,  Venancio,  si  yo  te  faltara .... 

VENANCIO 

(Alarmado)  ¿Cómo,  faltara? 


300 


VÍCTOR  PÉREZ  PET1T 


MISIA  GOYA 

Quiero  decir,  si  me  muriera .... 

VENANCIO 

¡  Caramba,  mujer,  me  habías  asustado ! 

MISIA  GOYA 

¿Te  volverías  á  casar? 


VENANCIO 

¿Contigo?  ¡Dios  me  libre!  Ni  aunque  fuera  tan 
zonzo  como  Serapio .... 

ESCENA  VII 
Dichos  y  Serapio 


serapio 

(Por  el  foro)  ¿Hablaban  de. mí?  Buenas  tardes, 
don  Venancio ;  ¿  cómo  lo  ha  pasado  ? 

VENANCIO 

Muy  bien  hijo,  sin  verte. 

SERAPIO 

Y  usted,  Misia  Goya,  ¿cómo  lo  ha  pasado? 

MISIA  GOYA 

Sufriendo  con  tu  ausencia,  muchacho. 


EL  BAILE  DE  MISIA  GOYA 


301 


SEÑEN 

¡Je,  je,  je! 

SERAPIO 

¡Hola,  don  Senén!  ¿Usted  por  aquí?  ¿Cómo  lo 
ha  pasado? 

SENÉN 

Muy  bien,  Serapio,  muy  bien. 

SERAPIO 

¡Vaya,  cuánto  me  alegro!  Yo,  pasaba  por  aquí, 
y  me  dije ....  ¿  Y  las  muchachas,  Misia  Goya,  cómo 
lo  han  pasado? 

MISIA  GOYA 

¿Hablabas  conmigo? 

SERAPIO 

Decía  ¿cómo  lo  han  pasado  las  muchachas?  

MISIA  GOYA 

¿Pasado,  á  quién?  ¿A  vos?  ¡Hombre!  Yo  no  sé 
si  te  habrán  pasado  por  el  tragadero  

VENANCIO 

¡Vamos,  mujer!  Tratá  mejor  al  muchacho  

MISIA  GOYA 

Sí;  ahora  me  voy  á  comprar  traje  descotado  y 
guante  blanco  para  recibirlo.  ¡  No  embromés,  hombre ! 


302 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


SEÑEN 

Tiene  razón,  Misia  Goya.  Cuando  hay  con- 
fianza   

SERAPIO 

Misia  Goya  me  conoce  desde  chiquito. . . . 

MISIA  GOYA 

Y  bastantes  veces  que  te  cargué,  cuando  gateabas. 
¡  Pucha,  que  eras  feo  entonces ! . . . .  Bueno,  la  ver- 
dad es  que  ahora  no  has  cambiado  mucho.  Pero  me 
dabas  lástima.  Tu  padre,  que  siempre  ha  sido  muy 
bruto,  te  pegaba  cada  paliza  que  temblaba  la  casa. 
Y  tú  llorabas,  llorabas. . .  .  Eras  horroroso  cuando 
llorabas,  muchacho.  Por  no  verte  la  cara,  á  veces 
te  daba  vuelta  p  'abajo .... 

SERAPIO 

Pero  ahora  he  mejorado. 

MISIA  GOYA 

¿  Te  parece  ?  En  fin,  puede  ser .... 

SERAPIO 

Además,  he  estudiado  algo .... 

MISIA  GOYA 


¿Vés?  Eso  te  hacía  mucha  falta.  Si  no  hubieras 
estudiado,  á  estas  horas  estarías  enganchado  á  un 
carro .... 


EL  BAILE  DE  MISIA  GOYA 


303 


SENÉN 

¡  Qué  Misia  Goya ! 

MISIA  GOYA 

¡Claro,  hombre!  Si  todavía  me  acuerdo  de  una 
vez  que  éste  se  quedó  solo  en  el  almacén  del  padre. 
Se  prendió  á  la  bolsa  del  afrecho  y  se  pegó  un  atra- 
cón de  los  demonios.  ¡  Qué  indigestión  bárbara  se 
llevó  este  bruto !  Pero,  decíme :  ¿  te  gustaba  de  veras 
el  afrecho? 

SEPv  YPIO 

¡  Y  yo  que  sé !  ¡  Me  voy  á  acordar  ahora ! 
misia  goya 

Podía  seguirte  gustando ....  Como  sos  medio 
dormido  del  lado  izquierdo....  (Observándolo  de 
pronto  con  mucha  atención)  ¡  Ché,  ché,  ché!  ¿Dónde 
te  comprastes  esos  pantalones? 

SERAPIO 

Me  los  compré  para  venir  al  baile.  ¿  Son  bonitos, 
verdad  ? 

MISIA  GOYA 

( Burlonamente )  \  Son  preciosos ! 

SENÉN 

Y  te  quedan  muy  bien. 


304 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


MISIA  GOYA 

(A  don  Senén)  ¿No  es  cierto?  Así,  larguitos,  con 
todos  esos  pliegues,  lo  misino  que  acordeón  de  cha- 
cra  f 

SERAPIO 

El  sombrero  también  es  nuevo .... 

MISIA  GOYA 

¿Qué  me  decís?  A  ver,  ponételo  un  poco  para 
ver. . . . 

SERAPIO 

Ya  sé  que  tampoco  le  va  á  gustar. . . .  (Ponién- 
doselo )  Pero  es  la  última  moda  

MISIA  GOYA 

No;  si  me  gusta,  me  gusta  

SERAPIO 

¿De  veras? 

MISIA  GOYA 

Lo  que  tiene,  que  me  da  hipo. 

VENANCIO 

Pues  yo  lo  encuentro  muy  bien.  (A  Ser  apio)  No 
le  hagás  caso.  ¿Qué  entiende  ella  de  modas? 

MISIA  GOYA 

No  me  hagás  reir,  Venancio,  que  se  me  aflojan 
las  piernas. 


EL  BAILE  DE  MISIA  GOYA 


305 


ESCENA  VIII 
Dichos  y  Antoñito 

ANTOÑITO 

(Por  el  foro)  Aquí  están  los  bucles. 

MISIA  GOYA 

¿Qué  venís  cantando,  vos? 

ANTOÑITO 

Aquí  están  los  bucles  que  me  mandaron  buscar. 

SENÉN 

A  ver,  á  ver.  ¿  Quién  te  mandó  buscar  ?  ¿  Cuándo  ? 
¿Dónde? 

MISIA  GOYA 

(A  Senén)  ¿Ya  va  á  meter  el  hocico  en  esto  tam- 
bién? (A  Antoñito)  A  ver,  vos,  vení  p'acá.  ¿Qué 
es  eso? 

ANTOÑITO 

Los  bucles  que  me  mandó  pedir  Aquilina  á  Ma- 
nuela. 

MISIA  GOYA 

¡Ah,  bueno!  Lleváselos .  . .  .  (Súbitamente,  al 
chico  que  va  á  salir)  ¡Antoñito! 

20— T.  II. 


306 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ANTOÑITO 

¿Qué  hay,  vieja? 

MISIA  GOYA 

(Furiosa)  ¿Qué  es  eso  de  vieja,  mocoso?  (Va  para 
pegarle). 

SENÉN 

(Interponiéndose)  Déjelo,  Misia  Goya. . . . 

MISIA  GOYA 

¿Pero  á  usted  quién  diablos  lo  mete  en  nuestras 
cosas  ? 

SENÉN 

Yo ... .  yo ... .  la  verdad .... 

MISIA  GOYA 

¿Cuándo  acabará  de  entender  que  está  sobrando 
aquí  ? 

SENÉN 

¿Yo?  ¿Yo?  ¿Usted  cree?  

MISIA  GOYA 

Sí,  usted,  usted  ¿  No  ha  comprendido  que  nos 

está  fastidiando  más  que  tábano  engolosináo?  ¿No 
entiende  que  eso  de  meterse  siempre  en  lo  que  no 
le  importa  es  cosa  de  gringa  lavandera? 


EL  BAILE  DE  MIS1A  GOYA 


307 


SEÑEN 

Pero,  señora  

MISIA  GOYA 

¿  No  se  da  cuenta  que  ya  me  tiene  por  encima  del 
moño  y  que  un  día  de  estos  le  voy  á  decir  alguna 
barbaridad  ?  

SERAPIO 

(Interviniendo)  Pero,  Misia  Goya  

MISIA  GOYA 

(Encarándose  á  Ser  apio)  No  sea  muía  de  barril, 
amigo  

VENANCIO 

Goya,  por  favor  

MISIA  GOYA 

(A  su  marido)  Y  vos  también  calláte  la  boca,  que 
me  tenés  con  la  vena  hinchada . . . .  ¡  Ah,  pues  está 
bueno!  La  cargan  á  una,  la  fastidian,  la  zangolo- 
tean, y  una  se  va  á  quedar  así,  con  la  boca  abierta, 
como  atragantada  con  una  espina!  ¡Ah,  eso  sí  que 
no !  Si  no  les  gustan  las  verdades,  allí  está  la  puerta ! 
Y  cuanto  más  pronto,  mejor. . . .  Pues  está  bueno.... 

VENANCIO 


(A  los  otros,  Bueno,  amigos,  á  más  ver. 
(Mutis). 


308 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


SERAPIO 

Yo,  Misia  Goya ....  usted  disculpe ....  Volveré 
en  otro  momentito .... 

MISIA  GOYA 

Sí,  hijo,  sí. . . .  No  hay  apuro. . .  .  (Mutis  de  Se- 
rapio). 


ESCENA  IX 
Señen,  Misia  Goya  y  Antoñito 

SENÉN 

(Después  de  haber  contemplado  á  Misia  Goya 
con  una  flema  que  avergonzaría  á  un  holandés) 
Oiga  usted,  Misia  Goya. ...  No  sé  si  he  enten- 
dido bien;  pero  me  parece  que  usted  se  ha  eno- 
jado  

misia  goya 

¡  Hombre !  ¿  Todavía  no  ha  entendido  usted  ? 
¿Y  entonces  para  qué  le  sirven  esas  orejas,  que 
parecen  dos  paraguas? 

SENÉN 

Yo,  la  verdad,  sentiría  que  usted  se  resintiera .... 
¿  comprende  ? . . . .  porque  yo,  la  verdad,  soy  un 
viejo  amigo  ¿comprende? 


EL  BAILE  DE  MISIA  GOYA 


309 


MISIA  GOYA 

Sí,  hombre,  sí  Pero  ¿me  hace  usted  el  favor 

de  irse? 

SEÑEN 

¿Y  cómo  no,  Misia  Goya?  Acabo  de  compren- 
derlo perfectamente ....  perfectamente ....  Tiene 
usted  necesidad  de  quedarse  sola,  de  arreglar  algo.... 
Perfectamente....  Es  lo  que  yo  decía....  Misia 
Goya  no  puede  enojarse. . .  . 

misia  goya 
Bueno ;  pues  hasta  la  vista .... 

SEÑEN 

Eso  es;  hasta  la  vista  ¡Qué  caramba!  Entre 

amigos  como  nosotros,  no  hay  cumplidos ....  ¿no 
es  así?   Perfectamente   Me  he  dado  cuen- 
ta        ¡je,  je,  je!....  Yo,  aunque  no  lo  parezca, 

soy  bastante  perspicaz. . . . 

MISIA  GOYA 

Adiós,  adiós,  don  Senén  

SEÑEN 

Buenas,  buenas  tardes         No  se  molesten  

He  de  volver;  no  se  molesten          (Va  á  irse  y 

vuelve:  á  Antoñito)  Adiós,  pergeño          y  mucho 

respeto  á  las  personas  de  edad  


310 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ANTOÑITO 

¡Andáte  á  un  cuerno! 

SENÉN 

¿Eh?  ¿eh?  ¿cómo  es  eso?  ¿qué  has  dicho?  ¿Ha 
oído  usted,  Misia  Goya  ? . . . . 

MISIA  GOYA 

¿  Cómo  no  voy  á  oir  ?  Es  que  al  muchacho  le  están 
entrando  ganas  de  que  usted  se  vaya  de  una  vez. 
Las  criaturas  son  así :  dicen  siempre  lo  que  piensan. 

SENÉN 

(Volviendo)  Justamente.  Es  lo  que  yo  digo  siem- 
pre. No  hay  como  las  criaturas.  .  . . 

MISIA  GOYA 

(Interrumpiéndole)  Otro  día  hablaremos  de  eso. 
Que  le  vaya  bien,  don  Senén. 

SENÉN 

Vaya,  pues,  me  voy.  Quede  usted  con  .Dios,  Misia 
Goya. . . .  Hasta  muy  pronto.  Quede  usted  con 
Dios.  No  se  moleste.  Ya  conozco  el  camino.  He  de 
volver. . . .  Hasta  muy  pronto,  Misia  Goya  (Mu- 
tis por  el  foro). 

MISIA  GOYA 

(Alzando  los  brazos  al  cielo)  ¡Ufl  ¡al  fin!  (Cae 
en  una  silla). 


EL  BAILE  DE  MISIA  GOYA 


311 


-  ESCENA  X 
Misia  Goya  y  Antoñito  ;  luego  Pura 

ANTÜÑITO 

(Contemplando  á  Misia  Goya  postrada)  ¿Se  ha- 
brá ido  de  verdad  ?  ¡  Qué  cosa  bárbara !  Cuando  se 
prende  no  suelta  el  hombre. 

misia  goya 

(Reponiéndose)  Es  pior  que  un  sinapismo.  ¿No 
se  le  cairá  la  campanilla  de  tanto  hablar?  En  fin; 
el  caso  es  que  se  ha  ido ....  Mirá,  Antoñito ;  11a- 
máme  á  Pura .... 

ANTOÑITO 

Aquí  viene. 

MISIA  GOYA 

Bueno,  dejános.  (Entra  Pura). 

ANTOÑITO 

¿  Diga :  si  vuelve  don  Senén,  le  pego  un  tiro  ? 

PURA 

¿Qué  decís,  muchacho? 

MISIA  GOYA 

¿Uno?  Pegále  cuatro,  hijo  mío;  y  uno  de  llapa, 
detrás  de  la  oreja. 

(Sale  Antoñito). 


312 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ESCENA  XI 

MlSIA  GOYA,  PURA;  luego  DIONISIO 
PURA 

¿Qué  hay?  ¿qué  pasa? 

MISIA  GOYA 

Nada,  hija.  Don  Senén  que  me  ha  dado  la  gran 
lata.  Mirá :  tocáme  el  pulso ....  Tengo  toda  la  san- 
gre corriendo  al  galope,  ¡ chás,  chás,  chás ! . . . .  ¿Y 
los  nervios?  Te  juro  que  me  tiran  más  que  las  ligas 
del  corsé . . . .  ¡  Uf ,  que  hombre  ! 

PURA 

Lo  hubiera  echado. 

MISIA  GOYA 

¿Te  parece?  Si  el  hombre  no  entiende  la  castilla. 
Tenemos  que  comprarnos  un  perro,  hija;  y  no  uno 
cualquiera,  sino  uno  de  esos  barrigones  y  ñatos, 
como  Venancio. 

PURA 

( Riendo )  \  Qué  máma  esta ! 

MISIA  GOYA 

No,  si  tú  no  lo  conocés  al  hombre.  Ahora  está 
viejo;  pero,  hace  treinta  años,  cuando  tenía  la  pe- 


EL  BAILE  DE  MISIA  GOYA 


313 


Juquería  de  la  "Amable  tijera",  lo  hubieras  visto. 
Entonces  la  máquina  tenía  toda  su  fuerza,  ¿com- 
prendés?  y  cuando  el  hombre  se  soltaba  á  char- 
lar.... ¡Dios  te  libre!  Mirá:  empezaba  á  enjabo- 
nar á  un  cliente  y  á  soltar  palabras. ...  y  dále  y 
dále  y  dále. .  .  .  Ya  no  había  quien  lo. sujetara.  Una 
vez,  á  un  cliente  le  salió  un  flemón  y  á  otro  lo  dejó 
seco.  Al  último,  nadie  iba  á  la  peluquería,  y  el 
hombre  se  hablaba  solo.  De  tanto  hablarse  se  quedó 
medio  sordo.  ¡  Qué  pedazo  de  bruto ! 

PURA 

Bueno,  ¿y  qué  me  dice  de  mi  traje? 

MISIA  GOYA 

A  ver,  dáte  vuelta.  (Pura  lo  hace)  No  estás  mal. 
Me  hubiera  gustado  más  el  otro  vestido .... 

pura 

¿Cuál? 

MISIA  GOYA 

Ese  de  cola  de  pato,  que  usás  ahora.  Pero,  en 
fin,  no  está  mal. . . .  ¡  Ah,  mirá!  Si  viene  Dionisio.... 

PURA 

Dejemé,  máma.  . .  . 

MISIA  GOYA 

No  siás  zonza,  muchacha. . . .  Dejáte  de  empaca- 
das. Arregláte  con  él  Es  un  buen  mozo,  traba- 
jador  


314 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


PURA 

Pero,  usted  vé  lo  que  me  ha  hecho. .  . . 

MISIA  GOYA 

Aguantá  la  risa,  m'hijita.  ...  A  los  hombres  hay 
que  tratarlos  así.  Durante  el  noviazgo,  dále  piola 
no  más....  Después,  cuando  se  case,  ya  tendrás 
tiempo  de  ponerle  cara  de  perro. 

pura 

Pero,  máma. . . . 

MISIA  GOYA 

Y  si  lo  enseñás  bien,  ya  verás  como  te  aguanta 
uno  que  otro  coscorrón.  Estos  del  sexo  fuerte,  ché, 
son  hijos  del  rigor.  No  hay  como  una  buena  fel- 
peada para  hacerlos  blandos  de  lomo. 

PURA 

Callesé;  aquí  está  Dionisio. 

DIONISIO 

(Por  el  foro)  Buenas  tardes. 

MISIA  GOYA 

Buenas  tardes.  Entre,  amigo,  no  tenga  miedo. 
Los  perros  están  atados.  . . . 

DIONISIO 

Vine  porque  usted  me  mandó  buscar,  Misia 
Goya  


EL  BAILE  DE  MISIA  GOYA 


315 


„  MISIA  GOYA 

(A  Pura,  que  hace  ademán  de  retirarse)  No  te 
vayas,  muchacha.  ( A  Dionisio )  Sí,  amigo ;  lo  mandé 
buscar  porque  tenía  que  hablarle ....  Pero  ahora 
me  va  á  disculpar  un  momentito.  Voy  hasta  ahí 
dentro  y  vuelvo.  Purita,  hacéle  compañía  á  Dioni- 
sio. (En  voz  baja)  A  ver  si  se  arreglan,  pavota. 
(A  Dionisio)  Con  permiso.  (Mutis). 

ESCENA  XII 
Pura  y  Dionisio 

(Al  quedar  solos,  ambos  permanecen  cohibidos 
durante  un  momento.  Pura  estruja  la  falda  de  su 
traje;  Dionisio  contempla  las  paredes  como  un 
cretino.  Comprendiendo  lo  ^ridículo  de  la  situación, 
quisieran  romper  el  silencio,  pero  no  encuentran 
palabras.  Ya  el  uno,  ya  el  otro,  hacen  un  gesto 
como  si  fueran  á  hablar,  y  luego  permanecen  mudos. 
De  pronto,  Pura  tose,  y  Dionisio,  á  su  vez,  tose. 
Nada  más.  Luego,  Pura  se  agita  en  la  silla,  y  Dio- 
nisio da  unos  paseitos.  La  situación  se  hace  intole- 
rable. Dionisio,  al  fin,  va  á  coger  su  sombrero  para 
marcharse.  En  este  momento,  Pura,  sin  volverse, 
le  invita  á  sentarse). 

PURA 

Sientesé. 


316 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


DIONISIO 

Gracias.  Estoy  bien.  (Deja  el  sombrero  y  con- 
cluye lógicamente  por  sentarse). 

PURA 

(Después  de  otra  pausa)  Está  muy  lindo  el  día. 

DIONISIO 

Es  verdad,  muy  lindo.  ( Otra  pausa). 

PURA 

(Rompiendo  el  silencio)  Pero  hace  mucho  calor. 

DIONISIO 

Es  cierto.  Y  eso  que  ha  llovido  toda  la  mañana. 

PURA 

Y  parece  que  va  á  llover  más. 

DIONISIO 

El  tiempo  está  muy  cargado. 

PURA 

(Se  levanta  y  pasca  nerviosamente)  ¡Muy  car- 
gado está  el  tiempo !  ( Otra  larga  pausa.  Ambos  re- 
huyen mirarse.  Esta  vez  es  Dionisio  quien  rompe 
el  silencio). 

DIONISIO 

Siéntese. 


EL  BAILE  DE  MISIA  GOYA 


317 


PURA. 

¿Decía  usted? 

DIONISIO 

¿Yo?  Nada.  Decía  que  tomara  usted  asiento. 

PURA 

Gracias.  No  estoy  cansada.  (No  obstante,  con  la 
misma  lógica  que  él,  se  sienta). 

DIONISIO 

(Después  de  una  pausa)  Cerca  de  casa  cayó  hoy 
un  rayo.  (Pura  no  contesta.  Viendo  que  ella  no  ata 
el  hilo,  prosigue  él  después  de  la  pausa)  Sí;  y  mató 
la  vaca  de  don  Francisco. 

PURA 

¡Qué  lástima! 

DIONISIO 

De  veras.  ¡  Pobre  animal ! 

PURA 

No;  yo  digo:  ¡qué  lástima  de  rayo!  ¡no  haber 
muerto  á  algún  otro! 

DIONISIO 

¡  Ah !  ( Otra  larga  pausa)  Eso  es  diferente. 

PURA 

¿Se  ha  divertido  mucho? 


318 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


DIONISIO 

¿Quién?  ¿Yo? 

PURA 

Me  parece  que  estoy  hablando  con  usted. 

DIONISIO 

¡Ah,  es  verdad!  No,  no  me  he  divertido  gran 
cosa.  (Pausa)  Y  usted,  ¿se  ha  divertido  mucho? 

PURA 

Bastante. 

DIONISIO 

Yo  también  me  he  divertido  bastante.  El  sábado 
estuve  en  el  baile  de  la  Sociedad. 

PURA 

¡  Ah!  Muy  bien.  (Otra  pausa). 

DIONISIO 

(Rompiendo  el  silencio)  ¿Sabe  una  cosa?  La 
puestera  de  la  otra  cuadra  se  sacó  dos  muelas. 

PURA 

(Indiferente)  ¡Ah! 

DIONISIO 

Sí,  parece  que  le  dolían  mucho;  que  no  podía 
dormir  de  noche. ...  Se  le  había  hinchado  la  cara.... 
(Riendo  tontamente)  ¿Qué  gracioso,  eh? 


EL  BAILE  DE  MIS1A  GOYA 


319 


PURA 

(Seria  como  una  estatua)  Muy  gracioso.  (Los  dos 
se  miran  un  instante  y  luego  quedan  graves.  Otra 
pausa). 

DIONISIO 

( Nervioso )  Bueno.  Misia  Goya  está  tardando .... 

PURA 

¿Tiene  mucho  apuro? 

DIONISIO 

¿  Apuro  ?  No.  Pero  como .... 

PURA 

(Interrumpiéndolo)  ¿Había  mucha  gente  en  el 
baile? 

DIONISIO 

¿En  qué  baile? 

PURA 

En  ese  de  la  Sociedad. 

DIONISIO 

¡  Ah,  sí !  Mucha  gente.  No  se  podía  bailar. 

PURA 

( Con  intención)  Por  eso  es  que  las  parejas  se  sen- 
taban á  conversar  


320 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


DIONISIO 

Sí,  algunos  conversaban,  otros  fumaban ....  Des- 
pués, los  que  habían  fumado  iban  á  conversar  y  los 
que  habían  conversado .... 

PURA 

¿Qué  entretenidos,  no? 

DIONISIO 

Es  según :  al  que  le  gusta  fumar. . . . 

PURA 

Fuma. 

DIONISIO 

Fuma.  Y  al  que  le  gusta  conversar .... 

PURA 

(Levantándose,  con  sequedad)  ....dragonea. 

DIONISIO 

( Poniéndose  también  en  pie )  No  sé  por  quién  dice 
usted  eso. . . . 

PURA 

Pero  yo  lo  sé,  y  basta. 

DIONISIO 

i  Ah,  bueno!  (Va  á  coger  su  sombrero). 


EL  BAILE  DE  MISIA  GOYA 


321 


PURA 

(Va  hacia  él,  le  arranca  el  sombrero  de  las  manos, 
lo  ai-roja  sobre  una  silla,  y  le  dice  luego  febrilmente) 
¡Deje  ese  sombrero l  ¿Te  querés  ir,  no?  ¿Te  querés 
ir  porque  tenes  miedo  de  una  explicación?  ¿Tenés 
vergüenza  de  lo  que  hicistes,  no ?  ¡  Canalla !  ¡Ca- 
nalla ! 

DIONISIO 

¿  Qué  he  hecho  yo  ? 

PURA 

¿No  lo  sabés,  no?  ¡Ajó  nenito!  ¿Precisás  que  te 
lo  repita?  Pero,  tú,  ¿qué  te  figurás?  ¿Te  crés  que 
somos  pavas,  que  nos  chupamos  el  dedo  ?  ¿  No  sabés 
que  todo  se  sabe? 

DIONISIO 

¿Qué  es  lo  que  se  sabe? 

PURA 

¡  Sinvergüenza !  ¡  Canalla !  Has  querido  reirte  de 
mí ...  .  Te  has  burlado  de  mí ... .  Para  eso  decías 
que  me  querías ;  que  no  me  ibas  á  olvidar  nunca .... 
¡  Canalla !  ¡  canalla ! . . . . 

DIONISIO 

Si  lo  tomás  de  ese  modo  tan  tremendo,  mejor  es 
que  me  vaya .... 

21 .  -  T.  II. 


322 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


PURA 

¡Ah,  muy  bien!  Soy  yo  la  engañada,  y  todavía 
tendría  que  tratarte  como  á  una  persona  decente.... 

DIONISIO 

Bueno ;  ya  que  no  querés  entender  razones .... 

(Coge  el  sombrero  y  hace  ademán  de  irse). 

PURA 

¡  Entender  razones !  ¿  Y  qué  razones  me  das  tú  á 
tu  gran  canallada?  A  ver,  á  ver:  negá,  si  te  atre- 
ves, que  andás  arrastrándole  el  ala  á  la  Isidora; 
negá  que  el  sábado  estuvistes  toda  la  noche  hacién- 
dole el  amor;  negálo,  negálo!....  Dejá  ese  som- 
brero. 

DIONISIO 

(Sin  soltarlo)  Dejáme  el  sombrero  quieto.  Lo  que 
yo  digo  

PURA 

A  ver,  ¿qué  decís? 

DIONISIO 

Yo  no  digo  nada.  Ahí  está.  Yo  no  quiero  decir 
nada;  pero  si  uno  no  puede  hablar  con  sus  cono- 
cidos  

PURA 

Y  entonces  ¿para  qué  decías  que  me  querías? 
i  para  qué  empezastes  á  visitarme  ?  ¿  por  qué  ? . .  ■. . 


EL  BAILE  DE  MISIA  GOYA 


323 


DIONISIO 

Porque  me  gustabas. . . . 

PURA 

Y  ahora  ya  no  me  querés,  ¿  no  es  cierto  ? . . . . 

DIONISIO 

¿Cómo,  no  es  cierto?  ¿Qué  cosa  no  es  cierto? 
pura 

(Sin  oírle,  continuando)  Ahora  ya  estás  harto  de 
mí,  ¿  no  es  eso  ? . . . .  Ahora  soy  una  cosa  que  no 
sirve,  que  se  tira,  que  se  de  ja,  así  en  cualquier  rin- 
cón ....  ¡  Miserable !  ;  Canalla !  ( Cae  en  una  silla, 
sollozando.  Misia  Goya,  que  ha  entrado  hace  un 
instante,  se  adelanta  hacia  Dionisio,  que  ha  ido  á 
coger  el  sombrero  para  marcharse). 

ESCENA  XIII 
Dichos,  Misia  Goya 

MISIA  GOYA 

Una  palabrita,  mozo. 

DIONISIO 

(Sin  dejar  el  sombrero,  cerca  de  la  puerta  del 
foro)  Discúlpeme;  pero  


324 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


MISIA  GOYA 

(Muy  resuelta)  No  hay  ' '  disculpemé "  que  valga. 
¿Ó  se  figura  que  con  lo  que  acabo  de  óir,  se  va  á 
marchar  usted  tan  fresco?  ¡Ah,  no;  eso  sí  que  no! 
Venga  para  acá :  tenga  paciencia.  Deje  el  sombrero. 

DIONISIO 

(Resignaclamente,  ha  jando  al  proscenio)  ¡Ca- 
ramba! pero,  ¿qué  quieren  ustedes  con  mi  som- 
brero ? 

MISIA  GOYA 

(Como  para  sí,  arremangándose)  Ahora  vamos  á 
poner  esto  en  claro. 

DIONISIO 

Bueno.  Vamos  á  ponerlo  en  claro. 

MISIA  GOYA 

{A  Pura)  Y  vos,  dejáte  de  lloriqueos.  Vení  p'acá. 
(Viendo  que  Pura  no  le  hace  caso)  ¿No  has  óido, 
muchacha?  Vení  p'acá.  (Pura  se  acerca)  Vamos  á 
ver:  yo  he  óido  algo,  pero  no  me  he  enterado  bien; 
y  en  estos  enredos  de  enamorados,  lo  mejor  es  en- 
tenderlos bien.  A  lo  mejor  estas  mosquitas  muer- 
tas... .  ¡  Dios  me  perdone,  casi  digo  una  barba- 
ridad !  

DIONISIO 

Es  cierto. 


EL  BAILE  DE  MISIA  JOYA 


325 


MISIA  GOYA 

Aguárdese,  amigo.  Ahora  soy  yo  la  que  manda 
la  parada.  (A  su  hija)  Vamos  á  ver. . . .  entre  vos 
y  este....  no  ha. .  .  .  (Se  detiene  bruscamente, 
asaltada  por  una  idea)  No;  estas  cosas  se  preguntan 
al  hombre :  el  hombre  siempre  es  más  sinvergüen- 
za.... (Yendo  hacia  Dionisio)  Dígame,  amigo, 
claro  y  derecho  viejo :  entre  usted  y  Pura,  ¿  qué 
ha  pasado? 

DIONISIO 

Nada.  ¿Qué  quiere  que  pase? 

MISIA  GOYA 

¡Cómo,  que  no  ha  pasado  nada?  ¿Y  por  qué  está 
llorando  la  muchacha? 

PURA 

Déjelo,  máma. ... 

MISIA  GOYA 

¡Calláte,  vos!  (A  Dionisio)  ¿Por  qué  lo  llamaba 
"canalla"  y  "  sinvergüenza " ?  ¿Por  qué  le  decía 
que  usted  la  dejaba  tirada  por  los  suelos  ó  qué 
sé  yo? 

DIONISIO 

Yo  no  la  he  dejado  tirada  por  ningún  lado.  Y 
tampoco  soy  un  sinvergüenza.  (Trata  de  alejarse; 
pero  Misia  Goija  le  sigue ) . 


326 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


PURA 

¡  Sós  un  canalla  y  un  sinvergüenza ! 

DIONISIO 

(La  mira  un  instante)  ¡Ah,  bueno!  (Trata  de 
irse). 

MISIA  GOYA 

(Persiguiéndole  y  sujetándole  por  un  brazo,  con 
voz  seca  y  breve)  Aguarde  un  poco,  amigo.  Esto 
tiene  que  quedar  en  limpio  y  bien  limpio.  (Con 
gestos  vagos,  dado  lo  árido  del  tema)  Largue,  pues.... 
¿usted  y  ella?  ¿eh?  

DIONISIO 

(Sin  comprender  aún)  ¿Qué? 

MISIA  GOYA 

( Cada  vez  más  nerviosa,  prosiguiendo  su  mímica) 
No  me  tire  de  la  lengua  que  voy  á  soltar  una  bar- 
baridad ....  ¡  Yaya !  Ya  usted  me  entiende .... 
¿eh?. .  .  .  ( Otro  gesto). 

DIONISIO 

Pero,  ¿qué  cosa?  (Comprendiendo  de  pronto) 
¡  Oh,  no,  señora !  ¡  Se  lo  juro  por  mi  honor ! 

(Misia  Goya  se  queda  estupefacta,  con  los  ojos 
abiertos  como  dos  faroles.  Lo  mira  á  Dionisio  sin 
articular  una  sílaba.  Luego,  al  volver  de  su  estupor, 
se  aparta  de  él,  en  silencio,  y,  mirándolo  de  soslayo, 
se  aproxima  á  su  hija). 


EL  BAILE  DE  MIS1A  GO YA 


327 


-  MISIA  GOYA 

(Tironeando  á  Pura  por  la  manga  de  la  bata,  sin 
dejar  de  mirar  de  reojo  á  Dionisio;  en  voz  baja  y 
desconfiada)  Ché,  decíme  una  cosa:  ¿Dionisio  no 
ha  tenido  algunas  confianzas  con  vos?  (Viendo  que 
Pura  no  contesta )  Vamos ;  clarito ....  contesté .... 

PURA 

Sí.... 

MISIA  GOYA 

(Nerviosamente f  echando  una  mirada  de  hiena  al 
joven)  ¡  Ah,  sí?. . . .  A  ver. . . .  á  ver. . . . 

PURA 

Pero,  son  zonceras,  máma. . . . 

MISIA  GOYA 

¿Cómo  zonceras?  A  ver  ¿qué  laya  de  zonce- 
ras son  esas  ? . . . . 

PURA 

Pero,  máma ....  besos  tutearse ....  esas  co- 
sas de  los  novios. . . . 

(En  este  instante,  la  cara  de  Misia  Goya  es  un 
arco-iris  de  estupefacción:  pasa  por  todos  los  colo- 
res del  asombro.  Sus  ojos,  contemplando  á  los  mu- 
chachos, se  dilatan  hasta  lo  inverosímil.  Y  al  sentir 
desvanecerse  la  horrible  duda  que  la  atenaceaba, 
las  palabras  se  desbordan  en  tropel  de  su  boca). 


328 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


MISIA  GOYA 

¿  Entonces  !;....  ¿  quiere  decir  ? .  . . .  Pero,  ¡  cane- 
jo ! . . .  .  ¿de  qué  hablaban  ustedes ?  ¿ por  qué  lo  in- 
sultabas? ¿qué  quiere  decir  todo  esto?  ¿por  qué 
están  enojados?.  .  .  .  Pero,  ¿quieren  hablar  con  mil 
demonios?  (A  su  hija)  Si  él  no  te  ha  faltado,  ¿por 
qué  lo  tratabas  así,  cuando  entré? 

PURA 

Porque  fué  al  baile  con  Isidora. . . . 

MISIA  GOYA 

1  Recuerno ! . . . .  ¿Y  por  eso  sólo ?         ¿ Por  eso 

sólo  le  armas  ese  bochinche?....  (Mas  bajo)  ¿Y 
qué  dejás  entonces  para  cuando  sea  tu  marido?.  .  . . 

DIONISIO 

Con  que  ya  vé ... . 

MISIA  GOYA 

(Estallando,  loca  de  alegría,  dispuesta  á  arreglar 
los  novios)  Pero,  debían  habérmelo  dicho  desde  que 
entré,  en  lugar  de  tenerme  aquí  toda  sofocada,  peda- 
zos de  estúpidos.  .  .  .  ¿Entonces  no  es  nada  más  que 
eso  ?  

PURA 

Es  que  él  ya  no  me  quiere.  .  .  . 

DIONISIO 

Ella  es  una  celosa  ridicula. . . . 


EL  BAILE  DE  MISIA  GOYA 


329 


PURA 

No  sabe  hablarme  más  que  de  un  rayo  que  mató 
una  vaca. . . . 

DIONISIO 

Está  empacada  conmigo  sin  motivo  alguno .... 

PURA 

Y  de  la  puestera  que  se  sacó  unas  muelas. . . . 

DIONISIO  y  PURA 

(A  dúo)  Y  para  seguir  así,  prefiero  que  esto  se 
acabe  de  una  vez.  . . . 

MISIA  GOYA 

(Tratando  de  meter  baza)  ¿Quieren  oírme?  ¿Quie- 
ren oírme  á  mí  ?  ¿  Quieren  dejarme  hablar  ?  

DIONISIO 

(Sin  escuchar  á  Misia  Goya)  Al  fin  resulta  ina- 
guantable   

PURA 

(Sin  atender  á  su  madre)  Es  odioso,  odioso  

DIONISIO 

Me  tiene  harto         Es  una  testaruda. 

PURA 

No  lo  puedo  ver  Es  odioso,  odioso. 


330 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


MISIA  GOYA 

(Queriendo  intervenir)  ¿Pero  quieren  dejarme 
hablar  ? 

DIONISIO 

(Sin  oiría,  á  Pura)  ¡Andate  al  diablo!. .  .  . 

PURA 

(A  Dionisio,  exasperada)  ¡Grosero,  ordinario!.... 

DIONISIO 

( Gritando )  ¡  Ridicula,  zonza !  

PURA 

(Vociferando)  ¡  Canalla,  sinvergüenza!. . . . 

DIONISIO 

( ídem )  ¡  Víbora ! . . . . 

PURA 

(ídem)  ¡Bandido!  

MISIA  GOYA 

(Gritando  para  hacerse  oír)  ¡Silencio,  caracho! 
%  Se  callarán  de  una  vez  ?  ¿  Se  quieren  callar  ?  (Ahora 
los  otros  se  han  callado  y  es  ella  sola  la  que  grita) 
¡  Pedazos  de  brutos !  ¿  Qué  bochinche  es  este  ?  ¿  A 
qué  viene  tanto  escándalo  ?  ¿  Se  han  vuelto  ustedes 
locos  ?  ¡  A  ver  si  se  callan  de  una  vez !  ¿  Quieren 
dejarme  hablar  ?  ¿  Quieren  callarse  la  boca,  sí  ó  no  ? 
¿  Quién  grita  en  esta  casa  ? . . . . 


EL  BAILE  DE  MISIA  GOYA 


331 


DIONISIO 

Ahora  es  usted  la  que  está  gritando .... 

MISIA  GOYA 

¡  Silencio,  repito !  ¿  Qué  manera  de  entenderse  es 
esta  ?  

PURA 


Pero,  máma. .  . . 


MISIA  GOYA 


(Amenazadora)  Si  no  te  callás.  te  hago  polvo  de 
una  bofetada. 

DIONISIO 

Permítame  usted.  . . . 


MISIA  GOYA 

(Lo  mismo)  Y  á  usted  le  hago  un  desparramo  de 
muelas....  (Viéndolos  al  fin  callados)  ¡Pues  está 
bueno !  ¡  Quién  vé  á  los  mocosos,  subiéndoseme  á 
las  barbas!  ¡Ni  Venancio  se  ha  atrevido  nunca  á 
alzarme  el  gallo ! .  . .  .  ( Los  dos  novios  guardan  hosco 
silencio.  Misia  Goya  los  contempla  un  momento  y 
cambia  entonces  de  tono)  Pero,  vengan  acá,  anima- 
litos  de  Dios ....  ¿No  ven  que  están  muñéndose  por 
hacer  las  paces?. .  .  .  Acercáte,  Pura. ...  Y  vos,  Dio- 
nisio, dale  un  abrazo  á  tu  novia. ...  Yo  me  doy 
vuelta ....  ( Asi  lo  hace  y  de  pronto  se  encuentra 
frente  á  frente  con  don  Senén  que  surge  en  la 
puerta  del  foro.  Misia  Goya  se  queda  cuajada.  Los 
muchachos  no  se  han  movido). 


332 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ESCENA  XIV 
Misia  Goya,  Pura,  Dionisio,  don  Señen 

SENÉN 

(Riendo)  ¡Aquí  estoy  yo! 

misia  GOYA 

(Avanzando  hacia  él,  como  un  basilisco)  ¿Y  usted 
que  viene  á  hacer  aquí  con  cien  mil  millones  de  con- 
denados? ¿Qué  busca?  ¿qué  quiere?  ¿Qué  se  le 
frunce  ? . . . . 

-  SENÉN 

¡Je,  je,  je !  Yo. . . .  yo. . . .  vengo  al  baile. ...  ya 
es  la  hora. . .  .  (Sacando  el  reloj)  Digo,  me  parece. 
Y  como  yo  soy  la  puntualidad  misma,  ni  en  los  bai- 
les me  agrada  hacerme  esperar .... 

misia  goya 

Pues  váyase  á  bailar  con  la  bendita  de  su  abuela 
que  aquí  no  hace  falta  ahora....  Largo!.... 
largo ! . . .  . 

SENÉN 

¡Je,  je!  ¡Qué  Misia  Goya  esta!  ¡Siempre  de  buen 
humor!  Si  es  lo  que  yo  digo  siempre:  Esta  Misia 
Goya  es  más  alegre  que  una  pandereta ....  Vaya, 
vaya. .  .  .  Aquí  vienen  algunos  convidados. . . .  (Vol- 
viéndose hacia  afuera)  ¡Adelante,  muchachos!  j  Tsi- 


EL  BAILE  DE  MISIA  GOYA 


333 


dora !  ¡  Serapio !  ¡  Seeundino !  ¡  Manuela !  ¡  Adelante, 
adelante!  Aquí  traigo  á  toda  mi  gente  ¡Baldo- 
mcro, Pablo,  Ruperta!  ¡Por  aquí,  por  aquí!.... 
¡Je,  je,  je!  ¡Nemesio,  Garlitos,  Lola,  Concepción! 
¡Demonios  de  muchachos!  ¿Llegamos  á  tiempo, 
eh?.... 

MISIA  GOYA 

(Rabiando,  para  sí)  ¡No  partirte  un  rayo!  


ESCENA  XV 

Dichos,  y  Serapio,  Isidora,  Secundino,  Manuela, 
Pablo,  Baldomero,  Ruperta,  y  otros  varios,  por 
el  foro;  Venancio  y  Antoñito,  por  la  casa. 

( Todos  entran  en  medio  de  la  más  loca  algarabía. 
Baldomero  y  Pablo  vienen  tocando  la  guitarra.  Los 
demás  ríen  y  charlan  todos  á  un  tiempo.  Saludos, 
apretones  de  manos,  gritos.  La  sala,  durante  unos 
instantes,  parece  un  infierno.  Unos  toman  aventó; 
otros  permanecen  en  pie). 

SENÉN 

( Que  va  de  uno  á  otro,  metiendo  la  nariz  en  todo, 
mezclándose  á  todas  las  conversaciones,  á  Venancio) 
¿Y  qué  me  dice,  eh?  ¿qué  me  dice?  Ya  se  armó  la 
farra.  ¡Je,  je,  je!  Ahora  va  á  ver  usted  lo  que  es 
bueno ....  Y  no  le  digo  nada  cuando  caiga  otra  re- 


334 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


mesa. . . .  Porque  yo  he  invitado  á  los  de  la  socie- 
dad "Los  pobres  negros  de  Cuba".  ...  ¡Je,  je,  je! 
Son  veintiocho,  nada  más.  Ya  verá  que  mozos  di- 
vertidos. . . .  (Suelta  á  Venancio  y  va  á  prenderse 
á  Baldomero). 

MISIA  GOYA 

(A  Antoñito)  Andá  á  llamar  á  Aquilina  De- 

cíle  que  ya  están  los  invitados. . . . 

ANTOÑITO 

Se  está  fajando  los  bucles,  aquí,  por  el  cogote. .  . . 

SENÉN 

(A  Baldomero)  ¿Y  Doroteo? 

BALDOMERO 

No  puede  venir. . . .  Ayer  iba  con  el  carro  por  la 
derecha  y  me  lo  engayolaron .... 

SENÉN 

¡Caray!  ¡Caray!  (Deja  á  Baldomero  y  endereza 
á  Misia  Goya  que  está  hablando  con  Venancio). 

MISIA  GOYA 

( A  Venancio)  Vos  te  vas  á  plantar  al  lado  de  la 
puerta  y  no  me  dejás  entrar  más  que  á  los  conoci- 
dos. No  quiero  á  ningún  colado  aquí....  (Repa- 
rando en  Senén  que  los  escucha)  ¿Qué  está  olfa- 
teando, amigo? 


EL  BAILE  DE  MISIA  GOYA 


335 


SENÉN 

Una  desgracia,  Misia  Goya   El  otro  guita- 
rrero, ya  sabe,  Doroteo,  no  puede  venir ....  Lo  han 
metido  en  la  cárcel,  ¡je,  je ! . . . . 

misia  goya 

¿Qué  hizo? 

SENÉN 

Creo  que  mató  una  criatura  con  su  carro  y  lo  van 
á  enjuiciar. . . . 

MISIA  GOYA 

¡Pobre  Doroteo! 

SERAPIO 

Aquí  está  Doroteo.  (Entran  Doroteo  y  María). 


ESCENA  XVI 
Dichos,  Doroteo  y  María 

misia  goya 

(A  Senén)  Pero,  ¿  qué  diablos  me  está  usted  con- 
tando? Si  aquí  viene  Doroteo  

SENÉN 

(Deja  á  Misia  Goya  y  va  á  abrazar  ci  Doroteo) 
¡Hola,  Doroteo!  ¿Cómo  te  va,  muchacho? 


336 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


DOROTEO 

*  (Saludando  á  Misia  Goya)  Me  traje  á  María,  mi 
hermana,  ya  la  conoce,  no? 

misia  goya 

( A  María )  Mucho  gusto.  Acomódese.  Ya  lo  vé ;  es 
una  fiesta  de  familia.  Hoy  es  mi  cumpleaños .... 

SEÑEN 

¿Y  cuántos  cumple,  Misia  Goya? 

misia  goya 

¿Le  importa  á  usted  algo?  ¡Qué  cataplasma  de 
hombre ! 

ISIDORA 

( Que  poco  á  poco  se  ha  ido  acercando  á  Dionisio) 
¿Cómo  le  va,  Dionisio? 

DIONISIO 

Muy  bien,  Isidora.  ¿Y  usted?  (Siguen  hablando 
aparte). 

SENÉN 

( Que  ha  cazado  al  vuelo  á  Serapio)  Ché,  Serapio; 
¿y  vos  que  hacés  que  no  te  arrimás  á  Purita?  Atro- 
pellá,  zonzo,  ahora  que  está  sola.  (Serapio  se  dirige 
á  Pura  y  conversa  con  ella). 

MISIA  GOYA 

( A  Venancio)  ¿No  te  he  dicho  que  vayas  á  cuidar 
la  puerta?  (Venancio,  con  un  gesto  de  hastío,  sale 
por  el  foro.  Casi  en  seguida  entra  el  Guardia  Civil). 


EL  BAILE  DE  MISÍA  GüYA 


337 


ESCENA  XVII 

Misia  Goya,  Pura,  Dionisio,  don  Senén,  Serapio, 
Isidora,  Secundino,  Manuela,  Pablo,  Baldo- 
mero,  Ruperta,  Antoñito,  Doroteo,  María,  el 
Guardia  Civil  y  demás  invitados. 

SENÉN 

(Yendo  hacia  el  Guardia  Civil)  Aquí  tenemos  á 
Francisco,  ¡je,  je!  ¡El  representante  del  orden  pú- 
blico! ¡Je,  je,  je! 

GUARDIA  CIVIL 

Salú  á  la  riunión.  (Saluda  á  los  conocidos). 

MISIA  GOYA 

( A  Antoñito)  Andá  hasta  lo  de  la  vecina,  á  ver  si 

quiere  prestarme  unas  sillas          (Reparando  el 

grupo  de  Serapio  y  Pura)  ¡Cristo!  ¡Pura  con  Se- 
rapio!         {Ya  hacia  ellos.  Antoñito  sale  entre 

tanto). 

ESCENA  XVIII 
Dichos,  menos  Antoñito 

senén 

(A  Baldomcro  y  Pablo)  ¡Música!  ¡Música!  ¡Qué 
empiece  el  baile ! 

22.-  T.  II. 


338 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


DOROTEO 

(Que  está  en  ese  grupo)  Hace  falta  otra  gui- 
tarra. . . . 

MISlA  GOYA 

(A  Pura)  Ché,  á  ver  si  te  dejas  de  pavadas,  no? 

SERAPIO 

¿Qué  sucede,  Misia  Goya? 

MISIA  GOYA 

Sucede,  amigo,  que. . . .  (Viendo  á  don  Senén  que 
mete  la  nariz)  Pero,  ¿qué  cuerno  quiere  este  hombre 
aquí? 

SENÉN 

Misia  Goya,  falta  una  guitarra ....  ¿  Qué  ha- 
cemos ? 

MISIA  goya 

Aquí  en  esta  pieza  tengo  la  mía   Pero,  cui- 
dado con  estropiármela,  que  es  un  recuerdo  de  fa- 
milia. (Éntrase  don  Senén  á  la  habitación  indicada 
y  á  poco  vuelve  á  salir  con  una  guitarra  que  entrega 
á  Doroteo)  Mirá,  Serapio,  óime  bien.  Ya  sabés  que 
yo  no  me  ando  con  vueltas.  Al  pan,  pan,  y  al  vino, 
vino. . . .  Bueno;  pues  dejáte  de  fastidiar  á  mi  hija, 
porque  esta  prenda  tiene  dueño  

SERAPIO 

(Mirando  hacia  el  lado  donde  está  Dionisio)  Pues 
me  parece  que  ese  dueño  anda  pastoreando  á  otra. 


EL  BAILE  DE  MISIA  GOYA 


339 


MISIA  GOYA 

Che,  ché;  ¿qué  es  eso  de  pastoreando?  ¿Te  crés 
que  estamos  aquí  entre  animales  y  que  á  todos  nos 
gusta  el  afrecho? 

serapio 

Yo  no  sé;  pero  Pura  me  dijo  los  otros  días  que 
me  iba  á  dar  corte. 

MISIA  GOYA 

Como  no  te  dé  un  corte  á  los  pantalones  para  ver 
si  te  sientan  mejor. . . . 

SERAPIO 

( A  Pura)  Usted  no  me  prometió  los  otros  días .... 

PURA 

Déjeme  ahora,  Serapio;  lo  voy  á  reflexionar  

MISIA  GOYA 

¿Lo  vés?  Y  si  lo  reflexiona,  estás  frito. 
serapio 

Está  bueno;  ya  lo  veremos.  (Se  retira  ofendido  y 
se  confunde  con  otro  grupo). 

SEÑEN 

(A  gritos)  ¡Música!  ¡Música!  ¡A  empezar  el 
baile!  Esto  de  estar  callados  es  cosa  de  velorio. 
¡  Vaya,  animación,  alegría !  ¡  Un  poco  de  farra,  com- 


340 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


pañeros!  ¡Qué  diablos  de  muchachos!  ¡Je,  je,  je! 

(Tanto  se  revuelve  y  manotea,,  que  da  contra  el 
suelo  y  hace  pedazos  un  jarrón  con  flores  que  habrá 
sobre  la  consola). 

MISIA  GOYA 

¿Qué  es  eso?  ¿Qué  pasa?  (Gran  confusión.  Senén 
huye  y  se  esconde  detrás  de  un  grupo.  Algunos  re- 
cogen las  flores  y  los  restos  del  florero). 

GUARDIA  CIVIL 

Es  don  Senén  que  ha  roto  un  florero .... 

MISIA  GOYA 

i  Qué  condenación  de  hombre ! 

(En  medio  de  la  confusión,  empiezan  los  guitarre- 
ros á  tocar  una  polka  frenética.  Las  parejas  se 
organizan  rápidamente  y  bailan.  Misia  Goya  entra 
á  las  habitaciones  interiores.  Sólo  cuando  termina 
la  polka,  volverá  con  una  regadera  para  echar  agua 
al  piso  y  aplacar  así  el  polvo  que  alzan  los  dan- 
zantes). 

ESCENA  XIX 

Dichos,  menos  Misia  Goya 

(Mientras  las  parejas  danzan  se  desarrolla  esta 
escena). 

SENÉN 

(Al  Guardia  Civil )  ¿Dónde  está  Misia  Goya? 


EL  BAILE  DE  MISIA  GOYA 


341 


GUARDIA  CIVIL 

Entró  por  ahí.  Se  llevó  los  pedazos  del  florero. 

SENÉN 

Pero,  ¿usted  ha  visto,  don  Francisco,  con  que 
facilidad  se  rompen  estos  chirimbolos? 

GUARDIA  CIVIL 

¡  Claro !  ¡  Si  los  dá  usté  contra  el  suelo ! 

SENÉN 

Es  que  son  objetos  ordinarios,  don  Francisco. 
A  mí  no  me  diga  que  los  objetos  finos  se  rompen 
de  esa  manera.  . . .  ¡Qué  esperanza!  Es  que  todo  lo 
que  hay  aquí  son  puras  porquerías. . . .  Mire  esa 
araña ....  r 

GUARDIA  CIVIL 

(Buscando  por  el  suelo)  ¿Dónde? 

SENÉN 

No,  hombre ;  allí  arriba .... 

GUARDIA  CIVIL 

(Mirando  al  techo)  ¿Dónde? 

SENÉN 

(Enderezándole  la  cabeza  hacia  la  lámpara)  Ahí, 
hombre;  esa  que  está  ahí  encendida  


342  VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 

GUARDIA  CIVIL 

j  Ah,  la  lámpara!  Como  decía  usté  una  araña  

SENÉN 

Bueno.  Pues  ¿vé  esa  lámpara?  Es  del  tiempo  en 
que  yo  tenía  mi  peluquería.  ¿Vé  aquel  espejo?  Ese 
enterró  á  la  madre  de  Misia  Goya. 

GUARDIA  CIVIL 

(Estupefacto)  ¿El  espejo  enterró  á  la  madre? 

SENÉN 

( Sin  atenderlo )  ¿  Vé  usted  aquel  sofá  ?  Pues  es  del 
tiempo  de  la  conquista. 

GUARDIA  CIVIL 

¿De  la  conquista  española? 

SENÉN 

Del  tiempo  en  que  don  Venancio  le  hacía  el 
amor  á  Misia  Goya.  ¡  Si  hablara  ese  sofá,  eh  ?  ¡  Je, 
¿e,  je! 

GUARDIA  CIVIL 

Bueno,  ¿y  todo  eso,  qué  me  importa  á  mí? 

SENÉN 

¿  Y  usted  cree  que  á  mí  tampoco  me  importa  ? . . . . 
(Viendo  entrar  á  Aquilina)  ¡Hola,  Aquilina!  ¿Va- 
mos á  bailar?  (Poco  después  cesa  la  música). 


EL  BAILE  DE  MISIA  GOYA 


343 


ESCENA  XX 
Dichos,  Aquilina  y  Misia  Goya 

(Al  cesar  el  baile,  Misia  Goya  entra,  regadera  en 
mano,  y  repitiendo  "con  permiso"  "con  permiso", 
procede  á  irrigar  el  piso  de  la  habitación.  Gran  al- 
gazara. Algunos  se  suben  sobre  las  sillas.  Por  fin, 
Misia  Goya  deja  la  regadera  en  un  rincón). 

misia  goya 

(Aproximándose  á  Dionisio)  ¿Qué  hace,  amigo? 
¿  Todavía  no  desensilló  el  picazo  ? . . . .  ♦ 

DIONISIO 

¿Qué  picazo?  Yo  no  estoy  enojado  

MISIA  GOYA 

¿Y  entonces  por  qué  no  baila  con  Pura  ?  No  siá 

lerdo,  pues  hombre  ¿  No  vé  que  la  muchacha  lo 

quiere?  ¿Para  qué  se  está  haciendo  el  interesante? 
(Viéndolo  vacilar)  Camine,  hombre  ¿ó  quiere  que 
le  traiga  un  vaso  de  agua  ? 

SEÑEN 

(Metiendo  la  nariz)  ¿Quién  quiere  un  vaso  de 
agua? 

misia  goya 

Pero,  ¿se  quiere  usted  ir  al  infierno,  sí  ó  no? 


344 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


SENÉN 

(Resueltamente)  ¡No!  (A  Dionisio)  Ché,  Dioni- 
sio, dice  Doroteo  si  querés  tocar  la  guitarra,  que  él 
va  á  bailar  esta  pieza .... 

misia  goya 

Déjelo  á  Dionisio. . . .  (Al  joven)  Vaya  á  bailar.... 

DIONISIO 

Después ....  Voy  á  tocar  primero .... 

MISIA  GOYA 

( Contemplándolo )  ¡  Pucha,  con  la  cabeza  dura ! 
¡  Habías  de  ser  mi  marido ! 

'  SENÉN 

¡  Música !  ¡  Música !  ¡  Siga  el  baile !  ¡  Siga  la  farra ! 

(Los  músicos  templan  los  instrumentos.  Dionisio 
ha  cogido  la  guitarra  de  Misia  Goya  y  se  ha  sen- 
tado). 

MISIA  GOYA 

(A  Aquilina)  Ché,  Aquilina.  .  .  .  Podías  traer  la 
bandeja  de  los  pasteles. . . .  (Como  para  si)  A  ver 
si  llenándose  la  panza,  el  hombre  se  decide  de  una 
vez. . .  .  (Aquilina  sale.  Misia  Goya  va  hacia  el  foro 
y  habla  con  unos  invitados). 


SERAPIO 

(Mientras  las  parejas  se  van  formando,  se  apro- 


EL  BAILE  DE  MISIA  GOYA 


345 


xima  á  Pura,  que  estará  sentada  cerca  de  los  músi- 
cos) ¿Quiere  acompañarme  á  bailar  esta  pieza? 

PURA 

No  sé  lo  que  van  á  tocar. . . . 

serapio 

(Después  de  mirarla  con  cierto  despecho,  se  vuelve 
á  los  músicos  é  interroga)  Pablo,  ¿qué  van  á  tocar? 

PABLO 

Un  vals.  (Dionisio  se  vuelve  y  observa  á  Serapio). 

SERAPIO 

(A  Pura)  Van  á  tocar  un  vals.  ¿Quiere  acompa- 
ñarme ? 

PURA 

No  sé  valsar  

serapio 

(Enojado  por  el  desaire)  ¡ No  va  á  saber!  ¡ Ladrar 
como  perro,  no  sabrá ! 

PURA 

¡  Atrevido ! 

DIONISIO 

( Que  ha  observado  la  escena  y  se  ha  puesto  en  pie 
al  oir  la  frase  de  Serapio)  ¡  El  que  falta  á  una  mujer 
es  un  cobarde! 


346 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


SERAPIO 

¡Y  el  que  se  mete  en  lo  que  no  le  importa  es  un 
zonzo ! 

DIONISIO 

¡  Tomá,  zonzo !  ( Rápidamente  ha  enarbolado  la 
guitarra  y  se  la  ha  hecho  añicos  en  la  cabeza  á  Se- 
rapio.  —  Gritos,  confusión,  desorden.  Unos  sujetan 
á  Serapio  y  otros  á  Dionisio.  Isidora  se  ha  desma- 
yado. Pura  llora.  Don  Senén  está  en  todas  partes. 
Misia  Goya  acude  echando  temo,  cuaterno  y  lote- 
ría. Es  un  bochinche  mayúsculo  que  trata  de  domi- 
nar el  Guardia  Civil  pegando  bufidos  y  sacando  el 
machete.  Cuando  el  orden  se  restablece,  se  advierte 
lo  que  sigue ) : 

GUARDIA  CIVIL 

i  Silencio !  ¡  Orden !  ¡  Silencio ! 

MISIA  GOYA 

¿  Qué  ha  sido  ?  ¿  Qué  ha  sido  ? 

GUARDIA  CIVIL 

j  Silencio  ó  llevo  á  la  cárcel  á  todo  el  mundo ! 

MISIA  GOYA 

(Encarándosele)  Aquí  no  lleva  usted  á  nadie  á  la 
cárcel  

GUARDIA  CIVIL 

Yo  soy  la  autoridad  


EL  BAILE  DE  MISIA  GOYA 


347 


MISIA  GOYA 

( Gritando  más  que  él)  Usted  es  un  napoleón  de 
chocolate .... 

GUARDIA  CIVIL 

¡Misia  Goya! 

MISIA  GOYA 

¡  Cállese  la  boca  y  envaine  su  chafarote !  ¡  Qué 
jorobar!  Aquí  estoy  en  mi  casa  y  mando  yo.... 
(El  Guardia  Civil  se  apacigua). 

SERAPIO 

¡  Esto  no  puede  quedar  así ! ... . 

MISIA  GOYA 

Tiene  razón,  Serapio :  no  puede  quedar  así,  hecho 
una  albondiguilla ....  Llévenselo,  y  dénle  un  baño 
de  árnica  y  un  matecito  de  tila. . . . 

(Algunos  arrastran  y  se  llevan  á  Serapio). 

SEÑEN 

Pero,  ¡  qué  guitarrazo !  ¡  Je,  je,  je !  j  Qué  guita- 
rrazo ! 

misia  goya 

¡  Ave  María  Purísima !  ¡  Y  fué  con  mi  guitarra ! 
( A  Dionisio )  Hubieras  agarrado  una  silla,  mucha- 
cho. ...  ¡La  guitarra  que  era  del  finado  mi  padre! 
En  fin,  ¡no  importa!  Ha  sido  un  guitarrazo  apro- 
vechado .... 


348 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


SENÉN 

Pero,  ¡qué  guitarrazo!  ¡Je,  je,  je!  ¡Qué  guita- 
rrazo ! 

misia  goya 

(Mirándolo  de  reojo;  para  sí)  No  haberte  tocado  á 
vos  otro  igual ....  (A  Pura )  Vaya,  acércatele .... 
Dale  las  gracias. . . . 

PURA 

(Aproximándose  á  Dionisio)  Dionisio.... 

DIONISIO 

¿Me  perdonás? 

pura 

Sí.  Vamos  á  bailar. 

MISIA  GOYA 

¡  Música !  ¡  Música !  ¡  No  ha  pasado  nada ! 
(Los  músicos  la  emprenden  rabiosamente  con  un 
vals.  Inmediatamente  se  forman  las  parejas). 

SENÉN 

(Saltando  y  palmoteando  como  un  energúmeno) 
¡  Siga  la  farra !  ¡  Siga  la  farra !  ¡  Siga  la  farra ! 

( Aquilina  entra  en  este  instante  con  la  fuente  de 
pasteles.  Don  Senén  que  brinca,  vocifera  y  palmoiea 
como  un  poseído,  le  pega  un  encontrón  fenomenal  y 
echa  á  rodar  la  fuente  y  los  pasteles). 


EL  BAILE  DE  MISIA  GOYA 


349 


MISTA  GOYA 

¡Jesús,  María  y  José!  ¡Mis  pasteles!  ¿Pero  no 
habrá  quien  le  pegue  un  guitarrazo  á  este  hombre? 
(Gritos,  risas,  confusión). 


FIN  DE  LA  HUMORADA 


ALGUNOS  JUICIOS 


■ 


OPINIONES  DE  LA  PRENSA 
sobre  «EL  ESCLAVO  -  REY  » 


"El  Esclavo-rey".  —  La  compañía  Esteves- Are- 
llano  nos  hizo  conocer  anoche  una  nueva  obra  del 
doctor  Víctor  Pérez  Petit. 

Nosotros,  que  conocemos  la  vasta  preparación  del 
autor,  concurrimos  á  Solís  convencidos  de  poder  ver 
algo  muy  bueno,  y  á  f e  que  no  nos  equivocamos. 

El  Esclavo-rey  es  una  hermosísima  pieza,  en  que 
las  vicisitudes  de  la  vida,  las  luchas  humanas  y  las 
flaquezas  del  corazón,  han  sido  llevadas  á  la  escena 
con  gran  habilidad  para  ofrecer  á  muchos  espíritus 
una  lección  de  moral,  puesta  filosóficamente  al  servi- 
cio de  la  juventud  imprevisora  ó  de  la  madurez  irre- 
flexiva. 

Porque  ha  de  saberse  que  lo  que  caracteriza  á  la 
obra  de  Pérez  Petit,  es  un  fondo  altamente  moral, 
una  enseñanza  por  todos  conceptos  saludable. 

Y  no  es  que  el  autor  haya  pretendido  erigir  con  su 
obra  una  cátedra  de  ideas  filosóficas:  no;  el  doctor 
Pérez  Petit  ha  sabido  descartar  de  su  trabajo,  las 
tiradas  de  alta  filosofía  que  tanto  abundan  en  obras 
de  la  misma  índole  y  que  pretenden,  sin  fruto  la 
mayoría  de  las  veces,  alcanzar  un  fin  semejante.  El 
Esclavo-rey,  sin  esos  procedimientos,  llega  al  punto 
deseado;  sus  personajes  se  mueven  con  gran  natu- 
ralidad, hablando  como  debe  hablarse  y  no  necesitan  v 
recurrir  á  medios  inexplicables  ni  á  palabras  rebus- 
cadas, para  hacer  llegar  al  auditorio  un  soplo  de 

28,— T.  II. 


354 


OPINIONES  DE  LA  PRENSA 


su  vida,  de  sus  pesares  y  de  sus  alegrías.  Es  la  natu- 
ralidad misma,  la  realidad  de  la  vida,  que  se  mani- 
fiesta elocuente  y  que  el  auditorio  escucha  asocián- 
dose á  todas  las  alternativas  con  marcado  interés. 

¡  Cuántas  verdades  encierra  la  obra  del  concep- 
tuoso escritor! 

¡  A  cuántos  habrán  alcanzado  las  amargas,  pero 
exactas  reflexiones  de  esa  comedia  dramática! 

¿Acaso  no  vemos  todos  los  días  hombres  candoro- 
sos que,  influenciados  por  la  hermosura  de  una  mu- 
jer no  reparan  en  gastar  lo  que  no  tienen  y  hasta 
lo  que  no  les  pertenece?  ¿No  vemos  continuamente 
hogares  deshechos  por  aventureras  que  roban  la  feli- 
cidad de  una  casa  para  después  desligarse  despia- 
dadamente del  hombre  que  le  dió  su  dinero,  su  ca- 
riño y  también  su  honor? 

Lo  hemos  dicho  y  lo  repetimos,  El  Esclavo-rey  es 
una  pieza  moral  que  alecciona  á  los  que  la  ven, 
que  hace  pensar  hondo,  dejando  en  el  ánimo  acari- 
ciadoras esperanzas  y  en  la  mente  felices  disposi- 
ciones para  el  porvenir  y  que  encierra  dos  cosas  muy 
apreciables:  un  grito  de  alarma  para  los  que  em- 
piezan á  vivir  y  la  voz  de  ¡  alto !  para  los  que  han 
vivido. 

Sintetizando:  El  Esclavo-rey  es  una  obra  digna 
de  la  ya  saneada  nombradía  de  su  autor,  á  quien 
forzoso  será  —  substrayéndose  á  la  influencia  que 
en  algunos  ejerce  la  caprichosa  moda  —  proclamar 
el  primero  de  nuestros  dramaturgos,  si  es  que  por 
autor  dramático  se  entiende  al  escritor  profundo  y 
brillante  que  sabe  amoldar  al  teatro  las  condiciones 
de  un  talento  robusto  y  de  un  corazón  grande  y 
generoso.  —  Raezle  Arffuig. 

Montevideo,  1908. 

(El  Telégrafo  Marítimo). 


SOBRE  4,EL  ESCLAVO  -  REY" 


355 


"El  Esclavo-rey".  —  Una  obra  fuerte,  vigorosa, 
de  las  mejores  del  teatro  nacional,  es  indudablemente 
El  Esclavo-rey  del  doctor  Víctor  Pérez  Petit,  estre- 
nada el  domingo  en  Solís  y  repetida  antenoche,  des- 
pués de  haber  constituido  uno  de  los  mayores  éxitos 
en  los  teatros  porteños.  En  esta  nueva  pieza,  el  autor 
de  Yorick  ha  afirmado  nuevamente  su  personalidad 
de  autor  de  talento  y  el  público  que  lo  ha  compren- 
dido también  así,  recibió  la  obra  con  muy  entusiasta 
acogida,  llamando  repetidas  veces  á  escena  al  doctor 
Pérez  Petit.  El  Esclavo-rey  es  la  sencilla  historia 
de  un  hombre  que  ha  caído  entre  las  garras  de  una 
canzonetista  de  Casino,  á  la  cual,  llevado  por  una 
pasión  violenta,  sacrifica  la  felicidad  de  su  esposa, 
de  sus  hijos,  la  tranquilidad  del  hogar  y,  por  último, 
su  honradez.  Cajero  de  un  banco,  utiliza  el  dinero 
que  le  está  confiado  para  satisfacer  los  costosos  ca- 
prichos de  la  taimada  "chanteuse",  que  lo  trata  con 
el  más  soberano  de  los  desprecios. 

Total:  no  tardan  en  agotarse  los  recursos  y  el  es- 
clavo-rey concluye  por  ser  descubierto  y  tiene  que 
abandonar  su  hogar  para  escapar  á  la  orden  de  pri- 
sión que  contra  él  ha  sido  decretada. 

La  acción  del  primer  y  tercer  actos  de  la  obra  se 
desarrolla  en  la  casa  de  Reyes  y  forma  notable  con- 
traste con  la  del  segundo,  que  tiene  por  escena  la 
casa  de  la  canzonetista. 

Este  segundo  acto,  con  ser  los  otros  dos  muy  bue- 
nos, es  sin  duda  el  mejor  de  la  obra.  Pérez  Petit  pre- 
senta en  él  con  fidelidad  de  finísimo  observador  el 
tipo  de  la  chanteuse,  su  maldad  y  las  humillaciones 
de  Reyes  para  evitar  el  inevitable  abandono.  Ade- 
más, las  situaciones  resultan  todas  interesantísimas, 
realzadas  por  un  dialogado  perfecto,  movidísimo. 

Y  Arellano  y  la  Esteves  estuvieron  ambos  insupe- 
rables, compartiendo,  por  su  finísima  labor,  las  ova- 
ciones tributadas  al  doctor  Pérez  Petit. 
Montevideo,  1908. 

(El  Siglo). 


356 


OPINIONES  DE  LA  PRENSA 


"El  Esclavo-rey".  —  Al  fin  empieza  á  convertirse 
en  halagadora  realidad,  la  ilusión  muchas  veces  des- 
vanecida respecto  al  porvenir  de  nuestro  teatro,  — 
Ya  no  se  está  frente  á  un  problema  de  oscura  y  re- 
mota solución,  sino  en  el  ciclo  fecundo  en  el  que  pal- 
pitan la  fuerza  y  la  verdad  de  manifestaciones  inte- 
ligentes, que  son  el  exponente  de  nuestra  intelectua- 
lidad. 

Nuestro  ambiente,  que  había  sido  poco  propicio 
para  el  arte  dramático,  ha  sufrido  modificaciones 
fundamentales  y  permite  actualmente  el  despliegue 
de  hermosas  energías. 

Se  ha  roto  al  fin  el  hielo  de  las  indiferencias 
aplastadoras  que  ahogan  gérmenes  preciosos  y  ma- 
logran generosas  tentativas.  —  En  esta'  evolución 
lenta  y  progresiva  han  ido  surgiendo  los  más  inteli- 
gentes y  los  más  tenaces ;  aquellos  que  no  se  desalen- 
taron en  sus  primeros  esfuerzos,  á  pesar  del  vacío  en 
que  cayó  su  labor  inicial. 

Florencio  Sánchez  fué  una  revelación  y  prologó 
con  valentía  el  capítulo  de  los  éxitos. 

Por  eso  una  atracción  simpática  vinculó  al  espí- 
ritu público,  frente  á  su  triunfo  indiscutible.  —  Ya 
tenemos,  se  dijo,  con  profunda  razón  —  una  moda- 
lidad propia,  original  y  fuerte,  llevada  á  la  escena. 
—  Y  de  ahí  el  afán  sincero  por  alentar  el  anhelado 
florecimiento  de  la  literatura  dramática  nacional. 

Conseguido  el  ambiente  propicio,  hemos  tenido 
oportunidad  de  ir  aplaudiendo  sinceramente  obras 
cuyos  autores  tuvieron  que  estrenar  en  el  extran- 
jero, obligados  por  las  circunstancias  adversas  antes 
mencionadas. 

En  ese  caso  se  encuentra  el  doctor  Víctor  Pérez 
Petit.  —  De  su  vasta  producción,  no  teníamos  nada 
más  que  noticias,  halagadoras,  sí,  pero  no  lo  sufi- 
cientemente amplias  para  proporcionarnos  elemen- 
tos de  juicio. 

En  la  temporada  realizada  en  Solís,  con  motivo 
de  la  representación  de  las  obras  presentadas  al  con- 


SOBRE  "EL  ESCLAVO-  REY " 


357 


curso  dramático,  se  han  estrenado  varias  obras  del 
inteligente  escritor,  diversas  en  su  índole  y  en  su 
estructura,  pero  hijas  todas  de  un  temperamento 
apasionado  por  la  verdad  y  la  belleza,  esa  belleza, 
que  al  decir  de  Teófilo  Gautier  "es  inmutable  y 
serena,  como  una  majestad  eterna  y  generosa." 

Sería  injusto  no  consignar  aquí  una  breve  impre- 
sión —  ya  que  no  un  juicio  de  su  último  estreno. 

El  Esclavo-rey  es  un  hermoso  drama,  en  el  que 
palpita  una  realidad  viviente  y  sobre  el  que  flota 
una  amargura  de  almas  desgarradas  por  una  dolo- 
rosa  experiencia.  —  El  hogar,  el  nido  apacible,  trai- 
cionado en  su  encantadora  dulzura  por  el  aleja- 
miento del  hombre,  encadenado  á  un  pérfido  lazo  de 
mentidas  caricias. 

Y  por  eso  mientras  gime  desolada  el  alma  de  la 
mujer  amante  y  buena,  mientras  queda  abandonado 
el  sitio  del  que  es  rey  y  señor  de  su  afecto,  se  arras- 
tra y  envilece  el  culpable  frente  al  vicio,  como  un 
esclavo  que  mendiga  una  mirada,  una  sonrisa,  una 
caricia  compasiva. 

Lágrimas  y  reproches  del  amor  burlado ;  carca- 
jadas canallescas  del  amor  mentido  hacia  la  súplica 
mendicante :  he  ahí  el  contraste. 

Hay  por  eso  dos  ambientes  en  la  obra,  reflejados 
en  la  acción  dramática  en  un  prolijo  estudio  de  tem- 
peramentos y  caracteres  diversos. 

En  el  primer  acto  se  plantea  el  drama  con  preci- 
sión y  quedan  marchitas  las  ilusiones  del  hogar, 
ante  el  abandono  del  extraviado.  —  El  segundo  acto 
—  en  casa  de  la  mujer  impúdica  —  es  de  una  verdad 
y  un  colorido  admirables. —  Allí  se  desarrollan  es- 
cenas de  vida  alegre  y  aparece  en  toda  su  desnudez 
la  artificiosa  simulación  de  la  querida  traidora.  — 
Este  acto  es  sin  duda  el  mejor  de  la  obra,  pues  no 
decae  un  sólo  instante  el  interés  del  espectador,  cau- 
tivado por  un  diálogo  ágil,  flexible,  en  el  que  cam- 
pea una  observación  sagaz.  —  En  el  se  descubre  el 
engaño  de  que  ha  sido  víctima  el  infeliz  alucinado 


358 


OPINIONES  DE  LA  PRENSA 


y  cae  la  venda  de  sus  ojos,  ante  la  evidencia  descar- 
nada y  brutal  que  aleja  sus  últimas  esperanzas.  — 
Podría  objetarse  aquí,  que  es  discutible  como  expre- 
sión de  un  estado  de  alma,  la  actitud  del  amante 
que  se  arrastra  como  un  perro  á  las  plantas  de  su 
dueño,  insensible  á  las  injurias  que  abofetean  su 
rostro ;  pero,  aún  considerándola  exagerada,  hay  que 
reconocer  que  es  altamente  dramática  y  sugestiva. 

El  tercer  acto  es  la  reivindicación  del  amor  puro 
y  desinteresado,  el  afecto  sincero  que  recobra  su 
perdido  edén  con  la  vuelta  del  marido  culpable  al 
asilo  donde  le  aguardaban  ansiosas  dos  almas  honra- 
das. —  Termina  la  obra  con  una  hermosa  escena, 
tierna  y  conmovedora  por  su  sencillez.  —  Los  aplau- 
sos coronan  la  labor  del  dramaturgo,  que  es  llamado 
repetidas  veces  al  proscenio.  —  Sin  establecer  pa- 
rangones, bien  puede  afirmarse  que  El  Esclavo-rey 
es  de  las  mejores  obras  de  Pérez  Petit  y  acaso  la  que 
realiza  de  modo  más  completo  la  aspiración  de  los 
que  escriben:  hacer  sentir  profundamente. 

Montevideo,  1908. 

(La  Tribuna  Popular). 


Nacional.  —  "El  Esclavo-rey".  —  Como  lo  hacían 
esperar  el  programa  y  el  carácter  especial  de  la 
función,  resultó  una  brillante  velada  la  de  anoche 
en  el  Nacional,  á  beneficio  del  señor  Guillermo  Bat- 
taglia.  El  mal  tiempo  no  logró  impedir  que  se  ago- 
taran las  localidades,  ofreciendo  la  sala  el  aspecto 
de  las  grandes  noches. 

El  programa  no  pudo  ser  más  variado  ni  más  no- 
vedoso. En  efecto,  las  tres  piezas  que  lo  componían 
eran  estrenos  para  nuestro  público,  pues  el  drama 
de  Braceo  sólo  se  representó  aquí  en  italiano. 


SOBRE  "EL  ESCLAVO  -  REY" 


359 


Representóse  primero  El  Esclavo-rey,  comedia 
dramática  en  tres  actos  de  don  Víctor  Pérez  Petit, 
que  mereció  una  acogida  muy  favorable.  Le  siguió 
luego  un  monólogo  del  señor  Laferrere,  y  por  último 
Don  Pietro  C 1  aniso ,  de  Roberto  Braceo. 

El  Esclavo-rey  encierra  un  drama  amargo  y  pun- 
zante. Hay  poca  novedad  en  su  trama,  pero  el  autor 
la  expone  con  viva  destreza.  Desde  luego  el  señor 
Pérez  Petit  nos  presenta  caracteres  humanos  y  ver- 
daderos, estén  ó  no  dibujados  vigorosamente.  Las 
pasiones  no  razonan  aquí  como  en  Yorick.  El  grito 
de  las  flaquezas  es  espontáneo.  El  dolor  palpita,  vi- 
bra; y  su  lenguaje  tiene  la  sobriedad  propia  de  lo 
que  es  sincero,  de  lo  que  es  sentido. 

Los  tres  actos  desarrollan  progresivamente  la  ac- 
ción, sin  entorpecerla  con  detalles  episódicos.  El  in- 
terés se  mantiene  despierto,  y  crece  á  medida  que 
el  drama  acentúa  su  mismo  proceso. 

Teatralmente  considerado  El  Esclavo-rey  es  la 
obra  más  perfecta  del  señor  Pérez  Petit.  La  trama, 
ya  lo  hemos  dicho,  no  es  lo  que  nos  seduce  mayor- 
mente en  esta  obra.  En  cambio  aplaudimos  sin  reser- 
vas su  parte  formal.  Veamos  el  argumento  de  El  Es- 
clavo-rey : 

Reyes  (señor  Battaglia)  está  casado  con  Camila 
(señora  Cornaro).  Tienen  dos  hijitos  (María  Ester 
y  Antonio  Podestá).  Viven,  ó  mejor  dicho  vivían 
modestamente  con  el  sueldo  que  Reyes  ganaba  como 
empleado  de  un  banco.  Un  día  la  fatalidad  se  cruza 
en  su  camino  encarnada  en  Lisetta  (señora  Tesada), 
una  artista  de  café-concierto.  Lisetta  lo  atrae,  y 
Reyes  corre  detrás  de  ella,  locamente  enamorado. 
Esta  pasión  da  lugar  á  todo  el  drama,  que  va  á  re- 
caer inevitablemente  en  el  hogar,  antes  apacible  y 
dichoso. 

Lisetta  lleva  una  vida  en  extremo  dispendiosa, 
sobre  todo  para  Reyes,  cuyos  recursos  son  limitadí- 
simos. Ello  lo  induce  á  escatimar  á  los  suyos  lo  im- 
prescindible, mientras  es  con  su  amante  generoso 


360 


OPINIONES  DE  LA  PRENSA 


hasta  la  culpa.  Así  roba  á  su  propia  mujer  las  joyas 
que  luego  ofrece  á  Lisetta,  y  como  si  ello  no  bastase 
paga  sus  caprichos  con  el  dinero  que  Morales  (José 
Podestá)  le  confía  para  retirar  una  letra. 

Sin  embargo,  todo  esto  no  satisface  las  exigencias 
de  Lisetta.  Su  afán  es  lucir,  devorar.  Y  ante  las 
dificultades  reanuda  con  su  antiguo  amante.  Juntos 
los  sorprende  Reyes,  mas  cuando  éste  intenta  levan- 
tar la  voz,  ella  le  arroja  de  allí,  como  se  despide  á 
un  criado  insolente. 

Al  desastre  afectivo  sigue  la  deshonra.  El  banco 
advierte  á  Morales  su  falta  de  puntualidad  en  el 
pago.  Éste  acusa  á  Reyes,  pues  tiene  un  recibo  en 
su  poder. 

En  la  escena  final,  forzado  por  las  circunstancias, 
Reyes  confiesa  todo  á  su  mujer.  Entonces  la  pobre 
esposa  olvida  todos ;  sus  rencores  y  sólo  piensa  en 
salvar  al  marido.  Le  da  algún  dinero,  el  que  le 
dejara  su  propia  madre  ^ara  la  nena,  y  le  exhorta  á 
ponerse  en  salvo,  á  huir  de  la  justicia. 

Buenos  Aires,  1907. 

(La  Nación). 


OPINIONES  DE  LA  PRENSA 


sobre  «LA  RONDALLA» 


"La  Rondalla".  —  Víctor  Pérez  Petit  es  un  ga- 
llardo ejemplo  de  multiplicidad  intelectiva.  Con  el 
mismo  entusiasmo,  revelador  de  un  espíritu  rico  y 
selectamente  cultivado,  ha  podido  abordar  distintos 
géneros  del  arte  y  de  la  literatura,  afirmando  sus 
cualidades  de  escritor  en  una  serie  de  obras  que,  con 
indudable  justicia,  constituyen  el  honrado  cimiento 
de  su  reputación.  Espigando  en  el  campo  de  la  crí- 
tica, escribió  Los  Modernistas,  acaso  la  más  sólida 
de  sus  producciones.  En  Gil,  aparece  el  cuentista  de- 
licado y  original,  viajando  por  los  caminos  de  la 
vida  y  en  las  despiertas  primaveras  del  jardín  inte- 
rior, imprimiendo  sus  ideas  y  sensaciones  con  un 
claro  dominio  del  idioma,  que  resalta  en  armonías 
de  florido  matizamiento.  Después,  en  Joyeles  Bárba- 
ros, se  nos  revela  poeta,  aún  cuando  no  sea  ésta  la 
mejor  de  sus  cuerdas  de  artista. 

De  lo  que  Pérez  Petit  ha  producido  para  el  teatro, 
merecen  nuestra  recordación  Claro  de  luna,  Yorick 
y  también  El  Esclavo-rey. 

Ahora  ha  estrenado  La  Rondalla,  drama  en  tres 
actos,  acerca  del  cual  queremos  manifestar  una  pe- 
queña impresión. 

La  Rondalla  es  un  cuadro  pintoresco,  doloroso  en 
el  fondo,  y  hábilmente  fidedigno.  Es  un  pasaje  de 
la  vida,  un  episodio  familiar  y  bien  visto,  inspirado 
esta  vez  en  la  sentina  de  ese  pueblo  que  habita  por 
las  callejas  del  suburbio  metropolitano. 


362 


OPINIONES  DE  LA  PRENSA 


La  trama  de  la  obra  es,  indudablemente,  muy  sen- 
cilla, y  hasta  vulgar  si  se  quiere,  pero  si  ella  no  acusa 
una  originalidad  en  tal  concepto,  el  autor  ha  sabido 
en  cambio,  dentro  de  esa  misma  sencillez,  rodear,  las 
situaciones  principales  de  un  buen  caudal  de  escenas 
reales  y  movidas.  La  acción  se  va  destacando,  nítida, 
en  medio  de  incidentes  oportunos  y  vivos,  que,  lejos 
de  parecer  supérfluos  enriquecen  el  conjunto  y  de- 
tallan tanto  el  carácter  como  el  ambiente  en  que  el 
drama  tiene  su  desarrollo,  con  ágiles  pinceladas  y 
colorido  apropiado. 

Al  levantarse  el  telón,  bajo  la  oscuridad  que  flota 
sobre  la  calle  solitaria,  un  rasgueo  de  mandolinas  y 
bandurrias  sugiere  el  desfilar  acompasado  y  típico 
de  la  pandilla  juvenil,  que  atraviesa  el  arrabal  dor- 
mido, después  de  haber  dado  á  la  moza  la  popular 
serenata.  En  el  silencio  unánime,  no  obstante  ese 
compás  regocijado  que  insinúan  las  marchas  calle- 
jeras, va  sonando  esta  rondalla  con  unps  dejos  de 
melancolía  que  luego  han  de  armonizar  con  la  tris- 
teza del  final  del  poema. 

La  breve  sugestión  del  pasacalle  desaparece  con 
las  notas  que  se  pierden  al  doblar  de  una  esquina, 
y  entonces,  como  una  mutación  determinada  por  el 
correr  de  las  horas,  resplandece  en  la  escena  un  pa- 
tio humilde,  con  su  verde  parral  y  sus  macetas  de 
plantas  florecidas. 

Aquí  empieza  la  acción.  Es  un  hogar  proletario, 
donde  Luz,  Tilde  v  Simona  —  muchachas  huérfanas 
de  padre  y  madre  —  viven,  trabajando  costuras  para 
un  registro,  en  compañía  de  su  hermano  Pancho,  un 
mocetón  casero  y  holgazán,  y  del  abuelo,  viejeeito 
de  bríos  acabados  que  ya  no  atina  á  hacerse  respetar 
y  que  soporta,  lleno  de  amorosa  predilección  por 
Tilde,  las  insolencias  de  las  otras  nietas. 

Tiene  también  intervención  principal  en  el  epi- 
sodio, Mariana,  una  vecina  dicharachera  y  amigable, 
que  concurre  con  frecuencia  á  la  casa,  alivianando 
con  hacendosa  solicitud  la  faena  de  las  jóvenes  y 


SOBRE  "LA  RONDALLA" 


363 


salpicando  de  ocurrente  verba  los  diálogos  que  se 
suceden  espontáneos  é  interesantes  en  la  misma  tri- 
vialidad arrabalesca  que  Pérez  Petit  ha  sabido  sor- 
prender, poniéndola,  bien  distintamente,  en  boca  de 
cada  uno  de  los  personajes  que  actúan  en  La  Ron- 
dalla. 

Y  á  propósito  de  los  diálogos:  si  el  lenguaje  re- 
sulta á  trechos  un  tanto  crudo  y  poseído  de  cierta 
dureza  malsonante,  como  pudieran  creer  las  gentes 
de  oído  demasiado  timorato,  no  puede  ello  atribuirse 
en  este  caso  á  una  supuesta  impericia  del  autor.  Los 
parlamentos  de  La  Rondalla  están  calcados  sobre 
la  realidad  observada,  y  no  son  otra  cosa  que  el 
reflejo  —  depurado,  como  es  natural,  de  inadmisi- 
bles groserías  —  del  modo  de  expresión  de  un.  am- 
biente en  que  los  individuos  hablan  de  esa  ma- 
nera. 

Denn^iaría  un  poco  de  petulancia  mogigata,  el 
hecho  de  sentirnos  molestados  porque  un  mozo  de 
cordel,  tosco  y  analfabeto,  transportado  á  la  escena, 
no  nos  hablara  con  el  decir  galano  y  los  modales 
de  un  diplomático  ó  de  un  hombre  de  letras. 

Estas  escenas  de  la  vida  familiar  en  que  los  her- 
manos disputan  y  se  originan  desavenencias  á  cada 
instante  y  con  cualquier  motivo,  han  sido  discreta- 
mente reproducidas  por  Víctor  Pérez  Petit.  Nos- 
otros vemos,  además,  en  los  pasajes  de  esta  índole 
que  La  Rondalla  presenta,  algo  amargo  y  profundo, 
que  no  reside  sólo  en  las  simples  exterioridades  de 
esas  enojosas  rencillas  que  conturban  los  hogares 
humildes.  Vemos  la  causa  allá  adentro,  en  la  triste 
miseria  que  se  cierne  sobre  la  familia  de  los  hijos 
del  trabajo,  y  encontramos  esa  misma  ausencia  de 
alegrías  recorriendo  su  ruta  desde  los  talleres  y  las 
fábricas  hasta  el  sotabanco  de  los  pobres,  donde  el 
descontento  y  la  falta  de  vitales  alicientes,  encuen- 
tran en  cualquier  nimio  pretexto  razones  poderosas 
para  rebelarse,  encendiendo  el  rencor  y  la  desarmo- 
nía entre  padres  é  hijos,  entre  hermanos  y  herma- 
nas, entre  esposos  y  mujeres. 


364 


OPINIONES  DE  LA  PRENSA 


Es  así  como  Tilde,  la  más  joven  de  las  muchachas 
de  este  hogar,  vive  sufriendo  con  resignación  el  mal- 
trato y  las  imposiciones  de  sus  hermanas  mayores. 
Tilde  soporta  pacientemente  las  tareas  más  rudas. 
Trabaja  sin  cesar,  reprendida  y  golpeada  por  Si- 
mona y  Luz,  las  cuales,  como  dice  Pancho,  parecen 
haber  contratado  para  tal  objeto  las  espaldas  de 
Tilde.  Ella  es  la  "Cenicienta"  de  la  casa;  pero  con- 
fía, para  verse  libre  de  su  esclavitud,  en  que  Pepe, 
un  obrero  tipógrafo,  su  novio,  á  quien  ama  con  inge- 
nuo cariño  no  exento  de  pasión,  se  casará  pronto 
con  ella.  El  abuelo,  piensa  y  desea  lo  propio,  porque 
sufre  también  con  los  sufrimientos  de  su  nieta  pre- 
ferida. 

Pepe,  en  sus  habituales  visitas  á  la  casa,  sostiene 
muy  frecuentes  altercados  verbales  con  Simona, 
ágrios  cambios  de  palabras  que  se  originan  sin  causa 
manifiesta.  Simona,  como  su  hermana  mayor,  tiene 
celos  y  envidia  de  que  Tilde  haya  conquistado  un 
novio. 

— Tanto  tirarse  los  trastos  á  la  cabeza,  concluirán 
por  quererse !  —  exclama  Luz  en  una  disputa  de 
Pepe  con  Simona.  Tilde,  que  en  este  momento  está 
sentada  al  lado  de  su  novio,  siéntese  vivamente  he- 
rida por  la  frase,  y  se  levanta,  desapareciendo  con 
dignidad  ultrajada,  bajo  una  lluvia  de  risueñas 
ofensas. 

La  primera  piedra,  tal  vez  inconscientemente,  ha 
sido  ya  arrojada.  Una  pequeña  circunstancia,  al  pa- 
recer insignificante,  pero  fatal  para  Tilde,  va  á 
determinar  el  principal  relieve  y  el  curso  emocio- 
nante del  proceso  dramático. 

Las  muchachas  están  invitadas  para  asistir  á  un 
baile.  Tilde,  como  de  costumbre,  se  quedará  en  la 
casa.  Irán  Luz  y  Simona,  que  se  encuentran  ya  lisias 
para  ello,  cuando  llegan  en  su  busca  doña  Manuela, 
Encarnación  y  Felipe.  Simona,  que  tiene  anterior- 
mente á  solas  con  Pepe  una  sugestiva  escena  inte- 
rrumpida por  la  presencia  inoportuna  de  Pancho, 


SOBRE  "LA  RONDALLA" 


365 


ha  adivinado  en  la^actitud  de  aquél  acaso  el  oculto 
deseo  de  hacerle  una  revelación  que  le  interesa, 
y  entonces  trata  de  que  Pepe  vaya  también  al  baile. 
Hace  la  invitación  delante  de  Tilde,  y  ésta  agitada 
por  visible  lucha  interior,  no  sólo  consiente  en  que 
su  novio  las  acompañe,  sino  concluye  por  incitarlo  y 
convencerlo.  Todos  marchan  al  baile,  mientras  rompe 
en  sollozos  la  pobre  "Cenicienta".  El  telón  del  pri- 
mer acto  trunca  á  los  ojos  del  espectador  esa  angus- 
tia profunda  que  no  ha  de  terminar  hasta  la  muerte. 

El  segundo  acto  es  más  intenso,  y  creemos  que  es 
el  mejor  de  la  obra.  Han  pasado  dos  meses.  La  noche 
del  baile  marcó  sin  duda  una  nueva  etapa  en  la 
amistad  de  Pepe  con  Simona. 

Ahora  disienten  algo,  pero  no  como  antes.  Sus 
desavenencias  parecen  más  bien  simuladas  que  efec- 
tivas. 

Tilde,  siempre  bajo  los  malos  tratos  de  sus  her- 
manas, no  está  bien  de  salud.  Nota  la  frialdad  en 
que  va  declinando  el  cariño  de  su  novio,  y  la  amar- 
gura la  devora  con  ímpetus  tan  hondos  como  el 
mismo  amor  que  siente  por  ese  hombre  que  la  en- 
gaña. Una  tos  traicionera  está  denunciando  el  mal 
que  matará  su  organismo. 

Ella,  convencida  de  sus  pensamientos,  reprocha  al 
novio  el  desvío  que  en  él  se  va  acentuando  y  le  pide 
franqueza,  para  saber  á  qué  atenerse.  Pepe,  confusa- 
mente, no  alcanza  una  respuesta  satisfactoria. 

Las  hermanas  mayores,  han  reñido  ese  día  por  di- 
ferencias sobre  la  costura.  Luz  ha  dado  á  Simona 
una  violenta  bofetada.  Este  hecho  plantea  una  situa- 
ción decisiva.  Simona  abandonará  la  casa.  No  puede 
soportar  la  tiranía  de  su  hermana  mayor.  Y  en  un 
arranque  mientras  Tilde  ha  salido  con  Mariana,  se  lo 
confiesa  á  Pepe.  Éste  presa  de  lírico  arrebato,  com- 
prende en  ese  instante  que  toda  su  pasión  es  por 
Simona.  Ambos  se  juran  amor  y  suena  un  beso  en 
el  momento  que  Tilde  aparece  por  el  fondo.  Simona 
corre  á  ocultarse  y  cuando  Pepe  intenta  una  dis- 


366 


OPINIONES  DE  LA  PRENSA 


culpa  ante  Matilde,  que  lo  ha  visto  todo,  ella,  angus- 
tiada y  digna,  lo  rechaza,  enrostrándole  su  traición 
y  pidiéndole  que  se  marche.  Pepe  quiere  tomarla 
entre  sus  brazos,  pero  el  abuelo  se  interpone.  Com- 
parecen Luz  y  Simona,  originándose  una  rápida  dis- 
cusión en  la  que  éstas  justifican  el  hecho  y  lo  de- 
fienden con  cinismo  mientras  llora  Matilde.  Una  in- 
dignación profunda  levanta  entonces  la  energía  del 
abuelo,  el  cual  logra  imponerse,  arrojando  de  su 
lado  con  sentida  y  firme  serenidad  á  Pepe  y  á  las 
hermanas  desleales.  Quiere  estar  sólo,  sólo  con  su 
desgraciada  nieta.  Desde  ese  momento  ella  no  ha  de 
tener  otro  consuelo  que  el  cariño  del  viejo.  Tilde 
cae  en  los  brazos  del  abuelo,  mientras  baja  el  telón. 

El  tercer  acto  es  más  lento,  menos  interesante  que 
los  otros.  Pero  hay  vida,  hay  realidad  en  ese  palpi- 
tante trozo  de  amargura.  El  abuelo  y  Tilde  han 
abandonado  la  casa  familiar.  El  fuerte  golpe  su- 
frido por  la  pobre  muchacha,  produce  consecuencias 
irremediables.  La  tisis  va  ejerciendo  su  aniquilante 
labor.  En  vano  Mariana,  que  está  allí  junto  á  Tilde 
prodigándole  toda  clase  de  cuidados,  trata  de  enga- 
ñar al  viejo  pintándole  una  mejoría  que  no  ha  de  se- 
ñalarse. En  vano  Pancho,  el  holgazán,  que  hasta  se 
ha  decidido  á  trabajar  en  presencia  de  lo  que  ocurre 
á  su  hermana,  pretende  hallar  progresos  favorables 
en  el  estado  de  la  enferma.  El  desenlace  es  fatal  y 
está  próximo  á  producirse. 

En  efecto,  después  de  una  tierna  escena  en  la  que 
Tilde,  obsesionada  por  el  recuerdo  de  su  novio,  hace 
á  Pancho  preguntas  saturadas  de  honda  melancolía, 
se  avecina  la  crisis. 

Creemos  que  uno  de  los  más  bellos  pasajes  de  la 
obra  es  aquel  en  que  Tilde  sorprende  al  abuelito, 
ante  la  luz  de  la  lámpara,  trenzando  11 maneas"  para 
la  talabartería.  El  amoroso  viejo,  sin  fuerzas  y  casi 
paralítico,  trabaja  también  para  su  nieta,  furtiva- 
mente, en  las  altas  horas  de  la  noche.  Tilde  le  recri- 
mina esta  bondad,  se  deja  caer  sobre  la  hamaca  en 


SOBRE  "LA  RONDALLA " 


367 


las  conmociones  dé  una  extraña  congoja  y  pide  al 
viejecito  que  le  traiga  una  cruz,  regalo  que  su  novio 
le  ofreciera  para  colgarse  al  cuello.  El  abuelo  va  en 
busca  del  objeto  y  Tilde  se  aproxima  á  contemplar 
la  calle. 

Entonces,  bajo  la  noche  tranquila,  cuya  claridad 
efunde  por  la  abierta  ventana,  suenan  rompiendo 
el  poemático  silencio  las  notas  vagabundas  de  la  ron- 
dalla. 

En  el  ánimo  de  Tilde  se  opera  como  un  súbito 
resurgimiento.  Cree  que  Pepe  viene  á  su  ventana, 
trayendo  como  ayer  en  las  bandurrias  un  perfume 
de  amor .... 

La  enferma  se  transfigura  y  llama  á  Pepe  con 
desgarrante  reclamo.  Pero  no.  Los  ecos  del  pasa- 
calle que  otra  vez  sugestionan  con  doliente  compás, 
se  pierden  á  lo  lejos  como  una  luz  que  muere  — 
' '  ¡  Ah,  no  es  por  mí ;  es  por  la  otra ! "  —  Así  exclama 
la  tísica  y  se  dobla  sobre  la  hamaca  lo  mismo  que 
una  flor.  El  abuelo  que  vuelve  con  ufana  sonrisa,  se 
desploma  anonadado  cuando  toca  á  la  muerta,  y  el 
eco  vagabundo  de  las  bandurrias  va  desapareciendo 
por  lejanas  callejas. . . . 

He  ahí  La  Rondalla.  Pérez  Petit  ha  presentado 
una  obra,  que,  no  obstante  la  vulgaridad  inevitable 
de  ciertas  escenas,  se  nos  antoja  un  poema.  El  am- 
biente está  reflejado  con  fidelidad.  La  psicología 
de  los  personajes  está  bien  definida.  Hay  color  y 
sinceridad  en  este  drama.  ¿Algún  defecto?  Sí:  tal 
vez.  Pero  nosotros  hemos  ido  á  sorprender  belleza. 
Y  sobre  cualquier  imperfección  de  La  Rondalla,  un 
bello  soplo  de  arte  hemos  sentido  en  esta  obra  de 
Víctor  Pérez  Petit. 


La  dirección  del  teatro  Nacional,  hace  una  co- 
rrecta presentación  del  drama.  Se  distinguen  en  la 
interpretación :  Blanca  Podestá,  en  su  sentido  papel 
de  Tilde;  Angela  Tesada  (Simona),  artista  de  ta- 


368 


OPINIONES  DE  LA  PRENSA 


lento  á  quien  la  crítica  sigue  con  marcado  interés; 
Orfilia  Rico  (Mariana)  ;  Adela  Podestá  (Luz)  ;  Ar- 
turo Podestá  (El  abuelo)  aplaudido  por  el  público 
en  diversos  pasajes;  Elias  Alippi,  (Pepe),  inteli- 
gente actor  que  sabe  caracterizarse  y  cuya  dicción 
clara  y  correcta  ganaría  ante  los  espectadores  si 
alzase  más  la  voz. 

Julio  Escarcela  (Pancho),  caracteriza  con  feliz 
exactitud  ese  tipo  de  holgazán  impenitente. 

Buenos  Aires,  1907. 

José  de  Maturana. 


"La  Rondalla".  —  No  sabemos  por  qué  los  diarios 
bonaerenses  han  hecho  el  silencio,  hasta  ahora,  en 
torno  del  drama  La  Rondalla,  del  señor  Víctor  Pé- 
rez Petit,  que  se  viene  representando  en  el  teatro 
Nacional.  Según  tenemos  dicho,  se  trata  de  una 
obra  sobresaliente,  que  merece  la  atención  del  pú- 
blico y  de  la  crítica.  Enmendemos  por  nuestra  parte 
la  omisión  aquella,  é  informemos,  siquiera  sea  su- 
mariamente, sobre  la  nueva  producción  del  distin- 
guido literato  uruguayo. 

La  Rondalla  es  la  historia  melancólica  de  una  Ce- 
nicienta, que  muere  tísica  y  abandonada  por  su 
amante.  Como  la  Cendrillón,  del  cuento  de  Perrault, 
Tilde,  la  protagonista  del  drama  del  señor  Pérez 
Petit,  sufre  la  tiranía,  el  desprecio  y  las  vejaciones 
de  dos  hermanas  crueles  y  soberbias.  Carece  de  una 
madrina,  hada  que  la  proteja,  y  sólo  su  abuelito,  un 
anciano  valetudinario,  se  conduele  de  su  desamparo. 
Tilde  tiene  un  novio  á  quien  adora,  y  el  cual  suele 
venir  á  darla  serenatas.  La  acción  del  drama  se 
inicia  precisamente  en  el  instante  en  que  una  banda 
de  guitarras  y  bandurrias,  que  dirige  su  prometido, 
pasa  por  la  calle  tocando  en  honor  suyo  la  rondalla 
de  La  Dolores. 


SOBRE  "LA  RONDALLA" 


369 


Una  de  sus  hermanas  le  roba  el  novio  á  Tilde.  La 
triste  Cenicienta  estaba  enferma.  El  trabajo  exce- 
sivo y  brutal  que  durante  largo  tiempo  gravitó  sobre 
ella,  ha  concluido  por  agobiarla,  y  cuando  comprueba 
la  traición  de  su  amado,  desfallece  bajo  el  supremo 
golpe.  La  vida  en  aquella  casa  se  hace  imposible, 
por  otra  parte,  para  ella.  Para  ella  y  para  su  pobre 
abuelito,  que  la  defiende  de  las  implacables  agre- 
siones fraternales.  Ambos  resuelven  marcharse  de 
allí.  Y  van  á  refugiarse  á  una  precaria  morada  que 
el  viejecito  semiparalítico  debe  sostener  trabajando 
rudamente  á  pesar  de  su  claudicante  senectud.  Entre 
tanto  el  mal  de  Tilde  se  agrava.  Sus  ojos  hundi- 
dos, sus  mejillas  escuálidas,  su  tos  desgarrante,  nos 
lo  dicen  bien  claro.  Casi  no  deja  el  lecho  ya.  Y  mien- 
tras ella  sufre  y  delira  por  la  noche  en  su  cama  mí- 
sera, el  abuelo  trabaja  encarnizadamente  trenzando 
lazos  con  sus  manos  temblorosas  para  ganarle  la 
taza  de  caldo  del  siguiente  día.  Tilde  no  ha  olvidado 
á  su  novio.  Sabe  que  va  á  casarse  con  la  otra;  sabe 
que  ahora  son  para  la  otra  las  serenatas  y  las  ter- 
nuras un  día  suyas,  pero  en  sus  ilusiones  de  tísica 
incurable,  se  aferra  á  la  quimera :  acaso  él  vuelva  to- 
davía Cierta  noche  que  se  halla  levantada,  escucha 

de  pronto  una  música  lejana.  Es  un  alegre  sonar  de 
bandurrias  y  guitarras  que  se  acercan  tocando  la 
"rondalla"  de  La  Dolores,  la  rondalla  de  sus  horas 
felices,  la  rondalla  que  le  hablaba  de  amor,  la  ron- 
dalla que  viene  á  vivificar  de  golpe  sus  marchitas 
esperanzas  de  ventura,  Es  él  que  vuelve;  él  que 
acude  á  reanudar  las  antiguas  serenatas.  .  .  .  Corre 
hacia  la  ventana  Tilde.  Pero  la  banda  sigue  su  ca- 
mino. Un  momento  nada  más,  desgrana  sus  notas 
nubilosas  bajo  la  ventana.  Jméso,  poco  á  poco  se  va 
desvaneciendo  á  la  distancia.  Hasta  que  por  último 
sólo  el  eco  de  la  música  llega  de  lo  lejos,  un  eco  ■pla- 
ñidero v  doliente  que  parece  cernir  en  el  vasto  silen- 
cio de  la  noche.  No  era  para  Tilde  la  serenata.  Era 
para  la  otra.  Y  Tilde,  abatida  por  el  tremendo  desen- 

24  —  T.  II. 


370 


OPINIONES  DE  LA  PRENSA 


gaño,  se  desploma  sobre  un  sillón  próximo.  Cuando 
el  abuelito  sonriente  y  cariñoso  regresa  á  su  laclo, 
la  encuentra  muerta. 

La  obra  del  señor  Pérez  Petit  está  construida  con 
seguridad  y  proporción.  La  acción  marcha  en  ella 
suelta  y  viva  del  uno  al  otro  extremo.  Un  fuerte 
interés  se  apodera  del  espectador  desde  las  prime- 
ras escenas  del  drama,  y  va  creciendo  hasta  el  desen- 
lace, cuyo  efecto  emocional  es  intenso  y  hondo.  Con- 
forme á  las  prácticas  de  la  estética  moderna,  (es 
sabido  que  el  drama  antiguo  no  mezclaba  la  risa 
con  las  lágrimas),  el  autor  de  La  Rondalla  hace  al- 
ternar la  nota  patética  con  la  risueña,  y  gracias  á 
esta  diestra  distribución  de  los  matices  emotivas, 
consigue  sostener  tensa  la  atención  del  auditorio 
durante  toda  la  representación.  Gracias  á  ella  tam- 
bién, la  pieza  no  resulta  lacrimosa,  es  decir,  mono- 
corde.  Una  aguda  observación  revelan  ciertas  esce- 
nas de  La  Rondalla.  Acaso  el  ambiente  de  "los  alre- 
dedores de  Buenos  Aires"  pudiera  tacharse  de  arti- 
ficial; pero,  los  caracteres,  aun  siendo  esquemáticos 
en  sus  trazos  generales,  están  dibujados  con  certera 
mano.  El  ojo  que  los  ha  visto  sabe  mirar,  sin  duda, 
dentro  de  las  almas.  Deja  La  Rondalla  una  impre- 
sión aguda  de  verdad.  Aquellas  hermanas  díscolas 
y  perversas,  aquel  hermano  holgazán,  que  conserva 
en  su  cinismo  de  zángano  incurable,  ternura  y  pie- 
dad para  la  infortunada  Cenicienta;  aquel  viejecito, 
conmovedor  por  su  abnegación  y  su  cariño  hacia  la 
nietecita,  á  quien  cuida  con  solicitudes  maternales, 
son  figuras  que  viven. 

Como  propio  de  un  escritor  tan  sutil  como  el  señor 
Pérez  Petit,  el  estilo  de  su  obra  es  llano,  sin  caer  en 
la  chavacanería  y  pulcro  sin  llegar  á  la  ampulosidad. 
Es  un  estilo  de  teatro  (en  el  sentido  que  Sarcey  daba 
á  la  expresión) ,  vale  decir,  el  estilo  que  conviene  al 
caso.  La  Rondalla  nos  sugiere  muchas  otras  consi- 
deraciones, que  acaso  desarrollemos  con  motivo  de 
una  nueva  obra  del  autor.  Pongamos,  por  ahora, 


SOBRE  "LA  RONDALLA" 


371 


punto  final  á  la  presente  crónica,  aplaudiendo  efu- 
sivamente este  drama,  cuya  nobleza  artística  mere- 
cería más  atención  de  nuestra  crítica. 

La  compañía  Podestá  interpretó  La  Rondalla  con 
mucha  justeza,  particularmente  el  señor  Arturo  Po- 
destá, á  quien  pocas  veces  hemos  visto  tan  acertado 
como  en  el  papel  de  abuelo,  y  la  señorita  Blanca 
Podestá,  que  supo  hacer  emocionante  y  simpática 
la  parte  de  Tilde.  Colaboraron  con  lucimiento,  la 
señora  Tesada  y  el  señor  Escarcela.  —  J ean  Paul. 

Buenos  Aires,  1907. 

(El  País). 


uLa  Rondalla"  de  Víctor  Pérez  Petit. —  En  la 
cantera  artística  del  doctor  Víctor  Pérez  Petit  hay 
materiales  para  la  construcción  de  obras  sólidas  y 
bellas.  Dígalo  sino  el  hecho  de  que  con  tan  escasos 
elementos,  con  un  argumento  tan  sencillo,  con  un 
asunto  tan  baladí,  haya  tejido  un  drama  tan  intere- 
sante por  no  decir  hermoso,  como  La  Rondalla,  que 
representan  los  actores  del  teatro  Nacional. 

En  un  ambiente  netamente  criollo,  bajo  el  parral 
de  un  patio  de  una  modesta  vivienda  de  los  subur- 
bios de  la  capital  se  produce  el  conflicto  que  oca- 
siona una  víctima,  Tilde.  Como  toda  superioridad 
es  molesta,  Simona  y  Luz  acosan  á  la  hermana  me- 
nor, á  la  delicada  Tilde,  sobre  cuyas  espaldas  caen 
los  latigazos  de  aquellas  dos  mujeres  que  no  le  per- 
donan la  pureza  de  sus  sentimientos,  su  espíritu  de 
labor  y  orden,  su  obediencia  pasiva  y  resignada  y  so- 
bre todo  y  más  que  nada  la  preferencia  amorosa  que 
inspira  por  su  honradez,  discreción  y  belleza  al  tipó- 
grafo Pepe,  un  tipo,  como  le  llama  Simona,  sin  ca- 
rácter y  sin  virtud,  que  después  de  enamorar  loca- 
mente á  la  protagonista  cae  enredado  en  las  mallas 
de  la  pasión  á  que  le  precipita  la  desalmada  Simona. 


372 


OPINIONES  DE  LA  PRENSA 


El  abuelo  de  las  muchachas  interviene  á  favor  de 
Tilde,  pero  sin  gran  eficacia.  Sus  años  pesan  mucho. 
Saca  á  su  Tilde  de  la  casa  maldita  y  en  otra  muy 
humilde  vive  con  la  pobre  nieta,  luchando  con  la 
tisis  que  destruye  los  pulmones  de  la  joven,  y  te- 
jiendo lazos  con  mano  temblorosa,  á  escondidas  de 
Tilde  para  ganar  unos  pesos  y  ahuyentar  la  miseria 
que  acrecienta  la  terrible  dolencia.  La  catástrofe  se 
anuncia :  la  rondalla  de  La  Dolores  se  acerca,  aque- 
llos gratos  sonidos,  que  arrancaba  una  mano  segura 
de  la  bandurria  su  inolvidable  Pepe,  rasgan  el  silen- 
cio de  la  noche;  sus  alegres  compases  evocan  horas 
plácidas  y  serenas,  protestas  de  amor  y  juramentos 
de  cariño ;  sus  notas  vibrantes  arrastran  á  la  inca  ata 
á  la  ventana  y  sus  gritos  de  "Pepe. . . .  viene.  .  .  . 
Pepe. ...  se  va".  . . .  son  de  una  emoción  tan  in- 
tensa que  arrancan  lágrimas  espontáneas  y  dolo- 
rosas. 

La  música  se  aleja,  no  es  para  Tilde,  es  para  la 
otra,  es  para  Simona,  para  la  hermana  cruel  que  la 
mata  y  para  la  cual  no  tiene  ningún  reproche. 

Dentro  del  género  que  se  ha  convenido  en  llamar 
criollo,  y  que,  dicho  sea  de  paso,  no  nos  gusta,  por 
razones  que  expondremos  á  su  tiempo  con  la  debida 
extensión,  es  de  lo  mejor  que  hemos  visto.  Además 
del  cuadro  que  es  natural  y  sacado  del  mundo  en 
que  vivimos,  nótase  en  la  obra  del  doctor  Pérez  Petit 
un  fino  análisis  de  caracteres,  un  estudio  psicológico 
y  social  de  estos  problemas  íntimos  de  familia,  que, 
por  ser  nosotros  datos  vivientes  de  los  mismos,  no 
nos  detenemos  á  examinar  y  cuya  solución  no  nos 
preocupa  mayormente. 

Las  tintas  están  un  poco  cargadas.  Pancho  es  ' '  de- 
masiado haragán"  y  en  extremo  despreocupado  de 
los  suyos  para  que  de  golpe  se  decida  á  trabajar  y 
al  lado  precisamente  de  los  que  lo  despellejan.  Es 
un  defecto  de  mucha  importancia  la  carencia  de  una 
explicación  natural  del  desvío  de  Pepe  de  Tilde  y 
su  acercamiento  á  la  desvergonzada  Simona.  Nada 


SOBRE  "LA  RONDALLA" 


373 


ai  nadie  obligaba  al  tipógrafo  á  preferir  á  Tilde  á 
las  otras  dos  hermanas,  y  una  vez  preferida,  su  pre- 
dilección debía  afianzarse  ante  los  ejemplos  de  ira- 
bajo  y  virtud  de  la  una  y  las  pruebas  de  mala  edu- 
cación y  ligereza  de  las  otras.  Se  nos  dirá  que  el 
amor  es  ciego  y  que  el  nersonaje  es  hueco  moral- 
mente  ;  pero  contestaremos  que  aun  admitiéndolo, 
no  se  deduce  claramente  en  el  transcurso  de  la  obra, 
El  abuelo  y  Mariana  muy  bien  concebidos. 

El  lenguaje  dentro  del  "argot"  criollo,  natural  y 
fácil.  Ni  se  notan  rebuscamientos  ni  la  hinchazón 
afea  el  estilo.  El  efecto  oratorio  falta  en  absoluto, 
dicho  sea  como  mérito  de  la  obra.  Los  chistes  abun- 
dan y,  salvo  alguno  que  otro  de  subido  color,  exci- 
tan la  risa  con  franqueza. 

Los  actores  bien  y  la  escena  cuidada  con  esmero. 

Buenos  Aires,  1907. 

(La  Nación). 


"La  Rondalla".  —  ¡Pobre  y  triste  flor  del  senti- 
miento, destinada  á  arrastrar  tu  vida  melancólica 
de  Cenicienta  gentil,  entre  dos  hermanas  perversas 
y  díscolas,  un  abuelito  paralítico,  imposibilitado 
para  defenderse,  y  un  hermano  haragán  y  vicioso ! 
Pobre  y  bella  criatura,  emblema  de  la  nobleza  y 
de  la  gracia,  vimos  la  epopeya  amarga  de  tu  con- 
goja sin  nombre,  cruzar  la  escena  entre  lágrimas 
y  sollozos,  y  te  hemos  querido  y  nos  hemos  inte- 
resado por  tu  suerte,  siguiendo  el  calvario  hacia 
donde  te  llevó  un  hombre  sin  carácter,  y  la  maldad 
de  aquellos  que  debiendo  serlo  todo  para  tí,  se  tro- 
caron en  tus  verdugos  y  no  dejaron  de  perseguirte, 
sino  cuando  quedaste  abandonada,  cavándote  de  ese 
modo  la  sepultura. 

El  poema  de  tu  joven  y  desgraciada  vida,  fué 


374 


OPINIONES  DE  LA  PRENSA 


visto  con  alma  de  artista,  por  uno  de  los  raros  tem- 
peramentos sanos  que  escriben  para  el  teatro  na- 
cional: á  impulsos  de  una  inspiración  honesta,  se 
dibujaron  los  hermosos  contornos  de  La  Rondalla. 

Por  eso  vimos  desarrollarse  en  un  ambiente  de 
verdad  el  drama  de  Tilde,  palpitar  su  amor,  estre- 
mecerse sus  celos,  manar  sangre  la  herida  abierta 
en  el  pecho  por  el  traidor,  sufrir  por  el  cruel  aban- 
dono, torturarse  en  la  penosa  agonía  y  expirar  con 
un  grito  angustioso  donde  estallan  todas  las  amar- 
guras de  un  alma  atormentada. 

Víctor  Pérez  Petit,  ha  sabido  con  mano  certera 
pintarnos  en  un  cuadro  sobrio,  bien  proporcionado 
y  lleno  de  efectos  de  luz,  un  episodio  sencillo,  pero 
lleno  de  emotividad,  y  triunfar  en  buena  ley. 

Si  Tilde,  la  protagonista  de  La  Rondalla,  es  figura 
humana,  llena  de  atractivos  en  su  romántica  resig- 
nación é  impregnada  en  todos  sus  actos  en  un  idea- 
lismo que  gusta  tanto  á  los  jóvenes  de  veinte  años, 
como  á  los  que  han  pasado  los  linderos  de  la  madu- 
rez, no  menos  reales  son  sus  dos  hermanas  Simona 
y  Luz,  tan  sinceras  en  la  maldad  que  las  distingue, 
como  en  lo  vulgar  de  su  conducta  y  de  sus  pensa- 
mientos odiosos. 

El  abuelo,  con  su  timidez  explicable  ante  la  per- 
versidad de  las  harpías,  tiene  los  rasgos  peculiares 
de  su  carácter  y  su  psicología  se  mantiene  fiel  desde 
el  principio  hasta  el  fin. 

Mariana  recuerda  la  protagonista  del  Codicillo 
dello  zio  Venancio,  de  Pablo  Ferrari,  y,  como  ella, 
es  charlatana,  porfiada,  ocurrente  y  bondadosa. 

Pancho,  filósofo  de  circunstancias,  incapaz  de  mo- 
ver un  brazo  para  ganarse  el  pan,  con  lengua  siem- 
pre dispuesta  —  cuando  lo  pican  —  á  cantar  las  ver- 
dades del  barquero,  es  una  copia  fiel  de  los  orilleros 
holgazanes  que  pasan  sus  días  en  el  conventillo, 
buscando  la  distracción  en  el  mate,  en  la  charla 
insustancial,  en  la  crítica  casera,  con  alternativas 
de  escándalo  y  de  pendencias  ruidosas. 


SOBRE  "LA  RONDALLA " 


375 


Ese  mismo  fondo  de  verdad  en  las  sombras  del 
vicio,  sienta  todo  el  carácter  de  su  "verismo"  indis- 
cutible, así  como  la  falta  de  energía  para  reaccionar 
y  libertarse,  mediante  el  trabajo,  de  su  esclavitud 
moral. 

Pepe,  el  novio  de  Tilde,  que  se  enamora  primero 
de  una  hermana  para  casarse  luego  con  otra,  debe 
considerarse  la  figura  más  débil  del  drama;  débil 
ante  el  análisis,  y  de  menor  estudio  psicológico  que 
cualquiera  de  las  otras. 

Tal  vez  ello  obedezca  á  la  idiosincrasia  del  autor, 
que  gusta  de  los  toques  rápidos,  aunque  el  procedi- 
miento tenga  por  resultado  achatar  los  relieves. 

Sea  como  fuere,  cuando  un  escritor  logra  como  el 
señor  Pérez  Petit,  presentar  al  público  el  cuadro  de 
seres  que  todos  conocemos  por  haberlos  visto  en  la 
vida,  y  les  da  movimiento  sin  artificios,  en  una  obra 
tan  bien  llevada  á  cabo  como  La  Rondalla,  no  pode- 
mos negar  que  nos  encontramos  frente  á  esas  altas 
manifestaciones  del  arte,  que  honran  al  teatro  na- 
cional. 

Y  arte,  arte  hermoso,  campea  en  los  tres  actos  del 
drama  modernísimo  del  autor  oriental,  escrito  con 
vistas  nobles,  con  entendimiento  elevado  en  la  sen- 
cillez de  su  trama  y  los  medios  sinceros,  de  que  se 
sirve  para  desarrollarla.  En  su  tecnicismo  hay  pocos 
defectos ;  el  modo  de  encuadrar  las  escenas  es  eficaz 
y  natural;  el  diálogo  correcto,  lógico  y  abundante 
en  frases  espirituales  y  en  hallazgos  oportunos. 

En  los  acontecimientos  no  se  siente  el  artificio,  ni 
se  muestra  el  lugar  común  de  los  convencionalismos 
tan  en  boga  en  nuestro  incipiente  teatro. 

Los  personajes  de  Pérez  Petit  entran  en  la  escena, 
se  mueven,  hablan  y  salen  como  en  la  vida  real. 

La  lógica  que  determinan  sus  actos,  refleja  el 
equilibrio  del  pensamiento  con  la  acción,  y  las  inve- 
rosimilitudes están  desterradas  casi  por  completo  del 
drama.  El  primer  acto  es  muy  bueno,  con  un  color 
de  ambiente  hermoso  y  escenas  de  relieve;  el  se- 


376 


OPINIONES  DE  LA  PRENSA 


gundo,  también  tiene  valor,  aunque  es  menos  espon- 
táneo ;  el  tercero,  es  más  débil  que  el  anterior  en  su 
tecnicismo,  pero  empapado  en  una  suave  melancolía, 
que  arrastra  por  completo  al  oyente,  en  especialidad 
por  su  final,  eficazmente  dramático. 

La  rondalla  de  La  Dolores  resuena  en  la  noche 
tibia  y  perfumada,  poco  lejos  de  la  ventana  de  Tilde, 
pero  no  para  hacerla  dichosa  como  antes,  sino  para 
manifestarle  la  traición  del  novio,  quien  con  esa 
serenata  da  el  golpe  mortal  á  la  joven  abandonada. 

La  concurrencia  aplaudió  con  entusiasmo  la  obra 
en  la  noche  del  estreno,  y  el  éxito  siguió  acentuán- 
dose en  las  sucesivas. 

Buenos  Aires,  1907. 

(La  Prensa). 


"La  Rondalla".  —  Un  éxito  ruidoso  obtuvo  el 
drama  del  doctor  Víctor  Pérez  Petit,  estrenado  por 
la  compañía  Arellano.  La  Rondalla  ha  salido  triun- 
fante ante  nuestro  público,  como  salió  triunfante  en 
Buenos  Aires,  donde  se  representó  más  de  cuarenta 
noches  consecutivas.  Y  por  cierto  que  había  gran 
interés  en  conocer  la  última  obra  del  brillante  es- 
critor nacional,  razón  por  la  cual  un  público  nu- 
meroso y  selecto  se  congregó  en  la  sala  de  Solís. 

La  primera  escena  cautiva  por  completo  la  aten- 
ción del  auditorio.  Se  divisa  el  patio  de  una  casa 
pobre,  sumido  casi  en  la  oscuridad,  confundiéndose  á 
la  indecisa  luz  el  aspecto  de  las  cosas. 

Mientras  la  escena  permanece  solitaria  siéntese  á 
lo  lejos  el  rumor  de  una  música  que  contribuye  á 
prestar  poético  encanto  al  cuadro. 

El  son  de  la  rondalla  se  va  haciendo  cada  vez 
más  preciso  hasta  que  el  rasgueo  de  las  guitarras 


SOBRE  '  "  LA  RONDALLA ,  * 


377 


y  las  bandurrias  acaricia  con  dulzuras  de  serenata 
para  volver  á  esfumarse  nuevamente  como  un  mur- 
murio lejano. 

La  iniciación  de  la  obra  es  novedosa  y  constituye 
un  verdadero  hallazgo. 

La  melancolía  de  la  música  marca  el  tono  del 
matiz  sentimental  é  ideológico  que  ha  de  caracteri- 
zar el  drama  para  surgir  después  al  final  como  un 
hit  motif  conocido,  que  asocia  al  trágico  desenlace 
una  sensación  de  ternura. 

Esto  no  quiere  decir  que  la  obra  sea  simplemente 
un  poema  sentimental.  También  hay  ideas,  también 
hay  pasiones,  también  hay  enseñanzas  crueles  y  ver- 
dades amargas,  r>ero  todo  ello  con  un  suave  tamiz 
artístico,  sin  rebuscamiento  de  frases  condenatorias 
y  sin  discursos  ampulosos  que  las  más  de  las  veces 
resultan  ineficaces  nara  el  público  inteligente.  El 
autor  traza  á  grandes  rasgos  y  sin  descuidar  por 
eso  detalles  de  observación,  un  drama  de  familia, 
el  eterno  drama  del  amor  egoísta  y  cruel  que  pasa 
triunfador  por  sobre  los  escombros  de  dolor  y  lágri- 
mas que  sirven  de  cortejo  á  muchos  idilios  venturo- 
sos. Junto  al  abuelo  se  agrupa  la  familia,  Matilde, 
temperamento  débil  y  enfermizo ;  Simona  y  Luz,  lo- 
cuaces y  alegres,  y  Pancho,  prototipo  de  indolencia 
criolla,  resignado  á  tocar  milongas  en  la  guitarra 
y  á  aburrirse  cuando  no  duerme,  preso  en  las  redes 
de  su  incurable  haraganería. 

La  escena  comienza  á  animarse  con  diálogos  viva- 
ees,  en  los  que  campean  los  modismos  gráficos  de 
nuestra  jerga,  aun  cuando  á  veces  se  exagera  la 
pincelada  con  frases  y  refranes  que  se  suceden  con 
excesiva  prodigalidad.  Pepe,  que  es  el  novio  de  Ma- 
tilde, llega  á  la  casa  donde  es  esperado  por  la  me- 
lancólica enferma,  cuyas  ansias  de  afecto  se  expan- 
den ante  el  recuerdo  de  la  serenata  que  exaltó  sus 
vehemencias  de  amante  apasionada. 

La  escena  amorosa  es  tierna  y  conmovedora  y  llega 
á  enternecer  el  afán  de  Tilde,  que  relegada  en  la 


378 


OPINIONES  DE  LA  PEENSA 


casa  á  una  posición  de  Cenicienta,  cuida  su  amoroso 
tesoro  con  toda  la  fuerza  de  su  ansia  pasional.  Pero 
el  amor  que  tuvo  caricias  de  ángel  bueno  en  las  dul- 
zuras de  la  serenata,  cambia  á  capricho  sus  halagos 
veleidosos  y  mientras  clava  un  dardo  cruel  en  el 
corazón  de  la  sensitiva,  va  á  prodigar  sus  bendicio- 
nes á  un  alma  que  se  debatía  en  las  sombras,  mono- 
logando envidias  é  impotencias  ante  el  sonreir  ven- 
turoso de  la  dicha  ajena.  Simona  va  apoderándose 
poco  á  poco  del  corazón  de  Pepe,  mientras  la  triste 
enferma  sufre  las  torturas  de  una  dicha  que  se  aleja. 

Y  la  ve  alejarse  para  siempre  con  dolorosa  y  brutal 
evidencia,  cuando  á  ella  misma  le  está  reservada  la 
sorpresa  cruel  de  contemplar  á  la  hermana  en  brazos 
de  su  prometido.  Aquí  hay  una  escena  patética  de 
reproches  dolorosos,  y  mientras  el  amor  sonríe  con 
ironía,  irresponsable  en  sus  decretos,  los  vencidos 
se  abrazan  en  derrota :  la  tísica,  llorando  su  perdido 
paraíso  y  el  abuelo  presintiendo  el  derrumbe  de  un 
alma  acongojada  y  de  una  vida  precaria  de  salud. 

En  el  tercer  acto  ya  se  palpan  los  efectos  del 
desastre.  Los  hombros  del  anciano  son  débiles  para 
sostener  en  su  descenso  á  una  vida  que  se  extingue. 

Y  como  si  la  alegría  triunfal  del  amor  que  pasa 
fuera  insensible  á  la  amargura  estoica,  se  complace 
en  desvanecer  la  última  esperanza  del  vencido.  En 
una  noche  serena,  evocadora  de  pasadas  alegrías,  la 
tísica  escucha  desde  su  ventana  el  rumor  de  la  se- 
renata que  se  acerca,  modulando  las  inolvidables 
armonías  de  la  rondalla. 

Por  un  instante  reviven  sus  ansias  amorosas,  y  pal- 
pitan en  el  último  estremecimiento  las  fibras  dolo- 
ridas de  su  corazón.  Pero  pasa  el  miraje  y  la  mú- 
sica se  aleja  para  ir  á  acariciar  la  vanidad  de  la 
amante  satisfecha,  mientras  la  sensitiva  cae  desplo- 
mada, muerta,  como  un  arpa  rota  en  el  silencio 
triste  de  una  noche  sin  aurora. 

Ese  es  el  drama.  Sincero  y  honrado  en  su  con- 
cepción fundamental,  complejo  en  su  estructura  y 


SOBRE  4<LA  RONDALLA" 


379 


con  laudable  sobriedad  en  el  procedimiento  escénico. 
Por  eso  gustó  en  conjunto  y  por  eso  el  público 
aplaudió  con  entusiasmo,  ovacionando  al  autor. 

No  hacemos  análisis  de  detalle,  porque  no  cuadra 
á  nuestra  misión  de  impresionistas.  Si  lo  hiciéramos 
señalando  recursos  dudosos  y  chocantes  fraseologías, 
incurriríamos  en  censura  criticable,  de  la  que  los 
mismos  triunfadores  se  han  hecho  reos  algunas  ve- 
ces siendo  injustos,  acaso  en  el  sincero  afán  de  ser 
extremosamente  celosos  de  los  fueros  de  un  arte  que 
recorre  las  primeras  etapas  de  un  futuro  floreci- 
miento. La  Rondalla  se  repite  esta  noche.  Prolija- 
mente ensayada,  será  otro  éxito  para  el  autor  y  para 
los  intérpretes  que  estudian  con  verdadero  amor  las 
obras  que  ponen  en  escena,  como  se  demostró  en  este 
drama,  donde  Arellano  y  la  Estévez,  rayaron  á  gran 
altura,  discretamente  secundados  por  los  elementos 
que  los  acompañan. 

Bien  merecida  tiene  esta  compañía,  la  protección 
que  nuestro  público  le  dispensa,  en  premio  á  su  la- 
bor. —  Max. 

Montevideo,  1908. 

(La  Democracia) . 


Al  Solís.  —  "La  Rondalla"  di  Pérez  Petit.  —  leri 
sera,  per  la  seconda  volta,  e  con  ragione,  il  pubblico 
applaudi  al  Solís  la  nuova  comedia  dal  valoroso 
scrittore  Vittorio  Pérez  Petit :  Im  Rondalla. 

La  Rondalla,  per  chi  non  lo  sapesse,  significa  la 
Serenata. 

Come  é  la  comedia? 

Daremo  brevemente  il  giudizio.  .  .  .  , 

Vittorio  Pérez  Petit,  ingegno  acuto  ed  anima  d 'ar- 
tista, ha  voluto  questa  volta  far  prevalere  il  senti- 


380 


OPINIONES  DE  LA  PRENSA 


mentó,  la  sua  facoltá  di  colorista  alie  sue  doti  di 
pensatore. 

E  ci  ha  dato  una  comedia  d 'ambiente. 

In  essa  vibra  delicata  la  passioue  e  profondo  il 
dolore  e  si  eleva  bello,  nella  sua  radiosa  luce,  il  sen- 
tirnento  d  'amore :  1  'eterno  indistruttibile  sentimento 
che  é  vita  e  morte. 

II  lavoro  di  Pérez  Petit,  tutto  un  ricamo,  ci  fa 
assistere  alio  strazio  d'una  povera  fanciulla  cui  la 
sorella  toglie  il  fidanzato. 

Ella  ne  ammala,  e  muore,  una  sera  in  cui  senté 
la  serenata  passare. 

Giá  non  passa  piú  per  lei ;  passa  per  sua  sorella. 

Le  scene  sonó  di  fina  f attura  —  ed  il  colore  é 
vivacissimo. 

Pérez  Petit  ha  dato,  con  questo  lavoro,  una  nuova 
e  bella  prova  del  suo  versatile  ingegno. 

II  pubblico  ha  anplaudito  entusiásticamente  il  la- 
voro. 

L'esecuzione  buona. 
Montevideo,  1908. 

(L' Italia  al  Plata). 


Solís.  —  El  éxito  de  La  Rondalla,  estrenada  ano- 
che en  Solís,  no  puede  discutirse.  El  doctor  Pérez 
Petit  ha  confirmado  con  esa  obra  la  merecida  repu- 
tación que  ha  sabido  conquistarse,  de  escritor  bri- 
llante, de  dramaturgo  inteligente,  conocedor  de  los 
múltiples  recursos  teatrales,  para  sacar  grandes  efec- 
tos é  interesar  vivamente  á  la  concurrencia. 

La  Rondalla,  de  cuyo  argumento  hicimos  ayer 
una  ligera  síntesis,  es  una  obra  de  estudio  en  la  que 
se  acredita  un  espíritu  observador  muy  desarrollada 
Todos  los  personajes  están  hábilmente  estudiados; 
las  escenas  son  de  una  sencillez  y  de  una  verdad 


SOBRE  "LA  RONDALLA ,y 


381 


sugestivas;  el  diálogo  es  fluido  y  animado  y  el  con- 
junto rebosa  exquisita  sinceridad. 

Los  aplausos  nara  el  autor  se  repitieron  á  cada 
instante,  obligándosele  á  presentarse  repetidas  ve- 
ces en  el  palco  escénico. 

Y  ese  éxito  de  que  hablamos  hubiera  sido  más 
completo,  más  hermoso,  si  los  artistas  que  tomaron 
parte  en  la  interpretación  de  La  Rondalla  hubiesen 
estudiado  mejor  sus  respectivos  papeles  y  si  se  hu- 
biera realizado  mayor  número  de  ensayos. 

Ya  le  hemos  dicho  al  simpático  é  inteligente  actor 
Arellano,  que  esa  prisa  en  hacernos  conocer  obras 
nuevas  de  estimables  compatriotas,  lo  perjudica 
grandemente.  Sacrifique  su  legítima  y  encomiable 
voluntad  de  agradar  al  público  y  de  ofrecerle  no- 
vedades diarias  en  homenaje  á  los  autores  que  le 
entregan  sus  obras  y  en  homenaje  también  á  su 
propia  reputación  artística. 

La  Rondalla  salió  perjudicada  anoche  por  esa 
prisa  de  que  hablamos,  pues  si  hubiese  sido  mejor 
estudiada  y  ensayada,  su  éxito  habría  sido  más  her- 
moso, más  legítimo  y  más  completo. 

Esta  noche  vuelve  á  representarse  y  estamos  se- 
guros que  la  obra  gustará  muchísimo  más  que  en 
su  estreno,  porque  los  artistas  estarán  posesionados 
de  sus  papeles,  desapareciendo  las  deficiencias  de  in- 
terpretación que  anoche  se  palparon. 

La  función  terminará  con  la  aplaudida  zarzuela 
Justicia  criolla. 

Montevideo,  1908. 

(La  Tribuna  Popular). 


<(La  Rondalla",  de  Víctor  Pérez  Petit. —  Los 
acordes  del  pasacalle  de  La  Dolores,  sonando  ale- 
gremente en  la  noche,  —  mientras  el  patio  con  su 
brocal  y  su  zarzo  y  sus  jaulas,  duerme  su  apacible 


S82 


OPINIONES  DE  LA  PRENSA 


sueño  familiar,  —  su  dulce  paz  solariega,  —  envuel- 
ven al  espíritu  en  una  oleada  de  poesía  que  sugiere 
desde  el  primer  momento  el  tono  de  sentimentalismo 
predominante  en  la  obra.  Ese  tierno  encanto  que 
impresiona  desde  la  primera  escena,  ha  de  ser  el 
leit-moíif  que  reaparezca  en  el  instante  oportuno, 
para  dar  la  nota  distintiva  del  colorido  dramático 
de  la  acción ....  Se  presiente  que  aquellos  sones 
alegres  están  destinados  á  acompañar,  desde  afuera, 
como  un  comentario  á  la  sordina,  las  vicisitudes,  los 
anhelos,  las  congojas  de  un  alma,  tornándose  cada 
vez  más  melancólicos  conforme  se  va  acercando  el 
desenlace....  Así  es,  en  efecto.  Ellos  juegan  un 
importante  rol  en  el  desarrollo  de  la  trama,  ellos 
constituyen  un  valioso  elemento  en  el  cuadro,  á  cuyo 
efecto  preciso,  á  cuya  deseada  matización  contri- 
buyen eficazmente,  poniéndose  al  diapasón  de  los 
corazones  que  aman,  esperan  y  desesperan ....  ¡La 
rondalla!  Fué  primero  canto  de  gloria  y  de  felici- 
dad para  una  pobre  almita  ilusa  que  entregó  sus 
ensueños  á  la  dicha  de  amar  y  ser  amada,  y  luego 
fué  canto  de  muerte  que  vibró  con  lúgubre  tristeza 
en  la  hora  de  una  desesperanza  inenarrable :  Matilde 
es  la  hermana  menor  de  tres  huérfanas  que  viven, 
trabajando  como  costureras  en  compañía  de  un  her- 
mano —  holgazán  impenitente  —  y  de  un  abuelo, 
casi  paralítico.  Ella  es  víctima  del  odio,  no  bien  ex- 
plicado, de  sus  hermanas,  que  la  condenan  á  un 
humillante  papel  de  Cenicienta,  al  cual  se  resigna 
con  una  lamentable  humildad  que  acaso  perjudica 
al  realismo  de  la  pintura  del  carácter,  pero  aumenta 
en  cambio  el  efectismo  un  tanto  romántico  de  la 
figura.  .  . .  Ella  es  la  única  de  las  tres  herma- 
nas que  tiene  novio,  amándole  entrañablemente.  Su 
compensación  á  las  tristezas  de  una  vida  misera- 
ble, la  halla  en  los  momentos  que  pasa  junto  á  su 
amado,  á  quien  entrega  el  corazón.  Pero  la  sola 
ventura  de  su  existencia  no  podía  durar. .  .  .  Una 
de  sus  hermanas  le  roba  el  cariño  de  su  novio,  y 


SOBRE  "LA  RONDALLA" 


383 


ella  tiene  el  dolor  de  sorprender  un  abrazo  que  la 
pone  ante  la  penosa  evidencia  de  una  desgracia 
constantemente  temida ....  La  escena  que  sobreviene 
emociona  al  público.  Matilde  enrostra  al  perjuro  su 
deslealtad;  la  hermana  huye;  interviene  el  abuelo, 
que  en  defensa  de  su  nieta  idolatrada  reprocha  al 
mozo  su  indigno  proceder;  tercia  la  otra  hermana, 
la  que  se  considera  "patrona  de  casa"  por  ser  la 
mayor  de  las  tres  mujeres,  que  atienden  al  sosteni- 
miento de  la  familia ;  quiere  acallar  las  protestas  del 
abuelo,  mostrándose  conforme  con  el  nuevo  giro  que 
han  tomado  las  cosas  y  disponiéndose  á  amparar  al 
flamante  amorío,  mal  que  le  pese  á  la  atribulada 
Matilde ....  Pero  entonces  el  abuelo  —  armándose 
por  fin  de  energía  contra  el  despotismo  de  sus  nie- 
tas mayores  —  arroja  de  la  casa  á  las  malas  herma- 
nas y  al  novio  desleal,  mientras  la  abandonada  se 
arroja  en  sus  brazos  sollozando  desgarradora- 
mente ....  En  el  tercer  acto  la  separación  se  ha 
producido.  El  abuelo  y  Matilde  —  en  quien  ha  he- 
cho progresos  la  tuberculosis,  apenas  mencionada 
en  los  anteriores  actos —  han  ido  á  refugiarse  en 
otra  casa,  que  el  pobre  viejo  sostiene  con  el  pro- 
ducto de  sus  labores  de  trenzador  de  riendas.  La 
enferma,  que  acaba  de  coger  infraganti  al  viejo  tra- 
bajando de  noche,  se  sienta  en  un  sillón  cerca  de 
la  ventana,  cuando  suena  á  lo  lejos  el  eco,  entonces 
melancólico,  de  aquel  pasacalle  tan  íntimamente  vin- 
culado á  sus  recuerdos  y  á  sus  angustias ....  Al 
pronto  se  imagina  que  pudieran  vibrar  por  ella 
esas  guitarras ;  pero  no  tarda  en  convencerse  de  que 
no  es  por  ella,  sino  por  la  otra.  ...  La  rondalla  pasa, 
sus  vibraciones  se  hacen  cada  vez  más  débiles  en  el 
silencio  de  la  calle,  y  la  protagonista,  en  un  acceso 
provocado  por  el  rudo  golpe  mortal,  mientras  su 
amado  se  dirige  á  brindarle  á  la  otra  su  serenata, 

muere  El  autor  no  ha  pretendido  escribir  una 

obra  de  tesis,  ni  se  ha  preocupado  de  hacer  resplan- 
decer en  el  diálogo  conceptos  profundos  ó  trascen- 


384 


OPINIONES  DE  LA  PRENSA 


dentales.  Ha  querido  componer  lo  que  pudiera  de- 
cirse una  conmovedora  escena  sentimental,  desenvol- 
viéndose á  través  de  un  cuadro  pintoresco  é  intere- 
sante de  costumbres.  Tras  este  propósito  ha  hecho 
surgir  en  un  ambiente  bien  estudiado,  escenas  muy 
animadas,  muy  teatrales,  que  cautivan  el  ánimo  del 
espectador  y  lo  mantienen  sumiso  al  desarrollo  del 
asunto.  Algunas  situaciones  —  como  el  final  del  acto 
segundo  —  despiertan  vivísimo  interés  en  virtud  de 
su  intensidad  dramática ;  otras  esparcen  una  tristeza 
tranquila  pero  honda  é  irresistible,  como  sucede  al 
escucharse  la  rondalla  en  el  acto  último.  Las  hay 
también  que  entretienen  por  ]a  vivacidad  graciosa 
y  pintoresca,  como  aquellas  del  primer  acto  en  que 
aparecen  diseñadas  las  figuras  del  atorrante  de  fa- 
milia y  de  la  sirvienta  criolla.  La  figura  del  abuelo 
es  hermosa  y  real,  y  el  proceso  de  aquel  amor  que 
surge  entre  dos  personas  que  parecían  odiarse,  que 
creían  odiarse,  está  conducido  de  mano  maestra, 
siendo  á  mi  juicio  una  de  las  escenas  más  hábil- 
mente ideadas  de  la  obra,  aquella  del  primer  acto 
en  que  la  esperada  declaración  queda  suspendida 
por  la  llegada  de  Pancho,  primero,  y  luego  por  la 
de  las  amigas.  El  efecto  de  la  aparición  de  éstas, 
anunciadas  por  Pancho  en  el  momento  en  que  los 
hipócritas  enamorados  se  creen  ya  libres  de  impor- 
tunos, es  grande  entre  los  espectadoers,  á  quie- 
nes interesa  la  declaración  veladamente  insinuada 
y  quienes  al  mismo  tiempo  desean  que  no  llegue 
nunca  á  producirse.  Cuanto  al  éxito  alcanzado,  cá- 
beme la  satisfacción  de  constatar  que  fué  sumamente 
caluroso  y  entusiasta,  llamándose  repetidas  veces  al 
autor  á  la  escena.  La  interpretación  fué  correcta, 
destacándose  la  Esteves,  en  su  papel  de  Matilde, 
A  rellano,  en  el  de  abuelo  y  Rodríguez  en  el  de 
Pancho. 


Montevideo,  1908. 


(El  Día). 


SOBRE  "LA  RONDALLA 


385 


''La  Rondalla"  ^- (Fragmento). — La  poesía  de 
La  Rondalla  es  delicada  en  extremo.  De  una  remi- 
niscencia de  La  Dolores  de  Bretón  —  reminiscencia 
literaria,  no  musical  —  surge  el  efluvio  de  idealidad 
que  flota  sobre  el  ambiente  de  grosera  vulgaridad 
en  que  se  desarrolla  el  drama,  y  en  la  misma  remi- 
niscencia se  extingue.  Es  un  símbolo.  El  amor  puro, 
el  amor  del  alma,  no  puede  resistir  ciertos  ambien- 
tes, y  se  consume  en  su  propia  llama.  La  flor  que 
nace  en  el  fango,  en  el  fango  encontrará  su  tumba. 
Así  Matilde,  la  figura  bella  del  drama,  nace  para 
amar,  para  ahogar  en  ternuras,  en  cariños,  la  in- 
mensa sed  de  ternura  y  cariño  que  abrasa  todo  su 
ser.  Entrevé  un  momento  la  dicha  de  ser  amada, 
de  ser  comprendida,  y  cuando  cree  segura  esa  feli- 
cidad, el  desengaño  la  mata.  No  hay  más  conflicto ; 
no  hay  más  enredo.  Pérez  Petit  ha  querido,  y  lo  ha 
logrado,  oponer  á  la  brutal  materialidad  de  la  exis- 
tencia de  cierta  clase  de  la  sociedad  el  contraste  de 
un  alma  pura,  toda  claridad,  toda  nobleza,  toda 
amor.  Y  el  contraste  es  violento.  Matilde  es  á  los 
demás  personajes  de  La  Rondalla,  con  excepción  del 
Abuelo,  lo  que  una  planta  delicada  á  las  yerbas  que 
rastrean  á  su  alrededor.  Y  son  esas  yerbas  las  que 
suben  y  se  enredan,  y  concluyen  por  ahogar  á 
aquélla  entre  las  asperezas  de  sus  ramas. . . .  Ramas 
que  también  á  mí  me  envolvieron  é  impidieron  que 
apreciara  la  belleza  del  símbolo.  ¿  Por  qué  tan  fron- 
dosas? ¿Por  qué  tan  vulgares  en  forma  y  en  len- 
guaje ?  El  respeto  á  la  realidad  lo  imponen.  Sí.  Pero 
quizás  á  ese  afán  de  realidad,  de  mantener  siempre 
el  medio  ambiente,  se  deba  el  que  el  primer  acto 
pase  inadvertido  y  que  algunas  figuras,  como  la  de 
Mariana,  por  ejemplo,  resulten  recargadas  de  colo- 
rido. El  verdadero  drama  empieza,  á  mi  juicio,  en 
el  acto  segundo,  el  más  movido,  el  mejor  dialogado, 
el  más  sólido  de  los  tres  de  que  se  compone  la  obra. 

25.-T.  II. 


386 


OPINIONES  DE  LA  PRENSA 


Ahí  está  la  idea  del  autor  en  esencia,  y  ahí  el  princi- 
pio y  fin  de  la  tragedia  que  concluye  con  la  existen- 
cia de  Matilde.  Lo  demás  es  secundario.  La  misma 
muerte  de  la  protagonista,  que  no  tiene  más  efecto 
que  recordar  otra  muerte  igual  de  una  de  las  más 
populares  heroínas  del  teatro  francés,  no  interesa 
tanto  como  el  episodio  que  cierra  el  segundo  acto, 
de  una  dramaticidad  sobria  y  admirable.  Con  esta 
circunstancia  á  favor  del  final  de  La  Rondalla:  que 
hay  más  poesía,  más  encanto  en  aquel  sonar  pos- 
trero de  las  bandurrias,  y  en  aquel  aleteo  de  alegría 
y  de  juventud,  que  estremece  el  cuerpo  y  el  alma  de 
la  desdichada  Matilde,  que  en  el  continuo  toser  y  el 
triste  divagar  de  la  muerte  de  Margarita ....  No 
es  la  escena  final  la  más  emocionante  del  drama, 
pero  es,  sí,  la  más  poética .... 
Montevideo,  1908. 

Teógenes. 


El  estreno  de  "La  Rondalla",  de  Víctor  Pérez 
Petit.  —  Buen  estreno  el  de  La  Rondalla,  de  Víctor 
Pérez  Petit,  efectuado  anoche  en  Solís.  Un  aconteci- 
miento. La  sala  del  teatro  muy  concurrida,  aceptó 
la  obra  con  placer  desde  el  principio,  y  premió  con 
ovaciones  nutridas,  que  á  veces  adquirían  proporcio- 
nes de  tempestad,  la  labor  del  comediógrafo  y  de 
sus  intérpretes.  A  Pérez  Petit  se  le  llamó  al  palco 
escénico  al  final  del  segundo  acto  y  otras  tantas  al 
terminar  la  representación.  —  Y  á  Arellano,  que  es 
un  actor  de  talento,  correcto,  fino,  de  rasgos  sobrios, 
se  le  hizo  objeto  de  una  espontánea  manifestación 
de  simpatía  después  de  la  escena  culminante  del  se- 
gundo acto.  Esto  en  cuanto  al  resultado  de  la  inter- 
pretación. En  cuanto  al  valor  de  la  comedia,  puede 
decirse  que  es  grande.  Hay  en  ella  todo  lo  que  re- 


SOBRE  "LA  RONDALLA" 


387 


quiere  una  obra  teatral  para  triunfar  fácilmente: 
interés  en  la  trama,  vivacidad  en  el  diálogo,  dra- 
maticidad  en  las  escenas,  lógica  en  el  desarrollo  de 
la  acción  y  relieve  en  los  personajes.  Los  contrastes 
de  clarobscuro  están,  por  otra  parte,  bien  logra- 
dos, y  el  público  pasa  de  la  emoción  intensa  á  la 
alegría  ruidosa  sin  el  menor  asomo  de  brusquedad 
ó  violencia.  El  autor  se  apodera  del  auditorio  por 
ese  medio,  y  concluye  por  dominarlo,  por  subyu- 
garlo, por  sujetarlo  á  su  voluntad.  Es  su  mayor 
éxito.  En  conjunto,  pues,  La  Rondalla  es  digna  del 
aplauso  entusiasta  que  público  y  críticos  argentinos 
le  tributaron.  Tiene  fondo  y  tiene  forma.  De  los  de- 
talles podría  hacerse  alguna  observación,  pequeña 
por  cierto,  que  nada  afecta  al  mérito  total  de  la 
obra.  Por  ejemplo :  cierto  recargo  de  colorido  en  al- 
gunos personajes,  como  el  de  Manuela,  que  nos  pare- 
ció demasiado  pletórico  de  color.  Quizás  esta  impre- 
sión obedezca  al  poco  dominio  que  la  Lanaro  tenía 
del  papel  y  que  interpretado  á  conciencia  resulte 
menos  frondoso  en  rasgos  y  en  elocuencia  que  lo  que 
anoche  nos  pareció.  Pero  lo  repetimos :  es  un  detalle. 
Y  un  detalle  no  aumenta  ni  disminuye  el  valor  de 
una  producción,  sobre  todo  cuando  la  producción 
tiene  savia  lozana  y  fuerte  como  la  de  Pérez  Petit. 

La  compañía  Arellano  es  acreedora  á  un  sincero 
elogio.  Y  con  el  elogio  á  la  protección  decidida  del 
público.  Su  labor  de  anoche  ha  sido  esmerada  y 
buena.  A  su  voluntad,  á  su  acertadísima  dirección 
se  debe  gran  parte  del  éxito  obtenido.  Éxito  que  no 
sólo  se  refiere  á  la  parte  hablada,  sino  también  á 
la  dramática. 

Montevideo,  1908. 

(La  Razón). 


ÍNDICE 


Pág. 


El  Esclavo -rey,  comedia  dramática  en  tres  actos   11 

La  Rondalla,  drama  en  tres  actos   143 

El  baile  de  Misia  Goya,  humorada  en  un  acto   275 

Opiniones  de  la  prensa  sobre  El  Esclavo -rey   353 

Opiniones  de  la  prensa  sobre  La  Rondalla   361